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Revista Signos Año XLV N.º 8 – Agosto 2026

[Por: CEP – IBC]

¿Qué actitud se espera de quienes estamos desde hace años en la oposición del nuevo gobierno elegido de Keiko Fujimori? Una pregunta muy difícil de responder, donde no hay respuesta correcta, pero que nos invita a reflexionar y no solo a reaccionar desde el enojo o la disconformidad. Es indispensable pensar y entender de cara al proceso político: ¿qué se está planteando? ¿qué está en juego? y ¿cómo eso

afecta o no a los pobres?

 

En primer lugar, no se trata de sacar revancha o decir en forma simplista que todo va a estar mal o que estamos en el peor de los mundos. De hecho, venimos de un momento político donde tanto la gestión como el prestigio del Estado se han debilitado mucho. Entonces, el punto de partida que le toca al nuevo gobierno no es auspicioso, y éste no tiene una mayoría significativa y gobernará en un país que está fuertemente dividido. Además, la gestión estatal está muy débil y de baja calidad; como sabemos las oficinas públicas son vistas como lugares para ganar dinero y no para desarrollar políticas públicas favorables a las mayorías. Pero, al mismo tiempo, es conocido por todos que la mayoría de la gente necesita que los servicios públicos como educación y salud funcionen mejor, así como que se mejoren las vías de comunicación en muchos lugares, especialmente los más aislados. Adicionalmente es fundamental que se responda a tiempo y de manera eficaz al fenómeno

de El Niño para salvar muchas vidas, tal como ha sido planteado…

 

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Una mujer, ¡y pagana!, señala a Jesús el camino del Reino

[Por: Eduardo de la Serna]

Una mujer extranjera pide a Jesús su intervención milagrosa en favor de su hija. Ante la negativa de Jesús, ella insiste obteniendo no sólo el milagro sino también que Jesús la reconozca como de “gran fe” siendo así para el Evangelio modelo de creyente en Jesús y a su vez  capaz de enseñarle al mismo Jesús los caminos del reino…

 

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Monseñor Múnera pide al nuevo Gobierno de Colombia trabajar por la unidad, reconciliación y dignidad de los vulnerables

[Por: Luz Marina Medina | ADN Celam – Religión Digital]

El llamado del presidente del episcopado incluyó reducir desigualdades, fortalecer la transparencia y promover una sociedad donde la violencia deje de ser lenguaje…

 

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Noticias Iglesia Internacional: 3 al 10 de agosto

[Por: Cecilia Tovar | IBC]

Antes de la oración del ángelus, León XIV explica, en su catequesis, el pasaje de la tempestad calmada y recuerda que los discípulos “tuvieron que pasar por la experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios”. Y concluye con esta afirmación categórica: “Este milagro nos enseña algo importante: ante todo, a no dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante”…

 

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Invitación: 50 años del martirio del obispo Enrique Angelelli y de sus compañeros mártires

[Conmemoración]

Con una eucaristía se celebrará la memoria del martirio del obispo Enrique Angelelly y de sus compañeros mártires: Wenceslao, Carlos y Gabriel.

 

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“La Iglesia no los abandonará. Iremos a su encuentro”: Monseñor García-Siller alza la voz por los migrantes en Texas

[Por: José Manuel Vidal | Religión Digital]

El arzobispo de San Antonio, monseñor Gustavo García-Siller, ha publicado una extensa carta pastoral sobre la migración con un mensaje central tan evangélico como comprometedor: “La Iglesia no los abandonará. Iremos a su encuentro”…

 

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La Magnífica realidad

[Por: Santiago Villamayor]

Análisis y elogio de la “Magnífica humanidad“ de León XIV. Valoración de su valentía y de la necesidad del documento. Para el papa el transhumanismo y la creación de una nueva especie son una amenaza que puede resolverse mediante la permanencia en la fe y el control democrático.

