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Inteligente ejercicio de lectura heterodoxa de la historia de las mujeres

[Por: Juan José Tamayo-Acosta]

Montserrat Huguet, Historias rebeldes de mujeres burguesas (1790-1948), Biblioteca Nueva, Madrid, 2010, 254 páginas.

 

Con motivo del 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, he vuelto a leer el magnífico libro de Montserrat Huguet que, publicado hace tres lustros, conserva la misma vigencia que cuando fue escrito. A mi me ha resultado tan sugerente como la primera vez que lo leí. Es lo que ha motivado estas reflexiones esperando que motiven su lectura.

 

“La historia siempre tenido ese punto chic que atrae a los nostálgicos y incluso deleita a los ociosos”. Esta afirmación de la autora, la prestigiosa historiadora  Montserrat Huguet, profesora de Historia Contemporánea de la Universidad Carlos III de Madrid, no se reconoce en el presente libro, que es un inteligente ejercicio heterodoxo de historia, en el que, a diferencia de buena parte de sus colegas, se interna en obras de ficción y escrituras no históricas, así como en el lenguaje  del lenguaje del cine, de la publicidad y de la fotografía, y tiene un peso muy importante la literatura para recuperar la memoria de la rebeldía de mujeres entre finales del siglo XVIII y mediados del siglo XIX que pertenecieron a clases privilegiadas, tuvieron un importante protagonismo en las transformaciones culturales, sociales, políticas y religiosas en los tiempos que les tocó vivir, y supieron compaginar discreción y rebeldía.

 

Fue en la retaguardia amable del cambio histórico, matiza Montserrat Huguet, donde mejor se aposentaron dichas mujeres, a quienes se les negaba la ciudadanía, se les vetaba la actividad política y, por toda visibilidad, se las orientaba hacia la caridad en orfanatos, hospitales, residencias de personas menesterosas, como forma de ejercer la función social al servicio de la sociedad. Es lo que Huguet llama “la retaguardia asistencial del cambio” (p. 60).

 

Huguet mantiene a lo largo de toda la obra una bien serena y calculada articulación entre personajes de ficción y figuras históricas, entre mujeres filósofas, artistas, escritoras, políticas, etc. Todas ellas, sean creación literaria o personas de carne y hueso tienen un elemento en común, que la autora explicita a través de una hermenéutica histórico-literaria: son inconformistas, se rebelan pacíficamente, pero de forma activa contra el orden patriarcal y la domesticación e invisibilización a que dicho orden las somete. Olympia de Gouges, y Claire Lacombe, la Marianne francesa, Ana Karenina y Madame Bovary, Mary Shelley, autora de Frankestein y esposa del poeta Shelley, ejemplo de fusión y emoción, Concepción Arenal, las tres hermanas Smith de Conecticut pidiendo el voto para las mujeres, clubs y asociaciones de mujeres, (p. 58).  Cada una desde su lugar, sin apenas visibilidad, pero rompiendo los moldes establecidos, primero de lo que el imaginario masculino esperaba de ellas, después de la organización social que las recluía en la estrecho límites de la casa.  

 

En ese tan sugerente juego histórico-literaria entre la fantasia y la realidad –donde radica la originalidad de la obra-, me ha resultado especialmente lúcida la cita de las palabras de la rata Firmin, del libro de Sam Savage Firmin. Aventuras de una alimaña urbana: “Mis muchas lecturas habían disipado cualquier duda al respecto: además de todas esas multitudes de sádicos, malvados, psicópatas y envenenadores, la especie dominante también podría enorgullecerse de verdaderos ejemplos de amabilidad y comprensión, y la mayor parte de estos ejemplos eran mujeres (subrayado mío). ¿Quién lo iba a decir? Una rata interfiriéndose en el debate de los historiadores y los filósofos de la Modernidad defendiendo a las mujeres de los infundados y frívolos juicios sobre ellas y poniéndolas como ejemplo de amabilidad y comprensión. ¿Será capaz la rata de contrarrestar el silencio o, peor, la mala opinión de los historiadores sobre las mujeres?

