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Mojar las raíces en nuestra propia fuente

[Por: Leonardo Boff]

No hay como negar que estamos en el centro de una formidable crisis planetaria. Nadie sabe hacia dónde vamos. Es aconsejable visitar a historiadores que normalmente tienen una visión holística y una sutil percepción de las principales tendencias de la historia. Cito uno que considero de los más inspiradores, Eric Hobsbawn, en su conocido libro-síntesis La Era de los Extremos (1994). Concluye sus reflexiones con esta consideración:

 

«El futuro no puede ser la continuación del pasado… Nuestro mundo corre el riesgo de explosión e implosión… No sabemos hacia dónde estamos yendo. Sin embargo una cosa está clara. Si la humanidad quiere tener un futuro que valga la pena, no puede ser mediante la prolongación del pasado o del presente. Si tratamos de construir el tercer milenio sobre esta base, vamos a fracasar. Y  el precio del fracaso, o sea la alternativa al cambio de la sociedad, es la  oscuridad» (p.562).

 

La oscuridad puede representar el fin de especie homo. Algo parecido dijo Max Weber en su última conferencia pública en la cual (por fin!) se refiere al capitalismo, encerrado en una ”jaula de hierro” (Stahlhartes Gehäuse) que él mismo no consigue romper. Por eso nos puede llevar a una gran catástrofe: «Lo que nos aguarda no es el florecimiento del otoño, nos aguarda una noche polar, gélida, sombría y árdua» (Cf. M.Löwy, La jaula de hierro: Max Weber y el marxismo weberiano, México 2017). Finalmente el propio Papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti (2020), advierte: «Estamos en el mismo barco o nos salvamos todos o no se salva nadie» (n.32).

 

Hay una convicción bastante generalizada en el campo ecológico y en notables analistas de la geopolítica mundial: dentro del sistema capitalista, que destaca por la búsqueda ilimitada (sin la justa medida) de ingresos financieros, y crea dos injusticias, una social (creando inconmensurable pobreza) y otra ecológica (devastando  ecosistemas), no hay solución para la crisis actual. Se atribuye a Einstein la frase: «el pensamiento que creó la crisis no puede ser el mismo que nos saque de ella; tenemos que cambiar».

 

Como las prometedoras narrativas del pasado sobre el futuro de la humanidad se han frustrado, no pueden ofrecernos rumbos nuevos, excepto tal vez el ecosocialismo planetario que no tiene nada que ver con el socialismo un día existente y fallido. O volver al modo de vida de los pueblos originarios, cuyo saber ancestral o el bien vivir y convivir de los andinos todavía podrían garantizarnos un futuro en este planeta. Pero me parece que estamos tan enredados dentro de nuestra burbuja sistémica que esta propuesta, por sugestiva que sea, se hace globalmente impracticable.

 

Cuando llegamos al fin de los caminos viables y solo tenemos  el horizonte a la vista, me parece que no nos queda más que optar por nosotros mismos y desentrañar virtualidades no ensayadas todavía. Somos por naturaleza un proyecto infinito y un nudo de relaciones en todas las direcciones. Debemos sumergirnos dentro de nosotros mismos y mojar nuestras raíces en la fuente originante que brota siempre en nosotros en forma de inquebrantable esperanza, de grandes sueños, de mitos viables y de proyectos innovadores de otro rumbo por delante.

 

Al tomar al ser humano como referencia estructuradora no pienso en la antropología de los antropólogos y antropólogas o en otras ramas del saber sobre lo humano, siempre enriquecedoras. Pienso en el ser humano en su radicalidad insondable que ronda la zona del misterio, que cuanto más nos acercamos de él más distante y profundo se presenta. Y sigue siendo misterio en cada conocimiento. Fue la percepción que san Agustín hizo de sí mismo: factus sum mysterium mihi: “me he vuelto un misterio para mí mismo”. Ese misterio es expresión de un misterio mayor que es el propio universo todavía en génesis y expansión. Por tanto, el ser humano-misterio nunca está desconectado de ese proceso del cual forma parte, lo que supera una visión meramente individualista del ser humano. Es importante no olvidar nunca que es un ser de relaciones ilimitadas, hasta con el Infinito. Enumeremos algunos datos que pertenecen  a nuestra esencia, a partir de los cuales se nos concede elaborar nuevas visiones de futuro.

 

Ante todo es importante entender al ser humano como Tierra que en un momento de su complejidad comenzó a sentir, a pensar, a amar, cuidar y venerar. Y he aquí que irrumpe en el proceso cosmogénico el ser humano, hombre y mujer. No sin razón es llamado homo o Adam, ambos significando “hecho de tierra, o tierra fértil y arable”.

 

En el ser humano es central el amor cuya base biológica mostraron F.Maturana y J.Watson. Dice Watson en su famoso ADN:el secreto de la vida (2005): «el amor nos hace tener cuidado del otro; él hizo posible nuestra supervivencia y éxito en este planeta; ese impulso, creo, salvaguardará nuestro futuro; estoy seguro de que el amor está inscrito en nuestro ADN» (p.414). No habrá ninguna transformación o revolución humana que no vengan imbuidas de amor.

 

Junto con el amor surge el cuidado, entendido –de larga tradición– como esencia del ser humano. Como no tiene ningún órgano especializado, es el cuidado de sí mismo, de los otros y de la naturaleza lo que nos asegurará la vida.

 

Fue la solidaridad/cooperación de comer juntos, la que en otro tiempo nos permitió dar el salto de la animalidad a la humanidad. Lo que fue verdadero ayer sigue siendo verdadero y esencial hoy, aunque carente. Como ser de relación, la solidaridad y la cooperación están en la base de cualquier convivencia.

 

Junto a la inteligencia del cerebro neocortical, hay la emoción del cerebro límbico, surgido hace millones, sede del amor, de la empatía, de la compasión, de la ética y de todo el mundo de las excelencias. Somos seres de sentimientos. Sin un lazo afectivo entre nosotros los humanos y con la naturaleza, todo se degrada y desvanece.

 

En nuestro interior prevalece la espiritualidad natural, expresión usada  por la new science,que goza del mismo reconocimiento que la inteligencia y la emoción. Es anterior a cualquier religión, pues es la fuente de la cual todas beben, cada cual a su manera. La espiritualidad es parte de nuestra esencia y se expresa por el amor incondicional, por la solidaridad, por la transparencia y por todo lo que nos hace más humanos, más relacionales y abiertos.

 

La espiritualidad nos permite captar que por debajo de todos los seres hay una Energía poderosa y amorosa que los cosmólogos llaman Abismo generador y sustentador de todo lo que existe. El ser humano puede abrirse a esa Energía de Fondo, puede entrar en comunión con ella y tener una experiencia de encantamiento y veneración ante la grandeur del universo y de quien lo creó.

 

Tales valores, siendo realistas, vienen acompañados de sus contrarios –somos sapiens y demens– que no pueden ser reprimidos sino mantenidos en sus límites. Mojando nuestras raíces en esa fuente originante positiva podemos definir otro futuro en el cual el amor, la solidaridad y el bien vivir serán sus fundamentos.

 

Traducción de MªJosé Gavito Milano.

Dilexi te: un documento para no dormir(se)*

[Por: Edwin Aguiluz Milla]

Sí, para no dormir, porque intranquiliza; porque inquieta; porque queda clavado en la conciencia del lector católico, como una espina imposible de extraer; porque profundiza la enseñanza social de la Iglesia cimentada en la Palabra de Dios, y requiere, ineludiblemente, lo que el mismo magisterio eclesial llama asentimiento religioso (que compromete la voluntad y el intelecto) de todo católico, aun cuando el documento pertenezca al magisterio pontificio llamado ordinario, esto es, el que no es infalible. Así nos lo enseñan la instrucción Donum veritatem (“el don de la verdad”, sobre la vocación eclesial del teólogo), emitida por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1990 (n.º 23), y el Catecismo de la Iglesia Católica (n.º 892). Este último explica con otras palabras en qué consiste dicho asentimiento: “adherirse con espíritu de obediencia religiosa” a la enseñanza ordinaria del magisterio.

 

También para no dormirse, porque urge compromiso; porque apremia a movilizarse –“ahora, no mañana”, en palabras del Papa (n.º 92)–, a no perder ni un minuto, a levar anclas que impiden nuestra conversión permanente personal y eclesial; porque “nos mueve el piso”, como suelen hacer esos sismos que aparecen cada vez que se publica un nuevo documento del magisterio social de la Iglesia.

 

Así, la lectura de este documento me anima, me orienta, me motiva. Es decir, me exhorta. Justamente, tal es el género del documento Dilexi te: una exhortación con la autoridad apostólica concedida por el Señor a Pedro y sus sucesores.

 

Si otra exhortación apostólica, Evangelii gaudium (el gozo del Evangelio), mostró claramente la hoja de ruta del pontificado del papa Francisco al iniciar su ministerio, me atrevo a decir que en Dilexi te el nuevo pontífice nos está mostrando la suya. Por lo tanto, no nos dejará dormir plácidamente, ni dormirnos con conciencia tranquila a lo largo de todo su pontificado. Quedamos advertidos… y agradecidos.

 

No es mi intención ofrecer un resumen de la Exhortación, sino proponer unas claves de lectura. Es decir, pretendo compartir unos enfoques que, en mi opinión, permiten sacar buen provecho de la exhortación.

 

PRIMERA CLAVE: TRES RECOMENDACIONES

 

Dado que es magisterio, se debe leer con disposición de discípulos, de aprendizaje. Magisterio se refiere al oficio de enseñar de los obispos (ver la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, del Concilio Ecuménico Vaticano II, n.º 25). Por lo tanto, una actitud fundamental del católico es ponerse en “modo discípulo” cuando lee un documento de la Iglesia, y preguntarse: ¿qué me enseña este para cdrecer como cristiano?

