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4º Domingo da Quaresma: “Vai lavar-te na piscina de Siloé. O cego foi, lavou-se e voltou enxergando”

[Por: Jose Oscar Beozzo | O Fato Maringa]

No domingo passado, Jesus teve aquele memorável encontro com a mulher samaritana. Prometeu que lhe daria “água viva” e se dela bebesse nunca mais teria sede. Ela o chamou de profeta e depois especulou se ele não seria o Messias. Jesus declarou, então: “Sou eu que estou falando contigo” (Jo 4, 5-42). Neste domingo, João narra que Jesus “ao passar, viu um homem, cego de nascença” (Jo 9, 1-41). O evangelho não diz que ele viu, teve pena, lamentou a condição irremediável daquele homem e passou adiante como costumamos fazer quando nos defrontamos com um doente incurável, com um morador de rua “irrecuperável”, como dizem os profissionais de saúde das prefeituras e mesmo de organizações sociais que a eles se dedicam. Mas, imediatamente, há outros olhares que se apressam a julgar aquele cego Em primeiro lugar, o dos discípulos com um juízo moralista: Nessa condição miserável e irremediável, só pode ser um pecador!…

 

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Video: https://www.youtube.com/watch?v=9lEYGGQYIjU

Creer en Jesús rompiendo nuestras cegueras

[Por: Olga Consuelo Vélez]

Este cuarto domingo de cuaresma la liturgia nos ofrece otro encuentro de Jesús con una persona, en este caso, un ciego de nacimiento. El texto tiene varios detalles a tener en cuenta. Parte de la creencia de los discípulos en la ley de la retribución en la que el mal que le afecta a una persona tiene alguna casa personal o de sus padres. Jesús no acepta dicha ley y así se lo expresa a sus discípulos. El hecho ocurre en sábado y la curación se realiza con la arcilla que Jesús pone en los ojos del ciego. Trabajar la arcilla en día sábado es inaceptable para el descanso sabático, lo mismo que curar ese día. Con esto ya vemos la postura de Jesús ante la Ley: está ha de estar al servicio de la vida y no al contrario…

 

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¿Y si compartimos las fragilidades…?

[Por: Rosa Ramos]

“Desde nuestra fragilidad, nos hacemos cargo,

con otros, de transformar la realidad,

para hacer espacio a la vida”

Lema para la Cuaresma, parroquia San Antonino

 

Cuando era niña oía frases de este tipo que animaban a los vecinos a ayudarse, a superar juntos las dificultades cotidianas: “Juntos podemos”, “la unión hace la fuerza”, “unidos venceremos”. No eran, o no se sentían, como lemas triunfalistas. Con el pasar de años y décadas, creo que vamos descubriendo más las fragilidades propias, las de los compañeros de camino, y la necesidad de compartirlas para sostenernos y juntos transformar el entorno, abriendo espacios inéditos.

 

En el artículo pasado invitábamos a convivir con la fragilidad, aquí damos otro paso: confesarla y compartirla con otros. Vamos entendiendo que dos o muchas fragilidades no hacen una fragilidad mayor, sino ganar fortaleza y lucidez, a partir de reconocer los límites y que “solos no podemos”.

 

Un ejemplo claro y muy conocido es el de los grupos de Alcohólicos Anónimos (AA) que suelen reunirse en nuestras parroquias. Parten del conocimiento y declaración de su fragilidad. En cada reunión se recuerdan unos a otros y así animan a reconocerse a la persona que se acerca por primera vez: “Soy X, enfermo alcohólico…” y cuentan la historia de sus caídas, las pérdidas a consecuencia de su enfermedad: familia, amigos, trabajos…

 

También conocemos asociaciones de padres cuyos hijos tienen alguna patología que en otros tiempos se ocultaban. Actualmente se expresan, comparten el dolor, se sostienen en la dificultad y procuran ganar el ejercicio de derechos para sus hijos y el respeto de la sociedad.

 

Otro ejemplo bien conocido son las cooperativas. Las hay de diversos tipos, quizá las más visibles son las de vivienda, para abrir posibilidades y acceder juntos a lo que solos no se podría: la casa. Más allá de qué tipo de cooperativa se trate, hay valores éticos compartidos: igualdad, honestidad, transparencia, responsabilidad social y preocupación por los demás. Sus miembros creen y apuestan al bien común y procuran que las decisiones sean democráticas. Claro que no hay que romantizarlas, son organizaciones humanas también con fragilidades, pero con una opción clara: la ayuda mutua.

