La humanidad parece estar en plena guerra civil, dado el número de frentes de conflicto. Tenemos la impresión de que no sabemos cómo salir de este caos destructivo. Lo cierto es que impera el odio y asistimos al ascenso de una extrema derecha de rasgos fascistoides en diversas partes del mundo. Se producen matanzas colectivas en distintos lugares del planeta, especialmente en la Franja de Gaza, Ucrania e Irán. Estas tragedias entre los seres humanos nos hacen perder todo sentido de fraternidad.
A pesar de ello, no han muerto la solidaridad ni el amor, incluso hacia el enemigo. El siguiente relato, ocurrido tiempo atrás, mantiene viva nuestra esperanza de que el ser humano, por cruel que pueda llegar a ser, todavía no ha perdido su humanidad más elemental.
Mazen Julani era un farmacéutico palestino de 32 años, padre de tres hijos. Vivía en la parte árabe de Jerusalén. Mientras tomaba un café con amigos en un bar, fue víctima de un disparo mortal efectuado por un colono judío.
Se trataba de una venganza contra el grupo palestino Hamás, que poco antes había provocado la muerte de numerosas personas en una discoteca mediante un atentado suicida. El proyectil entró por el cuello de Mazen y le destrozó el cerebro. Fue trasladado inmediatamente a un hospital israelí, pero llegó sin vida.
Entonces ocurrió algo sorprendente. El clan de los Julani decidió, allí mismo, en los pasillos del hospital, donar todos los órganos de su hijo fallecido: el corazón, el hígado, los riñones y el páncreas, para ser trasplantados a pacientes israelíes. El jefe del clan aclaró, en nombre de todos, que aquel gesto no tenía ninguna connotación política. Era un acto estrictamente humanitario.
Según la religión musulmana, explicó, todos formamos una única familia humana y todos somos iguales, israelíes y palestinos. No importa a quién se trasplanten los órganos. Lo esencial es que contribuyan a salvar vidas. Por eso, concluyó, los órganos serían destinados a nuestros vecinos israelíes.
Y así fue: se realizó un trasplante de corazón. En el pecho del israelí Yigal Cohen late ahora un corazón palestino, el de Mazen Julani.
La esposa de Mazen tuvo dificultades para explicarle a su hija de cuatro años la muerte de su padre. Simplemente le decía que su papá se había ido de viaje muy lejos y que, cuando regresara, le traería un hermoso regalo.
A quienes se encontraban cerca, les susurró con los ojos llenos de lágrimas: «Dentro de algún tiempo iremos a visitar a Yigal Cohen, en la parte israelí de Jerusalén».
«Yigal Cohen vive con el corazón de mi marido y del padre de mis hijos. Será un gran consuelo para nosotros acercar el oído al pecho de Yigal y escuchar el corazón de aquel que tanto nos amó y que, de alguna manera, todavía sigue latiendo por nosotros».
Y así lo hicieron, de vez en cuando.
A pesar de la violencia criminal de los soldados israelíes, que arrasan casi todo en Gaza y en el sur del Líbano y martirizan a cientos de niños inocentes, nunca se ha perdido por completo ese mínimo de humanidad que puso de manifiesto el jefe de aquel clan palestino y musulmán.
La convicción de que todos somos miembros de una misma familia humana alimenta actitudes de perdón y de solidaridad incondicional. En el fondo, aquí irrumpe lo mejor que llevamos dentro: el amor que da sentido a la vida y que mueve, según Dante Alighieri en la Divina Comedia, el cielo y todas las estrellas. Y yo añadiría que también mueve el corazón del clan Julani, el de la esposa de Mazen y el nuestro.
El hecho de que este gesto haya sido posible alimenta nuestro sueño de que todavía existen hijos e hijas de la Madre Tierra que conservan el corazón, la solidaridad y el amor. Así, ni siquiera una inteligencia artificial autónoma que haya perdido el control será más fuerte que el amor.
Como dicen las Escrituras de ambos Testamentos: más fuerte que la muerte es el amor. En efecto, quien tiene amor lo tiene todo: la vida eterna y a Dios.
Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL (https://www.revistaliberta.com.br). Es también autor de El principio de compasión y cuidado, Editorial Vozes, 2000 (https://www.leonardoboff.org).






