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Pronunciamiento en defensa del Papa León XIV: Teología Latinoamericana – Volviendo al Evangelio

[Por: Varios]

Como colectivo laical, junto con religiosos y personas de buena voluntad, manifestamos nuestro apoyo, solidaridad, respaldo cívico y comunión al Papa León XIV, quien en estos tiempos viene actuando proféticamente denunciando las acciones de violencia política, económica y militar que atentan contra la vida y dignidad de tantas personas. Reprobamos las palabras del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la narrativa del nacionalismo cristiano fundamentalista que promueve…

 

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Noticias Iglesia Internacional: 13 al 20 de abril

[Coordina: Cecilia Tovar | IBC]

El periodista y experto en el Vaticano Vicens Lozano sostiene en su nuevo libro que la elección del papa León XIV no fue el resultado de un “consenso muy rápido”, sino de una “operación secreta” con alianzas, presiones y una dura pugna entre reformistas y conservadores dentro de la Iglesia, que venció la “guerra subterránea” del cónclave celebrado hace casi un año…

 

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Adiós a Desmond Morris, el etólogo de “El mono desnudo”

[Por: Leandro Sequeiros]

En mis años de estudiante de paleontología y paleoantropología, hace casi 50 años, leí los ensayos de Desmond Morris. Sobre todo, sus libros más conocidos, The Naked Ape (El mono desnudo), publicado en inglés en 1967 (t del que pronto vimos la traducción española), es una realista y objetiva mirada a la especie humana; y El zoo humano, publicado en inglés en 1969 (y y pronto en castellano), que fue continuación de El mono desnudo.

 

Desmond Morris se sitúa en una postura biologicista que hoy nos parece excesiva. Su filosofía de la biología corre paralela a la de Richard Dawkins, el autor de El gen egoísta, El relojero ciego, y otros varios ensayos de corte marcadamente materialista y ateo.

 

En sus ensayos, Desmond Morris examina el comportamiento humano, tanto en la naturaleza libre como en las ciudades desde un punto de vista etológico, el estudio integrado de los orígenes del comportamiento. Presentamos algunos materiales para una reflexión interdisciplinar… 

 

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Artículo de coyuntura: balance preliminar de la primera vuelta (Perú)

[Por: Pilar Arroyo | IBC]

Como es de conocimiento público, el Jurado Nacional de Elecciones ha anunciado que los resultados finales de la primera vuelta del 12 de abril no los tendremos hasta mediados de mayo; por ello lo que presentamos a continuación es solo un balance preliminar…

 

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Justiça e piedade desrespeitadas quando Deus se transforma em “Eu”

[Por: Vito Mancuso | La Stampa – IHU]

“Mas se a religião tem um sentido, é precisamente aquele evocado por estas palavras do profeta Miqueias, também representante do santo Israel que amo: ‘Ele te declarou, ó homem, o que é bom; e que é o que o Senhor pede de ti, senão que pratiques a justiça, e ames a benignidade, e andes humildemente com o teu Deus.’ Três coisas, então: justiça, piedade, humildade. Ou seja, o exato contrário das políticas de Trump e Netanyahu. E o que, por sua vez, o Papa Leão está tentando promover com sua mansidão”, escreve Vito Mancuso, ex-professor da Universidade San Raffaele, de Milão, e da Universidade de Pádua, em artigo publicado por La Stampa, 15-04-2026. A tradução é de Luisa Rabolini…

 

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Juan José Tamayo, teólogo: “Trump y Netanhayu se han convertido en los teólogos del neofascismo”

[Por: M.F. Antuña | El Comercio]

Teólogo, filósofo y escritor, Juan José Tamayo estará este lunes en Gijón para reunirse durante la mañana con los alumnos del Instituto Padre Feijoo de La Calzada y para ofrecer durante la tarde una conferencia en el salón de actos del Antiguo Instituto (19 horas) organizada por el Ateneo Republicano de Asturias, el Ateneo Obrero de Gijón y Asturias Laica.

 

–’Guerra y paz. ¿De qué lado están las religiones? es el título de su conferencia. ¡Vaya pregunta!

 

–Tiene su dificultad, no es fácil encontrar respuestas.

 

–Estas guerras que vivimos: EE UU, Irán, Israel, Líbano. ¿Qué tienen de religiosas o son solo económicas?

 

–Fundamentalmente son guerras económicas para ocupar nuevas tierras con grandes beneficios, y también para intentar demostrar quién tiene la hegemonía, no solo económica sino también política, pero en el trasfondo hay una motivación religiosa. En el caso de Israel contra el pueblo palestino y el sur del Líbano la motivación es religiosa. Netanyahu, que se mueve en un ámbito de judaísmo ultraortodoxo, sigue defendiendo los principios de Israel como tierra prometida y pueblo elegido, por lo tanto cualquier concesión a los palestinos supone un retroceso en la realización del reino de Dios.