 

Hoy en día en que todos presumimos de lo que podemos, de lo que “ganamos” o de aquello en lo que somos fuertes, cuán liberador es ese ejercicio de decir en voz alta que sufrimos, que somos débiles y que hemos “perdido” mucho y muchas veces, que volvemos a caer. No se trata de victimizarse, ni de culpabilizarse, porque también es necesario caer juntos en la cuenta de que nuestra fragilidad no es ajena al entorno, a las problemáticas sociales y económicas de un mundo programado desde el interés de unos pocos… En todo caso “todos somos culpables” y “todos somos víctimas”.

 

Se trata de un ejercicio contracultural y sanador. Este reconocimiento y “confesión pública” de las fragilidades desarma el individualismo y la omnipotencia a la que somos lanzados a diario por esta sociedad adicta al poder, animándonos al sostén mutuo y a la búsqueda compartida de nuevos horizontes. O, como dice el lema de nuestra parroquia, ayudar a hacer espacio a la vida que puja.

 

Seguramente todos recordamos el oxímoron de San Pablo: “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co. 12, 10). Confía en la Gracia, en que la fuerza le viene de Dios precisamente en su debilidad. En ese reconocimiento de la fragilidad, asumiendo que en general es muy poco lo que podemos solos, nos soltamos y a la vez nos sostenemos en una fuerza trascendente. Hoy, contra ese individualismo que nos atomiza y deshumaniza, nos confiamos humildemente a la fortaleza que nos llega compartiendo la vida y la fe con hermanos tan débiles como nosotros. “Un hombre solo, una mujer, son como polvo, no son nada” escribió Goytisolo a su hija Julia. Nos humanizamos en racimo.

 

La vida siempre puja, es porfiada. Parece que fracasa una y otra vez, que se puede acabar con ella por decreto o por la fuerza… pero sabemos que la vida busca salidas como el agua, o rendijas por donde asomar como esos pastitos insolentes que desafían el hormigón. Recuerdo aquí una de las hermosas y actuales parábolas del reino de González Buelta en “Ver o perecer. Una espiritualidad de ojos abiertos”.

 

¡La vida es vital y contiene una fuerza “resucitadora”! Nuestra misión no es titánica ni solitaria, es humilde, consiste en confiar más allá de nuestras fuerza y permanecer juntos, haciendo espacio en nuestro interior y en los ambientes donde estamos, a esa vida que siempre puede sorprendernos.

 

Claro que no es fácil permanecer abiertos a las sorpresas de la vida. Nos estimulan a controlarlo todo, a saberlo todo de antemano, lo cual nos lleva engañosa y peligrosamente a creernos dueños, autores y directores de la vida.

Una mirada atenta a la Palabra de Dios, sin caer en fundamentalismos fruto de una lectura literal, nos ayuda a confiar en el autor de la vida, en la sabiduría de Dios que elige a los pequeños y frágiles para hacer maravillas. Así invita para guiar al pueblo, anunciando y a denunciando, a profetas jóvenes, ancianos, pecadores o poco locuaces; elige para dar vida a mujeres estériles y vírgenes; Jesús para hacer comunidad convoca a poco letrados y torpes, limitados por sus capacidades y sus pecados, los envía de dos en dos, confía en ellos. Los llamados del Antiguo y Nuevo Testamento tienen el común denominador de la apertura a lo nuevo, a ser canales de la Gracia, de la vida, de esa vida sorprendente que puede florecer en medio de las dificultades y carencias.

 

¡La vida es vital y contiene una fuerza resucitadora desde la fragilidad y la impotencia! No sólo, como si fuera poco, lo vemos en Jesús crucificado-resucitado, lo vemos -con los ojos de la fe- en muchas situaciones actuales. Madres que se unen para buscar a sus hijos o para salvarlos de un grave peligro; familias que se conectan con otras que comparten fragilidades semejantes; personas de bajos recursos que eligen formar cooperativas; trabajadores que juntos procuran conquistar derechos; adictos que se sostienen en la lucha contra su dependencia; mujeres que marchan juntas, reconociéndose valiosas y dignas de respeto; amigos y amigas que, siendo incondicionales, superan diferencias, errores y dificultades. Y tantos ejemplos más que cada lector desde su experiencia personal y comunitaria podrá recordar suscribir.

