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Envío al final de la celebración ecuménica por los desaparecidos

[Por: Pablo Bonavía]

Propongo que comencemos con un momento de silencio, anticipándonos al que vamos a sentir como un estruendo a lo largo de la Marcha del Silencio por la avenida 18 de Julio.  Silencio para hacer nuestros los testimonios que hemos escuchado, las lecturas que hemos proclamado y así prepararnos para estar presentes a un nivel muy personal en este acontecimiento que refleja tan bien lo que queremos ser como país.

 

(Se hace un momento de silencio …)

 

Creo que todavía tenemos fresca en la memoria la celebración de la vigilia pascual en la que el Evangelio nos narraba que unas mujeres se negaron a pasar la página de la muerte de Jesús a pesar de la presión de las autoridades para que sus discípulos y discípulas se olvidaran de lo que había sucedido.  Mujeres que dijeron: olvidarnos de lo que le sucedió a Jesús y dar vuelta la página sería renunciar a lo que enciende nuestro corazón y nuestra esperanza.

 

Y sin que llegaran a comprender de inmediato todas las consecuencias de la pascua, sin que dijeran enseguida ‘Cristo Resucitó’, fueron descubriendo que quien había sido crucificado por amar hasta las últimas consecuencias, vivía para siempre.  Algo que no les fue fácil, que les costó mucho, porque la victoria de Jesús no se verificó de la manera espectacular como la pensaban ellos y ellas.  No fue un triunfo con las mismas armas ni estrategias de quienes condenaron al Nazareno porque su poder no era el de dominar sino al contrario: el de despertar las capacidades y valores que tienen los otros, que tenemos todos.

 

Dice la Escritura: “La piedra desechada por los arquitectos es ahora la piedra fundamental”. Nuestras comunidades tienen su raíz permanente en la memoria de lo que estas mujeres narraron acerca de lo sucedido con Jesús. Las Iglesias no somos grupos filosóficos unidos por especulaciones abstractas, somos comunidades narrativas. Cada vez que nos juntamos en las celebraciones litúrgicas, en las pequeñas comunidades, en los encuentros,  el centro está constituido por las narraciones que nos dejaron los Evangelios, porque en ellas y desde ellas podemos hacer algo decisivo:  devolverle transparencia al mundo que hoy vivimos opacado por tantos intereses, miedos y apariencias.

 

Luego de la segunda guerra mundial un filósofo judío dijo algo que todavía nos impacta e ilumina: “Sólo si dejamos hablar al sufrimiento podemos acceder a la verdad”. Y nosotros cristianos podríamos agregar: “sólo cuando interpretamos el sufrimiento desde la vida,  muerte y resurrección de  Jesús, escuchamos al verdadero Dios que no quiere víctimas sino que genera vida, empatía , conversión, comunión y paz”.

 

Desde esta convicción nos vamos a unir a la marcha del silencio junto a los familiares de desaparecidos durante la dictadura.  Una marcha que se entiende porque como pueblo hemos ido descubriendo que sólo nos humanizamos cuando nos animamos a mirar de frente lo que hemos hecho con alguno de nuestros compañeros, ciudadanos, hermanos. 

 

Recordábamos recién a la gran Belela Herrera que se jugó entera precisamente para que hubiera menos detenidos y desaparecidos por la dictadura, poniendo en riesgo su propia vida y  libertad para que la libertad y la vida de otros y otras pudiera seguir existiendo. Su memoria nos alienta y consuela.

 

Que el Señor nos ayude a sentirnos parte de este pueblo que busca abrirse al sufrimiento para conocer la verdad, y de estas comunidades cristianas que en las narraciones iniciales de las mujeres que no quisieron dar vuelta la página de la muerte del Crucificado descubrieron un poder diferente que se abre camino definitivamente con la resurrección de Jesús. Una victoria que no se transforma en revancha ni en violencia sino que al contrario, permite ya desde ahora, en medio de la lucha por la memoria, la justicia y la verdad, disfrutar de cada espacio donde nos hacemos lugar unos a otros y juntos hacemos lugar a Jesús hasta que Dios sea todo en todos.

