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Estadistas

[Por: Eduardo de la Serna]

En el mundo antiguo, que se creía conducido, orquestado y determinado por los dioses y diosas y su voluntad, cualquier gobernante debía, indefectiblemente, hacer todo lo posible para conocer dicha voluntad a fin de aprovechar las posibilidades, reducir los riesgos o evitar catástrofes. No es el caso entrar en detalles y señalar augures, adivinos, oráculos o profetas, como personajes indispensables en cualquier corte; solo a modo de ejemplo señalo los sueños del faraón, en Egipto, que no pueden interpretar sus magos y sabios, pero que la sabiduría de José le permite, no solamente comprenderlos, sino pensar políticas adecuadas, las que darán solidez a su gobierno (ver Génesis 41). Obviamente, esta mirada supone una “teología” en la que los dioses han predeterminado todos los acontecimientos que ocurrirán “sí o sí”…

 

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Invitación: “Herramientas para la movilización”

[Convoca: TearFund]

En el marco de la inicitiva “Facilitadores para la transformación”, se desarrollará este 11 de noviembre la Masterclass “Herramientas para la movilización”

 

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Los minerales de transición y los combustibles fósiles: el impacto del litio en los Pueblos Indígenas

[Por: Edson Krenak | Debates Indígenas]

La destrucción de territorios ricos en biodiversidad y patrimonio cultural es una consecuencia preocupante de la demanda global de minerales como el níquel, el cobalto y el litio. Estos territorios están siendo sacrificados en nombre del crecimiento económico y la llamada transición energética, mientras gobiernos y corporaciones priorizan beneficios a corto plazo. Para enfrentar esta contradicción y defender sus derechos, las propuestas de los Pueblos Indígenas no son simples soluciones técnicas, sino respuestas holísticas arraigadas en su conocimiento tradicional, su soberanía territorial y su supervivencia cultural…

 

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Los cuatro cuidados

[Por: Jorge Costadoat]

Ha cambiado —o habrá de cambiar— el paradigma de la vida espiritual para los cristianos. Hoy se nos pide un giro interior que integre una experiencia de la Madre Tierra como condición ineludible del encuentro con Dios. Se nos ha ampliado el horizonte. Tenemos por delante la posibilidad de un enriquecimiento personal y colectivo extraordinario.

 

Se cumplen quince años de la publicación de la encíclica Laudato si’ del papa Francisco. A ella debemos un profundo agradecimiento.

 

Los cuatro puntos que siguen invitan a meditar uno de los muchos accesos posibles a una experiencia ecológica y medioambiental de Dios.

 

1.- Dios creador

 

No puede ser que no haya un origen porque somos seres originados. Este es un dato duro. Somos. Segundo dato duro: nadie puede decir que se debe ni se merece a sí mismo. ¿Qué trajiste al mundo que fuera tuyo? ¿Qué te llevarás que no te sea arrebatado? No posees nada.

 

Cualquier factor que nos haya generado llamémoslo creador. ¿Un ser divino? Pero, ¿qué es divino? Ese factor originante que nos parió tiene nuestra misma piel pues, aunque sin los demás no podemos nada, podemos incidir en ellos. Somos originados y originantes al mismo tiempo.

 

Para los cristianos este ser del que depende nuestra existencia es denominado amor (1 Jn 4, 8). Dios, para ellos, se llama Amor. Que haya un “dios” que tenga otras características, no nos interesa mucho. ¿Podrá alguien probar la existencia de tal “dios”? Hágalo. Se agradecerá, pues si algo aporta a nuestro conocimiento del Amor debiéramos tenerlo en cuenta para entender qué es el amor.

 

Nosotros los cristianos creemos en el Amor, que este Amor crea y nos está recreando incesantemente; y que, para comprobarlo, nos ha dejado huellas de amor en toda la creación. El asunto fundamental, en realidad, no es si existe un dios; sino si existe el Amor. Es decir, si somos realmente capaces de amar y de ser amados del modo como el Padre amó a su hijo Jesús. Jesús es la mejor prueba que tenemos los cristianos para atestiguar que el Amor sí existe y que, como Cristo resucitado, se halla presente y actuante en el universo ayudando providencialmente a sus creaturas a amarse unas a otras.

