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León XIV, la Iglesia y los desafíos del mundo: una mirada a la actualidad eclesial internacional

¿Qué desafíos marcan hoy el camino de la Iglesia en el mundo? El boletín Iglesia internacional, correspondiente al 5 al 12 de octubre de 2026, reúne una selección de artículos publicados en revistas internacionales sobre el pontificado de León XIV, su recuperación y los retos de su primera gira latinoamericana, el derecho a la alimentación, el acompañamiento a las familias frente a la violencia doméstica y los esfuerzos del Papa por promover la paz en Ucrania.

Te invitamos a leer el boletín y conocer distintas miradas sobre los acontecimientos que marcan la vida de la Iglesia y su compromiso con la humanidad.

¿Un Brasil subordinado (Flávio) o un Brasil soberano (Lula)?

El debate político entre Lula y Flávio en la televisión Band, el domingo, fue de pésima calidad. Flávio no quería discutir problemas, sino únicamente desestabilizar a Lula, comportándose como un mocoso. Parecía una disputa de bar. Lula reaccionó demasiado tarde. Y tuvo que soportar una inimaginable falta de respeto y de civilidad. Las urnas dirán.

En cualquier caso, en estas elecciones de 2026 está en juego el destino de Brasil. Uno de los candidatos a la Presidencia, de manera antipatriótica, propone un Brasil desvergonzadamente subordinado a los Estados Unidos de Donald Trump. Aplaudió el aumento desmesurado de aranceles contra nuestra economía. En caso de ganar las elecciones —¡que no ocurra semejante desgracia!—, propuso que técnicos estadounidenses colaboraran durante la etapa de transición del gobierno de Lula al suyo. De este modo, quedaría garantizado el alineamiento con la política y los intereses estadounidenses. Además, entregaría en bandeja nuestras tierras ricas en recursos y otras de importancia estratégica.

Una persona con intenciones neocoloniales y entreguistas jamás debería poder presentarse como candidata al cargo más alto de la nación. Si nuestra justicia realmente funcionara menos en favor de los intereses de las élites y más en beneficio de los intereses colectivos del pueblo brasileño, el lugar de este aspirante sería la prisión por delitos de corrupción, de lesa patria y de traición: Flávio Bolsonaro.

Si ese candidato de orientación conservadora e incluso fascista, como su padre, encarcelado por un intento de golpe de Estado, resultara elegido, preparémonos para lo peor, especialmente quienes viven en la pobreza, los obreros y los funcionarios públicos. Sufrirían las universidades, los centros técnicos y de investigación, que verían reducidos o eliminados sus subsidios. La ecología, los pueblos indígenas, las comunidades quilombolas y las mujeres pasarían a ocupar un lugar secundario o quedarían ausentes de la agenda pública. Por no hablar de las artes y de la libertad de expresión. Volveríamos a una situación colonial, la de un país subordinado al que le habrían arrebatado su identidad.

Es una cuestión de honor y una señal de amor a la patria derrotar a este enemigo de la nación y al proyecto antinacional que representa.

El otro candidato, surgido de las regiones más profundas de Brasil y sobreviviente del hambre y de la miseria, ya se ha ocupado de nuestro pueblo en tres oportunidades, introduciendo cambios nunca antes realizados en nuestro país en favor de los más marginados, mediante políticas sociales eficaces hasta el punto de sacar a Brasil, según la ONU, del mapa del hambre, después de que su antecesor golpista dejara a 33 millones de personas padeciendo hambre y viviendo en la miseria.

Este último desmanteló, en los ámbitos cultural, educativo y laboral, así como en otras políticas públicas, casi todo lo que se había conquistado a lo largo de siglos.

El presidente Lula, su adversario, aparece como uno de los protagonistas del multilateralismo y del conjunto de países del Sur Global que integran los BRICS. Consciente de nuestra soberanía y de la importancia estratégica y ecológica de nuestro país, fue, desde el comienzo, el primer jefe de Estado que se opuso a la arrogancia de Donald Trump, cuya estrategia consiste en someter a los demás países mediante amenazas económicas y, eventualmente, militares. Lula dejó claro que «Brasil no cabe en el patio trasero de ningún país».

Con sentido del equilibrio, mantiene relaciones diplomáticas y comerciales con Estados Unidos y, simultáneamente, con China, sin dar ninguna señal de sometimiento, sino de soberanía y libertad para establecer el camino brasileño hacia su autonomía y su desarrollo sostenible, preservando todo lo posible la selva amazónica, que regula el clima de la mayoría de los países. Su protección es fundamental para el equilibrio ecológico de todo el planeta. Negocia libremente con decenas de países. En el escenario internacional ha despertado una admiración cada vez mayor por su capacidad de diálogo y por el respeto que suscitan sus propuestas frente a los problemas de la humanidad.

