[Por: Obra Padre Cacho – Organización San Vicente]
Para recordar al P. Cacho se llevará a cabo la Ludoteca Callejera…
Conozca más.
[Por: Obra Padre Cacho – Organización San Vicente]
Para recordar al P. Cacho se llevará a cabo la Ludoteca Callejera…
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[Por: Juan José Tamayo]
En una carta dirigida al padre dominico Joseph Perrin la filósofa francesa Simone Weil expresaba lo doloroso que le resultaba imaginar “que los pensamiento que han descendido sobre mí están condenados a muerte por el contagio de mi insuficiencia y de mi miseria”. El gradual reconocimiento de su obra y el impacto que produjo en el mundo intelectual tras su fallecimiento a los 34 años desmintió pronto su temor. Albert Camus la definió como el “único espíritu libre de nuestro tiempo”, una persona con una gran sed de verdad acompañada de una gran inteligencia y honestidad.
El filósofo y teólogo surcoreano Byung Chul Han, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades de 2025, considera a Weil “la figura intelectual más brillante del siglo XX”, y en este libro establece con ella y con su obra un diálogo en profundidad e iluminador de la oscuridad del presente no desde una lectura escolar, sino desde una hermenéutica creativa. No es un diálogo intemporal y aséptico, sino que interpela a la sociedad actual caracterizada, según Chul Han, por un régimen dictatorial neoliberal que explota nuestra libertad y en el que los seres humanos se han convertido en esclavos de su propia creación, por un mundo que se ha tornado un “ruidoso mercado”, por las redes sociales que difunden agresividad y odio, por una democracia que, sin ética, carece de contenido y por la brecha cada vez más amplia entre ricos y pobres.
El filósofo de origen coreano reconoce sentir una “amistad profunda del alma” con Simone Weil, la filósofa, mística e intelectual compasiva con las personas y los colectivos más vulnerables, y navega por su pensamiento para mostrar que, más allá de la inmanencia de la producción, del consumo, de los big data y de la insaciable necesidad de información, existe una trascendencia capaz de ofrecernos la plenitud del ser y de liberarnos de una vida de mera supervivencia y carente de sentido.
El diálogo gira en torno a siete palabras fundamentales tomadas de las experiencias y del pensamiento de la filósofa francesa: atención, descreación, vacío, belleza, dolor, silencio e inactividad. En él participan también cualificados interlocutores de ayer y de hoy: de Sócrates Platón y Kant a Agamben, Foucault y Steiner, pasando por Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, Kafka, Lévinas, Adorno, Benjamin, Sartre, Jünger, Merleau-Ponty, Cézanne, Canetti, que abren nuevos horizontes a los pensares, decires y sentires de Chul Han y Weil.
Lo primero que constata es la crisis de la religión y del espíritu debida a causas estructurales, no puramente coyunturales, entre las que cita la pérdida del silencio, el declive de la atención y el ruido atronador de la comunicación. Pero, a pesar de la crisis, “no es Dios quien ha muerto, sino el ser humano al que Dios se revelaba”. ¿Dónde se rebela Dios ahora? En la respuesta a esta pregunta se manifiesta la originalidad de la filosofía de Weil y Chul Han.
Dios no se revela a través de los atributos de la vieja teodicea: omnipoten-cia, omniscien-cia, omnipren-cia, providen-cia e incluso violen-cia. ¿Dónde, entonces? En el vacío y la desnudez, siguiendo a los místicos, especialmente a Maister Eckhart y San Juan de la Cruz; en el silencio de Dios, que es más poderoso que cualquier palabra: en la atención profunda, que Simone Weil llama “la palanca del alma”, en la que tiene su origen toda capacidad creadora del ser humano; en la belleza que, citando a Platón, la filósofa considera una experiencia de Dios; en la contemplación estética tanto de la naturaleza como de una estatua griega, que “constituye por sí sola una prueba de Dios”; en el dolor, que es la matrona de lo nuevo; en la negatividad como camino de ascenso a Dios; en la atención sin distracción.
La revelación de Dios me recuerda eel encuentr de Dios cuando se encontraba en una cueva
¿Libro apologético? No. Una excelente lección de filosofía de la religión de dos de los pensadores más creativos e influyentes de nuestro tiempo.
Creo que Simone Weil y Byung Chul Han darían por buena la definición de Dios de José Saramago: “Dios es el gran silencio del universo y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio”.
[Por: Jorge Costadoat]
El cristianismo no se ha ido. Más de un millón y medio de personas peregrinó a Lo Vásquez, en Chile. El número de fieles aumentó. Pero ¿podrán los cristianos preñar con Cristo la cultura adveniente? Teóricamente, sí. Sociológicamente, nadie lo sabe.
El cristianismo moderno es producto de un diálogo e interacción con los mejores valores de la cultura predominante de los últimos doscientos años. La fe en la Encarnación del Hijo de Dios ha traducido la salvación en procesos de humanización y liberación. El Cristo “moderno” ha reivindicado a seres humanos oprimidos. Cuando no lo ha hecho, cuando ha sido incluso una tranca para estos procesos, es que se ha alejado de su misión evangelizadora. Es verdad que no siempre los cristianos en la modernidad han sido simplemente reaccionarios. También ha habido, por otra parte, algunos que han resistido proféticamente secularizaciones deshumanizantes. Es preocupante, en todo caso, que el cristianismo moderno, al igual que la misma modernidad, haya topado techo y, si no se convierte, seguirá aupando la cultura que hace inhabitable el planeta.
Dicho en titulares: la ciencia y la técnica modernas que destruyen la Tierra no dan para más; el cristianismo antropocénico, tampoco.