 

Cristo, que supo del cuidado de su Padre a lo largo de su vida y que confió a él su destino aun siendo crucificado, cuida de su creación para que también esta triunfe. La Providencia es el nombre del Amor que nos orienta y reorienta. Es fácil perder el camino. Solo el Amor nos indica por dónde seguir para llegar al Padre.

 

La prueba de la existencia del Amor es que “somos” y que también otros “son”; y que co-pertenecemos pues, sin estos nadie se sostiene en pie. La vida en común es turbulenta, está siempre en crisis, por esto dudamos del Amor que nos ha creado, pero es un hecho que solo hay futuro si reconocemos una deuda radical que tenemos con los demás y nos comprometemos a cuidarnos como si fuéramos hijos e hijas del Padre de Jesús.

 

2.- Cuidado de la Tierra

 

Los niños pequeños dicen: “Dios creó el mundo, ¿pero quién creó a Dios?”.

 

Las preguntas de los niños nos ponen en la estacada. Obligan a ir a fondo. En lo inmediato, es evidente que somos hijos de la Tierra. Pacha Mama, la llaman pueblos indígenas; Gaia, la ha denominado una generación de ecologistas. Que Dios se llame Amor y que este Amor sea el Padre y el origen de Jesús y del Espíritu, responde a la pregunta de los niños, pero solo en parte. Pues la existencia de la Tierra es evidente; pero la del Amor no. Comenzamos a saberlo en la medida que experimentamos que la Tierra cuida de nosotros. ¿Nos cuida? No siempre. A veces nos trata mal: terremotos, hambrunas, epidemias, genocidios… El Amor en que creen los cristianos no es de este mundo (Jn 18, 36). Se revela en nuestra Tierra, pero no es mundano.

 

El Amor se revela de un modo misterioso. A veces de un modo luminoso y otras opaco. La entropía desgasta, consume, corrompe y así, transformando radicalmente a los seres, cumple el cuidado con que el Amor va realizando a sus creaturas. Entropía es creación por destrucción y destrucción para creación; es crisis y lisis (descomposición). Sea lo que sea, “la tierra está llena del amor del Señor” (Salmo 33,5).

 

La Madre Tierra nos cuida de un modo que no siempre podemos comprender, pero nos cuida. Tierra es el nombre maternal del Padre. Ella no es mujer, pero se parece a una madre que amamanta y mece; tampoco el Padre es varón. Esta identificación es hoy por hoy simplemente herética. El Amor no tiene sexo. Conocemos al Amor a través de un cuidado parecido al de un padre o una madre; semejante, decimos, porque a veces estos a veces nos oprimen, nos dañan y a muchos descuidan, al igual como suele hacerlo nuestros hermanos.

 

La Tierra nos pare y cuida de sus hijas e hijos, generándonos mediante procesos de creciente complejización que van de la química a la vida y de la vida a la oración. ¡En el cosmos eclosionó un ser que ora! La oración también es una generación terrenal. La Tierra la hace posible; somos polvo más agua, un poco de calor, otro poco de frío, con la capacidad de conversar con el Amor que lo ama. El cuidado con que la Tierra nos ama hace posible lo increíble. Somos tierra que ama y su amor se expresa al máximo en una oración de alabanza y agradecimiento por el cuidado con que somos cuidados.

 

Cuidamos la Tierra. Podemos cuidarla. Somos tierra que cuida y descuida.  La cuidamos para que nos cuide, sí. Pero, sobre todo, porque sí. Porque a la Tierra solo se la ama de verdad cuando se la trata como si no tuviera precio.

 

3.- Cuidado del prójimo

 

En el cristianismo, el cuidado de los demás tiene dos aspectos: cuidar uno del otro y ser cuidado por otro. El primer aspecto alude a la acción de una persona en favor de otra especialmente si padece alguna necesidad; el segundo, al hecho pasivo de recibir de los demás un trato responsable o misericordioso. El amor al prójimo —y el amor del prójimo— son tan fundamentales que llegan a caracterizar al cristianismo. Una de las parábolas que mejor lo ejemplifica es la del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37).