 

La mayoría de las declaraciones de derechos humanos se interrumpían al llegar a las mujeres, constata Huguet. Y si osaban reivindicar legítimamente el ejercicio de dichos derechos y los logros políticos de las revoluciones, por coherencia con la universalidad de la razón, defendida tan ampulosa como vaciamente por la Ilustración, terminaban en la cárcel o en el patíbulo, como les sucedió durante la Revolución Francesa a Claire Lacombe y a Olympia de Gouges respectivamente, acusadas de intrigar contra los girondinos y a favor de la cusa aristocrática (p. 35). A las mujeres se les prohibía expresamente el uso de los símbolos revolucionarios. Sobre ellas recaían represiones, condenas, y encarcelamientos dictados por los propios revolucionarios, que las acusaban de contrarrevolucionarias y de querer ejercer la función de hombres de Estado (p. 35).

 

Las leyes francesas durante el primer tercio del siglo XIX consideraban a las mujeres esposas del ciudadano X, les exigían obediencia al marido que les asignaba el lugar a ocupar el papel a jugar en la vida. Un ejemplo entre muchos: el Código Napoleónico de 1804 entendía el matrimonio como contrato que obligaba a la mujer a obedecer el marido y a éste a proteger a la mujer. Ya antes, la Convención de 1895 había establecido que las mujeres no estaban facultadas para asistir a las asambleas públicas (p. 37).       

 

Con estos y otros ejemplos irrebatibles, el libro va desenmascarando, página tras página, las contradicciones de la Ilustración filosófica y de las Revoluciones políticas, quienes proclamaban la igualdad de derechos en sus declaraciones y practicaban la discriminación en todos los terrenos de la vida. Y, con pequeños matices, en esas seguimos estando hoy, sin haber logrado la síntesis. Pero ese un juicio mío que sale del marco histórico de estudio de este libro, aunque, por su coherente hilo argumental, creo que puede ser compartido por la historiadora Montserrat Huguet.   

 

La obra ofrece claves fundamentales para una lectura de la historia, de la literatura, del cine, de la publicidad y de otros lenguajes alternativos desde la perspectiva de género. Estamos ante otra mirada de la historia, que no cae en explicaciones simplistas ni en interpretaciones escolares, sino que mantiene la complejidad de la historia.

La liberación de la teología: el papel de los laicos

[Por: Diego Pereira Ríos]

Este año 2025 celebramos los 100 años del nacimiento de uno de los más grandes teólogos latinoamericanos: Juan Luis Segundo, jesuita uruguayo, reconocido junto con Gustavo Gutiérrez como uno de los padres de la Teología de la liberación. Con una extensa obra y de un rigor científico reconocido, Segundo fue un teólogo comprometido con el hombre de su tiempo y realizó grandes esfuerzos intelectuales por comprender las preguntas de su época y confrontarla con el evangelio y las enseñanzas de la Iglesia. A pesar de las dificultades que le tocó enfrentar en las décadas del 60 y 70 por las dictaduras militares esparcidas por el continente, sumadas a las contras y “correcciones” realizadas por la Congregación de la Doctrina de la Fe que se oponía a la Teología de la liberación en auge tachándola de subversiva, Segundo nunca perdió la fuerza cuestionadora acerca de la misión de todo cristiano en la Iglesia y en el mundo. Con gran maestría logró indagar en lo que refiere a la doctrina y la jerarquía, pero, sobre todo, en este texto destacamos su colaboración a la reflexión necesaria formación y aporte de los laicos.

 

En su libro más conocido, Liberación de la teología de 1975, Segundo critica que, aún versando sobre contenidos que tienen que ver con la liberación que se buscaba en todos los niveles de la sociedad latinoamericana, la teología que se practicaba en su tiempo aún cargaba con los métodos tradicionales de reflexión teológica. En ello, el pensamiento realiza un movimiento descendente: a partir de los principios teológicos o doctrinales, se intentaba desglosar la enseñanza que la Iglesia tenía para los hombres y mujeres de su época. Al respecto Segundo denunciaba que todo intento teológico de denuncia fundado en los problemas reales que enfrentaba Latinoamérica, pasaba a ser un crimen político, lo que limitó la libre expresión religiosa de sus partidarios. Ante ello, también denuncia que las autoridades eclesiásticas que la apoyaron en 1968, en la Conferencia Episcopal de Medellín, procedieron a un vaciamiento del lenguaje librador, al utilizarlo de forma simplemente estética, tergiversando el verdadero sentido de la liberación. Por eso afirmaba que “tal vez haya llegado la hora de la epistemología, es decir, la de analizar, más que el contenido, el método mismo de la teología latinoamericana y su relación con la liberación”[1].

