El debate político entre Lula y Flávio en la televisión Band, el domingo, fue de pésima calidad. Flávio no quería discutir problemas, sino únicamente desestabilizar a Lula, comportándose como un mocoso. Parecía una disputa de bar. Lula reaccionó demasiado tarde. Y tuvo que soportar una inimaginable falta de respeto y de civilidad. Las urnas dirán.
En cualquier caso, en estas elecciones de 2026 está en juego el destino de Brasil. Uno de los candidatos a la Presidencia, de manera antipatriótica, propone un Brasil desvergonzadamente subordinado a los Estados Unidos de Donald Trump. Aplaudió el aumento desmesurado de aranceles contra nuestra economía. En caso de ganar las elecciones —¡que no ocurra semejante desgracia!—, propuso que técnicos estadounidenses colaboraran durante la etapa de transición del gobierno de Lula al suyo. De este modo, quedaría garantizado el alineamiento con la política y los intereses estadounidenses. Además, entregaría en bandeja nuestras tierras ricas en recursos y otras de importancia estratégica.
Una persona con intenciones neocoloniales y entreguistas jamás debería poder presentarse como candidata al cargo más alto de la nación. Si nuestra justicia realmente funcionara menos en favor de los intereses de las élites y más en beneficio de los intereses colectivos del pueblo brasileño, el lugar de este aspirante sería la prisión por delitos de corrupción, de lesa patria y de traición: Flávio Bolsonaro.
Si ese candidato de orientación conservadora e incluso fascista, como su padre, encarcelado por un intento de golpe de Estado, resultara elegido, preparémonos para lo peor, especialmente quienes viven en la pobreza, los obreros y los funcionarios públicos. Sufrirían las universidades, los centros técnicos y de investigación, que verían reducidos o eliminados sus subsidios. La ecología, los pueblos indígenas, las comunidades quilombolas y las mujeres pasarían a ocupar un lugar secundario o quedarían ausentes de la agenda pública. Por no hablar de las artes y de la libertad de expresión. Volveríamos a una situación colonial, la de un país subordinado al que le habrían arrebatado su identidad.
Es una cuestión de honor y una señal de amor a la patria derrotar a este enemigo de la nación y al proyecto antinacional que representa.
El otro candidato, surgido de las regiones más profundas de Brasil y sobreviviente del hambre y de la miseria, ya se ha ocupado de nuestro pueblo en tres oportunidades, introduciendo cambios nunca antes realizados en nuestro país en favor de los más marginados, mediante políticas sociales eficaces hasta el punto de sacar a Brasil, según la ONU, del mapa del hambre, después de que su antecesor golpista dejara a 33 millones de personas padeciendo hambre y viviendo en la miseria.
Este último desmanteló, en los ámbitos cultural, educativo y laboral, así como en otras políticas públicas, casi todo lo que se había conquistado a lo largo de siglos.
El presidente Lula, su adversario, aparece como uno de los protagonistas del multilateralismo y del conjunto de países del Sur Global que integran los BRICS. Consciente de nuestra soberanía y de la importancia estratégica y ecológica de nuestro país, fue, desde el comienzo, el primer jefe de Estado que se opuso a la arrogancia de Donald Trump, cuya estrategia consiste en someter a los demás países mediante amenazas económicas y, eventualmente, militares. Lula dejó claro que «Brasil no cabe en el patio trasero de ningún país».
Con sentido del equilibrio, mantiene relaciones diplomáticas y comerciales con Estados Unidos y, simultáneamente, con China, sin dar ninguna señal de sometimiento, sino de soberanía y libertad para establecer el camino brasileño hacia su autonomía y su desarrollo sostenible, preservando todo lo posible la selva amazónica, que regula el clima de la mayoría de los países. Su protección es fundamental para el equilibrio ecológico de todo el planeta. Negocia libremente con decenas de países. En el escenario internacional ha despertado una admiración cada vez mayor por su capacidad de diálogo y por el respeto que suscitan sus propuestas frente a los problemas de la humanidad.
No podemos permitir, de ninguna manera, que se pierda esta herencia política y humanitaria y que el destino del país sea entregado a alguien que no ama a Brasil y que preferiría que formara parte del destino de Estados Unidos, hoy puesto en cuestión por su imparable proceso de decadencia.
Nuestra lucha consiste en romper con la dependencia colonial y neocolonial respecto de otros centros de poder y fortalecer las bases de otro tipo de país, que acoja con dignidad a todos sus habitantes y que esté abierto, dadas las amenazas que pesan sobre el planeta Tierra, al hambre y la sed de todo el mundo. De ahí la importancia decisiva de la reelección de Lula. No se trata únicamente de un problema nacional, sino de una cuestión de dimensiones planetarias.
Nuestra misión es mantener encendida esa luz, alimentarla y no permitir que recorramos un camino que nos conduzca al abismo. Esa sería la tragedia si venciera su adversario, que nada ha hecho por el pueblo brasileño, salvo colocarlo bajo el yugo de una potencia militarmente poderosísima, pero paupérrima en términos de humanidad y de colaboración para construir un destino feliz para el planeta Tierra, para los pueblos y para nuestro país. Votaré por Lula, 13.
Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA, del ICL (https://www.revistaliberta.com.br). Es también autor de Brasil: romper con la dependencia y refundar Brasil, Vozes, 2015 (https://www.leonardoboff.org).