 

Dado que es exhortativo, hay que acogerlo con corazón abierto. Particularmente, los documentos pontificios llamados exhortaciones apostólicas buscan animar y motivar a la comunidad eclesial. El ser humano tiende a situarse en zonas de confort, en las que se está bien y se desearía estar siempre: “Cuando ellos se separaron de él, dijo Pedro a Jesús: ‘Maestro, bueno es estarnos aquí. Podríamos hacer tres tiendasdd, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’…” (Lc 9,33). Hay que abrir el corazón para que el sucesor de Pedro –de aquel a quien el Señor no le permitió acomodarse– nos anime a seguir peregrinando.

 

Dado que es apostólico, se acoge como un bien que procede del pastoreo encomendado por Cristo a Pedro. “Apacienta mis corderos, mis ovejas” le encomienda Jesús a Pedro en la orilla del mar de Tiberíades (Jn 21,15-17). Este encargo comporta ayudar al rebaño a permanecer fiel al Buen Pastor, retornando una y otra vez a los orígenes evangélicos, cuando la comunidad tiende a alejarse de estos. El “yo confieso que he pecado mucho…” incluye ese deliberado alejamiento del Evangelio, lleno de justificaciones para tranquilizar nuestra conciencia.

 

SEGUNDA CLAVE: LA HUELLA DE FRANCISCO EN LA EXHORTACIÓN

 

En su primera carta encíclica (Lumen fidei, “la luz de la fe”), el papa Francisco dijo:

 

Él [Benedicto XVI] ya había completado prácticamente una primera redacción de esta Carta encíclica sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones” (n,º 7).

 

De manera semejante, el papa León XIV nos cuenta:

 

En continuidad con la encíclica Dilexit nos, el Papa Francisco estaba preparando, en los últimos meses de su vida, una exhortación apostólica sobre el cuidado de la Iglesia por los pobres y con los pobres, titulada Dilexi te, imaginando que Cristo se dirigiera a cada uno de ellos diciendo: no tienes poder ni fuerza, pero ‘yo te he amado’ (Ap 3,9). Habiendo recibido como herencia este proyecto, me alegra hacerlo mío –añadiendo algunas reflexiones– y proponerlo al comienzo de mi pontificado, compartiendo el deseo de mi amado predecesor de que todos los cristianos puedan percibir la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres” (n.º 3).

 

Resulta clara, por lo tanto, la continuidad y total armonía entre el magisterio de Francisco y el de León XIV, lo que se ve corroborado al adentrarse en el texto de la exhortación.

 

TERCERA CLAVE: LA ESTRUCTURA DEL DOCUMENTO

 

Dilexi te viene a ser, por decirlo así, un pequeño compendio de la enseñanza de la Iglesia sobre la opción preferencial por los pobres, opción irrenunciable y esencial de la Iglesia. Descubro en ella un documento que puede constituir un pequeño “manual” de iniciación al magisterio social de la Iglesia, o, en términos más amplio, a lo que Francisco llamó la “dimensión social de la Evangelización” (capítulo IV de Evangelii gaudium). También resultaría ideal para un retiro y, obviamente, para la lectura espiritual personal y comunitaria. Naturalmente, no es exhaustivo; pero más que suficiente para la inducción y para el crecimiento. Un rasgo importante que facilita el aprovechamiento formativo de la exhortación es que no está formulado en términos excesivamente técnicos, limitados a especialistas.

 

Para tal aprovechamiento, me parece importante comprender su “lógica”, manifiesta en su estructura. El primero se llama “Algunas palabras indispensables”. Aquí encontramos el enfoque del documento: la inseparabilidad del afecto/amor por Cristo y el afecto/amor por los pobres. En efecto, “el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia” (n.º 5). El “no te olvides de los pobres” que recibió Pablo (Gal 2,1-10), se lo recordaron al papa Francisco, recién electo, y lo asume León XIV, evocando la iluminación de San Francisco de Asís (n.º 6). Este encargo insoslayable comporta nunca dejar de escuchar “el grito de los pobres” (n.º 8) y desvelar los prejuicios ideológicos que llevan al crecimiento económico, pero no al desarrollo humano integral, a costa del incremento de la inequidad (n.º 13). “Siempre es necesario volver a leer el Evangelio”, dice el Papa (n.º 15).

 

El segundo capítulo se denomina “Dios opta por los pobres”. No haría falta más, pero el Papa en los sucesivos capítulos muestra cómo se ha asumido esta opción en la Iglesia. Aquí encontramos la fundamentación bíblica, que nos revela a Dios en el Antiguo Testamento “como amigo y liberador de los pobres, Aquel que escucha el grito del pobre e interviene para liberarlo” (n.º 17). A continuación, nos presenta a “Jesús, Mesías pobre”. “Él [Jesús] se presenta al mundo no sólo como Mesías pobre sino como Mesías de los pobres y para los pobres” (n.º 19). Le sigue un apartado que dedica a “La misericordia hacia los pobres en la Biblia”, que viene a ser la enseñanza bíblica referida a la opción por los pobres que corresponde a nosotros, páginas que “a lo largo de los siglos […] han interpelado los corazones de los cristianos a amar y a realizar obras de caridad, como semillas fecundas que no cesan de producir fruto” (n.º 34). Termina así el segundo capítulo, y con esas palabras ya nos anuncia lo que sigue.

 

Los tres siguientes capítulos son de un carácter más eclesiológico, no en un sentido doctrinal principalmente, sino, sobre todo, testimonial. De ahí que el tercero y el cuarto sean un repaso histórico acerca de las concreciones de la opción por los pobres a lo largo de los siglos. Podríamos decir, evocando al célebre historiador de la Iglesia Hubert Jedin, que el Papa nos ofrece, de este modo, una eclesiología histórica desde la perspectiva de la fidelidad eclesial a la opción preferencial divina por los pobres.

 

“Una Iglesia para los pobres” es el tercer capítulo. León XIV hace suyo el anhelo de su predecesor: “¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!” (n.º 35). Desde la Iglesia primitiva neotestamentaria, pasando por experiencias eclesiales del período posterior, nos recuerda el Papa que los pobres son el tesoro de la Iglesia. De gran riqueza es un recorrido por “Los Padres de la Iglesia y los pobres”, que nos muestra que “desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia reconocieron en el pobre un acceso privilegiado a Dios, un modo especial para encontrarlo” (n.º 39). Muy iluminadora y estimulante es la evocación de San Ignacio de Antioquía, San Justino, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio, San Agustín y, de modo general, “muchos otros”. El Papa repasa también en el capítulo diversas experiencias históricas de la opción por los pobres. Veámoslas sucintamente.

 

Comienza con el cuidado a los enfermos. Desfilan en este apartado san Cipriano, san Juan de Dios, san Camilo de Lelis, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, las Hermanas Hospitalarias, las Pequeñas Siervas de la Divina Providencia y “tantas otras Congregaciones femeninas”, legado que hoy “continúa en los hospitales católicos, los puestos de salud en las regiones periféricas, las misiones sanitarias en las selvas, los centros de acogida para toxicómanos y los hospitales de campaña en las zonas de guerra” (n.º 52).

 

El repaso histórico continúa con “El cuidado de los pobres en la vida monástica”, con mención especial de san Basilio Magno, san Benito de Nursia y san Bernardo de Claraval. Prosigue con las órdenes religiosas que se dedicaron a la liberación de los cautivos (la Orden de la Santísima Trinidad y la Orden de la Bienaventurada Virgen María de la Merced), y lo hacen ahora, junto con otras instituciones y congregaciones “que actúan en las periferias urbanas, las zonas de conflicto y los corredores migratorios” (n.º 61) y con la atención a las personas privadas de libertad.

 

Luego se ocupa de los “Testigos de la pobreza evangélica”, esto es, las llamadas “órdenes mendicantes”, con especial mención de san Francisco de Asís, santa Clara de Asís y santo Domingo de Guzmán. No podía faltar una sección dedicada a “La Iglesia y la educación de los pobres”, en la que León XIV hace memoria especial de san José de Calasanz, san Juan Bautista de La Salle, san Marcelino Champagnat, san Juan Bosco, el beato Antonio Rosmini y muchas congregaciones femeninas, como las ursulinas, las monjas de la Orden de la Compañía de María Nuestra Señora, las Maestras Pías y muchas otras.

 

“Acompañar a los migrantes” es otro apartado, en el que destacan figuras como san Juan Bautista Scalabrini, santa Francisca Javier Cabrini, así como la prioridad de este acompañamiento en el magisterio actual. También se ocupa de los que han servido a “los últimos”, como santa Teresa de Calcuta y sus Misioneras de la Caridad, santa Dulce de los Pobres, san Benito Menni, san Carlos de Foucauld, santa Katharine Drexel, la hermana Emmanuelle y “muchísimos más”. Termina ese capítulo retomando en este listado histórico los “movimientos populares”, un legado magisterial y pastoral muy importante del papa Francisco, cuya carta de ciudadanía en la Iglesia ratifica León XIV.

 

El capítulo cuarto se dedica a “Una historia que continúa”, de inmensa riqueza. Comienza con “El siglo de la Doctrina Social de la Iglesia”, destacando los aportes magisteriales de León XIII, san Juan XXIII, el Concilio Vaticano II, san Pablo VI, san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. También evoca las conferencias generales del episcopado latinoamericano (Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida). Es un capítulo que plantea las causas estructurales de la pobreza, relacionada con “una economía que mata” (papa Francisco), que demanda con urgencia nuestro compromiso para resolverlas. Vuelve a colocar como tema prioritario el de “Los pobres como sujetos”, y no como objetos de ayuda.

