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Un diálogo fecundo entre teología y filosofía

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[Por: Juan José Tamayo]

Filosofía y religión han vivido momentos de tensión e incluso de choque a lo largo de la historia. Pero también han caminado juntas en diferentes épocas. Y, a decir verdad, los momentos más brillantes de ambas disciplinas, intelectualmente hablando, han sido aquellos en los que se mostraron críticas y autocríticas, convivieron armónicamente y dialogaron creativamente, sin complejos de superioridad ni de inferioridad.

 

He aquí algunos de esos momentos de brillantez teológica y filosófica: los padres apologistas, que dialogaron con la filosofía griega; la filosofía escolástica con Anselmo de Canterbury y Tomás de Aquino, que tendieron puentes de encuentro entre fe y cultura, religión y razón; los filósofos árabe-musulmanes españoles, entre ellos Avempace, Ibn Masarra, Averroes, Hazm de Córdoba, Ibn Jaldún, en su intento, bien logrado, de armonizar teología y filosofía, razón y revelación y de elaborar una filosofía crítica de la religión; los teólogos modernistas, defensores de la compatibilidad entre cristianismo y modernidad, evangelio y libertad; los pensadores judíos Moses Maimónides (Edad Media), Moses Mendelsohn (s. XVIII), Gerhard Scholen y Martin Buber (s. XX); la teología de la liberación en diálogo con el marxismo, etc., etc.

 

Ambos campos, el de la teología y el de la filosofía, se plantean las preguntas por el sentido y el sin sentido de la existencia humana, por el origen y el destino del mundo y de los seres humanos, por la existencia o no de la teleología en el mundo y en la humanidad.

 

La relación se tornó problemática cuando la teología se consideró la única disciplina –e incluso la única “ciencia”- poseedora de la verdad, adoptó una actitud dogmática e intentó poner a su servicio a la filosofía, convirtiéndola en su esclava (philosophia, ancilla theologiae), para justificar principios o creencias que carecían de fundamentación racional. El resultado fue el fundamentalismo con su apego al literalismo de los textos sagrados y su negativa a la pre-comprensión y a la hermenéutica.

 

Problemática ha sido también la relación entre teología, ciencia y filosofía cuando la filosofía ha exigido que la teología se atuviera a los principios de la metodología racionalista y cuando las ciencias de la naturaleza han querido imponer su metodología al resto de las ciencias, y muy especialmente a la filosofía y a la teología. Me refiero a determinada tendencia ilustrada a la que el filósofo de la esperanza Ernst Bloch calificaba de necia con razón, ya que no supo discernir los elementos liberadores presentes en las religiones de los alienantes. 

 

Filosofía y teología han hecho importantes aportaciones al conocimiento humano. Coincido con el antropólogo Roy A. Rappaport en que las religiones son fenómenos culturales relevantes de la historia de la humanidad que han intervenido de manera decisiva en la formación de las sociedades. Nacimiento y evolución de la religión, por una parte, y origen y desarrollo de la humanidad, por otra, son dos fenómenos interconectados.

 

Lo sagrado y lo numinoso han jugado un papel fundamental en los procesos de adaptación de las distintas agrupaciones sociales en las que la especie humana se ha organizado. En ausencia de la religión, cree Rappaport, la humanidad quizá no hubiera sido capaz de salir de su estado prehumano o protohumano.   

 

La teología es un género literario que tiene sus propias reglas de juego o, si se prefiere, una disciplina con su propio estatuto de autonomía. Es, por expresarnos en términos de Wittgenstein, un “juego de lenguaje”, que tiene su contexto vital (Sitz im Leben) y su gramática. Pero la teología no agota la reflexión sobre Dios ni el estudio de las religiones, ni abarca todos los campos de análisis del fenómeno religioso.

 

Otras disciplinas se ocupan también de su estudio con rigor: sociología de la religión, psicología de la religión, antropología de la religión, historia de las religiones, fenomenología de la religión, ecología de las religiones, geografía de las religiones, etc. Me gusta la definición que ofrece el teólogo francés Jacques Pohier de teología por la humildad y la falta de arrogancia de la que otrora hizo gala: la teología “es un saber parcial sobre un objeto parcial”.

 

¿Qué aporta la filosofía al conocimiento humano?

 

En síntesis, empezando por su etimología, su principal aportación es el “amor a la sabiduría”, al conocimiento, sin interés comercial o crematístico, ajeno a todo carácter venal. Yendo un poco más allá de la etimología, la filosofía constituye una norma adecuada para la acción, es arte de la vida bajo la guía de la razón, desvelamiento de las contradicciones de las apariencias, investigación de las últimas causas y de los principios de las cosas.

 

¿Filosofía y teología pueden caer en el dogmatismo?

 

Sin duda. Yo creo que el lema de la Ilustración formulado por Kant, Sapere aude (“atrévete a pensar”), es el mejor antídoto contra el dogmatismo en todos los campos del saber y del quehacer humano, y muy especialmente en el terreno de las religiones, sobre todo las monoteístas, que creen en un solo y único Dios universal, que revela su voluntad recogida en un texto sagrado convertido en Palabra de Dios y se traduce en definiciones dogmáticas a las que la persona creyente debe prestar su adhesión mental, aun sin comprenderla, y sin posibilidad de interpretación. Esa deriva de las religiones desemboca en fundamentalismo.

 

“El símbolo da que pensar”, afirma el filósofo francés Paul Ricoeur en la conclusión de su emblemática obra Finitud y culpabilidad (prólogo de José Luis L. Aranguren, Taurus, Madrid, 1969, 699-713). Y yo añado: el dogmatismo bloquea toda posibilidad de pensar y convierte la fe religiosa en un acto fideísta, a veces contrario a la razón. La superación del dogmatismo en las religiones se logra a través de la hermenéutica, herramienta común a las ciencias sociales, las ciencias de las religiones, la filosofía y la teología. 

        

Filosofía de la religión, un lugar de encuentro

 

Uno de los momentos intelectualmente más fecundos de las relaciones entre filosofía y religión es la filosofía de la religión, que reflexiona sobre la racionalidad o no de las creencias y las afirmaciones religiosas. Un paso más es la crítica moderna de la religión, que, a su manera, es también filosofía crítica de la religión y ejerce una función terapéutica de esta al llamar la atención sobre las perversiones en las que caen frecuentemente las religiones tanto en la teoría como en la práctica: irracionalismo, fideísmo, intolerancia, dogmatismo, fanatismo, alienación mental, fomento de la conciencia mágica, etc.

 

Quiero referirme, finalmente, al carácter crítico, que me parece irrenunciable y común a la filosofía, la teología y las ciencias sociales. A la filosofía le corresponde ser teoría crítica de la razón pura y de la razón instrumental; a la teología, ser teoría crítica de los fundamentalismos, los dogmatismos y los integrismos religiosos; a las ciencias sociales, ser teoría crítica de la sociedad evanescente.

 

La crítica en las tres disciplinas debe dirigirse también al patriarcado como sistema de dominación sobre las mujeres, los niños, las niñas y los sectores más vulnerables; sistema de dominación basado en la masculinidad hegemónica. En otras palabras, debe llevar a cabo una crítica y autocrítica desde la teoría de género, ya que sus discursos suelen ser, consciente o inconscientemente, sexistas y androcéntricos. Creo que a las ciencias sociales y a la teología les es aplicable lo que afirma del discurso filosófico Cèlia Amorós:

 

“Ciertamente no puede decirse sin más puntualizaciones que sea el varón el sujeto del discurso filosófico, pero sí que el discurso filosófico es un discurso patriarcal (subrayado mío), elaborado desde la perspectiva privilegiada a la vez que distorsionada del varón, y que toma al varón como su destinatario en la medida en que es identificado como el género en su capacidad de elevarse a la autoconciencia”.

 

Homenaje a Gustavo Gutiérrez a los 50 años de la publicación de su Teología de la Liberación

[Por: Pedro Trigo]

Lo primero que escribí en esta onda fue el borrador de una propuesta de discernimiento de la situación de Venezuela y de las opciones que teníamos que tomar como cristianos[1]. El escrito era para el encuentro que íbamos a tener a fin del año 1970 un grupo de jesuitas venezolanos que estudiábamos teología en distintos lugares de Europa. Yo estudiaba con otros dos compañeros en Madrid en la universidad de Comillas y para estudiar en un ambiente latinoamericano vivíamos en una residencia universitaria para latinoamericanos en el campus de la universidad. Discutimos la propuesta durante tres días y al final sólo la aprobaron 8 de 32 que estábamos.

 

Unos meses después, al encontrarnos para hacer los Ejercicios Espirituales para prepararnos a la ordenación presbiteral un compañero que había estado presente me dijo si sabía cómo se llamaba el borrador que había presentado. Le dije que no y él me dijo que se llamaba Teología de la Liberación. Me presentó un folleto de MIEC-JECI que, si mal no recuerdo, se titulaba hacia una Teología de la Liberación[2]. Lo leí y, en efecto, sentí que estábamos en la misma onda y me alegré muchísimo de que en otros lugares de Nuestra América se estuviera escribiendo desde esa misma perspectiva.

 

+En 1972 tuvo lugar en El Escorial el primer gran encuentro sobre TL, que de hecho constituyó su presentación al gran público. El encuentro fue promovido por Fe y Secularidad y aunque “no eran todos los que estaban”, el encuentro tuvo una trascendencia histórica[3]. El ícono del encuentro fue sin duda la edición española de la Teología de la Liberación[4] de Gustavo que aparecía en grandes pilas que se agotaban rápidamente. Naturalmente que la edición limeña había aparecido el año anterior, pero la mayoría conocimos el libro a través de la edición que se presentó tan oportunamente en ese evento. Como el libro se titulaba como la corriente teológica y además como no trataba de algún punto específico sino de lo que decía el título y lo llevaba a cabo programáticamente, aparecía para muchos como la condensación de la propuesta.

 

También a mí me pareció y me sentí completamente expresado. Se trataba sin duda de la transformación estructural del continente, una transformación económica y política en la que el pueblo latinoamericano no era sólo el destinatario sino también protagonista. Los aportes del marxismo eran muy visibles y estaban en el ambiente. Pero también era claro que se trataba de teología. Era nuestra recepción del Vaticano II, una recepción realmente creativa y ajustada a las exigencias de nuestra realidad. La liberación para Medellín era un clamor de nuestros pueblos y la exigencia del Dios que se reveló en el Éxodo y además la savia evangélica lo impregnaba todo, la savia que en ese momento comenzaban a gustar las comunidades de base en la lectura orante. Aunque el libro de Gustavo no tiene ningún capítulo sobre este tema, en la práctica todo lo que va diciendo lo fundamenta en la Biblia y específicamente en Jesús. Así la relación entre salvación y liberación[5], el encuentro con Cristo en la historia[6], Jesús y el mundo político[7], Eucaristía y fraternidad humana[8], significación bíblica de la pobreza[9].

 

+Había concluido la licencia y tenía el doctorado a la vista. Por eso, aprovechando la presencia de esos hermanos mayores, le pregunté a Juan Luis Segundo qué me aconsejaba y me dijo que fuera cinco años a estudiar Biblia a Lovaina porque no podíamos seguir dependiendo de los europeos. Le pregunté a Segundo Galilea y me lo puso mejor: me dijo que viera qué me interesaba más y podía hacer mejor, que averiguara en qué universidad se investiga más a fondo esa cuestión y que estudiara allí cinco años, y me repitió lo mismo que Juan Luis: porque no podemos seguir dependiendo de los europeos. Después le pregunté a Gustavo y él me dijo sencillamente: yo no he hecho la prueba, pero si vienes a Lima, asistes a los cursos, seminarios y conferencias que dé y además conversamos. No pregunté a nadie más. Ya tenía lo que buscaba: me fui a Lima con Gustavo. Era el año 1973.

 

Decidirme por esa opción fue para mí decisivo. Como me pareció que “el modo de producción determina el producto” iba los fines de semana a una vicaría atendida por religiosas en la zona 5 de Collique, que en ese momento no tenía ni carretera ni agua ni luz. Recuerdo los ojos hinchados de los muchachos que iban a estudiar al salón parroquial que tenía un “petroman”. También recuerdo, porque fue dramático, que a mitad de año irrumpieron los maoístas en el grupo juvenil de la parroquia[10]. También una vez al mes iba cuatro días a Pariacoto, otra vicaría en la sierra de Ancash, llevada también por religiosas en la que florecían comunidades de base y que vivía el conflicto que provocó con los hacendados la reforma agraria. Allí asesinarían años después a unos franciscanos polacos.