 

¡Que en este camino cuaresmal hacia la Pascua, nos anime, entonces, a compartir lo que somos y tenemos, también las carencias y debilidades! La fortaleza vendrá del Dios de la Vida, que en su fidelidad nos sorprenderá.

 

Imagen: https://www.thisiscolossal.com/2021/01/regardt-van-der-meulen-sculptures/

La guerra no puede ser humanizada: debe ser cancelada

[Por: Leonardo Boff]

La frase del título no es mía; pertenece a Bertrand Russell y a Albert Einstein en su manifiesto del 9 de julio de 1955 contra los peligros de una guerra nuclear y a favor de la paz. Ese es el gran anhelo de la humanidad: siempre frustrado y siempre renovado. Sin esta utopía —por la cual luchamos para que sea viable— no podemos abandonarla nunca, pues hacerlo sería un acto de cinismo frente a las víctimas de las guerras y una renuncia a todo sentido ético.

 

Toda guerra sacrifica miles y hasta millones de personas. Ella perpetúa el gesto de Caín que mató a su hermano Abel.

 

Max Born, premio Nobel de Física en 1954, denunció el predominio de la matanza de civiles en la guerra moderna. En la Primera Guerra Mundial moría solo un 5% de civiles; en la Segunda Guerra Mundial, el 50%; en la guerra de Corea y en la de Vietnam, el 85%. Y datos más recientes indicaban que en las guerras contra Irak y en la ex Yugoslavia el 98% de las víctimas eran civiles. Algo semejante está ocurriendo hoy en la guerra conducida por Benjamin Netanyahu contra los palestinos de la Franja de Gaza: más de 18.000 eran niños que nada tenían que ver con la guerra y fueron sacrificados.

 

No basta con estar a favor de la paz. Debemos estar contra la guerra.
Toda guerra, en sí misma, mata vidas de otros, nuestros semejantes. Caín no puede triunfar.

 

El fenómeno de la guerra se presenta como algo tan complejo que ninguna respuesta lo explica plenamente ni resulta suficiente. Eso no nos exime de reflexionar sobre el hecho de la guerra y sus perversas consecuencias humanas y materiales.

 

Por ejemplo, si un país es agredido por otro, ¿qué hacer? ¿Tiene derecho a defenderse con fuerzas defensivas? ¿Debe haber proporcionalidad? ¿Cómo deben comportarse los gobernantes de los pueblos que asisten a un genocidio a cielo abierto, como en la Franja de Gaza? O frente a la limpieza étnica de minorías aplicada en la ex Yugoslavia, en Kosovo y en Bosnia, por soldados sanguinarios que además violaban sistemáticamente derechos humanos básicos. ¿Vale alegar el principio de no intervención en los asuntos internos de Estados soberanos y asistir, pasivamente, a crímenes contra la humanidad? ¿Cuál es el límite de la soberanía? ¿Es absoluta? ¿Está por encima de lo humano, que puede ser sacrificado?

 

¿Cómo reaccionar frente al fenómeno difuso del terrorismo que, eventualmente, puede tener acceso a materiales atómicos, amenazar a toda una ciudad y ponerla de rodillas? Y si fuera lanzada una de esas armas, volvería inviable a toda la ciudad a causa de la radiactividad. ¿Frente a eso es legítima una guerra preventiva?

 

Son cuestiones éticas que ocupan mentes y corazones en nuestros días. Para no desesperar, tenemos que pensar. En el mundo entero, dada la estrategia del actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien ha dicho —y está llevando a la práctica— que la paz se hará no por el diálogo sino por la fuerza. Eso jamás sería paz, sino una pacificación forzada e impuesta. Es un discurso recurrente en todos los presidentes, incluso en Barack Obama, afirmar que los Estados Unidos tienen intereses globales y pueden intervenir cuando estos se ven amenazados, utilizando incluso la fuerza.

 

Frente a estos problemas mencionados, se presentan varias opciones.

 

Un grupo numeroso sostiene la tesis de que, dada la capacidad devastadora de la guerra moderna con armas químicas, biológicas y nucleares, que podría comprometer el futuro de la especie y de toda la biosfera, ya no existe ninguna guerra justa (ius ad bellum). La vida, en sus diversas formas, está por encima de todo.

 

Otro grupo afirma que puede haber guerra justa, la “intervención humanitaria”, pero limitada para impedir el etnocidio y los crímenes de lesa humanidad.

