Inicio Blog Página 58

Dimensão social e profética da eucaristia

[Por: Francisco de Aquino Júnior | Portal das CEBs]

Na celebração da eucaristia invocamos o Espírito Santo sobre as oferendas “a fim de que se tornem para nós o Corpo e o Sangue de Jesus Cristo” e sobre toda a Igreja para que, “participando do Corpo e Sangue de Cristo, sejamos reunidos […] num só corpo”. É a grande súplica da Igreja: “Fazei de nós um só corpo e um só espírito”! E é o grande milagre eucarístico: Transformar-nos no corpo de Cristo no mundo. O Concílio Vaticano II nos recorda com São Leão Magno que “a participação do corpo e sangue de Cristo não faz outra coisa senão transformar-nos naquilo que tomamos” (LG 26).

 

Essa transformação eucarística da Igreja no corpo de Cristo tem uma dupla dimensão: “nos une a Cristo e aos irmãos”. A eucaristia nos une de tal modo a Jesus Cristo que nos faz “participar” de sua vida e nos “transforma” em seu corpo, através do qual Ele continua vivo o operante na história e, na força do Espírito, leva adiante a salvação do mundo. Pela eucaristia, a Igreja é associada à missão de Jesus de anunciar a Boa Notícia do reinado de Deus. Essa missão vai se concretizando na vida fraterna e no cuidado da casa comum e tem nos caídos à beira do caminho (Lc 10, 25-37) ou nas necessidades da humanidade sofredora sua medida e seu critério escatológicos (Cf. Mt 25, 31-46).

 

Daí o vínculo essencial e indissolúvel entre a comunhão com o Senhor (ceia eucarística) e a participação em sua missão salvífica no mundo (vida fraterna, cuidado da casa comum, compromisso com os pobres e marginalizados), como tantas vezes cantamos em nossas celebrações: “o pão da vida, a comunhão, nos une a Cristo e aos irmãos”; “só comunga nesta ceia quem comunga na vida do irmão”… E nisso reside a dimensão social e profética da ceia do Senhor: Ela não nos aliena do mundo nem nos torna cúmplices das injustiças sociais, mas, pelo contrário, faz-nos participar da missão de Jesus Cristo, comprometendo-nos com os pobres e marginalizados desse mundo.

 

Em uma de suas homilias mais proféticas, São João Crisóstomo insiste no vínculo essencial entre a participação na ceia do Senhor e o cuidado dos pobres. Não se pode separar o corpo de Cristo que está no altar do corpo de Cristo que está no pobre:

 

Não penseis que basta para a nossa salvação trazer à Igreja um cálice de ouro e pedraria depois de ter despojado viúvas e órfãos […] Se queres honrar deveras o corpo de Cristo, não consintais que esteja nu. Não o honreis aqui com vestes de seda, enquanto fora o deixais padecer de frio e nudez. Porque o mesmo que diz ‘este é o meu corpo’, é quem disse ‘me vistes faminto e não me destes de comer’ […] Aprendamos, pois, a pensar com discernimento e a honrar a Cristo como Ele quer ser honrado […] O que aproveita ao Senhor que sua mesa esteja cheia de ouro, se ele se consome de fome? E de que serve se cobres seu altar de panos recamados de ouro, se a Ele não buscas sequer o abrigo indispensável?

 

Há um vínculo essencial entre a ceia do Senhor e o lava-pés. Na feliz expressão de Van Waelderen, um irmão de tradição reformada: “não há eucaristia sem lava-pés”. Não por acaso, ao rezarmos pela Igreja na eucaristia, suplicamos: “Dai-nos olhos para ver as necessidades e os sofrimentos de nossos irmãos e irmãs; inspirai-nos palavras e ações para confortar os desanimados e oprimidos; fazei que a exemplo de Cristo nos empenhemos lealmente no serviço a eles…”. É que a presença real de Cristo na eucaristia é inseparável da presença real de Cristo no pobre.

 

A súplica que fazemos na celebração da eucaristia para sermos transformados no corpo de Cristo deve se tornar realidade em nossa vida. E, se realmente somos o corpo de Cristo, recordava Francisco, “seremos seus olhos que vão em busca de Zaqueu e da Madalena; seremos sua mão que socorre os enfermos no corpo e no espírito; seremos seu coração que ama os necessitados de reconciliação, de misericórdia e de compreensão”. Nisso se manifesta o milagre, a eficácia e o poder transformador da eucaristia em nossas vidas: em transformar-nos naquilo que comungamos – o corpo de Cristo. Nisso se manifesta a dimensão social e profética da eucaristia: em comprometer-nos radicalmente com a fraternidade e a justiça socioambiental a partir dos pobres e marginalizados, com os quais Jesus Cristo mesmo se identificou.

 

* Presbítero da Diocese de Limoeiro do Norte – CE; professor de teologia da Faculdade Católica de Fortaleza (FCF) e da Universidade Católica de Pernambuco (UNICAP).

 

Publicado em: https://portaldascebs.org.br/dimensao-social-e-profetica-da-eucaristia/

 

Dimensión social y profética de la eucaristía

[Por: Francisco de Aquino Júnior | Portal das CEBs]

En la celebración de la eucaristía invocamos al Espíritu Santo sobre las ofrendas “para que se conviertan para nosotros en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo” y sobre toda la Iglesia para que, “participando del Cuerpo y la Sangre de Cristo, seamos reunidos […] en un solo cuerpo”. Es la gran súplica de la Iglesia: “¡Haz de nosotros un solo cuerpo y un solo espíritu!”. Y es el gran milagro eucarístico: transformarnos en el cuerpo de Cristo en el mundo. El Concilio Vaticano II nos recuerda, con San León Magno, que “la participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no hace otra cosa sino transformarnos en aquello que recibimos” (LG 26).