 

Por eso segundo insiste y demuestra una y otra vez en sus escritos, la interrelación y la mutua colaboración que se debe buscar en el vínculo de la teología con la filosofía y con las ciencias. Esto es algo que considero fundamental para una sana reflexión teológica que, aún hoy en pleno siglo XXI, muchos cristianos no entienden y por ello, no aceptan. Pero no refiero a los que desarrollan su labor teológica dentro de Academia, sino al cristiano de a pie, el que sigue aceptando la enseñanza clásica de la Iglesia sin más, y que, muchas veces, aunque quiere asumir el desafío de una formación teológica seria, no siempre puede por falta de tiempo o por los altos costos de las carreras. Muchos se han conformados con cursos de teología “rebajada” que continúan la mentalidad tradicionalista de la Iglesia. Decía Segundo: “la Iglesia no llegó a la convicción clara de que esto no es exactamente lo mismo que exhortar a los laicos a estudiar teología: se trata de algo más hondo […] menester que la Iglesia como comunidad de fe reflexione en lo que cree”[2] y cita GS 62 donde afirma “debe reconocerse a los fieles la justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer humilde y valerosamente su manera de ver en los campos que son de su competencia”.

 

Baste estas líneas para insistir que los laicos necesitamos liberarnos, intelectual y pastoralmente, ya que no experimentamos aún libertad de expresión dentro de la Iglesia, por la dependencia y el miedo la jerarquía, y tampoco somos capaces de pensar por nosotros mismos. Llamarse hoy partidario de una teología que procure la liberación del ser humano, incluyendo de las cadenas que la institución aún nos coloca, es ser tachado de “comunista” por la gran mayoría de cristianos que ni siquiera saben qué es el comunismo. Necesitamos seguir trabajando por una liberación integral del ser humano que abarque lo político, lo ecológico, lo religioso, lo social e insistir en que la Iglesia debe seguir cambiando (Francisco ha hecho un poco), más que nada desde las bases, desde la gente común que busca a Dios con sincero corazón. No podemos permitir que se les siga dando respuestas espiritualistas a problemas reales que ponen en riesgo la vida. Decía Segundo que “El hombre no comprende sino lo que le afecta. Lo que cree que le hará mejor. Esto significa, entonces, que, en el revelar de Dios, la fe no llega después de que algo ha sido revelado. Es parte activa, indispensable, constitutiva, de la misma revelación”[3]. Esto quiere decir que si creemos en un Dios liberador como lo afirma la misma Palabra de Dios, eso tiene que ver con nosotros, con nuestra capacidad de inteligir la fe, y con la reflexión que surge desde una praxis liberadora. Esta era una de las esperanzas que tenía Juan Luis Segundo.

 



[1] Segundo, Juan Luis, Liberación de la teología, Montevideo: Carlos Lohlé, 1975, p. 9.

[2] Segundo, Juan Luis, El dogma que libera, Bilbao: Sal Terrae, 1989, p. 348.

[3] Ibidem, p. 370.

#8M Mujer de Fe, ponte de pie

[Por: Varias organizaciones]

Previo a la marcha #8M nos encontramos en un encuentro ecuménico porque la fe cristiana nos compromete con la justicia de género…

 

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Invitación: Conferencia virtual “Abusos y prevención en el contexto eclesial” (3)

[Por: Asociación de Teólogos de Guatemala]

La Asociación de Teólogos de Guatemala invita a la conferencia vritual “Abusos y prevención en el contexto eclesial”, con la participación del P. Abel García…

 

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¿Tienen todavía los pobres un lugar en nuestras teologías?

