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Con un Dios rey, todavía somos paganos; con un Dios crucificado, ya somos cristianos

[Por: Jairo Alberto Franco | Religión Digital]

Este día es escandaloso, comenzamos llenos de alegría agitando los ramos, gritamos que viva el rey, y terminamos aquí en la catedral, viendo que ese rey muere en la cruz, ajusticiado como un criminal; el rey resultó ser una víctima… 

 

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El retorno del otro, el encuentro con el otro: respuesta a la xenofobia

[Por: Juan José Tamayo]

Un elemento común a los partidos políticos de la derecha y de la extrema derecha, de las organizaciones sociales racistas y de los grupos religiosos fundamentalistas es el rechazo a las personas migrantes y refugiadas, a quienes se demoniza y sobre las que se elabora el discurso del odio, que desemboca en xenofobia, racismo, aporofobia y, con frecuencia, en prácticas violentas. No se trata de un fenómeno marginal, sino que está muy presente en el imaginario colectivo y en no pocas prácticas políticas incluso de gobiernos democráticos, que tienden a identificar ciudadanía con país o Estado y niegan dicha ciudadanía y el ejercicio de los derechos cívicos a quienes no han nacido en el territorio al que llegan, aunque vivan, trabajen y generen riqueza en él.   

 

La presente reflexión intenta desmontar los citados argumentos desde un planteamiento antropológico inclusivo e integrador inspirado en Emmanuel Lévinas y Ángel Gabilondo. Lévinas reconoce a la ética el estatuto de filosofía primera. Entiende por ética la responsabilidad de cada persona para con las demás; una responsabilidad que es irreemplazable e indelegable. En un texto de clara influencia lévinasiana, Umberto Eco afirma: “Cuando los demás entran en escena, empieza la ética. Son los demás, es su mirada, lo que nos define y confirma”.

 

Ahora bien, ¿quiénes son los demás? ¿Quiénes son el otro, la otra, los otros, las otras? Son el rostro, pero no en cuanto fijado en la memoria o en una fotografía, sino como realidad expresiva. Es el rostro del otro, de la otra, el que nos cuestiona e interpela, el que se torna desafío ético para nuestra subjetividad libre, y especialmente el rostro del huérfano, de la viuda y del extranjero, dirá Lévinas rememorando el mensaje ético de la legislación de la Biblia judía, que supera en radicalidad humanista y hospitalaria a no pocas declaraciones de derechos humanos actuales y, por supuesto, a muchas leyes de extranjería.

 

El otro, especialmente la persona excluida, marginada, empobrecida, es palabra, solicitud, súplica, que pide respuesta, ayuda, compasión. De ahí emana la responsabilidad para con las demás personas, que no es, por tanto, resultado de un contrato, sino fruto de la entrega, de la donación, de colocarse en el lugar del otro. A partir de aquí, Lévinas introduce en su filosofía nuevas categorías que expresan su vertiente prioritariamente ética: rostro, huella, otro, alteridad, cara-a-cara, hospitalidad.

 

Totalidad e infinito, una de las obras más emblemática de Lévinas, es, según Jacques Derrida, “un inmenso tratado de la hospitalidad”. Con dicha categoría se refiere al primer gesto, al primer movimiento en dirección al otro. “Incorporar al Otro en el discurso es […] recibir de Otro más allá de la capacidad del Yo”. En palabras del mismo Lévinas al final de Totalidad e infinito, la esencia del lenguaje es bondad, amistad y hospitalidad.

 

También la intencionalidad es hospitalidad, hasta el punto de que no existe intencionalidad sin la acogida del rostro, como tampoco existe acogida del rostro sin rectitud y justicia. Pero la hospitalidad no es una región o una parte de la ética, sino la eticidad misma. El rostro se niega a la posesión, a mis poderes, se resiste a todo apresamiento. La ética es anterior a la ontología y va más allá de ella, es anterior al Estado y a la política y va más allá de uno y otra. El ser humano no puede quedarse encerrado en su conciencia subjetiva, ni ver encallado su impulso de trascendencia “dejando al yo cautivo de sí mismo”

 

En su obra El retorno del otro Ángel Gabilondo reflexiona, en continuidad con Lévinas, sobre el retorno del otro como otro, que irrumpe de manera desconcertante e irreductible. “Vuelve de nuevo alguien otro, otro que uno mismo. Otro tan otro que propicia otra amistad, una amistad otra, la del mediodía de la vida, la de la esperanza, más que la de la expectativa, la espera de nuevos amigos”.

 

La alteridad no es pura identidad, pero tampoco pura diferencia, dice con razón Gabilondo, quien observa que es necesario crear condiciones para el retorno del otro. Solo después de una larga convivencia con el otro, recuerda citando el Banquete de Platón, después de haber intimado con él, de repente, como la luz que salta de la chispa, surge la verdad en el alma y crece espontáneamente.

 

El cara-a-cara, el encuentro del rostro y la experiencia viva de la existencia del otro están en el centro de la nueva axiología, donde la justicia se convierte en la experiencia de la alteridad absoluta. Hacer la experiencia de ser otro para los otros lleva derechamente a la alteridad y a la no-indiferencia.

 

Estas reflexiones pretenden contribuir a dejar sin fundamento antropológico la xenofobia, el racismo y la aporofobia, a deslegitimar el discurso del odio y a sustituir dichas actitudes por la hospitalidad, la alteridad, la projimidad, el respeto, el reconocimiento y la no-indiferencia hacia las personas migrantes, refugiadas y desplazadas que llegan a nuestros países huyendo de las dictaduras, las guerras y de la miseria. Son ciudadanos y ciudadanas de un mundo sin fronteras, no podemos negarles su dignidad y derechos.

 

Juan José Tamayo es emérito honorífico de la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro es Cristianismo radical (Trotta, 2026).

Acerca de paradigmas de fortaleza y fragilidad

[Por: Néstor Casanova Berna]

Desde hace ya mucho tiempo me ha fascinado comparar dos imágenes paradigmáticas del cuerpo humano como patrón de medida de todas las cosas. En primer lugar, consideremos la ilustración de la figura vitruviana, debida a Leonardo da Vinci.

