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La luz del poder que da la vida

[Por: Luis Van de Velde]

El día que empezamos a hacer la primera edición de esta reflexión, nos enteramos de que Mariyita (del Pito) había fallecido.  Desde finales de los años setenta, fue una mujer pobre del pueblo, muy activa en el camino de las comunidades eclesiales de base y que acompañó desde su pobreza al movimiento popular.   Siempre vivió en un rancho construido con permiso en la zona verde de una colonia popular en las afueras de la ciudad de Mejicanos.  Es en esa zona donde Hermana Silvia Arriola (asesinada en Cutumay Camones en enero de 1981) realizó una gran labor evangelizadora.  Y esto sin olvidarnos de los muertos en esta tragedia de las tormentas y en la pandemia del coronavirus (los que aparecen en las estadísticas oficiales y los muchos otros a los que no se les hizo la prueba), de las personas que están luchando por la vida, de las familias que han perdido su hogar y sus pertenencias y de los agricultores que han perdido sus cosechas. ¿Cómo podemos hacer una reflexión sobre el poder de la vida cuando nos enfrentamos a la muerte de Mariyita y de los miles de personas que siguen muriendo a diario, especialmente las víctimas de la violencia económica, política y militar?…

 

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Cinco fotografías de la fe (III)

[Por: Salvador Santos Pacheco]

El caso de la mujer con flujos de sangre en Mc 5,24-34; Mt 9,20-22 y Lc 8,42-48 es el tercer episodio donde, según el Evangelio de Marcos, Jesús habla de la fe. Los tres evangelistas concuerdan literalmente en esta afirmación de Jesús: “Hija, tu fe te ha salvado”…

 

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Cosas extrañas de un cristianismo de Estado

[Por: Jairo Alberto Franco Uribe | Religión Digital]

En la posesión del nuevo presidente de los colombianos, Abelardo de la Espriella, hubo un despliegue desbordado de religión y percibí muchas cosas extrañas al evangelio en este cristianismo de Estado; y quiero compartir esa extrañeza con ustedes…

 

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En la creación, una espiritualidad cristiana que decolonializa

Diego, te conocí durante conferencias en Abia Yala-América Latina y Europa. Tu eres el Amauta auténtico e inolvidable de Abia Yala. Por tu humor enraizado en el humus de la tierra, las culturas y sus fiestas creaste a pesar de realidades fuertes e injustas atmósferas de serenidad compasiva & esperanza cristiana. Que descanses en paz.

Elisabeth Steffens, Latinoamericanista, Aquisgrán, Alemania

Este texto es una ponencia que dió Diego Irarrázaval en la conferencia interreligiosa “Sólo somos huéspedes en la tierra. En memoria de Berta Cáceres (1971-2016)” que tuve lugar en Salta, la linda, Argentina en enero 2017. Este texto ha sido publicado solamente en lengua alemana en la documentación de la conferencia con el título “In der Schöpfung. Eine christliche Spiritualität, die entkolonisiert” (p. 145-151). El título de la documentación es “Wir sind nur Gast auf Erden. Lateinamerikanische Schöpfungsspiritualitäten im Dialog”, editada por Carlos María Pagano, Elisabeth Steffens y Klaus Vellguth (Ostfildern 2019).

¿Con qué Iglesia sueño?

La primera imagen que viene a mi cabeza al hacerme esta pregunta es una de la serie The Chosen: el Señor acompañado de la gente y de sus apóstoles por la calle, sonriendo y mirando. ¿Qué miraba? No lo sé, pero me aventuraría a decir que los corazones y las necesidades de todas aquellas personas que tenía a su alrededor.

No hablo desde la teología ni desde la Tradición. Hablo desde el Evangelio, desde la experiencia cotidiana de la fe, desde esa capacidad de sentir frío y calor. Y frío es lo que siento en muchas ocasiones en nuestra Iglesia.

Yo sueño con una Iglesia abierta, y entiéndase por abierta todas las acepciones del diccionario no contrarias al Evangelio. Una Iglesia en la que no se juzgue, no se mire por encima del hombro, que cuando tienes que corregir o decir algo a un hermano, utilices el método que explica Jesús en el Evangelio: «ve y díselo» (Mt 18, 15). Una Iglesia que sepa acoger, abrazar, amar, que aquel que llame a sus puertas sea, como dice la Regla de San Benito (cap. 53), recibido como si el mismo Cristo estuviese ante ti.

El amor debe ser la base de nuestra Iglesia, pues así lo dijo nuestro Señor: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo» (cf. Mt 22, 37-39).

