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El pesebre

[Por: Pedro Trigo]

(Lc 2,7.12.16)

 

La representación evangélica del nacimiento de Jesús

es tan paradójica, Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que sin tu gracia no la podemos tomar en serio;

pero con ella nos arroja tanta luz

y una luz tan alegre porque es la luz de la vida,

que ante ella la luz de este mundo se nos convierte en tinieblas.

Te pedimos, pues, Padre, que los destellos de esa luz,

divina de tan humana,

iluminen este pobre canto para que sea realmente proclamación

de ese evangelio definitivo que diste al mundo esa noche.

 

I

 

La palabra que trenza toda la escena

desde el principio hasta el final

es pesebre, una palabra al parecer impropia

para caracterizar el acontecimiento más decisivo de la historia.

El relato va describiendo cómo la madre de tu Hijo lo dio a luz

lo envolvió en pañales y al mencionar dónde lo recostó

dice que en un pesebre,

como si fuera una errata en vez de cunita;

pero dice pesebre

y añade como explicación,

que sucedió así porque no hubo sitio para ellos en la posada.

El texto no indica que les negaron la entrada porque eran ellos;

simplemente había mucha gente,

el estado de María originaría muchos inconvenientes

y no eran ricos, porque éstos siempre encuentran acomodo,

siempre aparece gente que les brinde un buen lugar.

Se nos está describiendo cómo vino tu Hijo al mundo

y de pronto se cuela esa palabra impertinente: pesebre.

Al nacer, Jesús descansó en el lugar donde comen los animales

porque no hubo otro sitio donde descansar.

¿Cómo es posible, Padre, que tú sueltes a tu Hijo al mundo así,

tan sin defensa,

como si no te importara,

o como si el mundo fuera un lugar desconocido para ti

en el que no se te respeta,

en el que no tienes ninguna autoridad?

¿No sostienes el mundo con tu Palabra creadora?

Tu Palabra ¿no es la luz que ilumina a todos los seres humanos?

¿Cómo puede entrar tu luz al mundo y no se la dé lugar?

Perdona, Señor, pero ¿no tuviste tú la culpa

por enviarlo de incógnito,

por echarlo al mundo sin avisar?

Perdona, Padre, tanta impertinencia,

pero es que nos parece tan inaudito,

que no sabemos cómo cuadrarlo

con la idea que tenemos de ti,

porque, aunque tú no te impongas despóticamente,

como muchos gobernantes y los que tienen dinero,

aunque tú respetes siempre nuestra libertad,

al fin fuiste tú quien elegiste nacer de esa mujer y en esa familia.

Pongamos que fueran realmente dignos, incluso los más dignos,

los más entregados a ti y los más fraternos;

pero ¿no pudiste escoger a otros

para que tu Hijo no naciera en tanto desabrigo?

o, mejor, ¿no pudiste arreglar las cosas sin violentarlas

para que alguien tuviera piedad de ellos y los acogiera?

 

Tú nos respondes que tu Espíritu

ha inspirado esta representación

para que lleguemos a comprender internamente tus designios.

Lo que nos pides, por tanto,

es que tratemos de comprender lo que nos dices

y no que lo cuestionemos

y, menos aún, que te pidamos cuentas de lo que haces

para nuestro bien y nuestra salvación

y para revelarnos así quién eres.

Tienes razón, Padre; te pedimos perdón por nuestra necedad.

Vamos, pues, Padre, a atenernos a lo que se nos describe

como su nacimiento.

El hecho es que tu Hijo la primera noche de su vida

fue recostado por su madre en un pesebre.

Los evangelios de la infancia nos dan la clave

para interpretar la vida de Jesús.

¿Qué nos quiere decir este apunte tan revulsivo,

que nos deja tan mal parados a los seres humanos?

Tú nos dices, Padre, que este hecho pone al descubierto

que el mundo está organizado de tal modo que hay personas

que no encuentran lugar en él,

y que ese hecho se da por descontado como un mal menor

al que nos resignamos y que por eso no llama la atención

ni se le pone remedio,

porque los que tienen lugares amplios y confortables

creen no tener ningún lazo que los ligue a los carenciados,

y porque los carenciados

no tienen cómo hacer valer sus derechos,

incluso se les inculca que ellos no tienen derecho a nada,

para que no tengan capacidad para conseguirlo.

Y los que tienen algo viven con el miedo

que les inculca el sistema

de la precariedad de su instalación,

y por eso se inhiben de reclamar

los derechos de los carenciados

y, más aún, de considerarlos como injustamente privados.

Tú has querido poner al descubierto

que vivimos en una sociedad fetichista,

que necesita víctimas para funcionar,

y que hay muchas personas que viven en la muerte,

porque han borrado a muchos de su corazón,

desconociendo que son sus hermanos.

Tú has querido ponerlo al descubierto y denunciarlo,

no como hiciste por medio de tus profetas

mediante su palabra

inspirada por ti, el Padre de los pobres,

sino queriendo que tu Hijo fuera uno de ellos.