 

Esta es la figuración del cuerpo propia de la modernidad rampante del Renacimiento. Un modelo de varón, adulto joven, vigoroso y bien plantado. Seguro de sí, dispuesto a la conquista, con todo un mundo por delante, ahora sí, redondo y a la mano. En la clave de sus propias proporciones ideales lleva en sí mismo la fórmula de su aplomo. La figura es una y hegemónica: informa a toda la identidad humana. Su saber lo empodera. Y el ombligo no es sólo el centro de la figura, sino de una cosmovisión.

 

No hace mucho tiempo, un reconocido fotógrafo belga, Marc Lagrange (1957–2015), compuso una fotografía que guarda indisimulables correspondencias —críticas— con la figura vitruviana. He aquí el resultado (ver imagen que acompaña este artículo).

 

Aquí, el paradigma del ser humano tiene figura de mujer —lo que equivale a marcar semióticamente un género, y con ello, una circunstancia clave—. La muchacha parece tener una edad umbral entre la adolescencia y la primera juventud —otra marca semiótica: ¿tendrá más de 18 años?, Hm—. Apenas si se tiene en pie en equilibrio precario y no extiende sus brazos, sino que parece imprecar acerca de una fragilidad de la que participamos, ahora, como propia. No es el paradigma de una señora de su mundo, sino que el bronce de su piel pone en cuestión nuestra propia hegemonía caucásica: su cuerpo contesta, punto por punto, todas las determinaciones de la ideología aún dominante. En la época de la modernidad tardía, la fragilidad nos es constitutiva, inevitable y acaso sanadora. Nuestra es la paradigmática figura de una humanidad diversa, variopinta, circunstanciada, haciendo precario equilibrio sobre la perplejidad de un horizonte por demás oscuro. Por lo demás, el ombligo de la muchacha también aquí coincide con el centro de la composición, pero no aploma las fuerzas que operan en su derredor; apenas si todavía es un endeble centro cósmico.

 

Por que ainda estudar hoje o que aconteceu em Niceia 1700 anos atrás?

[Por: Eduardo Hoornaert]

Por que ainda estudar hoje o que aconteceu em Niceia no ano 325, 1700 anos atrás?  Isso não é história passada, e pouco tem a ver com o que vivenciamos hoje?

 

Neste texto argumento o contrário, e convido você a me acompanhar ao longo de sete pontos em que assento minha argumentação: (1) a suspeita; (2) a aposta do Imperador Constantino; (3) um trunfo nas mãos do Imperador; (4) sua vitória. Em seguida, passo a três considerações atuais: (5) largar Eusébio de Cesareia; (6) abandonar o modelo diocesano e cultivar o ecumenismo; (7) recuperar o sentido original da paróquia.

 

A suspeita.

 

No nascimento recebemos de Deus um maravilhoso instrumento mental: a capacidade de desconfiar do que se vê, se ouve e se diz. Essa capacidade crítica nos acompanha a vida toda, embora tenhamos de reconhecer que muita gente não a utiliza devidamente.

 

No campo do cristianismo, por exemplo, desconfiamos de algo que costuma ser apresentado como verdade inconteste: que a igreja de hoje seria uma expressão fiel do original movimento de Jesus. Suspeitamos que, em algum momento desses dois mil anos que nos separam das origens, o trem ‘descarrilhou’. Compartimos hoje essa suspeita com muita gente e penso que esse ‘desconfiômetro’ seja um bom ponto de partida para um estudo sério da História da Igreja. Historicizar a Igreja não significa per se criticá-la, mas implica em reconhecer que a Igreja, como toda estrutura histórica, está sujeita à implacável lei da passagem dos tempos. O tempo constrói e desconstrói, edifica e remodela, é mutável e passageiro. Mas é preciso estudar a história para detectar os pontos de eventuais passagens. Não podemos emitir opiniões e palpites acerca da história da Igreja sem a devida fundamentação. Temos de estudar. Aqui, neste texto, apresento um momento preciso dos dois mil anos da história da Igreja que me parece merecer nossa especial atenção.

 

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A aposta do Imperador Constantino.

 

Para abordar esse momento, convido vocês a viajar comigo para uma pequena cidade da atual Turquia, chamada Iznik, a cerca de cem quilômetros de Istambul, onde o Papa Leão XIV esteve no final do ano 2025. Pois foi aí, em Niceia (antigo nome de Iznik), 1700 anos atrás, que aconteceu uma grande mudança de rumo na história da Igreja cristã.

 

Niceia, na época, era uma pequena localidade, a mais ou menos 100 km. da capital Bizâncio (recentemente rebatizada em ‘Constantinopla’), nas margens de um lago, de clima ameno, onde, na época do famoso Imperador Constantino, a elite da administração oriental do Império Romano mantinha aprazíveis residências de verão.

 

Isso nos situa por volta de 320, momento em que o jovem Imperador Constantino está em plena ascensão. Ele tinha aparecido como salvador do cristianismo após a terrível perseguição de seus antecessores Diocleciano e Galério e ganhou fama universal após sua sensacional vitória sobre seu rival Maxêncio na famosa batalha da Ponte Mílvia, em Roma, em 28 de outubro de 312. Para celebrar essa vitória, Constantino manda erigir uma Residência de Verão para si na mencionada localidade, e lhe dá o nome Niceia, derivado do termo grego nikè, que significa ‘vitória’.