 

Finalmente, en el capítulo quinto, “Un desafío permanente”, el Papa explica que “he decidido recordar esta bimilenaria historia de atención eclesial a los pobres y con los pobres para mostrar que ésta forma parte esencial del camino ininterrumpido de la Iglesia” (n.º 103). Retoma el tema central del Buen Samaritano, abordado por el papa Francisco en Fratelli tutti. Para iluminar que la opción preferencial por los pobres, con todas sus aristas e implicaciones, el acápite “Un desafío ineludible para la Iglesia de hoy” recurre a la memoria de san Gregorio Magno y su papel como pastor en tiempos muy difíciles para la Iglesia de Roma. No falta el cuestionamiento a movimientos o grupos cristianos sin compromiso por “el bien común de la sociedad y, en particular, por la defensa y la promoción de los más débiles y desfavorecidos” (n.º 112). Ofrece, finalmente, un marco para entender correctamente la limosna y recordarnos que “sigue siendo un momento necesario de contacto, de encuentro y de identificación con la situación de los demás” (n.º 115). “No será –dice el Papa– la solución a la pobreza mundial, que hay que buscar con inteligencia, tenacidad y compromiso social. Pero necesitamos practicar la limosna para tocar la carne sufriente de los pobres” (n.º 120).

 

Llama la atención que León XIV ofreció, a manera de anticipo germinal, el enfoque fundamental de esta exhortación apostólica en su Mensaje para la IX Jornada Mundial de los Pobres (domingo 16 de noviembre de 2025, XXXIII Domingo del T.O.), particularmente en el este texto:

 

La pobreza tiene causas estructurales que deben ser afrontadas y eliminadas. Mientras esto sucede, todos estamos llamados a crear nuevos signos de esperanza que testimonien la caridad cristiana, como lo hicieron muchos santos y santas de todas las épocas. Los hospitales y las escuelas, por ejemplo, son instituciones creadas para expresar la acogida hacia los más débiles y marginados. Hoy deberían formar parte ya de las políticas públicas de todo país, pero las guerras y desigualdades con frecuencia lo impiden. Cada vez más, los signos de esperanza son hoy las casas-familia, las comunidades para menores, los centros de escucha y acogida, los comedores para los pobres, los albergues, las escuelas populares: cuántos signos, a menudo escondidos, a los que quizás no prestamos atención y, sin embargo, tan importantes para sacudirnos de la indiferencia y motivar el compromiso en las distintas formas de voluntariado (n.º 5).

 

La exhortación comenzaba citando las palabras del Apocalipsis (3,9): “Te he amado” (dilexi te) (n.º 1), y con ellas termina:

 

Ya sea a través del trabajo que ustedes realizan, o de su compromiso por cambiar las estructuras sociales injustas, o por medio de esos gestos sencillos de ayuda, muy cercanos y personales, será posible para aquel pobre sentir que las palabras de Jesús son para él: ‘Yo te he amado’ (Ap 3,9).

 

* Una primera versión de este artículo apareció en el periódico Eco Católico (edición especial impresa de noviembre de 2025) de Costa Rica, más breve, por la naturaleza del medio.

** El autor es Secretario Ejecutivo de Pastoral Social Cáritas Costa Rica. 

Especial Congreso de Teología – Noticias Iglesia Internacional

[Coordina: Cecilia Tovar – Instituto Bartolomé de las Casas]

Descargue el dossier de “Noticias Iglesia Internacional” del Instituto Bartolomé de las Casas, sobre el IV Congreso de Teología Latinoamericana y Caribeña.

El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría

[Por: Juan José Tamayo]

“Ellacuría debe ser eliminado y no quiero testigos”

 

Esa fue la orden que dio el coronel René Emilio Ponce al batallón Atlacatl, el más sanguinario del Ejército salvadoreño. Se cumplió la noche del 16 de noviembre de 1989 en que fueron asesinados en la Universidad Centroamericana de San Salvador (UCA) con premeditación, nocturnidad y alevosía los jesuitas Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín Baró, Armando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López, la trabajadora doméstica Julia Elba Ramos y su hija Celina, de 15 años. La masacre conmocionó al mundo. Las ocho personas asesinadas se sumaban a los 80.000 que hasta entonces había causado la guerra en ese pequeño país centroamericano, donde se había instalado una inmisericorde cultura de la muerte con el apoyo político y militar de los Estados Unidos.

 

El teólogo Jon Sobrino podía haber sido el séptimo jesuita asesinado, pero esa noche no se encontraba en casa. Había viajado a Tailandia para impartir un curso de teología en Hua Hin, a 200 kilómetros de Bangkok. Un sacerdote irlandés le despertó para comunicarle la noticia. “Toda la comunidad, toda mi comunidad ha sido asesinada”, fue su comentario. Enseguida se preguntó por qué él estaba vivo. En Tailandia, donde el número de cristianos es muy escaso, alguien le preguntó, entre sorprendido e incrédulo: “¿Y en El Salvador hay católicos que asesinan a sacerdotes?”.

 

36 años después, los jesuitas asesinados no han caído en el olvido. Su figura y su obra han adquirido nuevas dimensiones y han ido creciendo en relevancia social, significación intelectual e influencia religiosa. Tras su muerte se han publicado importantes obras suyas que gozan de una amplia difusión, permiten descubrir aspectos de su vida y pensamiento desconocidos hasta ahora y abren nuevas perspectivas en el estudio de las disciplinas cultivadas por ellos y en los compromisos por la justicia y la liberación que asumieron. A sus obras cabe añadir las numerosas investigaciones llevadas a cabo en torno a su vida y pensamiento.

 

Uno de los asesinados fue el jesuita vasco, nacionalizado salvadoreño, Ignacio Ellacuría, rector de la UCA, discípulo de Zubiri y editor de algunas de sus principales obras. Era filósofo y teólogo de la liberación, analista político, científico social, intelectual comprometido e impulsor de la teoría crítica de los derechos humanos, dimensiones que son difíciles de encontrar y de armonizar en una sola persona, pero  convivieron en su persona no sin conflictos internos y externos, y se desarrollaron con lucidez intelectual y coherencia.

 

“Revertir la historia… evitar un desenlace fatal”

 

“Revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”, “sanar la civilización enferma”, “superar la civilización del capital”, “evitar un desenlace fatídico y fatal”, “bajar a los crucificados de la cruz” (son expresiones suyas) fueron los desafíos a los que Ellacuría quiso responder con la palabra y la escritura, el compromiso político y la vivencia religiosa. Y lo pagó con su vida.

 

36 años después de su asesinato Ellacuría sigue vivo y activo en sus obras, muchas de ellas publicadas póstumamente. En 1990 y 1991 aparecieron dos de sus libros mayores: Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, de la que fue editor junto con su compañero Jon Sobrino, entonces la mejor y más completa visión global de dicha corriente teológica latinoamericana, y Filosofía de la realidad histórica, editada por su colaborador Antonio González, cuyo hilo conductor es la filosofía de Zubiri, pero recreada y abierta a otras corrientes como Hegel y Marx, leídos críticamente. Era parte de un proyecto más ambicioso trabajado desde las décadas setenta y ochenta del siglo pasado y que quedó truncado con el asesinato. Posteriormente la UCA editores publicó sus Escritos Políticos, 3 vols., 1991; Escritos Filosóficos, 3 vols., 1996-2001; Cursos Universitarios, 2009; Escritos Teológicos, 4 vols., 2000-2004. La editorial Comares está preparando una edición de sus Obras Completas.

 

En los treinta y seis años transcurridos desde su asesinato se han sucedido ininterrumpidamente los estudios, monografías, tesis doctorales, congresos, conferencias, investigaciones, cursos monográficos, círculos de estudio, Cátedras universitarias con su nombre –una de ellas la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, que dirigí en la Universidad Carlos III de Madrid desde 2002 hasta mi jubilación-, que demuestran la “autenticidad” de su vida y la creatividad y vigencia de su pensamiento en los diferentes campos del saber y del quehacer humano: política, religión, derechos humanos, universidad, ciencias sociales, filosofía, teología, ética, etc.

 

Lo que descubrimos con la publicación de sus escritos y los estudios sobre su figura es que Ellacuría tuvo excelentes maestros: Rahner en teología, Zubiri en filosofía, monseñor Romero en espiritualidad y compromiso liberador, de quienes aprendió a pensar y actuar, y colegas como Jon Sobrino, profesor de la UCA y uno de los grandes teólogos de la liberación. Pero su discipulado no fue escolar, sino creativo, ya que, inspirándose en sus maestros, desarrolló un pensamiento propio y él mismo se convirtió en maestro, si por tal entendemos no solo el que da lecciones magistrales en el aula, sino, en expresión de Kant aplicada al profesor de filosofía, el que enseña a pensar.

 

Ellacuría parte del pensamiento de sus maestros, pero no se queda en ellos; avanza, va más allá, los interpreta en el nuevo contexto global, latinoamericano y centroamericano y, en buena medida, los enriquece e incluso transforma. Su relación con ellos es, por tanto, dialógica, de colaboración e influencia mutuas. Sus obras así lo acreditan y los estudios sobre él lo confirman.

 

He aquí una síntesis muy apretada de sus principales aportaciones, que debe ser completadas con la lectura de sus obras.

 

Teología 

 

Su colega y amigo Jon Sobrino ha escrito páginas de necesaria lectura sobre el “Ellacuría olvidado”, en las que recupera tres pensamientos teológicos fundamentales suyos: el pueblo crucificado, el trabajo por una civilización de la pobreza, superadora de la civilización del capital, y la historización de Dios en la vida de sus testigos, que Ellacuría acuñó con una aforismo memorable: “Con monseñor Romero Dios pasó por la historia”.

 

Ellacuría entiende la teología de la liberación como teología histórica a partir del clamor ante la injusticia, aplica el método de la historificación de los conceptos a los grandes temas y categorías del cristianismo: revelación, salvación, gracia, pecado, Iglesia, Dios, Jesús, presentados tradicionalmente de forma espiritualista y evasiva, establece una correcta articulación entre teología y ciencias sociales y asume un compromiso por la transformación de la realidad histórica desde la opción por las personas más vulnerables, los colectivos empobrecidos y los pueblos oprimidos por el capitalismo y el sistema colonial. La historia es el lugar de la revelación, la mediación del encuentro con Dios, el escenario de la salvación o del fracaso de la humanidad y el lugar de realización y verificación de la ética. Pero la historia no pensada idílicamente, sino en toda su conflictividad.