Tú no quieres que haya asesinos

que borren a sus hermanos de su corazón

y vivan como muertos en vida porque no conocen el amor.

Pero como existen,

tú has querido mostrar tu solidaridad incondicional

con los excluidos por ellos,

haciendo que tu Hijo fuera un excluido más,

de manera que no te pudiéramos encontrar fuera de ellos,

sin pasar por atenderlos;

no como un acto supererogatorio,

sino como lo que define el estatuto humano de cada persona.

Y además has querido cargar con el pecado-del-mundo

a través de tu Hijo

para quitarlo.

 

Eso nos dices, Padre, al narrarnos cómo tu Hijo al nacer

fue recostado en un pesebre porque no tuvieron otro sitio.

Te pedimos con todo el corazón que nos hagamos cargo

y lo metamos en nuestro corazón

de manera que miremos al mundo

desde el pesebre donde descansa tu Hijo.

Que consideremos que ése es tu punto de vista.

Tú nos pides que no lo veamos desde el templo

ni desde el sistema bancario

ni desde la presidencia de la república

ni desde los centros comerciales

ni desde la publicidad ni desde el espectáculo.

Desde ninguno de esos sitios se puede ver el pesebre

y si alguien alude a él está tan lejos y se lo ve tan pequeño,

que no impone ningún respeto

ni es capaz de arrancar ninguna decisión que entrañe sacrificio

y altere radicalmente las reglas de juego.

Sólo desde el pesebre puede calibrarse

el grado de humanidad de la sociedad

y de cada uno de los seres humanos.

Padre, te pedimos, por el amor de tu Hijo,

que nos veamos y veamos todo

desde el pesebre donde descansa tu Hijo,

porque el pesebre nunca será el punto de mira y la medida,

si no constituye nuestro entorno vital.

Ése es, Padre, el precio que pagó tu Hijo y que pagaste tú

y que nosotros no estamos dispuestos a pagar.

Ustedes lo pagaron con alegría

porque nos amaron gratuita e irrenunciablemente.

Danos, Padre, tu amor para que el lugar de los excluidos

sea el quicio de nuestra vida.

Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que el pesebre no sea para nosotros

algo pintoresco que tenemos escondido

y sacamos por Navidad,

ni algo revulsivo de lo que huimos

sin decírnoslo a nosotros mismos.

Que sea el lugar inexcusable en el que servimos a tu Hijo,

al servir a los que no tienen lugar.

Tú enviaste a tu Hijo al mundo.

En esa decisión tuya está entrañada ya nuestra salvación;

por eso es la noticia más alegre.

Pero para encontrarlo tenemos que salir de la ciudad

y dirigirnos a donde viven los que no tienen lugar;

ése es el precio de este evangelio:

para llegar a ese tesoro divino,

realmente escondido en estas tinieblas

a cuya luz caminamos,

tenemos que dejar la instalación;

si no, nunca lo encontraremos.

Te pedimos, Padre, que lo paguemos con alegría.

Que comprendamos que no es un peaje caprichoso,

sino la correspondencia a tu condescendencia divina.

Si tu amor llega hasta compartir en tu Hijo nuestra historia

¿será mucho que el nuestro llegue hasta nuestros hermanos

que están sin lugar?

Si nos cerramos al amor,

ni tú mismo nos puedes salvar.

¿Cómo nos vas a salvar si tú eres el amor

que nos empeñamos en negar?

Que comprendamos, Padre, que sólo desde el pesebre

podremos gustar

la alegría de la entrada de tu Hijo al mundo;

que cualquier otra que nos inventemos,

por muy publicitada que esté

o aun bendecida por tus representantes,

no es la alegría de la Navidad.

Concédenos, Padre, la gracia de encontrar a tu Hijo

donde ha venido.

 

II

 

La segunda vez que se menciona el pesebre

es en boca del ángel

que anuncia a los pastores el nacimiento de Jesús.

Dice que les ha nacido un salvador

que es el Mesías, el Señor;

y la señal de que lo es,

es que lo encontrarán recostado en un pesebre.

Padre de nuestro Señor Jesucristo,

el Mesías es el pastor de tu pueblo,

enviado por ti con tu Espíritu

para que lo salve definitivamente.

¿Cómo dormir en un pesebre puede ser la señal

de tanta dignidad y poder?

Concedemos que tuviste razones

para que tu Hijo naciera en el desamparo

¿pero cómo un pesebre puede ser signo de señorío?

Es terrible que al llegar al mundo tu Hijo

no haya encontrado lugar

y su madre lo haya tenido que recostar en un pesebre;

pero hacer del pesebre la contraseña de su misión

¿no parece un contrasentido?

¿No es gloriarse de lo que es una infamia padecida sin culpa?

¿Cómo hacer del pesebre una bandera liberadora?

Danos, Padre, la luz que irradia del mismo pesebre

donde descansa tu Hijo,

para que podamos ver la congruencia

de lo que nos parece pura debilidad y sinsentido.

 

Tú enviaste a tu Hijo como Mesías de los pobres,

como su liberador,

y a través de ellos como liberador de todos.

