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León XIV, ante una posible paz en Ucrania: “Hay esperanza”

[Por: RD / EFE]

León XIV ha expresado este martes que “hay esperanza” ante las negociaciones para acabar con la guerra en Ucrania, al ser preguntado al respecto a su salida del palacio de Castelgandolfo para regresar al Vaticano…

 

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Cristianismo indignado

[Por: Juan José Tamayo]

[Conferencia pronunciada en el Foro Espiritualidad, Democracia y Ciudadanía. Guatemala, 21 de agosto de 2025]

 

El Movimiento de los Indignados, nacido en la emblemática Puerta del Sol de Madrid el 15 de mayo de 2011 y muy pronto extendido por todo el mundo, fue un fenómeno que cambió las preguntas a los diferentes poderes políticos, económicos, incapaces de proponer alternativas para resolver la crisis provocada por el mundo de las finanzas tres años antes, que, como todas las crisis, la pagaron los sectores más vulnerabilizados. También cambió las preguntas a las religiones y a no pocos teólogos cristianos acostumbrados a ofrecer respuestas del pasado a problemas del presente.

 

A las nuevas preguntas planteadas por aquel movimiento hace catorce años pretende responder un cristianismo radical que reformula la figura de Jesús de Nazaret dándole un nuevo título que creo responde mejor a la vida, mensaje y práctica de Jesús el Galileo que otros títulos que se le han aplicado hasta negar su humanidad: Indignado.

 

La indignación y la resistencia de Jesús fueron las prácticas revolucionarias durante su actividad pública, tanto en el terreno religioso como en el político, ambos inseparables en una teocracia, el criterio ético que guió su vida y la clave hermenéutica que explica su trágico final. Vamos a verlo a continuación en seis escenarios de su vida y de su actividad pública, que constituyen el referente para el cristianismo actual en las nuevas coordenadas históricas.

 

1. INDIGNADO CON LA RELIGIÓN OFICIAL 

 

Los evangelios oponen dos interpretaciones de la religión. Una es la legalista, que se traduce en estricto cumplimiento de la letra de la ley sin atender al espíritu y desemboca en ortodoxia. Otra es la humanista, que busca la liberación de las esclavitudes a las que los poderes someten a los seres humanos. Lo que está en juego en ambas interpretaciones es el lugar y la función de la religión en la sociedad y la actitud ante la ley. 

 

La actitud de Jesús fue de indignación con la religión oficial y sus intérpretes, que anteponían el cumplimiento de la ley al derecho a la vida e incitaban a la venganza en vez de llamar al perdón. Cuando estaba en juego la vida, la libertad y la salud de las personas, infringió las leyes judías del ayuno y del sábado y justificó que sus discípulos las incumplieran.

 

Comió con pecadores y publicanos y ante el escándalo de los bien-pensantes de aquella sociedad por tan heterodoxo comportamiento, les explicó su gesto. La comida con gente descreída y excluida era el ejemplo visible de la presencia de Dios entre los marginados, la prueba de que la salvación no llegaba a quienes se creían justos, sino a los que transgredían la ley. Mayor escándalo e indignación todavía provocó al afirmar que las prostitutas precederían a los escribas y fariseos en el Reino de los cielos. Colocó en el centro del nuevo movimiento igualitario la práctica de las Bienaventuranzas, carta magna de la nueva sociedad.

 

Osó corregir la ley mosaica, eliminando su lado violento y vengativo (Mt 5,38) y poniendo en el centro la práctica del bien y del amor a todas las personas. Se opuso a la venganza y abogó por el perdón y la reconciliación. Rechazó el odio a los enemigos y llamó al amor.

 

Uno de los pilares en que se sustentaba la religión de Israel era el código de pureza, que Jesús transgrede y considera una trampa para no cumplir con los más elementales deberes humanos como la atención y el sustento a los padres (Mc 7,10-12). En el planteamiento moral de Jesús hay un desplazamiento del concepto y de la práctica de la santidad: de la pureza legal a la ética de la projimidad, ejemplificada en el Buen Samaritano y en su moraleja: “vete y haz tú lo mismo”.

 

2. INDIGNADO CON LAS AUTORIDADES RELIGIOSAS

 

Las autoridades religiosas vivían una escisión entre la realidad y la apariencia. Su actitud no podía ser más hipócrita: decían y no hacían, absolutizaban la Torá e imponían al pueblo cargas legales que ellos mismos no cumplían. Daban constantemente muestras de ostentación y buscaban el reconocimiento de la gente a través de gestos altivos. Les encantaba pasearse con amplios ropajes y ser reverenciados en las plazas. Les gustaba ocupar los primeros puestos en los banquetes y en la sinagoga.   

 

Jesús les acusa de una profunda ruptura entre interior y exterior, labios y corazón, culto y justicia. Lo pone de manifiesto Jesús citando al profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que dan es inútil, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos” (Is 29,13). Amén de la referida ruptura, se subraya la sustitución de la palabra de Dios, que humaniza, por las tradiciones humanas, que oprimen la conciencia. Un ejemplo de tal suplantación es ofrecer al templo como donativo lo que debería darse al padre y a la madre para su sustento.