 

La historización de los conceptos se presenta como correctivo al uso ideologizado (= falseador) y ahistórico de los mismos. Con dicho método pretende desenmascarar la trampa idealista -tan presente en la teología y la filosofía tradicionales, así como en el lenguaje político-, que adormece las conciencias e impide enfrentarse con la realidad en toda su crudeza. La historicidad forma parte de la estructura del conocimiento filosófico y teológico.

 

El teólogo austriaco Sebastián Pittl recupera la primera idea destacada por Jon Sobrino y la interpreta teológicamente: la realidad histórica de los pueblos crucificados como lugar hermenéutico y social de la teología. Asimismo, hace una lectura de la concepción ellacuriana de la espiritualidad radicada en la historia desde la opción por las personas y los colectivos empobrecidos.

 

El resultado es una teología post-idealista, que tiene un fuerte componente ético-profético. Aplicándole a ella la consideración lévinasiana de la ética como filosofía primera, bien podría decirse que, para el teólogo hispano-salvadoreño, la ética es la teología primera, el profetismo la manifestación crítico-pública de la ética y la utopía de la liberación de las mayorías populares el horizonte al que dirigir todo proyecto humano.

 

Filosofía

 

El objeto de su filosofía es la realidad histórica como unidad física, dinámica, procesual y ascendente. De aquí emanan los conceptos y las ideas fundamentales de su pensamiento: historia (materialidad, componente social, componente personal, temporalidad, realidad formal, estructura dinámica), praxis histórica, liberación y unidad de la historia. Su método, como acabo de indicar, es la historización de los conceptos filosóficos para liberarlos del idealismo y de la idealización en que suelen incurrir la filosofía y la teoría universalista de los derechos humanos.

 

Héctor Samour, uno de sus mejores intérpretes y especialistas, reinterpreta al maestro relacionando su pensamiento con la realidad histórica contemporánea, al tiempo que considera la filosofía de la historia como filosofía de la praxis. Otra línea de investigación del pensamiento filosófico de Ellacuría es la que hace una lectura pluridimensional con las siguientes derivaciones creativas, que enriquecen, recrean y reformulan su filosofía:

 

a) Su conexión con la dialéctica hegeliano-marxista, que implica analizar la concepción que Ellacuría tiene de la dialéctica, la utilización del método dialéctico en su análisis político e histórico, y la dialéctica entre historia personal -biografía- e historia colectiva -el pueblo salvadoreño-, en otras palabras, el impacto y la capacidad transformadora de su vida y de su muerte en la historia de El Salvador.

 

b) Su conexión con la teoría crítica de la primera Escuela de Frankfurt, que integra dialécticamente las diferentes disciplinas dando lugar a un conocimiento emancipador, así como su incidencia en la negatividad de la historia.

 

c) Su conexión con la filosofía utópica de Bloch en uno de los últimos textos más emblemáticos de Ellacuría, considerado su testamento intelectual: “Utopía y profetismo en América Latina”, cuyo origen fue la conferencia pronunciada en Madrid en 1988 en el VIII Congreso de Teología sobre “Cristianismo: profecía y utopía”.

 

d) Su original teoría del “mal común” como mal histórico, la crítica de la civilización del capital y las diferentes formas de superarla.

 

e) La relación mutuamente fecundante del pensamiento de Ellacuría con la denuncia profética de monseñor Romero y la crítica ético-estética del poeta salvadoreño Roque Dalton, así como la recuperación filosófica del cristianismo liberador.

 

f) La fundamentación moral de la actividad intelectual y la relevancia del lugar de los oprimidos en los diferentes campos y facetas de quehacer teórico.

 

g) La importante -y poco conocida- aportación de Ellacuría al pensamiento decolonial latinoamericano y su original lectura de la conquista como encubrimiento violento de los pueblos originarios y del despojo de sus riquezas, el desenmascaramiento de la gran mentira que fue la intención de los conquistadores de cristianizar los territorios indígenas y de la verdadera motivación de su viaje a América: dominar, conquistar, ampliar su poder y sus fuentes de riqueza.  

 

Teoría crítica de los derechos humanos

 

Ellacuría ha hecho aportaciones relevantes en el terreno de la teoría y de una nueva fundamentación de los derechos humanos. Cabe destacar a este respecto su contribución a la superación del universalismo jurídico abstracto, su crítica de una visión desarrollista de los derechos humanos y a elaboración de una teoría crítica de los derechos humanos

 

El pensamiento de Ellacuría no es intemporal, sino histórico, y debe ser interpretado no de manera esencialista, sino al rito de los procesos históricos en diálogo con los nuevos climas culturales. Así leído e interpretado puede abrir nuevos horizontes e iluminar la realidad histórica contemporánea.

 

En los últimos años Héctor Samour -fallecido en 2022- José Manuel Romero y yo hemos publicado tres obras que profundizan en la vida y el pensamiento del filósofo y teólogo de la liberación y destacan la actualidad de su legado:

 

– Juan José Tamayo y José Manuel Romero, Ignacio Ellacuría. Teología, filosofía y critica de la ideología, Anthropos, Barcelona, 2019.

– Héctor Samour y Juan José Tamayo (editores), Ignacio Ellacuría, 30 años después (Tirant, Valencia, 2021): recoge las cuarenta conferencias del Coloquio Internacional celebrado en celebrado en noviembre de 2019 en San Salvador en conmemoración del trigésimo aniversario de su asesinato.

– Juan José Tamayo y José Manuel Romero (editores), El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría, Tirant, Valencia, 2025. Recoge las ponencias del Simposio Internacional celebrado en la Universidad de Alcalá en noviembre de 2022 con la participación de Diego Gracia Guillén, Antonio González Fernández, Marcela Lisseth Brito de Gutter, Fernando Lautero Ramírez, Juan Antonio Nicolás, Fernando Monedero García, Javier López Goicoechea de Zabala, José Manuel Romero Cuevas y Juan José Tamayo Acosta.

Resistencias que inspiran: voces del pueblo, la calle y la tierra en el IV Congreso Continental de Teología

(Por: Micaela Díaz)

 

El tercer panel del IV Congreso Continental de Teología, celebrado en Lima, reunió a hombres y mujeres que encarnan hoy la resistencia desde los márgenes, los movimientos sociales y los pueblos que siguen tejiendo esperanza. Bajo el título “Preparar la urdimbre”, el encuentro dio voz a quienes, desde distintos territorios de América Latina, construyen comunidad y dignidad en medio de la exclusión, el trabajo precario y las heridas del extractivismo.

 

La moderadora presentó a los participantes recordando que este espacio busca mostrar lo que “la gente sigue haciendo” después de la Pascua, y reconocer “las resistencias desde los movimientos de base en los que cada uno de ellos está comprometido”.

 

Las exposiciones, diversas y complementarias, reflejaron la fuerza de los pobres organizados, la fe de los pueblos y el compromiso de la Iglesia con la justicia social.

 

María Cristina Bove: el clamor del pueblo de la calle

 

La primera intervención estuvo a cargo de María Cristina Bove, uruguaya radicada en Brasil desde 1965 y miembro de la Fraternidad de las Oblatas de San Benito. Militante en la defensa de los derechos de la “Población en situación de calle (POP RUA)”, Bove compartió una experiencia de más de cuatro décadas junto a quienes viven “invisibles a los ojos de la sociedad y de la Iglesia”.

 

Desde su trabajo con la Pastoral do Povo da Rua y el Fórum Nacional de Pop Rua, denunció las causas estructurales de la exclusión: “No es solo el capitalismo, también el racismo estructural”. Describió la violencia cotidiana que sufren las personas sin hogar: desalojos, pérdida de sus pocas pertenencias, agresiones policiales y la llamada “arquitectura hostil” que impide incluso “sentarse en un banco o dormir bajo techo”.

 

Recordó que en Brasil viven más de 315 mil personas en la calle y más de 800 mil se sostienen con el reciclaje informal. Frente a esa realidad, Bove narró la opción pastoral iniciada en los años setenta por el cardenal Paulo Evaristo Arns en São Paulo: “Pongan Puebla en el centro de la ciudad”, les dijo. Esa frase inspiró una transformación radical: cerrar instituciones asistencialistas y salir a convivir con el pueblo de la calle.

 

“Descubrimos que ese pueblo es el pueblo de Dios”, afirmó. “No eran individuos fracasados, sino un pueblo crucificado que empezaba a tener esperanza”. De esa experiencia nacieron la Pastoral Nacional del Pueblo de la Calle y el Movimiento Nacional de Catadores de Papel, que hoy reúnen miles de personas en todo Brasil.

 

Bove remarcó que estos movimientos conquistaron políticas públicas, reconocimiento legal y participación en foros nacionales e internacionales, aunque aún faltan recursos y compromiso político real. “La pobreza y las desigualdades siguen siendo un abismo”, dijo.
Con tono profético, llamó a la Iglesia a abrir sus puertas: “No basta con dar comida o abrigo. Hay que creer que se puede hacer comunidad con ellos”.

 

Rolando Pérez: espiritualidad del cuidado y ecumenismo profético

 

El segundo expositor fue Rolando Pérez, profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú e integrante de la red Iglesias y Minería, quien compartió el testimonio de comunidades que resisten al extractivismo y defienden la vida frente a los megaproyectos que destruyen territorios.

 

Pérez evocó los rostros de Juan López, defensor hondureño asesinado; Nazareth Cabrera, lideresa huitoto del Caquetá colombiano; y Yolanda Zurita, mujer de fe que lideró por veinte años la lucha ambiental en La Oroya, una de las ciudades más contaminadas del mundo. “Estos pueblos proféticos nos invitan a repensar la cultura del cuidado y el acogimiento desde una espiritualidad decolonial”, señaló.