 

Esta transformación eucarística de la Iglesia en el cuerpo de Cristo tiene una doble dimensión: “nos une a Cristo y a los hermanos”. La eucaristía nos une de tal modo a Jesucristo que nos hace “participar” de su vida y nos “transforma” en su cuerpo, a través del cual Él continúa vivo y operante en la historia y, por la fuerza del Espíritu, lleva adelante la salvación del mundo. Por la eucaristía, la Iglesia es asociada a la misión de Jesús de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Esta misión se va concretando en la vida fraterna y en el cuidado de la casa común, y tiene en los caídos al borde del camino (Lc 10, 25-37) o en las necesidades de la humanidad sufriente su medida y su criterio escatológicos (cf. Mt 25, 31-46).

 

De ahí el vínculo esencial e indisoluble entre la comunión con el Señor (cena eucarística) y la participación en su misión salvífica en el mundo (vida fraterna, cuidado de la casa común, compromiso con los pobres y marginados), como tantas veces cantamos en nuestras celebraciones: “el pan de vida, la comunión, nos une a Cristo y a los hermanos”; “solo comulga en esta cena quien comulga en la vida del hermano”… Y en esto reside la dimensión social y profética de la cena del Señor: ella no nos aliena del mundo ni nos convierte en cómplices de las injusticias sociales, sino que, por el contrario, nos hace participar de la misión de Jesucristo, comprometiéndonos con los pobres y marginados de este mundo.

 

En una de sus homilías más proféticas, san Juan Crisóstomo insiste en el vínculo esencial entre la participación en la cena del Señor y el cuidado de los pobres. No se puede separar el cuerpo de Cristo que está en el altar del cuerpo de Cristo que está en el pobre:

 

“No penséis que basta para nuestra salvación traer a la Iglesia un cáliz de oro y pedrería después de haber despojado a viudas y huérfanos […] Si de verdad quieres honrar el cuerpo de Cristo, no permitas que esté desnudo. No lo honres aquí con vestiduras de seda, mientras afuera lo dejas padecer frío y desnudez. Porque el mismo que dice ‘este es mi cuerpo’, es quien dijo ‘me viste hambriento y no me diste de comer’ […] Aprendamos, pues, a pensar con discernimiento y a honrar a Cristo como Él quiere ser honrado […] ¿De qué le sirve al Señor que su mesa esté llena de oro, si Él se consume de hambre? ¿Y de qué sirve cubrir su altar con paños bordados en oro, si ni siquiera le procuras el abrigo indispensable?”

 

Existe un vínculo esencial entre la cena del Señor y el lavatorio de los pies. En la feliz expresión de Van Waelderen, un hermano de tradición reformada: “no hay eucaristía sin lavatorio de los pies”. No por casualidad, al rezar por la Iglesia en la eucaristía, suplicamos: “Danos ojos para ver las necesidades y los sufrimientos de nuestros hermanos y hermanas; inspíranos palabras y acciones para confortar a los desanimados y oprimidos; haz que, a ejemplo de Cristo, nos comprometamos lealmente en su servicio…”. Es que la presencia real de Cristo en la eucaristía es inseparable de la presencia real de Cristo en el pobre.

 

La súplica que hacemos en la celebración de la eucaristía para ser transformados en el cuerpo de Cristo debe hacerse realidad en nuestra vida. Y, si realmente somos el cuerpo de Cristo, recordaba Francisco, “seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de Magdalena; seremos su mano que socorre a los enfermos en el cuerpo y en el espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliación, de misericordia y de comprensión”. En esto se manifiesta el milagro, la eficacia y el poder transformador de la eucaristía en nuestras vidas: en transformarnos en aquello que comulgamos: el cuerpo de Cristo. En esto se manifiesta la dimensión social y profética de la eucaristía: en comprometernos radicalmente con la fraternidad y la justicia socioambiental a partir de los pobres y marginados, con quienes Jesucristo mismo se identificó.

 

Publicado en: https://portaldascebs.org.br/dimensao-social-e-profetica-da-eucaristia/

 

* Traducido por Amerindia.

La Universidad Ante la Cultura de la Inteligencia Artificial

[Por: Alberto Embry]

 

La irrupción de la inteligencia artificial no constituye únicamente una innovación tecnológica aplicada a la educación superior, sino un acontecimiento cultural de alcance civilizacional que obliga a repensar la misión histórica de la universidad, la relación entre profesor y estudiante, la estructura misma de la investigación académica, el lugar de las bibliotecas, la legitimidad de las autoridades intelectuales y el acceso global al conocimiento. Este artículo sostiene que la Cultura de la Inteligencia Artificial inaugura una transformación antropológica, epistemológica y ética capaz de desplazar a la universidad desde un modelo tradicional centrado en la administración, acumulación y transmisión del saber hacia una misión orientada a la expansión colaborativa global del pensamiento humano, la justicia cognitiva global y la construcción responsable de una inteligencia colectiva planetaria. Desde una perspectiva filosófica, teológica y educativa, el texto propone que la universidad contemporánea se encuentra ante un discernimiento histórico: resistir defensivamente la nueva cultura cognitiva emergente o convertirse en laboratorio crítico de una nueva etapa del pensamiento humano. Esta transformación no debe ser leída como sustitución tecnocrática del ser humano, o de los procesos cognitivos, sino como oportunidad históricamente ética para ampliar las capacidades de comprensión, creatividad, investigación, cooperación y discernimiento, siempre bajo criterios de dignidad humana, bien común, apertura del conocimiento, responsabilidad social y protección frente a los riesgos de dependencia cognitiva, concentración corporativa, vigilancia, desigualdad epistémica y colonialismo algorítmico.

 

Descargue el artículo.