Los pobres son los que no tienen cómo tener,

y por eso se sienten desvalidos,

o caen en la desesperación

o esperan que otros los pongan a valer,

porque piensan que ellos no pueden salvarse.

Pero de hecho ninguno de los que quiso salvar desde arriba

logró salvar a los pobres;

salvó a la nación de sus dominadores,

pero no a los pobres de la nación;

los de abajo continuaron abajo.

Por eso tú enviaste a salvar a todos desde los pobres.

Tu Hijo fue el Mesías pobre de los pobres y en ellos de todos.

Él, siendo rico, se hizo pobre

para enriquecernos con su pobreza.

Él tuvo ciertamente la fuerza de tu Espíritu;

la tuvo desde el comienzo:

fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo;

pero la fuerza del Espíritu es la que cabe en el amor infinito,

no la fuerza de los fuertes de este mundo.

Esta fuerza sirve para imponerse,

para coartar, para mancillar.

No sirve para dar vida de la propia vida,

para rehabilitar, para animar,

para liberar las mentes y los corazones,

para dar humanidad ni vida eterna.

El que nació en el pesebre, ungido por tu Espíritu,

pudo comprender a todos los oprimidos desde dentro,

más aún, pudo ayudarlos a llevar las cargas,

de modo que no los aplastaran, sino que los aquilataran;

pudo ayudar a que se pusieran en pie,

a que se apoyaran en su dignidad reencontrada,

a que se encontraran, se reconocieran, se movilizaran.

Jesús, sin el poder de este mundo,

pero con el poder del Espíritu,

pudo introducir en el mundo para siempre

tu Espíritu indestructible.

Hasta ahí llegó el Mesías:

hasta derramar su Espíritu que es el tuyo.

Y ya nunca se apagará tu Espíritu en la humanidad.

Por eso el signo del mesianismo peculiar de Jesús,

de su señorío

fue ser reclinado, al nacer, en un pesebre.

Tu Espíritu lo llevó hasta ese no lugar

para desde él hacer lugar

a todos los que no tienen lugar en el orden establecido.

Ésa es su bandera, que es tu misma bandera.

Te pedimos, Padre de nuestro Señor Jesucristo,

la gracia de gustar el poder del pesebre de Jesús.

En él reluce tu solidaridad con el mundo,

a través de tu solidaridad

con todos los excluidos de los ordenamientos sociales.

Te pedimos la gracia de gustar en el pesebre de Jesús

la unción de tu Espíritu,

su fuerza y su suavidad.

&am

Homilia do P. Beozzo: Sagrada Família de Jesus, Maria e José: “Levanta-te. Pega o menino e sua mãe e foge para o Egito”

[Por: Jose Oscar Beozzo | O Fato Maringa]

Crianças inocentes perseguidas e massacradas por Herodes em Belém e nas redondezas; Jose arrastando consigo Maria e o menino em angustiada e desabalada fuga em meio à noite, em direção a uma terra longínqua e estrangeira, para salvarem suas próprias vidas (Mt. 2, 13-15.19-23). Este é o cenário que nos apresenta o evangelho de Mateus para a festa da Sagrada Família de Jesus, Maria e José e que prossegue com o anjo visitando em sonhos a José, para dizer-lhe: “Levanta-te, pega o menino e sua mãe e volta para a terra de Israel, pois aqueles que procuravam matar o menino, já estão mortos” (2, 20)…

 

Confira os comentarios bíblicos.

 

Video: https://www.youtube.com/watch?v=grGW-p6VYRo

Ivone Gebara: «Hay que crear comunidades de sentido, reconstruir el tejido humano desde lo humano pequeño»

[Por: Lala Franco | alandar]

Ivone Gebara es una religiosa brasileña, filósofa y teóloga ecofeminista. Fue colaboradora de Helder Cámara en Recife, profesora de Filosofía y Teología sistemática en el Instituto de Teología de Recife. Ha dado clase y charlas en universidades de Europa y América Latina. Trata de hablar desde las mujeres concretas que cuentan su dolor y critica los fundamentos antropológicos patriarcales de la teología. Ha sido Premio Alandar este año 2025…

 

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Una reflexión para la Navidad, en un mundo desgarrado

[Por: Comunidad de Cristianos de Base de Gijón]

Cuando nos disponemos a celebrar la Navidad, la fiesta del nacimiento de Jesús de Nazaret, conviene ir más allá del aspecto festivo y folklórico que suele acompañar estas fechas…

 

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Navidad sin descarte ni descartados

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[Por: Rosa Ramos]

“Nada se pierde, todo se transforma”

(así decimos desde la Ley de Lavoisier a canciones)

 

¿Valió la pena?

Todo vale la pena, si el alma no es pequeña.