[Por: Joaquim Jocelio de Sousa Costa | Observatório da Evangelização]

Después del Concilio Vaticano II , hubo una gran renovación en la Iglesia en varios ámbitos: liturgia, catequesis, trabajo pastoral, organización interna, diálogo con otras iglesias y religiones, laicos, ministerio ordenado, vida religiosa consagrada, etc. La teología también recibió un ardor diferente. El Concilio llevó a la Iglesia a entrar en un diálogo profundo con las diversas realidades humanas y para que esto se hiciera con cada vez mayor seriedad y profundidad, era necesaria una teología acorde. La colección Mysterium Salutis surgió con el objetivo de actualizar los grandes temas de la tradición teológica, pero era necesario ir más allá. Había una parte de la Tradición que siempre se olvidaba y que necesitaba ser revisada para una teología que verdaderamente hablara a nuestros días y estuviera al servicio del Reino de Dios. Estos datos eran pobres.

 

Durante el Concilio, un grupo de obispos, sacerdotes y teólogos trabajaron para garantizar que la cuestión de los pobres fuera considerada central en la renovación de la Iglesia. Entre ellos destacaron el cardenal belga Suenens, el obispo brasileño Helder Camara y el cardenal italiano Lercaro. Este último hizo una intervención al final de la Primera Sesión del Concilio pidiendo precisamente esto, que en el centro de los debates del Concilio esté el misterio de Cristo presente en los pobres. Sin embargo, el llamado Grupo de Pobreza no tuvo mucho éxito. El Concilio no abrazó a los pobres como un tema central. Sólo hizo dos menciones más relevantes (LG 8 y GS 1). Sin embargo, alrededor de 40 obispos, un mes antes de la conclusión del Concilio, firmaron el llamado Pacto de las Catacumbas , después de una misa celebrada en las catacumbas de Santa Domitila en Roma, un pacto que confirmaba el compromiso de vivir en la pobreza y servir a los pobres. Posteriormente, alrededor de 500 obispos se adhirieron al pacto, de modo que al regresar a sus diócesis, muchos dejaron sus palacios y se fueron a vivir a casas sencillas, realizaron la reforma agraria en tierras diocesanas y se acercaron a las luchas y vidas del pueblo. Las Conferencias del Episcopado Latinoamericano de Medellín (1968) y Puebla (1979) confirmaron estas opciones de vida y señalaron caminos para realizarlas cada vez más.

 

En este contexto surge la Teología de la Liberación , entendida como una nueva manera de hacer teología, de pensar los grandes contenidos de la fe. “La teología de la liberación quizá nos propone no tanto un nuevo tema de reflexión como un nuevo modo de hacer teología. La teología como reflexión crítica de la praxis histórica es, pues, una teología liberadora, una teología de la transformación liberadora de la historia de la humanidad y, por tanto, también de aquella porción de ella —reunida en la ecclesia— que confiesa abiertamente a Cristo. “Una teología que no se limita a pensar el mundo, sino que busca situarse como un momento del proceso a través del cual el mundo se transforma” (G. Gutiérrez). No es la teología de un tema (la política, por ejemplo), sino un modo de abordar todos los temas desde la liberación que viene del Evangelio. La Teología de la Liberación, por tanto, se ve a sí misma como un segundo acto, ya que, primero, viene la experiencia de la fe, entendida aquí como praxis liberadora; Luego viene la reflexión de esta fe, la teología. En este sentido, es necesario tener claro dónde se hace teología, dónde se piensa la fe y cuál es el lugar teológico por excelencia. Entendiendo el lugar teológico, como bien lo explica Ellacuría, como: 1) un lugar donde, de manera especial, se manifiesta la acción del Dios de Jesús; 2) el lugar más adecuado para experimentar la fe y 3) el lugar más adecuado para reflexionar sobre la fe. Y este lugar, mirando los Evangelios, es el mundo de los pobres. “Si tomamos en serio que los pobres son un ‘lugar teológico’ en el sentido que acabamos de indicar, es claro que ellos se convierten no sólo en una prioridad, sino, en cierta medida, en un absoluto , al que deben subordinarse muchos otros elementos y actividades de la Iglesia” (I. Ellacuría). Sin los pobres, por tanto, no es posible hacer una teología auténticamente cristiana.