 

Doravante, como ele reveste o manto sagrado de pontifex maximus e, portanto, assume uma função religiosa, Constantino se aventura em assuntos religiosos, cuja importância ele percebe claramente.  Nesse sentido, ele recebe de seus conselheiros a informação que o movimento cristão, que mantém altos padrões morais, como fraternidade, coesão familiar, humildade e gratuidade, bem poderia colaborar para combater o carreirismo e a corrupção vigentes na administração do Império. Pois aos ‘Serviços de Inteligência’, os ‘think tanks’ do Império Romano daquele tempo, não escapou a extraordinária e profunda moralidade que perpassava o movimento cristão. O interesse que esses serviços tinham no cristianismo era seletivo. Interessava-lhes o padrão moral do movimento cristão, não sua postura propriamente ética, ou seja, sua opção pelos pobres. A pergunta era: como aproveitar dessa energia moral para unificar um Império que é feito de tantos povos subjugados, tantas culturas de difícil manejo? Como sanear a máquina administrativa romana? Como unificar o imenso Império? Não há como passar por cima de controvérsias éticas e, desse modo, fazer do movimento cristão um instrumento útil na política imperial?

 

Constantino assume o desafio de entrar em contato com lideranças cristãs, embora perceba a grande resiliência das comunidades cristãs diante da política imperialista. Ele decide convidar o maior número possível de bispos para sua Residência de Verão. Lá, eles poderão discutir à vontade problemas internos. O Imperador acredita no poder do deslumbramento, das impressões psicológicas, da atração exercida pela primorosa organização administrativa do Império e formaliza o convite para a primavera de 325, facilitando ao máximo as longas viagens pelas primorosas viae romanae. Eis a aposta arriscada de Constantino.

 

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Um trunfo nas mãos de Constantino.

 

O Imperador tem em mãos um importante trunfo, capaz de atrair lideranças cristãs: o modelo diocesano. E ele sabe disso. A diocese é um modelo organizatório utilizado pelo Império já antes do surgimento do cristianismo, que a administração costuma designar pelo vocábulo dioecesis (literalmente: ‘disposição de casas’). Trata-se de uma subdivisão territorial do imenso Estado Romano, em grande parte sumariamente constituído por meio de guerras de conquista e, portanto, de difícil controle. O modelo diocesano acompanha toda a expansão do Império: por onde esse se expande por meio de guerras, logo se instala, em pontos estratégicos, um estacionamento de tropas e uma estrutura de cobrança de impostos. Desse modo, o Império consegue controlar imensos territórios, variados em termos de habitantes, culturas, etnias e religiões, e manter sob seu controle populações muito diversificadas. A diocese é governada por um vicarius (‘vigário’ em português), representante local do Imperador. O modelo provou ser tão eficiente que só desapareceu com a queda do próprio Império, no ano 641 dC.

 

Esse modelo administrativo, próprio de um estado baseado na territorialidade, não deixa de interessar alguns bispos cristãos, como se percebe aqui e acolá desde o século III dC. Até então, a função do bispo estava baseada na tradição sinagogal, herdada do judaísmo, que contava com episcopoi (bispos) e presbuteroi (anciões) como supervisores a cuidar do bom andamento das comunidades. Uma tradição que não era de caráter territorial, pois a sinagoga constitui uma congregação não definida pelo território.

 

Na medida em que o cristianismo vai penetrando em largos espaços, dentro do Império Romano, o modelo diocesano romano passa a exercer sobre determinados bispos um crescente poder de atração. Isso se pode verificar, no século III, por meio de dois exemplos marcantes: a experiência do bispo Paulo de Samósata em Antioquia da Síria e a do bispo Cipriano em Cartago, na África do Norte. Ambos, em diversos contextos, já pensam em autoridade dentro de determinados territórios e, através dela, sobre ‘casas’ (oikias), ou seja, agrupamentos de pessoas. Os dois bispos acima citados, é verdade, são criticados na literatura cristã da época. Mesmo assim, são eles que já desenham um padrão organizatório inovador e penso que esse dado não escapou à ‘inteligência’ em torno do Imperador Constantino.

 

Não se procure, pois, alguma eclesiologia previamente elaborada nessa nova configuração eclesiástica diocesana, que se desenha aos poucos. O processo se efetua com o correr do tempo, praticamente sem consciência clara de uma mudança capaz de redefinir a compreensão do cristianismo. Pois, como escrevi acima, em largos espaços do universo cristão, já no século III, há como perceber um movimento de hierarquização e territorialização ‘diocesanas’ nas estruturas eclesiásticas.

 

Do ponto de vista da tradição evangélica se trata de uma ilusão: pensar que englobar populações em ‘dioceses’ possa servir à evangelização. Um erro fundamental, pois o movimento de Jesus se propaga por comunidades que se espalham por territórios, não pelo próprio domínio desses territórios. É assim que se propaga um estado político e que eventualmente se forma um império. A tensão entre a dinâmica do movimento de Jesus e a política da territorialização é um ponto fundamental a ser contemplado aqui, já que o Evangelho nos apresenta um Jesus radicalmente oposto à ideia estadista ou imperialista.  

 

Até hoje, o sucesso espetacular da igreja católica ‘territorialista’, ao longo de tantos séculos, torna difícil emitir uma opinião criteriosa acerca do real valor da reviravolta niceana.  Daí a urgência de se estudar a história da Igreja e nela especificamente focalizar o modelo diocesano.

 

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A vitória de Constantino

 

Eis a arriscada aposta arriscada de Constantino. Como ela conseguiu convencer a grande maioria dos 318 bispos reunidos em Niceia? Pois, ao que os documentos históricos nos revelam, apenas 19 bispos se mostraram reticentes.

 

Estou bem consciente que – ao omitir de apresentar aqui as disputas teológicas travadas no Concílio de Niceia – me distancio do modo comum em que esse evento é apresentado.  A história concreta do encontro, marcante e extraordinária, me levou a alargar o campo de pesquisa e, neste texto pelo menos, deixar de lado a descrição de questões apenas doutrinárias. Em outras palavras, me convenci que fatores comumente negligenciados nas análises do evento, fatores de ordem administrativa, psicológica, política e social, foram fundamentais e finalmente determinaram a adesão dos bispos a propostas feitas pelos agentes do Império Romano, e que isso merece ser ressaltado. Pois focar apenas o dogma niceano resulta em omitir a fundamental mudança de rumo na política da Igreja cristã aí ocorrida. Pois foi em Niceia que o movimento de Jesus se tornou explicitamente ‘católica’ (em grego:’kata holèn gèn’: espalhada por toda terra), ou seja, ‘territorializada’. (Você deve se lembrar que expliquei essa expressão acima, quando expliquei o sentido do termo ‘diocese’).