 

Celebración ecuménica en Montevideo acompañó la 30ª marcha del silencio: “Sepan clumplir. ¿Dónde están?”

[Por: Iglesia Evangélica del Río de La Plata]

Como cada año desde hace una década, diversas iglesias y organizaciones ecuménicas y sociales se reunieron este 20 de mayo en una celebración previa a la Marcha del Silencio, que este año alcanzó su 30ª edición. El encuentro tuvo lugar en la Parroquia Universitaria, ubicada en José E. Rodó 1727, y convocó a personas de distintas tradiciones de fe que compartieron un momento de oración, reflexión y testimonio en torno al reclamo persistente de Memoria, Verdad y Justicia…

 

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Celebración ecuménica 30 marchas del silencio

[Por: Hna. Macarena Alvariza | OBSUR]

Queridas hermanas, queridos hermanos: Hoy nos encontramos en un momento de recogimiento y de memoria. Marchamos en silencio, pero con una voz que clama desde lo más profundo de nuestra historia: por los que no están, por los que fueron arrancados de nuestra sociedad en la oscuridad de la dictadura, por los que aún buscamos…

 

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Invitación: Taller “primeros auxilios psicológicos, diseñado para Iglesias, albergues y organizaciones que trabajan con niñez en movilidad”

[Por: Como Nacido Entre Nosotros]

Como Nacido Entre Nosotros promueve invita al taller en línea: “primeros auxilios psicológicos, diseñado para Iglesias, albergues y organizaciones que trabajan con niñez en movilidad”…

 

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Magda Bennásar Oliver: “Querido hermano León XIV, le pido que se tome en serio el tema de la igualdad de la mujer en todos los aspectos de la Iglesia”

[Por: Magda Bennásar Oliver | Global Sisters Report – Religión Digital]

Ha sido un honor y un privilegio formar parte de este tramo de la historia de la Iglesia en el que Francisco comenzó a sacarla del clericalismo, con todas sus implicaciones. Después del duelo por su partida y de atesorar su legado, necesitamos mirar hacia adelante. Es tiempo de visualizar la Iglesia del presente y del futuro.

 

¿Qué le pido?

 

Sin dudarlo, que se tome sumamente en serio el tema de la igualdad de la mujer en todos los aspectos de la Iglesia. Necesitamos urgentemente una Iglesia más inclusiva y participativa. No solo en teoría, como ha sido en parte desde el Concilio Vaticano II, sino en la práctica, con decisiones concretas y valientes.

 

Hoy, el proceso sinodal avanza, pero con lentitud y cierta resistencia a tratar temas candentes. Uno de ellos, sin duda, es el diaconado femenino. Aunque el papa Francisco dio pasos importantes respecto al rol de la mujer, desde la perspectiva de miles de mujeres y teólogas comprometidas en la Iglesia afirmamos que apenas se rozó el tema. Y es que la situación de la mujer no es solo un punto de agenda: somos más de la mitad de la humanidad y más de tres cuartas partes de las personas comprometidas en las comunidades cristianas. No somos un tema más a tratar; somos parte viva de la Iglesia, llamadas por el Espíritu Santo a dar vida también en los ministerios.

 

La exclusión es un pecado eclesial

 

Sin embargo, por motivos históricos y bastante incongruentes, seguimos siendo tratadas como un problema a resolver. Cuando pedimos nuestro lugar, se nos tilda de ‘feministas’, como si fuera un insulto. Algunos sacerdotes nos miran con recelo, temen que nuestras capacidades cuestionen su autoridad. Muchas veces nos han tratado con actitudes misóginas que distorsionan el estilo de Jesús.

 

En este tiempo pascual contemplamos el texto del envío de una mujer a decirles a los discípulos que él vive. Ese anuncio, que constituye la base para ser apóstol —haber sido testigo de la Resurrección—, ¿no sirve acaso si es una mujer la que lo recibe?, ¿y sí sirve, si es un hombre, aunque no haya sido testigo de la Resurrección, como es el caso de Pablo?