 

Asistí al curso que solía dar Gustavo en la Católica y al único que le permitieron dar en su vida en el seminario, también a un seminario en la UNEC y a las conferencias públicas que dio. Además, conversábamos en el Centro de Estudios y Publicaciones. Las dos materias académicas hacían ver la pertinencia de la dimensión político social del cristianismo, a la vez que la fundamentaban y concretaban. Sobre todo el curso de la Católica, en relación con el marxismo. El seminario fue sobre las Tesis sobre Feuerbach.

 

Lo primero que recuerdo que me llamó la atención y que me agradó mucho es que cuando llamaba a la parroquia del Rímac me atendía siempre alguien distinto, alguien que estaba allí como en su casa. Desde ahí escuché y leí a Gustavo. Sabía que era un lector empedernido y que le echaba cabeza concienzuda y lúcidamente; pero es distinto leer y pensar desde un escritorio o desde la militancia o desde la institución eclesiástica, que hacerlo desde ese enclave vital popular, desde esa relación profusa marcada por la fraternidad cristiana.

 

Yo venía de una inserción muy contrastada por lo exigente. Empecé teología el año 68, cuando la secularización daba el tono a las clases medias y profesionales. La lucha ideológica en la residencia universitaria en la que vivía era muy intensa, aunque gracias a Dios, como latinoamericanos en tierra extraña, no enturbiaba la convivencia ni las fiestas regionales en las que predominaba bien lo melódico, con la guitarra, bien lo rítmico con el tambor. Y nosotros estábamos como estudiantes de teología para hacernos curas. La mayoría, procedentes de todos los países latinoamericanos y profesionales haciendo un postgrado, no entendían nuestra dedicación y menos aún porque captaban que no éramos tradicionales que resistían a los tiempos. Nuestro testimonio consistía en mostrar que éramos humanos, incluso excelentemente humanos y que estábamos metidos de lleno en la hora latinoamericana desde la solidaridad con el pueblo.

 

En Lima era el tiempo de repristinar esta solidaridad en contacto vital con el pueblo y de alimentarla cristianamente, sin abandonar el diálogo con las ideologías y los movimientos históricos. Por eso me ayudó captar que Gustavo hablaba desde ese medio vital que era también nuestra misión cristiana en la Iglesia. Y por eso yo, que vivía en Jirón Chancay, en ese momento una zona popular, en el centro mismo de Lima, entonces completamente abandonado y sucio, quise tener esa dedicación apostólica popular, además de la misa el domingo a la noche en La Parada.

 

+Al regresar a Venezuela no abandoné esa referencia habitual a las zonas populares, tanto como alimentación personal como en servicio pastoral, lo más horizontal y fraterno posible. Desde el mes que pasé el año 1973 antes de ir a Lima y desde comienzos del 74 cuando regresé, pertenezco al Centro Gumilla, Centro de Investigación y Acción social de los jesuitas en Venezuela en mi condición de teólogo interdisciplinar. Desde él he apoyado la inserción de la vida religiosa en medios populares y he alimentado sistemáticamente esta opción, con mis compañeros a través de cursos y el acompañamiento sistemático a esos grupos de inspiración cristiana. De ahí han salido muchos artículos, e incluso libros[11].

 

+Aunque me invitaron a encuentros latinoamericanos de Teología de la Liberación, no quise asistir hasta que no estuviera consolidado en mi país este movimiento de Iglesia de los pobres y pudiera asistir, no a título individual sino como representante de ellos. Ya a fin de los 70 podía decirse que ese movimiento existía. En buena medida se reconoció y articuló en reuniones locales, regionales y nacional de preparación para Puebla. Esos encuentros sirvieron para dar a conocer sistemáticamente Medellín e incluso lo central del Vaticano II.

 

En diciembre del 78 asistí en Ciudad de México a un encuentro latinoamericano de revistas en la onda de la liberación cristiana[12] y luego pensaba asistir en enero a la Conferencia de Puebla como periodista. Me hallaba viendo libros en la librería Gandhi cuando oigo que me llaman: era Gustavo. Él me puso en conocimiento del grupo de teólogos de la liberación que iba a servir a un grupo de obispos afines y me dijo que fuera, indicándome el lugar y la hora.

 

Como en el encuentro de El Escorial, él tomó la iniciativa, teniéndome obviamente como uno del grupo. Yo sí me tenía por tal, porque, como indiqué, llegué a esta teología por propia evolución; pero estoy agradecidísimo de que en El escorial, siendo apenas un muchacho, los tres con los que hablé me consideraron como uno de los suyos y Gustavo me asumiera como hermano menor, digamos como su primer discípulo. En esta nueva ocasión me asumió como un colega. En la pensión en la que estuvimos me tocó en la misma pieza con González Faus y con Jon Sobrino[13] y sí fue una experiencia eclesial apasionante.

 

+ En el año 80 después de defender mi tesis doctoral sobre La institución eclesiástica en la nueva novela latinoamericana, copié varios ejemplares y los envié a los amigos, entre ellos, obviamente, Gustavo. Al poco tiempo me respondió que estaban interesados en publicar en CEP el capítulo sobre Arguedas. Yo le sugerí que, como aparecía como personaje, escribiera un postfacio en el que apareciera como autor. Aceptó la sugerencia y escribió el texto que publicó con el nombre de “Entre las calandrias”, publicado posteriormente como libro aparte. En la introducción del editor se afirma que “motivado por la lectura del texto de Pedro Trigo, Gustavo Gutiérrez escribió unas reflexiones sobre la obra y el testimonio personal de Arguedas, a quien lo ligó una breve pero profunda amistad”. Me alegro de que mi tesis fuera ocasión de este escrito suyo tan personal[14].

 

+Durante los años 80 participé regularmente de los encuentros de teólogos que, coordinados por Leonardo Boff, tuvimos en Brasil. El año 90 se dio el cierre en el DEI en Costa Rica, donde estuvimos un grupo mucho más reducido. Me consta que fui invitado por la insistencia de Gustavo. En ese encuentro mi ponencia tuvo que ver con una reflexión de Gustavo que para mí era lo que decidía si un escrito era o no era Teología de la Liberación. Se trata de la distinción entre el acto primero y el acto segundo. Mi ponencia se titulaba: “Cuál es el acto primero del que la teología de la liberación es acto segundo”[15].  

 

El tístulo se refería obviamente a Beber de su propio pozo, cuya recensión fue el primer artículo que envié a la Revista Latinoamericana de Teología y que no me publicaron porque Jon Sobrio acababa de escribir otro sobre él. Lo publiqué en SIC, la revista del Centro Gumilla[16]. El libro nos asombra, decía, “por su correspondencia con el modo como es vivida la praxis liberadora por los cristianos en América Latina. No se trata, pues, de ideología (en el sentido de exposición sistemática de datos, conceptos generales y valoraciones que están a disposición de un grupo humano en una época y que le otorgan sentido) sino de teoría (de comprensión de una praxis). Es por eso un libro verdadero; no sólo en el sentido de que lo afirmado en él es idealmente verdadero y por lo tanto debe ser así, sino en el sentido preciso de que son muchos miles de mujeres y hombres que en América Latina responden con sus propias vidas de lo que en él se afirma. Por eso el libro no pudo ser escrito antes”[17]. Se necesitaba tiempo para que fragura este modo de vivir el cristianismo, nacido en el humus de la fe del pueblo, contrastada y madurada en esa situación tan dura, y fecundada por la solidaridad de estos cristianos pasados por el Concilio, Medellín y Puebla.

 

Así pues, beber en el pozo en el que se alimenta la vivencia cristiana del pueblo sería el acto primero del que la Teología de la Liberación es el acto segundo. Gustavo Gutiérrez asienta que la teología es acto segundo, siendo el acto primero esta experiencia de Dios en este lugar social: “El hablar sobre Dios (teo-logía) viene después del silencio de la oración y del compromiso”. “Así considerada la distinción entre acto primero y acto segundo (muy tradicional, además) no se sitúa sólo en lo que comúnmente se entiende por una perspectiva de metodología teológica. Es una manera de vivir la fe, es una cuestión de seguimiento de Jesús. Nuestra metodología es, a decir verdad, nuestra espiritualidad”[18].

 

Eso es lo que en esa ponencia en el DEI yo quería explanar, fundamentar y hacer ver las consecuencias concretas. La ponencia se proponía dilucidar la especificidad de la Teología de la Liberación que yo no la colocaba en contenidos sino en el modo de producción. Ésta sería la tesis: “Si el teólogo, entrando en el proceso inacabable de iniciación en el misterio cristiano y llegando a ser pobre de espíritu, ha superado la relación ilustrada con el pueblo; si se ha hecho en alguna medida pobre con espíritu y amigo de pobres y desde ahí solidario con ellos, si haciéndose cristiano juntamente con ellos en la comunidad, va viviendo en ella la fraternidad de los hijos de Dios y sembrándola a su alrededor, ese teólogo está en trance de producir TL. El que esa teología tenga calidad dependerá de su capacidad, de su preparación y de las mediaciones metodológicas que emplee. Pero en todo caso, si llega al grado mínimo por el que lo producido pueda ser llamado teología, esa teología será de la liberación. En otro caso, es decir si no existe este modo de producción susodicho, lo producido podrá ser una teología, tal vez excelentísima, acerca del tópico de la liberación; pero no ya Teología de la Liberación”[19].

 

+En 1992 Fe y Secularidad organizó el segundo encuentro de Teología de la Liberación en El Escorial a los 20 años del primero con el objetivo de calibrar qué había pasado con la TL en ese cambio de horizonte que fue tan profundo que supuso un cambio de época[20].

 

Gustavo no pudo estar y envió un saludo muy elocuente. Extraigo de él esta apreciación: “Pese a las apariencias, el pueblo pobre de América Latina, y las comunidades cristianas que surgen de él, han crecido en madurez y conciencia histórica. Los ‘grandes’ hechos -los que trasmiten los medios de comunicación- ocultan los ‘pequeños’. Es decir, lo que ocurre en la base, en el diario quehacer de un pueblo que lucha por su derecho a la vida y por su derecho a proclamar el reino. Allí late el pulso de la historia”[21].

 

A mí me tocó hablar sobre “El futuro de la Teología de la Liberación”[22]. Cayó tan mal mi intervención que pidieron un tiempo (que obviamente no estaba programado) a la tarde para ver si se lograba aclarar el alcance de mi propuesta. Ésta consistía en síntesis en hacer ver que en este tiempo tan absolutamente adverso al pueblo y con tan pocos aliados, un tiempo en que se habían impuesto los consorcios trasnacionales y la ideología neoliberal, “la fuerza histórica de los pobres”, decía tomando la expresión del título de Gustavo[23], no se daba sobre todo en el ámbito político sino en la cotidianidad. Porque mantenerla humanamente en esas circunstancias tan adversas suponía un trabajo tan arduo, tan persistente y tan creativo que suponía un verdadero milagro. En la tarde se profundizó el malestar. Recuerdo especialmente el de Metz. Cuando salía de la sesión Jon Sobrino me hizo notar que, aunque hubiéramos estado una semana, el resultado habría sido el mismo porque había llegado a la conclusión de que lo que más diferencia a los seres humanos es si pueden dar por supuesta la vida y se dedican a cualificarla y disfrutarla o si no pueden darla por supuesto y se dedican a hacer posible la vida y vivirla. Él veía que yo había hablado desde esta segunda perspectiva y ellos me la estaban entendiendo desde la primera y por eso lo que les decía les parecía trivial. Convine en que esa diferencia de perspectivas era la causa del malentendido.

 

Por eso destaco lo que dijo Gustavo, que era el autor de la frase que yo había utilizado y que en su libro la refería sobre todo a la insistencia en el cambio sociopolítico y que ahora, cuando “las circunstancias son hoy muy diferentes” el pulso de la historia late en el diario quehacer del pueblo que lucha por su derecho a la vida y por su derecho a proclamar el reino, a proclamar, ante todo con su vida pero también con su esperanza, el mundo fraterno de las hijas e hijos de Dios que inauguró Jesús y por el que dio la vida.