 

La dignidad humana es el valor absoluto fundado en nuestra semejanza con Dios. Estas propuestas sin embargo quedan limitadas para los no creyentes por quedar ligadas a un esquema clásico, teísta y creacionista. Se propone por tanto otra comprensión simbólica de lo divino frente al particularismo y el literalismo, a la vez que se funda la dignidad en la misma realdad…

 

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Subsidio: Mes de la Solidaridad

[Por: Arzobispado de Santiago | Delegación Episcopal para la Educación]

Con alegría y esperanza les saludamos al comenzar el Mes de la Solidaridad, tiempo privilegiado para renovar nuestro seguimiento de Jesucristo, quien nos invita a reconocer su presencia en cada persona, especialmente en quienes viven situaciones de pobreza, sufrimiento, soledad o exclusión.

 

Como Delegación Episcopal para la Educación y la Cultura, ponemos en sus manos este subsidio pastoral inspirado en la Carta Pastoral Desde Cristo Solidario construimos una Iglesia Solidaria de Monseñor Enrique Alvear, pastor profundamente comprometido con el Evangelio, la dignidad humana y la defensa de los más pobres.

 

Don Enrique comprendió que la solidaridad no es simplemente una obra de beneficencia ni una respuesta emocional frente al sufrimiento. Es una manera de vivir la fe, porque nace del encuentro con Jesucristo, el Cristo Solidario, que asumió nuestra condición humana y entregó su vida por amor. Desde esa experiencia, toda la Iglesia está llamada a ser una comunidad que ora, sirve, acompaña y trabaja por la justicia…

 

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En la creación, una espiritualidad cristiana que decolonializa

Diego, te conocí durante conferencias en Abia Yala-América Latina y Europa. Tu eres el Amauta auténtico e inolvidable de Abia Yala. Por tu humor enraizado en el humus de la tierra, las culturas y sus fiestas creaste a pesar de realidades fuertes e injustas atmósferas de serenidad compasiva & esperanza cristiana. Que descanses en paz.

Elisabeth Steffens, Latinoamericanista, Aquisgrán, Alemania

Este texto es una ponencia que dió Diego Irarrázaval en la conferencia interreligiosa “Sólo somos huéspedes en la tierra. En memoria de Berta Cáceres (1971-2016)” que tuve lugar en Salta, la linda, Argentina en enero 2017. Este texto ha sido publicado solamente en lengua alemana en la documentación de la conferencia con el título “In der Schöpfung. Eine christliche Spiritualität, die entkolonisiert” (p. 145-151). El título de la documentación es “Wir sind nur Gast auf Erden. Lateinamerikanische Schöpfungsspiritualitäten im Dialog”, editada por Carlos María Pagano, Elisabeth Steffens y Klaus Vellguth (Ostfildern 2019).

¿Con qué Iglesia sueño?

La primera imagen que viene a mi cabeza al hacerme esta pregunta es una de la serie The Chosen: el Señor acompañado de la gente y de sus apóstoles por la calle, sonriendo y mirando. ¿Qué miraba? No lo sé, pero me aventuraría a decir que los corazones y las necesidades de todas aquellas personas que tenía a su alrededor.

No hablo desde la teología ni desde la Tradición. Hablo desde el Evangelio, desde la experiencia cotidiana de la fe, desde esa capacidad de sentir frío y calor. Y frío es lo que siento en muchas ocasiones en nuestra Iglesia.

Yo sueño con una Iglesia abierta, y entiéndase por abierta todas las acepciones del diccionario no contrarias al Evangelio. Una Iglesia en la que no se juzgue, no se mire por encima del hombro, que cuando tienes que corregir o decir algo a un hermano, utilices el método que explica Jesús en el Evangelio: «ve y díselo» (Mt 18, 15). Una Iglesia que sepa acoger, abrazar, amar, que aquel que llame a sus puertas sea, como dice la Regla de San Benito (cap. 53), recibido como si el mismo Cristo estuviese ante ti.

El amor debe ser la base de nuestra Iglesia, pues así lo dijo nuestro Señor: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo» (cf. Mt 22, 37-39).

Yo no quiero una Iglesia de príncipes, de ilustrados, de personas más importantes unas que otras, de representantes del Señor que no lo representan. Tampoco creo que nuestro Señor quisiese ser representado en oro. Pedro fue pobre y humilde hasta la muerte, y sus herederos así deberían ser.