Fernando Pessoa

 

Invito a contemplar las tres imágenes de izquierda a derecha, pues son una sucesión en el tiempo. En la víspera del cuarto domingo de Adviento encendí las cuatro velitas de la corona. Vi que la cera se derramaba sobre el vidrio, no me importó, la dejé y contemplé. Recé la luz irradiada, ese gastarse de las velas y el derrame copioso de cera. Al día siguiente la retiré con cuidado, pero en vez de descartarla en la basura, busqué formas, jugué con ellas. Encontré esas figuras en las que podía ver claramente unos padres con un bebé recién nacido, incluso un ángel: ¡todo un “pesebre”!

 

Contemplé en las velas que se achicaban, tantas vidas que se gastan, que se queman día a día, alumbrando como esas pequeñas luces; la mayoría de nosotros gastamos nuestras vidas de manera sencilla, en el ir y venir cotidiano. Pocos se elevan e iluminan un poco más lejos o durante un período mayor, pero todos nos gastamos, derramamos y más temprano que tarde nos apagaremos.

 

La sucesión fue también motivo de oración. La primera imagen es hermosa, colorida, plena de vida, con casitas, con jazmines y violetas. La segunda es curiosa, sugerente, precisamente esa cera que se derramaba fue la que dio un giro a mi oración. ¿Retirarla inmediatamente, no dejar que manchara el vidrio, evitar que ese deshecho entorpeciera? ¿O disfrutar de sus colores que se iban mezclando, de las formas circulares que se iban formando? Opté por dejar que la cera se derramara toda. La tercera imagen es la más simple, casi toda del mismo color morado de Adviento, que resalta por el fondo de una siempre hoja blanca. Esas figuras tan elementales y desprovistas de todo “aditamento”, reflejaban bien la kenosis del himno paulino.

 

En primer lugar, envié las fotos y mi reflexión a personas que en el último tiempo vieron gastarse hasta el final, hasta apagarse, la vida de seres queridos cercanos. Les dije, ¿ven?: “nada se pierde”, “todo vale la pena” si sabemos hacer una hermenéutica y/o resignificar esas vidas, esas historias; si no las descartamos rápidamente de nuestro horizonte, queriendo negar el dolor suyo y nuestro, si no apuramos el olvidarlas, si somos capaces de permanecer junto al ser querido gastándose, si somos capaces de mirar sin asco ese derramarse de sus vidas, y si luego nos damos tiempo para “recoger” el legado, sin tirarlo a la basura.

 

Este año, como todos los años, se apagaron muchas vidas, las nombré, recé, agradecí su llamita encendida, su pasaje por esta tierra y su entrega como esa cera derramada. Es verdad que muchas veces titilan las velas, se empequeñece su luz, también flaquean las personas… Huracanes antiguos o vientos nuevos, pueden hacer que las velas quemen o produzcan daño a su alrededor. Por eso es importante dar tiempo, como en aquella parábola del trigo y la cizaña en que Jesús nos enseña la paciencia de esperar a que los frutos maduren. A veces en el quemarse final las personas pueden regalarnos sus mejores colores y ellas mismas sentirse redimidas. Claro que es preciso paciencia, tiempo y una prodigalidad de amor como aquel del padre pródigo.

 

Esa experiencia de “muriendo sanar” la vi hace cerca de diez años, y la volví a ver este año, no directamente, sino estando cerca de quien acompañaba con un amor inmenso y sanador a su padre. Cada día el reporte, el diálogo y la iluminación. “Ver” y señalar admirada lo que Dios estaba haciendo en aquel hombre, en la familia, especialmente por medio de aquella hija. Contemplando las velitas y la cera que avanzaba como lava, madera abajo formando figuras a interpretar, recé historias.

 

También recé las velitas-vidas “sin nombre”, en tantas partes del planeta, muchas aplastadas por la violencia de unos o por la desidia de muchos. Recé por las descartadas como “daños colaterales”, sepultadas o no, y olvidadas. Tanta cera-sangre derramada y no recogida, tanta sabiduría, tantas historias y sueños no contados.

 

Y, sin embargo, es posible aprender a recoger cuidadosamente, de un modo u otro, esos sueños y esa dignidad escondida de cada persona o pueblo. Por eso me gusta tanto el cine documental y escuchar las historias mínimas contadas con ternura por las familias, los amigos contemporáneos, o por los investigadores, si ha pasado mucho tiempo y hay que desenterrar para sanar.

Cuando nos tomamos tiempo para ver, mover, armar o recrear esas historias desde una mirada de salvación, aparecen figuras fantásticas, hermosas y a la vez simples, como en la tercera foto.

 

Nuestras historias, aunque diversas, se parecen mucho: todos buscamos amar y ser amados, todos procuramos vivir con sentido y generar vida, muchas veces nos movemos arrastrando heridas, equivocándonos. Sin embargo, si tenemos tiempo, y alguien que nos mire con amor genuino y misericordia, nos damos cuenta qué fue lo esencial, y por qué valió la pena vivir. Y podemos morir reconciliados con nosotros mismos, con los demás y con el Misterio, bajo la forma que se conciba.

