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Pronunciamiento en defensa del Papa León XIV: Teología Latinoamericana – Volviendo al Evangelio

[Por: Varios]

Como colectivo laical, junto con religiosos y personas de buena voluntad, manifestamos nuestro apoyo, solidaridad, respaldo cívico y comunión al Papa León XIV, quien en estos tiempos viene actuando proféticamente denunciando las acciones de violencia política, económica y militar que atentan contra la vida y dignidad de tantas personas. Reprobamos las palabras del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la narrativa del nacionalismo cristiano fundamentalista que promueve…

 

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Un cristianismo que no se contenta con consolar conciencias, sino que quiere transformar la historia

[Por: Lola Josa | Universitat de Barcelona]

A propósito de la obra de Juan José Tamayo, Cristianismo radical (Editorial Trotta, 2026) en su 4ª edición

 

Vivimos en una sociedad cada vez más violenta y menos sabia. Nuestro día a día se encuentra asediado por la beligerancia política; por guerras que se propagan con una facilidad aterradora; por feminicidios, por la persecución de mujeres que no están dispuestas a someterse al control del poder masculino, y por cifras económicas tan descomunales que, en un mundo acelerado hacia la desmesura, ya ni siquiera alcanzamos a comprender qué significan, aunque sí padecemos sus consecuencias: la desigualdad social, el desamparo, la intemperie.

 

Lo sintamos o no, nos rodea el exceso. El exceso de información, el exceso de ruido, el exceso de consignas. Y ese exceso nos daña en todos los aspectos humanos. Y en esta desmesura, los medios de comunicación participan sospechosamente: a veces amplifican lo estridente, otras veces trivializan lo decisivo, y con demasiada frecuencia convierten el dolor en espectáculo. No es extraño, entonces, que sintamos la existencia cercada: como si la vida estuviera sitiada por el miedo, por la prisa, por la polarización. Y, sin embargo, hay un gesto sencillo que todavía conserva algo de liberación. Me refiero a entrar en una librería en busca de interlocutores que nos cuenten con precisión, sin banalidades ni resentimiento, sin pesimismos ni auto referencialidades, qué es lo que ocurre en realidad. Y, sobre todo, qué comporta el ser humano no como sustantivo, sino como verbo.

 

En esa búsqueda, pocas cosas resultan tan decisivas como escoger un libro de Juan José Tamayo. Porque leerlo es un acontecimiento, te despierta o, como mínimo, te remueve la conciencia. Desde hace cincuenta años, Tamayo escribe obras que ponen palabras y argumentos a aquello que ha sido relegado por un paradigma sociopolítico y cultural donde el liberalismo económico se ha convertido en evangelio y en ley. Sus libros nos devuelven preguntas que el sistema intenta silenciar: ¿qué le debemos al prójimo?, ¿qué significa comunidad?, ¿qué valores nos singularizan como humanos precisamente cuando parece que podríamos prescindir de ellos?

 

Hoy nos convoca con la cuarta edición de su Cristianismo radical. Libro que, dentro de la fructífera trayectoria de Tamayo, podríamos leerlo como una síntesis de madurez porque en él convergen los temas principales que trabaja desde hace décadas (teología de la liberación, crítica al dogmatismo, giro intercultural e interreligioso, feminismo, ecología, utopía y memoria de las víctimas), pero con el pulso y el estilo próximo al manifiesto o programa. Se trata más bien de un itinerario experimentado por él, pensado y vivido; de una constelación de “cristianismos” que se proponen, ante todo, como praxis. En 2003, con su libro Nuevo paradigma teológico, Tamayo proponía despedirse del “paradigma dogmático” y abrir horizontes. Cristianismo radical recupera ese mismo trazo, pero lo traduce en clave práctica que exige no solo “cómo pensar la teología”, sino qué cristianismo nace de ese pensamiento. Algo decisivo, porque mueve a discernir un modo de vida. En este libro encontramos, a su vez, una coherencia ética que se fundamenta en un cristianismo “para los otros” y en la lectura crítica de las alianzas históricas entre Iglesia y poder. Tamayo no escribe desde la comodidad; escribe desde la intemperie de quien sabe que el Evangelio pierde su nervio cuando se vuelve administración de privilegios. Y por eso su propuesta apunta a des clericalizar y despatriarcalizar, a limpiar el cristianismo de lo que le ha sido impuesto desvirtuando su espíritu. Se le ha convertido en un pretexto para un paradigma teopolítico obsesionado por el control, por la tentación del dogma como frontera y el miedo a la libertad. Resulta inevitable, asimismo, recordar la cicatriz doctrinal sufrida por el propio Tamayo cuando se le cuestionaron sus planteamientos y se le negó la legitimidad para enseñar teología. Ese conflicto, lejos de ser un detalle biográfico, explica la posición desde la cual escribe y convierte Cristianismo radical en una obra que ofrece una propuesta espiritual o ética, y en otra de sus obras donde reafirmar otro modo de hacer teología menos dependiente del control institucional y más vinculado a la necesidad real del momento histórico. Dicho de otro modo, la teología de Juan José Tamayo no pide permiso para mirar a las víctimas a los ojos.