 

Observemos la situación del hombre asaltado por los ladrones y botado a la vera del camino, y la de tantas víctimas del mal natural o moral en la historia de la humanidad. Son y han sido millones de seres humanos quienes han padecido a causa de otras personas u otros factores. Allí están. Es fácil reconocerlos. Allí estamos también, porque nadie, absolutamente nadie, ha sido relevado de sufrir. Sufrimos. El sufrimiento puede hacernos crecer, pero muy frecuentemente nos daña o nos destruye.

 

Nosotros, quienes por alguna razón yacemos al costado de los caminos, clamamos ayuda y agradecemos que alguien nos dé una mano y nos levante. Aquel hombre, víctima del asalto, nada hace; de él no se escucha palabra alguna. Pero podemos adivinar qué hubo en su corazón: dolor y humillación al principio; sanación, dignificación y agradecimiento al día siguiente. Quizás no se enteró quién había sido aquel prójimo que lo recogió, lo entregó al posadero y se preocupó de pagar la cuenta del hostal. La parábola no dice tampoco si el asaltado se recuperó o murió a causa de los golpes recibidos. ¿No murió? Tal vez tampoco llegó a agradecer. Perfectamente pudo no haber despertado más de la paliza recibida ni enterarse del posadero y de la persona que trató de cuidarlo. ¿Invalidaría esta muerte el valor del cuidado recibido? De ninguna manera: el amor gratuito, incluso cuando no alcanza a ser reconocido, tiene un valor infinito. Es expresión del Amor que subyace a la creación y que la restituirá gracias al Cristo crucificado. Cualquier ser humano que sufre —sepa o no por qué— representa a Cristo en la cruz. Es él mismo un sacramento del amor con que Dios hace suyo aquella entropía y el pecado que arruina su creación. En estas personas, Dios se revela. Ellas reclaman de los demás el amor que necesitan, un amor que no es exigible como un derecho, pero que hace razonable pensar que cualquier derecho humanitario tiene un fundamento trascendente.

 

El otro aspecto del amor al prójimo son las acciones, las iniciativas, las luchas y el martirio que, como fue el de Jesús, sufrimos por quienes más lo necesitan. Cuidamos de estos. A menudo identificamos al cristianismo con actuar como samaritanos. Hemos de seguir haciéndolo. Pero rara vez percibimos que lo hacemos no porque nos sea mandado, sino porque, en primer lugar, en virtud de cierta visión de crucificados, somos empáticos con las víctimas del mal. Jesús fue un samaritano con los demás cada vez que curó a algún enfermo o dio la cara por un marginado y, antes que esto, vio en estos un dolor que no debía ser; él mismo, en otros momentos de su vida había experimentado la necesidad de ser aliviado y sanado por alguien. El conocía en carne propia de penas y desgarros, y del valor que en su momento tuvo que ser auxiliado.

 

Somos cuidados, aun antes de abrir los ojos. Y esperamos que, cuando los cerremos, haya alguien que nos acompañe.

 

4.- Cuidado de sí mismo

 

Jesús hablaba de un triple amor: “Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” (Mateo 22, 37–39).


Que haya que amar a Dios por su creación, lo tenemos claro; que haya que amar al prójimo, sabemos que caracteriza al cristianismo. Lo enfatiza Jesús en estas palabras. Pero en estas mismas palabras, Jesús valora que uno también se ame. Sabemos que quien se ama a sí mismo sin amar al prójimo, se vuelve egoísta. En este caso se ama a sí de un modo defectuoso. Al egoísta la vida termina pasándole la cuenta. Quedará solo. No habrá sabido que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hechos 20, 35), como enseñaba Jesús.