Pero la fe judeocristiana tiene recursos infinitos para verificar la salvación con otros modos de habitar el planeta. Se abre la posibilidad de un giro impresionante en la historia del cristianismo: si recupera la conciencia de deberse el mundo a un Creador y, por tanto, de tener los cristianos que glorificarlo con el cuidado de su creación, podrá triunfar sobre la tentación moderna de hacerles creer que se merecen la Tierra. El cristianismo tolerante con el capitalismo, para qué decir, hace todo lo contrario: no se sorprende del don de nuestra madre Tierra; olvidó que el planeta ha de ser compartido con amor entre todas las creaturas. El Creador estableció una co-pertenencia entre los animales y las plantas, entre el agua y el sol, entre la química, la física y el tiempo. La humanidad hoy despierta a esta realidad, sale de una clase de ateísmo materialista. Los cristianos se desperezan.
La Navidad, si es ocasión de celebrar al Creador que se nos da terrenal, corporal, temporal y gratuitamente en Jesús, prepara un giro civilizatorio mayor. Nuevos cristianos, si llega a haberlos, podrán, como lo hicieron en la Antigüedad, abrir un futuro en vez de cerrarlo o subirse al carro de la victoria, llegando tarde con su contribución y bendiciendo logros ajenos.
Nadie sabe qué pasará. Pero nuestra civilización tiene una pistola al pecho: está obligada a poner al ser humano en el lugar que le corresponde en el cosmos al que pertenece y del que nunca debió emanciparse. El cristianismo tiene su hora. Si aún puede hablar de la eternidad, que no sea para alienarnos del mundo o para despejar el terreno a la explotación del planeta como si este fuera una mera cantera. Es triste constatar que las personas de nuestro tiempo creen que el cariño de la madre Tierra hay que merecérselo. Compiten por ella y se la quitan unos a otros.
¿Tiene futuro el cristianismo? Tal vez se encienda nuevamente. Los cristianos, a este efecto, han de generar una forma de ser humanos que se tome muy en serio la sorpresa de la vida, que sean conscientes de coexistir entre los demás seres vivos e inertes; que lleguen a saberse amados por la Tierra antes de amarla ellos a ella interesadamente.
“Gloria a Dios en la Tierra y paz a los hombres de buena voluntad”. Paz a los hombres y demás creaturas que no quieren más guerra. En vez de apurarse a quitarse el globo terráqueo, armonía cósmica por los siglos de los siglos.
[Por: Pedro Trigo]
(Lc 2,13-14)
Jesús nació en tiempos del emperador Augusto y del rey Herodes.
A Octavio César el senado lo había nombrado Augusto, sagrado,
porque trajo al mundo el don divino de la paz,
un don desconocido en los anales de la historia romana.
Si había traído ese don del cielo
es que él mismo tenía algo de divino,
pues nadie da lo que no tiene.
O, tal vez, al haber reportado al mundo un beneficio tan grande
los dioses lo habían premiado asociándolo a ellos.
El hecho es que estaban contentos porque había seguridad,
las propiedades y las personas se sentían seguras,
se podía viajar por todo el mundo,
se podían hacer negocios a escala mundial,
se podía pensar a largo plazo,
podían hacerse proyectos de largo aliento.
Quienes disfrutaban de estos beneficios
bendecían a las legiones romanas,
porque venciendo sobre todos y desarmándolos a todos,
habían logrado, por fin, una paz estable.
Ése era el sentir de los ciudadanos romanos
y de sus aliados de todas las naciones del imperio.
Pero esa paz tenía su costo
y ese costo recaía sobre los de abajo,
sobre los tributarios, que eran la inmensa mayoría.
Entre ellos se contaba a José y su familia.
Por eso cuando el gobernador de Siria proclamó el censo
para contar los contribuyentes,
José tuvo que subir de Nazaret de Galilea a la ciudad de David
con su esposa María que estaba encinta,
y en esas condiciones nació Jesús:
como un sometido.
Esa ubicación de tu Hijo nos quiere decir, Padre,
que tú no lo enviaste
como signo de tu bendición a esa paz y a ese orden.
Si tu Hijo nació como un tributario,
como un no ciudadano y sin lugar,
es que en ese orden no cabías tú.
No cabías porque el poder se había absolutizado
y ocupaba tu puesto;
pero no te representaba a ti,
porque tu soberanía es enteramente a favor
de todos los seres humanos,
porque tú nos creas con tu relación de amor
constante, gratuita y agraciadora.
Tú no estableces una sociedad piramidal
en la que los vencedores están arriba y los vencidos abajo.
Tu designio es que todos seamos hermanos.
Por eso como los de arriba no pueden establecer la fraternidad,
tú enviaste a tu Hijo como un sometido,
para establecerla desde abajo.
Por eso, aunque sus padres fueron a empadronarse,
a ser contados,
no actuaron como siervos aquiescentes
ni como rebeldes resentidos;
vivieron el trance con libertad liberada,
y por eso tu Hijo al nacer en ese refugio de animales
no sintió rechazo ni desamparo,
porque lo recibieron unos brazos calientes y firmes por el amor
y serenos por la entera confianza en ti.
Tu Hijo entró al mundo con buen pie,
aunque nació como sometido y no tuvo lugar.
Estas circunstancias, infamantes y dolorosas,
no lo influyeron en absoluto.
Ni siquiera las percibió.
Se sintió recibido y querido.
Más aún, se sintió reconocido;
ante todo, por sus padres,
que lo recibieron con todo respeto y alegría
y con la determinación absoluta de sacarlo adelante.
También, inesperadamente para sus padres, lo reconocieron
los de abajo que velaban en la noche: los pastores,
el pueblo despreciado por los biempensantes.
Fue a ellos a quienes les revelaste el misterio de tu Hijo.
Se lo comunicó un ángel, como a sus padres;
pero lo coreó nada menos que una multitud del ejército celestial;
fue ella la que proclamó que la gloria era sólo para ti,
y que tu don divino a los seres humanos
era precisamente la paz
como certificación de que tú nos querías.
El Salvador, el Señor, era ese niñito recostado en un pesebre;
no era, pues, el emperador, como se proclamaba oficialmente.