 

Nuestro presente también pesa. En su etapa más reciente, Tamayo había insistido en el Sur Global, en la necesidad de escuchar las teologías que nacen en los márgenes. También entra de manera más directa en la coyuntura político-cultural, en el auge que vemos de la ultraderecha, los discursos de odio, la tentación de utilizar “lo cristiano” como identidad de choque. En este clima, el libro actúa como una bisagra capaz de recapitular a propósito de una trayectoria y, desde ella, poder legitimar una respuesta a una disputa urgente por el significado público del cristianismo. Tamayo lo dice sin rodeos: hay que evitar el secuestro de lo cristiano por lo que denomina “cristo neofascismo”. Y ofrecer, a cambio, desde la teología de la liberación, alternativas creativas a los grandes conflictos contemporáneos.

 

La propia construcción del libro lo confirma. Tras una introducción autobiográfica (“Mi itinerario hacia un cristianismo radical”), se suceden capítulos centrados en el cristianismo liberador frente a la pobreza estructural; alter globalizador; feminista; ecológico; intercultural e interreligioso; contrahegemónico; pacifista; hospitalario ante la xenofobia; utópico; laico; no dogmático; compasivo con las víctimas; simbólico e indignado y, finalmente, una reflexión sobre el mundo irreligioso y la resistencia política con referencia a Bonhoeffer. Un genuino mapa, una brújula que nos guíe en forma de esperanza. A lo largo de la lectura, encontramos que el autor rehabilita la palabra “radical” sin caer en el cliché del extremismo. Radical no como fanatismo, sino como regreso a la raíz. En un momento en que lo “radical” se asocia a violencia o sectarismo, Tamayo nos recuerda que la raíz del Evangelio no es el miedo, sino la liberación. Por otro lado, ofrece un enfoque integral, casi interseccional, de los frentes que hoy se entrecruzan: economía y pobreza, feminismos, ecología, colonialidad, xenofobia, paz. La teología propuesta por Tamayo no se refugia en su torre teórica, sino que se compromete para leer el mundo, porque un cristianismo que solo habla de sí mismo termina por convertirse en un museo de lo sagrado. Junto a todo ello, merece ser destaca su capacidad de síntesis y pedagogía. El lector encontrará páginas escritas para abrir un debate enriquecedor, para acompañar a los no especializados, sin traicionar, por ello, la complejidad de la dialéctica propuesta, siendo capaz de ordena un ecosistema amplio de tradiciones y convertido en recorrido. Además, su diagnóstico histórico-político de la alianza con el poder tiene la función de incomodarnos y llevarnos a la pregunta de qué cristianismo hemos heredado y cuál estamos dispuestos a vivir. Que el prólogo sea de Leonardo Boff es una señal de pertenencia. Sitúa el libro en la genealogía profética y utópica de la liberación, en ese cristianismo que no se contenta con consolar conciencias, sino que quiere transformar la historia.

 

Llegados aquí, tal vez lo más importante sea entender lo que este libro nos pide. Nos pide volver a la raíz evangélica no como nostalgia, sino como desafío. Nos pide un cristianismo menos doctrinal y cerrado, y más práctico en su capacidad liberadora. Nos insta a salir del exceso (del exceso de seguridad identitaria, del exceso de indiferencia) para adentrarnos en lo esencial: en el prójimo, en la comunidad, en la justicia, la memoria de las víctimas, el cuidado de la tierra, la dignidad de las mujeres, la hospitalidad ante el extranjero, la paz frente a la guerra, la esperanza frente al odio. En un mundo que nos empuja a endurecernos, Tamayo nos invita a radicalizarnos de otra manera en nuestra búsqueda de la raíz de lo humano. De su ser. Y quizá por eso, en medio de esta época cercada, abrir Cristianismo radical es más que leer un libro: es ensayar una libertad. Es recordar, con lucidez, sin banalidad, sin pesimismo, que todavía podemos elegir qué hacemos con lo que somos. Y que aún podemos, con los otros, volver a empezar.

Noticias Iglesia Internacional: 13 al 20 de abril

[Coordina: Cecilia Tovar | IBC]

El periodista y experto en el Vaticano Vicens Lozano sostiene en su nuevo libro que la elección del papa León XIV no fue el resultado de un “consenso muy rápido”, sino de una “operación secreta” con alianzas, presiones y una dura pugna entre reformistas y conservadores dentro de la Iglesia, que venció la “guerra subterránea” del cónclave celebrado hace casi un año…

 

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Adiós a Desmond Morris, el etólogo de “El mono desnudo”

[Por: Leandro Sequeiros]

En mis años de estudiante de paleontología y paleoantropología, hace casi 50 años, leí los ensayos de Desmond Morris. Sobre todo, sus libros más conocidos, The Naked Ape (El mono desnudo), publicado en inglés en 1967 (t del que pronto vimos la traducción española), es una realista y objetiva mirada a la especie humana; y El zoo humano, publicado en inglés en 1969 (y y pronto en castellano), que fue continuación de El mono desnudo.

 

Desmond Morris se sitúa en una postura biologicista que hoy nos parece excesiva. Su filosofía de la biología corre paralela a la de Richard Dawkins, el autor de El gen egoísta, El relojero ciego, y otros varios ensayos de corte marcadamente materialista y ateo.