 

La actitud hipócrita de las autoridades religiosas es una clara discrepancia entre lo establecido por la ley y su actuación. Las acusa de corrupción: “devoran las casas de las viudas” (Mt 12,40). Tal comportamiento resultaba inmoral. Pero hay más: se establece una estrecha relación entre el expolio a las viudas y el cumplimiento de la práctica religiosa. Los largos rezos sirven de “pretexto” para extorsionar económicamente a las viudas.

 

Les echa en cara su dureza de corazón, provocada por el legalismo, que torna a las personas insensibles al sufrimiento ajeno, impide el amor a las personas necesitadas y dificulta la solidaridad. La autosuficiencia es otra de las críticas que Jesús dirige a los guías religiosos de Israel. La parábola del fariseo y del publicano retrata perfectamente su autosuficiencia, que desemboca en elitismo (Lc 18,9-14).  

 

Pero quizá la mayor crítica que Jesús les dirige es la falta de autoridad doctrinal y moral de la que presumían y la falsedad de su magisterio. Más aún, las desacredita y desautoriza. No le merecen el menor respeto.

 

3. INDIGNADO CON EL PODER ECONÓMICO

 

La acumulación de bienes fue uno de los motivos más importantes de la indignación de Jesús, convencido como estaba de la incompatibilidad entre servir a Dios y al dinero, de que toda riqueza es injusta y se convierte en un medio de dominación y de opresión de las minorías opulentas contra las mayorías populares. El apego a la riqueza es tan fuerte que las personas ricas no atienden a razones ni divinas ni humanas.

 

Jesús cuestiona las raíces materiales y religiosas –generalmente unidas- de la exclusión y luchó por erradicarlas. Se pone del lado de los grupos marginados social, política y religiosamente: publicanos, pecadores, prostitutas, personas enfermas, paganas, samaritanas y gente considerada “de mal vivir”. Era en su compañía como se encontraba más a gusto. Era compartiendo mesa con dichas personas como se sentía feliz.

 

4. INDIGNADO CON EL PODER POLÍTICO

 

La indignación de Jesús subió de tono en el enfrentamiento con los poderosos, a quienes acusó de opresores, y con la tiranía que imponía Roma a su pueblo. Precisamente la condena a muerte de Jesús, y muerte de cruz, dictada y ejecutada por la autoridad romana, fue la consecuencia lógica de la indignación con el poder político, a quien negaba legitimidad, y contra el Imperio, a quien consideraba invasor. El reino de Dios que él anunciaba constituía el mayor alegato contra el Imperio, como ya expuse en el capítulo dedicado al cristianismo contrahegemónico.

 

Jesús mantuvo permanentes choques, directos o indirectos, con las autoridades políticas. Conflictiva fue su relación con Herodes Antipas, quien asociaba a Jesús con Juan Bautista. Herodes temía que el pueblo, amotinado por el Bautista, se levantara contra él. Por eso mandó ejecutarlo. El mismo temor sentía hacia Jesús, a quien le llega un recado de que abandone el territorio de Tiberíades porque Herodes quería matarlo. Pero Jesús no se pliega ante la amenaza herodiana. Más bien hace frente a Herodes llamándole “don nadie” (Lc 13,32) y sigue su camino.

 

En un sistema teocrático, religión y política son inseparables. En el modelo imperial de dominación romana se daban conexiones estrechas entre las instituciones religiosas y las políticas. Uno de los momentos de mayor tensión en el enfrentamiento con los autoridades religiosas y políticas fue el de la actividad de Jesús en torno al templo de Jerusalén, y más en concreto, la escena de la -mal llamada- “purificación del templo” (Mt 21,12-17; Mc 11,15-19; Lc 19.45-48).

 

5. INDIGNADO CON EL PATRIARCADO

 

Jesús mostró su indignación con la sociedad y la religión patriarcales de su tiempo. El cristianismo histórico ha mantenido oculta esa actitud durante muchos siglos, con más empeño incluso que las indignaciones antes descritas, ya que las iglesias cristianas han elaborado una cristología androcéntrica y se han configurado patriarcalmente. Tampoco la exégesis descubrió esa indignación ya que ha operado, hasta muy recientemente, con métodos histórico-críticos consciente o inconscientemente misóginos.

 

Jesús denunció las múltiples marginaciones a las que eran sometidas las mujeres por la religión y la política, se opuso a las leyes que las discriminaban (lapidación por adulterio, libelo de repudio) y las incorporó a su movimiento en igualdad de condiciones que a los varones y con el mismo protagonismo, como expuse en el capítulo dedicado al cristianismo comunitario fraterno-sororal. El movimiento de Jesús comenzó precisamente en Galilea en el seno de un grupo de mujeres emancipadas del patriarcado, que lo acompañaron hasta el momento trágico de su crucifixión y fueron las primeras testigos de la experiencia de la Resurrección, que dio origen a la Iglesia cristiana. Fue en el movimiento de Jesús donde ellas recuperaron la dignidad que les negaba la religión oficial, la ciudadanía que les negaba el Imperio y la libertad que les negaban sus conciudadanos varones.