 

+Quisiera destacar también que me interesó muchísimo el libro de Gustavo sobre Las Casas[24]. Como ambientación quisiera expresar cómo al embarcarnos en la transformación de la vivencia cristiana que tenía lugar en la Iglesia latinoamericana como recepción fiel y creativa del concilio Vaticano II, bastantes compañeros nos sentimos llamados a bucear en nuestra historia desde la intuición de que lo que estábamos viviendo no era una novedad inédita sino la fidelidad creativa a lo que sembraron los que Puebla considera fundadores del radical sustrato católico de nuestros pueblos. Por eso Dussel hizo su tesis doctoral en historia sobre El episcopado latinoamericano y la liberación de los pobres (1504-1620)[25]. Y él, que de suyo era filósofo, y Pablo Richard, que era escriturista, motorizaron la colección de CEHILA sobre la historia de la Iglesia latinoamericana. También mis primeros trabajos publicados en la RLT y en la revista del ITER se dedicaron a esos orígenes y todavía actualmente tengo un curso sobre la evangelización fundante en el siglo XVI y otro sobre maestros de espiritualidad latinoamericanos, en el que cuatro vivieron entre el siglo XVI y XVII, ambos en sus fuentes escritas, y doy otro de historia de la Iglesia de América Latina, también a base de calas escritas, la mayoría de esos dos mismos siglos.

 

Por eso escribí una recensión muy amplia titulada “Las Casas y Gustavo Gutiérrez: en busca de los pobres de Jesucristo”[26]. “El secreto de GG, su ventaja radical sobre otros estudiosos (que sin embargo lo superan en otros aspectos) es que en él late el mismo impulso que animó a LC; dicho en términos cristianos el mismo Espíritu”. “El Espíritu es trascendente, por eso GG trata de evitar cualquier cortocircuito. Insiste en que el tiempo de LC no es nuestro tiempo, ni su horizonte ni su bagaje conceptual ni su modo de hacer teología… son los nuestros. Parte ante todo de la diferencia”. “El título del libro establece simbólicamente esta diferencia”. “Es una frase de Guamán, que GG ha venido utilizando profusamente. La frase que sirve de lema a la vida de Guamán es la que GG estampa como lema que totaliza el pensamiento y la vida de LC Es la frase del indígena la que define al español. Y es también la que GG quisiera que pudiera resumir su propia vida y su obra. GG ve, pues, al español desde la autoconciencia que tuvo el indio. Pero ¿no insiste también LC en verlo todo como si fuese indio? También GG expresa que escribe desde su pertenencia a esos pueblos marginados. El mismo Espíritu que impulsa a Guamán a dejar su cacicazgo y a encarnarse como Jesús en la pobreza para como pobre salir en busca de los pobres de Jesucristo, es el que había hecho reconocer a LC la ceguedad en la que vivía y lo había impulsado a gastar toda su vida en mostrar la justicia de la causa indígena y en defenderlos. Ese mismo Espíritu, que hizo de GG teólogo popular del Dios liberador, es el que lo habilita para reconocerlo en Guamán y en LC. Esta es para mí la clave del libro”.

 

“Como el Espíritu que movió a LC es el mismo Espíritu que anima a GG es el Espíritu el que lo lleva a buscar la verdad de la vida de LC, el que exige no contentarse sino con esa verdad (…) por la convicción de que es precisamente su vida uno de los lugares donde se manifiesta el Espíritu como trascendencia fecunda./ Pues bien, al centrarse GG en hablar lo más adecuadamente posible de LC está caracterizando también imperceptiblemente los ejes estructuradores de su propia vida y de su obra. Insistimos en que se trata de los núcleos generadores; queda excluido cualquier paralelismo fácil a nivel anecdótico y cualquier trasposición mecánica a nivel de pensamiento”. “No se trata de convertir a LC en un precursor de planteamientos actuales. No hay interés en situarlo en las filas de la propia escuela. Son precisamente el respeto y la distancia quienes paradójicamente ponen al descubierto la correspondencia. Porque de eso se trata literalmente: de que ambos responden con el mismo Espíritu (en este sentido responden acompasadamente) a los desafíos de sus respectivas épocas, en los que perciben las exigencias de Dios y los signos de su paso salvador”.

 

“Ambos caracterizan la situación como de injusticia estructural, de violencia institucionalizada, de destrucción y muerte. Esto lo hacen como analistas, señalando muy pormenorizadamente la génesis de la situación y sus mecanismos. Pero sobre todo lo hacen porque les duele. Les duele porque las víctimas tienen para ellos nombres y apellidos, rostros concretos. Claman a tiempo y a destiempo, rompiendo concordismos encubridores y omisiones culpables, porque han echado su suerte con las víctimas; y este lugar social, elegido como querencia, se convierte en perspectiva. Desde el reverso de la historia se ve toda la verdad de ella. Se destapa la verdad oprimida por la injusticia y se desenmascaran las ideologizaciones justificadoras. Desde ahí se perciben no sólo las privaciones injustas de los empobrecidos, su muerte antes de tiempo, más lenta o brusca, pero segura; se aprecia también la dignidad de las víctimas, la justicia de su causa, su condición cultural y humana, dignas de todo respeto, incluso su fuerza histórica. Y no sólo se asume su defensa, sino que se apuesta por su liberación como pueblos que son, como diferentes”.

 

“Por eso, después del necesario deslinde, el esfuerzo de ambos por abrir un camino alternativo y hacerlo posible; y el desvelo por interesar en esa vía superadora no sólo a la gente popular sino a personas de toda condición y a cualquier tipo de grupos que estén dispuestos a escuchar. Y la paciencia a toda prueba dentro de la propia institución eclesiástica para que no se cierre a este camino y avance los pasos posibles en cada momento”.

 

Le envié el artículo y cuando me encontré con él el año siguiente, me hizo ver muy discretamente que convenía en mi apreciación.

 

+Siempre que iba a Lima conversaba con él. Incluso en un encuentro que tuvimos teólogos jesuitas latinoamericanos, lo invitamos una mañana para que compartiera su experiencia con nosotros. Estuve presente en el homenaje por sus 90 años que le hizo el instituto de teología de la vida Consagrada en Lima y él estaba muy contento, pero le costaba hablar. Me alegré mucho de que al día siguiente pudimos hablar personalmente durante hora y media y él habló expeditamente, como si no hubiera pasado el tiempo.

 

+Por todo esto y por tantas cosas más doy muchas gracias a Dios por su vida. Como yo, muchísimos otros podrán decir agradecidamente cuánto deben a Gustavo. Si la persona se define por sus relaciones de entrega gratuita, horizontal y abierta, Gustavo, además de muchas otras cosas, es una gran persona, que es lo más que se puede ser, ya que las personas divinas son “relaciones subsistentes” (santo Tomás).

 

Han pasado 50 años de la aparición de su libro emblemático. El año pasado me pidieron en México que diera una charla sobre qué queda de la Teología de la Liberación. Respondí que quedamos nosotros y en primer lugar Gustavo y, sobre todo, tantos otros que van por el mismo camino en esta época más difícil que la inicial, que lo era bastante, y queda, sobre todo, una parte considerable de pueblo creyente y oprimido, que no sólo vive y convive y da de sí, cuando el orden establecido le niega las condiciones para vivir, sino que no pocos dan razón de su fe, como constataba y anhelaba Gustavo. Seguimos, en esta nueva época, de modo equivalente a aquella en que nos iniciamos. Pero seguimos en paz, la paz que el mundo no puede dar ni tampoco quitar, acompañados y acompañando, con un inmenso dolor por tanto sufrimiento inmerecido, por tanta muerte antes de tiempo, y con alegría y agradecimiento al comprobar que donde abunda el pecado sobreabunda la gracia y que podemos vencer al mal a fuerza de bien, como Jesús y con su Espíritu.



[1] “A los 50 años”, ITER. Revista de Teología, Número 80-81 Septiembre-Diciembre 2020 (en prensa)

[2] No sé si será el folleto de Gustavo publicado en esa “editorial” en 1969

[3] La publicación se titulaba Fe cristiana y cambio social en América Latina. Sígueme, Salamanca 1973

[4] Editorial Sígueme

[5] Sígueme,1990,194-214 y 214-226

[6] Oc 227-243

[7] Oc 268-277

[8] Oc 300-304

[9] Oc 325-331 y 331-334

[10] Más concretamente, se habían hecho maoístas los dirigentes y pretendían que se hiciera todo el grupo. A mí me tocó bregar porque no se plegaran y mantuvieran su orientación cristiana

[11] Sobre todo La cultura del Barrio. Gumilla/Ucab, Caracas 2004; El cristianismo como comunidad y las comunidades cristianas. Miami, Convivium Press 2008 y Echar la suerte con los pobres de la tierra. Gumilla, Caracas 2015

[12] Nos comprometimos a hacer un número conjunto sobre espiritualidad de la liberación que publicó Christus en México n° 530, 1979, Páginas en Lima (Espiritualidad de la liberación. Lima: CEP,1980)

[13] González Faus me escribe que no fue Sobrino sino Javier Jiménez Limón, el teólogo mexicano fallecido prematuramente cuando estaba en su mejor momento Puede ser que me falle la memoria

[14] El texto salió publicado en CEP, Lima 1982 con el título de Arguedas/ historia, mito y religión. Fue lo primero que se publicó de mi tesis. En 1987 CEP me volvió a publicar otro libro con las novelas mexicanas que analizo y que tituló:  Cristianismo e historia en la novela mexicana

[15] ITER,25,2001,109-136

[16] N°463,1984,122-125

[17] Oc 122

[18] Beber en su propio pozo. CEP, Lima 1983, 203, 204

[19] ITER oc 132-133

[20] Trigo, “Discernimiento de la nueva época desde América Latina”. RLT, Set-dic 2020,247-281

[21] Comblin/González Faus/Sobrino, Cambio social y pensamiento cristiano en América Latina. Trotta, Madrid 1993,15-16

[22] Oc 297-317

[23] CEP, Lima 1979

[24] En busca de los pobres de Jesucristo. CEP, Lima 1992; Sígueme, Salamanca 1993

[25] Centro de Reflexión Teológica, México 1979

[26] ITER 11, 1995,116-183

Invocación a Andrés Gallego García

[Por: Félix Grández Moreno]

Silvio Rodríguez estuvo en Lima y tal vez por ello esto no puede ser una oración, quisiera fuera una invocación de amor.

 

Una invocación en tres tiempos.

 

 Primero :

 

“¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? ¡Él no está aquí! ¡Ha resucitado!”, le dijo el ángel a las mujeres que fueron a buscar a Jesús al sepulcro.

 

Este pasaje del evangelio de Lucas ha resonado en mí, en estos días, una y otra vez: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?”

 

Por eso al concluir esta celebración quiero decir “Andrés ha muerto” y, a continuación, decir también “Andrés está vivo”. ¡Ha resucitado!

 

Ha resucitado, así como resucitó Jesús, por el amor de Dios y también por el amor de todas las personas que lo conocen y dan testimonio de él de la forma como lo han hecho hoy, como lo hicieron en el responso de ayer, como lo manifiestan cientos de personas en las redes sociales en diferentes lugares y circunstancias. 

 

Y así es como han resucitado también Gustavo Gutiérrez, Felipe Zegarra, Jorge Alvarez Calderón, Consuelo de Prado, Pilar Coll, Juan Dumont y Lucho Llontop, por mencionar a algunos de nuestros seres queridos. Y así es como resucitaremos todas y todos nosotros algún día.

 

Segundo:

 

Sacerdote, o cura como a él le gustaba decir; misionero; asesor de la Unec y del MPC, vicario pastoral de Cristo Redentor;  profesor de teología, director del IPA en el sur andino; editor y corrector de textos más que escribidor;  maestro, amigo, humanista, contador de historias, buen conversador, maestro de las ironías sutiles. Y decenas de cosas más. Todo eso es Andrés, pero por encima de todo: discípulo de Jesús.

 

Discípulo, seguidor, amigo de Jesús, esto es, un cristiano. Ni más ni menos.

 

Discípulo de Jesús, tanto que para hablar de Andrés hay que hablar de diferentes pasajes de la vida de Jesús.

 

Discípulo como muchos en la corriente de la Iglesia de los pobres, y discípulo también a su manera

 

A Andrés lo atraía Jesús por su capacidad de amar, por su libertad, por su testimonio.

 

El seguimiento de Jesús es la clave para entender a este hombre que entregó su vida a predicar por doquier que Dios es amor, un amor gratuito, un amor que todo lo puede y, a la vez, no puede nada sin la fraternidad y la solidaridad de todos nosotros.

 

Andrés se tomó en serio el pedido de vivir teniendo los mismos sentimientos de Jesús, de continuar la práctica de Jesús, de ser como Jesús y caminar junto a los pobres de la tierra.