 

En sus ensayos, Desmond Morris examina el comportamiento humano, tanto en la naturaleza libre como en las ciudades desde un punto de vista etológico, el estudio integrado de los orígenes del comportamiento. Presentamos algunos materiales para una reflexión interdisciplinar… 

 

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Artículo de coyuntura: balance preliminar de la primera vuelta (Perú)

[Por: Pilar Arroyo | IBC]

Como es de conocimiento público, el Jurado Nacional de Elecciones ha anunciado que los resultados finales de la primera vuelta del 12 de abril no los tendremos hasta mediados de mayo; por ello lo que presentamos a continuación es solo un balance preliminar…

 

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La paz y la guerra

[Por: Matías Soares]

El mundo sigue el enfrentamiento entre el Papa León XIV y el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. El primero clama por la paz. El segundo vive buscando la guerra. El primero confía en el mensaje del Evangelio. El segundo, en la fuerza de las armas. El primero proyecta valores humanísticos. El segundo, valores económicos. Podemos seguir presentando estos contrapuntos, con la consecuente claridad de nuestra elección y su validez; pues, como discípulos de Jesucristo, la paz es un don que confirma la Era verdaderamente mesiánica, en la cual el Reino de Dios está aconteciendo, y cuya principal característica es la existencia de la paz (cf. Jn 20, 19.21.26; Mt 5, 9). Los hijos de Dios y discípulos de Jesús están del lado de la paz. No justifican la guerra ni las armas; pues quien a hierro mata, a hierro muere (cf. Mt 26, 52). La guerra fomenta todo aquello que puede conducir a la destrucción de la propia humanidad.

 

En esta línea de reflexión, considerando esta tradición semítica, siempre me llamó la atención, en las dos ocasiones en que fui a Israel para cursos de actualización sacerdotal, el hecho de que cuando entramos en un avión de las compañías aéreas de ese país, el saludo inmediato es este: Shalom —¡Paz! Segundo Mackenzie, “el verbo cognado del sustantivo significa cosas como terminar, completar, pagar; así puede decirse que la palabra significa, en general, plenitud, perfección, o más precisamente, una condición a la que no le falta nada. Era el saludo común y expresión de buenos deseos. El israelita concebía la paz como un don de Yahvé y, como tal, se convirtió en un concepto teológico. Se debe esperar la paz perfecta de la salvación mesiánica. El Mesías es el príncipe de la paz (cf. Is 9, 5-6), y en su reino habrá paz sin fin” (cf. John L. McKenzie, Diccionario Bíblico, p. 704). En una tradición en la que el saludo de paz es tan importante, su práctica permanente convive, sin embargo, con la realidad de las guerras.

 

La Iglesia, con su construcción teórica, tiene como presupuesto la conciencia de la urgencia de la paz. En su historia, por razones circunstanciales, ha estado involucrada en situaciones beligerantes, especialmente cuando su autoridad espiritual se confundió con el poder temporal. Durante el período medieval hasta el inicio de la modernidad, la necesidad de autodefensa hizo que conflictos atravesaran las fronteras eclesiásticas, como en el caso de las cruzadas. Desde el final de la modernidad hasta nuestros días, especialmente después de las dos grandes guerras mundiales (1914-1918; 1939-1945), se ha desarrollado un magisterio sistemático y permanente de la Iglesia contra la guerra. Como fundamento de esta breve exposición, remito a dos referencias que justifican claramente las recientes posiciones del Papa León XIV: la encíclica Pacem in Terris (11/04/1963) del Papa Juan XXIII y el discurso de Pablo VI ante la ONU (04/10/1965). Sin duda, existe mucho más magisterio petrino sobre el tema, como los mensajes para la Jornada Mundial de la Paz cada 1 de enero, pero aquí, por razones metodológicas, nos limitaremos a estas dos referencias.

 

Ambos documentos se sitúan históricamente en el contexto de la Guerra Fría, con sus bloques estadounidense y soviético, y sus ideologías capitalista y socialista. En la actualidad, estas configuraciones sistémicas se repiten con nuevos actores globales, como China, y en el caso de Medio Oriente, Irán e Israel. Además, cabe recordar la denuncia del Papa Francisco de que vivimos una “tercera guerra mundial en fragmentos”. En este sentido, las palabras de Juan XXIII siguen siendo plenamente actuales: “La paz en la tierra, anhelo profundo de todos los hombres de todos los tiempos, no puede establecerse ni consolidarse sino en el pleno respeto del orden establecido por Dios” (Pacem in Terris, Introducción). El paradigma es teológico; la perspectiva, la de la Palabra de Dios y la Tradición viva de la Iglesia, que, atendiendo a los “signos de los tiempos”, ofrece su enseñanza a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, conscientes de la urgencia de la paz. El Papa denunciaba que “contrasta clamorosamente con el orden perfecto del universo el desorden que reina entre los individuos y los pueblos, como si sus relaciones mutuas no pudieran regularse sino por la fuerza” (Pacem in Terris, 4).

 

En la continuación del documento, el pontífice aborda cuestiones antropológicas y relacionales que exigen el respeto de los derechos personales y sociales, tomando como punto de partida la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Afirma que una convivencia humana auténtica requiere reconocer que cada persona es un ser dotado de inteligencia y libertad, con derechos y deberes universales, inviolables e inalienables (Pacem in Terris, 9). Más allá del derecho internacional, se subraya la necesidad de que las naciones respeten los derechos de cada ciudadano en su propio orden jurídico, siempre en función de la dignidad humana.