 

Jesús confió profundamente en las mujeres. Pero esa confianza fue silenciada casi desde los inicios de la Iglesia. Hoy le pedimos que no se deje amedrentar por quienes lo rodean. Si el Espíritu le ha guiado en tantos temas, ¿por qué no en este? Escuche la Ruah que sopla con fuerza también desde las voces femeninas.

 

No todas queremos ser sacerdotes, créanos. Pero todas queremos ser respetadas en nuestra dignidad y en nuestra vocación que viene del Espíritu.

 

Le hablo desde la vida real

 

Mientras tanto, miles de personas tienen hambre de Palabra y comunidad. Los sacerdotes, agotados, intentan llegar a todas partes. Y nosotras, con vocación y preparación, quedamos al margen, viendo cómo el pan se pudre en nuestra alma porque no podemos compartirlo. Estamos listas. Tenemos estudios teológicos, formación bíblica y pastoral. Complementamos y enriquecemos la misión con nuestros dones.

 

Querido hermano, papa: ¿qué más necesita la Iglesia para sanar esta herida abierta por decisiones que excluyen? La falta de mujeres jóvenes en nuestras parroquias en Europa es signo de una Iglesia que no sabe acogerlas. Se van, no porque hayan perdido la fe, sino porque no encuentran un lugar que las valore y las incluya. ¿Cómo puede la Iglesia ser la última institución que no reconoce la igualdad plena entre hombres y mujeres?

 

Una estructura que ya no sostiene vida

 

Desde diversas ciencias nos dicen que para que la vida funcione sanamente tiene que haber un equilibrio entre lo masculino y lo femenino. Como decía un teólogo — que pide que su nombre no se mencione—, hasta que la iglesia no equilibre ese eje, desmesuradamente inclinado hacia un lado, no habrá iglesia de Jesús. Habrá —y ha habido— una institución jerárquica regida por hombres.

Hace poco vi Conclave, una película sobre la elección del papa. Al ver ese grupo de más de 130 varones mayores y célibes tomando decisiones por toda la Iglesia se me heló la sangre. ¿Cómo puede una visión tan limitada representar al Dios de todos y todas? ¿Cómo seguir justificando que mujeres preparadas y con experiencia estén sentadas en los bancos, mientras muchas homilías y servicios carecen de espíritu y profundidad?

 

Una llamada al coraje evangélico

 

Querido hermano, la tarea es ardua. Pero el Espíritu es fuerte. La carga que tendrá entre manos solo puede llevarse guiado por ese Espíritu que en hebreo se llama Ruah. Es un nombre femenino.

 

Le pido en nombre de miles de mujeres con vocación que escuche al Espíritu y sea valiente. No habrá nunca consenso absoluto, pero si esta decisión viene del Espíritu, Dios se encargará del resto.

 

Al excluir a la mitad de la inteligencia, la creatividad y la espiritualidad de la Iglesia, pecamos contra la Ruah.  Le pedimos que no tenga miedo, que se deje guiar por esa Ruah que sopla también en las voces, las luchas y los sueños de las mujeres. Que no cierre los oídos al clamor de quienes, desde hace décadas, anuncian con fidelidad el Evangelio, aun sin reconocimiento ni espacio pleno.

 

Publicado en: https://www.religiondigital.org/vida-religiosa/Magda-Bennasar-XIV-Iglesia-igualdad-mujer-Leon_0_2781621822.html?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook

Francisco y León XIV en el actual escenario geopolítico

[Por: Juan José Tamayo]

Cuando es elegido un papa y se pregunta por su orientación política suele responderse que hay que separar la esfera política de la religiosa y que el pontífice es solo un líder religioso, que no se implica en los asuntos políticos. Se olvida, sin embargo, que la Iglesia católica es un Estado, que el pontífice es el jefe de ese Estado y juega un papel político muy importante en la esfera internacional. El ejemplo más cercano es el papa Francisco, que durante sus 12 años de pontificado se convirtió en un líder internacional no solo en el terreno moral, sino también en el político, económico y social a través de sus intervenciones públicas, gestos, viajes y encíclicas, que no dejaron indiferentes a nadie.