No podemos permitir, de ninguna manera, que se pierda esta herencia política y humanitaria y que el destino del país sea entregado a alguien que no ama a Brasil y que preferiría que formara parte del destino de Estados Unidos, hoy puesto en cuestión por su imparable proceso de decadencia.

Nuestra lucha consiste en romper con la dependencia colonial y neocolonial respecto de otros centros de poder y fortalecer las bases de otro tipo de país, que acoja con dignidad a todos sus habitantes y que esté abierto, dadas las amenazas que pesan sobre el planeta Tierra, al hambre y la sed de todo el mundo. De ahí la importancia decisiva de la reelección de Lula. No se trata únicamente de un problema nacional, sino de una cuestión de dimensiones planetarias.

Nuestra misión es mantener encendida esa luz, alimentarla y no permitir que recorramos un camino que nos conduzca al abismo. Esa sería la tragedia si venciera su adversario, que nada ha hecho por el pueblo brasileño, salvo colocarlo bajo el yugo de una potencia militarmente poderosísima, pero paupérrima en términos de humanidad y de colaboración para construir un destino feliz para el planeta Tierra, para los pueblos y para nuestro país. Votaré por Lula, 13.

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA, del ICL (https://www.revistaliberta.com.br). Es también autor de Brasil: romper con la dependencia y refundar Brasil, Vozes, 2015 (https://www.leonardoboff.org).

 

Um Brasil subserviente(Flávio) ou um Brasil soberano(Lula)?

O debate político entre Lula e Flávio na TV Band,no domingo, foi de péssima qualidade. Flávio não queria discutir problemas mas apenas, da forma de um moleque, desestabilizar Lula. Parecia uma intriga de botequim. Lul despertou tarde demais. E teve que suportar uma inimaginável falta de respeito e de civilidade. As urnas dirão.

Em todos os casos,nestas eleições de 2026 se joga o destino do Brasil. Um dos candidatos à Presidência, de forma antipatriótica, propõe um Brasil desavergonhadamente subserviente aos Estados Unidos de Donald Trump. Aplaudiu o tarifaço contra nossa economia. Caso ganhasse a eleição, que a desgraça não aconteça, propôs que técnicos norte-americanos ajudassem na fase de transição do governo Lula ao seu. Deste modo, o alinhamento à política e aos interesses norte-americanos estatira garantido. Ademais entregaria de bandeja nossas terras ricas e outras com função estratégicas.

Uma pessoa com intenções neocoloniais e entreguistas jamais poderia  apresentar-se como candidato ao mais alto cargo da nação. Se nossa justiça realmente funcionasse menos para os interesses das elitites e mais para os coletivos do povo brasileiro, o lugar deste predentente seria a prisão por crime se corrupção, de lesa-pátria e de traição:Flávio Bolsonaro.

Se esse candidato de viés conservador e até fascista como seu pai, preso por tentativa de golpe, sair eleito, preparemo-nos para o pior, especialmente os submetidos à pobreza, os operários e funcionários públicos. Sofreriam as universidades, os centros técnicos e de pesquisa que veriam seus subsídios encurtados ou anulados.A ecologia, os indígenas, os quilombolas e as mulheres seriam temas rebaixados ou ausentes.Sem falar nas artes e na liberdade de expressão. Voltaríamos à situação de colônia, um país subalternizado, cuja identidade  lhe fôra sequestrada.

É ponto de honra e sinal de amor à pátria derrotar esse  inimigo da pátria, e o projeto anti-nacional que representa.

O outro candidato, vindo dos fundões do Brasil e sobrevivente da fome e da miséria, já cuidou de nossa  gente por três vezes, introduzindo mudanças, jamais feitas em nossa país,  em favor dos mais marginalizados com políticas sociais eficazes a ponto de tirar, segundo a ONU, o Brasil do mapa da fome, pois seu antecessor golpista deixara 33 milhões passando fome e vivendo na miséria.

Desmontou em termos culturais,educacionais e trabalhistas e outras políticas públicas quase tudo o que se havia conquistado durante séculos.

O presidente Lula, seu opositor, comparece como um dos protagonistas do multilateralismo e do conjunto dos países do Grande Sul que compõe os BRICS. Consciente de nossa soberania e da importância estratégico-ecológica de nosso pais, foi, inicialmente, o primeiro chefe de Estado que se opôs à arrogância de Donald Trump,cuja estratégia  consiste em submenter os demais países com ameaças econômicas e eventulmente militares. Lula deixou claro que o “Brasil não cabe como quintal de nenhum país”.