 

6. INDIGNADO CON DIOS

 

Fue sin duda la indignación más dolorosa, la que más desgarro interior le provocó y la que puso a prueba su fe y su esperanza. Jesús se había dirigido a Dios con plena confianza y familiaridad llamándole cariñosamente Abba. Le experimentaba como una persona de quien podía fiarse plenamente. Dios era el centro de su vida, el horizonte de su proyecto liberador, el sentido de su existencia. Pero no el Dios lejano, sino el Dios de la esperanza, compasivo, abogado de la gente empobrecida. Nada había que lo separara de él.

 

Sin embargo, llegado el momento de la prueba y de la persecución en Getsemaní, Jesús siente pavor, angustia, una profunda tristeza, y vuelve a dirigirse a Dios con la misma confianza con que lo había hecho antes, para comunicarle el terrible trance por el que estaba pasando y la crisis de sentido que le rondaba. Es en ese momento en el que el conflicto con Dios se muestra en toda su radicalidad. Le pide cuentas a Dios por no estar de su lado cuando le llega el agua al cuello.

 

Estando en la cruz, le expresa su más profunda decepción y lanza un grito de protesta y de angustia: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Le pide cuentas por haberle abandonado. La crisis de fe y de esperanza había tocado fondo. En ese momento, al decir de Jürgen Moltmann, “sintió desesperación”[1].

 

Esa es la gran paradoja del Dios cristiano: cuando se le siente cerca, parece alejarse; cuando se recurre a él, da la impresión de que no escucha; cuando se le busca, parece que nunca se le encuentra. Y viceversa: habla en el silencio, acompaña en el camino sin ser visto. Es solidario en la distancia. Jesús también experimentó esa paradoja en su relación con Dios.

 

Estas manifestaciones de la indignación de Jesús de Nazaret a lo largo de su actividad pública con Dios, los poderes económicos, políticos, religiosos, patriarcales, y con quienes los detentaban constituyen un desafío para los cristianos y cristianas de hoy, pero también para las ciudadanas y los ciudadanos indignados con causa. Y no para sacralizar la lucha de los Indignados, sino para sumar fuerzas y razones a favor de la indignación contra las injusticias de nuestro mundo, generadas por la religión del mercado, que ha sometido a su tiranía a la religión, la política, la economía, la ética, y hasta la conciencia de no pocos ciudadanos y ciudadanas.

 

La convergencia de voces, manos, voluntades, utopías, proyectos emancipatorios y sueños “despiertos” puede liberar del fatalismo histórico, que atenaza hoy a la humanidad, y deja abierta la puerta a la esperanza de “otro mundo posible”. Porque no todo está perdido. ¡Hay alternativas! Y la indignación de Jesús y de sus seguidores y seguidoras puede contribuir a su búsqueda.



[1] Jürgen Moltmann, Cristo para nosotros hoy, Sígueme, Salamanca, 1997, 44.

O modelo diocesano está passando?

[Por: Eduardo Hoornaert]

Essa pergunta me veio à mente ao contemplar mudanças nas estruturas do cristianismo ao longo desses dois mil anos. Mudanças por vezes pouco percebidas, pois costumam seguir um ritmo bem mais lento do que conseguimos captar durante nossas breves vidas humanas. Uma mudança que me parece estar no horizonte diz respeito ao modelo diocesano, vigente na igreja católica desde o século IV. Aí pensei: será que, em nossos dias, esse modelo está cedendo aos poucos diante de um modelo ecumênico? Eis um tema que proponho examinar de mais perto com você, por meio de um sobrevoo dos dois mil anos da história do cristianismo. Assim estaremos em condições de enxergar com maior nitidez uma movimentação que costuma ficar ocultada a quem enxerga as coisas em curto prazo.

 

Neste breve texto, me deixo guiar por três vocábulos gregos, que me parecem caracterizar etapas na tradição de estruturação do cristianismo: paroikia, dioikèsis, oikoumenos, ou seja: paróquia, diocese, ecúmeno. Esses vocábulos derivam de um comum termo gerador: oikos, que originalmente significa ‘casa’, mas ao longo da história do cristianismo assumiu três sentidos diferentes, como se verá em seguida. Há como dizer que, nos primeiros séculos de sua história, o cristianismo era uma paroikia; que a igreja católica, a partir do século IV, se articulou por meio da dioikèsis e que, hoje, o cristianismo dá sinais de evoluir para uma oikoumené? No intuito de elucidar o questionamento acima, convido você a me acompanhar em três considerações de cunho historiográfico: (1) começamos dando uma olhada retrospectiva no cristianismo paroquial dos primeiros séculos; (2) em seguida, focalizamos os tempos em que o modelo diocesano passa a ser adotado pela igreja católica e, finalmente, (3) nos perguntamos se hoje não existem sinais do surgimento de um novo modelo cristão, de caráter ecumênico.