 

Su ubicación en la escena política fue el Sur global, entendido no solo geográficamente, sino, según el científico social portugués Boaventura de Sousa Santos, como la metáfora del sufrimiento sistémico de la injusticia estructural de las clases sociales y de los pueblos oprimidos provocados por los distintos sistemas de dominación que actúan en alianza y complicidad: el capitalismo, el colonialismo, el patriarcado, la xenofobia, el racismo, el supremacismo blanco, el imperialismo, el fundamentalismo político, religioso y económico.

 

La mayoría de sus viajes tuvieron como destino países del Sur global. Sus mensajes de denuncia y sus propuestas alternativas se dirigieron a mejorar las condiciones de vida de los pueblos del Sur. Reconoció un protagonismo a las iglesias del Sur como encarnación de la Iglesia pobre y de los pobres. Fue en el Sur donde se encuentran las periferias humanas a las que se dirigió Francisco.

 

Afirmó que el sistema económico neoliberal genera extremas desigualdades, empobrecimiento y subdesarrollo en el Sur global y ¡mata!, no solo metafóricamente, sino de manera real, a millones de seres humanos. Y sitúa dicho sistema asesino en el Norte global. En la encíclica Laudato Si’. Sobre el cuidado de la casa común afirma que el Norte tiene una deuda ecológica con el Sur que se niega a pagar, mientras que obliga a los pueblos empobrecidos a pagar su deuda externa, que se ha convertido en deuda eterna. Ante tamaña injusticia urgió a los países del Norte a pagar la deuda ecológica contraída por el Sur. ¿Cómo? Limitando sustancialmente su consumo de la energía no renovable y aportando más recursos a los países más necesitados con políticas y programas de desarrollo sostenible (Laudato Si’, n. 52).

 

Son los pueblos del Sur global, reconocía Francisco, quienes poseen importantes reservas de la biosfera y contribuyen al desarrollo de los países más ricos. Sus tierras son ricas y pocos contaminadas por el buen trato que reciben de sus pobladores, que conforman con la naturaleza una comunidad eco-humana. Sin embargo, “el acceso a la propiedad de los bienes y recursos para satisfacer sus necesidades vitales les está vedado por un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso” (ibid.., n. 52).

 

Criticó el colonialismo cultural de Occidente, por ejemplo, hacia países con una fuerte estructura tribal como Irak y Libia, a quienes Occidente ha tratado de imponer sus propios valores y, en concreto, su propio estilo de democracia, que no es precisamente un ejemplo de transparencia y está sometida a la dictadura del mercado. Y todo ello a cambio de una limosna financiera. Relacionó, a su vez, el colonialismo cultural con el avance del terrorismo. Es el colonialismo el que genera la violencia. Así lo reconocía en una entrevista publicada en el diario católico francés La Croix el 16 de mayo de 2016.  

 

Poniéndose del lado del Tribunal Penal Internacional y de las organizaciones internacionales de derechos humanos, calificó los ataques de Israel contra la población civil de Gaza de genocidio. Denunció la crueldad de los bombardeos de Israel en Gaza con motivo del asesinato de 25 palestinos, entre ellos siete menores de edad.  “Esto no es una guerra, es una crueldad. Quiero decir esto porque me toca el corazón”, dijo. Plantó cara a Trump denunciando su política de expulsión de inmigrantes en condiciones inhumanas y la limpieza étnica en Gaza en apoyo a Netanyahu.

 

En el viaje de Francisco a Bolivia en julio de 2015, Evo Morales se refirió al colonialismo: “en 1492 sufrimos una invasión europea y española”. Ante tal denuncia la respuesta del papa fue una humilde petición de perdón “no solo por las ofensas de la Iglesia, sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América”. En similares se habían pronunciado Juan Pablo II y Benedicto XVI, pero no con tanta contundencia. En un acto de justicia, tuvo un reconocimiento para quienes durante la conquista “se opusieron a al lógica de la espada con la lógica de la cruz”.