 

Tomemos nuevamente las palabras de Jesús. Hay que centrarse en dar. Esto no excluye, sin embargo, que también haya que recibir. Es importante, como se ha dicho, dejarse cuidar. Cuidarse, quererse, dejarse perdonar y levantar la cabeza, no echarse a morir, y comenzar de nuevo, son obligaciones a las que no se puede renunciar. El cuidado comienza con un gesto estético: lavarse la cara y peinarse; así ofrezco a los demás un ademán amoroso. El autocuidado tiene muchas expresiones: el aseo personal, el descanso, comer lo suficiente, dormir, consultar a un médico si es necesario, conversar con alguien cuando se necesita un consejo, practicar un deporte o seguir la bitácora de un jugador u oír música. Asolearse un poco, no mucho. Usar bloqueador cuando convenga. La más sublime acción de amor por sí mismo es mirar el propio corazón con los ojos de Cristo y ampararse en los brazos de María. El cultivo de la propia vida interior -rezar unos minutos al día o caminar en la presencia del Señor- son el cuidado más importante.

 

El autocuidado concreta el amor que la Tierra tiene por nosotros. Nos hace colaborar con ella en amarnos como ella quiere hacerlo y lo hace.

Hilos de Esperanza

[Por: Margaret Hebblethwaite]

¿Qué significa hacer teología? Los teólogos europeos podrían haberse sorprendido en el IV Congreso Continental de Teología Latinoamericana y Caribeña en Lima, Perú (22-24 de octubre), y no solo por los encantos tropicales del lugar: carteles que indicaban zonas seguras en caso de terremoto o advertían sobre el peligro de acercarse a las palmeras, ya que las pesadas hojas podían caer sobre ellos. La metodología fue la tradicional de la Doctrina Social de la Iglesia, «Ver, juzgar, actuar», dedicando un día a cada etapa, pero decir esto no refleja el dinamismo de la experiencia. El trabajo cobró expresión visual en el tejido de un telar multicolor, y un hilo rojo colgaba del techo, simbolizando la red de conexión de los participantes. El título oficial del congreso, organizado por la red internacional Amerindia, junto con el Instituto Bartolomé de Las Casas de la Pontificia Universidad Católica del Perú, fue “Horizontes de Liberación: Tejiendo Esperanza desde Abajo”. Celebración animaba cada día, y la Cosecha (recogida diaria del trabajo) se caracterizaba por las Tres C: Cuento, Cuerpo y Canción.

 

En el primer día (“Ver”), se oyeron exclamaciones de incredulidad cuando Raúl Zibechi, de Uruguay, mostró mapas del comercio mundial en 2000 y 2024. El dominio de Estados Unidos había cedido casi por completo a China. En Latinoamérica, se percibía una creciente preocupación por la peligrosa situación política de muchos países, y un estudiante universitario relató cómo la policía de Lima había asesinado a tiros a un joven en una manifestación reciente y arrestado a once manifestantes, quienes solo fueron liberados después de que sus compañeros organizaran una vigilia de 48 horas.

 

Para asegurar una teología confiable (“Juzgar”), debemos preguntarnos: “¿Con quién haces teología?”. Una persona respondió: “Con un maestro y un sindicalista”; otra: “Con un pastor protestante en protesta”; una tercera: “Con una mujer indígena”. La teología no consiste en estudiar textos o doctrinas, dijo Francisco Aquino Junior, de Brasil, sino en confrontar y explicar la vida de los pobres, a quienes se dirige el evangelio. “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”, citó de 1 Juan 4:8, explicando en un lenguaje más académico: “No se puede separar la hermenéutica de la realidad y convertirla en algo puramente intelectual”.

 

Cada día comenzaba con una expresión corporal de oración. El primer día, guiados por un grupo que apoya a las comunidades eclesiales de base, alisamos las arrugas de nuestros rostros para purificar nuestra mirada. El segundo día, elevamos las manos e hicimos una reverencia en homenaje a los puntos cardinales celebrados en la cultura maya: el rojo por el sol en el este, el origen; el negro en el este por la finalizaci y el anochecer; el blanco en el norte por los ancestros y pioneros de la teología de la liberación; el amarillo en el sur por la fecundidad de la Madre Tierra; el azul y el verde en el centro por la vida humana y otras formas de vida. El tercer día, un grupo dirigió una celebración quechua de los elementos, que sentimos otra vez a través de la danza: el agua en nuestras venas; la tierra bajo nuestros pies; el aire en nuestra respiración; y el fuego en nuestros corazones.

