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Mons. Romero: “Algo nuevo en la historia reciente de nuestra Iglesia – la persecución”

[Por: Luis Van de Velde]

Desde hace mucho tiempo, hasta en parroquias más conservadoras, se ha cantado el canto “dónde, dónde encontraré al Señor”.  Caminando en procesiones como de Corpus Christi hemos cantado que hay que buscar al Señor en el niño pobre que no tiene que comer, en la madre enferma que se muere sin querer, en el campesino que entre lágrimas contempla su milpa fracasada que no le dará cosecha.  Sin embargo, durante muchos años ese canto no ha movido las fuerzas de la Iglesia hacia “esta defensa de los pobres”.  En realidad, es bastante extraño que durante siglos hemos leído y reflexionado las bienaventuranzas y Mt 25,35.40, mientras la práctica económica, política y social de cristianos/as y de las mismas iglesias contradecía totalmente el mensaje central del Evangelio de Jesús.  De ahí, por supuesto no hubo persecución a la Iglesia, porque no estábamos defendiendo la vida de los pobres.  En muchas partes del mundo, hubo y hay pequeñas experiencias eclesiales que sí hicieron y hacen caso al Evangelio, y fueron y son perseguidas…

 

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El Papa León XIII nombra al presidente de EWTN News como jefe de comunicaciones del Vaticano

[Por: Gerard O’Connell | America]

El Vaticano anunció hoy que el Papa León XIV ha nombrado a María Montserrat Alvarado, una laica mexicoamericana, como directora de comunicaciones vaticanas. Al momento de su nombramiento, era presidenta y directora de operaciones de EWTN News, la mayor emisora católica y religiosa del mundo. 

 

El Vaticano dio a conocer la noticia al mediodía del 2 de junio y anunció que asumirá su nuevo cargo el 1 de noviembre. Reemplaza al laico italiano Paolo Ruffini, quien ocupaba el puesto desde julio de 2018…

 

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Aprender a pensar con los pobres de la Terra y oprimidos

[Por: Leonardo Boff]

En esto se caracteriza alguien que practica la teología de la liberación: tiene un pie en la academia, en la facultad de teología, y otro en medio de los hijos e hijas de la pobreza, en las periferias. Este tipo de teología sostiene algo obvio: la pobreza significa éticamente una injusticia social y políticamente una opresión. Contra la opresión vale la liberación. Esta es llevada adelante por los propios pobres que toman conciencia de que son oprimidos, se organizan y comienzan desde las bases con prácticas orientadas a superar su situación.

 

Esto se hace a partir de la lectura comunitaria de la Biblia: confrontan una página de la Biblia con otra página de su realidad sufriente. De allí extraen, después de mucha oración, cantos y reflexión, los pasos concretos que todos deben asumir. Los teólogos que se disponen a caminar con las comunidades cambian su visión de la sociedad y de la Iglesia.

 

Todo esto es tan cristalino que me asombra el hecho de que la teología de la liberación haya sufrido y aún sufra persecución y difamación. Si observamos bien, este procedimiento viene de grupos que nunca vivieron realmente los padecimientos del mundo de los pobres y oprimidos. Eso mismo me confesó personalmente el amigo Cardenal Joseph Ratzinger, aquel que, por oficio, presidió mi juicio en los espacios de la antigua ex Inquisición. Pero especialmente son los sectores conservadores de la Iglesia y de la sociedad los que ven en todo movimiento de los pobres algo peligroso para el orden vigente, algo propio de comunistas. Con ese argumento Jesús, acusado de subversivo por los religiosos de su época, como testimonia Lucas (cf. 23,5), nunca habría sido crucificado, sino que habría muerto en la cama rodeado de discípulos.

 

Lo que distingue a un teólogo de la liberación de otros colegas del Centro y también de la Periferia es la opción por los pobres, contra la pobreza y a favor de la justicia social y de la liberación. Esta actitud implica un gran aprendizaje, cosa que no ocurre cuando el teólogo restringe su oficio al mundo académico. Pero con la inserción descubre la fuerza de los pobres, su resiliencia y su profunda fe en el Dios que escucha el grito de los oprimidos y muestra su ternura hacia los condenados de la Tierra. Sorprende la presencia de la gracia de Dios en las situaciones más inusuales, que nos obligan a pensar más allá del bien y del mal. Así lo sugiere el mensaje de Jesús, cuyo Abba (Papito querido) ama a todos, más allá de las categorías del bien y del mal, y muestra misericordia hacia los ingratos y malos (Lucas 6,35).

 

Voy a narrar dos experiencias vividas en la periferia pobre mientras enseñaba en la facultad el Tratado de la Gracia, uno de los más difíciles de la teología, pues encierra muchas condenas.

 

Me encontré con Raimundo en Canindé, quien enseguida me pidió: —Fray, vine a buscar agua bendita.—¿Para qué quieres el agua bendita? —pregunté. Respondió:


—Es para bendecir mi casa. —Pero eso yo, como sacerdote, puedo hacerlo e iré contigo. —No puede, fray. Hasta da vergüenza decirlo, pero voy a confesarle: vivo con una mujer sin haberme casado por la Iglesia. Tengo dos errores con ella: primero, porque es negra; segundo, porque la saqué de la prostitución. Quiero probar vivir con ella, darle cariño y comprensión. Si ella es capaz de vivir con un solo hombre, conmigo, entonces me casaré por la Iglesia. Ahora estoy en pecado. Por eso vine a buscar agua bendita para bendecirla y rezar para salir del pecado. Si todo sale bien, usted, fray, hará nuestro casamiento.

