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El Discurso de Benedicto XVI en Ratisbona

El 12 de septiembre de 2006 el papa Benedicto XVI pronunció en la universidad de Ratisbona (Alemania) un discurso que irritó a tirios y troyanos y se sitúa dentro de la lógica de su pensamiento desde que iniciara el giro conservador en la década de los setenta del siglo XX. Como presidente de la Congregación para Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger condenó a varios teólogos que estaban elaborando una teología del pluralismo religioso en diálogo con otras religiones.

El ceilandés Tissa Balasurya fue suspendido a divinis y posteriormente rehabilitado. El jesuita belga Jacques Dupuis, profesor de teología durante casi cuarenta años en la India, sufrió un largo “calvario” por su obra Hacia una teología del pluralismo religioso, acusada de graves errores contra principios fundamentales de la fe divina y católica. También fueron condenadas algunas obras del jesuita indio Tony de Mello.

Pero los tres tuvieron defensores de lujo: la conferencia de provinciales jesuitas de Asia se pronunció a favor de Tony de Mello; el arzobispo de Calcula Henry D’ Suoza y el arzobispo emérito de Viena cardenal Franz König se definieron a favor de Dupuis; numerosas instituciones teológicas del mundo se colocaron del lado de Tissa Balasuriya.

El mayor ataque de Ratzinger contra el diálogo interreligioso fue la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Dominus Iesus, de 2000, que abrió una brecha profunda entre las iglesias cristianas, al tiempo que dinamitó todos los puentes que veníamos tendiendo teólogos y teólogas de las diferentes religiones, líderes religiosos, intelectuales y políticos.

Ratzinger afirmaba en aquella Declaración que la Iglesia Católica es “la Iglesia verdadera” y que las “Iglesias particulares” (Ortodoxas) y las comunidades eclesiales (Protestantes y anglicanas) no son Iglesia en sentido propio” (n. 17). El tono era igualmente excluyente en relación con las religiones no cristianas. “Si bien es cierto –decía- que los no cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que, objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvífica” (n. 22, subrayado mío).

Tres años después siguió defendiendo similares posiciones en su libro Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo, cuyo fundamento es “la fe en Jesucristo como el único Salvador” (p. 47). La condición de posibilidad del surgimiento de la Iglesia entre los gentiles, afirma Ratzinger en este libro, fue la existencia de personas “temerosas de Dios”, que “sobrepasaron sus religiones tradicionales y tenían puesta la mirada en algo mayor” (p. 48).

La denuncia de la “dictadura del relativismo” fue una constante en el pensamiento de Ratzinger.  En la Dominus Iesus condenaba las teorías de tipo relativista que tratan de justificar el pluralismo religioso, “no sólo de facto, sino de iure”, el subjetivismo, el indiferentismo, etc. Todavía resuenan en mis oídos las severísimas críticas lanzadas contra el relativismo en la misa previa a la celebración del cónclave en el que sería elegido papa. Críticas hechas desde la conciencia de poseer la verdad en exclusiva, no desde la búsqueda conjunta.

Su crítica del relativismo lleva derechamente a la simplificación, deformación y falseamiento de las posiciones del contrario. Esas desviaciones son las que se dieron en el discurso de la Universidad de Ratisbona el 12 de septiembre de 2006, a partir de una cita, a mi juicio desafortunada, del emperador bizantino Miguel II Paleólogo, que ofrece una idea beligerante de la religión musulmana y una imagen violenta del Profeta Muhammad.

La propia cita, independientemente de que se comparta o no, no es casual, revela ya la tendenciosidad del discurso y, objetivamente, sitúa el discurso del papa en el horizonte de la teoría del choque de civilizaciones de Huntington, para quien el islam es “la civilización menos tolerante de las religiones monoteístas”, y en el planteamiento etnocéntrico de Sartori, que califica al islam como religión totalitaria e incompatible con la sociedad pluralista, ya que, dice, sigue pensando en la espada. “Debe quedar claro –afirmaba Ratzinger en 1996- que (el islam) no se inserta en el espacio de libertad de la sociedad plural”.  ¿Y el cristianismo sí?

Benedicto XVI podía haber elegido otros testimonios de la época más respetuosos con el islam y en actitud de diálogo con él como los de Francisco de Asís, de Raimon Llull en El gentil y los tres sabios o de Nicolás de Cusa en La paz de la fe. Francisco de Asís se mostraba partidario del diálogo islamo-cristiano y contrario a la cruzada contra los musulmanes por considerar que el evangelio manda amar a los enemigos y no hacerles la guerra. Una vez convocada la cruzada, se dirigió al campo de batalla y se entrevistó con el sultán. Los dos dialogaron en un clima pacífico y rezaron juntos.

Estos testimonios hubieran sido más conformes al objetivo del diálogo de las culturas que el papa decía proponerse.

Por lo demás, la violencia no pertenece a la esencia del islam, ni la guerra santa es uno de sus pilares y menos aún un deber de los creyentes musulmanes. Constituye, más bien, una perversión, una patología de la religión musulmana, como lo es también del cristianismo. Como se han encargado de demostrar los estudiosos del islam, resulta incorrecto y tendencioso traducir yihad por guerra santa. Su verdadero significado es esfuerzo por la propia perfección, seguir el camino hacia Dios, lucha contra el egoísmo.

Según Sayyid Abul al’ Mawdudi (1903-1979), escritor y político musulmán indio, yihad es ante todo una lucha moral en el interior de la comunidad islámica orientada a su reforma, que consiste en el cambio tanto personal como social. Sin cambio personal en las motivaciones, los puntos de vista, los objetivos y la personalidad de cada individuo no sirven de nada los cambios políticos y económicos.

Cambio que ha de llevarse a cabo de manera gradual y a través de la educación, no por la fuerza. Junto al cambio personal hay que luchar contra las injusticias y por las reformas sociales, fomentando la cooperación para el logro de mejores condiciones de vida para todas las personas, con atención especial a las personas más necesitadas, como las viudas y los huérfanos, los lisiados e incapacitados.

Es verdad que tras el incendio provocado por el discurso Benedicto pidió excusas posteriores de Benedicto XVI y aclaró que no se identificaba con el testimonio de Miguel II Paleólogo. Pero el problema no está en una cita o en un párrafo de la alocución del papa. Es el discurso en sí, en su conjunto, cristiano-céntrico y euro-céntrico, el que hay que revisar en profundidad, porque genera un choque entre el cristianismo y el islam, pone muros y no contribuye al diálogo cristiano-musulmán.

La alternativa es optar por un paradigma intercultural, interreligioso e interétnico en sintonía con la teología liberadora de las religiones y en convergencia con las distintas iniciativas de paz en el plano internacional.

Ese es el camino. El seguido por Benedicto XVI hace 20 años aquel 12 de septiembre nos lleva derechamente a una nueva edición de las guerras de religiones, creencias y espiritualidad.

 

 

 

 

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