 

Foi principalmente a leitura do relato que o historiador Eusébio, bispo de Cesareia (em grego ‘kaisareia’, nome derivado de César, uma cidade da Anatólia), o maior intelectual da época e autor de uma Vida de Constantino, redigiu acerca do encontro, que me convenceu a centrar minha análise de Niceia em questões não teológicas. Eusébio se revelou o ideal propagandista das iniciativas do Imperador. Seu relato nos ajuda a compreender que a coisa mais importante de Niceia não é o famoso ‘Credo’, mas o impacto psicológico causado na alma dos bispos pela recepção na Residência Imperial, ao lado da admiração pela eficiência da administração do Império. Niceia foi um ‘tour de force’, uma vitória de astúcia diplomática aliada à administração eficiente de imensos espaços.

 

Entremos com Eusébio no luxuoso auditório do Concílio, no início de um encontro de bispos que vai durar entre 20 de maio de 325 e 19 de junho, após a aprovação de vinte cânones. Não deixemos de observar que esses bispos são acolhidos segundo um protocolo reservado a senadores, cuidadosamente preparado pelos assessores de Constantino. Um texto memorável de Eusébio descreve em pormenores o impacto dessa recepção ‘sedutora’ na mente e no coração desses bispos. Cito seu texto: Destacamentos da guarda imperial e de outras tropas cercaram a entrada do palácio com espadas desembainhadas. Os homens de Deus puderam passar sem medo em meio a soldados, até o coração dos aposentos imperiais, onde alguns se sentavam à mesa junto com o Imperador e outros se reclinavam em divãs espalhados dos dois lados. Quem olhava tinha a impressão de que se tratava de uma imagem do Reino de Cristo, de um sonho, não de uma realidade (Eusébio de Cesareia, Vita Constantini, 3, 15. Cit. Crossan, J.D., O Jesus histórico: A Vida de um Camponês judeu do Mediterrâneo, Imago, Rio de Janeiro, 1994, p. 462). 

 

Eis o texto que flagra o momento exato em que a Igreja muda. O resultado real de Niceia não consta nos vinte cânones teológicos e doutrinários que temos à nossa disposição, mas na mudança operada na política interna e externa da Igreja. Os mais diversos (e contraditórios) termos são utilizados pelos historiadores para descrever esse momento histórico: constantinismo, cesaropapismo, cristandade, triunfalismo, cristandade, ‘cristianização do Império’, e assim por diante.  Mudança de comportamento e de mentalidade, de visão da Igreja e de compreensão do Evangelho.

 

A partir de Niceia, os bispos mudam: de simples, espontâneos, identificados com seu povo crente, eles se tornarão – com o tempo – suaves, polidos, civilizados, educados e distantes do povo comum. Capricharão no modo de falar e se comportar, aprenderão a arte retórica, controlarão a fala e os gestos. Enfim, mudarão nos modos de se comportar e de se relacionar. Com o tempo, esses bispos vão querer residências melhores, meios de transporte e correio rápidos e gratuitos através das ‘vias romanas’, doações para construção de suas basílicas e igrejas. Em outras palavras: a principal novidade de Niceia consiste na aprendizagem, pelos bispos, das regras da Corte, descritas no livro A Sociedade de Corte da autoria do sociólogo Norbert Elias (Zahar, Rio de Janeiro, 2001). Nesse livro, o autor apresenta a ‘Corte’ como um paradigma histórico fundamental. A Corte e um modo de se organizar a sociedade. Podemos dizer sem exagero que, em Niceia, a igreja vira uma ‘Sociedade de Corte’.

 

Acho que esse comentário já é suficiente para mostrar que em Niceia se colocam as bases de sucessivas redefinições da estruturação católica ocorridas ao longo dos séculos seguintes: a redefinição da função episcopal, a emergência do clero, a mudança no estatuto da paróquia, etc.

 

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Largar Eusébio de Cesareia.

 

Hoje estamos diante da árdua e exigente tarefa de reverter as ‘redefiniçoes’ do século IV e de voltar às inspirações originárias do movimento de Jesus. Enumero aqui sumariamente algumas tarefas que me parecem impositivas nos dias que correm: (1) largar Eusébio de Cesareia; (2) abandonar o modelo diocesano e cultivar o ecumenismo; (3) recuperar o sentido original da paróquia.

 

A primeira coisa a se fazer é deixar de seguir o organograma elaborado na História da Igreja de Eusébio de Cesareia, que – pelo que sei – continua fundamentando o estudo da história eclesiástica em numerosos seminários católicos. A razão é fundamental: a obra de Eusébio está eivada de anacronismos, não tem base historiográfica confiável. Eusébio projeta a organização eclesiástica, em vias de implantação no século IV, para os tempos do cristianismo originário. Ele cria conceitos como ‘sucessão apostólica’ (os bispos seriam ‘sucessores’ dos apóstolos), ‘tradição apostólica’ (existiria uma linha direta entre os tempos apostólicos e os tempos atuais), ‘primado petrino’ (o papa seria sucessor do apóstolo Pedro), etc. Tudo sem fundamentação historiográfica propriamente dita. Abandonar o esquema e Eusébio no estudo da História da Igreja constitui, pois, um imperativo. Seu anacronismo sistêmico destrói a ciência historiográfica e cria um falso conhecimento do passado.

 

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Abandonar o modelo diocesano e cultivar o ecumenismo.

 

Atualmente surge e cresce uma alternativa ao modelo paroquial. Em muitos países e de modo inesperado, as mais diversas igrejas, oriundas do movimento protestante (século XVI), tiveram a ousadia de enfrentar o domínio territorial da igreja católica, com notável sucesso. Elas ‘penetram’ em territórios católicos, que são separatistas por natureza, e se declaram ecumênicas. Implicitamente, elas praticam uma guinada no sentido do abandono do modelo territorial.