 

En la tercera parte, que constituye el enfoque específico al que deseo llamar la atención de cada lector, dado que el Papa León fue acusado de manera insensata de “no saber de derecho internacional” y de limitarse a “tratar de teología”, cabe señalar que sus actos y palabras se sitúan en plena continuidad con los de sus predecesores. En este sentido, resulta pertinente acoger lo que afirmó el Papa Juan XXIII sobre los principios que deben regir las relaciones entre las comunidades políticas: “Queremos confirmar con nuestra autoridad las reiteradas enseñanzas de nuestros predecesores sobre la existencia de derechos y deberes internacionales, sobre la obligación de regular las relaciones mutuas entre las comunidades políticas según las normas de la verdad, la justicia, la solidaridad efectiva y la libertad. La misma ley natural que rige la vida individual debe regir también las relaciones entre los Estados” (cf. Pacem in Terris, 80). Cuando los países más ricos adoptan actitudes de irrespeto y ejercen violencias contra el orden internacional que debería ser respetado, otros pueblos, etnias, minorías e incluso civilizaciones pasan a ser amenazados de destrucción masiva, como ha ocurrido recientemente. En este contexto se comprende la afirmación del Papa León al calificar como “inadmisible” cierto tipo de narrativa. Surgen entonces cuestiones de extrema gravedad moral, que muestran cómo las atrocidades cometidas en las últimas guerras mundiales siguen latentes en la mentalidad de “tiranos” que pretenden dominar el mundo por la fuerza.

 

Refiriéndose a las relaciones internacionales, el pontífice afirmaba que “es necesario tener en cuenta que, también en materia de relaciones internacionales, la autoridad debe ejercerse para promover el bien común, pues esta es su propia razón de ser” (cf. Pacem in Terris, 84). En caso de que dicha autoridad se base exclusiva o principalmente en la amenaza o en el temor al castigo, o en la promesa y el ofrecimiento de recompensas, “no conduciría eficazmente a los seres humanos a la realización del bien común. Y, aun si lo lograra, ello repugnaría a la dignidad de seres dotados de razón y de libertad. La autoridad es, ante todo, una fuerza moral” (cf. Pacem in Terris, 48). El bien común, que “consiste en el conjunto de todas las condiciones de la vida social que permiten y favorecen el desarrollo integral de la personalidad humana” (cf. Pacem in Terris, 58), pasa a ser entendido también en el ámbito de las relaciones internacionales como el conjunto de medios que deben emplearse para el desarrollo integral de los pueblos. Posteriormente, el Papa Pablo VI desarrollará esta idea del magisterio social en la encíclica Populorum Progressio (El progreso de los pueblos). A partir de estas definiciones, contamos ya con fundamentos suficientes para analizar filosófica y teológicamente los ordenamientos de la geopolítica contemporánea, a la luz de los principios —aún plenamente actuales— establecidos por el Papa Juan XXIII y retomados en las enseñanzas más recientes del Papa León XIV.

 

Desde el inicio de su ministerio petrino, el Papa “americano-latino”, ya que durante más de veinte años vivió en Perú, país vecino, donde también obtuvo la ciudadanía, ha mostrado que el tema de la paz le es profundamente significativo: “¡los saludo con una paz desarmada y desarmante!”. Contamos ya con elementos suficientes para prever que su pontificado estará marcado por este tema. Aquello que fue advertido por el Papa Francisco, respecto al escenario de “guerras en fragmentos”, está siendo afrontado por él con gran valentía y libertad, en contraste con la acusación irrespetuosa del presidente estadounidense, que lo calificó de “débil”. Ha dejado en claro que no teme ni está al servicio de los tiranos de nuestros “tiempos sombríos”, tal como los describía Hannah Arendt al analizar los regímenes absolutistas del fascismo y del nazismo. En aquel mismo contexto, ella ya había señalado al Papa Juan XXIII como una figura destacada por la necesaria compasión hacia la humanidad de su tiempo. Comenzamos a percibir que León será una de las grandes personalidades de la actualidad que, a la luz del Evangelio, llevará una voz de esperanza al corazón de una humanidad desorientada y herida por las violencias de nuestra Era.

 

Algo que sintetiza esta tercera parte de la encíclica, y que responde a algunos cuestionamientos sobre la inquietud del Papa al tratar temas relacionados con la guerra, es la afirmación de Juan XXIII, quien, citando a su predecesor Pío XII, sostuvo que: “Nada se pierde con la paz; pero la guerra todo lo puede destruir” (cf. Pacem in Terris, 116). Y reafirma que, “como Vicario de Jesucristo, Salvador del mundo y autor de la paz, interpretando los vivos anhelos de toda la familia humana, movidos por el amor paterno hacia todos los hombres, consideramos deber de nuestro ministerio suplicar encarecidamente a todos, y sobre todo a los jefes de las naciones, que no escatimen esfuerzos mientras el curso de los acontecimientos humanos no se conforme a la razón y a la dignidad del hombre” (cf. Pacem in Terris, 117). Más allá de las preocupaciones que atraviesan las narrativas de la administración Trump, es necesario tener presente que estos discursos del Papa León están también vinculados a su visita apostólica a países africanos que viven de manera constante en situaciones de conflicto. El drama no se dirige únicamente a los Estados Unidos, sino que constituye una palabra profética dirigida al mundo entero.