 

Las personas que acompañan pueden ver y ayudar a ver ese sentido y acoger la reconciliación. “Todo vale la pena si el alma no es pequeña.” Errar, fracasar, no ser comprendido, incluso morir. Ese verso de Pessoa que me ha marcado fuerte, espero recordarlo también en mi propio final.

 

Re-significar aquello que parece no tener sentido -como la enfermedad, la muerte, el vacío, lo que Jaspers llamaba “situaciones límites”-, es encontrar nuevos sentidos, nuevos mensajes de la historia personal y comunitaria que iluminan otros senderos a seguir.

 

La historia de salvación -la única historia- va recogiendo los fracasos, aprendizajes y deseos hondos de los pueblos, que interpreta como “promesas de Dios”, siempre a purificar. El pueblo de Israel esperaba un salvador, pero no “un niño envuelto en pañales recostado en un pesebre”. La gran luz que esperaban, y había anunciado Isaías, ha de ser descubierta en un inesperado y frágil niño, nacido en el margen de aquel mundo.

 

Esta Navidad, nos invita una vez más a purificar nuestros deseos, a simplificarlos, a quedarnos con lo esencial: dejándonos amar por Dios, ese de Jesús, que no retiene para sí ni pretende ninguna gloria, sino que se hace uno de nosotros en la periferia porque “no hay lugar para ellos” en la ciudad de David. Nos invita a procurar una historia sin descartar y sin descartados, descubriendo el hilo de oro del amor en cada persona. Para que nadie se pierda hasta que Dios sea todo en todos.

 

Feliz y fecunda Navidad en cada uno.

Juan de la Cruz, místico subversivo de ojos abiertos

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[Por: Juan José Tamayo]

En 2026 se celebra el tercer centenario de la canonización y el centenario del doctorado de San Juan de la Cruz. Ambas efemérides han estado precedidas por la reciente publicación de La mística de la compasión (Editorial Cántico, Córdoba, 2025), del filósofo y teólogo cordobés Antonio Mialdea. El título constituye la mejor síntesis de su contenido en torno a la compasión en la vida, el pensamiento y la praxis de san Juan de la Cruz (1542-1591), carmelita descalzo consecuente, encarcelado y torturado por sus propios hermanos, reformador del Carmelo junto a Teresa de Jesús, maestro espiritual, místico de ojos abiertos, de praxis compasiva y subversiva, y autor del Cántico espiritual, cumbre de la poesía mística de todos los tiempos.

 

De dicha joya literaria subraya Mialdea la belleza y sublimidad cosmológicas, que Juan de la Cruz descubre “con la mirada interior de aquel que primero se ha vaciado de todo”. El vaciamiento de todo como condición para valorar la sublimidad del cosmos es la clave de la experiencia mística y debería serlo de toda experiencia humana. ¡Qué maravilla!

 

Vaciamiento y desnudez son también el camino para acceder a Dios y encontrarse con él. Para tener a Dios, afirma el místico descalzo, es necesario que el alma, el corazón y la voluntad estén vacíos y desnudos, ya que los bienes de Dios no caben sino en un corazón vacío. Y “la desnudez -comenta Lola José en su magnífico comentario al Cántico espiritual a la luz de la mística hebrea (Lumen, Barcelona, 2023, pp. 93 y 145)- es el mismo Dios […]. La espiritualidad hebrea entendió que un cuerpo desnudo es la mejor representación física del vacío sin el cual es imposible el amor y la experiencia del amor. El amor comporta muertes, desprendimiento, pérdida de velos hasta llegar a la desnudez”. 

 

Mialdea, uno de los mejores especialistas en el místico abulense, sobre el que viene trabajando de manera rigurosa desde hace tres décadas, define a Juan de la Cruz como “corresponsal incansable de la esperanza”, pequeño y negruzco y, a su vez, gigante, “un ser único e irrepetible en la historia”, pero consciente de su imperfección, que fue “su mejor trampolín para llegar al Ser”. Por paradójico que parezca, la soledad del descalzo abulense fue la que le condujo a descubrir la verdad del Ser. Es presentado como subversivo del sistema, tanto eclesiástico como político, e incluso para sus propios hermanos calzados, que se opusieron a su reforma radical, nunca le trataron bien y no reconocieron su talento literario.

 

Mialdea lleva a cabo su reflexión sobre la práctica sanjuanista de la compasión en diálogo fecundo, creativo e intertextual con pensadores y pensadoras como Pascal, Nietzsche, María Zambrano, Simone de Beauvoir, Adorno, Benjamin, Martin Buber, Wittgenstein, Byung Chul Han, Boff, Joan-Carles Mèlich y conmigo, ¡gracias, Antonio! Con esta múltiple hermenéutica dialogal abre la figura y el pensamiento del carmelita descalzo a nuevos horizontes de sentido y comprensión que trascienden el texto literario y la ejemplaridad de su experiencia religiosa y les da un carácter universal.

 

Como buen filósofo, Mialdea subraya la originalidad del lenguaje sanjuanista, considera la mística de la compasión inseparable de la mística de la alteridad, es decir, del cuidado con los demás, y afirma que el universo es el lugar de la verdadera compasión.

