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La epifanía del otro

LA EPIFANIA DEL OTRO

En casi todo el mundo estamos transitando un

tiempo de caída de antiguos órdenes, sin que

aflore aún un “orden ordenante” nuevo. Desde

hace décadas, se habla de anomia, como la

pérdida de los valores cívicos, morales y

religiosos a nivel individual, fruto de la

desintegración social. Vale decir, las leyes y

normas no pueden garantizar una regulación

social, porque han dejado de suscitar adhesión e

identificación por parte de masivos grupos de

ciudadanos. Decía Rousseau: “Tan pronto como

alguien dice de los asuntos político sociales.

¿Qué me importa a mí? Debemos considerar la

comunidad perdida”.

En medio de este caos, y en esta aparente

incapacidad de hacer algo, al menos, podemos

ser consciente de que toda crisis nos formula

una pregunta y nos interpela personalmente a

encontrar una respuesta. Hay muchas maneras

de formular esto, una es esta: cómo hacer una

nueva síntesis ético-moral que nos permita

renovar el deseo de ser fieles a nuestra

humanidad, y de enriquecerla preservando los

bienes humanos que configuran nuestro

corazón.

El evangelio de hoy recuerda el día que los

fariseos cuestionaron a Jesús preguntándole cuál

es el mandamiento más importante. Él contestó:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,

con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el

gran mandamiento, el primero. Pero hay otro

muy semejante: Amarás a tu prójimo como a ti

mismo”.

En lo que Jesús nos dice hoy, es posible hacer

una lectura radical de urgencia ética, como la

que hace el Filósofo Emmanuel Lévinas. En su

obra Totalidad e infinito, escribe que el modo en

que se presenta el otro en mí, desborda la

imagen que me hago a mi medida.

El otro es lo que no puede convertirse en un

contenido que nuestro pensamiento abarcaría; es

lo inabarcable, lo que nos lleva más allá. Es

decir, el otro no cabe en mis categorías, mis

prejuicios, mis expectativas, ni siquiera en el

conocimiento que creo tener de él. Y eso es

precisamente descentrar el ego cognitivo y

aprender que mi mirada no agota la realidad.

La presencia del otro se vuelve también

inmediatamente ética: el otro no aparece ante mí

simplemente como alguien que debo conocer,

sino como alguien por quien debo responder.

Desde esta perspectiva, el encuentro con el otro

puede comprenderse como una verdadera

metanoia, un cambio de perspectiva que me

libera de la auto referencialidad.

En lo que nos dice Jesús también se puede hacer

una lectura espiritual, la de la sacramentalidad

del hermano, porque el prójimo, especialmente

el vulnerable, es el lugar en el que el ser

humano se encuentra con Dios, dado que no se

puede amar al Dios invisible, si se ignora al

prójimo visible. El amor a Dios no se trata de

pureza dogmática si no de caridad encarnada,

como Jesús puso de manifiesto en la Parábola

del Buen Samaritano.

Se trata de un amor universal cuyo fundamento

es el ser hijos del Padre celestial, que “hace salir

su sol sobre malos y buenos”. Por tanto, amor al

prójimo, en la mirada de Jesús es gratuito,

universal, e incondicional, rompe los límites del

mérito, de la propia “tribu”, y los de la dinámica

de la reciprocidad. El prójimo en la mirada de

Jesús no es un concepto ético abstracto, sino una

realidad encarnada que exige acción concreta:

vendar heridas, proveer hospedaje, dignificar la

exclusión.

La espiritualidad del prójimo es, en esencia, la

práctica de la acción liberadora y del cuidado.

Te damos gracias, Jesús, por la epifanía del otro,

que nos libera de nuestras egológicas, y abre las

puertas al encuentro, la solidaridad, la

comunidad, la justicia y la restauración de la

cohesión social. ¡Amén!

Ana María Díaz, Ñuñoa, 25 de octubre de 2026

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