Las democracias latinoamericanas atraviesan una etapa fragmentación social, pérdida de confianza y dificultades para construir consensos sobre una realidad compartida. A estas transformaciones se suma el impacto de la era digital y de la posverdad, que están modificando las formas de informarse, participar, relacionarse y construir pertenencias.
Estos fueron algunos de los ejes del conversatorio “La crisis de las democracias latinoamericanas en tiempos de la posverdad”, realizado como parte del ciclo “Magnifica Humanitas: pensar el presente y el futuro desde la opción por los pobres y por la Tierra”.
El encuentro reunió las reflexiones de la teóloga feminista mexicana Mariana Gómez Alvarez Icaza, investigadora en derechos humanos, feminismo, género y educación para la paz, y del teólogo y sociólogo brasileño João Décio Passos, profesor de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo, quien trabaja temas relacionados con filosofía pública, epistemología y sociología de la religión.
Crisis que va más allá de las instituciones
Mariana Gómez propuso mirar la crisis democrática desde una perspectiva que supere el análisis de las instituciones y los procedimientos políticos. Para la teóloga, lo que está en juego también es el tejido de relaciones que sostiene la vida social.
“Para comprender la magnitud de las crisis democráticas en América Latina, es imprescindible realizar un desplazamiento epistemológico”, manifestó.
Desde las teologías feministas y el caminar comunitario de los pueblos de América Latina, explicó que las crisis actuales pueden entenderse como una fractura “del tejido relacional, epistémico y espiritual del cuerpo social”.
En su análisis, la política contemporánea no se limita a disputar espacios institucionales, sino que también interviene sobre la intimidad, las subjetividades y los afectos. En ese escenario, identificó dos mecanismos que adquieren especial relevancia: la captura del afecto y la pedagogía del miedo.
Gómez señaló que, frente a la incertidumbre económica, el desamparo social y las dificultades para encontrar respuestas estructurales, pueden instrumentalizarse las ansiedades colectivas mediante “pánicos morales e incertidumbres que desmovilizan socialmente y funcionan como herramientas de dominación”.
Estos mecanismos, explicó, pueden recurrir a oposiciones rígidas como orden y caos, bien y mal o sagrado y profano, hasta convertir a determinados grupos sociales en adversarios. Entre ellos mencionó a las luchas feministas, los pueblos originarios, las diversidades y los movimientos socioambientales.
La posverdad como ruptura de una realidad compartida
Gómez advirtió que el fenómeno no puede reducirse a la circulación de noticias falsas en las redes sociales. “Va más allá y es una mutación cultural y relacional donde los hechos objetivos y la verdad empírica, la misma experiencia, son deliberadamente subordinados a las emociones, los prejuicios identitarios y las creencias de las audiencias”, señaló.
La posverdad modifica la manera en que las sociedades construyen sus referencias comunes. En palabras de la teóloga, “la posverdad opera como una tecnología del desprecio”, al gestionar el desamparo y la incertidumbre colectiva y generar narrativas adaptadas a quienes las consumen.
El riesgo, explicó, es que se debilite la confianza entre las personas y se pierda una base común desde la cual dialogar: “Se destruye la gramática común, impidiendo que las sociedades compartan un suelo de realidad sobre la cual dialogar y sanar”.
Tecnología, dignidad y reconstrucción comunitaria
La exposición también puso en diálogo estas problemáticas con la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV. Mariana Gómez resaltó los aportes del documento en torno a las tecnologías emergentes, la automatización y la desinformación, aunque propuso complementarlos desde una perspectiva feminista, descolonial e interseccional.
Uno de los puntos señalados fue la metáfora bíblica de Babel. Según explicó, la encíclica utiliza esta imagen para advertir sobre una homogeneización y aceleración tecnológica que puede fragmentar el lenguaje común.
“En el contexto latinoamericano, los algoritmos de polarización actúan como pequeños altares de Babel que disuelven la veracidad objetiva y la posibilidad de entendimiento mutuo”, explicó.
También habló sobre la defensa de la existencia humana encarnada. La experiencia humana, la dignidad y el juicio moral, sostuvo, no pueden quedar reducidos a datos o estadísticas.
A la vez, recuperó el modelo de reconstrucción comunitaria asociado a Nehemías como una imagen para pensar la recuperación del tejido social. Mujeres, jóvenes, artesanos, líderes y otros actores están llamados a participar en esa tarea mediante la corresponsabilidad y la cooperación.
Las corporalidades como lugares de resistencia
Gómez también se refirió a una lectura crítica de la tecnología y de los algoritmos. Señaló que estos no son necesariamente neutrales y que pueden reproducir estructuras de género, raza y poder. “La desinformación y los pánicos morales están diseñados con un sesgo específico para controlar y disciplinar los cuerpos de las mujeres, las diversidades y el cuerpo territorio”, sostuvo.