 

La mejor síntesis del libro y de la personalidad radical de Juan de la Cruz es esta certera descripción que hace el filósofo cordobés: Juan de la Cruz vivió en soledad, pero no fue solipsista, ni individualista. Logró alcanzar el vacío, pero la plenitud lo abrazó. Utilizó, ¡como todos!, sus máscaras, pero por debajo de las mismas creció su personalidad de gigante. Llevó el lenguaje hasta el límite de lo decible hasta el punto de convertirlo en un lenguaje que habla de sí mismo […]. El carácter compasivo presidió su vida” (p. 154).

 

Lola Josa, una de las mejores especialistas del místico abulense, completa el perfil de Mialdea en su edición del Cántico espiritual a la luz de la mística hebrea (Lumen) de eta guisa: “Qué incómodo tuvo que ser el místico para las fuerzas y la vigilancia oficiales, poco menos que un revolucionario que defendía la no necesidad de absolutamente nada de lo que pudiera ofrecer el orden implantado. Él, pobre de nacimiento, que cuidó a enfermos desahuciados, sabía que la bondad y la caridad, atributos de la voluntad del vacío, pueden más que cualquier gobierno”.

 

Yo encuentro un gran parecido con Juan de la Cruz en el obispo-profeta-poeta Pedro Casaldáliga (1928-2200), quien escribiera este poema y lo pusiera en práctica: “No tener nada,/no llevar nada,/ no poder nada,/ no pedir nada./ Y, de pasada, no matar nada,/ no callar nada./Solamente el Evangelio,/ como una faca afilada./ Y el llanto y la risa en la mirada./ Y la mano extendida y apretada./ Y la vida, a caballo dada./ Y este sol y estos ríos y esta tierra comprada/ para testigos de la Revolución ya estallada./¡Y mais nada!”

 

La paz sea con ustedes

[Por: Jacques Mabit]

parece un concepto cada vez más inconsistente e ilusorio. Pero la agitación también reside, y sobre todo, en nuestros corazones, angustiados por un futuro incierto…

 

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Dom Helder: inimigo ou herói da Pátria?

[Por: Ivanir Antonio Rampon]

O nome de Dom Helder Camara passou a integrar o Livro dos Heróis e Heroínas da Pátria. O reconhecimento foi oficializado por meio da Lei 15.242, sancionada pelo Presidente da República em exercício, Geraldo Alckmin, em 29 de outubro de 2025 e publicada no Diário Oficial da União. A homenagem, proposta pelo Senador pernambucano Fernando Dueire, inclui o religioso entre as personalidades que contribuíram de forma significativa para a história e os valores do Brasil…

 

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El nacimiento del Mesías hoy, bajo el signo del neoliberalismo

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[Por: Juan José Tamayo]

El 24 de diciembre de 1999 publiqué en el diario EL PAÍS el artículo “El nacimiento del Mesías”, que tuvo una excelente acogida y provocó un fuerte impacto tanto entre personas creyentes como no-creyentes. 26 años después he hecho consultas sobre la bibliografía reciente en torno al tema y he comprobado que existe una coincidencia básica con los datos expuestos en el artículo de entonces. Por eso he decidido publicarlo de nuevo actualizando algunos análisis e incorporando la siempre lúcida reflexión de Ernst Bloch, que acentúa aspectos sociales del nacimiento de Jesús de Nazaret hoy olvidados en las celebraciones religiosas, que se quedan en la formalidad litúrgica sin creatividad alguna, en la solemnidad ritual totalmente ajena a la situación de marginación en que tuvo lugaro en las celebraciones laicas, que con frecuencia no hacen otra cosa que degenerar en consumismo y legitimar el neoliberalismo. Qué contradicción celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret apoyando un sistema económico que, cual nuevo Herodes, mata, como afirma el papa Francisco en uno de los “noes” de La alegría del evangelio: “No a una economía de la exclusión y la inequidad que mata” (n. 53).  y mata de manera real, no simbólicamente. Como dice el viejo adagio latino: Corruptio optimi pessima.

 

El género literario de los evangelios de la infancia

 

Las recientes investigaciones sobre el judaísmo de la época de Jesús de Nazaret, y muy especialmente las llevadas a cabo en torno a la Biblia cristiana, han hecho importantes aportaciones en torno al Jesús histórico. Los métodos histórico-críticos (historia de las formas, historia de la redacción) e histórico-sociológicos y antropológicos (antropología cultural, historia social y económica, sociología), aplicados al estudio de la literatura cristiana primitiva, han contribuido a cuestionar algunas de las tradiciones más arraigadas en el cristianismo ya bimilenario. Dos de ellas son la fecha y el lugar de nacimiento de Jesús; la primera se encuentra en la base del calendario de Occidente; la segunda constituye uno de los motivos principales de la Navidad.