 

Tiempo después hice el casamiento con muchas palomitas de maíz y Coca-Cola.

 

Ese hombre, Raimundo, amó. Seguramente ni siquiera sabía que el verdadero nombre de Dios es amor. Y quien ama está con Dios, como dice san Juan en su epístola (1 Jn 4,16), y no con el pecado.

 

Encontré religiosas en Xapuri, en el corazón de la selva del Acre. Mantenían en una sala a un seringueiro que parecía tener lepra. Pasando por un callejón, una de las religiosas vio un cartel que decía: “Casa de la Caridad”. Fue a averiguar y supo que la casa pertenecía a doña Josefina. La religiosa la invitó a ir hasta el pequeño convento y ver a un enfermo de lepra. Apenas entró y miró largamente al enfermo, Josefina dijo:

 

—Hermanita, esto no es lepra, es solo una micosis. Déjelo, que voy a tratarlo en la Casa de la Caridad. Curiosa, la religiosa preguntó: —¿Para qué sirve esta Casa? Josefina respondió: —Es para todos los enfermos del interior de la selva y para quienes no tienen dónde dormir. —¿Y cómo mantiene usted la Casa de la Caridad? Josefina, algo avergonzada, respondió: —Tengo un cabaret. Necesito mantenerme. Las mujeres de aquí no tienen trabajo y casi todas son prostitutas. Necesitan alimentar a sus familias y yo al personal que se queda en la Casa. Solo tomo para mí lo necesario. Lo que sobra es para mantener la Casa de la Caridad. Cocino para ellos, les lavo la ropa y compro los remedios. Todo gratis. Para pagar mi pecado. Sé que está contra la ley de Dios. Pero ¿la ley de la vida no es también aceptada por Dios?

 

Al escuchar la historia quedé abismado y pensé para mí mismo: el amor de Josefina es lo que significa la gracia que yo enseño, es decir, el amor concreto de Dios en la situación concreta de las personas. Recordé a la mujer considerada prostituta que besó los pies de Jesús y los ungió con perfume; lloraba y secaba las lágrimas con sus cabellos (Lucas 7,38). Frente a quienes pensaban mal, Jesús dijo: “Dondequiera que en el mundo se predique la Buena Nueva, será recordado lo que ella hizo” (Marcos 14,9). Fue puro amor, gracia divina.

 

Estos dos hechos muestran el amor de Dios, que es lo que llamamos gracia: ella viene cuando quiere, sobre quien quiere y en cualquier situación. Hay flores que florecen en los pantanos. Y son las más blancas y bellas. Esa flor tiene un nombre: Josefina de la Casa de la Caridad. El amor generoso se llama Raimundo, aquel del agua bendita.

 

Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA. También escribió Gracia y experiencia humana, Vozes, varias ediciones, 2012. (https://www.leonardoboff.org).

Libro digital: Viaje de un alma

[Por: María José Encina Muñoz]

—Inocencia del alma deseada,

suspiro del cuerpo que se gesta.

Semilla emergente de la tierra,

de la promesa latiendo en las entrañas.

 

En el letargo de la oscuridad envolvente,

previo al amanecer de la vida,

se infiltra el hálito divino

y el alma emprende su partida…

 

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¿Hay espacio para la mística hoy?

[Por: Francisco Javier Burgos]

Contextualidad y relevancia del hecho místico[1]

 

Vivimos en una época paradójica. Nunca antes la cultura occidental había apostado tan decididamente por el desencantamiento del mundo, y sin embargo, nunca antes habían proliferado con tanta intensidad las búsquedas espirituales, los movimientos de interioridad, los intentos de trascender la superficie ruidosa de lo cotidiano. La secularización no mató a la mística, en todo caso, la desplazó, la fragmentó, y quizás la volvió más urgente.

 

La pregunta que queremos plantear aquí no es académica. Es una pregunta que toca la vida concreta de quien estudia, trabaja, ama, duda y se pregunta si hay algo más allá del rendimiento, la pantalla y la próxima entrega. ¿Hay espacio —en serio, espacio real— para la mística en el mundo en que vivimos?

 

Un mundo saturado que tiene hambre

 

Uno de los rasgos más llamativos de nuestra cultura es su capacidad para producir saturación y vacío al mismo tiempo. Consumimos contenidos a velocidades que habrían parecido absurdas a cualquier generación anterior, y sin embargo el filósofo Gilles Lipovetsky describe nuestro tiempo como “la era del vacío”. No es una contradicción: el hiperconsumo y la frivolidad no llenan; a lo sumo, distraen de una herida más profunda.

 

Juan Martín Velasco, uno de los más lúcidos fenomenólogos de la mística en español, señalaba que el siglo XX —el de la secularización radical— fue precisamente el siglo en que más atención se prestó a la mística, y en que más se estudió la obra de los grandes místicos. La crisis de las religiones establecidas no produjo el fin de lo espiritual, sino su fragmentación y su búsqueda por nuevos cauces. Las espiritualidades al margen de las instituciones, los nuevos movimientos religiosos, la proliferación de prácticas contemplativas en entornos completamente laicos: todo ello habla de una sed que no se apaga con explicaciones científico-técnicas.

 

Hay en el ser humano una dimensión que resiste la reducción. Podríamos llamarla, con Velasco, la dimensión de trascendencia: esa apertura constitutiva a algo que excede lo inmediatamente disponible, que “forma parte del ser humano y se manifiesta en todos los aspectos de la condición humana”. No es una fantasía religiosa: es un dato antropológico que aparece en todas las culturas y en todas las épocas, incluso, y quizás especialmente, en las que declaran haberlo superado.