Yo no quiero una Iglesia de príncipes, de ilustrados, de personas más importantes unas que otras, de representantes del Señor que no lo representan. Tampoco creo que nuestro Señor quisiese ser representado en oro. Pedro fue pobre y humilde hasta la muerte, y sus herederos así deberían ser.

No dudo de la necesidad de ciertas cuestiones: protocolos, viajes, agendas, medidas de seguridad, sobre todo en los tiempos que corren, pero me pregunto cuánta gente perdió la fe al entrar en el Vaticano y ver el lujo, el fausto y la pompa. Cuántas personas se alimentarían con la recaudación de los Museos Vaticanos. ¿Cuántas túnicas de nuestro Señor harían falta para cubrir el suelo del pisito de algún obispo o arzobispo? No todos son así, gracias al Señor. Hay muchísimos monjes, monjas, sacerdotes, frailes y cargos eclesiásticos que son el rostro vivo de la humanidad y sencillez de Cristo. Pero me pregunto: ¿cuántas personas comerían si un alto cargo eclesiástico comiese dignamente, pero no ostentosamente?

El Señor dijo: «No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas» (Lc 9, 3; cf. Mc 6, 8-9).

Sí, un sacerdote tiene que tener su vida y sus necesidades cubiertas. Muchos realizan trayectos larguísimos a lo largo del domingo y durante la semana para atender a todas las parroquias que tienen, sobre todo en el rural. Por eso me pregunto: ¿cómo es posible que existan consagrados que entregan todo su tiempo y su vida a obrar para el Señor, y otros acomodados y burocratizados? Cómo me gustan esos sacerdotes que llevan los zapatos manchados del camino. Esos que, enfrentándose a la soledad y dificultades del rural, y aunque el Derecho Canónico (can. 905) limite con rigor las celebraciones diarias, multiplican su tiempo para llegar a cada aldea. Probablemente no cumplan de forma estricta todo ese protocolo rígido y sin alma, pero anteponen la misericordia, aman, abrazan y se manchan si tienen que sacarte del barro. También en las ciudades hay muchas parroquias en las que sus sacerdotes involucran a una gran cantidad de población en actividades diferentes de ayuda a los demás, de nueva evangelización, con cursos de formación, con actividades para los pobres, para los que viven en la calle.

El otro día en la sacristía de la iglesia me coincidió estar con un seminarista. Apareció un hombre indigente que vivía en la calle preguntando por el sacerdote. La respuesta del seminarista fue: —No está. ¿Qué quería? A lo que aquel hombre respondió: —Buscaba algo de ayuda. Como veis, no pidió dinero. Pidió ayuda. La respuesta que recibió fue: —Esto es una iglesia. Aquí no se le puede ayudar. Tiene que ir a Cáritas. Y dirigiéndose a mí, me dice el seminarista: —¿Qué día abre Cáritas? Le dije el día que abría, el hombre dio las gracias y se marchó.

En ese momento me quedé atónito y sentí vergüenza de mi propia Iglesia. Pero si analizo ese momento, la torpeza o la falta de recursos no fue solo de este chico que se está preparando para sacerdote, sino también mía. Yo estaba allí como laico en la sacristía y tampoco supe qué hacer ni cómo reaccionar en ese instante. Me quedé mirando desde la barrera sin salir. ¿Por qué esta frialdad con la que reaccionamos, tanto laicos como sacerdotes, cuando deberíamos estar ardiendo en fe? Si en la casa de Dios no somos capaces de ofrecer una acogida a quien lo necesita, ¿para qué es la casa de Dios? ¿Solo para orar? Creo que Dios no querría eso o, por lo menos, Jesucristo así lo demostró.

Y con esto no quiero decir que Cáritas no haga una buena labor. Cáritas es una de las instituciones eclesiales que más ayuda ofrece a todos aquellos que viven al margen de la sociedad y bajo el umbral de la pobreza. Lo que no comprendo es que la casa de Dios se convierta en una oficina que deriva problemas en lugar de un refugio que abraza.

Por otra parte, conozco a verdaderos pastores que representan lo mejor de nuestra fe. En otra ocasión quise hablar con dos sacerdotes que tenían una semana desbordada de viajes, celebraciones y confesiones; aun así, sacaron tiempo de donde no lo había para atender la necesidad que yo tenía. Esos son los pastores con los zapatos manchados, los que el Papa Francisco decía que huelen a oveja. Yo quiero una Iglesia llena de sacerdotes así, que no tengan miedo a mancharse las sandalias porque están ocupados cuidando a su rebaño.