 

Hoje, mais de 350 delas se congregam no Conselho Mundial das Igrejas (CMI), criado no ano 1948, logo após o fim da Segunda Guerra Mundial. Se a Igreja católica, até hoje, não participa desse Conselho, a razão é patente: ela ainda está amarrada ao modelo diocesano-territorial.

 

Será mesmo que o ecumenismo vai aos poucos marginalizar a atual hegemonia diocesana na Igreja católica? Com isso, estamos mesmo dando um passo de volta ao cristianismo das origens? Penso que precisamos ter cuidado ao falar desse modo, pois, afinal, estamos aqui fazendo um prognóstico. Ora, do futuro nada sabemos. Passagens históricas complexas, como uma eventual passagem de um modelo diocesano a um modelo ecumênico, ao depender de uma confluência de fatores psicológicos, sociais e políticos, oferecem redobradas possibilidades de desacerto. O futuro é marcado por tantas complexidades e incertezas, que erros na prognóstica são quase inevitáveis. Se o passado da humanidade é marcado por uma sucessão de erros, como prejulgar que o futuro será diferente? Feita de avanços e retrocessos, complexidades e surpresas, erros e acertos, desvios e novidades, ousadias e covardias, as experiências passadas nos aconselham não predizer levianamente como será o futuro. Recomenda-se, pois, prudência.

 

Mas, de outro lado, a mesma história nos ensina que o mundo só muda por meio de ousadias. A prudência evita erros crassos, mas é a ousadia que injeta sangue novo na sociedade, instiga a cultivar novas ideias, a experimentar, inovar, avançar. Sem ousadia, a história fica parada. No horizonte católico vejo sinais de abertura e acolhimento de novas ideias, do diferente, da ultrapassagem de modelos vencidos, de limitação do poder centralizado, de superação do medo de mudança. Nos inícios dos anos 1960, o Papa João XXIII teve a ousadia de convocar o Concílio Vaticano II, contra as opiniões de seus cardeais. Recentemente, o Papa Francisco lançou ousadamente o tema da sinodalidade, apesar da resistência do Vaticano. Em numerosos lugares, movimentos de abertura e ousadia estão em curso, como aquele que acabemos de analisar acima ao rever a história de Niceia.

 

Penso que a lentidão, por parte da Igreja Católica, em participar resolutamente de ousadias ecumênicas, se deve principalmente ao fato que, em ambientes católicos, o defeito congênito do modelo diocesano é um tema raramente verbalizado e muito menos discutido. Pois a problematização de um modelo tão costumeiro pressupõe uma tomada de consciência acerca de convicções criadas por ‘histórias de longa duração’, como dizia o historiador francês Fernand Braudel. Quando uma mesma narrativa se repete por séculos, por meio dos mesmos gestos, das mesmas palavras e das mesmas imagens, a mente humana esquece que essas palavras e essas imagens são passageiras. Aí aparece um modelo eclesiástico que fica em pé, simplesmente pelo enorme peso de sua história. Esquece-se que esse modelo, como se acaba de ver neste texto, foi construído num determinado momento da história e, portanto, pode ser desconstruído num outro momento. Portanto, constitui um erro de avaliação considerar o modelo diocesano como sendo isento à mudança.

 

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Recuperar o sentido original da paróquia.

 

Paradoxalmente, a palavra ‘paróquia’, nos dias de hoje, evoca exatamente o contrário do significado que o termo tem nos primeiros documentos da literatura cristã. Ela evoca casa, estabilidade, cidadania, status, segurança, valorização social, tudo que se carecia na paróquia das origens cristãs. O termo grego paroikia, donde deriva a palavra ‘paróquia’, nos primeiros documentos, é formado por dois componentes: para (sem) e oikia (casa). Ele indica uma situação social ‘sem casa’, ou seja, de precariedade e penúria.

 

A melhor apresentação da paróquia cristã se encontra na Segunda Carta de Pedro, um texto do início do século II. Um ‘paroikos’ (‘para-oikos’) é alguém que ‘não dispõe de casa’, ou seja, não é aceito socialmente, não pertence à boa sociedade, não é registrado, não goza de direitos civis, vive fora da lei (Ef. 2, 19). Como não dispõe de terreno próprio, é eventualmente morador de rua. Aos destinatários da Carta se abre a possibilidade de procurar um ‘lar’, um abrigo social, um apoio emocional, uma nova cidadania, um recanto de paz e fraternidade no meio da cidade cruel, ou seja, procurar a casa de Deus para quem não tem casa (2 Pd 2, vv. 11 e 18). Pois Deus oferece uma sua casa a quem não tem casa (2, 5 e 4,17). A Carta deixa entender que a casa do epíscopos (bispo) bem que pode ser essa casa. Quem serve como doméstico/a (2, 18) em casas de outrem, nela encontra um espaço onde pode se sentir ‘em casa’. Quem vive em situação de paróquia (1, 17), sem cidadania romana (2, 11) nem consideração social, não dispõe de casa própria, vive na rua, entregue à própria sorte, marginalizado e migrante, dispõe da ‘casa de Deus’, onde encontra acolhida (2, 5; 4, 17), apoio moral e valorização de sua opção pelo Evangelho.

 

Eis uma descrição realista da vida de muitos cristãos das primeiras gerações são, que devemos a um autor anônimo que se escondeu atrás do nome do apóstolo Pedro para que seu escrito seja mais amplamente divulgado. Efetivamente, esta ‘Carta’ entrou no rol dos livros canônicos e hoje nos fornece preciosas informações sociológicas acerca da vida real de seguidores de Jesus na primeira parte do século II.

 

Hoje, há muito a dizer sobre esse ponto. Há, por exemplo, a fala do Papa João XXIII, em 1962, sobre uma Igreja de pobres; a opção pelos pobres na Assembleia Episcopal Latino-Americana em Medellin, 1968; o posicionamento dos Teólogos da Libertação em 1972; no mesmo ano o surgimento das Comunidades de Base e das Minorias Abraâmicas de Helder Câmara. Enfim, essas variadas iniciativas, além de muitas outras, se direcionam para uma ressignificação da ‘paróquia’ das origens do cristianismo.