 

¿Qué es, en realidad, la mística?

 

Antes de preguntar si hay espacio para la mística, conviene despejar algunas ideas que más la oscurecen que la iluminan.

 

La mística no es, en primer lugar, un fenómeno de élite espiritual, reservado a personas extraordinarias que levitan o ven visiones. Tampoco es una forma sofisticada de evasión de la realidad, ni una patología disfrazada de experiencia religiosa. El psiquiatra Ignacio Boné Pina, en su análisis del tema, advierte precisamente contra las dos tentaciones extremas: diagnosticar todo lo espiritual como enfermedad mental, o avalar acríticamente cualquier experiencia inusual como señal de santidad. La lucidez exige discriminación.

 

En su núcleo, la mística designa una forma de experiencia en la que el sujeto entra en contacto con una realidad que lo trasciende radicalmente y que al mismo tiempo se encuentra en lo más íntimo de sí mismo. San Agustín lo expresó con una precisión que no ha envejecido: “interior intimo meo”. La realidad que el místico encuentra no está en las alturas lejanas, sino en el fondo de la propia persona, allí donde uno es más uno mismo porque uno es más del todo.

 

Esta experiencia tiene un “cuerpo expresivo” reconocible a través de las culturas y los siglos: un lenguaje marcadamente simbólico y metafórico, porque aquello que intenta decir desborda cualquier concepto preciso; una condición de pasividad radical, pues, el sujeto no conquista la experiencia, la recibe; una certeza oscura pero firme, que no se confunde con la evidencia intelectual; y una transformación de la vida entera hacia una mayor libertad, apertura y capacidad de amar.

 

Precisamente este último rasgo, la transformación que produce, es uno de los criterios más sólidos para distinguir la mística auténtica de sus imitaciones. Velasco lo subraya: la experiencia mística no empobrece, sino que enriquece. No cierra al místico sobre sí mismo, sino que lo abre hacia los demás con una libertad nueva.

 

La aportación latinoamericana: mística con los pies en la tierra

 

Aquí entra en escena una tradición que, para quienes vivimos en este continente, tiene una especial proximidad y urgencia. América Latina ha producido en el siglo XX una forma de comprender la mística que resulta imposible ignorar. Es aquella que nació del encuentro con el rostro sufriente de los pobres.

 

Gustavo Gutiérrez, teólogo peruano, padre de la teología de la liberación que falleció en 2024, no era solo un intelectual riguroso, sino que era, en palabras de quienes le conocimos, un místico. Su obra, Beber en su propio pozo, es precisamente eso: un intento de describir la experiencia espiritual que late en el corazón de la fe comprometida con los excluidos. Para Gutiérrez, Dios se encuentra de modo privilegiado en el encuentro con los hombres y mujeres concretos, especialmente en los más vulnerables. La espiritualidad no era para él algo añadido a la acción transformadora, sino su raíz más profunda: “sin práctica, la mística se vacía; sin mística, la práctica se agota”.

 

Leonardo Boff, teólogo brasileño franciscano, acuñó una expresión que se volvió clásica en la espiritualidad latinoamericana. Decía: los cristianos han de ser “contemplativos en la liberación”. Contemplativos en el propio acto de liberarse y liberar. La unión mística con Dios no se da antes o después de la acción transformadora, sino dentro de ella. Esta intuición, presente también en Ignacio Ellacuría, quien hablaba de “la contemplación en la acción por la justicia”, supone una ruptura con una imagen dualista de la espiritualidad que contraponía interior y exterior, oración y compromiso.

 

Jon Sobrino, jesuita de El Salvador que sobrevivió milagrosamente a la masacre de sus hermanos en la UCA en 1989, testigo directo del martirio como forma extrema de mística, ha hablado de una “liberación con espíritu.” la convicción de que no puede haber verdadera transformación histórica sin una experiencia interior de Dios que la sostenga y tampoco puede haber mística auténtica que no lleve a mirar de frente la realidad del sufrimiento injusto.

 

La teóloga brasileña María Clara Bingemer, profesora en la PUC de Río de Janeiro y figura central de la teología latinoamericana contemporánea, ha trabajado precisamente en esa intersección entre mística, política y feminismo. En su reflexión sobre la crisis climática —que ella vincula directamente con la crisis espiritual de nuestro tiempo, señala que Laudato Si’ ha abierto un capítulo nuevo al resaltar el cuidado de la Tierra como forma de mística. Luchar por la Tierra, dice, es luchar por los seres humanos y ambas luchas nacen del mismo fondo de amor.

 

Esta tradición latinoamericana tiene algo que decirle a los jóvenes universitarios de hoy de un modo muy concreto. la mística no es asunto de personas retiradas del mundo, sino de personas que se sumergen en él con una profundidad diferente. El místico latinoamericano no busca evadirse de la realidad; la habita con una intensidad y una libertad que precisamente brotan de haber encontrado algo más hondo que ella.

 

La mística y nosotros: tres puntos de contacto

 

¿Dónde toca todo esto la vida concreta de un universitario del siglo XXI? Señalamos tres lugares de encuentro.

 

Primero: la oración como laboratorio de lo real. La tradición mística cristiana arranca, en su mayor parte, de la práctica contemplativa de la oración. No la oración entendida como recitación de fórmulas, sino la que Velasco describe como “actualización de la fe”: ese ejercicio de trascendimiento y descentramiento en el que el sujeto aprende a salir de sí mismo para encontrar algo más. Para quien estudia en una universidad, la oración contemplativa ofrece algo inusual en nuestro entorno: la práctica de la atención gratuita, de la escucha sin resultado inmediato, del silencio habitado. En un mundo que premia la velocidad y el rendimiento, esto no es fuga, es resistencia.