 

Por otra parte, el conflicto que se está produciendo ahora mismo entre Israel, EE UU e Irán, tiene mucho que ver con una interpretación fundamentalista y belicista tanto de la religión judía como de la cristiana y musulmana. En el caso de Israel y de EE UU, Netanhayu y Trump se han convertido en los grandes teólogos fundamentalistas del neofascismo. Ahora mismo cualquier otra teología que no sea la que ellos defienden, de un Dios violento, de una idea divina que supone imponer el terror a otros pueblos, no tiene ninguna relevancia. Ahora los teólogos que trabajamos por la paz estamos totalmente marginados.

 

–En EE UU siempre está presente el ‘God bless America’, Israel es en teoría un estado laico. ¿Contradicciones?

 

–Es una falacia que sean estados laicos. Se presentan como tal pero en la práctica están constantemente utilizando el nombre de Dios y no precisamente para fomentar relaciones pacíficas entre los pueblos, sino para generar esas guerras que son en realidad de dominación, de conquista y de opresión. Llevaba razón Martin Buber, teólogo judío del siglo XX, cuando dijo que Dios es la palabra más vilipendiada de todas las palabras, porque se utiliza no precisamente para la defensa de la paz, de la libertad, la justicia o la solidaridad sino que más bien para destruir a otros pueblos y a los colectivos que se consideran enemigos.

 

–¿Cuánta gente se habrá muerto en nombre de Dios a lo largo de la historia de la humanidad?

 

–Habría que hacer una investigación sobre ese tema desde los orígenes. La imagen de Dios que han utilizado los poderosos de la tierra ha generado más sufrimiento que felicidad, ha provocado más muerte que vida. Ahí está otra de las grandes contradicciones internas, que el Dios de la paz, de la justicia, de la solidaridad se ha convertido en el de la guerra, la violencia y la destrucción de las vidas humanas. Ese no es el Dios verdadero, sino un ídolo.

 

Irán: involución teocrática

 

–¿Le duele ver la involución tan brutal que ha vivido Irán de la mano de una teocracia?

 

–No es justificación por violento, patriacal y teocrático para la intervención militar de EE UU, pero es algo sangrante. El Islam es en origen una religión de paz, lo terrible es que la imagen más extendida que hay de esta religión es la de Afganistán, Arabia Saudí e Irán, con una guardia revolucionaria con unas políticas totalmente represivas de las mujeres y una actitud de apelación a Dios para imponer un regimen de terror. Por eso es importante que se produzcan movimientos de resistencia y oposición dentro de Irán. La crítica hay que hacerla desde el interior del Islam.

 

–Esa guerra religiosa está también en España: «Musulmán el que no bote».

 

–Claro. Para mí el grave problema del Islam en este momento es que en el imaginario social se ha construido la estampa de una religión vinculada a la teocracia dictatorial de Irán; el machista, patriarcal y violento Afganistán contra las mujeres y el Arabia Saudí vinculado con los petrodólares. Esas imágenes tan deformadas y tan deterioradas han llegado a tener un papel importante dentro de los estadios, hay que llevar a cabo una educación de diálogo y de respeto interreligioso y volver a los orígenes de las religiones, donde se encuentra el agua pura de los manantiales que dieron lugar a estos colectivos religiosos que intentaron resolver los grandes problemas de su tiempo por la vía de una paz justa, una defensa del medio ambiente y una igualdad de géneros.

 

–¿Lo ve posible ese ideal?

 

–Es un ideal que es muy difícil de llevarse a cabo por la utilización política, económica y social que se está haciendo ahora mismo de las religiones. Sus ideales son irrealizables por razones externas. Y luego en la mayoría de las religiones no hay democracia y sin democracia no es posible hacer otro mundo más justo.

 

–¿Cómo ve a León XIV?

 

–Como viajo a América y conozco su tarea allí, vi con optimismo su pontificado, porque él ha hecho una inmigración inversa, lo normal es pasar del sur al norte para conseguir mejores condiciones de vida, en su caso ha sido al revés, de Chicago a Chiclayo. En ese sentido me parece que está ubicado en el sur global, habiendo vivido situaciones tan dramáticas como las que vivió en Perú. ¿Cuál es el problema? Yo creo que León XIV actúa e interviene como Papa, a diferencia de Francisco que creo que hablaba olvidándose de que era Papa y haciendo denuncias proféticas muy fuertes contra los grandes poderes del mundo. Esa es la diferencia. Aún defendiendo planteamientos afines, le falta esa vis profética, ese sentido de denuncia. Como líder internacional que es, su voz tendría que oírse más.