 

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Você quer estudar mais?

 

Este texto é muito sumário. A quem quiser estudar mais, posso – por enquanto – recomendar a leitura de dois livros fundamentais (infelizmente não disponíveis em português):

 

Vecchi G. G, & Vian G. M., La Scommessa do Constantino, come il Concilio de Nicea ha cambiato la storia, Libri Mondadori, 2025.

 

Meyendorff, J., Imperial Unity and Christian Divisions (The Church 450- 680 A.D.), St. Vladimir ‘s Seminary Press, Crestwood, NY, 1989.

 

Além disso, posso informar que faz tempo que abordo de modo mais detalhado os temas aqui apresentados, assim como outros relacionados, em variados textos que já foram publicados em meu blog www.eduardohoornaert.blogspot.com. Aqui enumero alguns (com as datas de sua publicação): Niceia 1700 anos: um desafio (25/11/2025); Dados de Eusébio (04/08/2025); O modelo diocesano está sendo ultrapassado? (03/08/2025); O papado, um corpo estranho na tradição de Jesus (28/06/2025); Jesus romano (18/04/2025); Jesus do mito e Jesus da história (21/02/2025); A complexidade do cristianismo (30/08/2024); Para uma nova memória eclesial (28/06/2023). Há textos mais antigos, pois publico nesse blog desde 2011.

Semillas para la reflexión y la acción

[Por: Francisco Javier Burgos]

Mientras buscamos caminar humildemente con Dios, quiero compartir algunas reflexiones para su consideración. Más que una lista de requisitos, espero que esto sirva como un llamado urgente a la reflexión personal y a la acción comunitaria. Les pido que se detengan un momento y escuchen a su corazón mientras leen estos consejos. Los animo a ponerlos en práctica y a explorar su significado.

 

Seamos conscientes del fetichismo bélico, es decir, la tendencia a atribuir un valor intrínseco a la guerra y al conflicto. Nuestra cultura puede albergar prácticas que promueven la violencia y glorifican la guerra como el único proceso viable para el progreso de la humanidad. Nuestro entorno social y los medios de comunicación actuales están repletos de narrativas que buscan justificar la guerra o las tácticas bélicas en contextos nacionales e internacionales, llegando a veces al extremo de presentarla como una respuesta a Dios. Ser conscientes del fetichismo bélico nos exige prestar atención a nuestras propias palabras y acciones, a medida que aprendemos y comprendemos que la guerra no es el estado natural. Debemos, en cambio, esforzarnos por desmantelar la cultura de la guerra en nuestras comunidades y sociedades.

 

Abraza la justicia en las pequeñas cosas. Cada día, tenemos muchas oportunidades para practicar la justicia como una disciplina espiritual que busca ayudarnos a ser mejores personas. Esto requiere una atención constante a la forma en que interactuamos con los demás, invertir nuestra energía en detectar patrones de injusticia estructural y confrontar nuestra propia comodidad. Abrazar la justicia en las pequeñas cosas nos invita a ejercitar la atención y la acción como un acto moral, permitiéndonos ver a los demás tal como son, a la vez que les acogemos, apoyamos y trabajamos juntos hacia nuestra transformación mutua.

 

Cada día, realiza un pequeño acto de compasión ; un acto que refleje tu sincero reconocimiento de la igualdad de los demás y que exprese la búsqueda de un mundo mejor para todos. Un pequeño acto de compasión encierra el poder transformador del amor, pues nos permite practicar la empatía, la solidaridad y la generosidad, especialmente hacia los marginados, los desamparados y los pobres.

 

Cultiva y celebra la alegría . Sin importar cuán grande o pequeña sea la razón, celebrar la alegría nos ayuda a seguir adelante a pesar de las muchas dificultades que enfrentamos. Cultivar la alegría es fundamental para construir comunidad, ya que nos conocemos y nos apoyamos mutuamente, y nos abrimos a la maravilla y la belleza de la naturaleza.

 

Finalmente, les invito a cultivar la esperanza. Una esperanza arraigada en nuestra experiencia humana, esa que nos une y compartimos; una esperanza que nos capacita para crear las condiciones necesarias para la liberación, la paz, la justicia y la prosperidad que florecen a través de la cooperación, el diálogo y el respeto mutuo.

 

No nos cansemos de practicar la paz, encontrando formas creativas de resistir a la violencia y la injusticia, con alegría, valentía, amor, y un arraigado sentido de pertenencia en este caminar juntos y juntas en el que podemos recrear las verdaderas utopías que transformarán nuestro mundo.

 

* Esta reflexión la escribí desde los Estados Unidos de América, en el contexto del acompañamiento a comunidades que se organizan para resistir a la violencia contra la comunidad migrante, a la guerra en Irán y a las acciones fascista e imperial del gobierno estadounidense lidereado por Trump.

¿Por qué mataron a Monseñor Romero? Crónica de una muerte anunciada

[Por: Juan José Tamayo]

En 2016, durante una de mis estancias en El Salvador como profesor invitado en las Universidades de Don Bosco y la UCA, leí la excelente novela Noviembre, del escritor salvadoreño Jorge Galán, que se inspira en el impune asesinato de los seis jesuitas y de Elba y Celina el 16 de noviembre de 1989. La leí recorriendo algunos de los escenarios donde se produjeron los hechos.

 

Mientras leía el libro me rondaba una pregunta: ¿por qué los mataron? Estos días, en los que celebramos el 46 aniversario del asesinato de monseñor Romero, – “San Romero de América”, como lo definió Pedro Casaldáliga en un memorable poema- he vuelto a hacerme la misma pegunta sobre el asesinato del profético arzobispo de San Salvador: ¿por qué lo mataron?