El ungido con tu Espíritu para dar a los seres humanos tu paz
era precisamente ése que nacía como sometido al emperador.
Tú nos ibas a dar tu paz porque nos querías.
Tu paz no sometía a ti, como la del emperador.
Ella liberaba del emperador
no para someternos a ti
sino para que fuéramos libres,
para que fuéramos nada menos que tus hijos.
Eso lo iba a llevar a cabo este niñito
que no tuvo casa para nacer
y al que los pastores encontraron acostado en un pesebre.
Tu ejército celeste les certificaba tu poder,
un poder, sin embargo, desarmado.
Y ellos creyeron en el anuncio del ángel
y lo creyeron como buena nueva para ellos,
y fueron a encontrarse con él
donde el ángel les había indicado,
y al hallarlo, se alegraron mucho,
reconocieron y rindieron homenaje a su salvador,
y comunicaron a los que se encontraban por el camino
ese anuncio tan gratificante.
Los primeros que recibieron la noticia fueron María y José
y se alegraron íntimamente
de que su secreto fuera compartido,
porque su Hijo era de todos los necesitados de salvación.
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
tus caminos no son nuestros caminos.
Y nos alegramos de todo corazón de que no lo sean.
Nos complace, aunque nos cueste aceptarlo,
que tu Hijo no nos salve con un poder incontrastable,
con el que fulmine a los opresores y sus aliados
e imponga un orden justísimo e inapelable.
Tu Hijo nació necesitado de todo y sometido.
Sembró la paz desde la paz interior
que nace de ser amado y amar
y de vivir de ese amor recibido, aceptado y correspondido;
desde la libertad que dan esas relaciones,
desde la creatividad que inspira esa entrega,
desde la firmeza de pertenecer al bien,
desde la determinación de hacer el bien
y liberar a los oprimidos por el mal
y pagar el precio que sea necesario.
Nos dio tu paz, no desde fuera,
por leyes y estructuras impuestas desde el poder,
sino desde dentro,
desde la transformación interior que se opera
al aceptar su relación y vivir a partir de ella.
La dio al dejar su trabajo, su casa y su familia,
que era un pedacito de cielo,
para salir a buscarnos para hacer de tu pueblo
y desde él de toda la humanidad
la única familia de tus hijas e hijos,
una familia de pueblos en la que todos
nos reconozcamos y ayudemos.
Empezó por abajo, por lo dejado como inservible,
por los que no tenían ámbitos privados.
Él, al salir del suyo, fue uno de ellos;
pero no vivía, como muchos de ellos, como derrotado,
como usado y abusado, como espoliado y descartado.
y por eso no andaba decaído ni resentido.
Vivía como Hijo tuyo y Hermano de todos ellos,
y por eso vivía en paz y con alegría,
porque tú le dabas vida,
y él daba esa vida que le dabas,
y así, al compartir de su pobreza,
se adensaba como ser humano
y se capacitaba para recibir siempre más
y para dar más de sí.
Era uno de tantos,
uno de los que no tienen dónde reclinar la cabeza,
y por eso cada día necesitaba recibir
la comida y el alojamiento;
pero fue capaz de dar tan inagotablemente,
que los que lo recibían comprendieron que por él pasabas tú
haciendo el bien y liberando.
No daba cosas,
daba compañía, tenía una disponibilidad absoluta;
pero no sustituía a la persona.
Daba que pensar, liberaba las mentes y los corazones,
infundía esperanza,
y si la persona asumía su responsabilidad,
él estaba siempre dispuesto a ayudarla.
También hizo signos de que tu presencia agraciadora,
que se daba precisamente en él, humanamente,
optimizaba las capacidades humanas
y las llevaba más allá de lo experimentado,
incluso sanaba las incapacidades.
Todo esto lo hacía como ejercicio desarmado de fraternidad.
Así lograba la paz.
Lo que él más deseaba después de un encuentro fructífero
era poder despedir a la persona diciéndola:
vete en paz: tu fe te ha salvado.
Y es cierto que muchas personas,
aceptando con fe su relación humanizadora,
concibieron en sí una paz que nadie podía quitar:
la paz de la fraternidad aceptada y correspondida,
la fraternidad de tus hijas e hijos,
que tu Hijo iba sembrando incansablemente.
Así fue tu Hijo Príncipe de la paz.
Tu Hijo fue el primero de los hermanos,
el único que podía darnos una fraternidad
universal e incondicionada,
porque era el único que podía hacer de tus creaturas
hijas e hijos tuyos.
Lo hizo llevándonos a todos en su corazón de Hermano
para que participáramos así
de su condición de Hijo único y eterno.
Y probó que era Hermano incondicional
cuando al ver que si seguía reuniendo abiertamente a tu pueblo
las autoridades lo iban a quitar del medio,
él prefirió sufrir la muerte llevándonos en su corazón,
a salvar la vida dejándonos a nosotros afuera;
y entonces probó también que su amor era incondicional,
porque murió pidiéndote perdón
por los que lo habían condenado.
Él no excluye a nadie de su paz,
ni siquiera a los que lo eliminaron
para que siguiera el mundo roto de vencedores y vencidos.
Así nos hizo ver que la paz sólo se logra
venciendo al mal a fuerza de bien.
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que aceptemos la paz de Jesús,
que aceptemos que su camino es el único
que conduce a tu paz,
a la paz verdadera que trae salvación a todos,
la paz de irnos haciendo, en él, hermanos,
aceptándote a ti como Padre común.