 

En cuanto a las canciones, hubo algunos viejos favoritos, como el Credo de la Misa Campesina de Nicaragua: “Yo creo en vos, Cristo obrero”, pero también hubo muchas canciones menos conocidas del peruano Gilmer Torres, como “Señor de la Esperanza”, que comienza “Entre las casitas de esteras y palos”.

 

En las últimas tres décadas del siglo XX, la teología de la liberación se asoció principalmente con autores específicos (en aquel tiempo, hombres y clérigos). El padre peruano de la teología de la liberación, Gustavo Gutiérrez, ocupaba un lugar destacado. En su honor se celebró este encuentro, en el primer aniversario de su muerte (22 de octubre de 2024). Se predijo, de modo convincente, que sería reconocido como Doctor de la Iglesia y como Santo, por razones que exploraré en un artículo posterior. Los otros dos nombres que surgieron repetidamente fueron los de dos jesuitas de la Universidad Centroamericana (UCA) en El Salvador: Ignacio Ellacuría, uno de los mártires del 16 de noviembre de 1989, y Jon Sobrino, quien sobrevivió a la masacre universitaria por encontrarse en el extranjero esa noche. Ahora tiene 86 años, pero grabó un mensaje en video para este encuentro en Lima.

 

Hoy, el trabajo se ha vuelto más participativo e igualitario, y los más de 200 participantes, procedentes de casi todos los países latinoamericanos, estaban divididos equitativamente entre hombres y mujeres, clérigos y laicos, y era imposible saber quién era sacerdote o religioso a menos que se le preguntara. El espíritu era de fraternidad universal, con todos genuinamente interesados en la persona que tenían al lado: un microcosmos de la futura Iglesia, o del Reino de Dios, que (como sostenía Eduardo Arens de Perú) es «una metáfora de la Comunidad».

 

Aunque no hubo grandes figuras, dos nombres a tener en cuenta para el futuro son los siguientes. Theresa Denger, discípula de Jon Sobrino y ahora profesora junto a él en la UCA, es una laica alemana con una aguda mente analítica cuya tesis versó sobre la resistencia y el martirio; habló del Padre de Jesús como una Imma, una madre tejedora (que fue el símbolo del congreso). Geraldina Céspedes, de cabello negro rizado, es una auténtica fuente de energía feminista de la República Dominicana, quien se doctoró en España pero ahora reside en Guatemala y tiene un alcance mundial a través de su congregación (Misioneras Dominicanas del Rosario); habló de una «teología de la polinización» para difundir el mensaje de esperanza («Actuar»).

 

El feminismo es una de las principales vías de desarrollo de la teología de la liberación en este siglo, al abarcar una comprensión más amplia de la pobreza y de la marginación que la que inicialmente se centraba en los pobres urbanos y campesinos. El “ecofeminismo” (título del libro de Geraldina Céspedes) es un término frecuente que vincula la opresión de las mujeres con la destrucción de la Madre Tierra, ambas manifestaciones del machismo, la arrogante apropiación del poder por parte del hombre.

 

Otra conexión importante que se ha desarrollado es la que existe entre la devastación de la Madre Tierra (la Pachamama) y la persecución de los pueblos indígenas, quienes la protegen. Se utiliza el término «teología india» para evocar las enseñanzas de los pueblos originarios, que ahora es el término preferido para referirse a los indígenas. Los mártires del siglo pasado, entre los que destaca San Óscar Romero, han sido reemplazados por mártires modernos de la tierra, aunque aún no son figuras tan conocidas. La chilena Julia Chuñil, activista contra la deforestación, desapareció en noviembre pasado; el hondureño Juan López, activista contra la minería de hierro, fue asesinado a tiros en septiembre al salir de misa.

 

Menos esperado, quizás —dada la hostilidad hacia la llamada “ideología de género” presente en muchos círculos eclesiásticos— fue el apoyo a las personas marginadas por su diversidad sexual. La parábola del Buen Samaritano se dramatizó con un hombre etiquetado como “Sistema Capitalista” que ataca y roba a una mujer, quien queda tendida en el suelo gimiendo “¡Ayuda!”. Un “Influencer” pasa por allí y se toma una selfie con ella. Una “ONG” se acerca con un complicado formulario para rellenar. Un “Teólogo” viene a hablarle sobre hermenéutica y epistemología. Pero finalmente llega una “Persona de Diversidad Sexual” que, con la ayuda de un anciano que camina con bastón, la pone a salvo y le brinda asistencia médica.