 

No fue, ciertamente, por haberse desviado de su actividad pastoral, como creían y afirmaban erróneamente algunos hermanos suyos en el episcopado salvadoreño y en el Vaticano. La lucha por la justicia y el trabajo por la paz no son una desviación del cristianismo, sino inherentes a la fe cristiana al tiempo que constituyen la verificación de la autenticidad de la fe.

 

La comisión teológica del Vaticano encargada de estudiar las razones para su beatificación reconoció que monseñor Romero murió mártir por odio a la fe. Disiento de dicha apreciación. Sus asesinos se decían cristianos y supuestamente compartían la misma fe que Romero. Yo creo que la verdadera razón del asesinato fue su lucha por la justicia, su opción por los pobres y su cada vez más radical denuncia de los poderes políticos, económicos y militares.

 

En definitiva, fue la puesta en práctica del Sermón de la Montaña -Carta Magna del Cristianismo-, que declara bienaventurados a los que trabajan por de paz y a los perseguidos por causa de la justicia, la que provocó su asesinato el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la eucaristía.

 

Tampoco lo mataron por haber permitido la entrada del comunismo en la Iglesia salvadoreña, como vino a decirle Juan Pablo II en una audiencia en el Vaticano de la que monseñor Romero salió abatido y desolado. “Santo Padre -le respondió el arzobispo de San Salvador- en mi país es muy peligroso hablar de anticomunismo, porque el anticomunismo lo proclama la derecha, no por amor a los sentimientos cristianos, sino por el egoísmo de cuidar sus intereses”. Ese anticomunismo, le dijo, defiende el capitalismo y persigue a la Iglesia, y muy especialmente a los sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas, líderes de comunidades y defensores de derechos humanos.

 

El asesinato de monseñor Romero tiene la misma o similar explicación que la ofrecida por Jon Sobrino sobre el asesinato con nocturnidad y alevosía de sus compañeros jesuitas por el batallón Atlacatl del Ejército salvadoreño: lo mataron porque analizó la situación real de El Salvador y fue a la raíz de los problemas.

 

Dijo la verdad del país en sus homilías, programas radiofónicos y declaraciones públicas. Desenmascaró la mentira y practicó la denuncia profética. Fue conciencia crítica de una sociedad de pecado y conciencia creativa de una sociedad distinta, la utopía del Reino de Dios entre los pobres. ¡Y eso no se perdona! 

 

Monseñor Romero fue asesinado por haber ejemplificado con hechos y palabras el valor moral y evangélico de la justicia en un país donde reinaba la injusticia estructural; el valor de la paz en un país marcado por la violencia institucional; el valor de la solidaridad, en un país donde las mayorías populares sufrían la pobreza y la marginación social; el valor de la vida, en un país donde la vida de los pobres carecía de valor y se podía prescindir de ella impunemente.

 

Vivió el cristianismo no como opio y alienación, sino como liberación y conciencia crítica; no al servicio de los poderosos, sino de las personas más vulnerables y de los colectivos empobrecidos. Denunció la concentración de la riqueza en manos de unas pocas familias que mantenían al pueblo en un régimen de esclavitud.

 

Criticó severamente la alianza entre el poder político, el poder económico y el poder militar contra el pueblo. Acusó a la Junta Militar, a las Fuerzas Armadas y a los Cuerpos de Seguridad de El Salvador de recurrir solo a la violencia represiva “produciendo un saldo de muertos y heridos mucho mayor que los regímenes militares recién pasados”.

 

Se opuso al apoyo de Estados Unidos a dichos poderes que masacraban al pueblo salvadoreño. Y lo hizo a través de una Carta a Carter, presidente de Estados Unidos, en la que le pedía que su Gobierno no interviniera “directa o indirectamente con presiones militares, económicas, diplomáticas, etc. en determinar el destino del pueblo salvadoreño” y prohibiera la ayuda militar al Gobierno salvadoreño.

 

Buscó caminos de reconciliación a través de la negociación y de la no violencia activa, siguiendo el ejemplo de tantos líderes religiosos y morales a lo largo de la historia. Con su testimonio evangélico y su estilo de vida austero anticipó la utopía de otro mundo posible sin violencia, ni injusticia, ni corrupción, sin desigualdad social, ni opresión política, ni explotación económica, sin imperialismo, ni militarismo. 

 

¿Por qué mataron a monseñor Romero? Coincido con la respuesta de Carlos Molina, profesor de filosofía de la UCA, de San Salvador: “No fue por defender los derechos de la Iglesia ante el poder secular, sino por ponerse al lado de los pobres, esos que tanto el poder secular como las mismas iglesias habían explotado, oprimido y excluido […], por haber asumido el profetismo utópico que era la única respuesta ante los falsos dioses que se cebaban en la vida del pueblo y así se convirtió en su enemigo”.

 

Semana Santa 2026

[Por: Carina Furlotti]

El misterio de la Pascua de Jesús sólo se comprende a la luz de su modo de estar en la vida: su modo de amar, de escuchar, de compadecerse, de servir, en definitiva, de hacer presente a un Dios enamorado de la vida, que se inclina para hacerla crecer y liberarla de todo aquello que lo impide. Un modo de situarse que pone en evidencia otros modos, explícitos o sutiles, de los poderosos, que oprimen, marginan y condenan, en nombre del imperio o de la religión, y para quienes Jesús será alguien a quien quitar del medio. 

 

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No tememos la noche sombría de nuestro tiempo porque amamos las estrellas

[Por: Leonardo Boff]

Son muchos actualmente los que han perdido la esperanza de que, en el sombrío panorama actual, aún tengamos algún futuro. Hay demasiada maldad, genocidio a cielo abierto y vergonzosamente ejecutado por quienes lo practican: Israel y los Estados Unidos de América, todavía escandalosamente apoyados por algunos países europeos, especialmente por Alemania, olvidada del Holocausto nazi.