 

Con su ubicación en el Sur global Francisco estaba marcando el camino a seguir por León XIV en el escenario geopolítico actual. Alguna pista ya dio el nuevo papa en el discurso que pronunció tras su elección como papa. En él defendió una “paz desarmada y desarmante”, que vinculó con la justicia. Estaba claro su mensaje: la paz justa frente a la guerra justa. Es una propuesta alternativa a los discursos y las prácticas belicistas de Trump, Putin, Netanyahu y del sionismo cristiano. Constituye también una llamada de disuasión a la política de rearme de la Unión Europea y al incremento en gastos de defensa. Es, asimismo, una invitación a buscar vías de negociación para resolver los 56 conflictos armados en los que están implicados 92 países, que amenazan con convertir el mundo en un coloso en llamas, si no lo está ya.  

 

Otra de las manifestaciones más en sintonía de León XIV con Francisco, a quien cita reiteradamente en sus discursos, es su defensa de las personas y los colectivos inmigrantes y refugiados, que choca frontalmente con la política xenófoba, racista y anti-migratoria de Trump y de no pocos dirigentes europeos, insolidarios cona quienes vienen a nuestros países huyendo de la guerra, del hambre, de la pobreza y del terrorismo. La apuesta por la hospitalidad de León XIV constituye un ejemplo de humanidad frente a las prácticas inhumanas de no pocos gobernantes, que cierran las puertas de sus países a cal y canto a quienes consideran extrenjeros.   

 

La tercera línea de acción del nuevo papa es la creación de “una Iglesia que construye puentes y el diálogo siempre abierto”. Es la respuesta al clima de la polarización que reina hoy en la Iglesia, en la sociedad, en la vida política y en las relaciones internacionales. Un clima que está alimentado por los discursos de odio que impiden la convivencia pacífica y desembocan con frecuencia en prácticas violentas contra las personas más vulnerables, los colectivos empobrecidos y los pueblos oprimidos.

 

Espero que el buen comienzo de León XIV y la excelente acogida con que ha sido recibido por la comunidad internacional, los líderes de otras religiones y la comunidad cristiana vayan concretándose a lo largo de su pontificado en actitudes, prácticas gestos, compromisos y opciones en favor del Sur global, en sintonía con los movimientos sociales y con los colectivos que trabajan por “Otro Mundo Posible”.

 

* Juan José Tamayo es teólogo de la liberación y profesor emérito honorífico de la Universidad Carlos de Madrid. Su último libro es Cristianismo radical (Trotta, 2025, 2ª ed.).            

Carta abierta al Papa León XIV

[Por: Martha Zechmeister]

Querido hermano Papa León:

 

Me alegra profundamente tu elección. Me llena de inmensa alegría que haya sido elegido Papa un hombre de Iglesia misionera, un hombre de verdadera interculturalidad, un “pastor con olor a oveja”. Y agradezco que tu elección prometa continuidad con la labor del Papa Francisco. Él volvió a colocar en el centro de la Iglesia lo que debe estar en el centro: el compromiso incondicional con las personas vulnerables, marginadas, con los “descartados”. Eso es la praxis de Jesús, y a eso debemos dedicar todas nuestras fuerzas. Tu elección y el nombre de León que has escogido me llenan con la esperanza de que seguirás guiando a la Iglesia por este camino ya iniciado.

 

Soy religiosa, profesora de teología. El pasado jueves 8 de mayo de 2025, junto con mis estudiantes —todos jóvenes religiosos—, seguimos con atención, desde un pequeño salón de clase en El Salvador, a través de celulares y computadoras, el momento en que se alzó la fumata blanca. Nos dejamos contagiar por el entusiasmo de la multitud que llenaba la Plaza de San Pedro. Escuchamos tu primer “la paz esté con ustedes” —¡y nos llenó de alegría esa palabra tan potente, lanzada a un mundo desgarrado por las guerras! Y cuando te dirigiste a nosotros en español, expresando tu profundo respeto por la fe del pueblo latinoamericano, ya no hubo contención posible.