 

–¿Qué me dice de nuestro arzobispo?

 

–¿Cómo se llama? A veces se me olvida su nombre y es un olvido freudiano.

 

Teólogos del neofascismo

 

–Jesús Sanz Montes.

 

–No solo es un miembro de los movimientos cristianos fundamentalistas en alianza con la extrema derecha política, cultural y social, sino que es incluso un activista. Es un personaje que demuestra claramente su ideología ultraconservadora, patriarcal y es uno de los dirigentes de la corriente del cristoneofascismo. Sanz Montes es uno de los más importantes ideólogos que marcan su orientación. A ver si me va a replicar…

 

–Ya sabe que está todo el día a la gresca con Adrián Barbón.

 

–Ese dato me parece importante para mostrar los dos modelos de cristianismo que se dan hoy. Barbón es cristiano, asiste a las celebraciones y se considera un creyente humanista y progresista. La confrontación permanente entre Sanz Montes, que es el que la provoca, y Barbón es el ejemplo del conflicto que existe ahora mismo entre dos modelos de cristianismo.

 

–¿O sea, que las guerras están también en el interior de las religiones?

 

–Sí, dentro de las religiones se está dando también una gran polarización. Hoy no son ejemplo y modelo para construir la paz en el mundo. La polarización está generada por esos sectores fundamentalistas y apoyada por determinados jerarcas. Todavía no he escuchado una declaración oficial de la Conferencia Episcopal Española que critique las políticas anticristianas de Vox, de Hazte Oír, de la Asociación de Abogados Cristianos… Los que dicen defender los valores del cristianismo los revierten, el amor es sustituido por la venganza, la amistad social por la dialéctica amigo-enemigo, la hospitalidad por la xenofobia y el racismo y la opción en favor de los pobres es sustituida por el odio y el rechazo hacia ellos.

Un cristianismo que no se contenta con consolar conciencias, sino que quiere transformar la historia

[Por: Lola Josa | Universitat de Barcelona]

A propósito de la obra de Juan José Tamayo, Cristianismo radical (Editorial Trotta, 2026) en su 4ª edición

 

Vivimos en una sociedad cada vez más violenta y menos sabia. Nuestro día a día se encuentra asediado por la beligerancia política; por guerras que se propagan con una facilidad aterradora; por feminicidios, por la persecución de mujeres que no están dispuestas a someterse al control del poder masculino, y por cifras económicas tan descomunales que, en un mundo acelerado hacia la desmesura, ya ni siquiera alcanzamos a comprender qué significan, aunque sí padecemos sus consecuencias: la desigualdad social, el desamparo, la intemperie.

 

Lo sintamos o no, nos rodea el exceso. El exceso de información, el exceso de ruido, el exceso de consignas. Y ese exceso nos daña en todos los aspectos humanos. Y en esta desmesura, los medios de comunicación participan sospechosamente: a veces amplifican lo estridente, otras veces trivializan lo decisivo, y con demasiada frecuencia convierten el dolor en espectáculo. No es extraño, entonces, que sintamos la existencia cercada: como si la vida estuviera sitiada por el miedo, por la prisa, por la polarización. Y, sin embargo, hay un gesto sencillo que todavía conserva algo de liberación. Me refiero a entrar en una librería en busca de interlocutores que nos cuenten con precisión, sin banalidades ni resentimiento, sin pesimismos ni auto referencialidades, qué es lo que ocurre en realidad. Y, sobre todo, qué comporta el ser humano no como sustantivo, sino como verbo.

 

En esa búsqueda, pocas cosas resultan tan decisivas como escoger un libro de Juan José Tamayo. Porque leerlo es un acontecimiento, te despierta o, como mínimo, te remueve la conciencia. Desde hace cincuenta años, Tamayo escribe obras que ponen palabras y argumentos a aquello que ha sido relegado por un paradigma sociopolítico y cultural donde el liberalismo económico se ha convertido en evangelio y en ley. Sus libros nos devuelven preguntas que el sistema intenta silenciar: ¿qué le debemos al prójimo?, ¿qué significa comunidad?, ¿qué valores nos singularizan como humanos precisamente cuando parece que podríamos prescindir de ellos?