 

O cristianismo ‘paroquial’ das origens

 

Nossa fonte de informações, nesta primeira parte, é a Primeira Carta de Pedro, que deve ser dos anos 120-140 dC e provavelmente não foi escrito por Pedro (como atesta, por exemplo, o estilo elaborado). Numa primeira leitura, essa Carta se nos apresenta simplesmente como um texto de exortação. Mas uma leitura mais aprofundada, com tradução apropriada de determinados vocábulos no grego original, revela sua dimensão sociológica. No versículo 17 do primeiro capítulo, por exemplo, aparecem as seguintes palavras: E se vocês invocam como Pai a Quem julga imparcialmente a cada um segundo seus atos, então se comportem com temor ao longo desse tempo de sua ‘paroikia’. Fui consultar meu Dicionário da Língua Grega e li que o termo ‘paroikia’ (em português ‘paróquia’) é composto do prefixo grego ‘para’ e do substantivo ‘oikia’,. O termo grego ‘oikia’ (ou ‘oikos’) está na base de não poucas expressões correntes em nossos dias, como ‘economia’ (oikonomia), ‘ecologia’ (oikologia), ‘ecónomo’ (oikonomos), ‘ecumênico’ (oikoumènikos) etc. O prefixo grego ‘para’, por sua vez, indica uma negação, um impedimento, como nas palavras portuguesas ‘parabrisa’, ‘paraqueda’, ‘paralama’, ‘parachoque’, ‘paradoxo’, todas derivadas do mesmo prefixo grego. Assim, ‘paroikia’ indica uma situação de vida marcada por marginalidade política, social e/ou cultural. Um ‘paroikos’ (‘para-oikos’) é alguém que ‘não dispõe de casa própria’, ou seja, não é aceito socialmente, não pertence à boa sociedade, não dispõe de terreno próprio, não é registrado, não goza de direitos civis, vive fora da lei (Ef. 2, 19). É, eventualmente, morador de rua.

 

A formulação da Primeira Carta de Pedro, complexa, bem elaborada e rebuscada, mostra que esse documento dificilmente pode ser atribuído a um pescador como Pedro, como escrevi acima. Provavelmente estamos diante do trabalho de um correspondente erudito, que domina bem a língua grega, vive em Roma (na Babilônia: 5, 13) e dita ao seu escravo-escrivão Silvano (5, 12) um texto de apoio e encorajamento a seus/suas conterrâneos/as iletrados/as da Ásia Menor, do Ponto, da Galácia, da Capadócia, da Ásia e Betúnia (1, 1), que vivem em situação penosa de perseguição, penúria e marginalização, como já indica o primeiro versículo, dirigido aos que vivem dispersos e marginalizados, assim como o versículo 6: vocês sofrem variadas provas. Assim se explica a expressão ‘tempo de paróquia’ do versículo 17, citada acima.

 

Alusões à situação de marginalidade, que os grupos cristãos estão enfrentando, são permanentes na Carta. Por exemplo, no capítulo 2 versículo 11, lemos: Queridos, como ‘paroikoi’ sem cidadania, eu os exorto a renunciar às paixões terrestres que fazem a guerra contra sua ‘alma’ (sua verdadeira vocação). No versículo seguinte se lê que os ‘paroikoi’ cristãos vivem no meio de povos subjugados pelo Império Romano (‘ethnè’, em grego. Os romanos não fizeram distinção entre ‘povos eleitos por Deus’ [veja Mt 10, 17-20] e povos considerados ‘pagãos’ pelos judeus. Todos eram considerados ‘gentios’) e que eles têm de cuidar que seu comportamento seja bom. No versículo 18 aparece outro termo muito significativo: Vocês, domésticos (‘oiketai’), se submetam com muito temor aos seus patrões (‘despotai’: donos de casa), pois suportar golpes quando se faz o bem, eis o que é uma graça perante Deus (v. 20).

 

Termos como ‘paroikos’ e ‘paroikia’ aparecem em não poucos textos cristãos dos primeiros tempos. Os Atos dos Apóstolos contam que o diácono Estêvão, em sua fala diante do Sumo Sacerdote, esclarece que Deus declarou que os descendentes de Abraão viveriam como paroikoi em terra estrangeira, sofrendo e tratados como escravos (At 7,6). Paulo consola os cristãos efésios: Vocês já não são paroikoi, mas moradores na casa de Deus (Ef. 2, 19).

 

A leitura desses dois primeiros capítulos de 1Pedro já nos permite tirar algumas conclusões:

 

1. Esse texto dolorido, de apelo a um comportamento ético num ambiente onde funciona a lei do mais forte, permite uma análise sociológica da situação do cristianismo nos primeiros séculos.

 

2. Lendo 1Pedro somos levados/as a tentar entender textos, escritos tantos séculos atrás, por meio de métodos que hoje se costumam seguir nas ciências sociais. Para além de uma primeira impressão ‘moralista’ que a leitura do texto nos deixa, descortinamos a construção social da realidade política e social em que os cristãos/ãs dos primeiros tempos viviam. Descobrimos a dureza em que as primeiras gerações cristãs viviam.