El Papa y el capitalismo de última generación

[Por: Jorge Costadoat]

Hace 135 años, León XIII publicó la encíclica Rerum novarum, con la cual la Iglesia salió al paso de los efectos perversos de la Revolución Industrial, en particular de la explotación de los trabajadores. El Papa atribuía al capitalismo la motivación de esa época y lo condenaba por igual que al comunismo. Hoy, el papa León XIV firma Magnifica humanitas. No tiene ante sí el marxismo, sino la última generación del capitalismo de los big data, los algoritmos y la inteligencia artificial, factores de injusticias actuales y futuras impredecibles. Esta crítica no es el único asunto del documento, pero, desde la Doctrina Social de la Iglesia, debe vérsela como la principal.

 

El panorama es inquietante. Se eleva ante millones de seres humanos un poder tecnológico que se expande sin límites claros, en manos de privados multimillonarios difíciles de controlar por los Estados. La concentración de poder es espeluznante. La inteligencia artificial demanda una enorme cantidad de recursos, a la vez que su impacto en las sociedades y en las personas será incalculable.

 

Lo que más preocupa esta vez es la acumulación de poder sobre la verdad. Inquieta que grandes empresas incidan en la producción de información y conocimiento, engañando a sus usuarios por la mera ignorancia de estos. La IA se presenta como un instrumento neutral y objetivo. No lo es. No es que mienta, pero toda interpretación de la realidad lleva las huellas digitales de su autor y, en este caso, la autoría corresponde a los propietarios de las máquinas. “Venden verdad”, como pueden hacerlo los libros en las librerías o las universidades, pero pueden ocultar cómo la producen, incluso sin mala intención, simplemente porque sus creadores son seres humanos.

 

Son máquinas inteligentes. No se diga que carecen de emociones y motivaciones. Son capaces de orientar interesadamente las decisiones de las personas e instituciones que las utilizan. Su servicio a la verdad merece, pues, interrogantes. Esta podría llamarse “la encíclica de la sospecha”. Así como Freud desentierra las motivaciones inconscientes de la mente, Marx alerta contra los medios de producción y Nietzsche desenmascara las pretensiones de verdad que encubren una voluntad de poder, León XIV protege a las eventuales víctimas de “la verdad”. Y, por el contrario, celebra cuando ese servicio contribuye al desarrollo del bien común.

 

La situación guarda una inquietante semejanza con la denunciada por León XIII. A fines del siglo XIX, los trabajadores ignoraban con frecuencia los mecanismos mediante los cuales eran explotados. Hoy, millones de personas ignoran los mecanismos mediante los cuales sus opiniones, preferencias y decisiones pueden ser condicionadas. Entonces se explotaba a los trabajadores; ahora se puede abusar de la capacidad humana de comprender y juzgar la realidad.

 

Magnifica humanitas hace un llamado ético no solo a los dueños de los instrumentos digitales y de la IA, sino también a la política y a los Estados. Estos deben controlar los posibles abusos y establecer reglas transnacionales de regulación. Se requiere una acción mancomunada internacional de protección de personas y pueblos.

 

Es sabido que la Doctrina Social de la Iglesia no propone un modelo económico en particular. Pero en todas las encíclicas se insiste en un principio fundamental: la propiedad universal de los bienes. Estos, señalan especialmente los últimos pontífices, no son solo las tierras y las aguas, sino también los bienes generados por la inteligencia humana. La ciencia y las mejores tecnologías han sido inventadas y construidas por seres humanos bajo el mandato del Creador de compartirlas. No debe olvidarse que la propiedad privada, según la enseñanza de la Iglesia, no es más que un instrumento, entre otros, para compartir la creación.

 

No es casual que León XIV se haya dejado acompañar por Christopher Olah, cofundador de Anthropic, al presentar la encíclica. El Papa no respalda empresas, pero distingue entre las que son movidas por un interés ético y las que no. No condena la inteligencia artificial, pero advierte sobre la necesidad de interrogar al servicio de quién se la desarrolla.

 

La auctoritas moral de León XIV

[Por: Juan José Tamayo]

Durante los primeros meses del pontificado de León XIV, sus gestos, actuaciones, discursos, su pensamiento, su forma de gobernar la Iglesia católica y hasta su propio carácter no fueron valorados autónomamente, sino en comparación con el modo de pensar, de vivir, de hablar y de actuar de su predecesor y mentor el papa Francisco. Dependía del sector ideológico que hiciera la comparación para que el juicio sobre el nuevo inquilino del Vaticano fuera favorable o desfavorable.

 

Los sectores conservadores valoraron positivamente su moderación y equilibrio, contraponiéndolos a la sobreactuación de Francisco. Los integristas lo acusaron enseguida de ser discípulo de Francisco, de seguir miméticamente su programa y de dinamitar los valores cristianos tradicionales. Los progresistas valoraron positivamente su continuidad con la opción por los pobres y la práctica liberadora de su predecesor, así como su ubicación en el Sur global, si bien criticaron su falta de radicalidad en la denuncia de las injusticias y la escasa dimensión política de su discurso.

 

Creo que ya es hora de valorar a León XIV por sí mismo, sin establecer comparaciones que, si bien no tienen por qué ser odiosas, en este caso pueden no hacerle justicia. A este propósito me gustaría recordar dos palabras latinas que tienden a confundirse y que, sin embargo, poseen diferente significado: potestas y auctoritas, ambas procedentes del Derecho Romano, y aplicarlas al papa actual.

 

La potestas se confiere a una persona por el cargo oficial que ocupa. La auctoritas define la autoridad moral de una persona, el prestigio que se le reconoce socialmente, el respeto que merece por sus cualidades personales, intelectuales o morales y la capacidad de influir en la gente sin necesidad de imposición alguna.