 

En diferentes momentos Andrés reconoció su dificultad para expresar sus emociones. Podía pecar de parco en las palabras, pero no en la nitidez de sus gestos. Andrés rezumaba bondad. Era de aquellos que no se cansan de hacer el bien.

 

Una persona dotada de humanidad, una humanidad que viene de Jesús, de una humanidad nueva, anticipo de la que podemos y debemos construir. Basada en el reconocimiento del otro y no en el individualismo, en la solidaridad y no en el sálvese quién pueda.

 

Tercero y concluyo.

 

Cuando leí estas palabras a mi hija Marinés, como para darme seguridad antes de decirlas aquí, ella me dijo: “está muy bien, pero tienes que decir algo personal”. Bueno, aquí va.

 

Tomo prestadas para ello las palabras que Miguel Hernández escribió para su amigo Ramon Sijé y que hoy yo quiero decir para mi amigo Andrés:

 

“A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero”.

 

Félix Grández Moreno

Jesús María, 29 de octubre de 2025

NOTA DE REPÚDIO. Nota do Coletivo Padres da Caminhada sobre a chacina promovida por forças policiais estaduais no Rio de Janeiro

[Por: Padres da Caminhada]

O Coletivo Padres da Caminhada, formado por mais de 500 padres, diáconos e bispos de todo o Brasil, manifesta sua profunda solidariedade às famílias das vítimas da chacina ocorrida no Rio de Janeiro em 28 de outubro de 2025 e repudia a gestão arbitrária do Governo do Estado do Rio de Janeiro, responsável por mais este episódio de violência que ceifou vidas inocentes — inclusive de servidores públicos. 

Inspirados no Evangelho — “Eu vim para que todos tenham vida e a tenham em abundância” (Jo 10,10) — reafirmamos que nenhuma política pública pode ser edificada sobre o sangue dos pobres. Toda forma de violência institucional fere o Evangelho e os princípios de um Estado Democrático de Direito. 

 

As comunidades populares não são territórios inimigos, mas espaços de vida, fé e esperança. A verdadeira segurança nasce da justiça social e da presença transformadora do Estado, não da força das armas. A bala “não é perdida”: tem destino, cor e CEP, e continua a atingir, sobretudo, corpos negros, pobres e periféricos. 

 

Onde reina o crime organizado é porque já não há presença do Estado como organizador da vida social e promotor de políticas públicas que viabilizem projetos de vida reais. Não é possível aceitar que vidas inocentes, tiradas em meio a uma guerra entre facções e forças policiais, sejam reduzidas a “erros residuais”, como afirmou o governador. 

 

A ausência do Estado, aliada à indiferença das elites e à omissão de lideranças políticas e econômicas, gera um sistema que marginaliza, exclui e mata lentamente. 

 

E é necessário perguntar, com coragem evangélica e compromisso social: de quem é a responsabilidade por tanta desigualdade que faz nascer os marginalizados? 

 

Quem lucra com a dor e a miséria que se perpetuam nas periferias do Rio e de tantas outras cidades do Brasil? 

 

Clamamos por investigação rigorosa e punição dos responsáveis, e por uma conversão social e política que priorize o diálogo, o perdão e o compromisso com a vida. A vida se defende com políticas públicas, não com armas. 

 

Em comunhão e oração, unimo-nos às vítimas — civis, policiais e familiares — e reafirmamos nosso compromisso profético e pastoral com a justiça, a paz e a dignidade humana. 

Basta de política de morte. Que a vida, dom de Deus, prevaleça. 

 

“…chega de ser subjugado, subtraído, subnutrido, 

um sub-bandido de um sub-lugar, 

um subtenente de um sub-país, sub-infeliz… 

mas essa história eu volto a repetir: 

aconteceu numa cidade muito longe daqui, 

que tem favelas que parecem as favelas daqui, 

que tem problemas que parecem os problemas daqui. 

 

E o bandido: 

‘E se eu morrer, vem outro em meu lugar…’ 

 

Polícia: 

‘E se eu morrer, vão me condecorar… 

E se eu morrer, será que vão lembrar? 

E se eu morrer, será que vão chorar?’” 

 

(Canção de Acyr Marques / Arlindo Cruz / Franco) 

 

Coletivo Padres da Caminhada 

Brasil, 29 de outubro de 2025 

Mojar las raíces en nuestra propia fuente

[Por: Leonardo Boff]

No hay como negar que estamos en el centro de una formidable crisis planetaria. Nadie sabe hacia dónde vamos. Es aconsejable visitar a historiadores que normalmente tienen una visión holística y una sutil percepción de las principales tendencias de la historia. Cito uno que considero de los más inspiradores, Eric Hobsbawn, en su conocido libro-síntesis La Era de los Extremos (1994). Concluye sus reflexiones con esta consideración:

 

«El futuro no puede ser la continuación del pasado… Nuestro mundo corre el riesgo de explosión e implosión… No sabemos hacia dónde estamos yendo. Sin embargo una cosa está clara. Si la humanidad quiere tener un futuro que valga la pena, no puede ser mediante la prolongación del pasado o del presente. Si tratamos de construir el tercer milenio sobre esta base, vamos a fracasar. Y  el precio del fracaso, o sea la alternativa al cambio de la sociedad, es la  oscuridad» (p.562).

 

La oscuridad puede representar el fin de especie homo. Algo parecido dijo Max Weber en su última conferencia pública en la cual (por fin!) se refiere al capitalismo, encerrado en una ”jaula de hierro” (Stahlhartes Gehäuse) que él mismo no consigue romper. Por eso nos puede llevar a una gran catástrofe: «Lo que nos aguarda no es el florecimiento del otoño, nos aguarda una noche polar, gélida, sombría y árdua» (Cf. M.Löwy, La jaula de hierro: Max Weber y el marxismo weberiano, México 2017). Finalmente el propio Papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti (2020), advierte: «Estamos en el mismo barco o nos salvamos todos o no se salva nadie» (n.32).

 

Hay una convicción bastante generalizada en el campo ecológico y en notables analistas de la geopolítica mundial: dentro del sistema capitalista, que destaca por la búsqueda ilimitada (sin la justa medida) de ingresos financieros, y crea dos injusticias, una social (creando inconmensurable pobreza) y otra ecológica (devastando  ecosistemas), no hay solución para la crisis actual. Se atribuye a Einstein la frase: «el pensamiento que creó la crisis no puede ser el mismo que nos saque de ella; tenemos que cambiar».

 

Como las prometedoras narrativas del pasado sobre el futuro de la humanidad se han frustrado, no pueden ofrecernos rumbos nuevos, excepto tal vez el ecosocialismo planetario que no tiene nada que ver con el socialismo un día existente y fallido. O volver al modo de vida de los pueblos originarios, cuyo saber ancestral o el bien vivir y convivir de los andinos todavía podrían garantizarnos un futuro en este planeta. Pero me parece que estamos tan enredados dentro de nuestra burbuja sistémica que esta propuesta, por sugestiva que sea, se hace globalmente impracticable.

 

Cuando llegamos al fin de los caminos viables y solo tenemos  el horizonte a la vista, me parece que no nos queda más que optar por nosotros mismos y desentrañar virtualidades no ensayadas todavía. Somos por naturaleza un proyecto infinito y un nudo de relaciones en todas las direcciones. Debemos sumergirnos dentro de nosotros mismos y mojar nuestras raíces en la fuente originante que brota siempre en nosotros en forma de inquebrantable esperanza, de grandes sueños, de mitos viables y de proyectos innovadores de otro rumbo por delante.

 

Al tomar al ser humano como referencia estructuradora no pienso en la antropología de los antropólogos y antropólogas o en otras ramas del saber sobre lo humano, siempre enriquecedoras. Pienso en el ser humano en su radicalidad insondable que ronda la zona del misterio, que cuanto más nos acercamos de él más distante y profundo se presenta. Y sigue siendo misterio en cada conocimiento. Fue la percepción que san Agustín hizo de sí mismo: factus sum mysterium mihi: “me he vuelto un misterio para mí mismo”. Ese misterio es expresión de un misterio mayor que es el propio universo todavía en génesis y expansión. Por tanto, el ser humano-misterio nunca está desconectado de ese proceso del cual forma parte, lo que supera una visión meramente individualista del ser humano. Es importante no olvidar nunca que es un ser de relaciones ilimitadas, hasta con el Infinito. Enumeremos algunos datos que pertenecen  a nuestra esencia, a partir de los cuales se nos concede elaborar nuevas visiones de futuro.

 

Ante todo es importante entender al ser humano como Tierra que en un momento de su complejidad comenzó a sentir, a pensar, a amar, cuidar y venerar. Y he aquí que irrumpe en el proceso cosmogénico el ser humano, hombre y mujer. No sin razón es llamado homo o Adam, ambos significando “hecho de tierra, o tierra fértil y arable”.

 

En el ser humano es central el amor cuya base biológica mostraron F.Maturana y J.Watson. Dice Watson en su famoso ADN:el secreto de la vida (2005): «el amor nos hace tener cuidado del otro; él hizo posible nuestra supervivencia y éxito en este planeta; ese impulso, creo, salvaguardará nuestro futuro; estoy seguro de que el amor está inscrito en nuestro ADN» (p.414). No habrá ninguna transformación o revolución humana que no vengan imbuidas de amor.

 

Junto con el amor surge el cuidado, entendido –de larga tradición– como esencia del ser humano. Como no tiene ningún órgano especializado, es el cuidado de sí mismo, de los otros y de la naturaleza lo que nos asegurará la vida.

 

Fue la solidaridad/cooperación de comer juntos, la que en otro tiempo nos permitió dar el salto de la animalidad a la humanidad. Lo que fue verdadero ayer sigue siendo verdadero y esencial hoy, aunque carente. Como ser de relación, la solidaridad y la cooperación están en la base de cualquier convivencia.

 

Junto a la inteligencia del cerebro neocortical, hay la emoción del cerebro límbico, surgido hace millones, sede del amor, de la empatía, de la compasión, de la ética y de todo el mundo de las excelencias. Somos seres de sentimientos. Sin un lazo afectivo entre nosotros los humanos y con la naturaleza, todo se degrada y desvanece.

 

En nuestro interior prevalece la espiritualidad natural, expresión usada  por la new science,que goza del mismo reconocimiento que la inteligencia y la emoción. Es anterior a cualquier religión, pues es la fuente de la cual todas beben, cada cual a su manera. La espiritualidad es parte de nuestra esencia y se expresa por el amor incondicional, por la solidaridad, por la transparencia y por todo lo que nos hace más humanos, más relacionales y abiertos.

 

La espiritualidad nos permite captar que por debajo de todos los seres hay una Energía poderosa y amorosa que los cosmólogos llaman Abismo generador y sustentador de todo lo que existe. El ser humano puede abrirse a esa Energía de Fondo, puede entrar en comunión con ella y tener una experiencia de encantamiento y veneración ante la grandeur del universo y de quien lo creó.

 

Tales valores, siendo realistas, vienen acompañados de sus contrarios –somos sapiens y demens– que no pueden ser reprimidos sino mantenidos en sus límites. Mojando nuestras raíces en esa fuente originante positiva podemos definir otro futuro en el cual el amor, la solidaridad y el bien vivir serán sus fundamentos.

 

Traducción de MªJosé Gavito Milano.

Dilexi te: un documento para no dormir(se)*

[Por: Edwin Aguiluz Milla]

Sí, para no dormir, porque intranquiliza; porque inquieta; porque queda clavado en la conciencia del lector católico, como una espina imposible de extraer; porque profundiza la enseñanza social de la Iglesia cimentada en la Palabra de Dios, y requiere, ineludiblemente, lo que el mismo magisterio eclesial llama asentimiento religioso (que compromete la voluntad y el intelecto) de todo católico, aun cuando el documento pertenezca al magisterio pontificio llamado ordinario, esto es, el que no es infalible. Así nos lo enseñan la instrucción Donum veritatem (“el don de la verdad”, sobre la vocación eclesial del teólogo), emitida por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1990 (n.º 23), y el Catecismo de la Iglesia Católica (n.º 892). Este último explica con otras palabras en qué consiste dicho asentimiento: “adherirse con espíritu de obediencia religiosa” a la enseñanza ordinaria del magisterio.