 

Otro grupo, representando al establishment global, reafirma que hay que rescatar la guerra justa como autodefensa, como castigo a los países del “eje del mal” y como prevención de ataques con armas de destrucción masiva.

 

Hagamos un juicio ético sobre estas posiciones: en las condiciones actuales, toda guerra representa un riesgo altísimo, pues disponemos de una máquina de muerte capaz de destruir a la humanidad y a la biosfera. La guerra es un medio injusto, por ser globalmente letal.

 

Dentro de una política realista, una “intervención humanitaria” limitada es teóricamente justificable, bajo dos condiciones: no puede ser decidida por un país singular, sino por la comunidad de las naciones (la ONU), y debe respetar dos principios básicos (ius in bello, es decir, los derechos en el curso de la guerra): la inmunidad de la población civil y la adecuación de los medios (que no pueden causar más daños que beneficios).

 

La fuerza empleada como autodefensa no la convierte en algo bueno, pero puede justificarse dentro de una estricta adecuación de los medios.

 

La guerra de castigo, como la emprendida contra Afganistán o contra el sur del Líbano donde actúa Hamás, se basa en la venganza y no es defendible. Solo alimenta la ira y el resentimiento, caldo de cultivo de futuros conflictos.

 

La guerra preventiva, como la realizada contra Irak bajo la falsa suposición de que poseía armas de destrucción masiva, era ilegítima porque se basaba en análisis falsos y en algo que aún no existía y que podría no haber ocurrido. Ningún derecho, de cualquier naturaleza, le concede legitimidad, por ser subjetiva y arbitraria.

 

Todo esto vale teóricamente, pues importa clarificar posiciones. Sin embargo, en la práctica se ha demostrado que todas las guerras, incluso las llamadas de “intervención humanitaria”, no observan los dos criterios fundamentales: la inmunidad de la población civil y la adecuación de los medios. No se hace distinción entre combatientes y no combatientes.

 

Para debilitar al enemigo se destruye su infraestructura, con numerosas muertes de inocentes y civiles. Las consecuencias de la guerra perduran durante años, como en el caso del uranio empobrecido utilizado por el ejército norteamericano, que ha causado enfermedades en poblaciones afectadas.

 

La guerra no es solución para ningún problema. Debemos buscar un nuevo paradigma, a la luz de Francisco de Asís, León Tolstoy, Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr., si no queremos destruirnos: la paz como meta y como método. Si quieres la paz, prepara la paz.

 

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTAa (ICL): https://www.revistaliberta.com.br. También es autor de Cuidar de la Tierra – Proteger la vida, Record, 2010 (https://www.leonardoboff.org).

 

Invitación: Conferencia “Análisis de coyuntura: elecciones generales en Guatemala”

[Por: Astegua]

La Asociación de Teólogos de Guatemala invita a la Conferencia “Análisis de coyuntura: elecciones generales en Guatemala”, con la participación de Gabriela Carrera, Directora de Acción Pública de la Universidad Rafael Landívar.

 

Descargue la invitación.

 

La lucha del cóndor con el toro: colonización versus liberación

[Por: Leonardo Boff]

A pesar de la opresión y, en gran medida, el exterminio, los pueblos originarios de Abya-Yala (nombre indígena de Sudamérica) siempre resistieron y alimentaron la esperanza de algún día recuperar su identidad. Por esta esperanza, en algunas comunidades andinas de los antiguos incas, alrededor de Potosí, se celebra periódicamente un ritual de gran significado: un cóndor es atado al lomo de un toro salvaje. Una lucha feroz y dramática tiene lugar ante la multitud. El toro hace todo lo posible por liberarse del cóndor, y este lo picotea incesantemente hasta que, con sus poderosos picotazos, lo desangra, lo agota y lo derriba. El toro derrotado es entonces devorado por todos.

 

El cristianismo impuesto fue parte del proyecto colonial. Se trataba, en la fórmula clásica, de “expandir la fe y el imperio”. En general, siempre se mostró sensible a los pobres, aunque con métodos cuestionables, pero era despiadado y etnocéntrico frente a la otredad cultural. El otro (indígena y negro) era considerado enemigo, pagano e infiel. Contra él se libraban “guerras justas”, y se le leía el requerimiento (un documento en latín leído ante el cacique en el que debía reconocer al rey como su soberano y al papa como representante de Dios). Si no lo aceptaba, ya que ni siquiera entendía latín, se legitimaba la sumisión forzada.