 

Hoy nos convoca con la cuarta edición de su Cristianismo radical. Libro que, dentro de la fructífera trayectoria de Tamayo, podríamos leerlo como una síntesis de madurez porque en él convergen los temas principales que trabaja desde hace décadas (teología de la liberación, crítica al dogmatismo, giro intercultural e interreligioso, feminismo, ecología, utopía y memoria de las víctimas), pero con el pulso y el estilo próximo al manifiesto o programa. Se trata más bien de un itinerario experimentado por él, pensado y vivido; de una constelación de “cristianismos” que se proponen, ante todo, como praxis. En 2003, con su libro Nuevo paradigma teológico, Tamayo proponía despedirse del “paradigma dogmático” y abrir horizontes. Cristianismo radical recupera ese mismo trazo, pero lo traduce en clave práctica que exige no solo “cómo pensar la teología”, sino qué cristianismo nace de ese pensamiento. Algo decisivo, porque mueve a discernir un modo de vida. En este libro encontramos, a su vez, una coherencia ética que se fundamenta en un cristianismo “para los otros” y en la lectura crítica de las alianzas históricas entre Iglesia y poder. Tamayo no escribe desde la comodidad; escribe desde la intemperie de quien sabe que el Evangelio pierde su nervio cuando se vuelve administración de privilegios. Y por eso su propuesta apunta a des clericalizar y despatriarcalizar, a limpiar el cristianismo de lo que le ha sido impuesto desvirtuando su espíritu. Se le ha convertido en un pretexto para un paradigma teopolítico obsesionado por el control, por la tentación del dogma como frontera y el miedo a la libertad. Resulta inevitable, asimismo, recordar la cicatriz doctrinal sufrida por el propio Tamayo cuando se le cuestionaron sus planteamientos y se le negó la legitimidad para enseñar teología. Ese conflicto, lejos de ser un detalle biográfico, explica la posición desde la cual escribe y convierte Cristianismo radical en una obra que ofrece una propuesta espiritual o ética, y en otra de sus obras donde reafirmar otro modo de hacer teología menos dependiente del control institucional y más vinculado a la necesidad real del momento histórico. Dicho de otro modo, la teología de Juan José Tamayo no pide permiso para mirar a las víctimas a los ojos.

 

Nuestro presente también pesa. En su etapa más reciente, Tamayo había insistido en el Sur Global, en la necesidad de escuchar las teologías que nacen en los márgenes. También entra de manera más directa en la coyuntura político-cultural, en el auge que vemos de la ultraderecha, los discursos de odio, la tentación de utilizar “lo cristiano” como identidad de choque. En este clima, el libro actúa como una bisagra capaz de recapitular a propósito de una trayectoria y, desde ella, poder legitimar una respuesta a una disputa urgente por el significado público del cristianismo. Tamayo lo dice sin rodeos: hay que evitar el secuestro de lo cristiano por lo que denomina “cristo neofascismo”. Y ofrecer, a cambio, desde la teología de la liberación, alternativas creativas a los grandes conflictos contemporáneos.

 

La propia construcción del libro lo confirma. Tras una introducción autobiográfica (“Mi itinerario hacia un cristianismo radical”), se suceden capítulos centrados en el cristianismo liberador frente a la pobreza estructural; alter globalizador; feminista; ecológico; intercultural e interreligioso; contrahegemónico; pacifista; hospitalario ante la xenofobia; utópico; laico; no dogmático; compasivo con las víctimas; simbólico e indignado y, finalmente, una reflexión sobre el mundo irreligioso y la resistencia política con referencia a Bonhoeffer. Un genuino mapa, una brújula que nos guíe en forma de esperanza. A lo largo de la lectura, encontramos que el autor rehabilita la palabra “radical” sin caer en el cliché del extremismo. Radical no como fanatismo, sino como regreso a la raíz. En un momento en que lo “radical” se asocia a violencia o sectarismo, Tamayo nos recuerda que la raíz del Evangelio no es el miedo, sino la liberación. Por otro lado, ofrece un enfoque integral, casi interseccional, de los frentes que hoy se entrecruzan: economía y pobreza, feminismos, ecología, colonialidad, xenofobia, paz. La teología propuesta por Tamayo no se refugia en su torre teórica, sino que se compromete para leer el mundo, porque un cristianismo que solo habla de sí mismo termina por convertirse en un museo de lo sagrado. Junto a todo ello, merece ser destaca su capacidad de síntesis y pedagogía. El lector encontrará páginas escritas para abrir un debate enriquecedor, para acompañar a los no especializados, sin traicionar, por ello, la complejidad de la dialéctica propuesta, siendo capaz de ordena un ecosistema amplio de tradiciones y convertido en recorrido. Además, su diagnóstico histórico-político de la alianza con el poder tiene la función de incomodarnos y llevarnos a la pregunta de qué cristianismo hemos heredado y cuál estamos dispuestos a vivir. Que el prólogo sea de Leonardo Boff es una señal de pertenencia. Sitúa el libro en la genealogía profética y utópica de la liberación, en ese cristianismo que no se contenta con consolar conciencias, sino que quiere transformar la historia.