 

Asistimos, atónitos, a ver como una gran nación, aquella que dispone de más medios de destrucción masiva e incluso de aniquilación de la vida en la Tierra —Rusia—, arrasar una nación vecina con grandes tradiciones culturales y los famosos y sabios cuentos rabínicos: Ucrania. Terrible está siendo la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, destruyendo una de las civilizaciones más antiguas, con una ferocidad que no elige sus objetivos: todo es atacado, incluyendo escuelas de niñas.

 

A esto se suma la absurda acumulación de riquezas en poquísimas manos: ocho personas poseen individualmente una riqueza equivalente a la que poseen 4.700 millones de personas. En ellos no se percibe ninguna sensibilidad humana hacia sus semejantes, a quienes tratan como ceros económicos, descartables y considerados subhumanos: los millones que viven en las periferias de las grandes ciudades del Norte Global (solo en Estados Unidos viven 30 millones de pobres) y que llenan, por millones, las metrópolis del Sur Global.

 

Me abstengo de referirme a la grave amenaza de la sobrecarga de la Tierra, con severos límites en la producción de bienes y servicios que sostienen la vida (hoy ya necesitamos 1,7 Tierras). Ni siquiera al creciente calentamiento global del planeta que, si hasta 2030-2035 no se detiene en un máximo de 1,5 °C respecto a la era industrial (1850-1900), causará una inexorable diezmación de vidas en la naturaleza y en la humanidad.

 

¿Cómo mantener aún la esperanza en un drama de tales proporciones? Entendemos las preocupaciones de analistas del rumbo del mundo que dicen: no es imposible que haya llegado nuestro turno de desaparecer del proceso de la evolución, como ya han desaparecido cientos y cientos de especies después de millones de años sobre la Tierra.

 

Por eso soy pesimista, porque la realidad es pésima. Sin embargo, me declaro un pesimista esperanzado. Esperanzado porque, si somos Tierra que siente, piensa, ama y venera, tenemos la resiliencia que la Tierra ha demostrado en las quince grandes extinciones que ha sufrido a lo largo de sus 4.500 millones de años de historia. La vida nunca sucumbió. Después de cada extinción —atestiguan varios historiadores de la vida en la Tierra como Christian de Duve (Polvo cósmico: la vida como imperativo cósmico, 1995)—, ella, como si se vengara, produjo una biodiversidad mayor que la que había sido truncada.

 

Como decía el poeta alemán Friedrich Hölderlin: “allí donde hay peligro, crece también lo que salva” (wo aber Gefahr ist, wächst auch das Rettende). Nuestro peligro es innegable. Pero considerando que el ser humano es un proyecto infinito, dotado de mil virtualidades, sabrá, frente al gran peligro, forjar oportunidades de salvación.

 

Como es sabido, la historia de la vida no es lineal: da saltos. Lo improbable puede volverse probable. Lo inesperado puede acontecer. Era seguramente improbable que un hombre negro, Barack Obama, dada la discriminación sufrida por parte de supremacistas blancos, llegara a la Presidencia de Estados Unidos. Y llegó. ¿Quién podría imaginar que, en una sociedad machista como la brasileña, una mujer se convirtiera en presidenta del Brasil, Dilma Rousseff? Y llegó.

 

Tengo la convicción que animaba al paleontólogo y místico Pierre Teilhard de Chardin: que la humanidad, en un momento grave de su historia, especialmente sabiendo que puede autodestruirse, entraría en razón y tomaría conciencia de su lugar en el conjunto de los seres y de su responsabilidad por el futuro de la vida. Daría un salto cuántico en su conciencia y definiría otro rumbo para su historia. Se convertiría en guardiana y cuidadora de la sagrada herencia que ha recibido: la Tierra y todos sus ecosistemas con los seres que los habitan. Percibiría que es parte de la naturaleza, en fraternidad con los demás hermanos y hermanas que en ella existen. Amaría y cuidaría la Casa Común en la que todos cabrían con sus diferencias, pero en una profunda unidad.

 

Esto está dentro de las posibilidades humanas. Somos seres naturalmente cooperativos y sensibles frente a los más vulnerables. En lo más profundo de nosotros —como dato objetivo, confirmado por la nueva ciencia— somos seres espirituales, capaces de identificar aquella Energía de Fondo (Aquel Ser que hace ser a todos los seres) que todo lo penetra y sostiene. James Watson comprobó que en nuestro ADN está el amor, la fuerza mayor del universo (ADN: el secreto de la vida, 2005). Con todas estas potencialidades, atravesaremos aún un camino doloroso hasta llegar a una forma amorosa y fraterna de convivencia.

 

No estamos ante una tragedia anunciada, sino en el corazón de una crisis de nuestros fundamentos que nos purificará, nos depurará y nos permitirá dar un salto, habitando un mundo que juntos podemos hacer existir de manera sostenible. Depende de nosotros impedir que las actuales crisis se conviertan en tragedias.

 

Por eso no tememos la noche sombría de nuestro tiempo, porque amamos las estrellas, nuestras hermanas. Esperamos la aurora que se anuncia.

 

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL; también escribió El doloroso parto de la Madre Tierra, Vozes, 2021.

Bendito el que viene en el nombre del Señor

[Por: Eduardo de la Serna]

Como es evidente, las lecturas en esta celebración hablan por sí mismas. La homilía o los comentarios no suelen ser extensas, cuando los hay. Las dos lecturas previas al Evangelio de la misa son las mismas cada año, mientras cambia el Evangelio (este año se lee san Mateo). Por tal motivo, con respecto al Evangelio diremos algo breve tomando lo propio de Mateo…

 

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Homeless Jesus

[Por: Júlio Lázaro Torma]

Olhando a escultura do artista católico canadense Timothy Schmalz,57 anos. Que desenvolveu em 2012, depois de ver um morador de rua dormindo num banco de um parque de Toronto ,Canadá. Jesus Sem Teto ou Cristo Sem Teto ( Homeless Jesus).

 

Imaginamos que estamos, sentados ” naquele banco da pracinha/ A mesma praça, o mesmo banco/ As mesmas flores, o mesmo jardim” ( Ronnie Von,81 anos)…

 

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