La paz de no buscar prevalecer sobre nadie,
de no buscar el bien privado a costa de los demás,
de no instrumentalizar a nadie,
ni excluir a nadie de nuestro corazón;
la paz de recibirte a ti como Padre en tu Hijo Jesús,
la paz de tenerlo a él como el Señor al que nos entregamos,
la paz de tener a todos como hermanos
y buscar incansablemente su bien;
la paz de convivir y compartir
desde lo mejor de nosotros mismos;
la paz de echarle cabeza creativamente
para ver siempre nuevas posibilidades,
la paz de trabajar incasable y mancomunadamente
para realizarlas;
la paz que nos da la esperanza de sabernos tus hijos
y hermanos de todos;
la paz de pedir perdón y perdonar cuando hacemos mal,
o dejamos de hacer el bien que otros esperaban de nosotros;
la paz de no cambiar de rumbo
a pesar de cansancios y pasos en falso;
la paz de aceptar la soledad para dar verdadera compañía;
la paz que nos trajo tu Hijo de tu parte
que supera toda expectativa.
Padre, esta paz tuya que nos trajo tu Hijo
tenemos que pedirla y buscarla incesantemente,
porque hoy, más que en tiempos de Jesús,
vivimos en la paz del emperador,
en la paz de los que se creen dueños del mundo
y mediatizan todo para sus fines
sin importarles nada ni nadie;
la paz de los que acumulan sin tasa
y fraguan un orden social
para legalizar y amparar esa tendencia,
y montan un aparato colosal de publicidad y propaganda
para que nos parezca natural ese montaje societario,
y deseemos sus propuestas
de manera que vivan a nuestra costa,
y nos hagan creer que ésta es la mejor sociedad posible
o que al menos vamos en camino hacia ella.
Se nos quiere hacer creer que somos individuos,
que las relaciones vienen después
y que sólo valen en cuanto nos sigan interesando;
que cada quien tiene que buscar únicamente su propio provecho
y que de hacerlo, vendrá el bien del conjunto.
Así se instaura la lucha de todos contra todos
para que prevalezcan los vencedores,
y los vencidos se atribuyan a sí mismos su derrota.
Ésta es la madre de las violencias;
de ella viene la indiferencia, la falta de misericordia,
la explotación, el aprovechamiento,
incluso la violencia física hasta causar la muerte,
y el encubrimiento, la mentira sistemática,
la sustitución de la realidad
por la ideología impuesta por sobresaturación.
No hay paz.
Y sin embargo, no todo está perdido;
en primer lugar, porque tú no das por perdidos
a los que causan todo esto,
pero también porque mucha gente vive como libre,
como lo hicieron los papás de tu Hijo
y tu mismo Hijo y muchos liberados por él;
porque esta injusticia y su ocultamiento sistemático,
que los afecta tanto
que les quita muchas posibilidades de vida,
no les influye nada,
porque, recibiendo la libertad que tú les das,
viven desde sí mismos,
de la relación contigo y con los hermanos.
Gracias, Padre, porque tu Hijo nos ha posibilitado
vivir humanamente,
incluso en la situación más deshumanizante.
Gracias porque hoy muchos vencen al mal a fuerza de bien.
Gracias porque el bien desarmado es invulnerable.
Gracias también, Padre, por todos los que se dedican
con el Espíritu de tu Hijo
a construir un orden social más justo y solidario,
más dinámico y ecuménico,
más hermoso y misericordioso,
más participativo
y con una emulación constante y constructiva.
Gracias por los que sacrifican mucho de su tranquilidad
para construir una paz
en la que quepa la fraternidad de tus hijas e hijos.
Todos ellos son bienaventurados
porque serán llamados hijos tuyos,
en tu Hijo Jesús, el bienaventurado absoluto,
porque con su vida,
con sus relaciones contigo y con todos,
puso las bases indestructibles de la paz perpetua.
[Por: Pedro Trigo]
(Lc 2,7.12.16)
La representación evangélica del nacimiento de Jesús
es tan paradójica, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que sin tu gracia no la podemos tomar en serio;
pero con ella nos arroja tanta luz
y una luz tan alegre porque es la luz de la vida,
que ante ella la luz de este mundo se nos convierte en tinieblas.
Te pedimos, pues, Padre, que los destellos de esa luz,
divina de tan humana,
iluminen este pobre canto para que sea realmente proclamación
de ese evangelio definitivo que diste al mundo esa noche.
I
La palabra que trenza toda la escena
desde el principio hasta el final
es pesebre, una palabra al parecer impropia
para caracterizar el acontecimiento más decisivo de la historia.
El relato va describiendo cómo la madre de tu Hijo lo dio a luz
lo envolvió en pañales y al mencionar dónde lo recostó
dice que en un pesebre,
como si fuera una errata en vez de cunita;
pero dice pesebre
y añade como explicación,
que sucedió así porque no hubo sitio para ellos en la posada.
El texto no indica que les negaron la entrada porque eran ellos;
simplemente había mucha gente,
el estado de María originaría muchos inconvenientes
y no eran ricos, porque éstos siempre encuentran acomodo,
siempre aparece gente que les brinde un buen lugar.
Se nos está describiendo cómo vino tu Hijo al mundo
y de pronto se cuela esa palabra impertinente: pesebre.
Al nacer, Jesús descansó en el lugar donde comen los animales
porque no hubo otro sitio donde descansar.
¿Cómo es posible, Padre, que tú sueltes a tu Hijo al mundo así,
tan sin defensa,
como si no te importara,
o como si el mundo fuera un lugar desconocido para ti
en el que no se te respeta,
en el que no tienes ninguna autoridad?
¿No sostienes el mundo con tu Palabra creadora?
Tu Palabra ¿no es la luz que ilumina a todos los seres humanos?
¿Cómo puede entrar tu luz al mundo y no se la dé lugar?
Perdona, Señor, pero ¿no tuviste tú la culpa
por enviarlo de incógnito,
por echarlo al mundo sin avisar?
Perdona, Padre, tanta impertinencia,
pero es que nos parece tan inaudito,
que no sabemos cómo cuadrarlo
con la idea que tenemos de ti,
porque, aunque tú no te impongas despóticamente,
como muchos gobernantes y los que tienen dinero,
aunque tú respetes siempre nuestra libertad,
al fin fuiste tú quien elegiste nacer de esa mujer y en esa familia.