 

Los primeros meses del pontificado de León XIV fueron de aterrizaje, tanteo y ubicación en la nueva responsabilidad al frente de cerca de 1500 millones de creyentes -muchos solo de nombre- que tiene la Iglesia católica en el mundo. Suceder a Francisco no resultaba fácil dada la arrolladora personalidad del papa argentino. León XIV nunca lo pretendió. Además, fue Francisco quien le nombró obispo primero de la diócesis peruana de Chiclayo y luego cardenal presidente del dicasterio del nombramiento de obispos, uno de los más importantes y decisivos junto con el de la Doctrina de la Fe. Durante los meses de aterrizaje se puede decir que León XIV tuvo la potestas que le conferían los cargos de Sumo Pontífice y Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano.

 

Pero poco a poco ha llegado a tener una auctoritas moral sobre todo por sus pronunciamientos en favor de la paz en un momento en el que el mundo se ha convertido en un coloso en llamas con cerca de 100 países implicados en conflictos bélicos, y en el que Putin, Netanyahu y Trump han hecho saltar por los aires el Derecho Internacional y los derechos humanos con la bendición de sectores cristianos fundamentalistas  de las diferentes Iglesias  -católica, protestante, ortodoxa- y judíos ultraortodoxos. Putin declaró la guerra a Ucrania para apoderarse de parte de su territorio y está causando miles de muertos con el apoyo del patriarca Kiril.

 

Netanyahu ha provocado el genocidio en Gaza con el asesinato de cerca de 75.000 personas, en su mayoría mujeres, niños, niñas y personas ancianas, ha transgredido el acuerdo de paz y continúa asesinando a la población gazatí y defiende la ocupación de los colonos judíos de cada vez más tierras en Cisjordania. Está llevando a cabo intervenciones militares en el Líbano que siembran la destrucción, los desplazamientos y los asesinatos de miles de civiles. Justifica tamañas agresiones apelando a textos bíblicos leídos de manera fundamentalista y cuenta con el apoyo del 95% de la población israelí y del sionismo judío y cristiano.

 

Trump ha intervenido militarmente en Venezuela, ha secuestrado impunemente a Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, y a su esposa, y en la operación, ha asesinado a decenas de personas. ¿Motivo? No la “restauración” de la democracia, sino la apropiación del petróleo y de otros bienes del país. Ha llevado a cabo, junto con Netanyahu, la intervención militar en Irán con el asesinato del líder de Consejo de la Revolución y de miles de ciudadanos y ciudadanas iraníes. En dicha operación ha contado con el respaldo de un grupo de pastoras y pastores evangélicos fundamentalistas que le impusieron las manos y rezaron con él en el Despacho Oval por el éxito de la invasión militar.  

 

En dirección contraria a la postura belicista del patriarca de la Iglesia ortodoxa, Kiril, de los pastores evangélicos fundamentalistas y del sionismo judío y cristiano se está posicionando el papa León XIV, que ha convertido la defensa de la paz en la prioridad de su pontificado, poniendo así en práctica su propuesta de “una paz desarmada y desarmante”, que ya expresara en el discurso pronunciado tras su elección papal.

 

Se ha pronunciado contra la intervención militar en Irán y ha calificado de “verdaderamente inaceptable” la amenaza irracional de Trump de destruir la civilización persa. Ante la infundada acusación que le ha dirigido Trump de estar de acuerdo con que Irán tenga armas nucleares ha manifestado su rotunda oposición a dichas armas.

 

En clara referencia a Trump y a Netanyahu ha afirmado que “el mundo está siendo destruido por un grupo de tiranos” y ha condenado que usen el nombre de Dios para justificar tamaña destrucción. Ha condenado enérgicamente la atrocidad de la guerra que amenaza con desembocar en una barbarie y ha expresado su preocupación por la debilidad del multilateralismo y porque se esté sustituyendo la diplomacia a través del dialogo y la búsqueda del consenso por la diplomacia basada en la fuerza.

 

Los insultos y descalificaciones de Trump no le han amedrentado; todo lo contrario: “seguiré hablando fuerte contra la guerra”, le ha respondido. Ahora mismo León XIV es, a mi juicio, el principal y más creíble adversario moral de Trump y de Netanyahu. Ha pasado de tener la potestas que le da el cargo papal a gozar de la auctoritas moral por su enérgica condena de la guerra y de sus efectos destructivos para la humanidad. A la hermenéutica belicista y mortífera de los textos bíblicos utilizada por Trump y Netanyahu para justificar sus intervenciones militares el papa opone una hermenéutica pacifista en favor de la vida.

 

Creo necesario poner en valor el posicionamiento evangélico, ético y político de León XIV frente a la barbarie de los señores de la guerra que están convirtiendo el mundo en un coloso en llamas y ante el silencio de no pocos gobernantes europeos, que miran cínicamente hacia otro con una actitud falsamente neutral y cínicamente calculada, sin ser conscientes -o quizá sí- de que con ese silencio están legitimando igualmente la barbarie.

Juan José Tamayo: “La Región de Murcia es el laboratorio de la alianza entre extrema derecha, política y religiosa”

[Por: L. O. Pedro J. Navarro | Redes Cristianas]

El palentino visita hoy Murcia para presentar su último libro, ‘Política y religión’, en el que analiza la alianza de la extrema derecha y los integrismos cristianos.

 

El teólogo Juan José Tamayo presenta este mediodía, a las 12.30 horas, en la sede de Podemos Región de Murcia (calle Cartagena), su nuevo libro, Política y religión (Tirant Lo Blanch, 2026), una obra que llega en un momento de máxima polarización social y que analiza con precisión quirúrgica la alianza creciente entre extrema derecha e integrismos cristianos.