 

Otros dos términos frecuentemente vinculados fueron ecocidio y genocidio. El clamor de los esclavos israelitas que llegó hasta Dios (Éxodo 2:23) es hoy tanto el clamor de la tierra como el clamor de los palestinos. Se escucharon repetidamente gritos de «Esto no es guerra, es genocidio», y la homilía de la misa de clausura denunció el genocidio en Gaza. Algunos se sintieron decepcionados de que Gaza no figuró en el mensaje final, que expresó un enfoque general en una Carta al Papa León XIII, dirigiéndose a él no como «Santo Padre», sino como «nuestro hermano en la fe», y concluyendo con una bendición para el Papa: «Que el Espíritu Santo te bendiga».

 

«Reafirmamos nuestra fidelidad a Jesús de Nazaret y a su Evangelio», decía la Carta a León XIII, «al participar en los procesos eclesiales sinodales… Que el Espíritu nos mantenga en las huellas de Jesús, junto con los profetas y mártires de nuestra América, comprometidos con el cuidado de nuestra Casa Común, uniendo la resistencia y las esperanzas de nuestros pueblos y comunidades para hacer posible un mundo más humano y fraterno donde nadie quede fuera de la celebración y del encuentro». Se manifestó un inmenso orgullo por los dos Papas latinoamericanos, Francisco y León, considerados versados en la teología de la liberación, por su compasión, su espíritu inclusivo y su método sinodal.

 

La base fundamental de toda la teología expresada era seguir los pasos de Jesús. Según Francisco Aquino, «La tragedia del cristianismo es alejarse de Jesús». Theresa Denger citó a Jon Sobrino: «No debemos partir del Cristo de la fe, sino del Jesús histórico»; y ella interpretó Juan 19:25-27 («Madre, este es tu hijo…») como «la voluntad final de Jesús: que nos cuidemos unos a otros». Y Eduardo Arens explicó: «Jesús es el hombre de la compasión… Nunca preguntó “¿Qué religión profesas?”, sino simplemente “¿Me necesitas? Aquí estoy”».

 

 

(Una versión de este artículo fue publicado primero en inglés en la revista internacional católica The Tablet. Ver archivo adjunto) 

¿Hay límites para la crueldad humana?

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[Por: Leonardo Boff]

La masacre policial del día 28 de octubre en el Complejo del Alemán y de la Peña en Río de Janeiro constituye un crimen de agentes del Estado, con una gran letalidad, 121 víctimas. Es terrible que el 57% de la población haya aprobado la carnicería en la cual se cortaron cuerpos, se desmembraron y mutilaron cuerpos. Claudio Castro, gobernador de Río, que orquestó la masacre, fue ovacionado en los barrios ricos de la zona sur de Río. La estadística de su aceptación creció considerablemente.

 

Notables analistas como Paulo Sérgio Pinheiro que fue exministro de los Derechos Humanos y relator especial de la ONU para los crímenes en Siria nos ofrece el sentido real: “La masacre de Río debe entenderse dentro un contexto político más amplio, articulado por Castro y otros gobernadores de extrema derecha. Tras la condena y prisión de su líder máximo y de sus aliados, esos actores políticos buscan utilizar el discurso de la guerra contra el tráfico de drogas para desestabilizar al Estado federal y mejorar sus perspectivas en las próximas elecciones. Además, tratan de alinearse con la narrativa continental de combate al narcotráfico, liderada actualmente por el presidente Trump”.

 

Seguramente esta manipulación político-electoral de la peor especie revela la completa erosión de la ética y el vacío de cualquier sentimiento de empatía hacia las víctimas, muchas de ellas inocentes que no tenían nada que ver con el tráfico de drogas. Es la necropolítica hecha modelo, ya que pobres, negros, quilombolas y favelados no cuentan para nada, cómo piensan y dicen. Son ceros económicos y descartables.