 

Nunca debemos olvidar que nuestras sociedades sudamericanas se basan en la gran violencia perpetrada por el colonialismo, que invadió nuestras tierras y nos obligó a hablar y pensar como el invasor. Sufrimos un feroz etnocidio indígena con su casi exterminio; la esclavitud inhumana que redujo a millones de personas de África a “piezas”; La persistente dominación de las clases dominantes, egoístas, corruptas e insensibles a la pobreza de sus semejantes, niega un proyecto nacional que incluya a todos, pensando solo en sus propios beneficios y privilegios. Las desigualdades sociales, las jerarquías discriminatorias y la falta de sentido del bien común siguen alimentando este perverso sustrato cultural.

 

Por eso, recientemente hemos escuchado con asombro de las autoridades eclesiásticas oficiales que la primera evangelización no fue ni una «imposición ni una alienación». Y que sería «una regresión y una involución» querer rescatar las religiones ancestrales de los pueblos originarios. Hoy, tras el Sínodo Panamazónico del Papa Francisco, por el contrario, se insiste en este rescate.

 

Ante esto, no podemos dejar de escuchar la otra cara de la conquista y la evangelización impuesta: la voz de las víctimas, que resuena hasta nuestros días. Testigos son los lamentos del profeta maya Chilam Balam de Chumayel: “¡Ay! Lloremos porque han llegado… han venido a marchitar nuestras flores para que solo su flor viva… han venido a castrar el sol”. Y su lamento continúa: “Se ha introducido la tristeza entre nosotros, se ha introducido el cristianismo… Este fue el comienzo de nuestra miseria, el comienzo de nuestra esclavitud” (cf. M. León-Portilla, El reverso de la conquista, México 1989). ¿Hay palabras que nos desmoralicen más que estas? ¡La buena noticia como tristeza, el comienzo de la esclavitud!

 

Según el filósofo e historiador Oswald Spengler (1880-1936) en La decadencia de Occidente (1938), la invasión ibérica de América significó el mayor genocidio de la historia de la humanidad. La destrucción, afirma, fue del orden del 90% de la población. De los 22 millones de aztecas que había en 1519 cuando Hernán Cortés penetró en México, solo quedaba un millón en 1600. Y los sobrevivientes, en palabras de Jon Sobrino, teólogo asesor de  Óscar Arnulfo Romero, son pueblos crucificados; la misión de la Iglesia y la ciudadanía abierta es bajarlos de la cruz y resucitarlos.

 

El choque entre el Toro y el Cóndor representa una metáfora: el Toro es el colonizador español y el Cóndor, el Inca oprimido del altiplano andino. Se produce una inversión simbólica: el vencedor de ayer (el Toro) es el perdedor de hoy. El vencedor de hoy es el Cóndor. El sueño de libertad, al menos, triunfa simbólicamente.

 

En este contexto, la misión de la Iglesia es de justicia, no de caridad, como afirman solemnemente las conferencias episcopales de Sudamérica, como Medellín, Puebla y Aparecida: reforzar el rescate de las culturas ancestrales de los pueblos originarios, con su espíritu, que son las tradiciones, la sabiduría de los chamanes y sus religiones. Y luego establecer un diálogo en el que ambas se complementen, se purifiquen y se evangelicen mutuamente. Así pues, como atestiguan tantos misioneros, nos evangelizan porque, en general, son mejores que los cristianos; al menos no conocen la mentira. Se perciben como naturaleza misma y viven en la mayor libertad. Tenemos mucho de aprender de ellos.

 

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL (https://www.revistaliberta.com.br); también escribió La Nueva Evangelización: La Perspectiva de los Pobres, Vozes 1990 (www.leonardoboff.org).

 

 

 

Los pueblos originarios: nuestros maestros y doctores

[Por: Leonardo Boff]

Hoy todos nos sentimos más o menos perdidos. La situación de nuestra civilización, así nos parece, ha llegado a su límite. Perdida en las contradicciones que ella misma creó, se da cuenta de que el cuerpo de conocimientos y el arsenal de técnicas que ella misma produjo no ofrecen soluciones capaces de sacarnos de los graves problemas que enfrentamos. Tenemos que cambiar o, en palabras de Zygmunt Bauman, “vamos a engrosar el cortejo de aquellos que están caminando hacia la fosa común”.