 

Llegados aquí, tal vez lo más importante sea entender lo que este libro nos pide. Nos pide volver a la raíz evangélica no como nostalgia, sino como desafío. Nos pide un cristianismo menos doctrinal y cerrado, y más práctico en su capacidad liberadora. Nos insta a salir del exceso (del exceso de seguridad identitaria, del exceso de indiferencia) para adentrarnos en lo esencial: en el prójimo, en la comunidad, en la justicia, la memoria de las víctimas, el cuidado de la tierra, la dignidad de las mujeres, la hospitalidad ante el extranjero, la paz frente a la guerra, la esperanza frente al odio. En un mundo que nos empuja a endurecernos, Tamayo nos invita a radicalizarnos de otra manera en nuestra búsqueda de la raíz de lo humano. De su ser. Y quizá por eso, en medio de esta época cercada, abrir Cristianismo radical es más que leer un libro: es ensayar una libertad. Es recordar, con lucidez, sin banalidad, sin pesimismo, que todavía podemos elegir qué hacemos con lo que somos. Y que aún podemos, con los otros, volver a empezar.

Brasil, un país suspendido entre el recuerdo del caos y la parálisis de decisiones agotadoras

[Por: IHU]

La carrera presidencial de 2026 está entrando en un punto crítico con la consolidación de Flávio Bolsonaro como heredero directo del capital político de su padre, Jair Bolsonaro . Las encuestas publicadas en abril de 2026 por Quaest y Datafolha indican un escenario de empate técnico en la segunda vuelta, con el senador numéricamente por delante del presidente Lula .

 

El gobierno federal se enfrenta a un desgaste considerable debido a la percepción económica negativa, con un 50% de los brasileños sintiendo un empeoramiento del costo de vida, lo que refleja un electorado escéptico respecto a los indicadores oficiales positivos que no llegan al ciudadano promedio. “Esto no se traduce en un sentimiento de pertenencia entre la población, ya que gran parte de ella está desconectada, incluso aquellos que declaran su apoyo a Lula; lo hacen impulsados por este escenario de miedo al otro bando, hoy cristalizado por Flávio Bolsonaro “, explica…

 

Descargue la entrevista a Paulo Baía.

La paz y la guerra

[Por: Matías Soares]

El mundo sigue el enfrentamiento entre el Papa León XIV y el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. El primero clama por la paz. El segundo vive buscando la guerra. El primero confía en el mensaje del Evangelio. El segundo, en la fuerza de las armas. El primero proyecta valores humanísticos. El segundo, valores económicos. Podemos seguir presentando estos contrapuntos, con la consecuente claridad de nuestra elección y su validez; pues, como discípulos de Jesucristo, la paz es un don que confirma la Era verdaderamente mesiánica, en la cual el Reino de Dios está aconteciendo, y cuya principal característica es la existencia de la paz (cf. Jn 20, 19.21.26; Mt 5, 9). Los hijos de Dios y discípulos de Jesús están del lado de la paz. No justifican la guerra ni las armas; pues quien a hierro mata, a hierro muere (cf. Mt 26, 52). La guerra fomenta todo aquello que puede conducir a la destrucción de la propia humanidad.

 

En esta línea de reflexión, considerando esta tradición semítica, siempre me llamó la atención, en las dos ocasiones en que fui a Israel para cursos de actualización sacerdotal, el hecho de que cuando entramos en un avión de las compañías aéreas de ese país, el saludo inmediato es este: Shalom —¡Paz! Segundo Mackenzie, “el verbo cognado del sustantivo significa cosas como terminar, completar, pagar; así puede decirse que la palabra significa, en general, plenitud, perfección, o más precisamente, una condición a la que no le falta nada. Era el saludo común y expresión de buenos deseos. El israelita concebía la paz como un don de Yahvé y, como tal, se convirtió en un concepto teológico. Se debe esperar la paz perfecta de la salvación mesiánica. El Mesías es el príncipe de la paz (cf. Is 9, 5-6), y en su reino habrá paz sin fin” (cf. John L. McKenzie, Diccionario Bíblico, p. 704). En una tradición en la que el saludo de paz es tan importante, su práctica permanente convive, sin embargo, con la realidad de las guerras.

 

La Iglesia, con su construcción teórica, tiene como presupuesto la conciencia de la urgencia de la paz. En su historia, por razones circunstanciales, ha estado involucrada en situaciones beligerantes, especialmente cuando su autoridad espiritual se confundió con el poder temporal. Durante el período medieval hasta el inicio de la modernidad, la necesidad de autodefensa hizo que conflictos atravesaran las fronteras eclesiásticas, como en el caso de las cruzadas. Desde el final de la modernidad hasta nuestros días, especialmente después de las dos grandes guerras mundiales (1914-1918; 1939-1945), se ha desarrollado un magisterio sistemático y permanente de la Iglesia contra la guerra. Como fundamento de esta breve exposición, remito a dos referencias que justifican claramente las recientes posiciones del Papa León XIV: la encíclica Pacem in Terris (11/04/1963) del Papa Juan XXIII y el discurso de Pablo VI ante la ONU (04/10/1965). Sin duda, existe mucho más magisterio petrino sobre el tema, como los mensajes para la Jornada Mundial de la Paz cada 1 de enero, pero aquí, por razones metodológicas, nos limitaremos a estas dos referencias.