Esta es la Iglesia que yo quiero: una Iglesia dedicada a las cosas de Dios y que, mientras el Papa León XIV se reúne a orar con representantes de otras religiones, no haya miembros de la misma proclamando el odio interreligioso e interracial. Quiero una Iglesia en que los representantes de la misma no sean señores o señoritos.

Nuestro Señor, máximo sacerdote y Dios, lavó los pies de sus apóstoles y los besó (cf. Jn 13, 1-17). Y esos pies estaban sucios de todo el día caminando, no como la representación que hacemos en Semana Santa. Abrazó a leprosos y pecadores. Cenó con publicanos. Perdonó prostitutas. Y no se consideró nunca más que otro hombre, sino que tanto se humilló que fue a la cruz por todos nosotros.

Quiero, en fin, una Iglesia humilde, austera, pobre, que respete sus votos, llena de amor, de acogida, sin máscaras. Que deje la hipocresía y use los púlpitos para lo que fueron pensados: para enseñar a encarnar el Evangelio en la vida diaria, no para juzgar desde arriba cómo vive cada familia, ni para hacer crítica política o señalar con el dedo a quienes están en el barro, sino para anunciar a Dios con la palabra y la misericordia.

Quiero una Iglesia que sea comunidad, que abrace al hermano, que no lo juzgue, que no lo mire por encima del hombro, que respete su diferencia, que lo ayude si lo ve tirado en la calle o si lo ve en una necesidad. Y sé que lo que voy a poner ahora puede levantar ampollas, pero a veces hace falta menos rezo de cara a la galería o por pura inercia y más mirar al otro sin asco ni superioridad. De nada sirve sostener el rosario en la mano si con esa misma mano nos agarramos el bolso o nos alejamos cuando se nos acerca un necesitado.

Para esto, lógicamente, se necesita a los laicos. Pero a menudo somos los propios laicos quienes alimentamos las divisiones dentro de la Iglesia. Caemos en el sectarismo de los movimientos: «Yo soy de este grupo», «yo soy de este movimiento», «yo soy de este carisma». Y se nos hincha el pecho como si pertenecer a una corriente nos hiciera superiores al que no es de la nuestra o no está en ninguna; no somos conscientes de que ese orgullo se nos desinflará a todos por igual cuando el Señor nos llame.

Los laicos tenemos el deber de apoyar y escuchar a nuestros sacerdotes, de colaborar con las parroquias. Pero creo, por mi propia experiencia, que debe ser el pastor quien cuida de sus ovejas, y algunos pastores ni las saludan.

Para terminar este texto, me parece justo reflexionar sobre otra pregunta: ¿qué hago yo para esta Iglesia que sueño? Porque es fácil ponerte detrás de la barrera —como me pasó aquel día en la sacristía— y decir lo que está mal.

Yo, si quiero colaborar y ayudar a esa Iglesia con la que sueño, una Iglesia de igualdad, una Iglesia de amor en la que no niego un orden ni una autoridad, pero basada en el servicio y no en la prepotencia, debo vivir el Evangelio. Mi principal obligación como católico es ser humilde, obediente al Señor, vivir en el amor y en el respeto, y conseguir un equilibrio entre Marta y María, pero sin dejar jamás de lado a Marta. Anunciar a Cristo con mi propia vida, y no solo con palabras.

* Diego Gabriel Agilda Pedreira (Oza-Cesuras, A Coruña, 1983) es laico católico y Maestro de Educación Primaria. Es voluntario en distintas organizaciones eclesiales y sociales, especialmente en proyectos relacionados con personas migrantes, mayores y niños. Escribe desde la experiencia, intentando comprender lo que vive y poner palabras a aquello que le interpela. Entiende la escritura como una forma de reflexión y de encuentro, capaz de invitar a mirar la realidad desde perspectivas diferentes.  Además de artículos de opinión, escribe narrativa breve. En sus textos aborda especialmente la realidad social, la fe, la memoria y la dignidad de las personas.  Ha publicado artículos de opinión en La Voz de Galicia y Religión Digital.

Espacio de Escucha: Leer teológicamente la escucha

Escuchar el clamor del pueblo para construir juntos vida y esperanza es una prioridad para muchas comunidades. Este segundo encuentro de “Espacio de Escucha” será propicio para escuchar las experiencias de “Pan y abrazo” de Santa Gema, Comunidad terapéutica “El Puente” y el Colectivo Familias Presentes.