 

En esta conversación con La Opinión, Tamayo aborda fenómenos como el cristoneofascismo, sitúa a la Región de Murcia como uno de sus laboratorios más visibles y reivindica un cristianismo laico y liberador, anclado en la figura histórica de Jesús de Nazaret. También reflexiona sobre los riesgos de la inteligencia artificial y valora los últimos gestos del Papa León XIV, a quien considera ya una de las voces morales más sólidas frente a la guerra y las nuevas formas de dominación global.

 

¿En qué momento cree que nos encontramos en la relación entre política y religión?

 

La relación entre política y religión no es nueva ni coyuntural: viene de lejos, desde la Grecia clásica hasta nuestros días. Son dos realidades que se entrecruzan inevitablemente en la vida personal y colectiva de los pueblos. A lo largo de la historia han convivido momentos de separación, de colaboración y también de conflicto abierto. Hoy vivimos un escenario especialmente delicado: una polarización creciente tanto en el ámbito político como en el religioso. Esa polarización condiciona la calidad democrática y determina si la política se orienta al bien común o a intereses particulares; si la religión se convierte en fuerza liberadora o en legitimación del poder.

 

Entonces la pregunta clave puede ser si la religión debe quedar recluida en lo privado o si puede tener presencia pública.

 

Yo defiendo una presencia pública liberadora, respetuosa con la autonomía de la política, la ciencia, la cultura y el arte, pero comprometida con los sectores populares. Lo contrario –la religión como legitimadora del poder– ya lo vivimos durante el franquismo, y sus consecuencias fueron devastadoras.

 

En el libro habla del ‘cristoneofascismo’. ¿Cómo define esa alianza y por qué la considera una internacional del odio?

 

El concepto surgió en 2019, durante un curso de teología de la liberación en Curitiba, en Brasil. Un alumno me dijo: «En la Iglesia nos prohíben hablar de política y Bolsonaro se pasa el día haciendo teología». Ese contraste me llevó a definir a Bolsonaro como el ‘teólogo y predicador del cristoneofascismo’, porque utilizaba el lenguaje religioso para legitimar políticas autoritarias. Después, viajando por América Latina y Europa, comprobé que no era un fenómeno aislado: el golpe de Estado en Bolivia con apoyo de sectores católicos conservadores; Salvini exhibiendo crucifijos y rosarios en Italia; la alianza entre Vox y asociaciones ultracatólicas en España… Todo ello configura una alianza internacional entre extrema derecha política y fundamentalismos cristianos —evangélicos y católicos— legitimada por el pensamiento neoconservador y el neoliberalismo. Es una ‘internacional del odio’ porque comparten un programa común basado en el rechazo: odio al feminismo (llegan a llamar ‘feminazis’ a las mujeres feministas), odio a la inmigración expresado en xenofobia y racismo, negación del cambio climático, rechazo al matrimonio igualitario, odio hacia las personas LGTBIQ+, islamofobia y antisemitismo… Es una inversión absoluta de los valores cristianos: donde el cristianismo propone amor, ellos proponen odio; donde propone perdón, ellos proponen venganza; donde propone hospitalidad, ellos levantan muros.

 

En su texto menciona a la Región de Murcia como un caso paradigmático. ¿Qué papel juega en este fenómeno?

 

La Región de Murcia funciona como un laboratorio donde se experimenta el programa de la extrema derecha política y religiosa. El pin parental, impulsado bajo presión de Vox, o las medidas contra centros de acogida de menores son ejemplos de cómo ese ideario se traduce en políticas concretas. Pero también quiero subrayar que en Murcia existe una respuesta cristiana y ciudadana muy coherente, que no siempre recibe la visibilidad que merece. Colectivos cristianos –y también musulmanes– han defendido la educación integral, la hospitalidad y la acogida. La ILP para la regularización de personas migrantes, promovida por Cáritas, es un ejemplo de compromiso evangélico auténtico. El problema es que los medios amplifican las movilizaciones racistas o antifeministas, pero no colocan en primera página las iniciativas solidarias. La polarización no la generan quienes defienden la dignidad humana, sino quienes promueven discursos de odio.

 

Una de las tesis más llamativas del libro es presentar a Jesús de Nazaret como un judío laico. ¿Cómo ayuda esa visión a defender la compatibilidad entre cristianismo y Estado laico?

 

Jesús no pertenecía a ninguna familia sacerdotal, no fue funcionario del templo ni tuvo reconocimiento oficial como rabino. Su vida pública no se desarrolló en el templo, sino en los caminos, las aldeas y las ciudades de Galilea, en el espacio cívico. Fue un creyente laico que vivió su fe desde la tradición profética, sapiencial y apocalíptica.

 

Su actitud fue profundamente crítica con los pilares de la religión oficial, ya que criticó los lugares sagrados, los tiempos sagrados, las acciones sagradas y a las autoridades religiosas.

 

Sus grandes conflictos no fueron con la religión, sino con el poder político imperial, que finalmente lo condenó. Frente al imperio, Jesús propuso el Reino de Dios, que se realiza mediante prácticas de liberación. Además, puso en marcha un movimiento igualitario de hombres y mujeres, algo revolucionario para su tiempo. No podemos decir que fuera feminista en sentido moderno, pero sí que su movimiento nace de un colectivo de mujeres. Por todo ello, sostengo que no hay contradicción entre cristianismo y laicismo. El laicismo garantiza la libertad de conciencia y evita que las religiones se conviertan en cogobernantes o colegisladoras.

 

¿Por qué cree que ciertos sectores de la jerarquía siguen tachando el laicismo de fundamentalismo laicista?

 

Por una falsa imagen del laicismo y por la persistencia del clericalismo, que pretende seguir controlando la vida política, legislativa y social. El laicismo defiende la independencia de la política respecto a cualquier tutela religiosa, la libertad de conciencia (creer o no creer) y la responsabilidad personal en materia de fe. Todas las instituciones son laicas, y eso no es una amenaza para la religión, sino su mejor garantía de libertad.