No dudo de la necesidad de ciertas cuestiones: protocolos, viajes, agendas, medidas de seguridad, sobre todo en los tiempos que corren, pero me pregunto cuánta gente perdió la fe al entrar en el Vaticano y ver el lujo, el fausto y la pompa. Cuántas personas se alimentarían con la recaudación de los Museos Vaticanos. ¿Cuántas túnicas de nuestro Señor harían falta para cubrir el suelo del pisito de algún obispo o arzobispo? No todos son así, gracias al Señor. Hay muchísimos monjes, monjas, sacerdotes, frailes y cargos eclesiásticos que son el rostro vivo de la humanidad y sencillez de Cristo. Pero me pregunto: ¿cuántas personas comerían si un alto cargo eclesiástico comiese dignamente, pero no ostentosamente?

El Señor dijo: «No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas» (Lc 9, 3; cf. Mc 6, 8-9).

Sí, un sacerdote tiene que tener su vida y sus necesidades cubiertas. Muchos realizan trayectos larguísimos a lo largo del domingo y durante la semana para atender a todas las parroquias que tienen, sobre todo en el rural. Por eso me pregunto: ¿cómo es posible que existan consagrados que entregan todo su tiempo y su vida a obrar para el Señor, y otros acomodados y burocratizados? Cómo me gustan esos sacerdotes que llevan los zapatos manchados del camino. Esos que, enfrentándose a la soledad y dificultades del rural, y aunque el Derecho Canónico (can. 905) limite con rigor las celebraciones diarias, multiplican su tiempo para llegar a cada aldea. Probablemente no cumplan de forma estricta todo ese protocolo rígido y sin alma, pero anteponen la misericordia, aman, abrazan y se manchan si tienen que sacarte del barro. También en las ciudades hay muchas parroquias en las que sus sacerdotes involucran a una gran cantidad de población en actividades diferentes de ayuda a los demás, de nueva evangelización, con cursos de formación, con actividades para los pobres, para los que viven en la calle.

El otro día en la sacristía de la iglesia me coincidió estar con un seminarista. Apareció un hombre indigente que vivía en la calle preguntando por el sacerdote. La respuesta del seminarista fue: —No está. ¿Qué quería? A lo que aquel hombre respondió: —Buscaba algo de ayuda. Como veis, no pidió dinero. Pidió ayuda. La respuesta que recibió fue: —Esto es una iglesia. Aquí no se le puede ayudar. Tiene que ir a Cáritas. Y dirigiéndose a mí, me dice el seminarista: —¿Qué día abre Cáritas? Le dije el día que abría, el hombre dio las gracias y se marchó.

En ese momento me quedé atónito y sentí vergüenza de mi propia Iglesia. Pero si analizo ese momento, la torpeza o la falta de recursos no fue solo de este chico que se está preparando para sacerdote, sino también mía. Yo estaba allí como laico en la sacristía y tampoco supe qué hacer ni cómo reaccionar en ese instante. Me quedé mirando desde la barrera sin salir. ¿Por qué esta frialdad con la que reaccionamos, tanto laicos como sacerdotes, cuando deberíamos estar ardiendo en fe? Si en la casa de Dios no somos capaces de ofrecer una acogida a quien lo necesita, ¿para qué es la casa de Dios? ¿Solo para orar? Creo que Dios no querría eso o, por lo menos, Jesucristo así lo demostró.

Y con esto no quiero decir que Cáritas no haga una buena labor. Cáritas es una de las instituciones eclesiales que más ayuda ofrece a todos aquellos que viven al margen de la sociedad y bajo el umbral de la pobreza. Lo que no comprendo es que la casa de Dios se convierta en una oficina que deriva problemas en lugar de un refugio que abraza.

Por otra parte, conozco a verdaderos pastores que representan lo mejor de nuestra fe. En otra ocasión quise hablar con dos sacerdotes que tenían una semana desbordada de viajes, celebraciones y confesiones; aun así, sacaron tiempo de donde no lo había para atender la necesidad que yo tenía. Esos son los pastores con los zapatos manchados, los que el Papa Francisco decía que huelen a oveja. Yo quiero una Iglesia llena de sacerdotes así, que no tengan miedo a mancharse las sandalias porque están ocupados cuidando a su rebaño.