Pongamos que fueran realmente dignos, incluso los más dignos,
los más entregados a ti y los más fraternos;
pero ¿no pudiste escoger a otros
para que tu Hijo no naciera en tanto desabrigo?
o, mejor, ¿no pudiste arreglar las cosas sin violentarlas
para que alguien tuviera piedad de ellos y los acogiera?
Tú nos respondes que tu Espíritu
ha inspirado esta representación
para que lleguemos a comprender internamente tus designios.
Lo que nos pides, por tanto,
es que tratemos de comprender lo que nos dices
y no que lo cuestionemos
y, menos aún, que te pidamos cuentas de lo que haces
para nuestro bien y nuestra salvación
y para revelarnos así quién eres.
Tienes razón, Padre; te pedimos perdón por nuestra necedad.
Vamos, pues, Padre, a atenernos a lo que se nos describe
como su nacimiento.
El hecho es que tu Hijo la primera noche de su vida
fue recostado por su madre en un pesebre.
Los evangelios de la infancia nos dan la clave
para interpretar la vida de Jesús.
¿Qué nos quiere decir este apunte tan revulsivo,
que nos deja tan mal parados a los seres humanos?
Tú nos dices, Padre, que este hecho pone al descubierto
que el mundo está organizado de tal modo que hay personas
que no encuentran lugar en él,
y que ese hecho se da por descontado como un mal menor
al que nos resignamos y que por eso no llama la atención
ni se le pone remedio,
porque los que tienen lugares amplios y confortables
creen no tener ningún lazo que los ligue a los carenciados,
y porque los carenciados
no tienen cómo hacer valer sus derechos,
incluso se les inculca que ellos no tienen derecho a nada,
para que no tengan capacidad para conseguirlo.
Y los que tienen algo viven con el miedo
que les inculca el sistema
de la precariedad de su instalación,
y por eso se inhiben de reclamar
los derechos de los carenciados
y, más aún, de considerarlos como injustamente privados.
Tú has querido poner al descubierto
que vivimos en una sociedad fetichista,
que necesita víctimas para funcionar,
y que hay muchas personas que viven en la muerte,
porque han borrado a muchos de su corazón,
desconociendo que son sus hermanos.
Tú has querido ponerlo al descubierto y denunciarlo,
no como hiciste por medio de tus profetas
mediante su palabra
inspirada por ti, el Padre de los pobres,
sino queriendo que tu Hijo fuera uno de ellos.
Tú no quieres que haya asesinos
que borren a sus hermanos de su corazón
y vivan como muertos en vida porque no conocen el amor.
Pero como existen,
tú has querido mostrar tu solidaridad incondicional
con los excluidos por ellos,
haciendo que tu Hijo fuera un excluido más,
de manera que no te pudiéramos encontrar fuera de ellos,
sin pasar por atenderlos;
no como un acto supererogatorio,
sino como lo que define el estatuto humano de cada persona.
Y además has querido cargar con el pecado-del-mundo
a través de tu Hijo
para quitarlo.
Eso nos dices, Padre, al narrarnos cómo tu Hijo al nacer
fue recostado en un pesebre porque no tuvieron otro sitio.
Te pedimos con todo el corazón que nos hagamos cargo
y lo metamos en nuestro corazón
de manera que miremos al mundo
desde el pesebre donde descansa tu Hijo.
Que consideremos que ése es tu punto de vista.
Tú nos pides que no lo veamos desde el templo
ni desde el sistema bancario
ni desde la presidencia de la república
ni desde los centros comerciales
ni desde la publicidad ni desde el espectáculo.
Desde ninguno de esos sitios se puede ver el pesebre
y si alguien alude a él está tan lejos y se lo ve tan pequeño,
que no impone ningún respeto
ni es capaz de arrancar ninguna decisión que entrañe sacrificio
y altere radicalmente las reglas de juego.
Sólo desde el pesebre puede calibrarse
el grado de humanidad de la sociedad
y de cada uno de los seres humanos.
Padre, te pedimos, por el amor de tu Hijo,
que nos veamos y veamos todo
desde el pesebre donde descansa tu Hijo,
porque el pesebre nunca será el punto de mira y la medida,
si no constituye nuestro entorno vital.
Ése es, Padre, el precio que pagó tu Hijo y que pagaste tú
y que nosotros no estamos dispuestos a pagar.
Ustedes lo pagaron con alegría
porque nos amaron gratuita e irrenunciablemente.
Danos, Padre, tu amor para que el lugar de los excluidos
sea el quicio de nuestra vida.
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que el pesebre no sea para nosotros
algo pintoresco que tenemos escondido
y sacamos por Navidad,
ni algo revulsivo de lo que huimos
sin decírnoslo a nosotros mismos.
Que sea el lugar inexcusable en el que servimos a tu Hijo,
al servir a los que no tienen lugar.
Tú enviaste a tu Hijo al mundo.
En esa decisión tuya está entrañada ya nuestra salvación;
por eso es la noticia más alegre.
Pero para encontrarlo tenemos que salir de la ciudad
y dirigirnos a donde viven los que no tienen lugar;
ése es el precio de este evangelio:
para llegar a ese tesoro divino,
realmente escondido en estas tinieblas
a cuya luz caminamos,
tenemos que dejar la instalación;
si no, nunca lo encontraremos.
Te pedimos, Padre, que lo paguemos con alegría.
Que comprendamos que no es un peaje caprichoso,
sino la correspondencia a tu condescendencia divina.
Si tu amor llega hasta compartir en tu Hijo nuestra historia
¿será mucho que el nuestro llegue hasta nuestros hermanos
que están sin lugar?
Si nos cerramos al amor,
ni tú mismo nos puedes salvar.
¿Cómo nos vas a salvar si tú eres el amor
que nos empeñamos en negar?