 

3. Aos destinatários da Carta importa antes de tudo criar um ‘lar’, um abrigo social, um apoio emocional, uma nova cidadania, um recanto de paz e fraternidade no meio da cidade cruel. Eis a função da casa de Deus para quem não tem casa (2, 11 comparado com 2, 18). Deus oferece uma sua casa a quem não tem casa (2, 5 e 4,17). Os textos deixam entender que, normalmente, a casa do epíscopos (bispo) é essa casa. Os/as que são forçados/as a servir como domésticos/as (2, 18) em casas de outrem, nela encontram um espaço onde se sentem ‘em casa’. A Carta inteira, igual a outros documentos das primeiras gerações, como a Carta de Clemente (Corinto), a Didaqué e a Carta de Tiago (Síria), o Pastor de Hermas (Roma), a Carta de Paulo a Timóteo (região do Mar Egeu), a Carta de Barnabé (Alexandria), e as Cartas de Inácio (diferentes cidades da Ásia Menor), está imbuída de um clima de esperança e ternura, e isso deve ter atraído muita gente. Aos poucos, pobres, pelo mundo afora, percebem a grande novidade que essa vida na casa de Deus significa: Aproveitem o tempo de sua paroikia para levar uma vida exemplar no meio dos que não conhecem a Deus (1 Pd 2, 12). E aí a sociedade vai mudar, o plano de Deus vai se realizar no mundo. O mundo novo se faz cotidianamente a partir de uma postura ética que intenta construir a casa de Deus no meio de um mundo fundamentalmente injusto. Eis uma definição do ser cristão que encontramos nos escritos acima citados, provenientes de um amplo leque de lugares e situações: Corinto (Carta de Clemente), Síria (Didaqué; Carta de Tiago), Roma (Pastor de Hermas), região do Mar Egeu (Carta de Paulo a Timóteo), Alexandria (Carta de Barnabé), diversas cidades da Ásia Menor (Cartas de Inácio).

 

4. Em resumo, os/as cristãos/ãs das primeiras gerações são ‘paroquianos/as’. Embora frequentemente não disponham de casa própria, vivam na rua, entregues à própria sorte, marginalizados/as, migrantes, embora vivam numa situação de paróquia (1, 17), sem cidadania romana (2, 11) nem consideração social, eles/elas dispõem da ‘casa de Deus’, onde encontram acolhida (2, 5; 4, 17), apoio moral, valorização de sua opção.

 

5. É paradoxal constatar que, hoje, a palavra ‘paróquia’ evoca exatamente tudo que ‘paroquianos’ e ‘paroquianas’ dos anos 120-140 não tinham: casa, estabilidade, cidadania, status, segurança, valorização social. Difícil encontrar maior contraste.

 

O modelo diocesano

 

Num primeiro sentido, o vocábulo grego dioikèsis (‘diocese’ em português) indica um aglomerado de oikias (‘casas’). Mas, já antes do surgimento do cristianismo, a administração do Império Romano passa a usar esse vocábulo num sentido técnico: dioecesis (no usual latim administrativo da burocracia imperial romana) passa a indicar uma subdivisão geográfica e territorial do imenso Império, em grande parte sumariamente constituído por meio de guerras de conquista e, portanto, de difícil controle. O modelo diocesano acompanha a expansão do Império: por onde esse se expande por meio de guerras, logo se instala, em pontos estratégicos, um estacionamento de tropas e uma estrutura de cobrança de impostos. Desse modo, o Império consegue controlar os imensos territórios, variados em termos de habitantes, culturas, etnias e religiões, e manter sob seu controle populações muito diversas. A diocese é governada por um vicarius (‘vigário’ em português), representante local do Imperador. Ela provou ser tão eficiente que só desapareceu com a queda do próprio Império, no ano 641 dC.

 

Desde o século III dC aparecem, aqui e acolá, sinais da atração exercida pelo modelo diocesano sobre a estruturação do cristianismo, até então baseada na tradição sinagogal, herdada do judaísmo. Desde séculos, a sinagoga judaica dispõe de ‘supervisores’ (em grego: episcopoi, em português: ‘bispos’) a cuidar do bom andamento da comunidade. No movimento de Jesus, esse sistema de supervisão continua em vigor, sem que se perceba, nos textos, uma clara fronteira entre episcopoi e presbuteroi (‘presbíteros’).