Com senso de equilíbrio sustenta relações diplomáticas e comerciais com os EUA e simultaneamente com a China, sem dar  nenhum sinal de submetimento, mas de soberania e de liberdade ao estabelecer o caminho brasileiro rumo à sua autonomia e desenvolvimento sustentável, preservando o mais que pode a floresta da Amazônia que regula os climas da maioria dos países. Sua proteção é fundamental para o equilíbrio ecológico de todo o  planeta. Negocia com liberdade com dezenas de países. Na arena internacional grangeou mais e mais admiração por sua capacidade de diálogo e de respectabilidade face às suas sugestões dos problemas da humanidade.

Não poderemos de forma alguma que essa herança política e humanitária se perca e o destino do país seja entregue a alguem que não ama o Brasil e preferiria que fosse parte do destino dos EUA, hoje posto em discussão por seu processo irrefreável de decadência.

A nossa luta é romper com a dependência colonial e neocolonial de outros centros de poder e de fortalecer a fundação de um outro tipo de país, que albergue a todos os seus habitantes com dignidade e esteja aberto, dadas as ameaças que pesam sobre o planeta Terra, às  fomes e sedes do mundo inteiro. Dai a importância decisiva da reeleição de Lula. Não é um problema apenas nacional mas de dimensões planetárias.

Nossa missão é manter essa luz acessa, alimentá-la e não permitir que trilhemos um camino que nos levará a um abismo. Esta seria a tragédia, caso seu opositor vencer   e que nada fez para o  povo brasileiro, senão colocá-lo sob a canga de um potência militarmente poderosossíma mas paupérrima em termos de humanidade, de colaboração para um destino feliz para o planeta Terra, para os povos e para o nosso país. Votarei em Lula 13.

Leonardo Boff escreve para a revista LIBERTA do ICL (https://www.revistaliberta.com.br); escreu também:Brasil: romper com a dependência e refundar o Brasil, Vozes 2015 ( (https://www.leonardoboff.org).

 

 

 

 

Olaizola y d’ors proponen caminos complementarios para descubrir a Dios en la vida cotidiana

¿Dónde podemos encontrar a Dios hoy? ¿Es necesario retirarse del ruido del mundo para descubrirlo o podemos reconocer su presencia en medio de la vida cotidiana, incluso ante las noticias que nos llegan cada día? Estas preguntas estuvieron en el centro del coloquio protagonizado por José María Rodríguez Olaizola y Pablo d’Ors el pasado 29 de septiembre, en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, dentro de las XXIII Jornadas de Teología, dedicadas a «La experiencia de Dios hoy: desafíos y caminos de la espiritualidad».

Moderado por Lucía Tornero, el encuentro reunió a dos autores con trayectorias y propuestas espirituales diferentes. Pablo d’Ors, impulsor de la red de meditadores Amigos del Desierto, puso el acento en la contemplación, la consciencia y el silencio. Rodríguez Olaizola, jesuita especializado en acompañamiento y comunicación, insistió en la posibilidad de descubrir a Dios mediante una lectura creyente de la realidad. Sus intervenciones dibujaron caminos distintos que, sin embargo, apuntan hacia una misma cuestión: cómo reconocer la presencia de Dios en la experiencia humana.

El silencio y la contemplación

Pablo d’Ors defendió la contemplación como una dimensión fundamental de la experiencia cristiana. Para él, el silencio no consiste simplemente en dejar de hablar o apartarse de las ocupaciones, sino en aprender a mirar de otra manera, prestando atención a lo que sucede dentro y fuera de nosotros.

En su intervención, concedió especial importancia a la consciencia y a la necesidad de superar una mirada superficial sobre la realidad. La práctica contemplativa permite detenerse, tomar distancia de los propios pensamientos y abrirse a una experiencia más profunda de la existencia.

Su propuesta invita a recuperar espacios de silencio en una sociedad caracterizada por la prisa, la sobreabundancia de estímulos y la dificultad para mantener la atención. No se trata necesariamente de huir del mundo, sino de aprender a estar en él con una disposición diferente.

Descubrir a Dios en lo que sucede

José María Rodríguez Olaizola abordó la cuestión desde otro punto de partida. En lugar de centrar la mirada en el silencio, puso el acento en la capacidad de interpretar la realidad desde la fe. Para ilustrarlo, planteó que también es posible contemplar viendo un telediario.

Las noticias pueden leerse desde perspectivas políticas, económicas, ideológicas o afectivas. La lectura creyente propone una mirada adicional: preguntarse qué revelan los acontecimientos sobre la condición humana, el sufrimiento, la esperanza, la injusticia, la solidaridad y la posibilidad de transformar la realidad.

Esta manera de mirar no significa ignorar los datos ni sustituir el análisis de los hechos por explicaciones religiosas. Supone, más bien, dejar que la realidad interrogue a la propia fe y reconocer que la experiencia de Dios también puede surgir del encuentro con las personas y de la atención a lo que ocurre en el mundo.

Olaizola recordó asimismo que la duda forma parte de la fe. Creer no elimina las preguntas ni garantiza certezas permanentes; implica también afrontar la incertidumbre y mantener abierta la búsqueda.