 

¿Qué opinión tiene sobre León XIV y sus intervenciones de los últimos tiempos?

 

La verdad es que los últimos gestos de León XIV me han impresionado profundamente. Su encíclica Magnifica humanitas me ha parecido un documento de enorme calado, y creo que en estos meses ha logrado algo que no tenía al inicio de su pontificado: convertirse en una auténtica autoridad moral a nivel mundial. Esto se debe, sobre todo, a su reacción firme frente a los señores de la guerra –Netanyahu, Trump y otros líderes que alimentan la lógica bélica– y a su afirmación rotunda de que no existen guerras justas, que lo único defendible es una paz justa, desarmada y desarmante. Esa claridad ética le ha dado una fuerza que antes quizá no se percibía, en parte porque aún estaba reubicándose en su nuevo papel y porque la sombra de Francisco, con su personalidad tan arrolladora, era muy alargada. Durante meses se le juzgó siempre en comparación con él, casi siempre para situarlo por debajo.

 

Pero reconocerá que eso ha cambiado y que la encíclica es un buen ejemplo de ello.

 

En efecto. Con su postura inequívoca contra la guerra, León XIV se ha convertido, a mi modo de ver, en la figura con mayor auctoritas moral del panorama internacional. Y la encíclica lo confirma: es un texto que lo sitúa entre los grandes defensores de la dignidad humana, especialmente de la dignidad de quienes más la ven vulnerada: los empobrecidos, los oprimidos, los pueblos sometidos a sistemas de dominación como el capitalismo, el colonialismo, el patriarcado o el imperialismo, hoy más fuertes que nunca. Además, el documento tiene una dimensión histórica en relación con la inteligencia artificial. Puede marcar un rumbo nuevo para la humanidad, porque no se limita a describir los riesgos tecnológicos, sino que analiza sus consecuencias en la educación, el trabajo, la gobernanza, los derechos humanos o la vida social. Si se siguen las orientaciones que propone, la IA podría ponerse al servicio de la mejora de la vida humana, y no al revés. En definitiva, creo que estamos ante un pontificado que ha encontrado su voz y su lugar, y que está ofreciendo una lectura profundamente humanista, crítica y liberadora del momento histórico que vivimos.

 

¿Qué espera de la visita del Papa León XIV a España?

 

Más que esperanza, es un deseo: que el Papa ponga sobre la mesa los grandes problemas de la sociedad española y de la Iglesia. En cuanto a ésta, renunciar a los privilegios derivados de los acuerdos con la Santa Sede, devolver los bienes inmatriculados indebidamente, abrir las comunidades a migrantes, refugiados y colectivos LGTBIQ+, situarse del lado de los empobrecidos, así como pagar indemnizaciones justas a las víctimas de pederastia. Y para la política, combatir la corrupción, condenar a la extrema derecha por antidemocrática y por defender valores contrarios a la democracia y al Evangelio, garantizar el derecho a la vivienda y afrontar la injusticia estructural y las desigualdades crecientes. Si la visita sirve para eso, habrá cumplido una función histórica.

La Magnifica Humanitas del Papa León XIV: nueva visión y nuevo estilo pontificio

[Por: Leonardo Boff]

Al terminar la lectura de la primera encíclica del Papa León XIV, notamos, con sorpresa, la introducción de un nuevo estilo de argumentación: ya no es aquel estilo eclesiástico clásico, con numerosas referencias a los pensadores cristianos de los primeros siglos, sino uno nuevo, contemporáneo, que dialoga con diversos saberes y autores, hombres y mujeres, más allá de su origen confesional. Nos parece estar leyendo un texto de algún teólogo contemporáneo.

 

Ante todo, cabe subrayar el tono general esperanzador de la encíclica al abordar un tema tan controvertido y espinoso como la Inteligencia Artificial (IA). Pero es realista al describir la situación mundial de permanente beligerancia: “no se trata de una descripción sombría y pesimista, sino de una denuncia necesaria” (MH, 210). Esa denuncia se vuelve cristalina cuando se refiere a “bombardeos contra civiles, ataques a hospitales, escuelas o infraestructuras vitales, violencias que afectan a niños… escándalos que hieren a la propia humanidad” (MH, 216). Es como si estuviera refiriéndose a los crímenes del ejército israelí en la Franja de Gaza. Asume la mirada de las víctimas “pues no es justo permanecer neutrales frente a los conflictos” (MH, 216).

 

Pero al abordar directamente el desafío de la IA, de manera positiva, afirma enseguida que ella continúa siendo siempre artificial y jamás sustituye a la inteligencia natural (MH, 97). Sin embargo, “puede representar una forma de participación en el acto divino de la creación” (MH, 111). Este dato implica que debe asumir “una responsabilidad ética y espiritual especial, pues cada elección de diseño expresa una visión de humanidad” (MH, 111; 117; 129). De hecho, este punto es decisivo en la comprensión del Papa: no basta considerar si la técnica y la IA son buenas o malas, y si sus fines son buenos, sino esclarecer “la visión subyacente, si ellas tratan al ser humano como material a ser perfeccionado o superado… o favorecen su progreso moral y social” (MH, 117). La IA “no es moralmente neutra, pues todo artefacto técnico implica decisiones y prioridades: qué mide, qué ignora, qué optimiza y la forma en que clasifica a las personas y las situaciones… Debe preguntarse: ¿cómo es el diseño?, ¿qué idea de persona y de sociedad se inscribe en los datos y en los modelos que la guían?” (MH, 104). Ella es “intrínsecamente ambigua: puede defender tanto como atacar, y la frontera entre la protección y la agresión tiende a desdibujarse” (MH, 183).