 

Ambos documentos se sitúan históricamente en el contexto de la Guerra Fría, con sus bloques estadounidense y soviético, y sus ideologías capitalista y socialista. En la actualidad, estas configuraciones sistémicas se repiten con nuevos actores globales, como China, y en el caso de Medio Oriente, Irán e Israel. Además, cabe recordar la denuncia del Papa Francisco de que vivimos una “tercera guerra mundial en fragmentos”. En este sentido, las palabras de Juan XXIII siguen siendo plenamente actuales: “La paz en la tierra, anhelo profundo de todos los hombres de todos los tiempos, no puede establecerse ni consolidarse sino en el pleno respeto del orden establecido por Dios” (Pacem in Terris, Introducción). El paradigma es teológico; la perspectiva, la de la Palabra de Dios y la Tradición viva de la Iglesia, que, atendiendo a los “signos de los tiempos”, ofrece su enseñanza a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, conscientes de la urgencia de la paz. El Papa denunciaba que “contrasta clamorosamente con el orden perfecto del universo el desorden que reina entre los individuos y los pueblos, como si sus relaciones mutuas no pudieran regularse sino por la fuerza” (Pacem in Terris, 4).

 

En la continuación del documento, el pontífice aborda cuestiones antropológicas y relacionales que exigen el respeto de los derechos personales y sociales, tomando como punto de partida la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Afirma que una convivencia humana auténtica requiere reconocer que cada persona es un ser dotado de inteligencia y libertad, con derechos y deberes universales, inviolables e inalienables (Pacem in Terris, 9). Más allá del derecho internacional, se subraya la necesidad de que las naciones respeten los derechos de cada ciudadano en su propio orden jurídico, siempre en función de la dignidad humana.

 

En la tercera parte, que constituye el enfoque específico al que deseo llamar la atención de cada lector, dado que el Papa León fue acusado de manera insensata de “no saber de derecho internacional” y de limitarse a “tratar de teología”, cabe señalar que sus actos y palabras se sitúan en plena continuidad con los de sus predecesores. En este sentido, resulta pertinente acoger lo que afirmó el Papa Juan XXIII sobre los principios que deben regir las relaciones entre las comunidades políticas: “Queremos confirmar con nuestra autoridad las reiteradas enseñanzas de nuestros predecesores sobre la existencia de derechos y deberes internacionales, sobre la obligación de regular las relaciones mutuas entre las comunidades políticas según las normas de la verdad, la justicia, la solidaridad efectiva y la libertad. La misma ley natural que rige la vida individual debe regir también las relaciones entre los Estados” (cf. Pacem in Terris, 80). Cuando los países más ricos adoptan actitudes de irrespeto y ejercen violencias contra el orden internacional que debería ser respetado, otros pueblos, etnias, minorías e incluso civilizaciones pasan a ser amenazados de destrucción masiva, como ha ocurrido recientemente. En este contexto se comprende la afirmación del Papa León al calificar como “inadmisible” cierto tipo de narrativa. Surgen entonces cuestiones de extrema gravedad moral, que muestran cómo las atrocidades cometidas en las últimas guerras mundiales siguen latentes en la mentalidad de “tiranos” que pretenden dominar el mundo por la fuerza.

 

Refiriéndose a las relaciones internacionales, el pontífice afirmaba que “es necesario tener en cuenta que, también en materia de relaciones internacionales, la autoridad debe ejercerse para promover el bien común, pues esta es su propia razón de ser” (cf. Pacem in Terris, 84). En caso de que dicha autoridad se base exclusiva o principalmente en la amenaza o en el temor al castigo, o en la promesa y el ofrecimiento de recompensas, “no conduciría eficazmente a los seres humanos a la realización del bien común. Y, aun si lo lograra, ello repugnaría a la dignidad de seres dotados de razón y de libertad. La autoridad es, ante todo, una fuerza moral” (cf. Pacem in Terris, 48). El bien común, que “consiste en el conjunto de todas las condiciones de la vida social que permiten y favorecen el desarrollo integral de la personalidad humana” (cf. Pacem in Terris, 58), pasa a ser entendido también en el ámbito de las relaciones internacionales como el conjunto de medios que deben emplearse para el desarrollo integral de los pueblos. Posteriormente, el Papa Pablo VI desarrollará esta idea del magisterio social en la encíclica Populorum Progressio (El progreso de los pueblos). A partir de estas definiciones, contamos ya con fundamentos suficientes para analizar filosófica y teológicamente los ordenamientos de la geopolítica contemporánea, a la luz de los principios —aún plenamente actuales— establecidos por el Papa Juan XXIII y retomados en las enseñanzas más recientes del Papa León XIV.