 

Segundo: la mística de los ojos abiertos. Jon Sobrino describe la mística de la liberación como una espiritualidad que nace de la “honradez de lo real,” es decir, del compromiso de no apartar la mirada de la injusticia concreta que nos rodea. Para una generación que vive en medio de crisis climáticas, migraciones forzadas, desigualdades escandalosas y violencias estructurales que afectan con especial dureza a los más pobres del continente, la “mística de ojos abiertos”, en palabras del teólogo Johann Baptist Metz, adoptadas por toda la teología latinoamericana, no es un lujo espiritual, es una fuente de sentido y de energía para no anestesiarse. Figuras como Simone Weil, Etty Hillesum o el obispo mártir Óscar Romero ilustran esta forma de mística que no aparta del dolor del mundo, sino que lo transforma en camino de encuentro con Dios.

 

Tercero: la “segunda ingenuidad” o el encuentro postcrítico. Muchos jóvenes universitarios se encuentran en una posición de sospecha hacia lo religioso. Han pasado por la crítica ilustrada, han visto los límites y las sombras de las instituciones y no pueden volver inocentemente a creencias precríticas. El psiquiatra Boné Pina, apoyándose en pensadores como Ricoeur, habla de la posibilidad de una “segunda ingenuidad,” descrita como la capacidad de acoger el misterio de lo divino no desde la ingenuidad infantil, sino desde el lado de la sospecha ya atravesada. No es credulidad, es apertura madura a lo que excede nuestros modelos. Karl Rahner, por su parte, sugería que el cristiano del futuro sería “místico”, es decir vivido por alguien que ha hecho experiencia real de Dios, o que no sería nada. No porque la mística sea una alternativa a la fe, sino porque la fe sin experiencia se vuelve vacía, cáscara.

 

¿Cómo empieza?

 

Si la mística es, como sostenemos, una posibilidad inscrita en la condición humana y no un privilegio de unos pocos elegidos, la pregunta práctica es ¿cómo se abre uno a ella?

 

La respuesta de la tradición es sorprendentemente sencilla y difícil al mismo tiempo, pues es haciéndose disponible. Gutiérrez lo formuló con una imagen bíblica poderosa: hay que “beber en el propio pozo”. No en el pozo de los grandes libros de espiritualidad que uno no ha vivido, sino en el pozo de la experiencia propia, en el sufrimiento, la alegría, el encuentro con el otro, la injusticia que indigna, la belleza que abruma, porque ahí, si uno se adentra lo suficiente, encuentra algo que no fabricó uno mismo.

 

El místico no es alguien que ha alcanzado un estado mental extraordinario, sino que es alguien que ha aprendido a vivir en la superficie del misterio que impregna lo ordinario. El poeta Eloy Sánchez Rosillo, cuyo poema cita Boné Pina, lo describe de manera que vale más que muchas definiciones académicas: la experiencia de lo trascendente puede ocurrir mientras vas por la calle, en tu casa por la noche, en la terraza de una cafetería. “No se puede prever. Sucede siempre cuando menos lo esperas.” Lo que cambia es la capacidad de reconocerlo.

 

Y esa capacidad se cultiva: en la oración y en el silencio, sí, pero también en la lectura de los grandes místicos, en la amistad profunda, en el servicio gratuito, en el contacto con los pobres que, como enseñó Gutiérrez, no son solo destinatarios de nuestra ayuda sino también mediadores de la presencia de Dios. La mística no está al margen de la vida universitaria; está, si se la busca, en su mismo corazón.

 

La mística: más necesaria que nunca, más latinoamericana que nunca

 

La pregunta inicial tenía trampa. No era si hay espacio para la mística en nuestro tiempo, sino si somos capaces de abrirlo. El espacio existe, la sed está ahí, el hambre de sentido es evidente, la dimensión trascendente del ser humano no desaparece porque nadie hable de ella.

 

Para los que vivimos en este continente, la tradición latinoamericana añade una clave que no podemos omitir. La mística no puede ser un asunto privado mientras millones de personas son excluidas de una vida digna. Boff, Gutiérrez, Sobrino y Bingemer nos recuerdan que la experiencia de Dios y el compromiso por la justicia no son dos cosas distintas que luego se articulan, sino que brotan del mismo pozo. Contemplar y comprometerse son, en el fondo, el mismo movimiento del espíritu.

 

Lo que necesitamos, quizás, es aprender a no confundir el ruido con la plenitud, ni la saturación de estímulos con la vida verdadera. La mística no nos ofrece una escapada de la realidad; nos ofrece una forma distinta de habitarla, desde el fondo, desde el centro, desde ese lugar donde, como decía San Juan de la Cruz, “el alma se hace toda ella medio de percibir a Dios”.

 

En ese lugar, el tiempo se dilata. El mundo se vuelve más claro. Y se descubre, con sorpresa, que siempre había sido bienvenida.

 

Referencias

 

Bingemer, María Clara. Mística liberadora. Urgencia de lo esencial para el quehacer de los cristianos hoy.

Boff, Leonardo. Mística y política: contemplativo en la liberación. Madrid: Paulinas, 1991.

Boné Pina, Ignacio. ¿Mística o locura? ¿Es posible distinguirlas?

Gutiérrez, Gustavo. Beber en su propio pozo. Salamanca: Sígueme, 1983.

Sobrino, Jon. Liberación con espíritu. Apuntes para una nueva espiritualidad. Santander: Sal Terrae, 1985.

Velasco, Juan Martín. El hecho místico. Ensayo de fenomenología.