 

También para no dormirse, porque urge compromiso; porque apremia a movilizarse –“ahora, no mañana”, en palabras del Papa (n.º 92)–, a no perder ni un minuto, a levar anclas que impiden nuestra conversión permanente personal y eclesial; porque “nos mueve el piso”, como suelen hacer esos sismos que aparecen cada vez que se publica un nuevo documento del magisterio social de la Iglesia.

 

Así, la lectura de este documento me anima, me orienta, me motiva. Es decir, me exhorta. Justamente, tal es el género del documento Dilexi te: una exhortación con la autoridad apostólica concedida por el Señor a Pedro y sus sucesores.

 

Si otra exhortación apostólica, Evangelii gaudium (el gozo del Evangelio), mostró claramente la hoja de ruta del pontificado del papa Francisco al iniciar su ministerio, me atrevo a decir que en Dilexi te el nuevo pontífice nos está mostrando la suya. Por lo tanto, no nos dejará dormir plácidamente, ni dormirnos con conciencia tranquila a lo largo de todo su pontificado. Quedamos advertidos… y agradecidos.

 

No es mi intención ofrecer un resumen de la Exhortación, sino proponer unas claves de lectura. Es decir, pretendo compartir unos enfoques que, en mi opinión, permiten sacar buen provecho de la exhortación.

 

PRIMERA CLAVE: TRES RECOMENDACIONES

 

Dado que es magisterio, se debe leer con disposición de discípulos, de aprendizaje. Magisterio se refiere al oficio de enseñar de los obispos (ver la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, del Concilio Ecuménico Vaticano II, n.º 25). Por lo tanto, una actitud fundamental del católico es ponerse en “modo discípulo” cuando lee un documento de la Iglesia, y preguntarse: ¿qué me enseña este para cdrecer como cristiano?

 

Dado que es exhortativo, hay que acogerlo con corazón abierto. Particularmente, los documentos pontificios llamados exhortaciones apostólicas buscan animar y motivar a la comunidad eclesial. El ser humano tiende a situarse en zonas de confort, en las que se está bien y se desearía estar siempre: “Cuando ellos se separaron de él, dijo Pedro a Jesús: ‘Maestro, bueno es estarnos aquí. Podríamos hacer tres tiendasdd, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’…” (Lc 9,33). Hay que abrir el corazón para que el sucesor de Pedro –de aquel a quien el Señor no le permitió acomodarse– nos anime a seguir peregrinando.

 

Dado que es apostólico, se acoge como un bien que procede del pastoreo encomendado por Cristo a Pedro. “Apacienta mis corderos, mis ovejas” le encomienda Jesús a Pedro en la orilla del mar de Tiberíades (Jn 21,15-17). Este encargo comporta ayudar al rebaño a permanecer fiel al Buen Pastor, retornando una y otra vez a los orígenes evangélicos, cuando la comunidad tiende a alejarse de estos. El “yo confieso que he pecado mucho…” incluye ese deliberado alejamiento del Evangelio, lleno de justificaciones para tranquilizar nuestra conciencia.

 

SEGUNDA CLAVE: LA HUELLA DE FRANCISCO EN LA EXHORTACIÓN

 

En su primera carta encíclica (Lumen fidei, “la luz de la fe”), el papa Francisco dijo:

 

Él [Benedicto XVI] ya había completado prácticamente una primera redacción de esta Carta encíclica sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones” (n,º 7).

 

De manera semejante, el papa León XIV nos cuenta:

 

En continuidad con la encíclica Dilexit nos, el Papa Francisco estaba preparando, en los últimos meses de su vida, una exhortación apostólica sobre el cuidado de la Iglesia por los pobres y con los pobres, titulada Dilexi te, imaginando que Cristo se dirigiera a cada uno de ellos diciendo: no tienes poder ni fuerza, pero ‘yo te he amado’ (Ap 3,9). Habiendo recibido como herencia este proyecto, me alegra hacerlo mío –añadiendo algunas reflexiones– y proponerlo al comienzo de mi pontificado, compartiendo el deseo de mi amado predecesor de que todos los cristianos puedan percibir la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres” (n.º 3).

 

Resulta clara, por lo tanto, la continuidad y total armonía entre el magisterio de Francisco y el de León XIV, lo que se ve corroborado al adentrarse en el texto de la exhortación.

 

TERCERA CLAVE: LA ESTRUCTURA DEL DOCUMENTO

 

Dilexi te viene a ser, por decirlo así, un pequeño compendio de la enseñanza de la Iglesia sobre la opción preferencial por los pobres, opción irrenunciable y esencial de la Iglesia. Descubro en ella un documento que puede constituir un pequeño “manual” de iniciación al magisterio social de la Iglesia, o, en términos más amplio, a lo que Francisco llamó la “dimensión social de la Evangelización” (capítulo IV de Evangelii gaudium). También resultaría ideal para un retiro y, obviamente, para la lectura espiritual personal y comunitaria. Naturalmente, no es exhaustivo; pero más que suficiente para la inducción y para el crecimiento. Un rasgo importante que facilita el aprovechamiento formativo de la exhortación es que no está formulado en términos excesivamente técnicos, limitados a especialistas.

 

Para tal aprovechamiento, me parece importante comprender su “lógica”, manifiesta en su estructura. El primero se llama “Algunas palabras indispensables”. Aquí encontramos el enfoque del documento: la inseparabilidad del afecto/amor por Cristo y el afecto/amor por los pobres. En efecto, “el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia” (n.º 5). El “no te olvides de los pobres” que recibió Pablo (Gal 2,1-10), se lo recordaron al papa Francisco, recién electo, y lo asume León XIV, evocando la iluminación de San Francisco de Asís (n.º 6). Este encargo insoslayable comporta nunca dejar de escuchar “el grito de los pobres” (n.º 8) y desvelar los prejuicios ideológicos que llevan al crecimiento económico, pero no al desarrollo humano integral, a costa del incremento de la inequidad (n.º 13). “Siempre es necesario volver a leer el Evangelio”, dice el Papa (n.º 15).

 

El segundo capítulo se denomina “Dios opta por los pobres”. No haría falta más, pero el Papa en los sucesivos capítulos muestra cómo se ha asumido esta opción en la Iglesia. Aquí encontramos la fundamentación bíblica, que nos revela a Dios en el Antiguo Testamento “como amigo y liberador de los pobres, Aquel que escucha el grito del pobre e interviene para liberarlo” (n.º 17). A continuación, nos presenta a “Jesús, Mesías pobre”. “Él [Jesús] se presenta al mundo no sólo como Mesías pobre sino como Mesías de los pobres y para los pobres” (n.º 19). Le sigue un apartado que dedica a “La misericordia hacia los pobres en la Biblia”, que viene a ser la enseñanza bíblica referida a la opción por los pobres que corresponde a nosotros, páginas que “a lo largo de los siglos […] han interpelado los corazones de los cristianos a amar y a realizar obras de caridad, como semillas fecundas que no cesan de producir fruto” (n.º 34). Termina así el segundo capítulo, y con esas palabras ya nos anuncia lo que sigue.

 

Los tres siguientes capítulos son de un carácter más eclesiológico, no en un sentido doctrinal principalmente, sino, sobre todo, testimonial. De ahí que el tercero y el cuarto sean un repaso histórico acerca de las concreciones de la opción por los pobres a lo largo de los siglos. Podríamos decir, evocando al célebre historiador de la Iglesia Hubert Jedin, que el Papa nos ofrece, de este modo, una eclesiología histórica desde la perspectiva de la fidelidad eclesial a la opción preferencial divina por los pobres.

 

“Una Iglesia para los pobres” es el tercer capítulo. León XIV hace suyo el anhelo de su predecesor: “¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!” (n.º 35). Desde la Iglesia primitiva neotestamentaria, pasando por experiencias eclesiales del período posterior, nos recuerda el Papa que los pobres son el tesoro de la Iglesia. De gran riqueza es un recorrido por “Los Padres de la Iglesia y los pobres”, que nos muestra que “desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia reconocieron en el pobre un acceso privilegiado a Dios, un modo especial para encontrarlo” (n.º 39). Muy iluminadora y estimulante es la evocación de San Ignacio de Antioquía, San Justino, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio, San Agustín y, de modo general, “muchos otros”. El Papa repasa también en el capítulo diversas experiencias históricas de la opción por los pobres. Veámoslas sucintamente.

 

Comienza con el cuidado a los enfermos. Desfilan en este apartado san Cipriano, san Juan de Dios, san Camilo de Lelis, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, las Hermanas Hospitalarias, las Pequeñas Siervas de la Divina Providencia y “tantas otras Congregaciones femeninas”, legado que hoy “continúa en los hospitales católicos, los puestos de salud en las regiones periféricas, las misiones sanitarias en las selvas, los centros de acogida para toxicómanos y los hospitales de campaña en las zonas de guerra” (n.º 52).

 

El repaso histórico continúa con “El cuidado de los pobres en la vida monástica”, con mención especial de san Basilio Magno, san Benito de Nursia y san Bernardo de Claraval. Prosigue con las órdenes religiosas que se dedicaron a la liberación de los cautivos (la Orden de la Santísima Trinidad y la Orden de la Bienaventurada Virgen María de la Merced), y lo hacen ahora, junto con otras instituciones y congregaciones “que actúan en las periferias urbanas, las zonas de conflicto y los corredores migratorios” (n.º 61) y con la atención a las personas privadas de libertad.

 

Luego se ocupa de los “Testigos de la pobreza evangélica”, esto es, las llamadas “órdenes mendicantes”, con especial mención de san Francisco de Asís, santa Clara de Asís y santo Domingo de Guzmán. No podía faltar una sección dedicada a “La Iglesia y la educación de los pobres”, en la que León XIV hace memoria especial de san José de Calasanz, san Juan Bautista de La Salle, san Marcelino Champagnat, san Juan Bosco, el beato Antonio Rosmini y muchas congregaciones femeninas, como las ursulinas, las monjas de la Orden de la Compañía de María Nuestra Señora, las Maestras Pías y muchas otras.

 

“Acompañar a los migrantes” es otro apartado, en el que destacan figuras como san Juan Bautista Scalabrini, santa Francisca Javier Cabrini, así como la prioridad de este acompañamiento en el magisterio actual. También se ocupa de los que han servido a “los últimos”, como santa Teresa de Calcuta y sus Misioneras de la Caridad, santa Dulce de los Pobres, san Benito Menni, san Carlos de Foucauld, santa Katharine Drexel, la hermana Emmanuelle y “muchísimos más”. Termina ese capítulo retomando en este listado histórico los “movimientos populares”, un legado magisterial y pastoral muy importante del papa Francisco, cuya carta de ciudadanía en la Iglesia ratifica León XIV.

 

El capítulo cuarto se dedica a “Una historia que continúa”, de inmensa riqueza. Comienza con “El siglo de la Doctrina Social de la Iglesia”, destacando los aportes magisteriales de León XIII, san Juan XXIII, el Concilio Vaticano II, san Pablo VI, san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. También evoca las conferencias generales del episcopado latinoamericano (Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida). Es un capítulo que plantea las causas estructurales de la pobreza, relacionada con “una economía que mata” (papa Francisco), que demanda con urgencia nuestro compromiso para resolverlas. Vuelve a colocar como tema prioritario el de “Los pobres como sujetos”, y no como objetos de ayuda.

 

Finalmente, en el capítulo quinto, “Un desafío permanente”, el Papa explica que “he decidido recordar esta bimilenaria historia de atención eclesial a los pobres y con los pobres para mostrar que ésta forma parte esencial del camino ininterrumpido de la Iglesia” (n.º 103). Retoma el tema central del Buen Samaritano, abordado por el papa Francisco en Fratelli tutti. Para iluminar que la opción preferencial por los pobres, con todas sus aristas e implicaciones, el acápite “Un desafío ineludible para la Iglesia de hoy” recurre a la memoria de san Gregorio Magno y su papel como pastor en tiempos muy difíciles para la Iglesia de Roma. No falta el cuestionamiento a movimientos o grupos cristianos sin compromiso por “el bien común de la sociedad y, en particular, por la defensa y la promoción de los más débiles y desfavorecidos” (n.º 112). Ofrece, finalmente, un marco para entender correctamente la limosna y recordarnos que “sigue siendo un momento necesario de contacto, de encuentro y de identificación con la situación de los demás” (n.º 115). “No será –dice el Papa– la solución a la pobreza mundial, que hay que buscar con inteligencia, tenacidad y compromiso social. Pero necesitamos practicar la limosna para tocar la carne sufriente de los pobres” (n.º 120).