 

Desde el inicio de su ministerio petrino, el Papa “americano-latino”, ya que durante más de veinte años vivió en Perú, país vecino, donde también obtuvo la ciudadanía, ha mostrado que el tema de la paz le es profundamente significativo: “¡los saludo con una paz desarmada y desarmante!”. Contamos ya con elementos suficientes para prever que su pontificado estará marcado por este tema. Aquello que fue advertido por el Papa Francisco, respecto al escenario de “guerras en fragmentos”, está siendo afrontado por él con gran valentía y libertad, en contraste con la acusación irrespetuosa del presidente estadounidense, que lo calificó de “débil”. Ha dejado en claro que no teme ni está al servicio de los tiranos de nuestros “tiempos sombríos”, tal como los describía Hannah Arendt al analizar los regímenes absolutistas del fascismo y del nazismo. En aquel mismo contexto, ella ya había señalado al Papa Juan XXIII como una figura destacada por la necesaria compasión hacia la humanidad de su tiempo. Comenzamos a percibir que León será una de las grandes personalidades de la actualidad que, a la luz del Evangelio, llevará una voz de esperanza al corazón de una humanidad desorientada y herida por las violencias de nuestra Era.

 

Algo que sintetiza esta tercera parte de la encíclica, y que responde a algunos cuestionamientos sobre la inquietud del Papa al tratar temas relacionados con la guerra, es la afirmación de Juan XXIII, quien, citando a su predecesor Pío XII, sostuvo que: “Nada se pierde con la paz; pero la guerra todo lo puede destruir” (cf. Pacem in Terris, 116). Y reafirma que, “como Vicario de Jesucristo, Salvador del mundo y autor de la paz, interpretando los vivos anhelos de toda la familia humana, movidos por el amor paterno hacia todos los hombres, consideramos deber de nuestro ministerio suplicar encarecidamente a todos, y sobre todo a los jefes de las naciones, que no escatimen esfuerzos mientras el curso de los acontecimientos humanos no se conforme a la razón y a la dignidad del hombre” (cf. Pacem in Terris, 117). Más allá de las preocupaciones que atraviesan las narrativas de la administración Trump, es necesario tener presente que estos discursos del Papa León están también vinculados a su visita apostólica a países africanos que viven de manera constante en situaciones de conflicto. El drama no se dirige únicamente a los Estados Unidos, sino que constituye una palabra profética dirigida al mundo entero.

 

En línea de continuidad con el pensamiento de Juan XXIII, se encuentra el discurso del Papa Pablo VI ante la Organización de las Naciones Unidas, que merece una lectura atenta; pues en él se halla no solo lo que este organismo de las naciones debe ser para el mundo, sino también el papel espiritual y moral de la Iglesia en aquel contexto y en nuestros días. Ante la ONU, Montini afirmó que “Nuestro mensaje quiere ser, ante todo, una ratificación moral y solemne de esta noble Institución. Este mensaje proviene de nuestra experiencia histórica. Es como ‘técnicos en humanidad’ que llevamos a esta Organización el respaldo de nuestros últimos predecesores, el de todo el episcopado católico y el nuestro propio, convencidos, como lo estamos, de que esta Organización representa el camino necesario de la civilización moderna y de la paz mundial” (cf. Discurso, 1). Esta confirmación pontificia aporta a nuestro planteo la ratificación de que la ONU debería ocupar el lugar de mayor relevancia en el respeto y la defensa del derecho internacional; sin embargo, su cuestionamiento —como hemos visto de manera reiterada por parte del presidente— responde a un propósito estratégico vinculado a sus intereses. Esta desarticulación, incluso mediante la iniciativa de crear otro organismo que favorezca tales intereses de carácter imperial, resulta nociva y destructiva

 