 

El teólogo explicó que el cuidado del otro y de la tierra es un “acto ético de resistencia a los discursos de colonización” y que las comunidades originarias enseñan a vivir una espiritualidad donde “se reza con los pájaros y se vive con los ríos”. Citó a Leonardo Boff y al papa Francisco para recordar que la colonización “se disfraza, pero no pierde su prepotencia contra la vida de los pobres”.

 

Pérez celebró los avances jurídicos logrados por los pueblos que han conseguido que ríos como el Atrato y el Magdalena en Colombia, el Machángara en Ecuador y el Marañón en Perú sean reconocidos como sujetos de derecho. “No son solo ríos, son seres vivos y sagrados”, dijo citando a Marilú Canakiri, del pueblo Kukama.

 

Su intervención resaltó también la dimensión ecuménica de estas luchas: “El ecumenismo que nace en los territorios no es de teorías, es de vida compartida”, explicó. Lo llamó “ecumenismo proféticamente descolonizador e inclusivo”, un ecumenismo del camino, donde católicos, evangélicos e indígenas defienden juntos la justicia y la casa común.

 

Adriana Palacios: juventud, trabajo precario y nuevas resistencias

 

Desde Chile, la psicóloga Adriana Palacios, miembro de Amerindia, presentó la experiencia del nuevo sindicalismo joven en torno al Sindicato de Trabajadores de Starbucks Chile, encabezado por el dirigente Antonio, ausente en el encuentro. Palacios relató cómo este grupo protagonizó en marzo una huelga de 25 días que movilizó a más de 1200 trabajadores.

 

El lema de su protesta fue claro: “La hora de un trabajador vale menos que el café más barato”. En Chile, explicó, un café cuesta entre cuatro y cinco dólares, mientras la hora de trabajo en la cadena multinacional no llega a tres. “Es la expresión de un capitalismo extractivista y despojador, también en el ámbito laboral”, manifestó.

 

Palacios señaló que este movimiento surgió “fuera de las burocracias sindicales tradicionales” y combina demandas salariales con reivindicaciones de género, migración y diversidad. “Detrás de cada taza de café hay una persona”, recordaban los huelguistas en redes sociales, donde difundieron su causa con creatividad y activismo digital.

 

La psicóloga vinculó esta lucha con una espiritualidad de esperanza en medio de la precariedad: “No se trata solo de resistir, sino de disputar al capitalismo la posibilidad de vivir”. En un video enviado al congreso, la joven trabajadora Antonia resumió el espíritu del movimiento: “Aprendí la importancia de la colectividad, de luchar codo a codo con disidencias, estudiantes y migrantes. Es fundamental hacer propia la lucha ajena”.

 

Gabriel Herrera y Carmen Díaz: El Pueblo Creyente de Chiapas

 

El cierre del panel estuvo a cargo del sacerdote Gabriel Herrera y Carmen Díaz, integrantes del Pueblo Creyente de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas (México). Ambos compartieron la historia de esta asamblea permanente de laicos, campesinos y pueblos originarios que, bajo la inspiración de Tatic Samuel Ruiz García, se convirtió en un signo de liberación y profecía.

 

“El pueblo creyente es el pueblo de Dios que se pone en camino bajo la guía del Espíritu Santo”, expresaron. Su testimonio recordó cómo, en medio del despojo y la marginación, la Iglesia chiapaneca optó por los pobres y construyó una pastoral encarnada en la vida de las comunidades. “Jtatik Samuel dormía en el suelo como nosotros, comía frijoles y caminaba en el lodo”, narraron.

 

De ese caminar surgieron procesos como el diaconado indígena, la lectura comunitaria del Éxodo y la formación de servidores que asumieron su papel como sujetos de evangelización. “Comprendimos que la miseria no era voluntad de Dios”, afirmaron. Hoy, el Pueblo Creyente continúa denunciando la violencia y defendiendo la tierra, la vida y la dignidad de sus pueblos.

 

Tejido de luchas y esperanzas

 

El Panel 3 del Congreso dejó ver un mosaico de experiencias diversas unidas por la misma fe en la vida y en el Dios de los pobres. Desde las calles de São Paulo hasta los ríos del Amazonas, desde las cafeterías de Santiago hasta las comunidades indígenas de Chiapas, cada testimonio expresó la convicción de que la liberación se teje caminando juntos.

 

Como dijo María Cristina Bove al finalizar su exposición, citando a Paulo Freire: “Donde el pie pisa, la cabeza piensa y el corazón ama”.
Un mensaje que resume la espiritualidad del pueblo latinoamericano que resiste, sueña y sigue haciendo historia.

 

“Tensar los hilos”: resistir, cuidar y tejer la vida desde la Teología de la Liberación

(Por: Micaela Díaz)

 

En el desarrollo de la última jornada del IV Congreso Continental de Teología, realizado en Lima bajo el lema “Horizontes de liberación, tejiendo esperanzas desde abajo”, se realizó el espacio de resonancias denominado “Tensar los hilos”. Este momento de síntesis y discernimiento reunió las ponencias del teólogo venezolano Pedro Trigo y de la teóloga alemana Theresa Denger, quienes ofrecieron dos miradas complementarias sobre las resistencias que atraviesan la vida, la fe y la teología hoy.

 

Ambos, desde sus contextos y experiencias, abordaron cómo mantener la fidelidad al Evangelio en tiempos de desencanto, desigualdad y crisis ecológica, recordando que “resistir es también crear y cuidar”.

 

La resistencia interna de la Iglesia

 

Desde el inicio, Pedro Trigo advirtió que las resistencias “no son sobre todo explícitas o declarativas, aunque estas siempre han estado presentes, sino que consisten en su mayoría en no abrirse de hecho a la propuesta de la liberación que nos propuso Jesús tal como nos la demanda nuestra situación actual”. Esa propuesta, explicó, no es otra cosa que “pensar, vivir y proponer nosotros hoy lo equivalente para nuestra situación de lo que Jesús pensó, vivió y propuso en la suya, que es en lo que consiste el seguimiento”.

 

Trigo fue contundente al señalar que “la mayor resistencia o más exactamente la resistencia más interna está en la propia institución eclesiástica”. Según el teólogo, esta resistencia se debe a que “en su mayoría no quiere aceptar la sinodalidad básica, es decir, asumirse como miembros del pueblo de Dios que camina con los demás en seguimiento de Jesús en una verdadera fraternidad”.

 

Esa fraternidad —explicó— es lo único verdaderamente trascendente: “En el cielo no habrá ni curas, ni obispos, ni religiosos ni laicos, ni padres ni madres de familia, ni empresarios, ni políticos, ni intelectuales. Solo habrá hijas e hijos de Dios y hermanas y hermanos de todos”.

 

Pero, advirtió, esa fraternidad “está totalmente excluida del orden establecido, tanto en la sociedad como en la Iglesia”, especialmente cuando se vive “desde ser hermanas y hermanos de los pobres, como lo hizo Jesús”.

 

Estructura vertical y cerrada

 

El teólogo denunció que “una gran parte de la institución eclesiástica se identifica de hecho con su papel de presbítero, obispo o religioso”, un papel entendido como sagrado y ligado a relaciones verticales. “Desde ese puesto tiene que coordinar y dirigir a los fieles… y su tarea ya está definida desde hace siglos: proponer, hacer que se observe e iniciar a una doctrina, a unos preceptos y a unos ritos. No hay nada más que pensar, decir ni hacer”, afirmó.

 

Trigo señaló que este modo de concebir la vida cristiana “excede las competencias de la Iglesia” cuando se intenta transformar la realidad desde la fraternidad y la opción por los pobres. “Eso para ellos excede las competencias de la Iglesia y es meterse en lo que no le toca, y por tanto meterse injustificadamente en problemas que enfrentan a la Iglesia con otros actores de la sociedad”.

 

El problema de fondo, dijo, es “no querer pasar de doctrinas, preceptos y ritos al seguimiento de Jesús de Nazaret”.

 

De maestros a discípulos

 

En su reflexión, Trigo insistió en que el seguimiento de Jesús implica una conversión de actitud. “La resistencia es pasar de ser maestro a ser discípulo, de ser el representante autorizado y hasta cierto punto autónomo de una institución a ser siempre y en el fondo oyente de la Palabra”.

 

Ese cambio también supone “pasar de vivir desde mi puesto en la institución eclesiástica, a vivir en la sociedad y en el tiempo que me toca vivir; vivir desde dentro, solidariamente y desde abajo”.

 

El teólogo reconoció que esta resistencia “no se da solo en miembros de la institución eclesiástica, sino también en laicos clericalizados, para los que vivir el cristianismo heredado es parte indeclinable de su identidad, que de hecho han absolutizado e incluso sacralizado”.

 

Resistencias ideológicas y malentendidos

 

Pedro Trigo también fue autocrítico con algunos sectores que se identificaron con la Teología de la Liberación. “Una parte de los que dijeron que seguían la teología de la liberación lo que hicieron de hecho fue sustituir unas doctrinas, preceptos y ritos por otros, muy impregnados por las doctrinas, las pretensiones y las prácticas de la izquierda”, señaló.

 

A su juicio, el problema fue haber hecho de la Teología de la Liberación “una motivación teológica para justificar dedicarse a una determinada manera de hacer política”, tomando como modelo la revolución cubana y olvidando “la escucha permanente de los evangelios y en definitiva el seguimiento situado de Jesús de Nazaret”.

 

Trigo reconoció también sus propias equivocaciones: “Yo confundí el estado de carencia de todo que tenían los campesinos recién emigrados a la ciudad… sin percibir que pobre no es el que no tiene, sino el que no tiene cómo tener”.

 

El desafío pendiente: el Vaticano II

 

El teólogo recordó que “la asignatura pendiente en nuestra Iglesia es el contenido fundamental del Vaticano II, del que la Teología de la Liberación pretende ser su concreción latinoamericana”. Dicho contenido, remarcó, es que “el centro del misterio cristiano es el Evangelio de Jesús de Nazaret y que el pueblo de Dios, todo él, es el portador de ese misterio”.