 

Apenas contamos con documentos históricamente fiables que nos informen sobre el nacimiento de Jesús. Por una parte, los historiadores romanos y judíos no nos han dejado ninguna referencia. Por otra, dentro de los escritos de la Biblia Cristiana, solo los evangelistas Mateo y Lucas hablan de él en dos textos que son conocidos como “relatos de la infancia”. Ellos han alimentado la piedad cristiana popular y el imaginario colectivo de Occidente, al tiempo que constituyen una importante fuente de inspiración de poetas, artistas y narradores.

 

Se trata, en realidad, de dos textos que pertenecen a un género literario peculiar, el de los relatos de nacimiento e infancia de los grandes héroes -tanto judíos como paganos-, que poseen una gran dosis de fantasía, aparecen envueltos en múltiples motivos legendarios y nos familiarizan con el mundo de lo sobrenatural y milagroso: apariciones de ángeles, concepción virginal, estrella que guía la ruta de los magos, precocidad del niño Jesús, escenas truculentas como el asesinato de los inocentes por el rey Herodes, etc.

 

Entre ambos relatos se observan importantes divergencias, e incluso contradicciones, por ejemplo, en la información sobre los viajes de María y José, en los esquemas geográficos, que están en la base de las narraciones sobre el nacimiento de Jesús, etc.-, que ponen seriamente en cuestión su historicidad. Su plan literario responde a una intención teológica bien concreta, que más adelante explicitaré. Son, además, textos aislados, a los que no vuelven a referirse ni los evangelios citados, ni los de Marcos y Juan.

 

Con todo, hay algunos datos que los especialistas tienden a considerar históricos. Este es el caso de la fecha del nacimiento de Jesús. Mateo (2,1) y Lucas (1,5) coinciden en que Jesús nació durante el reinado de Herodes el Grande, que gobernó Judea, Idumea, Samaría, Galilea, Perea y otras regiones de Haurán, del año 37 al 4 antes de Cristo. Mateo sugiere que pudo nacer al final de dicho reinado. La fecha más verosímil está entre el 4 y el 6 antes de la era común. Esa parece ser la más acorde con otros datos cronológicos de la vida de Jesús proporcionados por los Evangelios.

 

Sin embargo, nuestro calendario no se atiene a esas fechas. El error se debe al cálculo incorrecto realizado por el monje del siglo VI Dionisio el Exiguo, que fue quien fijó la división de la historia en dos etapas: antes de Cristo y después de Cristo. Él propuso que los cristianos debían establecer la cuenta de los años partiendo del nacimiento de Cristo, y no desde el reinado de Diocleciano, emperador romano que había perseguido a los cristianos con especial severidad, como tampoco desde la fundación de Roma (ab Urbe condita).

 

Pero se equivocó en cuatro o seis años a la hora de fijar la fecha de la muerte de Herodes el Grande y, en consecuencia, también la del nacimiento de Jesús. Si damos por buena la fecha del año 6 al 4 antes de la era común -y parece que hay que darla, porque el consenso entre los expertos es muy elevado-, el dos mil aniversario del nacimiento de Jesús habría tenido lugar entre el 1994 y 1996.

 

En cualquier caso, la fecha es solo aproximada. Lo que no debe de extrañar, ya que lo mismo sucede con otros personajes relevantes de la época grecorromana, por ejemplo: Nerva, Trajano, Herodes Antipa, Poncio Pilato. Ahora bien, teniendo en cuenta que Jesús fue, según la certera observación de John P. Meier, “un judío marginal” en la historia grecorromana, esta aproximación cronológica me parece más que suficiente.

 

¿Belén o Nazaret?

 

Mateo (2,1) y Lucas (2,4-7) coinciden también en señalar a Belén como lugar de nacimiento de Jesús. Sin embargo, este dato no parece histórico. Para esta valoración me atengo al cualificado criterio del prestigioso biblista católico Raymond E. Brown, autor de El nacimiento del Mesías (original: The Birth of the Messiah, Nueva York, 1979, vers. cast.: Cristiandad, Madrid, 1982), para quien “las probabilidades están más frecuentemente en contra de la historicidad que en favor de ella”. Dicho criterio es ampliamente compartido hoy por los especialistas neotestamentarios.

 

Conviene recordar a este respecto que, fuera de los relatos de la infancia de Mateo y Lucas, Belén no vuelve a ser citado en los Evangelios ni en Hechos de Apóstoles como lugar de nacimiento de Jesús. Solo en el Evangelio de Juan encontramos un texto que recoge las discusiones de los judíos en torno a la procedencia del “Cristo” y muestra la desconfianza de quienes no aceptaban su origen galileo (7,41-42). Aun dentro de su ambigüedad, dicho texto viene a confirmar que Jesús no era oriundo de Belén, sino de Galilea, zona fronteriza considerada pagana (era llamada “Galilea de los gentiles”) por los judíos ortodoxos e, históricamente, lugar de importantes movimientos revolucionarios contra la ocupación del Imperio romano.