Dos caminos que convergen

A primera vista, la contemplación silenciosa de d’Ors y la lectura creyente de la realidad propuesta por Olaizola podrían parecer itinerarios diferentes. Uno invita a detenerse y cultivar la atención interior; el otro, a mirar los acontecimientos y descubrir en ellos preguntas que afectan a la fe. Sin embargo, ambos comparten una intuición fundamental: la experiencia de Dios requiere una mirada que vaya más allá de lo inmediato.

El silencio puede ayudar a percibir lo que habitualmente pasa inadvertido. La lectura creyente puede descubrir, en medio de las circunstancias cotidianas, preguntas y signos que invitan a profundizar. En ambos casos, se trata de aprender a mirar, escuchar y reconocer una dimensión de la realidad que no siempre resulta evidente.

El coloquio permitió así acercar dos sensibilidades espirituales sin reducir una a la otra. La contemplación y el discernimiento de la vida cotidiana no tienen por qué excluirse: pueden convertirse en prácticas complementarias para quienes buscan vivir la fe en el mundo actual.

La conversación celebrada en Comillas dejó abierta una pregunta que trasciende el ámbito académico: en una sociedad marcada por la secularización, la prisa y la multiplicación de estímulos, ¿qué necesitamos cambiar en nuestra manera de mirar para reconocer la presencia de Dios? Las propuestas de d’Ors y Olaizola sugieren dos posibles respuestas: aprender a hacer silencio y aprender a leer creyentemente lo que sucede. Caminos diferentes que pueden conducir a una misma búsqueda.

Elaborado por María Eugenia Massariol

Fuente: Coloquio «Caminos de la experiencia de Dios en nuestro tiempo», con José María Rodríguez Olaizola y Pablo d’Ors, moderado por Lucía Tornero, XXIII Jornadas de Teología de la Universidad Pontificia Comillas, Madrid, 29 de septiembre de 2026.

OLAIZOLA Y D’ORS PROPONEN CAMINOS COMPLEMENTARIOS PARA DESCUBRIR A DIOS EN LA VIDA COTIDIANA

Cien años de la “Jornada Mundial de las misiones” (DOMUND)

Octubre es el mes dedicado a las misiones y, en esta ocasión, se celebran los cien años de haber sido instituida, por Pío XI, la “Jornada Mundial de las Misiones” DOMUND (Domingo Mundial de las misiones, el penúltimo domingo de octubre). Pío XI quiso mostrar la universalidad de la misión y la responsabilidad de toda la Iglesia en ella. Además, el ayudar a tomar conciencia de la necesidad de recolectar fondos para sostener la misión en los territorios más necesitados.

Para esta ocasión el Papa León XIV propuso como lema: “uno en Cristo, unidos en la misión”, queriendo hacer énfasis en la unión con Cristo como centro de la misión. Retomó el texto del evangelio de Juan: “que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (17,21), mostrando con ello el deseo de Jesús de la unidad entre todos sus seguidores, como un testimonio visible de la comunidad, de la fraternidad/sororidad entre todos los seres humanos y de la armonía con la creación.

Para León XIV, la fecundidad misionera nace de este testimonio de unidad y no de prácticas o ideas religiosas. Por eso, llama a superar las divisiones y a vivir el espíritu ecuménico que nos permite la unidad con las otras denominaciones cristianas. Es esta experiencia de unidad, en todos los sentidos, la que da fuerza comunicativa al evangelio, porque, como dijo el papa Francisco, “el anuncio del evangelio es siempre una acción coral, comunitaria, sinodal”. Este llamado a la unidad no debe entenderse como uniformidad, sino como unidad en la pluralidad.

Podríamos recordar la carta paulina donde se habla de los diversos carismas todos para beneficio del cuerpo de Cristo que es la Iglesia (1 Cor 12, 12-13). La evangelización se realiza cuando las comunidades locales colaboran entre sí y cuando las diferencias culturales, espirituales y litúrgicas se expresan plena y armoniosamente en la misma fe.

El papa León XIV anima, en su mensaje, “a las instituciones y realidades eclesiales a fortalecer el sentido de comunión misionera eclesial y a desarrollar con creatividad formas concretas de colaboración entre ellas, para y en la misión”. Además de la unidad como condición de la misión, León XIV continua su mensaje, recordándonos que “la Buena Nueva que estamos enviados a anunciar al mundo no es un ideal abstracto; es el Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y en la vida de Jesucristo.