Esta es la Iglesia que yo quiero: una Iglesia dedicada a las cosas de Dios y que, mientras el Papa León XIV se reúne a orar con representantes de otras religiones, no haya miembros de la misma proclamando el odio interreligioso e interracial. Quiero una Iglesia en que los representantes de la misma no sean señores o señoritos.

Nuestro Señor, máximo sacerdote y Dios, lavó los pies de sus apóstoles y los besó (cf. Jn 13, 1-17). Y esos pies estaban sucios de todo el día caminando, no como la representación que hacemos en Semana Santa. Abrazó a leprosos y pecadores. Cenó con publicanos. Perdonó prostitutas. Y no se consideró nunca más que otro hombre, sino que tanto se humilló que fue a la cruz por todos nosotros.

Quiero, en fin, una Iglesia humilde, austera, pobre, que respete sus votos, llena de amor, de acogida, sin máscaras. Que deje la hipocresía y use los púlpitos para lo que fueron pensados: para enseñar a encarnar el Evangelio en la vida diaria, no para juzgar desde arriba cómo vive cada familia, ni para hacer crítica política o señalar con el dedo a quienes están en el barro, sino para anunciar a Dios con la palabra y la misericordia.

Quiero una Iglesia que sea comunidad, que abrace al hermano, que no lo juzgue, que no lo mire por encima del hombro, que respete su diferencia, que lo ayude si lo ve tirado en la calle o si lo ve en una necesidad. Y sé que lo que voy a poner ahora puede levantar ampollas, pero a veces hace falta menos rezo de cara a la galería o por pura inercia y más mirar al otro sin asco ni superioridad. De nada sirve sostener el rosario en la mano si con esa misma mano nos agarramos el bolso o nos alejamos cuando se nos acerca un necesitado.

Para esto, lógicamente, se necesita a los laicos. Pero a menudo somos los propios laicos quienes alimentamos las divisiones dentro de la Iglesia. Caemos en el sectarismo de los movimientos: «Yo soy de este grupo», «yo soy de este movimiento», «yo soy de este carisma». Y se nos hincha el pecho como si pertenecer a una corriente nos hiciera superiores al que no es de la nuestra o no está en ninguna; no somos conscientes de que ese orgullo se nos desinflará a todos por igual cuando el Señor nos llame.

Los laicos tenemos el deber de apoyar y escuchar a nuestros sacerdotes, de colaborar con las parroquias. Pero creo, por mi propia experiencia, que debe ser el pastor quien cuida de sus ovejas, y algunos pastores ni las saludan.

Para terminar este texto, me parece justo reflexionar sobre otra pregunta: ¿qué hago yo para esta Iglesia que sueño? Porque es fácil ponerte detrás de la barrera —como me pasó aquel día en la sacristía— y decir lo que está mal.

Yo, si quiero colaborar y ayudar a esa Iglesia con la que sueño, una Iglesia de igualdad, una Iglesia de amor en la que no niego un orden ni una autoridad, pero basada en el servicio y no en la prepotencia, debo vivir el Evangelio. Mi principal obligación como católico es ser humilde, obediente al Señor, vivir en el amor y en el respeto, y conseguir un equilibrio entre Marta y María, pero sin dejar jamás de lado a Marta. Anunciar a Cristo con mi propia vida, y no solo con palabras.

* Diego Gabriel Agilda Pedreira (Oza-Cesuras, A Coruña, 1983) es laico católico y Maestro de Educación Primaria. Es voluntario en distintas organizaciones eclesiales y sociales, especialmente en proyectos relacionados con personas migrantes, mayores y niños. Escribe desde la experiencia, intentando comprender lo que vive y poner palabras a aquello que le interpela. Entiende la escritura como una forma de reflexión y de encuentro, capaz de invitar a mirar la realidad desde perspectivas diferentes.  Además de artículos de opinión, escribe narrativa breve. En sus textos aborda especialmente la realidad social, la fe, la memoria y la dignidad de las personas.  Ha publicado artículos de opinión en La Voz de Galicia y Religión Digital.