Celebramos con toda la Iglesia la fiesta de la santidad de Dios que nos participa a todas y todos de su compasión, su gratuidad, su amor y su belleza, y que nos invita a desplegarla, respetando tiempos, lugares, culturas. Es por eso que la historia de la iglesia nos ha ofrecido y ofrece el testimonio tan variado y rico de hermanas y hermanos que en su vida manifestaron esta santidad del Dios de Jesús.
El evangelio de este domingo nos recuerda que la santidad tiene que ver con ser felices al modo de Jesús de Nazaret, una propuesta totalmente opuesta a la que promociona el mercado en envoltorios de consumo, de éxitos, de juventud eterna, de ganar a toda costa y de hacer la mía sin importar el resto. Pero también sospechosa de un modo de espiritualidad que hace de la felicidad la aceptación resignada y conformista de los sufrimientos e injusticias como queridos por Dios para nuestra propia santidad.
Las bienaventuranzas son expresión de ese modo otro de vivir la vida, de vivirla humanamente, como la vivió Jesús. De estar “a la altura de la realidad”, ni por debajo dejándonos aplastar, ni por encima como quien todo lo puede[1]. De estar en la vida siendo capaces de mirar lo que tenemos delante con gratitud y valentía, abriéndonos en cada circunstancia a los demás. Como nos dice el Papa León en Magnífica Humanidad, “es en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, la experiencia espiritual y la adoración a Dios”.[2]
Pienso en tantas situaciones cercanas de dolor, de enfermedad, de impotencia, de abuso de poder, de ninguneos y exigencias, que no elegimos pero que son parte de lo que nos toca vivir. Y cuántas personas en medio de estas circunstancias son capaces de buscarles la vuelta para descubrir y valorar lo que las anima a seguir de pie, a abrir espacios de encuentro a los demás aún en medio del sufrimiento, a seguir luchando junto a otras y otros frente al escándalo de la injusticia convencidos que somos parte de una red más grande que nos hermana y nos cuida.
El evangelio de este día de fiesta es una buena noticia de una felicidad distinta a la que se nos vende, pero en profunda sintonía con lo que nuestros corazones anhelan: empatía, cuidado, reconciliación, cercanía, justicia, ternura. Que sigamos siendo capaces de entretejer en este momento de la historia aquellos gestos y actitudes que toman en serio la dignidad de toda vida, y arropan un modo de convivir que lejos de despreciar la vulnerabilidad, la cuida con ternura, y lejos de acostumbrarse a la injusticia, toma partido por los más pobres y excluidos, al estilo de Jesús.
Carina Furlotti
[1] Pepa Torres, Una felicidad subversiva y paradójica, Fe Adulta, 2022.
[2] León XIV, Magnifica Humanitas, n. 119.