Que comprendamos, Padre, que sólo desde el pesebre
podremos gustar
la alegría de la entrada de tu Hijo al mundo;
que cualquier otra que nos inventemos,
por muy publicitada que esté
o aun bendecida por tus representantes,
no es la alegría de la Navidad.
Concédenos, Padre, la gracia de encontrar a tu Hijo
donde ha venido.
II
La segunda vez que se menciona el pesebre
es en boca del ángel
que anuncia a los pastores el nacimiento de Jesús.
Dice que les ha nacido un salvador
que es el Mesías, el Señor;
y la señal de que lo es,
es que lo encontrarán recostado en un pesebre.
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
el Mesías es el pastor de tu pueblo,
enviado por ti con tu Espíritu
para que lo salve definitivamente.
¿Cómo dormir en un pesebre puede ser la señal
de tanta dignidad y poder?
Concedemos que tuviste razones
para que tu Hijo naciera en el desamparo
¿pero cómo un pesebre puede ser signo de señorío?
Es terrible que al llegar al mundo tu Hijo
no haya encontrado lugar
y su madre lo haya tenido que recostar en un pesebre;
pero hacer del pesebre la contraseña de su misión
¿no parece un contrasentido?
¿No es gloriarse de lo que es una infamia padecida sin culpa?
¿Cómo hacer del pesebre una bandera liberadora?
Danos, Padre, la luz que irradia del mismo pesebre
donde descansa tu Hijo,
para que podamos ver la congruencia
de lo que nos parece pura debilidad y sinsentido.
Tú enviaste a tu Hijo como Mesías de los pobres,
como su liberador,
y a través de ellos como liberador de todos.
Los pobres son los que no tienen cómo tener,
y por eso se sienten desvalidos,
o caen en la desesperación
o esperan que otros los pongan a valer,
porque piensan que ellos no pueden salvarse.
Pero de hecho ninguno de los que quiso salvar desde arriba
logró salvar a los pobres;
salvó a la nación de sus dominadores,
pero no a los pobres de la nación;
los de abajo continuaron abajo.
Por eso tú enviaste a salvar a todos desde los pobres.
Tu Hijo fue el Mesías pobre de los pobres y en ellos de todos.
Él, siendo rico, se hizo pobre
para enriquecernos con su pobreza.
Él tuvo ciertamente la fuerza de tu Espíritu;
la tuvo desde el comienzo:
fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo;
pero la fuerza del Espíritu es la que cabe en el amor infinito,
no la fuerza de los fuertes de este mundo.
Esta fuerza sirve para imponerse,
para coartar, para mancillar.
No sirve para dar vida de la propia vida,
para rehabilitar, para animar,
para liberar las mentes y los corazones,
para dar humanidad ni vida eterna.
El que nació en el pesebre, ungido por tu Espíritu,
pudo comprender a todos los oprimidos desde dentro,
más aún, pudo ayudarlos a llevar las cargas,
de modo que no los aplastaran, sino que los aquilataran;
pudo ayudar a que se pusieran en pie,
a que se apoyaran en su dignidad reencontrada,
a que se encontraran, se reconocieran, se movilizaran.
Jesús, sin el poder de este mundo,
pero con el poder del Espíritu,
pudo introducir en el mundo para siempre
tu Espíritu indestructible.
Hasta ahí llegó el Mesías:
hasta derramar su Espíritu que es el tuyo.
Y ya nunca se apagará tu Espíritu en la humanidad.
Por eso el signo del mesianismo peculiar de Jesús,
de su señorío
fue ser reclinado, al nacer, en un pesebre.
Tu Espíritu lo llevó hasta ese no lugar
para desde él hacer lugar
a todos los que no tienen lugar en el orden establecido.
Ésa es su bandera, que es tu misma bandera.
Te pedimos, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
la gracia de gustar el poder del pesebre de Jesús.
En él reluce tu solidaridad con el mundo,
a través de tu solidaridad
con todos los excluidos de los ordenamientos sociales.
Te pedimos la gracia de gustar en el pesebre de Jesús
la unción de tu Espíritu,
su fuerza y su suavidad.
&am
[Por: Jose Oscar Beozzo | O Fato Maringa]
Crianças inocentes perseguidas e massacradas por Herodes em Belém e nas redondezas; Jose arrastando consigo Maria e o menino em angustiada e desabalada fuga em meio à noite, em direção a uma terra longínqua e estrangeira, para salvarem suas próprias vidas (Mt. 2, 13-15.19-23). Este é o cenário que nos apresenta o evangelho de Mateus para a festa da Sagrada Família de Jesus, Maria e José e que prossegue com o anjo visitando em sonhos a José, para dizer-lhe: “Levanta-te, pega o menino e sua mãe e volta para a terra de Israel, pois aqueles que procuravam matar o menino, já estão mortos” (2, 20)…
Confira os comentarios bíblicos.
[Por: Lala Franco | alandar]
Ivone Gebara es una religiosa brasileña, filósofa y teóloga ecofeminista. Fue colaboradora de Helder Cámara en Recife, profesora de Filosofía y Teología sistemática en el Instituto de Teología de Recife. Ha dado clase y charlas en universidades de Europa y América Latina. Trata de hablar desde las mujeres concretas que cuentan su dolor y critica los fundamentos antropológicos patriarcales de la teología. Ha sido Premio Alandar este año 2025…
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[Por: Comunidad de Cristianos de Base de Gijón]
Cuando nos disponemos a celebrar la Navidad, la fiesta del nacimiento de Jesús de Nazaret, conviene ir más allá del aspecto festivo y folklórico que suele acompañar estas fechas…
Descargue el artículo.
[Por: Rosa Ramos]
“Nada se pierde, todo se transforma”
(así decimos desde la Ley de Lavoisier a canciones)
¿Valió la pena?
Todo vale la pena, si el alma no es pequeña.