Es una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor. Los apóstoles evangelizaron impulsados por el amor de Cristo y por Cristo” (cf. 2 Co 5,14). De la misma manera, “a lo largo de los siglos, multitudes de cristianos, mártires, confesores, misioneros han dado la vida para dar a conocer este amor divino al mundo. Así, la misión evangelizadora de la Iglesia continúa bajo la guía del Espíritu Santo, Espíritu de amor, hasta el fin de los tiempos”. Cabe destacar en este día a tantos misioneros y misioneras ad gentes que dejan su familia, su tierra y toda su seguridad para anunciar el evangelio en lugares difíciles y apartados, con condiciones materiales muy precarias, muchas veces arriesgando la vida por estar en zonas de conflicto o por las condiciones insalubres con las que tantas veces se encuentran.

Hemos de pedir que esta generosidad misionera se despierte en muchas personas para que el evangelio pueda llegar hasta los confines de la tierra. Conmemorar estos cien años ha de comprometernos también a reconocer que ahora somos nosotros los que hemos de continuar esa tarea.

Supone tomarnos en serio el llamado a ser “discípulos misioneros” como lo enfatizó la V Conferencia Episcopal Latinoamericana en Aparecida (2007) y que el papa Francisco retomó en su primera Exhortación Evangelii Gaudium (2013), invitándonos a ser una Iglesia en “salida”, cercana a las periferias y abierta a todos.

Con el proceso sinodal que Francisco emprendió en 2021, profundizó en esta vocación discipular misionera de todo cristiano llamado a la participación y corresponsabilidad eclesial con todas las consecuencias. Todo esto es posible en la medida en que se reconozca al laicado como sujeto activo de la misión, especialmente las mujeres, a las cuales se les ha marginado tanto en los espacios eclesiales y que hoy se hace indispensable su integración afectiva y efectiva, también en los niveles de decisión.

La misión sigue siendo urgente y el llamado permanece. Sin embargo, los tiempos van cambiando y es necesario buscar nuevas formas y adaptarse a las nuevas realidades. Por eso, hoy en día, la misión ha de hacerse desde el diálogo intercultural, la inclusión y la escucha de todos.

No son tiempos de adoctrinamiento o de apología porque el evangelio no se impone, sino que se ofrece como don y regalo de Dios, no se defiende creyéndose poseedores de la única verdad, sino que busca sumar con las otras experiencias y maneras de vivir lo religioso.

Nuestra tarea es anunciar la buena noticia del Reino y que los frutos de nuestro compromiso de vida abran los caminos de Dios sobre la humanidad, especialmente desde la opción por los pobres, partiendo siempre desde los últimos y marginados.

Todo lo anterior hace posible una iglesia auténticamente misionera, servidora y en salida. Pidamos vivir este nueva Jornada misionera con la generosidad suficiente “para que nadie pase necesidad en la comunidad” (Hc 4, 32-35). En la medida que podamos, que no falte la donación económica para hacer frente a tanta necesidad material de nuestro mundo. Pero, sobre todo, que no falte la donación de todo lo que somos al servicio de los demás.

Animarnos a amar como Dios / Jesús… ¡Nada menos!

La Biblia, que no suele “andar con chiquitas”, nos pone un desafío mayúsculo, ¡el amor! Y, para darle entidad, nos invita a “amar como Dios”, o “como Jesús nos amó”. ¿No es excesivo? ¿Quién puede amar como Dios? ¿Quién puede amar como Jesús? En estos párrafos pretendo “recoger el guante” e intentar mirar ambos aspectos con la intención de entender qué nos dice el profeta y qué el evangelista.

«ve y ama… como ama Yahvé…» (Oseas 3,1)

El texto se encuentra en la sección narrativa del profeta, probablemente uno de los párrafos de mayor ternura de todo el Antiguo Testamento.

Veamos el contexto (omitimos algunos temas debatidos que no hacen a la intención de esta página). Oseas toma por mujer a Gómer (1,3) que se dedica a la prostitución (¿sagrada?) y engendran un hijo al que pondrán el nombre Yizreel (1,4). La motivación de este nombre – una región de llanura (Jue 6,33), donde hay una fuente (1 Sam 29,1) pero está ligada al derramamiento de sangre: fue allí que la reina Jezabel tiene un palacio (1 Re 18,45-46) y asesina a Nabot con la finalidad de apropiarse de su viña para su marido, el rey Acaz (1 Re 21,1) y allí el general Jehú – luego rey de Israel – provoca una increíble masacre, comenzando por Jezabel, y toda la corte y sacerdotes (2 Re 9,30.36; 10,6.7.11). El hijo del profeta recibe ese nombre porque “dentro de poco visitaré yo la casa de Jehú por la sangre derramada en Yizreel, y pondré fin al reinado de la casa de Israel. Aquel día romperé el arco de Israel en el valle de Yizreel” (Os 1,4-5).