 

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María, plenitud de mujer. A propósito de la fiesta de la Asunción

[Por: Olga Consuelo Vélez]

Una vez más, recordaremos, el próximo 15 de agosto, la fiesta de la Asunción de María. Este no es un dato bíblico, pero si un dogma proclamado por petición del pueblo de Dios que reconoció en María una ‘plenitud de vida’ que alguien como ella, sin duda, alcanzó.  Ahora bien, cada momento histórico interpreta la plenitud de vida según sus percepciones, imaginarios, situaciones, comprensiones alcanzadas. De ahí que la figura de María que todavía más cala en el imaginario de muchas personas es la de aquella mujer obediente a la voluntad de Dios, disponible para cumplir su querer, solicita con las necesidades de todos, madre amorosa que no niega a ninguno de sus hijos sus peticiones…

 

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El eclipse de Sol de 1905 visto desde la Abadía del Sacromonte de Granada y anotado en el Observatorio de Cartuja de los jesuitas

[Por: Gabriel Pozo Felguera]

 

Gabriel Pozo Felguera nos ofrece una excepcional crónica de cómo Granada vivió el último eclipse solar aquel 30 de agosto de hace 121 años, con una imagen apenas conocida, e informaciones de la época…

 

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Desde Cristo solidario construimos una Iglesia solidaria

El alma de Chile ha despertado con los fuertes movimientos de nuestra tierra y de nuestro mar. La pérdida de vidas humanas, la destrucción de casas, centros de trabajo, escuelas, hospitales, templos y capillas antiguas no ha dejado indiferente a nadie…

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¿Qué se entiende realmente por crisis?

Actualmente parece que todo está en crisis: el orden del capital, la economía, la política, las ciencias, las éticas, los valores, las religiones y, entre nosotros, en Brasil, hasta el fútbol. En una palabra, nos enfrentamos a una crisis de civilización, es decir, de nuestra forma de estar en el mundo, de cómo organizamos la sociedad y establecemos los valores y las leyes que nos rigen. No existe ningún ámbito que permanezca al margen de esta crisis, especialmente en lo que concierne al futuro.

Ella puede representar una tragedia cuyo desenlace sea destructivo, como en el teatro griego, o un drama cuyo final pueda ser bienaventurado, como en la liturgia cristiana, que celebra la Pascua de la resurrección después del Viernes Santo de la pasión.

La humanidad se encuentra ante esta decisión: o continúa como hasta ahora, con el riesgo de encaminarse hacia una tragedia civilizatoria, o abre un nuevo camino, marcado ciertamente por un drama, pero que promete un futuro mejor.

La Carta de la Tierra, uno de los principales documentos de las Naciones Unidas que reflexiona sobre el futuro del planeta, afirma:

«Las bases de la seguridad mundial están amenazadas; estas tendencias son peligrosas, pero no inevitables. La elección es nuestra: o formamos una alianza mundial para cuidar la Tierra y cuidarnos unos a otros, o nos arriesgamos a destruirnos a nosotros mismos y a destruir la diversidad de la vida» (preámbulo). He aquí la crisis radical a la que nos enfrentamos.

Expliquemos, en primer lugar, qué entendemos por crisis. La mayoría recurre al ideograma chino de la crisis: entendido como riesgo y oportunidad, lo que considero una interpretación iluminadora. Sin embargo, prefiero la rica significación de la palabra «crisis» en sánscrito, por ser la matriz de nuestra lengua y por resonar en otras palabras derivadas de ella.

En sánscrito, «crisis» proviene de kir o kri, que significa purificar y limpiar. De kri deriva crisol, el recipiente donde se depura el oro separándolo de las impurezas. En un lenguaje más refinado, acrisolar también significa decantar.

Una enfermedad grave produce una profunda crisis en quien la padece. Al salir de ella, la persona reevalúa el sentido de la vida y redescubre el valor de las cosas más cotidianas. En este sentido, la crisis significa un proceso crítico de depuración de todo aquello que no es esencial. Lo accidental sigue siendo accidental.

Abordemos ahora la naturaleza de la crisis. Quien primero profundizó en la relación entre crisis y angustia fue Søren Kierkegaard (1813-1855), considerado uno de los fundadores del existencialismo. Filósofo y teólogo, escribió El concepto de la angustia (Vozes, 2010) y también La crisis y una crisis en la vida de una actriz. Para él, la vida es un proceso permanente de angustias y crisis, así como de superación de esas angustias y crisis.