Fernando Pessoa
Invito a contemplar las tres imágenes de izquierda a derecha, pues son una sucesión en el tiempo. En la víspera del cuarto domingo de Adviento encendí las cuatro velitas de la corona. Vi que la cera se derramaba sobre el vidrio, no me importó, la dejé y contemplé. Recé la luz irradiada, ese gastarse de las velas y el derrame copioso de cera. Al día siguiente la retiré con cuidado, pero en vez de descartarla en la basura, busqué formas, jugué con ellas. Encontré esas figuras en las que podía ver claramente unos padres con un bebé recién nacido, incluso un ángel: ¡todo un “pesebre”!
Contemplé en las velas que se achicaban, tantas vidas que se gastan, que se queman día a día, alumbrando como esas pequeñas luces; la mayoría de nosotros gastamos nuestras vidas de manera sencilla, en el ir y venir cotidiano. Pocos se elevan e iluminan un poco más lejos o durante un período mayor, pero todos nos gastamos, derramamos y más temprano que tarde nos apagaremos.
La sucesión fue también motivo de oración. La primera imagen es hermosa, colorida, plena de vida, con casitas, con jazmines y violetas. La segunda es curiosa, sugerente, precisamente esa cera que se derramaba fue la que dio un giro a mi oración. ¿Retirarla inmediatamente, no dejar que manchara el vidrio, evitar que ese deshecho entorpeciera? ¿O disfrutar de sus colores que se iban mezclando, de las formas circulares que se iban formando? Opté por dejar que la cera se derramara toda. La tercera imagen es la más simple, casi toda del mismo color morado de Adviento, que resalta por el fondo de una siempre hoja blanca. Esas figuras tan elementales y desprovistas de todo “aditamento”, reflejaban bien la kenosis del himno paulino.
En primer lugar, envié las fotos y mi reflexión a personas que en el último tiempo vieron gastarse hasta el final, hasta apagarse, la vida de seres queridos cercanos. Les dije, ¿ven?: “nada se pierde”, “todo vale la pena” si sabemos hacer una hermenéutica y/o resignificar esas vidas, esas historias; si no las descartamos rápidamente de nuestro horizonte, queriendo negar el dolor suyo y nuestro, si no apuramos el olvidarlas, si somos capaces de permanecer junto al ser querido gastándose, si somos capaces de mirar sin asco ese derramarse de sus vidas, y si luego nos damos tiempo para “recoger” el legado, sin tirarlo a la basura.
Este año, como todos los años, se apagaron muchas vidas, las nombré, recé, agradecí su llamita encendida, su pasaje por esta tierra y su entrega como esa cera derramada. Es verdad que muchas veces titilan las velas, se empequeñece su luz, también flaquean las personas… Huracanes antiguos o vientos nuevos, pueden hacer que las velas quemen o produzcan daño a su alrededor. Por eso es importante dar tiempo, como en aquella parábola del trigo y la cizaña en que Jesús nos enseña la paciencia de esperar a que los frutos maduren. A veces en el quemarse final las personas pueden regalarnos sus mejores colores y ellas mismas sentirse redimidas. Claro que es preciso paciencia, tiempo y una prodigalidad de amor como aquel del padre pródigo.
Esa experiencia de “muriendo sanar” la vi hace cerca de diez años, y la volví a ver este año, no directamente, sino estando cerca de quien acompañaba con un amor inmenso y sanador a su padre. Cada día el reporte, el diálogo y la iluminación. “Ver” y señalar admirada lo que Dios estaba haciendo en aquel hombre, en la familia, especialmente por medio de aquella hija. Contemplando las velitas y la cera que avanzaba como lava, madera abajo formando figuras a interpretar, recé historias.
También recé las velitas-vidas “sin nombre”, en tantas partes del planeta, muchas aplastadas por la violencia de unos o por la desidia de muchos. Recé por las descartadas como “daños colaterales”, sepultadas o no, y olvidadas. Tanta cera-sangre derramada y no recogida, tanta sabiduría, tantas historias y sueños no contados.
Y, sin embargo, es posible aprender a recoger cuidadosamente, de un modo u otro, esos sueños y esa dignidad escondida de cada persona o pueblo. Por eso me gusta tanto el cine documental y escuchar las historias mínimas contadas con ternura por las familias, los amigos contemporáneos, o por los investigadores, si ha pasado mucho tiempo y hay que desenterrar para sanar.
Cuando nos tomamos tiempo para ver, mover, armar o recrear esas historias desde una mirada de salvación, aparecen figuras fantásticas, hermosas y a la vez simples, como en la tercera foto.
Nuestras historias, aunque diversas, se parecen mucho: todos buscamos amar y ser amados, todos procuramos vivir con sentido y generar vida, muchas veces nos movemos arrastrando heridas, equivocándonos. Sin embargo, si tenemos tiempo, y alguien que nos mire con amor genuino y misericordia, nos damos cuenta qué fue lo esencial, y por qué valió la pena vivir. Y podemos morir reconciliados con nosotros mismos, con los demás y con el Misterio, bajo la forma que se conciba.
Las personas que acompañan pueden ver y ayudar a ver ese sentido y acoger la reconciliación. “Todo vale la pena si el alma no es pequeña.” Errar, fracasar, no ser comprendido, incluso morir. Ese verso de Pessoa que me ha marcado fuerte, espero recordarlo también en mi propio final.
Re-significar aquello que parece no tener sentido -como la enfermedad, la muerte, el vacío, lo que Jaspers llamaba “situaciones límites”-, es encontrar nuevos sentidos, nuevos mensajes de la historia personal y comunitaria que iluminan otros senderos a seguir.
La historia de salvación -la única historia- va recogiendo los fracasos, aprendizajes y deseos hondos de los pueblos, que interpreta como “promesas de Dios”, siempre a purificar. El pueblo de Israel esperaba un salvador, pero no “un niño envuelto en pañales recostado en un pesebre”. La gran luz que esperaban, y había anunciado Isaías, ha de ser descubierta en un inesperado y frágil niño, nacido en el margen de aquel mundo.