 

Num trecho dos Atos dos Apóstolos (20, 28), por exemplo, se conta que o apóstolo Paulo, antes de viajar para Jerusalém, onde um futuro incerto o aguarda, convoca os presbíteros da comunidade que ele formou em Éfeso, e lhes recomenda: Tomem conta do rebanho em que o Sopro Santo os estabeleceu como ‘episcopoi’, para conduzir a igreja de Deus. Como se vê, aqui o termo ‘episcopos’ ainda não tem o sentido técnico que adquire mais tarde. Observamos a mesma equiparação entre presbíteros e bispos na Carta aos Hebreus: Cuidem (em grego: ‘episcopeô’) que ninguém vire as costas para a graça de Deus e que não cresça nenhuma raiz nociva e venenosa, capaz de envenenar a todos (12, 15). Podemos concluir: nos primeiros tempos do cristianismo, presbiterado se confunde com episcopado e constitui o principal instrumento de controle, na estruturação cristã, sobre as comunidades cristãs.

 

Mas, como assinalei acima, com a penetração de comunidades cristãs em largos espaços do Império Romano, a partir do século III, o modelo diocesano romano passa a exercer sobre elas um crescente poder de atração. Nesse sentido, a historiografia registra dois nomes que exemplificam o processo: Paulo de Samósata (ca. 200-275) e Cipriano de Cartago (falecido em 258). Só comento o caso do primeiro. Na qualidade de episcopos na importante cidade Antioquia, na Síria, Paulo de Samósata manda construir um edifício que não é mais concebido como local de reunião da comunidade cristã, mas se apresenta como um ‘templo’ da oficial religião romana. Com isso, o bispo delineia um ‘território cristão’ dentro da cidade de Antioquia, ou seja, ‘territorializa’ a igreja. Com isso estamos diante dos primeiros sinais de uma nova formatação cristã, a igreja católica. Um sinal ‘litúrgico’ confirma a intenção do bispo Paulo: ele orquestra um solene ‘introito’ no ‘templo’, se faz acompanhar por um coral de virgens e vai se sentar num trono cercado de cortinas (Eusébio de Cesareia, História Eclesiástica, 7,30, 8-9). Embora seus colegas o critiquem por sua ‘vaidade’, Paulo de Samósata prenuncia a imagem do bispo católico. Não se deve procurar alguma eclesiologia previamente elaborada nessa nova configuração episcopal, que se desenha aos poucos no decorrer do século III. O processo se efetua aos poucos, com o correr do tempo, praticamente sem consciência clara de uma mudança capaz de redefinir a compreensão do cristianismo.

 

Hoje, podemos dizer que o encontro entre cristianismo e modelo diocesano constitui uma das mais complexas realidades de 1600 anos de história católica. Sem tomar consciência clara do que está acontecendo, a ‘inteligência cristã’, a partir do século IV, vai adotando o modelo e com isso se distancia das palavras enérgicas, com que Jesus rejeita uma estruturação de seu movimento que não seja de caráter fraternal (Mt 20, 20-28). Jesus quer que seus discípulos exerçam liderança de modo diferenciado: Vocês recusem de serem chamados ‘Mestres’. Vocês não têm senão um Mestre: são todos irmãos (Mt 23, 2-8). Vocês são ovelhas em meio de lobos (Mt 10, 16), em busca de um Reino sem poder, sem primeiros lugares. Marcos expressa as mesmas ideias ao seu modo (Mc 10, 35-45).

 

Em suma, o movimento ‘diocesano’ cresce e vai se institucionalizando. Nos tempos do Concílio de Niceia (325), o bispo Eusébio de Cesareia já projeta a imagem do bispo diocesano sobre o passado cristão dos três primeiros séculos, por meio da ideia de sucessão apostólica. E com a política de Constantino, as coisas evoluem de modo rápido: o cristianismo se territorializa, se sacerdotaliza e se clericaliza, adota as feições de um império religioso dentro do Império Romano. A redefinição diocesana faz com que muitos/as, do século IV para cá, percam o rumo evangélico e não percebam que, adotando o ‘modus operandi’ da diocese, o cristianismo se afasta de sua genuína índole ‘paroquial’, diaconal e fraternal, adotando métodos expansionistas que redefinem sua ideia de missão, que doravante passa a significar conquista de territórios. Isso faz com que, séculos mais tarde, a instituição cristã vai colaborar com a política colonialista dos estados europeus. Ao mesmo tempo, o termo ‘paróquia’ muda totalmente de sentido. Doravante, a paróquia é entendida como subdivisão territorial da diocese. Enfim, podemos dizer que um pesado reposteiro cai sobre a memória cristã anterior, dificultando a reta compreensão do que aconteceu nos primeiros tempos do movimento de Jesus. O princípio de fraternidade para além de todas as fronteiras é substituído pelo princípio da ocupação de espaços. O cristianismo ‘territorializado’ passa a usar termos alheios à genuína tradição de Jesus, como ‘religio’, ‘sacerdotium’, ‘orbis catholicus’ (adjetivo derivado do termo grego katholikos, que por sua vez provém da expressão kata holèn gèn, que significa ‘espalhado pelo mundo inteiro’, ou seja, territorializado), ‘hierarquia’ (ordem sagrada), ‘christianitas’, ‘missio’, ‘clero’ etc. Termos herdados de estruturas religiosas e administrativas do Império Romano vão sendo assimilados ao longo dos tempos, formando um vocabulário hoje recorrente na instituição católica.