 

Pero esta barbarie de contenido criminal y político remite a una cuestión metafísica e incluso también teológica que lanza un desafío terrible: ¿cómo puede ser tan cruel y malvado el ser humano? ¿Hasta dónde puede llegar su inhumanidad? Ante los genocidios actuales en Gaza, en Ucrania, en Sudan, como teólogo, otros y yo nos interrogamos horrorizados:

 

“¿Dónde estaba Dios en aquellas circunstancias terribles? ¿Por qué permitió el triunfo de la barbarie? ¿Por qué guardó silencio? ¿Por qué permitió que en un siglo y medio desde el comienzo de la colonización/invasión europea, según las investigaciones más recientes, hubiera 61 millones de víctimas de personas de los pueblos originarios del continente Abya Yala? Y el asesinato de 10 millones de congoleses que el insensato rey Leopoldo II de Bélgica, que hizo de aquellas tierras su hacienda personal, ordenó a finales del siglo XIX y comienzos de XX, 10 millones de personas, niños mutilados sin manos y sin piernas. ¿Quién se acuerda de esa crueldad? Y sufrimos porque esos millones de negros y negras ¿no eran también hijas e hijos suyos, nacidos en el amor de Dios? ¿Por qué no los ayudó ya que podía, por qué no lo hizo?

 

La teología no tiene ninguna respuesta, guarda un silencio sufrido pero no consigue, como Job, dejar de interrogar a Dios, proclamado en los cantos litúrgicos y en las CEBs como el Señor de la historia, bueno y misericordioso. Cuando la fe enmudece sólo nos quedan los gritos de esperanza que vienen en forma de quejas, como los propios salmos están llenos, e incluso Cristo en la cruz gritó: “Eli, Eli lemá sabactáni”: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? Resignado, entregó su espíritu a Dios, hecho misterio oculto.

 

Pero no es solo un problema teológico, es también una indagación filosófica. ¿Quién es, finalmente, el ser humano y cómo puede ser tan inhumano y sin piedad frente a sus semejantes? Durante siglos y siglos, desde que tenemos noticia de tiempos inmemoriales, Caín siempre ha estado presente en el devenir de la historia. La maldad se ha vuelto banal y ha sido incorporada en las sociedades humanas. Como señalaba la filósofa Hannah Arendt: “el mal puede ser banal pero nunca inocente”. Es fruto de una intención perversa que odia, quiere estrangular y asesinar al otro, sea en la convivencia familiar, social, y en las guerras que siempre han existido en la historia. Todas las religiones, caminos espirituales y éticos buscan limitar la extensión de la maldad humana. Pero siempre persiste.

 

Se dice que es propio de la condition humaine el hecho de que seamos seres de inteligencia y simultáneamente de demencia, poseídos por la pulsión de muerte junto con la pulsión de vida, seres de luz acompañada de sombra, el satán de la Tierra y también su ángel de la guarda. Es verdad, somos todo eso. Pero estas verificaciones describen fenomenológicamente un dato innegable, aunque no lo explican. ¿Por qué tiene que ser así? ¿No podía ser diferente?

 

Aquí sentimos los límites de la razón que no puede todo. Alguna comprensión de la maldad no viene por la razón teórica, expuesta más arriba, sino por la razón práctica. Esto significa: el mal está ahí no para ser entendido sino para ser combatido. Combatiéndolo nos viene alguna comprensión, pues el ser humano aprende a imponer límites a su maldad reforzando todo lo que puede la dimensión de luz y de bondad. Pepe Mujica, expresidente de Uruguay nos legó un inspirador mensaje: “fui derrotado, pisado, torturado y casi muerto. Pero siempre me levanté y nunca desistí de mi sueño, de luchar por un mundo mejor para todos”. Tal vez ese es el camino correcto frente al desafío de la crueldad humana. No fue otro el camino de Jesús de Nazaret que fue judicialmente asesinado por causa de su utopía de un reino de justicia, de hermandad, de paz y de acogida de Dios.

 

Siguiendo el camino de estos maestros espirituales, que los hay en todas las culturas, seguimos creyendo que la vida vale más que el lucro y la política electoral, y que debe ser siempre respetada como el mayor valor del mundo.