En esta línea, surge en estos años una gran literatura cuyo hito se considera el libro de Gustavo Gutiérrez “ Teología de la liberación: perspectivas” (1971). El enfoque inicial estuvo mucho más en la dimensión económica y hubo un diálogo profundo con las ciencias sociales en la búsqueda de comprender la sociedad (momento pre-teológico); luego, desde la fe, reflexionar y actuar para transformarla, construyendo el mundo según la voluntad de Dios. Posteriormente surgieron otros enfoques importantes: el negro, el indígena, el ecuménico, el ecológico, el feminista, el cultural, el queer. Todo para enriquecer el debate teológico y, así, ayudaros en vuestro objetivo que es servir en la construcción del Reino de Dios, es decir, su señorío, su voluntad cumpliéndose en la historia. Sin embargo, en los últimos años un problema ha ido creciendo: ¡los pobres están desapareciendo de nuestras teologías !

 

¿Puede existir una Teología de la Liberación sin los pobres? Dom Pedro Casaldáliga, gran obispo y profeta de la liberación, ya respondía: “a la famosa pregunta, bien intencionada o no, sobre ‘qué queda de la Teología de la Liberación’, respondemos que lo que queda es Dios y los pobres” . Por tanto, sin Dios y sin los pobres, no hay teología, y mucho menos una teología que pretenda ser “de liberación”. Pero hoy, algunos teólogos, que se identifican con esta teología o al menos la admiran, han comenzado a abordar otras perspectivas (sin duda muy buenas y necesarias), pero con la ausencia de los pobres o convirtiéndolos en un mero apéndice/anexo. Un claro ejemplo de ello fue el debate sobre la sinodalidad. Existía preocupación por la participación de los laicos en las decisiones de la Iglesia, la ordenación de hombres y mujeres casados, la inculturación de la liturgia, la aceptación de personas homosexuales o en matrimonios considerados “irregulares”; Todas ellas cuestiones muy importantes, que sin embargo olvidan la centralidad evangélica de los pobres. Y aquí el problema aparece en dos aspectos fundamentales.

 

En primer lugar, algunas de estas cuestiones están vinculadas más directamente a la vida interna de la Iglesia (participación en las decisiones, ordenación, liturgia, etc.). Y, por eso, debemos tener cuidado de no caer en lo que tantas veces ha denunciado el Papa Francisco: la tentación de ser una Iglesia egocéntrica o autorreferencial. El Concilio ya enseñó que la misión de la Iglesia es ser luz del mundo, no existe para sí misma, sino para construir un mundo más justo y fraterno, signo del Reino de Dios (Cf. LG 5). O, en palabras del Papa Francisco, ser una Iglesia en salida hacia las periferias (cf. EG 20, 30, 49). Así pues, aunque la organización interna de la Iglesia es importante, siempre es necesario preguntarse el “por qué” de dicha organización. ¿Por qué deben los laicos participar en las decisiones de la Iglesia? ¿O por qué deberían las mujeres estar en posiciones de poder? ¿Sólo para ser más democrático? ¿Tener paridad de género en la Iglesia? No, sino para que todos, asumiendo su dignidad bautismal, participen en las decisiones que buscan hacer presente el Reino de Dios en el mundo, que es nuestra misión (Cf. EG 176). Y en esta misión, los pobres ocupan un lugar fundamental, porque el Reino es de ellos (Cf. Mt 5,3; Lc 6,20). Ser una Iglesia pobre y para los pobres es lo que buscamos, caminar juntos como hermanos y hermanas. La sinodalidad es para la misión. Sin los pobres quizá tengamos una Iglesia más democrática, pero no la Iglesia de Jesús.

 

Otro aspecto fundamental es que se deben considerar las diferentes realidades de sufrimiento y opresión, tomando siempre el aspecto económico como factor intensificador de la injusticia. Hablamos de cuidar la creación, de acoger a la comunidad LGBTQIAPN+, a los negros, a las mujeres y a otras religiones, pero olvidamos que la pobreza empeora toda opresión. Una mujer siempre estará sujeta al machismo, pero no es lo mismo ser una mujer pobre de la periferia que una mujer rica de la alta sociedad. Los negros siempre sufrirán el racismo estructural, especialmente en nuestro país construido sobre la esclavitud de los negros africanos, pero los negros pobres de las favelas y los negros ricos no sufren con la misma intensidad. Ser homosexual en una sociedad tan prejuiciosa como la nuestra siempre será ocasión de discriminación, pero ser un gay pobre y un gay rico no es lo mismo. Con esto queremos decir que los pobres siempre sufrirán más y el factor económico siempre intensifica toda forma de opresión y marginación. Por lo tanto, los pobres, económicamente hablando, necesitan estar en el primer plano de nuestra reflexión teológica. Y los pobres en sentido dialéctico, como empobrecidos (hay pobres porque hay ricos, la pobreza es fruto de la explotación y la acumulación).