 

Por eso consideró que el Sínodo de la Sinodalidad necesita más tiempo para realizar su propósito: “Caminar juntos en seguimiento situado de Jesús para ser de la humanidad la familia de las hijas e hijos de Dios y por tanto de hermanas y hermanos entre sí”.

 

Resistencias estructurales y culturales

 

Trigo amplió su análisis hacia la sociedad contemporánea: “Esta resistencia a vivir la fraternidad proviene sobre todo de los que diseñan y controlan este orden establecido, que hace lo posible porque cada quien se considere un individuo sin vínculos obligantes”.

 

Denunció también la “resistencia como dejar atrás del poshumanismo”, en la que “ya no se absolutiza el individuo humano, sino el entendimiento y la voluntad”, lo que lleva a una manipulación de la vida humana que “actúa como si fuera Dios”.

 

La única respuesta: fraternidad desde los pobres

 

Pedro Trigo concluyó su exposición afirmando que no se puede vencer la fuerza de estas resistencias con poder o imposición: “Nuestra propuesta los concierne también a ellos y se la proponemos como provechosa y ventajosa para ellos”.

 

Y recordó que la verdadera alternativa se encuentra en “la fraternidad de las hijas e hijos de Dios, que se da desde el privilegio de los pobres, porque Dios los privilegia y porque solo desde abajo se puede llegar a todos”.

 

En sus palabras finales, el teólogo resumió la esencia de su propuesta: “Solo cuando lo que hagamos y lo que nos afecte lleve la voz cantante nuestras vidas, podremos superar las resistencias y vivir desde esas relaciones trascendentes que tienen su quicio en la fraternidad de Jesús… relaciones que la Teología de la Liberación se propone sistematizar y expandir en nuestra América”.

 

Theresa Denger: “Sin espiritualidad no podemos resistir”

 

La teóloga Theresa Denger, reconoció que, aunque “el primer día fue difícil, de crisis, de ver que vamos hacia el colapso”, en ese encuentro percibía “la cosecha de la esperanza, de la fe terca en que la muerte no va a tener la última palabra, sino la vida, el amor”.

 

Denger explicó que su aporte buscaba ofrecer “algunos apuntes para una espiritualidad de la resistencia, porque todos y todas que estamos aquí estamos resistiendo desde nuestros territorios, pero estoy convencida que sin espiritualidad no lo podemos hacer”.

 

Identificó dos grandes desafíos: “Por un lado, la pérdida de la esperanza en el otro mundo posible y el olvido de la historia, y por otro, la persecución y el asesinato de líderes comunitarios y defensores: están asesinando a nuestra mejor gente”.

 

Ante esta situación, planteó dos preguntas: “¿Cómo dar razón de la esperanza y cómo superar el cinismo?” —ese cinismo que, dijo, “se percibe mucho en las redes sociales, cuando ante noticias horribles se ponen comentarios cínicos de que ya nada importa”.

 

Praxis profética y praxis de cuidado

 

La teóloga afirmó que la espiritualidad cristiana debe partir del Jesús histórico, no del “Cristo de la fe con títulos como Hijo de Dios o Rey de reyes”, pues “eso puede ser ideológico”. Retomando a Jon Sobrino, subrayó que hay que volver “al Jesús de Nazaret”.

 

Denger propuso dos dimensiones de la espiritualidad de Jesús: su praxis profética y su praxis de cuidado. Sobre la primera, señaló: “Jesús fue un judío marginal, y esta marginalidad es trascendente; su ‘desde abajo’ es condición de posibilidad de todas las demás opciones y discernimientos”.

 

Recordó que Jesús “empieza su predicación cuando encarcelan a Juan, y después lo matan”. Ese impulso, explicó, lo llevó a levantarse y anunciar la vida, tal como le sucedió a Monseñor Romero al conocer el asesinato de Rutilio Grande. “Por eso hablamos de memoria peligrosa —dijo—, porque es peligrosa para los poderosos, pero también trágicamente peligrosa para los seguidores de Jesús”.

 

En cuanto a su praxis de cuidado, Denger señaló que “Jesús no solo fue el profeta que denunciaba, sino alguien que cuidaba la vida, que se desvivía por cuidar, en un ambiente donde los cuidados eran cosa de mujeres”. Y añadió: “Eso fue algo bien contracultural. Jesús tocaba para curar, lavaba los pies, y los evangelios están llenos de curaciones”.

 

Citó a José María Castillo, quien decía que “para Jesús había tres cosas importantes: la salud de la gente, si tenían suficiente comida y las relaciones fraternas”. Denger señaló que esas preocupaciones eran más centrales para Él que los dogmas o los ritos.

 

El martirio y el cuidado de la vida

 

Al abordar el tema del martirio, Denger advirtió sobre el peligro de interpretarlo de forma errónea: “Puede haber un malentendido, que estemos felices si nos matan porque así somos mártires. Creo que muchos tienen esta concepción de nosotros”. Por eso subrayó la necesidad de leer con cuidado los textos bíblicos sobre persecución y cruz. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame, es un texto que debemos releer desde nuestro tiempo. Jesús no quería que persigan a sus amigos ni que maten a sus seguidoras”.

 

Inspirada en Jon Sobrino, recordó su artículo El seguimiento de Jesús pobre y humilde como bajar de la cruz a los pueblos crucificados, y propuso reinterpretar el pasaje de Marcos así: “El que quiera seguirme, que baje de la cruz a los pueblos crucificados, para que no haya muerte”.

 

Denger insistió: “Jesús dio su vida para quitar esta fuerza destructora del pecado, para que otros ya no sufran, para que no maten a otros”. Y añadió que la cruz “es escándalo y misterio, porque la muerte injusta del justo nos pone en crisis ante Dios”.

 

Cuidar como forma de amar

 

En su lectura del Evangelio de Juan, Denger ofreció una interpretación del pasaje en que Jesús entrega a su madre y al discípulo: “La última voluntad de Jesús es que se cuiden, que nos cuidemos”.

 

Subrayó que en ese texto “hay una gran presencia de mujeres, testimonio de que los cuidados son un gran signo del Reino de Dios”. Compartió también una anécdota: “En la traducción del Nuevo Testamento al idioma rarámuri se dieron cuenta de que no existe la palabra amar, sino cuidar. Entonces, el texto queda así: ‘Cuídense los unos a los otros como yo los he cuidado’. Creo que en nuestro tiempo ese es un mensaje fuerte”.

 

Vivir como resucitados

 

Para Denger, creer en la resurrección no significa evadir el dolor, sino “vivir ya como resucitados en la historia”. Expresó su “fe terca y loca” en que la vida es más fuerte que la muerte: “Aunque veamos que estamos ante un colapso, nos aferramos a esta fe y creemos que en nuestras comunidades, en nuestras resistencias, estamos moviendo algo, y que la vida al final es más fuerte”.

 

Ilustró esta fe con tres testimonios de mujeres salvadoreñas: Carmen Moreno, colaboradora de Rutilio Grande; Eneida Abarca, madre buscadora de su hijo desaparecido; y Vidalina Morales, defensora ambiental de Santa Marta. En ellas, dijo, “se reflejan las categorías de Jesús: la marginalidad, la memoria peligrosa, el cuidado y la resistencia desde abajo”.

 

Sobre Eneida Abarca, recordó sus palabras durante un viacrucis: “María sufrió tres días porque su hijo Jesús estaba desaparecido, y yo llevo 39 meses sufriendo dolor, agonía e incertidumbre porque la fiscalía no da una respuesta”. Denger comentó que “esa comparación ilumina aspectos de la vida de María que nunca habíamos considerado”, y mostró cómo el cuidado puede extenderse incluso más allá de la muerte, como búsqueda de verdad y de reencuentro.

 

Cuidar y tejer la vida

 

Al concluir, Denger recordó una frase de Monseñor Romero: “La gloria de Dios es que el pobre viva”. A partir de esa convicción, afirmó: “No hay nada más sagrado que la vida de la tierra, que nuestra vida y la de nuestros cuerpos. Cuidar y tejer la vida en comunidad es la misión de la Iglesia”.

 

Y cerró con un eco de las luchas feministas: “Nos queremos vivas. Claro que queremos ser una Iglesia profética y valiente, pero nos queremos vivas, porque solo vivas podemos dar gloria a Dios”.

 

En su contemplación final, invitó a imaginar a Dios “como mamita Dios, madre tejedora que une los hilos de nuestras vidas del pasado y del presente para sostenernos y encaminarnos hacia el horizonte de liberación”.

Eucaristía de clausura del IV Congreso de Teología: Peter Hughes invita a ponerse a los pies de la cruz

(Por: Micaela Díaz)

 

Con cantos de gratitud y símbolos de esperanza, culminó en Lima la Eucaristía de clausura del IV Congreso Continental de Teología Latinoamericana y Caribeña, que este año coincidió con el Congreso Internacional Migraciones, Conflicto, Mujer y Juventud, Cuidado de la Casa Común. La celebración, presidida por el teólogo y sacerdote irlandés Peter Hughes, fue un momento de oración y compromiso, marcado por el recuerdo del maestro Gustavo Gutiérrez, a un año de su Pascua.

 

Con la intensión de agradecer al Dios por la vida, la amistad y el testimonio del discípulo de Jesús, querido hermano, amigo y maestro Gustavo Gutiérrez se celebró la misa, en un ambiente de fraternidad y emoción compartida.

 

Desde los márgenes y la cruz

 

En su homilía, Peter Hughes invitó a los participantes a situarse junto a los crucificados de hoy, “los que se sienten ninguneados, los sobrantes y desechables de esta historia de consumo y de idolatría al dios del dinero”. A partir del Evangelio de Lucas, remarcó que Jesús vino “a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos”, y que este anuncio sigue siendo “una carta magna de su proyecto”, vigente frente a las injusticias actuales.

 

El sacerdote señaló la coincidencia providencial entre el Evangelio proclamado y el último libro póstumo de Gustavo Gutiérrez, Vivir y pensar el Dios de los pobres, publicado pocos meses antes. “Eso es vivir la fe desde la práctica, desde la mística, desde el amor, y pensarla como acto segundo —que es teología— desde la perspectiva de los pobres y de los olvidados”, afirmó.