 

Es en este punto donde el Papa León realiza una crítica contundente a dos ideologías: el transhumanismo y el poshumanismo. Estos “otorgan centralidad total a la técnica y al sueño de superar los límites de la condición humana” (MH, 116). El transhumanismo busca exacerbar exponencialmente las capacidades humanas (mediante la biomedicina, la ingeniería corporal y los algoritmos) para ser más eficiente y así alcanzar ventajas lucrativas. El “pretende ir más allá del ser humano y conectarlo de tal modo con la máquina y el medio ambiente que inaugure una nueva etapa de la evolución” (MH, 116). Aquí se menosprecian los límites naturales del ser humano y se promete una “salvación” puramente técnica (MH, 117). Podemos decir que hoy, como varios analistas han señalado, predomina una idolatría de la técnica, una verdadera religión. Entre nosotros lo ha denunciado públicamente nuestro neurocientífico, mundialmente conocido, Miguel Nicolelis.

 

Sería largo comentar los diversos puntos abordados por la encíclica Magnifica Humanitas. Prácticamente, su abanico se extiende desde las filosofías de la vida, pasando por la política (los diversos radicalismos), la economía (la financiarización y las criptomonedas), el rescate del corazón, la educación, la importancia del imaginario social, la cuestión del trabajo y la ecología, desembocando en las utopías basadas en la cultura digital, tecnológica y cibernética y, finalmente, en la civilización del amor. Esta “no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente” (MH, 186).

 

Esquemáticamente, es visible el trasfondo intelectual, teológico y espiritual del actual Papa. Se funda en San Agustín (354-430), inspirador de su Orden Religiosa (los agustinos). Como es sabido, el obispo de Hipona, uno de los genios del pensamiento occidental, articula su visión de la historia en el juego dialéctico entre las dos ciudades y los dos amores (129-130): la ciudad terrenal y la ciudad celestial, el amor a Dios y al prójimo y el amor a sí mismo. Bíblicamente significa: construir Babel, prototipo del ser humano que soberbiamente solo piensa en sí mismo, olvidando a Dios, y reconstruir Jerusalén, ejemplo del ser humano que hace la historia pensando en Dios y, a partir de Él, en sí mismo (MH, 130).

 

León XIV actualiza esta dialéctica con aquello que está ocurriendo actualmente: un sistema de vigilancia y control sobre las poblaciones, propuesto por algunas plataformas digitales, especialmente la más perversa de todas, Palantir (controlar a todas las personas de un país y usar la IA para la guerra), y el sistema del cuidado del ser humano, de su relación respetuosa con la naturaleza y de la fraternización universal entre los seres humanos y de estos con el Todo. Toda su reflexión presupone este enfrentamiento actual. Toma partido claramente por el cuidado, por el amor desinteresado, por la mirada de las víctimas, de los pobres y de los oprimidos.

 

Nos presenta un texto contemporáneo, muy actual, con el lenguaje de nuestro tiempo y por ello accesible a todos, sin sacrificar la gravedad y la profundidad de las cuestiones que deben ser pensadas, asumidas y encaminadas de modo que generen esperanza en la posibilidad de un mundo diferente, afectuoso, amigo de la naturaleza y abierto al Infinito.

 

Concluyendo, podemos afirmar que el actual Papa, en la estela de San Agustín y de la gran tradición doctrinal de la Iglesia sobre las cuestiones sociales (resumidas en la encíclica MH nn. 28-44), vuelve a proponer el tema de la civilización del amor (término acuñado por el Papa Pablo VI). Así la define: “consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y considerar al otro —sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común… Solo este amor puede generar un orden internacional estable, transformando la convivencia de una simple coexistencia armada en una comunidad de destino” (MH, 186).

 

Leonardo Boff escribe para la revista digital LIBERTA del ICL (https://www.revistaliberta.com.br); escribió también El cuidado necesario: en la vida, en la salud, en la educación, en la ecología, en la ética y en la espiritualidad, Vozes, 2012 (https://www.leonardoboff.org).

Guía de lectura de Magnifica Humanitas

[Por: Laussomet & Editores]

Propuesta para el trabajo de grupos. Una guía para acompañar la lectura comunitaria de la encíclica Magnifica Humanitas el Papa León XIV. Para dialogar, profundizar y traducir sus enseñanzas en compromisos concretos…

 

Descargue la guía.

La batalla informativa que está frenando la transición energética en 2026

[Por: papernest.es]

La transición energética ya no depende solo de paneles solares, redes eléctricas o inversiones millonarias. También está condicionada por el ecosistema informativo que moldea la percepción pública. Mientras la ONU alerta sobre el aumento de fenómenos extremos y enfermedades asociadas al calentamiento global, figuras mediáticas sin formación científica acumulan millones de visualizaciones difundiendo mensajes simplificados, sin contraste informativo o directamente falsos. El resultado es un deterioro progresivo de la confianza social en la evidencia científica, justo cuando países alrededor del mundo aceleran sus objetivos de descarbonización…

 

Decargue el artículo.

Magnifica Humanitas do Papa Leão XIV: nova visão e novo estilo pontifício

[Por: Leonardo Boff]

Ao acabar a leitura da primeira encíclica do Papa Leão XIV notamos, com surpresa, a introdução de um novo estilo de argumentação: não é mais aquele eclesiástico clássico, com muitas referências aos pensadores cristãos dos primeiros séculos. Mas um novo, contemporâneo, que dialoga com os vários saberes e autores, homens e mulheres, para além de sua origem confessional. Parece-nos estar lendo um texto de algum teólogo contemporâneo.