Esta Navidad, nos invita una vez más a purificar nuestros deseos, a simplificarlos, a quedarnos con lo esencial: dejándonos amar por Dios, ese de Jesús, que no retiene para sí ni pretende ninguna gloria, sino que se hace uno de nosotros en la periferia porque “no hay lugar para ellos” en la ciudad de David. Nos invita a procurar una historia sin descartar y sin descartados, descubriendo el hilo de oro del amor en cada persona. Para que nadie se pierda hasta que Dios sea todo en todos.
Feliz y fecunda Navidad en cada uno.
[Por: Juan José Tamayo]
En 2026 se celebra el tercer centenario de la canonización y el centenario del doctorado de San Juan de la Cruz. Ambas efemérides han estado precedidas por la reciente publicación de La mística de la compasión (Editorial Cántico, Córdoba, 2025), del filósofo y teólogo cordobés Antonio Mialdea. El título constituye la mejor síntesis de su contenido en torno a la compasión en la vida, el pensamiento y la praxis de san Juan de la Cruz (1542-1591), carmelita descalzo consecuente, encarcelado y torturado por sus propios hermanos, reformador del Carmelo junto a Teresa de Jesús, maestro espiritual, místico de ojos abiertos, de praxis compasiva y subversiva, y autor del Cántico espiritual, cumbre de la poesía mística de todos los tiempos.
De dicha joya literaria subraya Mialdea la belleza y sublimidad cosmológicas, que Juan de la Cruz descubre “con la mirada interior de aquel que primero se ha vaciado de todo”. El vaciamiento de todo como condición para valorar la sublimidad del cosmos es la clave de la experiencia mística y debería serlo de toda experiencia humana. ¡Qué maravilla!
Vaciamiento y desnudez son también el camino para acceder a Dios y encontrarse con él. Para tener a Dios, afirma el místico descalzo, es necesario que el alma, el corazón y la voluntad estén vacíos y desnudos, ya que los bienes de Dios no caben sino en un corazón vacío. Y “la desnudez -comenta Lola José en su magnífico comentario al Cántico espiritual a la luz de la mística hebrea (Lumen, Barcelona, 2023, pp. 93 y 145)- es el mismo Dios […]. La espiritualidad hebrea entendió que un cuerpo desnudo es la mejor representación física del vacío sin el cual es imposible el amor y la experiencia del amor. El amor comporta muertes, desprendimiento, pérdida de velos hasta llegar a la desnudez”.
Mialdea, uno de los mejores especialistas en el místico abulense, sobre el que viene trabajando de manera rigurosa desde hace tres décadas, define a Juan de la Cruz como “corresponsal incansable de la esperanza”, pequeño y negruzco y, a su vez, gigante, “un ser único e irrepetible en la historia”, pero consciente de su imperfección, que fue “su mejor trampolín para llegar al Ser”. Por paradójico que parezca, la soledad del descalzo abulense fue la que le condujo a descubrir la verdad del Ser. Es presentado como subversivo del sistema, tanto eclesiástico como político, e incluso para sus propios hermanos calzados, que se opusieron a su reforma radical, nunca le trataron bien y no reconocieron su talento literario.
Mialdea lleva a cabo su reflexión sobre la práctica sanjuanista de la compasión en diálogo fecundo, creativo e intertextual con pensadores y pensadoras como Pascal, Nietzsche, María Zambrano, Simone de Beauvoir, Adorno, Benjamin, Martin Buber, Wittgenstein, Byung Chul Han, Boff, Joan-Carles Mèlich y conmigo, ¡gracias, Antonio! Con esta múltiple hermenéutica dialogal abre la figura y el pensamiento del carmelita descalzo a nuevos horizontes de sentido y comprensión que trascienden el texto literario y la ejemplaridad de su experiencia religiosa y les da un carácter universal.
Como buen filósofo, Mialdea subraya la originalidad del lenguaje sanjuanista, considera la mística de la compasión inseparable de la mística de la alteridad, es decir, del cuidado con los demás, y afirma que el universo es el lugar de la verdadera compasión.
La mejor síntesis del libro y de la personalidad radical de Juan de la Cruz es esta certera descripción que hace el filósofo cordobés: Juan de la Cruz vivió en soledad, pero no fue solipsista, ni individualista. Logró alcanzar el vacío, pero la plenitud lo abrazó. Utilizó, ¡como todos!, sus máscaras, pero por debajo de las mismas creció su personalidad de gigante. Llevó el lenguaje hasta el límite de lo decible hasta el punto de convertirlo en un lenguaje que habla de sí mismo […]. El carácter compasivo presidió su vida” (p. 154).
Lola Josa, una de las mejores especialistas del místico abulense, completa el perfil de Mialdea en su edición del Cántico espiritual a la luz de la mística hebrea (Lumen) de eta guisa: “Qué incómodo tuvo que ser el místico para las fuerzas y la vigilancia oficiales, poco menos que un revolucionario que defendía la no necesidad de absolutamente nada de lo que pudiera ofrecer el orden implantado. Él, pobre de nacimiento, que cuidó a enfermos desahuciados, sabía que la bondad y la caridad, atributos de la voluntad del vacío, pueden más que cualquier gobierno”.
Yo encuentro un gran parecido con Juan de la Cruz en el obispo-profeta-poeta Pedro Casaldáliga (1928-2200), quien escribiera este poema y lo pusiera en práctica: “No tener nada,/no llevar nada,/ no poder nada,/ no pedir nada./ Y, de pasada, no matar nada,/ no callar nada./Solamente el Evangelio,/ como una faca afilada./ Y el llanto y la risa en la mirada./ Y la mano extendida y apretada./ Y la vida, a caballo dada./ Y este sol y estos ríos y esta tierra comprada/ para testigos de la Revolución ya estallada./¡Y mais nada!”