 

Hughes también se refirió al sufrimiento del mundo contemporáneo, mencionando el conflicto en Gaza como “un nuevo genocidio con todas sus letras”, y confesó el desconcierto de la fe frente a la crueldad: “Nos sentimos con sentimientos difíciles de explicar, una mezcla de frustración, rabia e impotencia que pone en tela de juicio qué significa nuestra propia humanidad”.

 

Desde una perspectiva de fe esperanzada, llamó a los creyentes a “ponerse de pie desde el pie de la cruz con el crucificado, con la víctima inocente Jesús de Nazaret”. “Su muerte cancela para siempre la violencia, el desprecio a la vida, el terror y el miedo, en favor de la fraternidad”, afirmó con tono firme.

 

Antes de un momento de silencio contemplativo, invitó: “Pensemos y compartamos un minuto de silencio… poniéndonos todos desde el pie de la cruz, entrar en el misterio pascual de Jesús que es muerte, pero también vida”.

 

Ofrendas con memoria

 

Durante el ofertorio, los participantes presentaron diversos signos de los días compartidos: el libro de Gutiérrez Libertad y esperanza; el telar confeccionado durante el Congreso, símbolo de las voces y realidades entrelazadas; y una fotografía de Gustavo, “cuya sonrisa nos ilumina y cuya palabra sigue acompañando las marchas de su pueblo”.

 

También se elevaron pañuelos de colores que representaban “los rostros de las mujeres, los niños, los jóvenes, los pueblos en su inmensa diversidad, las comunidades y la naturaleza que buscan reconocimiento y dignidad”.

 

El gesto de anudar los pañuelos en un círculo expresó la decisión de seguir tejiendo esperanza: “Que este gesto mantenga viva la memoria, la fuerza del amor y la presencia expansiva de Gustavo entre nosotros”, se proclamó en la liturgia.

 

Peticiones por la vida y la sinodalidad

 

Las oraciones de los fieles recogieron los clamores del continente: por los migrantes expulsados de sus tierras, por las víctimas de exclusión y violencia, por los jóvenes y por una Iglesia “que siga caminando en el proceso de reforma y conversión que propone la sinodalidad”. También se pidió por “una teología que mantenga viva la opción preferencial por los pobres y promueva el cuidado de la tierra y de toda vida”.

 

Envío a la acción

 

Al finalizar la misa, se compartió el mensaje final del IV Congreso de Teología, reafirmando la fidelidad a Jesús de Nazaret y su Evangelio “en el contexto de un capitalismo de guerra, genocidios y colapso socioambiental”. Los participantes enviaron además una carta al Papa León XIV, agradeciendo sus recientes mensajes y reiterando el compromiso con una Iglesia sinodal y comprometida con los pobres.

 

En las palabras finales, Peter Hughes recordó el carácter práctico del legado de Gutiérrez: “En los últimos meses de su vida, Gustavo siempre preguntaba: ‘¿Qué haces? ¿A qué te dedicas?’”. Y concluyó: “Estamos enviados por el Señor a la periferia, a la Galilea de estos días, para proclamar un Pentecostés nuevo”.

 

Con cantos de esperanza y una bendición final, la comunidad celebró el cierre de este histórico encuentro, entretejido con fe y memoria.

 

El teólogo Jon Sobrino honra a Gustavo Gutiérrez y recuerda a los mártires de El Salvador

(Por: Micaela Díaz)

 

 

En el  IV Congreso Continental de Teología Latinoamericana y Caribeña, el teólogo jesuita Jon Sobrino participó en el homenaje a Gustavo Gutiérrez, fundador de la Teología de la Liberación, con una reflexión sobre la presencia de Dios en la historia de los pueblos y el testimonio de los mártires de El Salvador.

 

Sobrino evocó palabras de su hermano jesuita Ignacio Ellacuría, asesinado en 1989 junto a otros compañeros de la UCA, recordando que “hay quienes aceptan que hay Dios, una ultimidad real y personal”. En ese sentido, señaló con emoción: “Yo he visto en Gustavo Gutiérrez algo de eso último, de Dios”.

 

El teólogo subrayó que, tanto en la vida como en la teología, la presencia de Dios se manifiesta en la cercanía a los pobres, en la compasión y en la búsqueda de justicia, pilares que inspiraron la obra de Gutiérrez y de toda una generación de teólogos comprometidos con la realidad latinoamericana.

 

Romero: el paso de Dios por El Salvador

 

Durante su intervención, Jon Sobrino rememoró la relación entre Ellacuría y monseñor Óscar Arnulfo Romero, mártir y santo de los pobres. Recordó un texto escrito por Ellacuría tras el asesinato del arzobispo, donde afirmaba que el pueblo salvadoreño “nunca había sentido a Dios tan cerca”.

 

“Con Monseñor Romero”, dijo Sobrino citando a Ellacuría, Dios pasó por El Salvador”. El teólogo compartió tres frases de Romero que, a su juicio, condensan su legado profético.
La primera: “Me alegro, hermanos, de que la Iglesia sea perseguida”.
Sobrino explicó que estas palabras, lejos de expresar resignación, revelan la fidelidad del Evangelio en medio del sufrimiento del pueblo: “Sería muy triste que en un país con tantas injusticias y asesinatos, a la Iglesia no le tocara nada de eso”.

 

La segunda, pronunciada el 23 de marzo de 1980, víspera de su asesinato, fue su último clamor: “En nombre de Dios, en nombre de los lamentos de este sufrido pueblo cuyos clamores suben hasta el cielo, les suplico, les ruego, les ordeno: ¡cese la represión!”.

Y la tercera, la más conocida y quizá más cierta hoy que nunca: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”.

 

Teología desde los mártires

 

Sobrino afirmó que el pensamiento de Gustavo Gutiérrez, Ellacuría y Romero sigue iluminando la fe de los pueblos latinoamericanos. “Ellos mostraron que Dios no se encuentra lejos ni en los templos, sino en la historia, en los pobres y en los que luchan por la vida”, expresó.

 

El homenaje cerró con un largo aplauso de los participantes del Congreso, reunidos en Lima bajo el lema Horizontes de liberación, tejiendo esperanzas desde abajo, quienes reconocieron en las palabras de Sobrino una invitación a mantener viva la memoria de los profetas que, con su vida y su muerte, revelaron el rostro de un Dios que camina con los pueblos de América Latina.

 

 

Leonardo Boff rinde homenaje a Gustavo Gutiérrez: “La teología de la liberación tenía que nacer de ti”

(Por: Micaela Díaz)

 

 

En el IV Congreso Continental de Teología, durante el homenaje a Gustavo Gutiérrez, el teólogo brasileño Leonardo Boff ofreció un testimonio lleno de afecto y memoria. Considerado uno de los principales compañeros de ruta del fundador de la Teología de la Liberación, Boff recordó a Gutiérrez como “un entrañable amigo” y “una figura genial que dio centralidad a los pobres en la reflexión teológica”.

 

“Conocí a Gustavo a inicios de los años 70, en el primer encuentro de teólogos latinoamericanos que tuvimos que realizar en Estados Unidos, porque en toda América Latina había dictaduras”, relató Boff. Aquel encuentro marcó el inicio de una relación fraterna y de una alianza teológica que transformaría la manera de hablar de Dios desde la realidad de los oprimidos.

 

“Le dije al principio: la teología de la liberación tenía que nacer de ti. Porque tú eras un mestizo, más bien un indígena, pequeño, enfermo, cojo… tú habías vivido en tu piel la opresión. Por eso podías hablar de liberación”, recordó Boff.

 

La teología que nace desde los pobres

 

Boff subrayó que la novedad de Gutiérrez consistió en situar a los pobres como sujetos de la reflexión teológica. “Él formuló por primera vez una teología que da centralidad a los pobres, no individualmente, sino como una gran colectividad”, señaló. “Por eso su punto de partida es la opción por los pobres y contra la pobreza que Dios no quiere”.

 

El pensador brasileño resaltó además que la teología de la liberación “no tiene a Marx como padre ni como padrino”, sino que “una teología inicialmente espiritual que mira al pobre como un Cristo sufriente, como alguien que renueva la vía crucis de Jesús que tiene más estaciones de que aquella que Él vivió cuando estaba sufriendo en Jerusalén”.

 

“El primer momento de la teología no es hablar sobre Dios, sino hablar a Dios —dijo Boff—. No desde la abstracción, sino desde los rostros humillados y ofendidos de los pobres”.

 

Teología encarnada en la historia

 

El autor de Jesucristo liberador recordó que tanto él como Gutiérrez desarrollaron sus obras casi simultáneamente, movidos por un mismo espíritu: “Parecía que el Espíritu del mundo nos hubiera tomado para hablar de la liberación. Gustavo escribía Teología de la liberación y yo, Jesucristo liberador; era el mismo aliento de fe y esperanza en medio de las luchas de los pueblos”.

 

Boff señaló la dimensión autobiográfica de la obra de Gutiérrez: “Desde joven sufrió enfermedades, pero también aprendió a sufrir con los demás. Su teología nació del dolor y la esperanza, de la experiencia viva de los oprimidos”.

 

Mencionó tres libros que resumen esa espiritualidad: Beber en su propio pozo, El Dios de la vida y Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente.

 

Liberación, vida y cuidado de la Tierra

 

Para Boff, la madurez del pensamiento de Gutiérrez lo llevó a ampliar su horizonte hacia una “teología de la vida”, ecológica y humanista: “Habló del Dios de la vida porque comprendió que la vida está amenazada: la vida de los pobres, de la humanidad y de la Madre Tierra”.

 

El teólogo brasileño conectó así el legado de su amigo con el ideal andino del buen vivir: “Nos enseñó que la economía no es acumulación, sino comunión; que debemos cuidar la Pachamama, vivir en armonía con la naturaleza, con la sociedad y con nosotros mismos”.