 

Son pocos los artículos teológicos donde la perspectiva de los pobres es el factor determinante. Los pobres de hoy son, en el mejor de los casos, apéndices de nuestras teologías. Hablamos de mil cosas y al final hablamos de los pobres casi como una obligación a cumplir y no como una convicción de fe a asumir. En este sentido, resulta curioso que se acuse al Papa Francisco de tener una “ pobre manía ”. Por supuesto el Papa tiene una manía por los pobres, busca ser un fiel seguidor de Jesús y Jesús tenía una manía seria por los pobres, tanto que en él, ¡Dios mismo se hizo pobre! ¡Oh, si toda la Iglesia tuviera manía por los pobres y tomara en serio todas las consecuencias de esto! ¡Oh, si nuestras teologías tuvieran manía por los pobres! Y esta manía debe manifestarse no sólo en los textos que publicamos, sino en la experiencia misma de la fe, base de nuestras teologías. Esto implica superar otra gran tentación, que es la “teología de sillón”. Como advirtió el propio Papa Francisco, debemos tener “el coraje de adoptar esta teología que huele a ‘carne y pueblo’”. El teólogo debe involucrarse en las luchas de los pueblos, estar con las comunidades que luchan por sus derechos, que construyen el Reino de Dios en la historia. Así que la pregunta sigue siendo: ¿No es hora de que revisemos seriamente nuestra manera de hacer teología? ¿No es éste un gran desafío para aquella teología que tuvo como gran sello precisamente la centralidad de los pobres? ¿Tienen todavía los pobres un lugar en nuestras teologías?

Ha muerto el jesuita y teólogo José I. González Faus

[Por: Cristianisme i Justicia]

Este jueves 6 de marzo ha fallecido el jesuita y teólogo José Ignacio González Faus. Nació en Valencia el 27 de diciembre de 1933, pero la mayor parte de su trayectoria como teólogo, escritor y profesor la desarrolló desde Sant Cugat del Vallès y Barcelona.

 

Entró en la Compañía de Jesús en 1950 y se ordenó sacerdote el 28 de julio de 1963. Era licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona (1960). Realizó estudios de Teologia primero en Sant Cugat, y posteriormente en Insbruck (Áustria) entre 1963 y 1964, en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, entre 1965 y 1966, y en Tübingen (Alemania) donde se doctoró en Teología en 1968.

 

Fue profesor de Teología Sistemática en la Facultad de Teología de Cataluña y en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) de El Salvador. Impartió clases en varios países de América Latina, donde su obra y su pensamiento han tenido gran difusión.

 

La reflexión teológica de José I. González Faus tiene como eje la reivindicación del rostro humano de Dios y el acceso a la fe desde la humanidad real de Jesús. En su obra hay una constante crítica al capitalismo y al dinero como idolatría, y sitúa a los pobres como vicarios de Cristo de una Iglesia que debe ser comunidad al servicio de los pobres.

 

“Dios es un desconocido total pero para nosotros tiene un rostro humano que es la fraternidad, la igualdad entre todos los hombres”, afirmaba. “En los Evangelios los protagonistas son los enfermos y los pobres: quienes sufren. Y éstos son el rostro de Dios con nosotros”.

 

Su profundo compromiso y convicciones le llevaron a ser muy crítico con las estructuras sociales y económicas que generan injusticias, pero también con los estamentos eclesiales y las estructuras de poder de la Iglesia. Reivindicó que el lugar de la Iglesia está junto a las víctimas y por eso reclamó su reforma. Su visión le situó a menudo en las fronteras eclesiales y sus posicionamientos, incisivos, no siempre fueron bien recibidos por todos.