 

En línea de continuidad con el pensamiento de Juan XXIII, se encuentra el discurso del Papa Pablo VI ante la Organización de las Naciones Unidas, que merece una lectura atenta; pues en él se halla no solo lo que este organismo de las naciones debe ser para el mundo, sino también el papel espiritual y moral de la Iglesia en aquel contexto y en nuestros días. Ante la ONU, Montini afirmó que “Nuestro mensaje quiere ser, ante todo, una ratificación moral y solemne de esta noble Institución. Este mensaje proviene de nuestra experiencia histórica. Es como ‘técnicos en humanidad’ que llevamos a esta Organización el respaldo de nuestros últimos predecesores, el de todo el episcopado católico y el nuestro propio, convencidos, como lo estamos, de que esta Organización representa el camino necesario de la civilización moderna y de la paz mundial” (cf. Discurso, 1). Esta confirmación pontificia aporta a nuestro planteo la ratificación de que la ONU debería ocupar el lugar de mayor relevancia en el respeto y la defensa del derecho internacional; sin embargo, su cuestionamiento —como hemos visto de manera reiterada por parte del presidente— responde a un propósito estratégico vinculado a sus intereses. Esta desarticulación, incluso mediante la iniciativa de crear otro organismo que favorezca tales intereses de carácter imperial, resulta nociva y destructiva

 

Ambos textos son complementarios y describen la postura asumida y defendida legítimamente por el Papa actualmente reinante —León XIV—. Resulta digno de mención su declaración, realizada poco después de haber sido atacado por el presidente estadounidense, cuando, interrogado por un periodista durante un viaje a los países que iba a visitar, afirmó: “no pretendo entrar en confrontaciones políticas con él”, refiriéndose a su adversario. El Sucesor de Pedro es consciente de su misión. Ha dejado claro que continuará abordando el tema de la paz a la luz del Evangelio, cuyo mensaje, ya señalado en nuestra introducción, es claro: “bienaventurados los que promueven la paz” (cf. Mt 5,9). Antes que él, también Pablo VI afirmaba en su discurso ante la Organización de las Naciones Unidas que “no tiene ningún poder temporal ni ambición alguna de entrar en competencia con vosotros. De hecho, nada tenemos que pedir, ninguna exigencia que formular, sino únicamente un deseo que expresar, una autorización que solicitar: la de poder serviros en aquello que corresponde al ámbito de nuestra competencia, con desinterés, humildad y amor” (cf. Discurso). Asimismo, añadía: “para nosotros, ante todo. Bien sabéis quiénes somos y, cualquiera que sea vuestra opinión sobre el Pontífice romano, conocéis nuestra misión: somos portadores de un mensaje para toda la humanidad. Y lo somos no solo en nuestro nombre personal y en el de la gran familia católica, sino también en nombre de los hermanos cristianos que comparten los sentimientos que aquí manifestamos y, especialmente, de aquellos que han querido confiarnos explícitamente la tarea de ser sus intérpretes” (cf. Ibíd.). Esta relación de continuidad, fundada en una “justa hermenéutica”, como enseñó Benedicto XVI, resulta fundamental para mantener la comunión y permanecer atentos a la Verdad en una época marcada por las posverdades y las polarizaciones ideológicas.

 

Ante todo esto, y ya a modo de conclusión, hemos estado leyendo en estos días los Hechos de los Apóstoles, y vale la pena destacar una de las características del estilo de vida de las primeras comunidades cristianas: “perseveraban en escuchar la enseñanza de los Apóstoles” (cf. Hch 2,42). Para nosotros, los católicos, los Papas son la continuidad de la sucesión apostólica. El ataque al Papa constituye una ofensa a la Iglesia en su catolicidad. En el reconocimiento de la paz como un signo del Reino de Dios —que debe ser buscado y defendido por cada discípulo de Jesucristo y, en caso de no ser cristiano, por todo ser humano de buena voluntad—, tal falta de respeto se convierte en una violencia contra la humanidad, pues encontramos aquí dos personificaciones: el Papa León —la paz— y el presidente Trump —la guerra—. Como ya nos enseñaba el Papa Francisco, necesitamos un “nuevo humanismo”. La lucha por la paz trasciende ideologías y concepciones particulares. Es un don de Dios para quienes tienen fe y una conquista cotidiana para quienes aman la justicia. Como cristianos, en sintonía con el auténtico magisterio de la Iglesia, abracemos esta tarea y, a la luz del Evangelio, seamos promotores de la paz.

 

Así sea.

Pbro. Matías Soares

Párroco de la parroquia de Santo Alfonso María de Ligorio
Natal – RN
Capellán de la UFRN

Divulgadas las próximas etapas del proceso sinodal

[Por: Vatican News]

La planificación de numerosos eventos que involucran a la Secretaría General del Sínodo fue el tema central de una reunión del XVI Concilio Ordinario, celebrada en línea, la tarde del viernes 17 de abril. Así se anunció en un comunicado de prensa, en el que se indica que, tras un momento de oración dirigido por la hermana Nathalie Becquart, subsecretaria de la Secretaría General del Sínodo, el cardenal secretario general Mario Grech inauguró la reunión con comunicaciones relativas a la implementación actual del Documento Final de la XVI Asamblea, el trabajo de los Grupos de Estudio, cuyos informes finales se están publicando actualmente, y la próxima celebración de dos reuniones.