 

Llama la atención que León XIV ofreció, a manera de anticipo germinal, el enfoque fundamental de esta exhortación apostólica en su Mensaje para la IX Jornada Mundial de los Pobres (domingo 16 de noviembre de 2025, XXXIII Domingo del T.O.), particularmente en el este texto:

 

La pobreza tiene causas estructurales que deben ser afrontadas y eliminadas. Mientras esto sucede, todos estamos llamados a crear nuevos signos de esperanza que testimonien la caridad cristiana, como lo hicieron muchos santos y santas de todas las épocas. Los hospitales y las escuelas, por ejemplo, son instituciones creadas para expresar la acogida hacia los más débiles y marginados. Hoy deberían formar parte ya de las políticas públicas de todo país, pero las guerras y desigualdades con frecuencia lo impiden. Cada vez más, los signos de esperanza son hoy las casas-familia, las comunidades para menores, los centros de escucha y acogida, los comedores para los pobres, los albergues, las escuelas populares: cuántos signos, a menudo escondidos, a los que quizás no prestamos atención y, sin embargo, tan importantes para sacudirnos de la indiferencia y motivar el compromiso en las distintas formas de voluntariado (n.º 5).

 

La exhortación comenzaba citando las palabras del Apocalipsis (3,9): “Te he amado” (dilexi te) (n.º 1), y con ellas termina:

 

Ya sea a través del trabajo que ustedes realizan, o de su compromiso por cambiar las estructuras sociales injustas, o por medio de esos gestos sencillos de ayuda, muy cercanos y personales, será posible para aquel pobre sentir que las palabras de Jesús son para él: ‘Yo te he amado’ (Ap 3,9).

 

* Una primera versión de este artículo apareció en el periódico Eco Católico (edición especial impresa de noviembre de 2025) de Costa Rica, más breve, por la naturaleza del medio.

** El autor es Secretario Ejecutivo de Pastoral Social Cáritas Costa Rica. 

Especial Congreso de Teología – Noticias Iglesia Internacional

[Coordina: Cecilia Tovar – Instituto Bartolomé de las Casas]

Descargue el dossier de “Noticias Iglesia Internacional” del Instituto Bartolomé de las Casas, sobre el IV Congreso de Teología Latinoamericana y Caribeña.

El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría

[Por: Juan José Tamayo]

“Ellacuría debe ser eliminado y no quiero testigos”

 

Esa fue la orden que dio el coronel René Emilio Ponce al batallón Atlacatl, el más sanguinario del Ejército salvadoreño. Se cumplió la noche del 16 de noviembre de 1989 en que fueron asesinados en la Universidad Centroamericana de San Salvador (UCA) con premeditación, nocturnidad y alevosía los jesuitas Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín Baró, Armando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López, la trabajadora doméstica Julia Elba Ramos y su hija Celina, de 15 años. La masacre conmocionó al mundo. Las ocho personas asesinadas se sumaban a los 80.000 que hasta entonces había causado la guerra en ese pequeño país centroamericano, donde se había instalado una inmisericorde cultura de la muerte con el apoyo político y militar de los Estados Unidos.

 

El teólogo Jon Sobrino podía haber sido el séptimo jesuita asesinado, pero esa noche no se encontraba en casa. Había viajado a Tailandia para impartir un curso de teología en Hua Hin, a 200 kilómetros de Bangkok. Un sacerdote irlandés le despertó para comunicarle la noticia. “Toda la comunidad, toda mi comunidad ha sido asesinada”, fue su comentario. Enseguida se preguntó por qué él estaba vivo. En Tailandia, donde el número de cristianos es muy escaso, alguien le preguntó, entre sorprendido e incrédulo: “¿Y en El Salvador hay católicos que asesinan a sacerdotes?”.

 

36 años después, los jesuitas asesinados no han caído en el olvido. Su figura y su obra han adquirido nuevas dimensiones y han ido creciendo en relevancia social, significación intelectual e influencia religiosa. Tras su muerte se han publicado importantes obras suyas que gozan de una amplia difusión, permiten descubrir aspectos de su vida y pensamiento desconocidos hasta ahora y abren nuevas perspectivas en el estudio de las disciplinas cultivadas por ellos y en los compromisos por la justicia y la liberación que asumieron. A sus obras cabe añadir las numerosas investigaciones llevadas a cabo en torno a su vida y pensamiento.

 

Uno de los asesinados fue el jesuita vasco, nacionalizado salvadoreño, Ignacio Ellacuría, rector de la UCA, discípulo de Zubiri y editor de algunas de sus principales obras. Era filósofo y teólogo de la liberación, analista político, científico social, intelectual comprometido e impulsor de la teoría crítica de los derechos humanos, dimensiones que son difíciles de encontrar y de armonizar en una sola persona, pero  convivieron en su persona no sin conflictos internos y externos, y se desarrollaron con lucidez intelectual y coherencia.

 

“Revertir la historia… evitar un desenlace fatal”

 

“Revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”, “sanar la civilización enferma”, “superar la civilización del capital”, “evitar un desenlace fatídico y fatal”, “bajar a los crucificados de la cruz” (son expresiones suyas) fueron los desafíos a los que Ellacuría quiso responder con la palabra y la escritura, el compromiso político y la vivencia religiosa. Y lo pagó con su vida.

 

36 años después de su asesinato Ellacuría sigue vivo y activo en sus obras, muchas de ellas publicadas póstumamente. En 1990 y 1991 aparecieron dos de sus libros mayores: Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, de la que fue editor junto con su compañero Jon Sobrino, entonces la mejor y más completa visión global de dicha corriente teológica latinoamericana, y Filosofía de la realidad histórica, editada por su colaborador Antonio González, cuyo hilo conductor es la filosofía de Zubiri, pero recreada y abierta a otras corrientes como Hegel y Marx, leídos críticamente. Era parte de un proyecto más ambicioso trabajado desde las décadas setenta y ochenta del siglo pasado y que quedó truncado con el asesinato. Posteriormente la UCA editores publicó sus Escritos Políticos, 3 vols., 1991; Escritos Filosóficos, 3 vols., 1996-2001; Cursos Universitarios, 2009; Escritos Teológicos, 4 vols., 2000-2004. La editorial Comares está preparando una edición de sus Obras Completas.

 

En los treinta y seis años transcurridos desde su asesinato se han sucedido ininterrumpidamente los estudios, monografías, tesis doctorales, congresos, conferencias, investigaciones, cursos monográficos, círculos de estudio, Cátedras universitarias con su nombre –una de ellas la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, que dirigí en la Universidad Carlos III de Madrid desde 2002 hasta mi jubilación-, que demuestran la “autenticidad” de su vida y la creatividad y vigencia de su pensamiento en los diferentes campos del saber y del quehacer humano: política, religión, derechos humanos, universidad, ciencias sociales, filosofía, teología, ética, etc.

 

Lo que descubrimos con la publicación de sus escritos y los estudios sobre su figura es que Ellacuría tuvo excelentes maestros: Rahner en teología, Zubiri en filosofía, monseñor Romero en espiritualidad y compromiso liberador, de quienes aprendió a pensar y actuar, y colegas como Jon Sobrino, profesor de la UCA y uno de los grandes teólogos de la liberación. Pero su discipulado no fue escolar, sino creativo, ya que, inspirándose en sus maestros, desarrolló un pensamiento propio y él mismo se convirtió en maestro, si por tal entendemos no solo el que da lecciones magistrales en el aula, sino, en expresión de Kant aplicada al profesor de filosofía, el que enseña a pensar.

 

Ellacuría parte del pensamiento de sus maestros, pero no se queda en ellos; avanza, va más allá, los interpreta en el nuevo contexto global, latinoamericano y centroamericano y, en buena medida, los enriquece e incluso transforma. Su relación con ellos es, por tanto, dialógica, de colaboración e influencia mutuas. Sus obras así lo acreditan y los estudios sobre él lo confirman.

 

He aquí una síntesis muy apretada de sus principales aportaciones, que debe ser completadas con la lectura de sus obras.

 

Teología 

 

Su colega y amigo Jon Sobrino ha escrito páginas de necesaria lectura sobre el “Ellacuría olvidado”, en las que recupera tres pensamientos teológicos fundamentales suyos: el pueblo crucificado, el trabajo por una civilización de la pobreza, superadora de la civilización del capital, y la historización de Dios en la vida de sus testigos, que Ellacuría acuñó con una aforismo memorable: “Con monseñor Romero Dios pasó por la historia”.

 

Ellacuría entiende la teología de la liberación como teología histórica a partir del clamor ante la injusticia, aplica el método de la historificación de los conceptos a los grandes temas y categorías del cristianismo: revelación, salvación, gracia, pecado, Iglesia, Dios, Jesús, presentados tradicionalmente de forma espiritualista y evasiva, establece una correcta articulación entre teología y ciencias sociales y asume un compromiso por la transformación de la realidad histórica desde la opción por las personas más vulnerables, los colectivos empobrecidos y los pueblos oprimidos por el capitalismo y el sistema colonial. La historia es el lugar de la revelación, la mediación del encuentro con Dios, el escenario de la salvación o del fracaso de la humanidad y el lugar de realización y verificación de la ética. Pero la historia no pensada idílicamente, sino en toda su conflictividad.

 

La historización de los conceptos se presenta como correctivo al uso ideologizado (= falseador) y ahistórico de los mismos. Con dicho método pretende desenmascarar la trampa idealista -tan presente en la teología y la filosofía tradicionales, así como en el lenguaje político-, que adormece las conciencias e impide enfrentarse con la realidad en toda su crudeza. La historicidad forma parte de la estructura del conocimiento filosófico y teológico.

 

El teólogo austriaco Sebastián Pittl recupera la primera idea destacada por Jon Sobrino y la interpreta teológicamente: la realidad histórica de los pueblos crucificados como lugar hermenéutico y social de la teología. Asimismo, hace una lectura de la concepción ellacuriana de la espiritualidad radicada en la historia desde la opción por las personas y los colectivos empobrecidos.

 

El resultado es una teología post-idealista, que tiene un fuerte componente ético-profético. Aplicándole a ella la consideración lévinasiana de la ética como filosofía primera, bien podría decirse que, para el teólogo hispano-salvadoreño, la ética es la teología primera, el profetismo la manifestación crítico-pública de la ética y la utopía de la liberación de las mayorías populares el horizonte al que dirigir todo proyecto humano.

 

Filosofía

 

El objeto de su filosofía es la realidad histórica como unidad física, dinámica, procesual y ascendente. De aquí emanan los conceptos y las ideas fundamentales de su pensamiento: historia (materialidad, componente social, componente personal, temporalidad, realidad formal, estructura dinámica), praxis histórica, liberación y unidad de la historia. Su método, como acabo de indicar, es la historización de los conceptos filosóficos para liberarlos del idealismo y de la idealización en que suelen incurrir la filosofía y la teoría universalista de los derechos humanos.

 

Héctor Samour, uno de sus mejores intérpretes y especialistas, reinterpreta al maestro relacionando su pensamiento con la realidad histórica contemporánea, al tiempo que considera la filosofía de la historia como filosofía de la praxis. Otra línea de investigación del pensamiento filosófico de Ellacuría es la que hace una lectura pluridimensional con las siguientes derivaciones creativas, que enriquecen, recrean y reformulan su filosofía:

 

a) Su conexión con la dialéctica hegeliano-marxista, que implica analizar la concepción que Ellacuría tiene de la dialéctica, la utilización del método dialéctico en su análisis político e histórico, y la dialéctica entre historia personal -biografía- e historia colectiva -el pueblo salvadoreño-, en otras palabras, el impacto y la capacidad transformadora de su vida y de su muerte en la historia de El Salvador.

 

b) Su conexión con la teoría crítica de la primera Escuela de Frankfurt, que integra dialécticamente las diferentes disciplinas dando lugar a un conocimiento emancipador, así como su incidencia en la negatividad de la historia.

 

c) Su conexión con la filosofía utópica de Bloch en uno de los últimos textos más emblemáticos de Ellacuría, considerado su testamento intelectual: “Utopía y profetismo en América Latina”, cuyo origen fue la conferencia pronunciada en Madrid en 1988 en el VIII Congreso de Teología sobre “Cristianismo: profecía y utopía”.

 

d) Su original teoría del “mal común” como mal histórico, la crítica de la civilización del capital y las diferentes formas de superarla.