 

Desde 1968 hasta 1977 fue director de la revista Selecciones de Teología y desde 1981 y hasta 2005 fue responsable académico del centro de estudios Cristianisme i Justícia. Cabe destacar que fue uno de sus impulsores desde sus inicios, junto al jesuita Joan N. García Nieto. En sintonía con las líneas del Concilio Vaticano II y el liderazgo de la Compañía de Jesús por parte de Pedro Arrupe, Cristianisme i Justícia surge en 1981 en Cataluña como espacio de reflexión sobre la fe cristiana desde la práctica en favor de la justicia. González Faus estuvo siempre vinculado a este centro, participando activamente en el trabajo de reflexión y estudio a nivel social y teológico.

 

El obispo Pere Casaldàliga, desde la selva amazónica del Brasil, le dirigía en 2002 estas palabras en una carta: “Nunca dejas indiferente con lo que escribes. Siempre eres interesante. Por lo que dices y porqué lo dices bien. Sabes poner a Dios, Cristo, la Iglesia, la Historia, la vida humana, al alcance de la sensibilidad moderna. No tienes miedo de hablar a nyerros i cadells. Eres teólogo y periodista. Eres un teólogo humanista en el sentido de humano y humanizador. Tienes la indignación profética necesaria para sacudir abierta y cortésmente poderes y estructuras y omisiones.”

 

Escritor incansable, publicó numerosas obras. Citamos especialmente La humanidad nueva. Ensayo de Cristología y Proyecto de hermano: visión creyente del hombre (su antropologia). Además, podemos añadir: Acceso a Jesús; Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas; Fe en Dios y construcción de la historia; Otro mundo es posible… desde Jesús; El rostro humano de Dios: de la revolución de Jesús a la divinidad de Jesús; ¿El capital contra el siglo XXI?; …

 

También es autor de 37 cuadernos de la colección de Cristianisme i Justícia, como ¿Dios?; Miedo a Jesús; La difícil laicidad; La iglesia, ¿para qué?; Memoria subversiva, memoria subyugante; Inhumanos e infrahumanos; Romeros de América;… el último fue Ricos y pobres en el Nuevo Testamento, en septiembre de 2023.

 

Colaboró con varios medios de comunicación, entre ellos La Vanguardia, donde durante muchos años publicó regularmente artículos de opinión, y ha mantenido activo hasta la fecha un blog titulado Miradas cristianas en el portal Religión Digital. En el blog de Cristianisme i Justícia ha sido uno de los autores más activos, y hoy mismo se ha publicado su último artículo, que podéis leer aquí.

 

La foto que hemos compartido es del año 1980 en Nicaragua, durante la campaña de alfabetización, y nos la envió él mismo hace unos días porque, “en mi muerte”, decía, “si hay que publicar una fotografía, mejor que sea esta”.

 

Publicado en: https://www.cristianismeijusticia.net/es/ha-muerto-el-jesuita-y-teologo-jose-i-gonzalez-faus

Fallece José Ignacio González Faus, referente de la teología de la liberación

[Por: Noticias Obreras]

El jesuita y teólogo José Ignacio González Faus ha fallecido este jueves 6 de marzo, según ha comunicado Cristianisme i Justícia, centro de estudios del que fue uno de los principales impulsores. La Compañía de Jesús y la comunidad teológica y social despiden a una de sus figuras más relevantes, cuyo pensamiento sigue vigente en la lucha por la justicia social.

 

Su pensamiento, caracterizado por la defensa de los pobres como vicarios de Cristo y la crítica a las estructuras económicas y eclesiales que generan injusticia, lo convirtió en una de las voces más relevantes de la teología de la liberación en el ámbito hispanoamericano.

 

José Ignacio González Faus nació en Valencia el 27 de diciembre de 1933. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1950 y fue ordenado sacerdote el 28 de julio de 1963. Su formación académica incluyó estudios en Filosofía por la Universidad de Barcelona, así como en Teología en Sant Cugat, Innsbruck, el Pontificio Instituto Bíblico de Roma y la Universidad de Tübingen, donde se doctoró en 1968.