 

La contribución del Papa

 

La primera tendrá lugar del 23 al 25 de junio de 2026, con el fin de preparar las Asambleas de Evaluación Continentales previstas para el primer trimestre de 2028. El Papa León XIII también participará en una sesión de trabajo específica.

 

Según el comunicado, la reunión contará con la presencia de un representante de los Patriarcas del Consejo de Patriarcas de las Iglesias Orientales, los Presidentes de las Reuniones Internacionales de las Conferencias Episcopales y los Presidentes de las Conferencias Episcopales de Estados Unidos y Canadá, cada uno acompañado por el Coordinador del Equipo Sinodal de su respectivo organismo y, de ser posible, por el Secretario General.

 

La reunión sobre Amoris laetitia

 

Con motivo del encuentro en el Vaticano convocado por el Papa del 7 al 14 de octubre de 2026 para conmemorar el décimo aniversario de la publicación de la Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia, los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo y de los Sínodos de las Iglesias Católicas Orientales sui iuris se reunirán para dialogar sobre la familia.

 

Con este encuentro, el Papa León XIV pretende «avanzar, mediante la escucha mutua, hacia un discernimiento sinodal sobre los pasos a seguir para proclamar el Evangelio a las familias de hoy […] y teniendo en cuenta lo que se está logrando en las Iglesias locales». El Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida preparará el encuentro, que tendrá carácter consultivo.

 

Un documento para mostrar el camino

 

Durante la reunión, el padre Giacomo Costa, asesor de la Secretaría General y secretario especial de la XVI Asamblea, propuso un documento para la implementación del Sínodo, específicamente para la celebración de asambleas de evaluación.

 

Tras el debate del texto, se aprobó la estructura general del documento. La versión final, que busca integrar las Directrices para la Fase de Implementación publicadas en junio de 2025, será revisada por el Consejo Ordinario y publicada a principios del verano.

 

Finalmente, los miembros del Consejo Ordinario solicitaron al cardenal Mario Grech que expresara su gratitud a monseñor Luis Marín de San Martín por sus años de servicio en la Secretaría General del Sínodo y que le asegurara sus oraciones por su nuevo cargo como Limosnero de Su Santidad y Prefecto del Dicasterio de la Caridad.

 

Publicado en: https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-04/divulgadas-las-proximas-etapas-del-proceso-sinodal.html?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=NewsletterVN-ES

Tamayo: “Vivimos un momento de esperanticidio y la esperanza cristiana ha de vincularse a las utopías históricas”

[Publicado en: Redes Cristianas / Religión Digital]

Abría la jornada del Fòrum Cristianisme Ara i Ací que se celebraba este sábado en el Colegio Jesús-María de València. Y Juan José Tamayo, fiel a su biografía y a sus aportaciones lúcidas en cada contexto, no decepcionó en una conversación compartida con la teóloga valenciana Lucía Ramón. El secretario general de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII y uno de los grandes referentes europeos de la teología de la liberación, abogó en el Fòrum por “mantener teologías críticas, desde la perspectiva de la teología de la esperanza porque la esperanza es un principio que nos motiva para seguir trabajando por otro mundo futuro”.

 

Tamayo, que profundizaba sobre las razones para la esperanza en la iglesia, afirmó que vivimos en un momento que calificó como “esperanticidio” frente al cual confrontó “la esperanza cristiana que ha de estar vinculada a las utopías históricas”.

 

En la misma conversación que abría la jornada del Fòrum Cristianisme Ara i Ací, la teóloga feminista y especializada en ecumenismo, Lucía Ramón, se sumó a la necesidad de una teología crítica ya que “hace mucha falta en la iglesia puesto que los mismos poderes que llevaron a Jesús a la cruz siguen presentes en nuestros días. Y tenemos que denunciarlo”.

 

Lucía Ramón aseguró que “el cristianismo aporta como algo específico la lectura de la vida como una promesa que nos abre al futuro”, afirmación a la que Juan José Tamayo añadió que “la esperanza cristiana se vincula con la esperanza de los pobres”.

 

Juan José Tamayo volvió a recordar el término “cristoneofascismo”, acuñado en 2019, para vincularlo a “la alianza actual que mantiene la ultraderecha a nivel mundial y los movimientos integristas de las iglesias”. En este sentido amplió y explicó el sentido del término haciendo referencia “a una religión que tiene muchos seguidores y que va en contra de los valores fundacionales del propio cristianismo”.

 

Emilce Cuda: “Los frutos del pontificado de Francisco se ven en las periferias”

[Por: Bruno Desidera | SIR – Religión Digital]

La «sacudida» que el papa Francisco dio a la Iglesia y al mundo sigue muy presente. En primer lugar, porque el suyo es el mensaje del Evangelio. En segundo lugar, porque su pontificado continúa, en sustancial continuidad, con el de León XIV. Y también porque su mensaje, su «programa eclesial», es particularmente visible partiendo de las «periferias», tal y como él mismo deseaba. Así lo afirma, un año después de la muerte de Francisco —ocurrida el 21 de abril de 2025, Lunes de Pascua—, la profesora Emilce Cuda, argentina, teóloga y filósofa, secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina, cargo en el que colaboró estrechamente con el cardenal Robert Francis Prevost, quien presidía dicha Comisión antes de ser elegido Papa.