 

“Nacimos para brillar”

 

Boff concluyó afirmando que la Teología de la Liberación “nació en América Latina, pero se expandió al mundo entero”, con expresiones en África, Asia y Europa. “Para cada opresión —dijo— su correspondiente liberación”, de la mujer, de los pueblos indígenas, de la naturaleza, de todos los crucificados de la historia.

 

Al cerra su intervención evocó la presencia espiritual de su amigo: “Gustavo Gutiérrez está aquí, presente, posiblemente sonriendo, haciendo chistes con el espíritu fino que tenía”.

 

“Lo recordamos como un amigo inolvidable y que queremos estar juntos y llevar adelante lo que nos ha legado en la teología de la liberación: el amor de los pobres en los cuales encontramos el Cristo sufridor y que clama por resurrección, y vamos a luchar a pesar de todas las dificultades para que se cree espacio de libertad, espacio de respiración, espacio donde la persona puede sentirse humana, amada y capaz de amar y tener la alegría de vivir, porque si nacimos en el corazón de las grandes estrellas rojas, si nacimos allá, no es para vivir sufriendo en este mundo, sino nacimos para brillar”.

 

 

Memoria agradecida y compromiso vivo: homenaje a Gustavo Gutiérrez en el IV Congreso Continental de Teología

(Por: Micaela Díaz)

 

Teólogos, amigos y discípulos se reunieron para rendir homenaje al padre Gustavo Gutiérrez, a un año de su pascua. “Nuestro querido hermano, maestro y profeta de la vida”, así fue presentado por la moderadora de la mesa, quien recordó que su legado “sigue inspirando la fe comprometida de tantos hombres y mujeres en América Latina y en el mundo”.

 

El homenaje fue definido como “una conversación entre amigos, amigas que han compartido camino con Gustavo y que siguen creyendo que la fe sin compromiso con la vida, y especialmente con los pobres, no es una fe cristiana”. En la mesa participaron Leonardo Boff, Jesús Cosamalón, Yolanda Díaz, Edmundo Alarcón Caro, Carmen Lora, y se compartió también un mensaje del teólogo jesuita Jon Sobrino desde El Salvador.

 

Leonardo Boff: “Gustavo fue un entrañable amigo, un genio con alma de pueblo”

 

El teólogo brasileño Leonardo Boff abrió la mesa recordando a su compañero de ruta desde los inicios de la Teología de la Liberación. “Estoy feliz de poder participar en esta celebración de ese entrañable amigo que hace un año cayó en los brazos de Dios. Gustavo Gutiérrez era un entrañable amigo”, expresó.

 

Boff relató su primer encuentro con Gutiérrez en los años setenta, en un congreso de teólogos latinoamericanos realizado “en el corazón del imperio”, en Estados Unidos, debido a las dictaduras en la región. Desde entonces, dijo, se estableció una amistad profunda: “Le dije a Gustavo que la teología de la liberación tenía que nacer de él, porque era un mestizo, más bien un indígena; pequeño, cojo, con una pierna más corta… porque vivió en su piel lo que es la opresión”.

 

Para Boff, el aporte de Gutiérrez fue “crear otro tipo de hacer teología, una reflexión crítica de la praxis histórica a la luz de la Palabra de Dios”. Y añadió: “Gustavo inauguró un nuevo acercamiento al oficio teológico. Daba centralidad a los pobres, no individualmente, sino como una colectividad: las grandes mayorías víctimas de un sistema que produce pobreza”.

 

Recordó que, pese a la persecución sufrida por los teólogos de la liberación, “Gustavo fue siempre fiel a su compromiso con los pobres, vivió con ellos, en una extrema pobreza”. Subrayó que su espiritualidad no se basaba en el marxismo, sino en la experiencia del Cristo sufriente: “Veía en la situación del pobre la presencia del Cristo crucificado que clama por resurrección”.

 

Boff repasó también la dimensión histórica del pensamiento de Gutiérrez: “La Teología de la Liberación nació en Petrópolis, en 1964. Fue Gustavo quien propuso hacer una teología como reflexión de la praxis histórica”. Para él, esa teología se convirtió en una fuerza universal: “Se expandió a África, Asia, Europa; se ha hecho una teología popular. Pocas veces en la historia se inventan escuelas teológicas, y ahora se ha creado una propia de América Latina”.

 

Con emoción, concluyó: “Gustavo Gutiérrez será el primer gran doctor de la teología latinoamericana. Tiene claros signos de santidad personal, de humildad, de oración. Fue un representante de los pobres de la tierra, los amó hasta el final. Los que se fueron no están ausentes, apenas son invisibles. Gustavo está aquí presente”.

 

Jesús Cosamalón: “Conocimos al amigo, no al teólogo”

 

El historiador y exintegrante del grupo parroquial “Nueva Semilla”, Jesús Cosamalón, compartió recuerdos de los años en que Gutiérrez fue párroco en Cristo Redentor, en el barrio limeño del Rímac. “El Gustavo que conocimos era el amigo”, aseguró. “Convocó a jóvenes recorriendo el barrio, tocando puertas, invitando a formar comunidad”.

 

Recordó al sacerdote cercano, que jugaba básquet y conversaba de fútbol, pero sobre todo al hombre de fe que “vivía con apasionamiento”. Narró también un episodio doloroso: “Acompañamos a una familia que perdió a su hijo. La madre le preguntó a Gustavo: ‘¿Por qué?’ Y él respondió simplemente: ‘No lo sé’. Esa fue su humildad: no pretendía explicar el misterio del dolor”.

 

Cosamalón resumió el impacto que Gutiérrez tuvo en su generación: “Nos ayudó a reencontrarnos con un Dios vivo, presente en la historia. Nos enseñó a mirar los signos de esperanza en medio de las dificultades, a ser testigos de esperanza en tiempos de crisis”.

 

Yolanda Díaz: “Nos enseñó a crear signos de esperanza”

 

Desde Chiclayo, Yolanda Díaz, educadora y fundadora del Centro Esperanza, destacó que Gustavo “nos hacía buscar en la realidad motivos para creer”. Recordó su enseñanza sobre la perseverancia: “Nos decía que había una bienaventuranza jamás escrita: felices los tercos, felices aquellos que a pesar de las dificultades están allí para cuando lleguen las oportunidades”.

 

Díaz explicó una de las claves que Gutiérrez les dejó: “Nos decía que en la intersección entre Dios y el pueblo está la comunidad. En ella alimentamos la fe y reflexionamos sobre nuestra manera de estar en la historia”. Para ella, el legado de Gustavo fue “una espiritualidad laical que da sentido a la vida y genera signos de esperanza”.

 

Jon Sobrino: “Nos defendió a nosotros, los pobres”

 

En un mensaje grabado desde El Salvador, el jesuita Jon Sobrino recordó sus conversaciones con Gutiérrez y su amistad con monseñor Óscar Romero. “Gustavo me enseñó que la teología de la liberación tenía que ver con realidades concretas”, expresó. Recordó las palabras de Romero: “Nos defendió a nosotros, los pobres… y por eso lo mataron”. Sobrino destacó esa conexión entre la verdad, la defensa de los pobres y la cruz, núcleo de la fe compartida con Gutiérrez.

 

Edmundo Alarcón Caro: “Su vida sacerdotal inspiró la mía”

 

El sacerdote y docente Edmundo Alarcón Caro relató su encuentro con Gutiérrez en los años setenta, cuando era seminarista: “Su claridad explicativa, su rapidez mental, su agudeza para desvelar los textos bíblicos… me abrieron un universo teológico nuevo”. Años después, Gutiérrez lo invitó a integrarse a la UNEC, recordándole que “el sacerdote de hoy tiene que entrar en el mundo universitario, donde los jóvenes te exigen y te ayudan a actualizarte”.

 

De él aprendió que “es importante tener una vida comunitaria con los pobres para que las reflexiones no se queden en el aire”. Y agregó: “Gustavo siempre te dejaba desafíos. Decía que el equilibrio real lo hacen los pobres, que caminan sobre una cuerda que se bambolea entre la vida y la muerte”.

 

Recordó su delicadeza y atención a los demás: “Le pedí que leyera mi tesis doctoral y, para mi sorpresa, lo hizo. Me devolvió el texto con correcciones y recomendaciones. Ese era Gustavo: siempre atento a los detalles”.

 

Carmen Lora: “Mirar lejos, con los pies en la tierra y siendo amigo de los pobres”

 

La directora de la revista Páginas, Carmen Lora, cerró la mesa con una reflexión desde las palabras mismas de Gutiérrez. “He escogido citas de Gustavo, especialmente de Teología de la liberación, Mirar lejos, Beber en su propio pozo y Vivir y pensar el Dios de los pobres”, dijo.

 

Resaltó tres rasgos esenciales de su legado: “Su capacidad de mirar lejos, pero desde el aquí y ahora; su convicción de que conocer la realidad es para transformarla; y una espiritualidad arraigada en el mensaje de Jesús”.

Recordó la advertencia de Gutiérrez: “La Iglesia de América Latina requiere unir sus fuerzas y no desgastarlas. Podrá así coger la oportunidad de una nueva evangelización que se haga en solidaridad con los más pobres e insignificantes”.

 

Lora subrayó su espiritualidad: “Gustavo nos enseñó que la palabra del Señor es novedad permanente, gracia que quiebra inercias. La teología será un hablar enriquecido por un callar”. Y concluyó evocando su fe inquebrantable en la vida: “En tiempos de guerra y crueldad, su invitación sigue siendo mantenernos en pie junto a la cruz, sin arredrarnos ante la muerte injusta”.

 

Legado que sigue inspirando

 

El homenaje concluyó con palabras de gratitud: “Este acto de memoria agradecida es también afirmación de nuestro compromiso por seguir encarnando una teología que se hace vida y buena noticia”, expresó la moderadora. “Como decía Gustavo, anunciar la buena noticia es hacer presente a Dios en medio de su pueblo”.