 

Hermano León, me siento profundamente unida a ti en tu compromiso por una Iglesia pobre, una Iglesia de los pobres. Somos de la misma edad y compartimos trayectorias similares: la vocación a la vida religiosa, la formación teológica en la estela del Concilio Vaticano II, el dejar atrás lo que constituía nuestra identidad cultural para encontrar en América Latina un nuevo hogar; un lugar donde nos confrontamos con lo que la política imperialista del “Norte desarrollado” causa en otras partes del mundo.

 

Comparto contigo la dicha de haber sido acogida como hermana, como una más, en un lugar donde el Evangelio tiene una relevancia inmediata, en una Iglesia en la que no hace falta forzar la búsqueda de sentido de la fe, porque la fe es, para muchos, el pan cotidiano de supervivencia.

 

Hermano Papa, hace 50 años comencé mi camino consciente en la Iglesia con la confianza, quizá ingenua, de que solo sería cuestión de algunos años para llegar a una verdadera fraternidad: una Iglesia sin jerarquías basadas en el género. Aposté por una Iglesia que se inspire en Jesús y en su forma de tratar a mujeres y hombres, una Iglesia que, sin rodeos, ponga en práctica una verdad simple: “solo uno es su Padre, el del cielo; todos ustedes son hermanos y hermanas” Mt 23,8s.

 

León, eres un hombre sensato y sensible. Al escuchar tu primer mensaje breve y claro, sentí una gran gratitud. Porque tu sobriedad y tu racionalidad resaltan de manera tan reconfortante frente al populismo irracional de los machos que actualmente dominan el mundo. Y eres canonista. Sabes cuánto del “aparato” de la Iglesia no se debe al “derecho divino”, sino que ha surgido históricamente y está marcado por el contexto y la cultura; y cuánto de eso, por tanto, puede cambiar. Lo único que debe ser “canon”, regla firme de cómo organizamos la Iglesia, es el modo en que Jesús formó comunidad, y cómo sus discípulas y discípulos se reunieron tras el encuentro con el Resucitado y la irrupción del Espíritu en Pentecostés. Todo lo demás es obra humana, y por tanto modificable.

 

Querido hermano Papa, al igual que tú, yo también estoy profundamente marcada por el carisma de mi congregación. Camino en la huella de Mary Ward, quien hace más de 400 años rompió los límites de lo que en aquel entonces era canónicamente posible. Ella rompió los muros de la clausura y, con ello, contribuyó de manera decisiva a abrir camino a la acción apostólica activa de las mujeres en la Iglesia. Creo que ha llegado nuevamente el tiempo de romper muros y de dejar espacio al Espíritu vivo de Dios.

 

León, se dice que sabes escuchar. Por eso me atrevo a dirigirme a ti con parresía bíblica, con franqueza, sin miedo y sin rodeos: ya es hora de que las mujeres sean incluidas sin restricciones en todos los ministerios y niveles de la Iglesia. No como gesto, no como excepción, no como señal simbólica. Sino en total igualdad. No se trata de poder. Se trata de dignidad. De verdad. Del Evangelio.

 

Para que quede claro: ciertamente no deseo ese ministerio. Nunca lo he querido —y a mis casi 70 años sería ridículo. Pero quiero contribuir a que el ministerio en la Iglesia se transforme desde su raíz: que lo rehagamos, más jesuánico, más fraterno. No como privilegio exclusivo de un género, sino como un servicio compartido de hombres y mujeres. Y sí, este ministerio tendrá que cambiar radicalmente, en sus símbolos, en sus formas, en todo.