 

O fato de a diocese atualmente não ser percebida como corpo estranho no cristianismo mostra até que ponto vivemos afastados/as do projeto inicial de Jesus. A inscrição territorial do cristianismo nos parece tão normal que falamos em ‘bispo de Roma’ sem nos dar conta da incongruência dessa terminologia, quando comparada com os tempos em que Paulo escrevia ‘aos romanos’. Mal nos imaginamos que, nas origens, havia bispos, mas não havia dioceses. A interpenetração entre igreja e diocese chegou ao ponto de se constituir num amálgama, numa liga complexa de elementos heterogêneos, difícil de ser destrinchada.

 

Um modelo ecumênico está emergindo?

 

Igual aos vocábulos paroikia e dioikèsis, que guiaram nossa reflexão até aqui, o vocábulo oikoumènikos ressoa com vigor na história do cristianismo. Lembremo-nos que paroikia (paróquia) indica uma situação social e dioikèsis um território. Por sua vez, o vocábulo oikoumènikos indica comunidade e com isso recupera o sentido original do termo oikos, que é casa habitada, família, comunidade. Isso se verifica em diversas passagens do Novo Testamento, como Mt 9, 7 e 1 Cor 1, 16. Outras referências no mesmo sentido: em Lc 12, 42 e 1 Cor 4, 1, o apostolos oikonomos é um animador de comunidade; em Lc 16, 2, o oikonomos pratica a boa oikonomia (economia), ou seja, a boa arte de ‘administrar a casa de Deus’ e em Hebr 2, 5 se lê que os cristãos marcham para a oikoumenè hè mellousa (a comunidade vindoura). Todas essas referências neo-testamentárias mostram que o cristianismo das origens é uma ‘comunidade’, uma ‘familiaridade’, uma ’fraternidade’.

 

Hoje estamos voltando ao cristianismo das origens? Em muitos países e de modo inesperado, as mais diversas igrejas, oriundas do movimento protestante (século XVI), tiveram a ousadia de enfrentar o domínio territorial da igreja católica, com notável sucesso. Elas ‘penetraram’ nas dioceses católicas. Hoje, mais de 350 delas se congregam no Conselho Mundial das Igrejas (CMI), criado no ano 1948, logo após o fim da Segunda Guerra Mundial. Se a igreja católica, até hoje, não participa desse Conselho, a razão é clara: ela está amarrada ao modelo diocesano-territorial.

 

Daí a relevância da pergunta acima: hoje estamos voltando ao cristianismo das origens? Penso que precisamos ter cuidado ao falar desse modo, pois, afinal, estamos aqui fazendo um prognóstico. Ora, do futuro nada sabemos. Passagens históricas complexas, como uma eventual passagem de um modelo diocesano a um modelo ecumênico no cristianismo, ao depender de uma confluência de fatores psicológicos, sociais e políticos, oferecem redobradas possibilidades de desacerto. O futuro é marcado por tantas complexidades e incertezas, que erros na prognóstica são quase inevitáveis. Se o passado da humanidade é marcado por uma sucessão de erros, como prejulgar que o futuro será diferente? Feita de avanços e retrocessos, complexidades e surpresas, erros e acertos, desvios e novidades, ousadias e covardias, as experiências passadas nos aconselham não predizer levianamente como será o futuro. Pois se há uma constante na história humana, é a seguinte: o poderoso costuma submeter o fraco, ao ponto de transformá-lo, se puder, em seu servidor, se não seu escravo. Recomenda-se, pois, prudência.

 

Mas, de outro lado, a mesma história nos ensina que o mundo só muda com ousadia. A prudência evita erros crassos, mas é a ousadia que injeta sangue novo na sociedade, instiga a cultivar novas ideias, a experimentar, inovar, avançar. Sem ousadia, a história fica parada. No horizonte católico, que pessoalmente conheço melhor, vejo sinais de abertura e acolhimento de novas ideias, do diferente, da ultrapassagem de modelos vencidos, de limitação do poder centralizado, de superação do medo de mudança. Algo sempre acontece, gostava de dizer o teólogo José Comblin. Nos inícios dos anos 1960, o Papa João XXIII teve a ousadia de convocar o Concílio Vaticano II, contra as opiniões de seus cardeais. Recentemente, o Papa Francisco lançou ousadamente o tema da sinodalidade, apesar da resistência do Vaticano. No ano 2018, num outro ato de ousadia, ele visitou a Sede do CMI em Genebra, sinalizando que há um movimento de abertura em curso. Já nos idos de 1960, o teólogo francês Yves Congar, um dos mais lúcidos participantes o Concílio Vaticano II, escreveu em seu Journal du Concile (‘Meu Diário do Concílio, Cerf, Paris, 2004): Desde um bom tempo, o problema principal da igreja católica consiste em sua relação com sua própria tradição. Com essas palavras, ele apelou para a ousadia. de decifrar a própria institucionalização da igreja católica. E tivemos, na América Latina, bispos católicos ‘ousadamente ecumênicos’, como Oscar Romero, Leônidas Proaño, Pedro Casaldáliga e Helder Câmara.