Volumen colectivo: Varios autores. Mística en el Cristianismo y en la Filosofía.



[1] Este artículo intenta ser un recurso para mis hermanas y hermanos que acompañan, animan y tienen presencia en la pastoral universitaria.

La Universidad Ante la Cultura de la Inteligencia Artificial

[Por: Alberto Embry]

 

La irrupción de la inteligencia artificial no constituye únicamente una innovación tecnológica aplicada a la educación superior, sino un acontecimiento cultural de alcance civilizacional que obliga a repensar la misión histórica de la universidad, la relación entre profesor y estudiante, la estructura misma de la investigación académica, el lugar de las bibliotecas, la legitimidad de las autoridades intelectuales y el acceso global al conocimiento. Este artículo sostiene que la Cultura de la Inteligencia Artificial inaugura una transformación antropológica, epistemológica y ética capaz de desplazar a la universidad desde un modelo tradicional centrado en la administración, acumulación y transmisión del saber hacia una misión orientada a la expansión colaborativa global del pensamiento humano, la justicia cognitiva global y la construcción responsable de una inteligencia colectiva planetaria. Desde una perspectiva filosófica, teológica y educativa, el texto propone que la universidad contemporánea se encuentra ante un discernimiento histórico: resistir defensivamente la nueva cultura cognitiva emergente o convertirse en laboratorio crítico de una nueva etapa del pensamiento humano. Esta transformación no debe ser leída como sustitución tecnocrática del ser humano, o de los procesos cognitivos, sino como oportunidad históricamente ética para ampliar las capacidades de comprensión, creatividad, investigación, cooperación y discernimiento, siempre bajo criterios de dignidad humana, bien común, apertura del conocimiento, responsabilidad social y protección frente a los riesgos de dependencia cognitiva, concentración corporativa, vigilancia, desigualdad epistémica y colonialismo algorítmico.

 

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Dimensão social e profética da eucaristia

[Por: Francisco de Aquino Júnior | Portal das CEBs]

Na celebração da eucaristia invocamos o Espírito Santo sobre as oferendas “a fim de que se tornem para nós o Corpo e o Sangue de Jesus Cristo” e sobre toda a Igreja para que, “participando do Corpo e Sangue de Cristo, sejamos reunidos […] num só corpo”. É a grande súplica da Igreja: “Fazei de nós um só corpo e um só espírito”! E é o grande milagre eucarístico: Transformar-nos no corpo de Cristo no mundo. O Concílio Vaticano II nos recorda com São Leão Magno que “a participação do corpo e sangue de Cristo não faz outra coisa senão transformar-nos naquilo que tomamos” (LG 26).

 

Essa transformação eucarística da Igreja no corpo de Cristo tem uma dupla dimensão: “nos une a Cristo e aos irmãos”. A eucaristia nos une de tal modo a Jesus Cristo que nos faz “participar” de sua vida e nos “transforma” em seu corpo, através do qual Ele continua vivo o operante na história e, na força do Espírito, leva adiante a salvação do mundo. Pela eucaristia, a Igreja é associada à missão de Jesus de anunciar a Boa Notícia do reinado de Deus. Essa missão vai se concretizando na vida fraterna e no cuidado da casa comum e tem nos caídos à beira do caminho (Lc 10, 25-37) ou nas necessidades da humanidade sofredora sua medida e seu critério escatológicos (Cf. Mt 25, 31-46).

 

Daí o vínculo essencial e indissolúvel entre a comunhão com o Senhor (ceia eucarística) e a participação em sua missão salvífica no mundo (vida fraterna, cuidado da casa comum, compromisso com os pobres e marginalizados), como tantas vezes cantamos em nossas celebrações: “o pão da vida, a comunhão, nos une a Cristo e aos irmãos”; “só comunga nesta ceia quem comunga na vida do irmão”… E nisso reside a dimensão social e profética da ceia do Senhor: Ela não nos aliena do mundo nem nos torna cúmplices das injustiças sociais, mas, pelo contrário, faz-nos participar da missão de Jesus Cristo, comprometendo-nos com os pobres e marginalizados desse mundo.

 

Em uma de suas homilias mais proféticas, São João Crisóstomo insiste no vínculo essencial entre a participação na ceia do Senhor e o cuidado dos pobres. Não se pode separar o corpo de Cristo que está no altar do corpo de Cristo que está no pobre:

 

Não penseis que basta para a nossa salvação trazer à Igreja um cálice de ouro e pedraria depois de ter despojado viúvas e órfãos […] Se queres honrar deveras o corpo de Cristo, não consintais que esteja nu. Não o honreis aqui com vestes de seda, enquanto fora o deixais padecer de frio e nudez. Porque o mesmo que diz ‘este é o meu corpo’, é quem disse ‘me vistes faminto e não me destes de comer’ […] Aprendamos, pois, a pensar com discernimento e a honrar a Cristo como Ele quer ser honrado […] O que aproveita ao Senhor que sua mesa esteja cheia de ouro, se ele se consome de fome? E de que serve se cobres seu altar de panos recamados de ouro, se a Ele não buscas sequer o abrigo indispensável?

 

Há um vínculo essencial entre a ceia do Senhor e o lava-pés. Na feliz expressão de Van Waelderen, um irmão de tradição reformada: “não há eucaristia sem lava-pés”. Não por acaso, ao rezarmos pela Igreja na eucaristia, suplicamos: “Dai-nos olhos para ver as necessidades e os sofrimentos de nossos irmãos e irmãs; inspirai-nos palavras e ações para confortar os desanimados e oprimidos; fazei que a exemplo de Cristo nos empenhemos lealmente no serviço a eles…”. É que a presença real de Cristo na eucaristia é inseparável da presença real de Cristo no pobre.

