Habíamos prometido escribir una tríade sobre San Agustín. I. San Agustín, el hombre. II. San Agustín, el teólogo. III. San Agustín, el Santo. Con esta entrega terminamos esta propuesta acerca del gran Obispo de Hipona, Padre de la Iglesia.
Lo primero que tenemos qué decir es que la santidad de San Agustín no comienza con poner los ojos en blanco ni en hacer muchos rezos. Va por otro lado. Creo que la santidad de Agustín radica en su conversión. Ahí se expresa, ahí florece, ahí se entiende.
San Agustín había llevado una vida frívola, de fiestas, placeres sexuales y juegos en los anfiteatros con todas sus representaciones. Pero todas estas son creaturas. San Agustín se había detenido en ellas, las había abrazado, había apegado su corazón a ellas. Desilusionado de ella, vuelve su corazón a Dios.
Su conversión consiste en un giro radical al encontrar a Dios y hacerlo el ABSOLUTO en su vida y, entonces, TODAS las demás cosas pasaron a ser creaturas que lo podían encaminar a Dios o lo podían desviar.
San Agustín encontró en Jesucristo, en su Palabra viva, lo absoluto. De tal manera que después de su conversión nadie ni nada lo podía desviar.
Entonces, todas las creaturas el mundo, con su belleza, su grandeza, su perfección, su perfumes, su armonía, sólo lo conducían para más apreciar la grandeza, la sabiduría, la belleza, la infinita fuerza de Dios.
Entonces San Agustín se queda extasiado ante la perfección de una flor, de las estrellas, del cuerpo humano, de un órgano, de la perfección y habilidad de un animal, de un ave, de un pez. Lo mismo, admira las habilidades, ciencias y técnicas del ser humano. Ve todo esto como los medios que Dios nos dio para adorarlo, para obedecerlo, para glorificarlo. Las artes y artesanías sólo son un reflejo pálido de la belleza de Dios. En los misterios de las ciencias San Agustín descubre atisbos del ser humano acerca de la sabiduría de Dios que diseñó cada cosa para que reflejara parte de Él.
La santidad de San Agustín consiste en conocer, obedecer y aplicar las Palabras de la Sagrada Escritura a nuestra vida. Por eso escribe que todas las palabras y narraciones de la Sagrada Escritura se escribieron bajo la acción del Espíritu para nuestro provecho y enseñanza. Es admirable ver cómo Agustín encuentra en los salmos, anticipaciones de su pasión, muerte y resurrección de Cristo. O ver cómo en la vida de los profetas con su libertad, su predicación y su martirio, ve concretizaciones de lo que luego fue la pasión del Señor.
En el mismo pecado de las ciudades que se perdieron, en las prevaricaciones de los reyes de Israel, en la debilidad y traiciones de los personajes bíblicos, San Agustín ve advertencias de Dios para nosotros. Quiere explicar que el hombre sin Dios se pierde, cae en esos absurdos de la historia. Quiere explicar lo débil que es el ser humano cuando es abandonado por Dios en su pecado, y entonces el único camino es obedecerle en sus mandamientos y glorificarlo en su santidad y grandeza.
De ahí el Tratado de la Gracia que Dios siempre nos regala en Jesucristo y por el cual hemos sido redimidos. Para San Agustín la vida del hombre es Gracia, es pura gratuidad de Dios. Por eso empleará toda su inteligencia y voluntad para exaltar a este Dios que nos salvó en Jesucristo y para demostrar que en la Ciudad de Dios ya van apareciendo los signos de esta Gracia. Sobre todo ve la acción de Dios en la Iglesia que muestra al mundo en qué consiste esta salvación: en obedecer la Palabra de Dios, en el crecimiento de las virtudes, en el crecimiento de la justicia y de la paz, en la armonía y unidad en que viven los cristianos, en su compasión hacia los más débiles.
Aquí encontrará su lugar el pobre al que San Agustín ve como un sacramento de Cristo y nuestra acción en favor de él como una acción de compasión con el mismo Cristo.
Entonces, la santidad de San Agustín es una “santidad sin fronteras”; no se reduce a un aspecto de la vida como la oración, escuchar la Palabra de Dios, celebrar un sacramento, socorrer a un pobre. La santidad de San Agustín es la absolutización de Dios y la relativización de todas las demás cosas. Diríamos que es una santidad del Absoluto.