 

Antes de tudo, cabe sublinhar o tom geral esperançoso da encíclica ao abordar um tema tão controverso e espinhoso como o da Inteligência Artificial (IA). Mas é realista ao descrever a situação mundial de permanente beligerância:”não se trata de uma descrição sombria e pessimista, mas de uma denúncia necessária”(MH,210). Essa denúncia se torna cristalina quando se refere a“bombardeios contra civis, ataques a hospitais,  a escolas ou a infraestruras vitais, violências que afetam crianças…escândalos que ferem a própria humanidade”(MH,216). É como se estivesse se reportando aos crimes  do exército israelense na Faixa de Gaza. Assume o olhar das vítimas “pois não é justo permancermos neutros  face aos conflitos (MH,216).

 

Mas ao abordar diretamente o desafio das IA, positivamente, logo afirma que ela continua sempre ser artificial e jamais substitui a natural (MH,97). No entanto “ela pode representar “uma forma de participação do ato divinino da criação” (MH,111). Esse dado implica que ela deve assumir “uma responsabilidade ética e espiritual especial, pois cada eleição do desenho, expressa uma visão de humanidade” (MH,111;117;129). Aliás, este ponto é decisivo, na compreensão do Papa:não basta considerar se a técnica e  IA são  boas ou más e seus fins bons, mas tirar a limpo “a visão subjacente, se elas tratam o ser humano como material a ser aperfeiçoado ou a superar…ou o seu progresso moral e social” (MH,117). A IA “não é moralmene neutra, pois todo artefato técnico implica decisões e prioridades: o que mede, o que ignora, o que otimiza e a forma como classifica as pessoas e as situações…Deve-ser perguntar “como é o desenho, que ideia de pessoa e de sociedade se inscreve nos dados e nos modelos que a guiam” (MH,104). Ela é “intrinsecamente ambigua, pode defender como atacar ou a fronteira entre a proteção e a agressão  tende a se esfumar”(MH,1832).

 

É nesse ponto que o Papa Leão faz uma crítica contundente a duas ideologias, o transhumanismo e o poshumanismo. Estes “dão centralidade total  à técnica e ao sonho de superar os limites da condição humana”(MH,116). O transhumanismo quer esponencialmente exacerbar as capacidades humanas (pela biomedicina,engenharia corporal, algoritmos) para ser mais eficiente e assim alcançar vantagens lucrativas. O poshumanismo “visa ir além do ser humano e conectá-lo de tal forma à máquina e ao meio ambiente que inauguraria  uma nova etapa da evolução” (MH,116). Aqui se menosprezam os limites naturais do ser humano e se promete uma “salvação” puramente técnica”(MH 117). Podemos dizer que hoje, como vários analistas tem apontado, vigora uma idolatria da técnica, uma verdadeira religião. Entre nós o tem denunciado publicamente, nosso neurocientista, mundialmente conhecido Migual Nicolelis.

 

Seria longo comentar os diversos pontos abordados pela encíclica Magnifica Humanitas. Praticamente seu leque se estende das filosofias da vida, passando pela política (os vários radicalismos) pela economia (financeirização e as criptomoedas), pelo resgate do coração, pela educação, pela importância do imaginário social, pela questão do trabalho e da ecologia, desembocando nas utopias com base na cultura digital, tecnológica e cibernética e finalmente  na civilização amor. Esta “não é uma utopia ingênua, mas um projeto exigente” (NH 186).

 

Esquematizando, é visível o background intelecutal, teológico e espiritual do atual Papa. Ele se funda em Santo Agostinho (354-430), inspirador de sua Ordem Religiosa (agostinianos). Como é sabido, o bispo de Hipona, um dos gênios do pensamento ocidental, articula sua visão da história no jogo dialético entre as duas cidades e os dois amores (129-130): a cidade terrenal e a cidade celeste, o amor a Deus e ao próximo e o amor a si mesmo. Biblicamente significa: construir a Babel, protótipo do ser humano que soberbamente só pensa em si, olvidando Deus, e reconstuir Jerusalém, exemplo do ser humano que faz a história pensando em Deus e a partir dele em si mesmo (MH,130).

 

Leão XIV atualiza esta dialética com aquilo que está ocorrendo atualmente: um sistema de vigilância e controle sobre as populações, proposto por algumas plataformas digitais, especialmente a mais perversa de todas, a Palantir (controlar todas pessoas de um país e usar a IA para a guerra) e  o sistema do cuidado do ser humano, de sua relação respeitosa para com a natureza e a confraternização universal entre os humanos e estes com o Todo.Toda sua reflexão pressupõe este enfrentamento atual. Toma partido claramente pelo cuidado, pelo amor desinteressado, pelo olhar das vítimas, dos pobres e oprimidos.

 

Apresenta-nos um texto contemporâneo, atualíssimo, com a linguagem de nosso tempo e por isso acessível a todos, sem sacrificar a gravidade e a profundidade das questões a serem pensadas, assumidas e encaminhadas de forma a gerarem esperança na possibilidade de um mundo diferente, afetuoso, amigo da natureza e aberto ao Infinito.

 

Concluindo podemos afirmar que o atual Papa, na esteira de Santo Agostinho e da grande tradição doutrinária da Igreja sobre as quetões sociais (resumidas na encíclica MH nn.28-44), repropõe o tema da civilização do amor (termo cunhado pelo Papa Paulo VI). Ele assim a define:”consiste traduzir a caridade em estruturas de justiça, em dar corpo institucional à fraternidade e considerar o outro – seja pessoa ou povo – como um aliado necessário para a construção do bem comum…Só este amor pode gerar uma ordem internacional estável, transformando a convivência de uma simples coexistênia armada, numa comunidade de destino”(MH,186).

 

Leonardo Boff escreve para a revista digial LIBERTA do ICL (https://www.revistaliberta.com.br); escreveu também O cuidado necessário:na vida, na saúde,na educação, na ecologia, na ética e na espiritualidade, Vozes 2012 (https://www.leonardoboff.org).