 

Pregunta. Un año después de la muerte del papa Francisco, ¿qué aspectos de su amplio magisterio resultan especialmente fecundos? ¿Y cuál es su legado, desde el punto de vista pastoral?

 

Un año después del fallecimiento del papa Francisco, los frutos de su labor son visibles en las periferias, tal y como él mismo había esbozado su programa eclesial. De hecho, trabajó en las periferias, trabajó para que las periferias pudieran llegar al centro, siguiendo el modelo de la pirámide invertida. Y proporcionó un método, el método sinodal, que significa que todos debemos sentarnos a la misma mesa y aceptar dejarnos guiar por el Espíritu Santo, que nos habla y se manifiesta a través de toda su creación. Todo esto ha tenido un fuerte impacto en la Iglesia de las periferias y ha dado sus frutos, que estamos viviendo y llevando adelante.

 

P. Y se está haciendo con el papa León XIV…

Respuesta. Sí, este proceso no es algo que comience y termine con un pontificado. Sin duda, el papa León XIV ha confirmado que sigue la línea de Francisco en lo que respecta a esta realidad, en lo que respecta al cuidado de la casa común. Pero debemos, al mismo tiempo, ir más allá de este aspecto, porque si lo vemos así seguimos pensando en una Iglesia verticalista. Debemos ver lo que ocurre en las periferias, y en las periferias este camino se ha encarnado. Por lo tanto, el pontificado de Francisco continúa con León XIV, no solo porque el Papa expresa esta continuidad, sino también porque la Iglesia ha encarnado esa nueva forma de ser que, en el fondo, no es nueva. Esto significa predicar el Evangelio tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo, como dice el artículo primero de la nueva Constitución de la Curia romana.

 

P. Y desde un punto de vista más estrictamente teológico, ¿qué caminos se han abierto de manera más amplia con el papa Francisco?

 

R. Respondo partiendo de mi ámbito de competencia, es decir, la teología moral social. Creo que en este ámbito el camino ha sido el de los teólogos latinoamericanos, norteamericanos y africanos —que son las realidades con las que tengo más contacto— y también el de algunos teólogos asiáticos, los cuales han comenzado a reflexionar partiendo de la pastoral, partiendo de los trabajos pastorales. Han comenzado a escuchar y, a partir de ahí, a construir una teología que ciertamente no descuida el Evangelio, la tradición y el magisterio social de la Iglesia, pero que está unida y orientada, como decía monseñor Enrique Angelelli [el obispo argentino de La Rioja, asesinado «in odium fidei» durante el período de la dictadura, nota del editor], con un oído puesto en el pueblo y otro en el Evangelio.

 

P. ¿Y cuáles son las consecuencias, las repercusiones de este enfoque?

 

R. Esta forma de hacer teología hace que la pastoral se vuelva teológica, que comience a construirse a partir de la realidad. La realidad se ve como punto de partida, lo cual no es algo exclusivo de la Iglesia latinoamericana o de la cultura latinoamericana, porque el hecho de que la realidad sea el punto de partida es algo común a las tres Américas: del Norte, del Centro y del Sur.

 

R. Si pensamos en el pragmatismo norteamericano, también para ellos la realidad es el punto de partida. Creo que hay algo en común, desde el punto de vista teológico, en lo que expresan estas tres Américas, y es lo que expresan los dos últimos Papas. Es decir, una cultura que no parte de las ideas, sino de la realidad. Aquello no fue simplemente una expresión de Francisco o uno de sus cuatro principios de la Evangelii gaudium, cuando afirmaba que la realidad es superior a la idea. El hecho de que la realidad sea el punto de partida forma parte de la construcción del conocimiento de las Américas, y no solo desde el punto de vista teológico, sino también político y económico.

 

R. Nadie hace fortuna, si queremos ir al extremo, partiendo de una idea. Las fortunas se hacen partiendo de la realidad, viendo cuáles son los recursos disponibles, cuáles son las amenazas y pensando en estrategias. Por lo tanto, esa forma latinoamericana, americana en general, de construir el pensamiento forma parte de la teología, y creo que esto no puede subestimarse en una Iglesia que cree firmemente que Dios se encarnó, se hizo hombre, murió y resucitó. Todas estas realidades nos llevan a afirmar que Jesucristo no es una idea. El mismo Dios en el que creemos es una realidad, según el Credo que profesamos. Por lo tanto, quien quiera sostener que la idea es superior a la realidad estaría practicando otra religión.

 

P. ¿Cómo se puede observar la continuidad entre Francisco y León XIV, sobre todo en el compromiso por la paz, dentro de este contexto de «tercera guerra mundial a pedazos»?

 

R. Cuando se piensa en la continuidad, hay que tener en cuenta también la diferencia. El contexto político y económico mundial ha cambiado considerablemente con respecto a cuando se originó «la guerra a pedazos» descrita por Francisco. En sus doce años de pontificado, los gobiernos del mundo eran predominantemente populares, y el mensaje de la Iglesia acompañaba esos contextos. Hoy el panorama es diferente. Estamos en una guerra a pedazos cuya dinámica impresiona mucho, pero también en África y América Latina muere gente cada día, en guerras invisibles.