 

A menudo se oye el argumento: “Ahora no es el momento, un paso así provocaría un cisma”. Puede parecer inapropiado molestarte con esto tan pronto después de tu elección. Pero nunca llegará “el momento ideal”, y este tema ya no puede esperar. Porque el cisma ya ocurre. Es el éxodo lento e imparable de mujeres (y hombres) que ya no se reconocen en una Iglesia simbólica y estructuralmente masculina. A veces este éxodo ocurre con protesta, pero la mayoría de las veces en silencio, con frustración. El verdadero escándalo no es un poco de humo rosa sobre el Vaticano, sino que la representación de Jesús siga siendo escenificada como un privilegio masculino.

 

La Iglesia católica es una verdadera maestra de la escenificación. Y ese poder simbólico bien usado —como gesto profético— es valioso: el primer viaje del Papa Francisco a Lampedusa, su beso a los pies de una solicitante de asilo musulmana, etc. Entiendo que quisiste enviar una señal a algunos de tus hermanos cardenales cuando usaste la muceta roja y la estola dorada que Francisco había dejado de lado hace 13 años, y cuando permitiste que besaran tu anillo.

 

Pero justamente porque sabes leer los símbolos, espero que comprendas cuán fatal es el que en cada celebración eucarística —corazón de la comunidad cristiana— a las mujeres se les “conceda” leer las lecturas, cantar en el coro, ser acólitas. Ya no se nos excluye como “impuras” del espacio sagrado del altar. Pero quien preside, quien proclama el Evangelio, quien tiene la autoridad para interpretar la Palabra de Dios en la homilía, quien invoca la presencia real de Cristo sobre pan y vino, sigue siendo —inevitablemente— varón. No es un detalle menor. Es una herida en el corazón de la Iglesia.

 

A mí no me criaron para ser feminista. Tampoco corro el riesgo de dejarme seducir por modas del momento ni de aceptar sin cuestionamientos los criterios de una sociedad secular. Fui formada como religiosa conservadora. Pero nosotras, las “buenas”, las adaptadas, las que siempre hemos callado “por el bien mayor”, nos volvemos cómplices, distorsionando el rostro de Jesús en la Iglesia.

 

Ya no podemos seguir haciéndolo. El Evangelio nos obliga a levantarnos de nuestra postración. A mirarlos a ustedes, los hombres, de frente y con claridad, y a no seguir tolerando sus círculos cerrados de poder masculino. No para que nosotras tengamos más poder. No. Sino para que nuestro servicio al mundo sea más creíble, juntas y en igualdad.

 

Ser mujer no es una virtud moral, así como no lo es ser varón. Todos somos pecadores. Pero, así como somos, mujeres y hombres, estamos llamados a hacer presente a Cristo en un mundo que clama por redención. Nosotros mujeres, no podemos seguir permitiendo que nos dividan entre las feministas “malas” y agresivas, y las “mujeres buenas” y sumisas, que ayudan a mantener el sistema tal como está. Y mucho menos entre las “mujeres privilegiadas del Norte con problemas de lujo”, frente a las católicas del Sur, a quienes —según se dice— su lucha por sobrevivir les habría enseñado lo que realmente importa. De lo que se trata es de encontrarnos como mujeres en una verdadera solidaridad entre hermanas, más allá de nuestras diferencias culturales, para luchar juntas por un mundo más justo y humano, y para que nuestra Iglesia tenga un rostro más parecido al de Jesús.

 

Muchas de mis amigas, compañeras de camino, ya se han ido de esta Iglesia. Algunas se hicieron evangélicas porque allí pueden ejercer el ministerio en igualdad; otras se metieron en la política porque desde ahí pueden transformar más. Entiendo a unas y a otras. Y hay quienes, lamentablemente, se quedaron varadas en la desilusión. Eso me duele profundamente.

 

Ninguno de esos caminos está abierto para mí. Soy católica hasta los tuétanos, incurable y apasionadamente. No puedo ni quiero estar en otro lugar que no sea esta Iglesia. Y justamente por eso, le exijo con terquedad y esperanza lo que parece humanamente imposible: que se abra de verdad, profunda y sinceramente, al Espíritu transformador de Pentecostés.