Gómer tiene todavía dos hijos más (¿con Oseas?, no se dice); la primera es una hija a la que pone el nombre de Lo’-ruhamah [no-compadecida] “porque ya no me compadeceré [raham] de la casa de Israel ni los perdonaré” (1,6). El término raham alude al seno (materno), y de allí a la ternura, la compasión, la misericordia, el amor, y puede traducirse con cualquiera de estas variantes (ver Os 14,4 referido al huérfano); en Oseas 9,14 refiere al seno abortivo. Lo cierto es que el nombre de la hija refiere a que Dios “ya no” lo tendrá por Israel como lo tuvo desde el origen (Ex 33,19; Dt 13,8; 30,3). El siguiente hijo recibe por nombre Lo’-ami “ [no-mi-pueblo] porque ustedes no son mi pueblo [‘am] ni yo soy el que estoy con ustedes” (1,9). Nuevamente nos remite al comienzo, al mismo nombre “Yahvé” (yo soy el que estoy [con ustedes]); Dios da por terminado lo que empezó en el Sinaí.

Sin embargo, sin explicación, irrumpe una nota de esperanza: los dos pueblos se reunirán, y “no mi pueblo” se llamará “hijos de Dios vivo” (2,1), será “grande el día de Yizreel” y digan a sus hermanos “mi pueblo [‘ami] y a sus hermanas “compadecida” [ruhamah] (2,3). Aunque, en seguida, parece continuar la misma tesitura crítica a su mujer “pleiteen con su madre (obviamente dirigida a sus hijos) … ella ya no es mi mujer” (2,4). Su objetivo es que “quite las prostituciones”, si no, de sus hijos “no me compadeceré” (2,6). La prostitución remite a los amantes que la alimentan: pan, agua, lana, lino, vino, aceite (referencia a los dioses de la fecundidad, como Baal, propios de Canaan; 2,7). Pero lo que hará Yahvé es impedirle ir con ellos (vallas, barreras) con la finalidad de que diga “voy a volver con mi primer marido… me iba mejor que ahora” (2,9). Evidentemente Oseas lee su historia personal (él y Gómer) a la luz de la relación de Yahvé e Israel, y la infidelidad remite a la idolatría de Israel que pretende fecundidad con los dioses paganos:

Ella no había comprendido ella que era yo quien le daba el trigo, el vino y el aceite, ¡la plata y el oro en abundancia y lo empleaban haciéndose un ídolo! Por eso volveré a tomar mi trigo a su tiempo y mi vino a su estación, retiraré mi lana y mi lino que habían de cubrir su desnudez (Os 2,10-11)

Y, para lograr su cometido, el amante la engaña (seducirla) y la lleva al desierto, lugar sin fecundidad, lugar del amor primero… y “allí les daré sus viñas” y “responderá como en su juventud” (2,16-17) y “me llamará esposo [‘ish] mío y no Baal mío” (2,18 [además de la referencia a la divinidad, baal también significa “señor”]). Y el “precio” de este reencuentro de amor será “derecho (tzedaqa), justicia (mishpat), afecto (jesed), cariño (rahamim), fidelidad (‘emun’ah), conocimiento (yada’) de Yahve (2,21-22; señalo los términos hebreos porque todos son importantísimos); eso – ¡nada menos! – es el compromiso de amor de los amantes. La consecuencia de esto:

responderé a los cielos, y ellos responderán a la tierra [es decir, lloverá, ¡fecundidad!]; la tierra responderá al trigo, al vino y al aceite, y ellos responderán a Yizreel. Yo la sembraré para mí en esta tierra, me compadeceré de «No-compadecida», y diré a «No-mi-pueblo»: Tú «Mi pueblo», y él dirá: «¡Mi Dios!» (2,23-25).

Después de este final esplendoroso, el capítulo 3 parece volver atrás. Parece retomar el comienzo con evidente referencia histórica a la relación de Israel y su infidelidad persistente. Pero, y aquí la frase: ¡Así ama Yahve!

El que en su irritación inicial había dicho “ya no”, es un “Dios misericordioso [rahum] y clemente [hanun], tardo a la cólera y rico en amor [jesed] y fidelidad [hemet]” (Ex 34,6; ver Jon 4,2).

Israel está, desde los orígenes hasta los últimos escritos, invitado al derecho y la justicia (mishpat we tzedaqa; aparecen juntas en los textos más diversos casi 50 veces en la Biblia hebrea), pero – es frecuente también – la insistencia en que el pueblo no las ha respetado. Los diferentes autores reaccionan diferentemente, pero Oseas lo presenta en “clave amor”, amor esponsal (en el sentido de los esposos de aquel tiempo, por cierto; no hemos de entenderlo en el sentido contemporáneo). Amor que no supone ignorar las infidelidades, lo que provoca enojo e, incluso, ruptura de las relaciones. Pero ese amor, que se expresa en el perdón, supone también reencuentro, reconciliación, e, incluso, hasta trampa (seducción) con la finalidad de reconquistarla. Ciertamente no como si “acá no ha pasado nada” pero si un reencuentro de “amor y fidelidad” que se expresa – en ese caso, políticamente – en los nombres de los dos hijos últimos. Dios se ha enojado, ha roto con su esposa, con su pueblo… pero el amor que le tiene implica que el “ya no” cambiará y “sucederá aquel día” que “mi pueblo” me dirá “mi Dios” …

“ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Juan 15,12)

Después de mostrar a Jesús en su ministerio, el Evangelio de Juan decide presentar un largo discurso de despedida de Jesús con “los suyos” (13,1; ver 13-17). Es un ejemplo para que “hagan como yo hice con ustedes” (13,15), y eso es indicado como “amor” (13,34) que es un amor como el del Padre por Jesús (15,9), que lleva a ambos a ser “uno” (17,11), porque, así como el Padre ama al Hijo así también ama a “los suyos” (17,23), expresado, también, como un “guardar los mandamientos” (15,10) pero un mandamiento que es, precisamente, “amar” como él amó (15,12).

Ciertamente, la pregunta es ¿cómo amó Jesús?, y Juan mismo lo dice: “¡hasta el extremo!” (13,1). Este extremo es, ciertamente “poner la vida”, como el pastor que se “pone” delante del peligro para proteger a sus ovejas (10,11.15) o el amigo que arriesga su vida para defender al suyo (15,13) o Pedro, que, acelerada e impulsivamente, dice que arriesgará su vida por Jesús (cosa que no hace, por cierto, 13,37-38). Este arriesgar la vida, “ponerla” delante del peligro (10,17-18) es razón por la que el Padre ama al Hijo (“por eso”). Ese extremo, ciertamente, lo lleva a la muerte, porque la vida le es arrebatada; él la pone, otros la toman. Ese amor, ese extremo que es servicio, ponerse en el último lugar los unos en bien de los otros (13,4.17). Pero eso provoca vida: “el Padre tiene vida en sí mismo y también le da al hijo tener vida en sí mismo” (5,26). Amor y vida van juntos en Juan: “tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino tenga vida eterna” (3,16).

 

El amor “como” el de Jesús no es un “cómo” en cantidad, sino en “intensidad”, sin guardarse nada, entregando (“poniendo”) todo, arriesgando incluso la vida en bien de quienes son amados.

El “como”, insistimos, no ha de entenderse “cuánto”, porque parecería imposible: ¿amar como Dios? ¿amar como Jesús? Pero los textos no se detienen en un tema de cantidad y perfección, sino en una propuesta de vida; amor capaz de perdón (insisto, también, no un perdón que ignora o invisibiliza lo ocurrido, sino que se mueve para pretender en los amados un cambio de actitud), amor capaz de no guardarse nada (hasta el extremo) en beneficio de quienes son amados y es capaz de arriesgar todo, precisamente por ellos. De ese amor se trata…

Imagen tomada de https://www.youtube.com/watch?v=eTc_2Ix8O3I

 

Cultivar un realismo saludable en la política

En su encíclica Magnifica Humanitas: «Sobre la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial», León XIV nos confronta con el desafío de construir una «civilización del amor» en medio de la expansión de una «cultura del poder». Comienza observando que «se está estableciendo una cultura del poder, en la que la disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la agenda y los criterios de toma de decisiones, relegando el bien común de la humanidad a un segundo plano y reduciendo el drama concreto de los pueblos en guerra a una variable secundaria frente a los intereses estratégicos» (MH 188). Afirma que «la construcción de un mundo en estado de beligerancia permanente es un mal» que debe ser denunciado (MH 110). Y recuerda que, “incluso en las noches más oscuras, el Señor levanta hombres y mujeres capaces de no resignarse y de perseverar en el bien”, advirtiendo que “la gracia no elimina el conflicto con un gesto mágico, sino que genera una resistencia activa al mal y una sorprendente creatividad en el bien” (MH 211).

En este contexto, aboga por la construcción de una «civilización del amor». Insiste en que «todos podemos poner de nuestra parte» (MH 212-213). Habla de la importancia y la necesidad de «palabras conciliadoras» (MH 214), «construir la paz en la justicia» (MH 215), «adoptar la perspectiva de las víctimas» (MH 216-217), «cultivar un realismo sano» (MH 218), «revitalizar el diálogo» (MH 219), promover la «diplomacia» y el «multilateralismo» (MH 224-227), «orar y tener esperanza» (MH 228). Frente a todo tipo de pesimismo y resignación, León XIV insiste en que «la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar forma institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea una persona o un pueblo— como un aliado necesario en la construcción del bien común» (MH 186).