 

R. El escenario económico y político con León XIV ha cambiado, por lo que la continuidad, como afirmó el Papa en su viaje a África estos días, consiste en predicar siempre el Evangelio y defender el diálogo como método de la Doctrina Social. Al mismo tiempo, también habrá diferencias, porque los actores han cambiado: no solo ha cambiado el pontífice, sino también los presidentes y las hegemonías económicas. No podemos esperar una continuidad entendida como identidad absoluta, sino una evangelización que acompañe a tiempos nuevos que hoy son tristes, aunque no lo fueran menos bajo Francisco. Hay quien muere por un misil y quien por falta de medicinas, quien por una bala y quien por el hambre. Todas las vidas cuentan.

 

P. ¿Tiene algún recuerdo personal de Francisco, sobre todo relacionado con la última parte de su vida, que pueda compartir con nosotros?

 

R. Consideraba al papa Francisco no solo un pontífice, sino también un amigo. Quería mucho a mi familia y recordaba los nombres de mis hijos. Hasta el final me llamaba por teléfono para preguntar cómo estaban. Era una atención constante hacia los problemas familiares y la vida de quienes trabajábamos con él. Siempre nos preguntaba si estábamos contentos y alegres. Era lo primero que nos preguntaba cuando nos veía, si nos lo estábamos pasando bien, para luego animarnos, con seriedad, a continuar nuestro compromiso como apóstoles, sin miedo y con alegría. Más allá de su papel de líder, el hecho de que se interesara por nuestra felicidad personal no es algo habitual.

 

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Reivindicar la utopía en tiempos distópicos

[Por: Esther Calderón | Noticias Obreras]

El teólogo Juan José Tamayo y la teóloga Lucía Ramón trazan un diagnóstico del momento actual, de guerras, desigualdad, fascismo y colapso climático, y reivindican, en el Forum de Cristianismo de Valencia, una esperanza activa, enraizada en los márgenes y en la tradición cristiana más comprometida.

 

Tamayo abrió el diálogo con una radiografía de estos tiempos distópicos. El teólogo cifró en 56 los países actualmente implicados en conflictos armados y señaló como síntomas de esta distopía la securitización extrema, el aumento de las desigualdades y la persistencia del colonialismo. “En la medida en que se incrementa la riqueza, avanza de una manera descomunal las desigualdades”, subrayó.

 

Lucía Ramón añadió una dimensión filosófica al diagnóstico, distinguiendo entre el fin de las utopías emancipadoras y el surgimiento de otras nuevas, pero de signo opuesto: la del transhumanismo, la de la acumulación de capital o la del control autoritario, “que buscan la supervivencia de unos pocos a costa de la mayoría”, alertó, señalando directamente a figuras como Elon Musk. Para Ramón, la sociedad está siendo víctima de lo que Naomi Klein denominó doctrina del shock.

 

El “esperanzicidio” como estrategia política

 

Tamayo acuñó este término que alude al bombardeo de la esperanza. Frente a reclamó una teología de la esperanza, como principio motivador para la construcción de un mundo nuevo. “Una esperanza que está vinculada a las utopías históricas, bajo la guía de la razón y que es activa, militante, que se autentifica con el compromiso”, manifestó.

 

Otro de los conceptos que incorporó fue el de “cristoneofascismo” para describir la alianza entre la extrema derecha política, social y cultural a nivel mundial y los movimientos cristianos fundamentalistas. Una nueva religión que “sustituye los valores originales por contravalores: al amor responden con el odio, al perdón con la venganza, a la hospitalidad con la xenofobia”. Tamayo fue contundente al señalar a sus principales representantes: “Hoy, los grandes teólogos que más influyen son Netanyahu y Trump, que leen los textos bíblicos desde una perspectiva belicista, desde un Dios de la venganza”.

 

La esperanza que se teje desde abajo

 

Frente al cristoneofascismo y sus discursos de dominación, ambos ponentes reivindicaron las teologías críticas capaces de nutrir una esperanza transformadora. Lucía Ramón subrayó que “el feminismo es una propuesta de humanización que pone la vida y los cuidados en el centro”.

 

En su intervención, destacó que la teología feminista permite recuperar “ese rostro materno de Dios, ese Dios que cuida y acompaña”, y ayuda a entender que “la esperanza se teje desde abajo, desde lo cotidiano”. Una esperanza, advirtió Ramón, que no es ingenua, “no es un optimismo naíf, sino una esperanza crucificada”, en solidaridad con todos los hombres y mujeres que siguen siéndolo en la historia.

 

Tamayo completó el horizonte señalando la ecoteología, que nos recuerda que “no hay salvación si olvidamos que la Tierra es nuestra casa común”, y el diálogo interreligioso como antídoto “frente a los muros y los fundamentalismos”.

 

Brotes verdes en medio de la distopía

 

El coloquio concluyó con una mirada esperanzadora al relatar experiencias concretas que suponen “brotes verdes” de futuro. Tamayo citó el Hospital de Campaña de Barcelona como ejemplo de compromiso solidario; la figura de la obispa Mariann Budde, que confrontó públicamente al poder; o la Revuelta de las Mujeres en la Iglesia, como signos de que la resistencia profética sigue viva.

 

Lucía Ramón cerró con una invitación a no subestimar lo pequeño: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. Una frase que resumió el espíritu de una jornada de reflexión que demostró que la utopía, lejos de estar muerta, sigue siendo una necesidad urgente.