 

La civilización actual no nos presenta un futuro que resulte esperanzador. Como advirtió uno de los últimos grandes naturalistas franceses, Théodore Monod, en su libro-testamento “Si la humanidad llegara a desaparecer (París, 2000):“Sería el justo castigo por las agresiones que durante siglos hemos infligido a la Tierra”.

 

Aun así, seguimos esperando lo imponderable y lo imprevisible, pues la evolución no es lineal, sino que se da a saltos hacia órdenes más complejos y estructurados o también en una dirección destructiva. Nuestra esperanza es que el salto sea constructivo.

 

En momentos de impasse como estos, buscamos fuentes que nos inspiren y que señalen una alternativa posible. Así surgen en nuestra consideración los pueblos originarios. No son “indios”, pues estos no existen como categoría homogénea. Lo que existen son pueblos con sus culturas, tradiciones y religiones. Cuando Pedro Álvares Cabral llegó a nuestras tierras, había cerca de cinco millones de habitantes, agrupados en 1.400 pueblos, que hablaban unas 1.300 lenguas: la mayor proliferación lingüística conocida en la historia. Lamentablemente, debido a la devastación ocurrida a lo largo de más de 500 años, hoy solo permanecen unas 180 lenguas, una pérdida del orden del 85%, un daño irreparable para toda la humanidad.

 

Quienes sobrevivieron, según la ONU, son varios millones y se encuentran en casi todas partes del mundo. Conservan un tesoro de experiencias, de sabiduría ancestral y de modos de relacionarse con la comunidad de vida (la naturaleza) que nos permite afirmar aquello que los Padres de la Iglesia antigua decían de los pobres: ellos son nuestros maestros y doctores. Efectivamente, lo son, y su ancestralidad puede ser también nuestro futuro, como afirma Ailton Krenak.

 

Ellos enseñaron a los europeos cómo vivir en los trópicos, comenzando por algo tan simple como bañarse al menos una vez al día. Nuestro idioma portugués fue enriquecido con cientos de palabras, especialmente vinculadas a la geografía, como Anhanguera, Anhangabaú, Itu, Itaquatiara, Iguaçu, Itaorna, Piracicaba, Jundiaí o Itaipava, donde vivo. También con numerosos vocablos del lenguaje cotidiano como aipim, cipó, cuia, jaboticaba, girau, jururu, paçoca, mingau, farofa, beiju, tapioca, pirão, guaraná o tocaia, entre muchas otras.

 

Pero, más que nada, nos enseñaron una integración sinfónica con la naturaleza. Ellos se sienten parte de la naturaleza y no extraños dentro de ella. Por eso, en sus mitos, los seres humanos y otros seres vivos —como los animales— conviven e incluso se casan entre sí. Intuyeron lo que hoy sabemos por la ciencia empírica: que todos formamos una única y sagrada cadena de vida.  Ellos son auténticos ecologistas.

 

La Amazonía, por ejemplo, no es una tierra intocada. Durante miles de años, las decenas de naciones originarias que vivieron y aún viven allí interactuaron sabiamente con ella. Cerca del 12% de toda la selva amazónica de tierra firme fue manejada por ellos, creando verdaderas “islas de recursos”. Los Yanomami saben aprovechar el 78% de las especies de árboles de sus territorios, teniendo en cuenta la inmensa biodiversidad de la región, que alcanza alrededor de 1.200 especies en un área del tamaño de un campo de fútbol.

 

La lección para nosotros es clara: no podemos mantener una relación meramente utilitarista con la naturaleza, sintiéndonos fuera de ella y dueños de ella. Debemos vivir en convivencia con ella, sintiéndonos parte de ella, cuidándola y preservando su integridad y su capacidad de regeneración. Si no aprendemos esta lección de los pueblos originarios, difícilmente lograremos salvar nuestros biomas, base de nuestra propia subsistencia.