 

Desde su cátedra de Teología Sistemática en la Facultad de Teología de Cataluña y en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) de El Salvador, difundió su pensamiento en América Latina, donde su obra tuvo una gran acogida. Su teología puso el énfasis en la humanidad de Jesús y en la reivindicación del rostro humano de Dios, que identificó con la fraternidad y la igualdad.

 

“Dios es un desconocido total, pero para nosotros tiene un rostro humano que es la fraternidad, la igualdad entre todos los hombres”, afirmaba. En sus escritos, situó a los pobres como el rostro de Dios en la historia y denunció el capitalismo y el dinero como formas de idolatría.

 

Su compromiso con la justicia social lo llevó a cuestionar no solo las desigualdades económicas, sino también las estructuras de la Iglesia que alejaban su misión del servicio a los pobres. Defendió una Iglesia comprometida con las víctimas y una renovación eclesial que estuviera en sintonía con los principios del Concilio Vaticano II.

 

Este posicionamiento le generó tensiones dentro de la institución eclesial, aunque su influencia fue reconocida por figuras como el obispo Pere Casaldàliga, quien en 2002 le escribió: “Nunca dejas indiferente con lo que escribes. Siempre eres interesante. Tienes la indignación profética necesaria para sacudir abierta y cortésmente poderes y estructuras”.

 

Impulsor de Cristianisme i Justícia

 

González Faus fue director de la revista Selecciones de Teología entre 1968 y 1977 y responsable académico de Cristianisme i Justícia (CiJ)de 1981 a 2005. Junto con el jesuita Joan N. García Nieto, contribuyó a fundar este centro en 1981 como espacio de reflexión teológica en clave de justicia social.

 

A lo largo de su carrera, escribió una vasta obra, destacando títulos como La humanidad nueva, Proyecto de hermano, Acceso a Jesús, Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas, Otro mundo es posible… desde Jesús, El rostro humano de Dios y ¿El capital contra el siglo XXI?. Publicó también 37 cuadernos en la colección de CiJ, el último en septiembre de 2023.

 

Colaboró en medios como La Vanguardia, Religión Digital y en Noticias Obreras. Su último artículo Se marchó triste porque era muy rico se ha publicado este mismo jueves en el blog de CiJ.

 

Antes de su muerte, envío una fotografía tomada en Nicaragua en 1980, durante la campaña de alfabetización, con la petición de que, “si hay que publicar una fotografía, mejor que sea esta”. Un último testimonio de su compromiso con la causa de los pobres y la justicia social.

 

Publicado en: https://noticiasobreras.es/2025/03/fallece-jose-ignacio-gonzalez-faus-referente-de-la-teologia-de-la-liberacion/?srsltid=AfmBOopHPLnEEsFCjihJNgUrBzcjulCUZ9fYOD7t04xJM65cVkQaWuGI

Humildad y cenizas

[Por: Ana María Díaz]

La filósofa francesa, Simone Weil, pensaba que la clave de toda espiritualidad es la humildad, la que ella entendía como tener consciencia de que la vida nos ha sido regalada, en tanto ser humano, y en tanto criatura. Esto, en oposición a la creencia de que la vida se asienta en el sí mismo de cada ser humano particular. Es decir, la persona humilde vive conectada con lo universal de la vida, y no con su engañosa particularidad, a la que Weil hace responsable de la ambición, la codicia, el deseo de poder, la necesidad de imponerse a los demás y la violencia ejercida sobre otros…

 

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Imagen: https://www.muyinteresante.com/historia/34846.html

Señal de que está cumpliendo su misión

[Por: Ludo Van del Velde]

En su tiempo, monseñor Romero entendió que los mensajes y las acciones en contra de la Iglesia eran «persecución» por causa del Evangelio.  Y añadió: «Cuando la Iglesia es perseguida, es señal de que está cumpliendo su misión». Nos recuerda que la doctrina de Cristo pretende «santificar los corazones y renovar las sociedades»…

 

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Una vuelta a la “fuga mundi”

[Por: Eduardo de la Serna]

Si no creyera que el reino de Dios es como un grano de mostaza, si no creyera que “otro mundo es posible”, si no creyera en un Dios que camina con nosotros en la historia, realmente repetiría el grito de Mafalda, “¡paren el mundo, me quiero bajar!”…

 

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