 

A súplica que fazemos na celebração da eucaristia para sermos transformados no corpo de Cristo deve se tornar realidade em nossa vida. E, se realmente somos o corpo de Cristo, recordava Francisco, “seremos seus olhos que vão em busca de Zaqueu e da Madalena; seremos sua mão que socorre os enfermos no corpo e no espírito; seremos seu coração que ama os necessitados de reconciliação, de misericórdia e de compreensão”. Nisso se manifesta o milagre, a eficácia e o poder transformador da eucaristia em nossas vidas: em transformar-nos naquilo que comungamos – o corpo de Cristo. Nisso se manifesta a dimensão social e profética da eucaristia: em comprometer-nos radicalmente com a fraternidade e a justiça socioambiental a partir dos pobres e marginalizados, com os quais Jesus Cristo mesmo se identificou.

 

* Presbítero da Diocese de Limoeiro do Norte – CE; professor de teologia da Faculdade Católica de Fortaleza (FCF) e da Universidade Católica de Pernambuco (UNICAP).

 

Publicado em: https://portaldascebs.org.br/dimensao-social-e-profetica-da-eucaristia/

 

Dimensión social y profética de la eucaristía

[Por: Francisco de Aquino Júnior | Portal das CEBs]

En la celebración de la eucaristía invocamos al Espíritu Santo sobre las ofrendas “para que se conviertan para nosotros en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo” y sobre toda la Iglesia para que, “participando del Cuerpo y la Sangre de Cristo, seamos reunidos […] en un solo cuerpo”. Es la gran súplica de la Iglesia: “¡Haz de nosotros un solo cuerpo y un solo espíritu!”. Y es el gran milagro eucarístico: transformarnos en el cuerpo de Cristo en el mundo. El Concilio Vaticano II nos recuerda, con San León Magno, que “la participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no hace otra cosa sino transformarnos en aquello que recibimos” (LG 26).

 

Esta transformación eucarística de la Iglesia en el cuerpo de Cristo tiene una doble dimensión: “nos une a Cristo y a los hermanos”. La eucaristía nos une de tal modo a Jesucristo que nos hace “participar” de su vida y nos “transforma” en su cuerpo, a través del cual Él continúa vivo y operante en la historia y, por la fuerza del Espíritu, lleva adelante la salvación del mundo. Por la eucaristía, la Iglesia es asociada a la misión de Jesús de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Esta misión se va concretando en la vida fraterna y en el cuidado de la casa común, y tiene en los caídos al borde del camino (Lc 10, 25-37) o en las necesidades de la humanidad sufriente su medida y su criterio escatológicos (cf. Mt 25, 31-46).

 

De ahí el vínculo esencial e indisoluble entre la comunión con el Señor (cena eucarística) y la participación en su misión salvífica en el mundo (vida fraterna, cuidado de la casa común, compromiso con los pobres y marginados), como tantas veces cantamos en nuestras celebraciones: “el pan de vida, la comunión, nos une a Cristo y a los hermanos”; “solo comulga en esta cena quien comulga en la vida del hermano”… Y en esto reside la dimensión social y profética de la cena del Señor: ella no nos aliena del mundo ni nos convierte en cómplices de las injusticias sociales, sino que, por el contrario, nos hace participar de la misión de Jesucristo, comprometiéndonos con los pobres y marginados de este mundo.

 

En una de sus homilías más proféticas, san Juan Crisóstomo insiste en el vínculo esencial entre la participación en la cena del Señor y el cuidado de los pobres. No se puede separar el cuerpo de Cristo que está en el altar del cuerpo de Cristo que está en el pobre:

 

“No penséis que basta para nuestra salvación traer a la Iglesia un cáliz de oro y pedrería después de haber despojado a viudas y huérfanos […] Si de verdad quieres honrar el cuerpo de Cristo, no permitas que esté desnudo. No lo honres aquí con vestiduras de seda, mientras afuera lo dejas padecer frío y desnudez. Porque el mismo que dice ‘este es mi cuerpo’, es quien dijo ‘me viste hambriento y no me diste de comer’ […] Aprendamos, pues, a pensar con discernimiento y a honrar a Cristo como Él quiere ser honrado […] ¿De qué le sirve al Señor que su mesa esté llena de oro, si Él se consume de hambre? ¿Y de qué sirve cubrir su altar con paños bordados en oro, si ni siquiera le procuras el abrigo indispensable?”

 

Existe un vínculo esencial entre la cena del Señor y el lavatorio de los pies. En la feliz expresión de Van Waelderen, un hermano de tradición reformada: “no hay eucaristía sin lavatorio de los pies”. No por casualidad, al rezar por la Iglesia en la eucaristía, suplicamos: “Danos ojos para ver las necesidades y los sufrimientos de nuestros hermanos y hermanas; inspíranos palabras y acciones para confortar a los desanimados y oprimidos; haz que, a ejemplo de Cristo, nos comprometamos lealmente en su servicio…”. Es que la presencia real de Cristo en la eucaristía es inseparable de la presencia real de Cristo en el pobre.

 

La súplica que hacemos en la celebración de la eucaristía para ser transformados en el cuerpo de Cristo debe hacerse realidad en nuestra vida. Y, si realmente somos el cuerpo de Cristo, recordaba Francisco, “seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de Magdalena; seremos su mano que socorre a los enfermos en el cuerpo y en el espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliación, de misericordia y de comprensión”. En esto se manifiesta el milagro, la eficacia y el poder transformador de la eucaristía en nuestras vidas: en transformarnos en aquello que comulgamos: el cuerpo de Cristo. En esto se manifiesta la dimensión social y profética de la eucaristía: en comprometernos radicalmente con la fraternidad y la justicia socioambiental a partir de los pobres y marginados, con quienes Jesucristo mismo se identificó.