 

Los pueblos originarios revelan una actitud de respeto y veneración por todo lo que existe y vive, y que viene cargado de mensajes que ellos saben descifrar. El árbol no es solamente un árbol. Tiene brazos, que son sus ramas; tiene mil lenguas, que son sus hojas; une la Tierra con el Cielo por medio de sus raíces y de su copa. Cuando danzan y toman las bebidas rituales hacen una experiencia de encuentro con el mundo del Espíritu, con los ancianos y los sabios que están vivos y también en el otro lado de la vida. Para ellos, lo invisible forma parte de lo visible. Esta es una lección importante que debemos aprender de ellos, pues vivimos una radical cosificación de la naturaleza que nos vuelve sordos y ciegos a los mensajes que ella nos transmite. Para nuestra cultura, las cosas son solamente cosas, y no símbolos de una Energía de Fondo, poderosa y amorosa, que todo lo penetra y sostiene. Nosotros, hijos de la racionalidad, damos poco valor a otros saberes que provienen del corazón y de lo más profundo de nuestro ser. Su sabiduría se ha tejido a través de una sintonía fina con el universo y de una escucha atenta del latido de la Tierra. Saben mejor que nosotros cómo unir cielo y tierra, integrar vida y muerte, compatibilizar trabajo y diversión, y reconciliar al ser humano con la naturaleza. En ese sentido, son altamente civilizados, aunque tecnológicamente sean considerados primitivos.

 

Esta sabiduría necesita ser recuperada por nuestra civilización dominante, fundada en la voluntad de poder y de dominación. Sin esta comunión sapiencial con el lenguaje de la Tierra, quedaremos prisioneros de nuestra voluntad de dominarlo todo y de crecer indefinidamente en un planeta que es notoriamente finito. Si perseveramos en ese intento, podremos cavar el abismo en el que todos terminaremos precipitándonos.

 

Uno de nuestros mayores deseos es la vida en libertad. Pues esa libertad es vivida en plenitud por los pueblos originarios. Basta el testimonio de dos grandes conocedores de estos pueblos, los hermanos Orlando Villas-Bôas y Cláudio Villas-Bôas: “El indígena es totalmente libre, sin tener que dar cuenta de sus actos a nadie. Si una persona da un grito en el centro de São Paulo, una patrulla policial puede llevarlo preso. Si un indígena da un gran grito en medio de la aldea, nadie lo mirará ni le preguntará por qué gritó. El indígena es un hombre libre” (Xingu, los indígenas y sus mitos, 1970, p. 48).

 

Los caciques nunca tienen poder de mando sobre los demás. Su función es animar, articular los asuntos comunes y mantener las relaciones con otros pueblos originarios externos, considerados parientes, respetando siempre la libertad individual.

 

Como se desprende de todo esto, podemos reafirmar: los pueblos originarios deben ser revisitados. Podrán ser nuestros maestros y doctores, capaces de ofrecernos sabias lecciones que sugieran otro rumbo para nuestra civilización agónica.

 

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del (ICL): https://www.revistaliberta.com.br. Entre sus obras recientes se encuentra El matrimonio entre el Cielo y la Tierra: cuentos de los pueblos originarios de Brasil, Planeta, 2025.

Poner un límite

[Por: Eduardo de la Serna]

Quizás con buena intención, quizás como un justificativo, quizás como excusa lo cierto es que se escucha, en algunas personas, una “explicación”, aparentemente razonable, a cierta reacción bélica, matanzas o guerras.

 

El ataque terrorista y cruel de Hamas “permitió” (destaco las comillas) la reacción del estado de Israel, especialmente contra Gaza, y la matanza, limpieza étnica y genocidio. El “ojo por ojo, diente por diente” de la Biblia, buscaba poner un límite a la venganza. Límite ciertamente sobrepasado aquí hasta el extremo…

 

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Nenhum prato sem comida, nenhuma mulher sem vida!

[Por: Júlio Lázaro Torma]

Estamos no mês de Março, mês dedicado a luta, resistência e vida das Mulheres Trabalhadoras do campo e da cidade. Neste mês os movimentos sociais populares o campo e da cidade, as pastorais sociais e populares das Igrejas cristãs e coletivos feministas. Estão durante todo o período de mobilização e luta em defesa das mulheres…

 

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TikTok invertirá 23.000 millones para asegurar su futuro en la inteligencia artificial

[Por: papernest.es]

La carrera por la inteligencia artificial ya no se libra solo en el terreno del software. El anuncio de que ByteDance, la empresa detrás de la plataforma de TikTok, planea destinar hasta 23.000 millones de dólares a infraestructura de IA y desarrollar su propio chip, cuya fabricación negocia con Samsung, confirma un giro estratégico: quien controla modelo, datos e infraestructura controla el mercado. Esta dinámica, visible en el sector tecnológico, empieza a replicarse con fuerza en el energético…

 

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