 

El lugar concreto del nacimiento de Jesús parece ser el pueblo de Nazaret, perteneciente a la Baja Galilea. En numerosas ocasiones, los Evangelios y el libro de Hechos de los Apóstoles presentan a Jesús como oriundo de ese pueblo y le llaman el Nazareno. Ahora bien, Nazaret no era una aldea de cuento, un pueblecito de fábula, un lugar de ensueño donde viviera apaciblemente la “sagrada familia”. Era una tierra conflictiva, rebelde, donde se tejieron esperanzas y sueños de liberación, en clave de resistencia frente al Imperio romano. Ahí nació Jesús y en ese clima creció y se educó.  

 

Aun cuando no debemos excluir taxativamente a Belén como lugar de nacimiento de Jesús, creo puede afirmarse con John P. Meier, uno de los más cualificados investigadores en torno al Jesús histórico de nuestro tiempo, que ese dato no debe entenderse como un acontecimiento histórico, sino como una afirmación teológica en la modalidad de un relato histórico -que sólo lo es en apariencia- cuya pretensión es mostrar la mesianidad y el origen davídico de Jesús (John P. Meier, Un judío marginal, tomo I, EVD, Estella, Navarra, 1998,  230). EVD ha publicado los cinco volúmenes de esta magna obra, cuya lectura recomiendo no solo a las personas especialistas, sino también a cuantas estén interesadas por seguir las investigaciones sobre el Jesús histórico.

 

El Mesías, según el profeta Miqueas, debía nacer en Belén de Judá, patria del rey David. Así respondían los evangelistas a los judíos que no podían creer en un mesías nacido en Galilea.

 

Nacido en un establo

 

En los relatos del nacimiento de Jesús interactúan lo histórico, lo legendario y lo mítico y cada uno ejerce su función no excluyente. No se olvide lo que decía con razón el filósofo de la esperanza Ernst Bloch (1885-1977): “También Prometeo es un mito” y, como tal, portador de utopía, que creo es aplicable a los relatos del nacimiento de Jesús. Además, aun reconociendo que “Jesús está rodeado por el mito”, Bloch afirma la existencia de material histórico en los relatos evangélicos de la infancia y lo comenta de esta guisa:  

 

“Se adora a un niño que ha nacido en un establo. De modo más próximo, más bajo, más secreto no puede hacerse refractar ninguna mirada hacia lo alto. Y a la vez el establo es real, no se ha inventado este origen tan mínimo del fundador. La leyenda no pinta la miseria, y desde luego, ninguna miseria que se prosigue a lo largo de toda una vida. El establo, el hijo del carpintero, el visionario entre la gente humilde, la ejecución del final, todo ello está tejido con material histórico, no con el material dorado que la leyenda prefiere” (El principio esperanza, tomo 3, Trotta, Madrid, 2007, 376)[1].

 

Este texto de Bloch -“ateo por voluntad de Dios”, como él mismo se definía-, devuelve el nacimiento de Jesús de Nazaret  a sus orígenes pobres, mejor empobrecidos, a la resistencia  antiimperial del pueblo, pone en cuestión las actuales celebraciones gloriosas más parecidas al nacimiento de un rey, de un emperador, de un príncipe, que al del hijo de María de Nazaret y de José el carpintero, un niño nacido sin hogar, a la intemperie, en medio de la nada, solo rodeado del cariño de sus padres que le salvó de morir de frío. Lo libera también del clima neoliberal blasfemo en el que se conmemora este acontecimiento hoy y que Pedro Casaldáliga definiera como la gran blasfemia del siglo XXI.



[1] El texto citado se encuentra en el epígrafe “Fundador, surgido del espíritu de Moisés y del Éxodo completamente coincidente con su buena noticia: Jesús, Apocalipsis, Reino”, del tomo III de El principio esperanza, que Bloch introduce con el siguiente texto de Thomas Müntzer, el teólogo anabautista de la Revolución de los Campesinos: “A muchas gentes les parece que es una poderosa y gran fantasía. Porque no pueden juzgar, sino que es imposible que pudiera ponerse en marcha y ejercitarse tal cosa, que los ateos sean arrojados del sillón del juicio y alzados a él lejos y toscos […]. Que es lo que nos ocurrirá y pasará a todos con la llegada de la fe,  que nosotros, hombres de carne y terrenos, nos convertiremos en dioses por haberse hecho hombre Cristo, de tal manera que somos con Él discípulos de Dios, enseñados y deificados por Él mismo, más aún, convertidos total y plenamente en Él, para que la vida terrena gire hacia el cielo” (Filipenses, 3), Thomas Müntzer, “Manifestación explícita”, en Tratados y sermones, introducción y traducción de Lluís Duch, Trotta, Madrid, 2001, 149ss.

La COP30, entre palabrería oficial y movilización popular

[Por: Leandro Sequeiros]

La COP30 ha tenido lugar en Belém, capital del Estado brasileño de Pará, entre el 10 y el 22 de noviembre. Tenía la difícil tarea de hacer olvidar los lamentables resultados de las ediciones precedentes de esta conferencia anual.

 

Recordemos que la COP21 que se celebró en París en 2015 había llegado a un acuerdo que preveía una reducción de la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) para “mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales”…

 

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