 

Publicado en: https://portaldascebs.org.br/dimensao-social-e-profetica-da-eucaristia/

 

* Traducido por Amerindia.

El Papa y el capitalismo de última generación

[Por: Jorge Costadoat]

Hace 135 años, León XIII publicó la encíclica Rerum novarum, con la cual la Iglesia salió al paso de los efectos perversos de la Revolución Industrial, en particular de la explotación de los trabajadores. El Papa atribuía al capitalismo la motivación de esa época y lo condenaba por igual que al comunismo. Hoy, el papa León XIV firma Magnifica humanitas. No tiene ante sí el marxismo, sino la última generación del capitalismo de los big data, los algoritmos y la inteligencia artificial, factores de injusticias actuales y futuras impredecibles. Esta crítica no es el único asunto del documento, pero, desde la Doctrina Social de la Iglesia, debe vérsela como la principal.

 

El panorama es inquietante. Se eleva ante millones de seres humanos un poder tecnológico que se expande sin límites claros, en manos de privados multimillonarios difíciles de controlar por los Estados. La concentración de poder es espeluznante. La inteligencia artificial demanda una enorme cantidad de recursos, a la vez que su impacto en las sociedades y en las personas será incalculable.

 

Lo que más preocupa esta vez es la acumulación de poder sobre la verdad. Inquieta que grandes empresas incidan en la producción de información y conocimiento, engañando a sus usuarios por la mera ignorancia de estos. La IA se presenta como un instrumento neutral y objetivo. No lo es. No es que mienta, pero toda interpretación de la realidad lleva las huellas digitales de su autor y, en este caso, la autoría corresponde a los propietarios de las máquinas. “Venden verdad”, como pueden hacerlo los libros en las librerías o las universidades, pero pueden ocultar cómo la producen, incluso sin mala intención, simplemente porque sus creadores son seres humanos.

 

Son máquinas inteligentes. No se diga que carecen de emociones y motivaciones. Son capaces de orientar interesadamente las decisiones de las personas e instituciones que las utilizan. Su servicio a la verdad merece, pues, interrogantes. Esta podría llamarse “la encíclica de la sospecha”. Así como Freud desentierra las motivaciones inconscientes de la mente, Marx alerta contra los medios de producción y Nietzsche desenmascara las pretensiones de verdad que encubren una voluntad de poder, León XIV protege a las eventuales víctimas de “la verdad”. Y, por el contrario, celebra cuando ese servicio contribuye al desarrollo del bien común.

 

La situación guarda una inquietante semejanza con la denunciada por León XIII. A fines del siglo XIX, los trabajadores ignoraban con frecuencia los mecanismos mediante los cuales eran explotados. Hoy, millones de personas ignoran los mecanismos mediante los cuales sus opiniones, preferencias y decisiones pueden ser condicionadas. Entonces se explotaba a los trabajadores; ahora se puede abusar de la capacidad humana de comprender y juzgar la realidad.

 

Magnifica humanitas hace un llamado ético no solo a los dueños de los instrumentos digitales y de la IA, sino también a la política y a los Estados. Estos deben controlar los posibles abusos y establecer reglas transnacionales de regulación. Se requiere una acción mancomunada internacional de protección de personas y pueblos.

 

Es sabido que la Doctrina Social de la Iglesia no propone un modelo económico en particular. Pero en todas las encíclicas se insiste en un principio fundamental: la propiedad universal de los bienes. Estos, señalan especialmente los últimos pontífices, no son solo las tierras y las aguas, sino también los bienes generados por la inteligencia humana. La ciencia y las mejores tecnologías han sido inventadas y construidas por seres humanos bajo el mandato del Creador de compartirlas. No debe olvidarse que la propiedad privada, según la enseñanza de la Iglesia, no es más que un instrumento, entre otros, para compartir la creación.

 

No es casual que León XIV se haya dejado acompañar por Christopher Olah, cofundador de Anthropic, al presentar la encíclica. El Papa no respalda empresas, pero distingue entre las que son movidas por un interés ético y las que no. No condena la inteligencia artificial, pero advierte sobre la necesidad de interrogar al servicio de quién se la desarrolla.

 

La auctoritas moral de León XIV

[Por: Juan José Tamayo]

Durante los primeros meses del pontificado de León XIV, sus gestos, actuaciones, discursos, su pensamiento, su forma de gobernar la Iglesia católica y hasta su propio carácter no fueron valorados autónomamente, sino en comparación con el modo de pensar, de vivir, de hablar y de actuar de su predecesor y mentor el papa Francisco. Dependía del sector ideológico que hiciera la comparación para que el juicio sobre el nuevo inquilino del Vaticano fuera favorable o desfavorable.

 

Los sectores conservadores valoraron positivamente su moderación y equilibrio, contraponiéndolos a la sobreactuación de Francisco. Los integristas lo acusaron enseguida de ser discípulo de Francisco, de seguir miméticamente su programa y de dinamitar los valores cristianos tradicionales. Los progresistas valoraron positivamente su continuidad con la opción por los pobres y la práctica liberadora de su predecesor, así como su ubicación en el Sur global, si bien criticaron su falta de radicalidad en la denuncia de las injusticias y la escasa dimensión política de su discurso.