Un punto fundamental en la construcción de la civilización del amor es cultivar «un realismo sano que evite tanto el idealismo político como el cinismo» (MH 218). Frente a un idealismo que gira en torno a una realidad idealmente construida y a un realismo degradado que confunde la observación con la resignación, León XIV insiste en un realismo auténtico que no renuncia a transformar el mundo. Esta postura «comienza por comprender claramente los intereses, los temores, los vínculos y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué cambios. No reduce la política a la moral, pero tampoco se rinde ante la violencia: busca soluciones viables para que la paz sea más que una palabra, es decir, instituciones creíbles, garantías verificables, negociaciones pacientes, prevención de conflictos y protección de la población civil» (MH 218).

Lo que se aplica a la reflexión y promoción de la paz en un mundo en guerra también se aplica al discernimiento político en un proceso electoral. La política no funciona en términos de “todo o nada”. Es necesario discernir y elegir, entre las posibilidades disponibles, la que más favorezca el bien común, la justicia social y la protección del medio ambiente. Si bien por diferentes razones, tanto el idealismo (política ideal) como el realismo degradado (fatalismo y resignación) terminan siendo una forma sutil de “lavarse las manos” ante situaciones tan decisivas para la sociedad. A diferencia del realismo auténtico , que evalúa críticamente las posibilidades que existen y decide por la que mejor se corresponde con las exigencias evangélicas de construir una sociedad más justa y fraterna y cuidar nuestra casa común. Esto no significa apoyo incondicional ni ausencia de crítica, ni sumisión ni servilismo a ningún partido o candidato. Significa un compromiso ético-espiritual (¡no solo discurso!) con la construcción del bien común.

En el caso específico de estas elecciones en Brasil, una ventaja radica en que ambos proyectos de gobierno, representados por los dos candidatos, son ampliamente conocidos. Y no solo a través de sus discursos, sino también a través de sus prácticas políticas e incluso gubernamentales. Es importante comparar los proyectos y prácticas políticas y gubernamentales de ambos candidatos. Y, basándonos en el Evangelio de Jesucristo y la Doctrina Social de la Iglesia, plantearnos algunas preguntas: ¿Favorece y promueve la justicia social, los derechos humanos, los derechos laborales, las políticas públicas, la protección del medio ambiente, la democracia, la soberanía, etc.? ¿O favorece y promueve la concentración de la renta, los recortes en las políticas sociales, la destrucción de los derechos laborales, la aversión a los derechos humanos, la destrucción del medio ambiente y los ataques a la democracia y la soberanía?

«¡No temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo!» (MH 16). ¡No dejemos de votar! ¡No seamos como Pilato! ¡Votemos pensando en el bien común, en la justicia social y ambiental! ¡Votemos pensando en los pobres, marginados y oprimidos de la sociedad! ¡Votemos pensando en el cuidado de nuestra casa común!

¡Buen juicio!

¡¡¡Buen voto!!!

https://portaldascebs.org.br/cultivar-um-saudavel-realismo-na-politica/

 

 

El cuidado de la Creación es una cuestión teológica

La Comisión Teológica Internacional publica el documento «Cuidar nuestra Casa común», que invita a una «respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario». La cuestión ecológica es una cuestión teológica: la manera en que se cuida la Creación revela y configura la relación con Dios. El deterioro del medio ambiente es alarmante y se requiere una acción urgente en favor de la sostenibilidad del planeta. Nadie es una mónada, todo está conectado: «Escuchar el grito de la Tierra y de los pobres».

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Signos de octubre pone la mirada en el Perú que recibirá al Papa León XIV

La edición de octubre de 2026 de la revista Signos, del Instituto Bartolomé de Las Casas y el Centro de Estudios y Publicaciones, invita a reflexionar sobre los desafíos políticos, sociales y eclesiales del Perú.

El número aborda las elecciones de 2026 y la necesidad de recuperar la confianza ciudadana, analiza la realidad que encontrará el papa León XIV durante su próxima visita al país y examina los retos educativos a partir de los resultados de las pruebas PISA. Además, incluye una reflexión bíblica sobre la responsabilidad de cuidar la vida y los bienes comunes, información sobre el Encuentro Hispanoamericano del Movimiento Laudato Si’ y el testimonio de una experiencia de solidaridad que invita a escuchar y aprender de las comunidades.

Te invitamos a leer y descargar el suplemento completo para profundizar en estas reflexiones que vinculan la fe, la justicia social, la participación ciudadana y el compromiso con los más vulnerables.

¿Dios está con los poderosos?

Religión, ideología y derechas en América Latina: de la crítica de Marx a la teología de la liberación

¿De qué lado está Dios cuando la riqueza se concentra en pocas manos y millones de personas tienen dificultades para vivir dignamente? ¿Qué sucede cuando se invoca el Evangelio para defender determinados valores, pero se dice poco frente al hambre, la desigualdad y la exclusión? ¿Puede una religión hablar en nombre de los pobres y, al mismo tiempo, terminar justificando un orden social que los mantiene en esa situación?

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