 

e) La relación mutuamente fecundante del pensamiento de Ellacuría con la denuncia profética de monseñor Romero y la crítica ético-estética del poeta salvadoreño Roque Dalton, así como la recuperación filosófica del cristianismo liberador.

 

f) La fundamentación moral de la actividad intelectual y la relevancia del lugar de los oprimidos en los diferentes campos y facetas de quehacer teórico.

 

g) La importante -y poco conocida- aportación de Ellacuría al pensamiento decolonial latinoamericano y su original lectura de la conquista como encubrimiento violento de los pueblos originarios y del despojo de sus riquezas, el desenmascaramiento de la gran mentira que fue la intención de los conquistadores de cristianizar los territorios indígenas y de la verdadera motivación de su viaje a América: dominar, conquistar, ampliar su poder y sus fuentes de riqueza.  

 

Teoría crítica de los derechos humanos

 

Ellacuría ha hecho aportaciones relevantes en el terreno de la teoría y de una nueva fundamentación de los derechos humanos. Cabe destacar a este respecto su contribución a la superación del universalismo jurídico abstracto, su crítica de una visión desarrollista de los derechos humanos y a elaboración de una teoría crítica de los derechos humanos

 

El pensamiento de Ellacuría no es intemporal, sino histórico, y debe ser interpretado no de manera esencialista, sino al rito de los procesos históricos en diálogo con los nuevos climas culturales. Así leído e interpretado puede abrir nuevos horizontes e iluminar la realidad histórica contemporánea.

 

En los últimos años Héctor Samour -fallecido en 2022- José Manuel Romero y yo hemos publicado tres obras que profundizan en la vida y el pensamiento del filósofo y teólogo de la liberación y destacan la actualidad de su legado:

 

– Juan José Tamayo y José Manuel Romero, Ignacio Ellacuría. Teología, filosofía y critica de la ideología, Anthropos, Barcelona, 2019.

– Héctor Samour y Juan José Tamayo (editores), Ignacio Ellacuría, 30 años después (Tirant, Valencia, 2021): recoge las cuarenta conferencias del Coloquio Internacional celebrado en celebrado en noviembre de 2019 en San Salvador en conmemoración del trigésimo aniversario de su asesinato.

– Juan José Tamayo y José Manuel Romero (editores), El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría, Tirant, Valencia, 2025. Recoge las ponencias del Simposio Internacional celebrado en la Universidad de Alcalá en noviembre de 2022 con la participación de Diego Gracia Guillén, Antonio González Fernández, Marcela Lisseth Brito de Gutter, Fernando Lautero Ramírez, Juan Antonio Nicolás, Fernando Monedero García, Javier López Goicoechea de Zabala, José Manuel Romero Cuevas y Juan José Tamayo Acosta.

Resistencias que inspiran: voces del pueblo, la calle y la tierra en el IV Congreso Continental de Teología

(Por: Micaela Díaz)

 

El tercer panel del IV Congreso Continental de Teología, celebrado en Lima, reunió a hombres y mujeres que encarnan hoy la resistencia desde los márgenes, los movimientos sociales y los pueblos que siguen tejiendo esperanza. Bajo el título “Preparar la urdimbre”, el encuentro dio voz a quienes, desde distintos territorios de América Latina, construyen comunidad y dignidad en medio de la exclusión, el trabajo precario y las heridas del extractivismo.

 

La moderadora presentó a los participantes recordando que este espacio busca mostrar lo que “la gente sigue haciendo” después de la Pascua, y reconocer “las resistencias desde los movimientos de base en los que cada uno de ellos está comprometido”.

 

Las exposiciones, diversas y complementarias, reflejaron la fuerza de los pobres organizados, la fe de los pueblos y el compromiso de la Iglesia con la justicia social.

 

María Cristina Bove: el clamor del pueblo de la calle

 

La primera intervención estuvo a cargo de María Cristina Bove, uruguaya radicada en Brasil desde 1965 y miembro de la Fraternidad de las Oblatas de San Benito. Militante en la defensa de los derechos de la “Población en situación de calle (POP RUA)”, Bove compartió una experiencia de más de cuatro décadas junto a quienes viven “invisibles a los ojos de la sociedad y de la Iglesia”.

 

Desde su trabajo con la Pastoral do Povo da Rua y el Fórum Nacional de Pop Rua, denunció las causas estructurales de la exclusión: “No es solo el capitalismo, también el racismo estructural”. Describió la violencia cotidiana que sufren las personas sin hogar: desalojos, pérdida de sus pocas pertenencias, agresiones policiales y la llamada “arquitectura hostil” que impide incluso “sentarse en un banco o dormir bajo techo”.

 

Recordó que en Brasil viven más de 315 mil personas en la calle y más de 800 mil se sostienen con el reciclaje informal. Frente a esa realidad, Bove narró la opción pastoral iniciada en los años setenta por el cardenal Paulo Evaristo Arns en São Paulo: “Pongan Puebla en el centro de la ciudad”, les dijo. Esa frase inspiró una transformación radical: cerrar instituciones asistencialistas y salir a convivir con el pueblo de la calle.

 

“Descubrimos que ese pueblo es el pueblo de Dios”, afirmó. “No eran individuos fracasados, sino un pueblo crucificado que empezaba a tener esperanza”. De esa experiencia nacieron la Pastoral Nacional del Pueblo de la Calle y el Movimiento Nacional de Catadores de Papel, que hoy reúnen miles de personas en todo Brasil.

 

Bove remarcó que estos movimientos conquistaron políticas públicas, reconocimiento legal y participación en foros nacionales e internacionales, aunque aún faltan recursos y compromiso político real. “La pobreza y las desigualdades siguen siendo un abismo”, dijo.
Con tono profético, llamó a la Iglesia a abrir sus puertas: “No basta con dar comida o abrigo. Hay que creer que se puede hacer comunidad con ellos”.

 

Rolando Pérez: espiritualidad del cuidado y ecumenismo profético

 

El segundo expositor fue Rolando Pérez, profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú e integrante de la red Iglesias y Minería, quien compartió el testimonio de comunidades que resisten al extractivismo y defienden la vida frente a los megaproyectos que destruyen territorios.

 

Pérez evocó los rostros de Juan López, defensor hondureño asesinado; Nazareth Cabrera, lideresa huitoto del Caquetá colombiano; y Yolanda Zurita, mujer de fe que lideró por veinte años la lucha ambiental en La Oroya, una de las ciudades más contaminadas del mundo. “Estos pueblos proféticos nos invitan a repensar la cultura del cuidado y el acogimiento desde una espiritualidad decolonial”, señaló.

 

El teólogo explicó que el cuidado del otro y de la tierra es un “acto ético de resistencia a los discursos de colonización” y que las comunidades originarias enseñan a vivir una espiritualidad donde “se reza con los pájaros y se vive con los ríos”. Citó a Leonardo Boff y al papa Francisco para recordar que la colonización “se disfraza, pero no pierde su prepotencia contra la vida de los pobres”.

 

Pérez celebró los avances jurídicos logrados por los pueblos que han conseguido que ríos como el Atrato y el Magdalena en Colombia, el Machángara en Ecuador y el Marañón en Perú sean reconocidos como sujetos de derecho. “No son solo ríos, son seres vivos y sagrados”, dijo citando a Marilú Canakiri, del pueblo Kukama.

 

Su intervención resaltó también la dimensión ecuménica de estas luchas: “El ecumenismo que nace en los territorios no es de teorías, es de vida compartida”, explicó. Lo llamó “ecumenismo proféticamente descolonizador e inclusivo”, un ecumenismo del camino, donde católicos, evangélicos e indígenas defienden juntos la justicia y la casa común.

 

Adriana Palacios: juventud, trabajo precario y nuevas resistencias

 

Desde Chile, la psicóloga Adriana Palacios, miembro de Amerindia, presentó la experiencia del nuevo sindicalismo joven en torno al Sindicato de Trabajadores de Starbucks Chile, encabezado por el dirigente Antonio, ausente en el encuentro. Palacios relató cómo este grupo protagonizó en marzo una huelga de 25 días que movilizó a más de 1200 trabajadores.

 

El lema de su protesta fue claro: “La hora de un trabajador vale menos que el café más barato”. En Chile, explicó, un café cuesta entre cuatro y cinco dólares, mientras la hora de trabajo en la cadena multinacional no llega a tres. “Es la expresión de un capitalismo extractivista y despojador, también en el ámbito laboral”, manifestó.

 

Palacios señaló que este movimiento surgió “fuera de las burocracias sindicales tradicionales” y combina demandas salariales con reivindicaciones de género, migración y diversidad. “Detrás de cada taza de café hay una persona”, recordaban los huelguistas en redes sociales, donde difundieron su causa con creatividad y activismo digital.

 

La psicóloga vinculó esta lucha con una espiritualidad de esperanza en medio de la precariedad: “No se trata solo de resistir, sino de disputar al capitalismo la posibilidad de vivir”. En un video enviado al congreso, la joven trabajadora Antonia resumió el espíritu del movimiento: “Aprendí la importancia de la colectividad, de luchar codo a codo con disidencias, estudiantes y migrantes. Es fundamental hacer propia la lucha ajena”.

 

Gabriel Herrera y Carmen Díaz: El Pueblo Creyente de Chiapas

 

El cierre del panel estuvo a cargo del sacerdote Gabriel Herrera y Carmen Díaz, integrantes del Pueblo Creyente de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas (México). Ambos compartieron la historia de esta asamblea permanente de laicos, campesinos y pueblos originarios que, bajo la inspiración de Tatic Samuel Ruiz García, se convirtió en un signo de liberación y profecía.

 

“El pueblo creyente es el pueblo de Dios que se pone en camino bajo la guía del Espíritu Santo”, expresaron. Su testimonio recordó cómo, en medio del despojo y la marginación, la Iglesia chiapaneca optó por los pobres y construyó una pastoral encarnada en la vida de las comunidades. “Jtatik Samuel dormía en el suelo como nosotros, comía frijoles y caminaba en el lodo”, narraron.

 

De ese caminar surgieron procesos como el diaconado indígena, la lectura comunitaria del Éxodo y la formación de servidores que asumieron su papel como sujetos de evangelización. “Comprendimos que la miseria no era voluntad de Dios”, afirmaron. Hoy, el Pueblo Creyente continúa denunciando la violencia y defendiendo la tierra, la vida y la dignidad de sus pueblos.

 

Tejido de luchas y esperanzas

 

El Panel 3 del Congreso dejó ver un mosaico de experiencias diversas unidas por la misma fe en la vida y en el Dios de los pobres. Desde las calles de São Paulo hasta los ríos del Amazonas, desde las cafeterías de Santiago hasta las comunidades indígenas de Chiapas, cada testimonio expresó la convicción de que la liberación se teje caminando juntos.

 

Como dijo María Cristina Bove al finalizar su exposición, citando a Paulo Freire: “Donde el pie pisa, la cabeza piensa y el corazón ama”.
Un mensaje que resume la espiritualidad del pueblo latinoamericano que resiste, sueña y sigue haciendo historia.

 

“Tensar los hilos”: resistir, cuidar y tejer la vida desde la Teología de la Liberación

(Por: Micaela Díaz)

 

En el desarrollo de la última jornada del IV Congreso Continental de Teología, realizado en Lima bajo el lema “Horizontes de liberación, tejiendo esperanzas desde abajo”, se realizó el espacio de resonancias denominado “Tensar los hilos”. Este momento de síntesis y discernimiento reunió las ponencias del teólogo venezolano Pedro Trigo y de la teóloga alemana Theresa Denger, quienes ofrecieron dos miradas complementarias sobre las resistencias que atraviesan la vida, la fe y la teología hoy.

 

Ambos, desde sus contextos y experiencias, abordaron cómo mantener la fidelidad al Evangelio en tiempos de desencanto, desigualdad y crisis ecológica, recordando que “resistir es también crear y cuidar”.

 

La resistencia interna de la Iglesia

 

Desde el inicio, Pedro Trigo advirtió que las resistencias “no son sobre todo explícitas o declarativas, aunque estas siempre han estado presentes, sino que consisten en su mayoría en no abrirse de hecho a la propuesta de la liberación que nos propuso Jesús tal como nos la demanda nuestra situación actual”. Esa propuesta, explicó, no es otra cosa que “pensar, vivir y proponer nosotros hoy lo equivalente para nuestra situación de lo que Jesús pensó, vivió y propuso en la suya, que es en lo que consiste el seguimiento”.