Ante esta realidad, propuso reconocer a las mujeres, las diversidades y las comunidades vulneradas como sujetos capaces de producir conocimiento e interpretar la realidad, y no únicamente como destinatarios de protección o asistencia.
Su reflexión desembocó en la idea de las “corporalidades en resistencia”. Para Gómez Álvarez, los cuerpos de las mujeres y las diversidades vulneradas, las comunidades que defienden la tierra, las familias que buscan a sus desaparecidos y las poblaciones precarizadas constituyen espacios desde los cuales puede recuperarse la memoria y la verdad de las experiencias sociales. “Ante la inmaterialidad de las redes y la mentira calculada de la posverdad, el punto de partida es el cuerpo sintiente y situado”, sostuvo.
El cuidado como parte de la construcción democrática
Otro de los aportes de Gómez estuvo relacionado con la política del cuidado. Propuso dejar de comprenderlo como una responsabilidad restringida al ámbito doméstico y reconocerlo como una dimensión de la vida pública. “Si sitúas la sostenibilidad de la vida en el centro, reconceptualizas la democracia”, expresó.
Desde esta mirada, la democracia puede pasar de ser una arena de competencia por el poder a convertirse en una “mesa compartida de corresponsabilidad, sanación y justicia”.
En esta reconstrucción adquiere importancia el concepto de acuerpamiento, tomado de los feminismos comunitarios. La teóloga explicó que: “acuerpar no solo es la solidaridad institucional o de escritorio. Es autoconvocarse para poner el cuerpo sintiente junto al cuerpo de la otra, del otro, del otro que está sufriendo”.
La era digital transforma la vida democrática
Por su parte, João Décio Passos situó la crisis democrática en el escenario de transformación producido por la era digital. Para el teólogo brasileño, la relación entre tecnología, posverdad y política plantea una serie de interrogantes sobre los consensos que sostuvieron la vida democrática moderna.
“La era digital se presenta como una era en rápida gestación, pero que todavía no consiguió instituir una base civilizacional de vida y de convivencia humana”, explicó.
En su análisis, todavía no existe una estructura plenamente configurada de convivencia para este nuevo espacio. “No tenemos todavía una polis digital. Por consiguiente, mucho menos una eclesia digital”, señaló.
Passos relacionó esta transformación con una crisis del modelo democrático liberal y con la búsqueda de certezas en modelos anteriores. Retomando a Manuel Castells, explicó que las dificultades para imaginar nuevas respuestas pueden favorecer el retorno de referencias tradicionales relacionadas con la familia, la nación, la identidad y la autoridad.
Burbujas digitales y nuevas formas de pertenencia
El teólogo describió varias características de los grupos que se forman en las redes digitales: identidad compartida, anonimato, autoconstrucción, formación de burbujas ideológicas, pertenencia individual y homofilia.
Estas comunidades pueden desarrollar una fuerte identificación con quienes comparten sus convicciones y, al mismo tiempo, establecer una relación de rechazo hacia quienes consideran diferentes. “Cada grupo tiende a afirmarse a sí mismo y a negar a los otros o las diferencias como peligrosas o como enemigos a ser eliminados”, explicó.
En ese escenario, las narrativas internas de cada grupo pueden llegar a considerarse como verdades indiscutibles, mientras que las narrativas externas son rechazadas.
Passos identificó además afinidades entre determinadas dinámicas políticas y religiosas presentes en estos espacios: el sentido de pertenencia, la distinción entre elegidos y adversarios, la creencia en una verdad recibida y la reproducción de mensajes sin mediación crítica.
A partir de estas características, presentó el concepto de “populismo reaccionario digital religioso”, asociado a una relación directa entre liderazgo, promesa de salvación y una comunidad que se reconoce como parte de un grupo elegido.
La educación digital como desafío para las comunidades de fe
Hacia el cierre de su intervención, Passos planteó varias preguntas sobre las respuestas que pueden construirse frente a estas transformaciones. Entre ellas, mencionó la necesidad de pensar nuevas formas de participación, fortalecer los vínculos territoriales y revisar las herramientas disponibles para afrontar los cambios producidos por el mundo digital.
También llamó la atención sobre el papel de las comunidades cristianas en este escenario: “Entramos en una era de urgente educación digital de nuestras Iglesias, de nuestras comunidades, y en la urgencia de una creación de una pastoral digital en nuestras comunidades”.
Para el teólogo, el desafío consiste en aprender a habitar el mundo digital y generar nuevas formas de convivencia: “No tenemos otra era, sino ahora, la era digital, con todas sus virtudes y con todos sus vicios”.
La conversación dejó abiertas preguntas sobre la manera de reconstruir los vínculos sociales en medio de la polarización, recuperar espacios de diálogo, fortalecer la capacidad crítica frente a la información y acompañar desde las comunidades de fe los cambios que plantea la era digital.