 

Creo que ya es hora de valorar a León XIV por sí mismo, sin establecer comparaciones que, si bien no tienen por qué ser odiosas, en este caso pueden no hacerle justicia. A este propósito me gustaría recordar dos palabras latinas que tienden a confundirse y que, sin embargo, poseen diferente significado: potestas y auctoritas, ambas procedentes del Derecho Romano, y aplicarlas al papa actual.

 

La potestas se confiere a una persona por el cargo oficial que ocupa. La auctoritas define la autoridad moral de una persona, el prestigio que se le reconoce socialmente, el respeto que merece por sus cualidades personales, intelectuales o morales y la capacidad de influir en la gente sin necesidad de imposición alguna.

 

Los primeros meses del pontificado de León XIV fueron de aterrizaje, tanteo y ubicación en la nueva responsabilidad al frente de cerca de 1500 millones de creyentes -muchos solo de nombre- que tiene la Iglesia católica en el mundo. Suceder a Francisco no resultaba fácil dada la arrolladora personalidad del papa argentino. León XIV nunca lo pretendió. Además, fue Francisco quien le nombró obispo primero de la diócesis peruana de Chiclayo y luego cardenal presidente del dicasterio del nombramiento de obispos, uno de los más importantes y decisivos junto con el de la Doctrina de la Fe. Durante los meses de aterrizaje se puede decir que León XIV tuvo la potestas que le conferían los cargos de Sumo Pontífice y Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano.

 

Pero poco a poco ha llegado a tener una auctoritas moral sobre todo por sus pronunciamientos en favor de la paz en un momento en el que el mundo se ha convertido en un coloso en llamas con cerca de 100 países implicados en conflictos bélicos, y en el que Putin, Netanyahu y Trump han hecho saltar por los aires el Derecho Internacional y los derechos humanos con la bendición de sectores cristianos fundamentalistas  de las diferentes Iglesias  -católica, protestante, ortodoxa- y judíos ultraortodoxos. Putin declaró la guerra a Ucrania para apoderarse de parte de su territorio y está causando miles de muertos con el apoyo del patriarca Kiril.

 

Netanyahu ha provocado el genocidio en Gaza con el asesinato de cerca de 75.000 personas, en su mayoría mujeres, niños, niñas y personas ancianas, ha transgredido el acuerdo de paz y continúa asesinando a la población gazatí y defiende la ocupación de los colonos judíos de cada vez más tierras en Cisjordania. Está llevando a cabo intervenciones militares en el Líbano que siembran la destrucción, los desplazamientos y los asesinatos de miles de civiles. Justifica tamañas agresiones apelando a textos bíblicos leídos de manera fundamentalista y cuenta con el apoyo del 95% de la población israelí y del sionismo judío y cristiano.

 

Trump ha intervenido militarmente en Venezuela, ha secuestrado impunemente a Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, y a su esposa, y en la operación, ha asesinado a decenas de personas. ¿Motivo? No la “restauración” de la democracia, sino la apropiación del petróleo y de otros bienes del país. Ha llevado a cabo, junto con Netanyahu, la intervención militar en Irán con el asesinato del líder de Consejo de la Revolución y de miles de ciudadanos y ciudadanas iraníes. En dicha operación ha contado con el respaldo de un grupo de pastoras y pastores evangélicos fundamentalistas que le impusieron las manos y rezaron con él en el Despacho Oval por el éxito de la invasión militar.  

 

En dirección contraria a la postura belicista del patriarca de la Iglesia ortodoxa, Kiril, de los pastores evangélicos fundamentalistas y del sionismo judío y cristiano se está posicionando el papa León XIV, que ha convertido la defensa de la paz en la prioridad de su pontificado, poniendo así en práctica su propuesta de “una paz desarmada y desarmante”, que ya expresara en el discurso pronunciado tras su elección papal.

 

Se ha pronunciado contra la intervención militar en Irán y ha calificado de “verdaderamente inaceptable” la amenaza irracional de Trump de destruir la civilización persa. Ante la infundada acusación que le ha dirigido Trump de estar de acuerdo con que Irán tenga armas nucleares ha manifestado su rotunda oposición a dichas armas.

 

En clara referencia a Trump y a Netanyahu ha afirmado que “el mundo está siendo destruido por un grupo de tiranos” y ha condenado que usen el nombre de Dios para justificar tamaña destrucción. Ha condenado enérgicamente la atrocidad de la guerra que amenaza con desembocar en una barbarie y ha expresado su preocupación por la debilidad del multilateralismo y porque se esté sustituyendo la diplomacia a través del dialogo y la búsqueda del consenso por la diplomacia basada en la fuerza.

 

Los insultos y descalificaciones de Trump no le han amedrentado; todo lo contrario: “seguiré hablando fuerte contra la guerra”, le ha respondido. Ahora mismo León XIV es, a mi juicio, el principal y más creíble adversario moral de Trump y de Netanyahu. Ha pasado de tener la potestas que le da el cargo papal a gozar de la auctoritas moral por su enérgica condena de la guerra y de sus efectos destructivos para la humanidad. A la hermenéutica belicista y mortífera de los textos bíblicos utilizada por Trump y Netanyahu para justificar sus intervenciones militares el papa opone una hermenéutica pacifista en favor de la vida.

 

Creo necesario poner en valor el posicionamiento evangélico, ético y político de León XIV frente a la barbarie de los señores de la guerra que están convirtiendo el mundo en un coloso en llamas y ante el silencio de no pocos gobernantes europeos, que miran cínicamente hacia otro con una actitud falsamente neutral y cínicamente calculada, sin ser conscientes -o quizá sí- de que con ese silencio están legitimando igualmente la barbarie.