 

Trigo fue contundente al señalar que “la mayor resistencia o más exactamente la resistencia más interna está en la propia institución eclesiástica”. Según el teólogo, esta resistencia se debe a que “en su mayoría no quiere aceptar la sinodalidad básica, es decir, asumirse como miembros del pueblo de Dios que camina con los demás en seguimiento de Jesús en una verdadera fraternidad”.

 

Esa fraternidad —explicó— es lo único verdaderamente trascendente: “En el cielo no habrá ni curas, ni obispos, ni religiosos ni laicos, ni padres ni madres de familia, ni empresarios, ni políticos, ni intelectuales. Solo habrá hijas e hijos de Dios y hermanas y hermanos de todos”.

 

Pero, advirtió, esa fraternidad “está totalmente excluida del orden establecido, tanto en la sociedad como en la Iglesia”, especialmente cuando se vive “desde ser hermanas y hermanos de los pobres, como lo hizo Jesús”.

 

Estructura vertical y cerrada

 

El teólogo denunció que “una gran parte de la institución eclesiástica se identifica de hecho con su papel de presbítero, obispo o religioso”, un papel entendido como sagrado y ligado a relaciones verticales. “Desde ese puesto tiene que coordinar y dirigir a los fieles… y su tarea ya está definida desde hace siglos: proponer, hacer que se observe e iniciar a una doctrina, a unos preceptos y a unos ritos. No hay nada más que pensar, decir ni hacer”, afirmó.

 

Trigo señaló que este modo de concebir la vida cristiana “excede las competencias de la Iglesia” cuando se intenta transformar la realidad desde la fraternidad y la opción por los pobres. “Eso para ellos excede las competencias de la Iglesia y es meterse en lo que no le toca, y por tanto meterse injustificadamente en problemas que enfrentan a la Iglesia con otros actores de la sociedad”.

 

El problema de fondo, dijo, es “no querer pasar de doctrinas, preceptos y ritos al seguimiento de Jesús de Nazaret”.

 

De maestros a discípulos

 

En su reflexión, Trigo insistió en que el seguimiento de Jesús implica una conversión de actitud. “La resistencia es pasar de ser maestro a ser discípulo, de ser el representante autorizado y hasta cierto punto autónomo de una institución a ser siempre y en el fondo oyente de la Palabra”.

 

Ese cambio también supone “pasar de vivir desde mi puesto en la institución eclesiástica, a vivir en la sociedad y en el tiempo que me toca vivir; vivir desde dentro, solidariamente y desde abajo”.

 

El teólogo reconoció que esta resistencia “no se da solo en miembros de la institución eclesiástica, sino también en laicos clericalizados, para los que vivir el cristianismo heredado es parte indeclinable de su identidad, que de hecho han absolutizado e incluso sacralizado”.

 

Resistencias ideológicas y malentendidos

 

Pedro Trigo también fue autocrítico con algunos sectores que se identificaron con la Teología de la Liberación. “Una parte de los que dijeron que seguían la teología de la liberación lo que hicieron de hecho fue sustituir unas doctrinas, preceptos y ritos por otros, muy impregnados por las doctrinas, las pretensiones y las prácticas de la izquierda”, señaló.

 

A su juicio, el problema fue haber hecho de la Teología de la Liberación “una motivación teológica para justificar dedicarse a una determinada manera de hacer política”, tomando como modelo la revolución cubana y olvidando “la escucha permanente de los evangelios y en definitiva el seguimiento situado de Jesús de Nazaret”.

 

Trigo reconoció también sus propias equivocaciones: “Yo confundí el estado de carencia de todo que tenían los campesinos recién emigrados a la ciudad… sin percibir que pobre no es el que no tiene, sino el que no tiene cómo tener”.

 

El desafío pendiente: el Vaticano II

 

El teólogo recordó que “la asignatura pendiente en nuestra Iglesia es el contenido fundamental del Vaticano II, del que la Teología de la Liberación pretende ser su concreción latinoamericana”. Dicho contenido, remarcó, es que “el centro del misterio cristiano es el Evangelio de Jesús de Nazaret y que el pueblo de Dios, todo él, es el portador de ese misterio”.

 

Por eso consideró que el Sínodo de la Sinodalidad necesita más tiempo para realizar su propósito: “Caminar juntos en seguimiento situado de Jesús para ser de la humanidad la familia de las hijas e hijos de Dios y por tanto de hermanas y hermanos entre sí”.

 

Resistencias estructurales y culturales

 

Trigo amplió su análisis hacia la sociedad contemporánea: “Esta resistencia a vivir la fraternidad proviene sobre todo de los que diseñan y controlan este orden establecido, que hace lo posible porque cada quien se considere un individuo sin vínculos obligantes”.

 

Denunció también la “resistencia como dejar atrás del poshumanismo”, en la que “ya no se absolutiza el individuo humano, sino el entendimiento y la voluntad”, lo que lleva a una manipulación de la vida humana que “actúa como si fuera Dios”.

 

La única respuesta: fraternidad desde los pobres

 

Pedro Trigo concluyó su exposición afirmando que no se puede vencer la fuerza de estas resistencias con poder o imposición: “Nuestra propuesta los concierne también a ellos y se la proponemos como provechosa y ventajosa para ellos”.

 

Y recordó que la verdadera alternativa se encuentra en “la fraternidad de las hijas e hijos de Dios, que se da desde el privilegio de los pobres, porque Dios los privilegia y porque solo desde abajo se puede llegar a todos”.

 

En sus palabras finales, el teólogo resumió la esencia de su propuesta: “Solo cuando lo que hagamos y lo que nos afecte lleve la voz cantante nuestras vidas, podremos superar las resistencias y vivir desde esas relaciones trascendentes que tienen su quicio en la fraternidad de Jesús… relaciones que la Teología de la Liberación se propone sistematizar y expandir en nuestra América”.

 

Theresa Denger: “Sin espiritualidad no podemos resistir”

 

La teóloga Theresa Denger, reconoció que, aunque “el primer día fue difícil, de crisis, de ver que vamos hacia el colapso”, en ese encuentro percibía “la cosecha de la esperanza, de la fe terca en que la muerte no va a tener la última palabra, sino la vida, el amor”.

 

Denger explicó que su aporte buscaba ofrecer “algunos apuntes para una espiritualidad de la resistencia, porque todos y todas que estamos aquí estamos resistiendo desde nuestros territorios, pero estoy convencida que sin espiritualidad no lo podemos hacer”.

 

Identificó dos grandes desafíos: “Por un lado, la pérdida de la esperanza en el otro mundo posible y el olvido de la historia, y por otro, la persecución y el asesinato de líderes comunitarios y defensores: están asesinando a nuestra mejor gente”.

 

Ante esta situación, planteó dos preguntas: “¿Cómo dar razón de la esperanza y cómo superar el cinismo?” —ese cinismo que, dijo, “se percibe mucho en las redes sociales, cuando ante noticias horribles se ponen comentarios cínicos de que ya nada importa”.

 

Praxis profética y praxis de cuidado

 

La teóloga afirmó que la espiritualidad cristiana debe partir del Jesús histórico, no del “Cristo de la fe con títulos como Hijo de Dios o Rey de reyes”, pues “eso puede ser ideológico”. Retomando a Jon Sobrino, subrayó que hay que volver “al Jesús de Nazaret”.

 

Denger propuso dos dimensiones de la espiritualidad de Jesús: su praxis profética y su praxis de cuidado. Sobre la primera, señaló: “Jesús fue un judío marginal, y esta marginalidad es trascendente; su ‘desde abajo’ es condición de posibilidad de todas las demás opciones y discernimientos”.

 

Recordó que Jesús “empieza su predicación cuando encarcelan a Juan, y después lo matan”. Ese impulso, explicó, lo llevó a levantarse y anunciar la vida, tal como le sucedió a Monseñor Romero al conocer el asesinato de Rutilio Grande. “Por eso hablamos de memoria peligrosa —dijo—, porque es peligrosa para los poderosos, pero también trágicamente peligrosa para los seguidores de Jesús”.

 

En cuanto a su praxis de cuidado, Denger señaló que “Jesús no solo fue el profeta que denunciaba, sino alguien que cuidaba la vida, que se desvivía por cuidar, en un ambiente donde los cuidados eran cosa de mujeres”. Y añadió: “Eso fue algo bien contracultural. Jesús tocaba para curar, lavaba los pies, y los evangelios están llenos de curaciones”.

 

Citó a José María Castillo, quien decía que “para Jesús había tres cosas importantes: la salud de la gente, si tenían suficiente comida y las relaciones fraternas”. Denger señaló que esas preocupaciones eran más centrales para Él que los dogmas o los ritos.

 

El martirio y el cuidado de la vida

 

Al abordar el tema del martirio, Denger advirtió sobre el peligro de interpretarlo de forma errónea: “Puede haber un malentendido, que estemos felices si nos matan porque así somos mártires. Creo que muchos tienen esta concepción de nosotros”. Por eso subrayó la necesidad de leer con cuidado los textos bíblicos sobre persecución y cruz. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame, es un texto que debemos releer desde nuestro tiempo. Jesús no quería que persigan a sus amigos ni que maten a sus seguidoras”.

 

Inspirada en Jon Sobrino, recordó su artículo El seguimiento de Jesús pobre y humilde como bajar de la cruz a los pueblos crucificados, y propuso reinterpretar el pasaje de Marcos así: “El que quiera seguirme, que baje de la cruz a los pueblos crucificados, para que no haya muerte”.

 

Denger insistió: “Jesús dio su vida para quitar esta fuerza destructora del pecado, para que otros ya no sufran, para que no maten a otros”. Y añadió que la cruz “es escándalo y misterio, porque la muerte injusta del justo nos pone en crisis ante Dios”.

 

Cuidar como forma de amar

 

En su lectura del Evangelio de Juan, Denger ofreció una interpretación del pasaje en que Jesús entrega a su madre y al discípulo: “La última voluntad de Jesús es que se cuiden, que nos cuidemos”.

 

Subrayó que en ese texto “hay una gran presencia de mujeres, testimonio de que los cuidados son un gran signo del Reino de Dios”. Compartió también una anécdota: “En la traducción del Nuevo Testamento al idioma rarámuri se dieron cuenta de que no existe la palabra amar, sino cuidar. Entonces, el texto queda así: ‘Cuídense los unos a los otros como yo los he cuidado’. Creo que en nuestro tiempo ese es un mensaje fuerte”.

 

Vivir como resucitados

 

Para Denger, creer en la resurrección no significa evadir el dolor, sino “vivir ya como resucitados en la historia”. Expresó su “fe terca y loca” en que la vida es más fuerte que la muerte: “Aunque veamos que estamos ante un colapso, nos aferramos a esta fe y creemos que en nuestras comunidades, en nuestras resistencias, estamos moviendo algo, y que la vida al final es más fuerte”.

 

Ilustró esta fe con tres testimonios de mujeres salvadoreñas: Carmen Moreno, colaboradora de Rutilio Grande; Eneida Abarca, madre buscadora de su hijo desaparecido; y Vidalina Morales, defensora ambiental de Santa Marta. En ellas, dijo, “se reflejan las categorías de Jesús: la marginalidad, la memoria peligrosa, el cuidado y la resistencia desde abajo”.

 

Sobre Eneida Abarca, recordó sus palabras durante un viacrucis: “María sufrió tres días porque su hijo Jesús estaba desaparecido, y yo llevo 39 meses sufriendo dolor, agonía e incertidumbre porque la fiscalía no da una respuesta”. Denger comentó que “esa comparación ilumina aspectos de la vida de María que nunca habíamos considerado”, y mostró cómo el cuidado puede extenderse incluso más allá de la muerte, como búsqueda de verdad y de reencuentro.

 

Cuidar y tejer la vida

 

Al concluir, Denger recordó una frase de Monseñor Romero: “La gloria de Dios es que el pobre viva”. A partir de esa convicción, afirmó: “No hay nada más sagrado que la vida de la tierra, que nuestra vida y la de nuestros cuerpos. Cuidar y tejer la vida en comunidad es la misión de la Iglesia”.

 

Y cerró con un eco de las luchas feministas: “Nos queremos vivas. Claro que queremos ser una Iglesia profética y valiente, pero nos queremos vivas, porque solo vivas podemos dar gloria a Dios”.

 

En su contemplación final, invitó a imaginar a Dios “como mamita Dios, madre tejedora que une los hilos de nuestras vidas del pasado y del presente para sostenernos y encaminarnos hacia el horizonte de liberación”.