 

A muchos clérigos una quisiera gritarles: ¡No tengan tanto miedo! ¿Por qué se aferran con tanta terquedad, encerrados en esquemas viejos, al ministerio exclusivamente masculino? ¡Tengan el valor de soltar! No hablen tanto de evangelización, ¡más bien déjense evangelizar! No van a perder nada, salvo su rigidez y sus miedos; más bien se van a reencontrar con una humanidad más rica y plena, capaz de un servicio desinteresado para los demás, para este mundo herido que clama por sanación.

 

Querido hermano Papa, todavía tenemos que conocerte. Pero te considero un hombre valiente, un hombre capaz de quitarles el miedo a sus hermanos y de tener el coraje para cambiar lo que parece estar escrito en piedra. Te estaré profundamente agradecida si continúas por donde comenzaste tu pontificado: con la paz. Habla con valentía y autoridad frente a los machos autoritarios de este mundo y sus estrategias de muerte. Levanta tu voz contra la política excluyente del Norte hacia las y los migrantes. Pero también ten el valor de derribar los muros que siguen excluyendo e hiriendo a tus hermanas en la fe, esas que sostienen gran parte de esta Iglesia. Las mujeres somos tan capaces como los hombres de ejercer liderazgo y asumir responsabilidad. Y tal vez, en algunas cosas, incluso más — así como también hay aspectos en los que, con toda certeza, los hombres tienen sus propias fortalezas.

 

No quiero que esta Iglesia quede como un vestigio arcaico, reflejo de un orden social insostenible. Quiero que hombro a hombro —mujeres y hombres— transformemos este mundo. Y para eso, debemos empezar ya: con la plena integración de las mujeres en todos los ministerios de liderazgo en la Iglesia. No más tarde. Ya.

 

Con determinación, amor a la Iglesia y una esperanza ardiente,
Tu hermana, Martha

 

Foto: Archivo personal César Piscoya.

El legado de Francisco que estamos urgidas y urgidos a continuar

[Por: Pepa Torres]

Francisco en su discurso de recepción del pontificado se presentó a sí mismo como alguien venido del fin del mundo, un lugar rebelde en su memoria y en sus luchas ante las dictaduras políticas y económicas. Buen conocedor de las Villas miserias, en ellas se dejó tocar por la teología del pueblo y por quienes las habitan. Con ellos compartió dificultades y anhelos que han hecho de él un papa reformador y rebelde ante la barbarie y la complicidad con la violación de los derechos humanos y sociales y los derechos de la tierra.Su propuesta pastoral está travesada por la dimensión social y ecológica del evangelio y sus repercusiones en la convivencia cotidiana y en la vida ciudadana Así ha sabido traducir la misericordia en amor político y compromiso con el cuidado de la casa común…

    

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Cinco tendencias migratorias en las Américas

[Por: Jordi Amaral]

 

La migración sigue siendo uno de los temas más destacados y controvertidos en las Américas, dominando la cobertura de noticias e influyendo en los mensajes políticos y las políticas en todo el hemisferio. Como advertí el año pasado en 5 tendencias migratorias en las Américas a seguir en 2024, la migración fue un tema clave en las elecciones de varios países este año…

 

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De Pío X a Francisco: los 10 últimos pontificados

[Por: Paz M. Durán | Catalunya Religio]

La Iglesia, en su bimilenaria historia, ha estado siempre gobernada por personas de diversa provinencia, carisma y trayectoria, que han sabido llevar a esta institución esencialmente humana pero con una innegable finalidad trascendente. Obispos, teólogos, religiosos, Joans, Pius, Benets… todos han pasado por la cátedra de Pedro y han sabido dar a su pontificado una imprenta especial. Mañana, miércoles 7 de mayo, se iniciará el cónclave, que dará a la institución una nueva persona para gobernarla. Por eso, hoy le ofrecemos una radiografía de los perfiles de los 10 últimos papas…

 

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