 

Penso que a lentidão, por parte da Igreja Católica, em participar resolutamente do movimento ecumênico, se deve principalmente ao fato que, em ambientes católicos, o defeito congênito do modelo diocesano é um tema raramente verbalizado e muito menos discutido. Isso provém, em parte, do fato que a problematização de um modelo tão costumeiro pressupõe uma tomada de consciência acerca de convicções criadas por ‘histórias de longa duração’, como dizia o historiador francês Fernand Braudel. Quando uma mesma narrativa se repete por séculos, por meio dos mesmos gestos, das mesmas palavras e das mesmas imagens, a mente humana esquece que esses gestos, essas palavras e essas imagens são criações históricas passageiras. Aí aparece um modelo eclesiástico que ‘mole sua stat’ (fica em pé, simplesmente pelo enorme peso de sua história). Esse modelo, como se acaba de ver neste texto, foi construído num determinado momento da história e, portanto, pode ser desconstruído. Portanto, constitui um erro considerar o modelo diocesano como sendo isento à mudança.

Invitación: Congreso Teológico “Hacia un cristianismo radical”

[Por: Amerindia Guatemala]

Amerindia Guatemala, junto con otras organizaciones, invita al Congreso Teológico que se desarrolla el 22 y 23 de agosto en la ciudad de Guatemala, con la participación de Juan José Tamayo…

 

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Educación liberadora, educación mercantilizada y deshumanización

[Por: Hervi Lara]

El pensamiento de Paulo Freire concuerda con la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, cuyo artículo 26 señala que toda persona tiene derecho a la educación y que su objetivo es el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales…

 

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Invitación: El legado del Papa Francisco sobre la migración

[Por: Varias instituciones]

“El legado del Papa Francisco sobre la migración” es el tema del webinar que tiene lugar el 25 de agosto a las 18:00 horas (de México)…

 

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Una teología fundamentalmente contextual

[Por: Margit Eckholt | IHU]

El mes pasado, Margit Eckholt, de la Universidad de Osnabrück (Alemania), presentó la videoconferencia “Una teología fundamentalmente contextual: los contextos y las personas importan”.  La teóloga propone el desarrollo de una teología contextual basada en la lectura de los Signos de los Tiempos. El tema se desarrolla en cuatro secciones y se centra fundamentalmente en el Concilio Vaticano II y en una nueva perspectiva sobre la doctrina de los loci teológicos . Según la teóloga, “La Constitución Pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II sienta las bases para esta determinación del lugar de la Iglesia en la era moderna y en los nuevos tiempos globalizados, caracterizados por diversas dinámicas interculturales. El Papa Francisco lo reiteró en su encíclica ” Fratelli Tutti ” (2020): “Se trata de procesos de reconocimiento en toda la diversidad, en relación con otras denominaciones, religiones, culturas, en relación con las diversas formas de vida humana, precisamente porque se ven cuestionadas ante los movimientos fundamentalistas e identitarios”.

 

El evento se enmarca en el ciclo de estudios: Tiempos de cambio y práctica teológica hoy: desafíos y perspectivas , promovido por el Instituto Humanitas Unisinos (IHU)  durante el primer semestre.

 

El programa completo del Ciclo está disponible aquí y las conferencias se pueden ver en la lista de reproducción del evento , en el Canal IHU en YouTube . 

 

A continuación, se adjunta el  texto completo  de la conferencia de Margit Eckholt. La traducción es de  Maria Helena Lorscheiter…

  

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Comentarios bíblicos: Domingo XX durante el año – Lc. 12, 49-53

[Por: Carina Furlotti]

“He venido a traer fuego a la tierra, y cómo deseo que esté ya ardiendo”.  

 

Cada tanto el evangelio nos sacude con expresiones como ésta, quizá para que despertemos de algunas posturas como las del “hacer como si todo estuviera bien”, que nos dejan a mitad camino de ese mandamiento profundamente humano que es crecer: amar más, compadecer más, escuchar más, empatizar más…

 

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Boletín ALAS No. 604: Monjas de Belorado, “cisma en España”

[Por: Observatorio Eclesial]

El Boletín de Análisis e Información Religiosa “ALAS” No. 604 aborda como tema de la semana “Monjas de Belorado: Cisma en España”. También se comparten informaciones del âmbito político, social, eclesial, internacional, género y ecumenismo, al igual que algunos documentos.

 

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Del Cine a la Acción: Sembrando Paz en Tiempos de Exclusión

[Por: Proyecto Guañuna Vive]

En un mundo que se mueve rápido y a menudo excluye, la movilidad humana nos interpela con urgencia y desafío. ¿Cómo podemos, como cristianos y como iglesia, estar verdaderamente presentes con quienes sufren el desarraigo, la discriminación y la soledad? ¿Cómo podemos acompañar a quienes han tenido que dejarlo todo en busca de un lugar donde ser reconocidos, respetados y amados?…

 

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