Otro pensador fundamental fue el filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955), conocido por la célebre frase: «Yo soy yo y mi circunstancia». En 1942 escribió un ensayo, publicado posteriormente con el título En torno a Galileo: esquemas de las crisis históricas (Vozes, 1989). En él mostró que la historia, debido a sus rupturas y recomienzos, posee la estructura misma de la crisis.

Según Ortega y Gasset, esta obedece a la siguiente lógica:  (1)El orden dominante deja de ofrecer un sentido evidente.  (2) Surge la percepción de que un muro se levanta frente a nosotros; por ello reinan la duda, el escepticismo y una crítica generalizada.  (3) Se hace urgente una decisión capaz de crear nuevas certezas y un nuevo sentido. Pero ¿cómo decidir cuando no se ve con claridad? Sin embargo, sin decisión no habrá salida de la crisis.  (4) Una vez tomada la decisión, aun con riesgos, se abre un nuevo camino y un nuevo espacio para la libertad. La crisis ha sido superada y puede comenzar un nuevo orden.

Este nuevo orden se traducirá en un curso diferente de los acontecimientos. Más adelante, siguiendo la lógica propia de la crisis, también entrará en crisis. Y permitirá, tras un proceso crítico de depuración y purificación, la emergencia de un nuevo orden. Así se estructura, sucesivamente, la historia humana.

La crisis posee también una dimensión personal, especialmente la gran crisis representada por la muerte. Revela igualmente una dimensión cósmica: el fin del universo. A mi juicio, este no culminará en una muerte térmica y en un vacío absoluto, sino en una explosión e implosión hacia el interior de la Realidad Suprema.

Sin embargo, todo proceso de purificación implica cortes y rupturas. De ahí la necesidad de la de-cisión. La de-cisión produce una escisión con lo anterior e inaugura lo nuevo. Recuperemos, pues, el sentido griego de la palabra crisis.

En griego, krísis significa el proceso de decisión adoptado por un juez o por un médico. El juez sopesa los argumentos a favor y en contra; el médico articula los diversos síntomas de una enfermedad. Sobre la base de ese proceso, ambos toman una :  para el tipo de sentencia que debe dictarse o el tipo de enfermedad que debe tratarse. Ese proceso de decisión recibe el nombre de crisis. Una vez encontrada la solución, la crisis desaparece.

El Evangelio de san Juan utiliza treinta veces la palabra «crisis» en el sentido de decisión. La mayoría de los traductores, poco sensibles a la riqueza del término griego krísis, la traducen simplemente como «juicio». Sin embargo, el hecho es que Jesús apareció como «la crisis del mundo» (krisis tou kosmou), porque obligaba a las personas a decidirse a favor o en contra de su mensaje y de su persona.

Brasil vive desde hace siglos postergando sus crisis porque sus dirigentes carecen de la audacia histórica necesaria para tomar decisiones que rompan con un pasado perverso. Siempre se han realizado —y se siguen realizando— conciliaciones negociadas con el pretexto de garantizar la gobernabilidad (cf. José Honório Rodrigues, Conciliación y reforma en Brasil, 1965). De este modo, se preservan sutilmente los privilegios de las élites del atraso y, una vez más, las grandes mayorías son condenadas a permanecer en la miseria o en la marginalidad.

La crisis del capitalismo es evidente. Como mostró Carl Polanyi en La gran transformación (Campus, 2000), se pasó de una sociedad con mercado a una sociedad de mercado. Todo se convierte en mercancía, incluso los órganos humanos, algo que Marx ya había previsto en 1847 al hablar de «la época de la corrupción general y de la venalidad universal» (La miseria de la filosofía). Hoy predomina el capital especulativo, que no produce ni siquiera un clavo, sino únicamente dinero y más dinero. Con toda seguridad terminará desembocando en una crisis de enormes proporciones que afectará cruelmente a millones de pobres.

Platón expresó acertadamente, en medio de la crisis de la cultura griega: «Las grandes cosas solo suceden en el caos, en la krisis.» Con la de-cisión, el caos y la crisis desaparecerán y podrá nacer un nuevo orden. Con estas palabras concluía también Martin Heidegger —quien durante un tiempo adhirió al nazismo— su lección inaugural como rector de la Universidad de Friburgo, en Alemania.

Ojalá que de esta crisis planetaria surja un nuevo ensayo civilizatorio que sea más integrador, más humanitario, más espiritual y más cuidadoso. De lo contrario…

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL(https://www.revistaliberta.com.br) . Es autor también de La gran transformación en la economía, la política y la ecología (Vozes, 2014).