Ambos textos son complementarios y describen la postura asumida y defendida legítimamente por el Papa actualmente reinante —León XIV—. Resulta digno de mención su declaración, realizada poco después de haber sido atacado por el presidente estadounidense, cuando, interrogado por un periodista durante un viaje a los países que iba a visitar, afirmó: “no pretendo entrar en confrontaciones políticas con él”, refiriéndose a su adversario. El Sucesor de Pedro es consciente de su misión. Ha dejado claro que continuará abordando el tema de la paz a la luz del Evangelio, cuyo mensaje, ya señalado en nuestra introducción, es claro: “bienaventurados los que promueven la paz” (cf. Mt 5,9). Antes que él, también Pablo VI afirmaba en su discurso ante la Organización de las Naciones Unidas que “no tiene ningún poder temporal ni ambición alguna de entrar en competencia con vosotros. De hecho, nada tenemos que pedir, ninguna exigencia que formular, sino únicamente un deseo que expresar, una autorización que solicitar: la de poder serviros en aquello que corresponde al ámbito de nuestra competencia, con desinterés, humildad y amor” (cf. Discurso). Asimismo, añadía: “para nosotros, ante todo. Bien sabéis quiénes somos y, cualquiera que sea vuestra opinión sobre el Pontífice romano, conocéis nuestra misión: somos portadores de un mensaje para toda la humanidad. Y lo somos no solo en nuestro nombre personal y en el de la gran familia católica, sino también en nombre de los hermanos cristianos que comparten los sentimientos que aquí manifestamos y, especialmente, de aquellos que han querido confiarnos explícitamente la tarea de ser sus intérpretes” (cf. Ibíd.). Esta relación de continuidad, fundada en una “justa hermenéutica”, como enseñó Benedicto XVI, resulta fundamental para mantener la comunión y permanecer atentos a la Verdad en una época marcada por las posverdades y las polarizaciones ideológicas.

 

Ante todo esto, y ya a modo de conclusión, hemos estado leyendo en estos días los Hechos de los Apóstoles, y vale la pena destacar una de las características del estilo de vida de las primeras comunidades cristianas: “perseveraban en escuchar la enseñanza de los Apóstoles” (cf. Hch 2,42). Para nosotros, los católicos, los Papas son la continuidad de la sucesión apostólica. El ataque al Papa constituye una ofensa a la Iglesia en su catolicidad. En el reconocimiento de la paz como un signo del Reino de Dios —que debe ser buscado y defendido por cada discípulo de Jesucristo y, en caso de no ser cristiano, por todo ser humano de buena voluntad—, tal falta de respeto se convierte en una violencia contra la humanidad, pues encontramos aquí dos personificaciones: el Papa León —la paz— y el presidente Trump —la guerra—. Como ya nos enseñaba el Papa Francisco, necesitamos un “nuevo humanismo”. La lucha por la paz trasciende ideologías y concepciones particulares. Es un don de Dios para quienes tienen fe y una conquista cotidiana para quienes aman la justicia. Como cristianos, en sintonía con el auténtico magisterio de la Iglesia, abracemos esta tarea y, a la luz del Evangelio, seamos promotores de la paz.

 

Así sea.

Pbro. Matías Soares

Párroco de la parroquia de Santo Alfonso María de Ligorio
Natal – RN
Capellán de la UFRN

Tamayo: “Vivimos un momento de esperanticidio y la esperanza cristiana ha de vincularse a las utopías históricas”

[Publicado en: Redes Cristianas / Religión Digital]

Abría la jornada del Fòrum Cristianisme Ara i Ací que se celebraba este sábado en el Colegio Jesús-María de València. Y Juan José Tamayo, fiel a su biografía y a sus aportaciones lúcidas en cada contexto, no decepcionó en una conversación compartida con la teóloga valenciana Lucía Ramón. El secretario general de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII y uno de los grandes referentes europeos de la teología de la liberación, abogó en el Fòrum por “mantener teologías críticas, desde la perspectiva de la teología de la esperanza porque la esperanza es un principio que nos motiva para seguir trabajando por otro mundo futuro”.

 

Tamayo, que profundizaba sobre las razones para la esperanza en la iglesia, afirmó que vivimos en un momento que calificó como “esperanticidio” frente al cual confrontó “la esperanza cristiana que ha de estar vinculada a las utopías históricas”.

 

En la misma conversación que abría la jornada del Fòrum Cristianisme Ara i Ací, la teóloga feminista y especializada en ecumenismo, Lucía Ramón, se sumó a la necesidad de una teología crítica ya que “hace mucha falta en la iglesia puesto que los mismos poderes que llevaron a Jesús a la cruz siguen presentes en nuestros días. Y tenemos que denunciarlo”.

 

Lucía Ramón aseguró que “el cristianismo aporta como algo específico la lectura de la vida como una promesa que nos abre al futuro”, afirmación a la que Juan José Tamayo añadió que “la esperanza cristiana se vincula con la esperanza de los pobres”.

 

Juan José Tamayo volvió a recordar el término “cristoneofascismo”, acuñado en 2019, para vincularlo a “la alianza actual que mantiene la ultraderecha a nivel mundial y los movimientos integristas de las iglesias”. En este sentido amplió y explicó el sentido del término haciendo referencia “a una religión que tiene muchos seguidores y que va en contra de los valores fundacionales del propio cristianismo”.