*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor. Ha escrito La búsqueda de la justa medida (2 vol.), Vozes 2023; Pasión de Cristo-pasión del mundo, Vozes 1977, premiado como el libro religioso del año en EUA.

 

Traducción de MªJosé Gavito Milano.

La densidad de las aguas

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[Por: Juan Manuel Hurtado López]

En días pasados tuve la oportunidad de visitar las Cataratas de Iguazú y de recorrer un tramo del Río Amazonas en la selva peruana, cerca de Iquitos. Según datos actuales, el río Amazonas es el más caudaloso y el más largo del mundo, con una extensión estimada en 7,020 kmts.

 

Todo el tiempo me acompañó el asombro, la admiración, la sorpresa, el estremecimiento, propiedades éstas del espíritu humano que está hecho para lo infinito. Estar parado frente a las cascadas de Iguazú, tanto del lado argentino como del lado brasileño, es estirar el alma hasta dimensiones insospechadas: la contemplación, la paz del espíritu, la saciedad del alma. Como que nuestro espíritu encontró lo que andaba buscando. Las cataratas de Iguazú son un milagro permanente. Cada momento es nuevo, es diferente, es único, en un eterno fluir del caudaloso río.

 

Las Cascadas de Iguazú, una maravilla natural del mundo: son dos y medio kilómetros de cascadas y su punto arrobador es “La garganta del diablo”: ahí el río Iguazú su precipita y se hunde con densidad y fragor, haciendo rebotar una intensa nube de brisa que oculta el panorama.

 

En nuestro recorrido por la anchura del río Iguazú hasta llegar a “La Garganta del diablo”, tuve la sensación de la presencia de la “Ruaj”, del Espíritu que en los inicios de la creación se movía sobre las aguas (Gn 1,2). Espíritu que moldea las aguas, las empuja, las habita, es su fuerza y su consistencia, siempre en movimiento, siempre nuevo, siempre renaciendo, siempre dando vida a todo lo que toca. Espíritu que amanece con toda luz y brillantez.

 

Éste Espíritu de las aguas es el mismo que está en todo el universo. Y pensé entonces que el Espíritu tiene la densidad y fuerza necesarias para mover montañas de olvido de nuestros pueblos y hacerlos capaces de recuperar su memoria histórica, sobre todo los pueblos originarios de nuestra querida América Latina y del Caribe. Tiene la fuerza de vencer inercias acumuladas por siglos en nuestros pueblos: inercias de temor e incapacidad, inercias de miopía histórica y falta de esperanza, inercias de temor e ignorancia, inercias de violencia y despojo, inercias de indiferencia y falta de parresía.

 

Al ver la densidad y fuerza del río Iguazú en la Garganta del diablo, pensé que así es nuestra historia. Es verdad, nuestra historia tiene muchas capas a semejanza de la corteza de un árbol. El presente es la última capa, pero no es lo medular. Nuestros pueblos tienen una larga caminada, como dicen en Brasil. Sobre todo nuestros pueblos originarios. Hablando de México, tenemos una rica y grandiosa historia desde los mexicas de la cultura náhuatl y los mayas en el sureste mexicano. La civilización maya tuvo una duración de 1000 años: del 50 a.C al 1050 después de Cristo. Culturas y civilizaciones de grandes alcances astronómicos, matemáticos, medicinales, arquitectónicos, pictóricos y escultóricos. Y del lado de Perú, el imperio inca con sus antecedentes históricos de otras culturas como bien lo muestra el espléndido museo del Arco en Lima.

 

De esa historia de sabiduría, de resistencia y de grandes realizaciones humanas y sociales debemos alimentar nuestro espíritu para hacer frente a los grandes desafíos, como se vio en el pasado IV Congreso de Teología latinoamericana en Lima los días 22 al 24 de octubre.

 

Ya en la selva amazónica del Perú pudimos navegar por el impresionante río Amazonas, andar por la selva, visitar una tribu originaria, los Yahuas, descubrir muy variados árboles, plantas y animales de todo tipo y convivir con ellos.

Con los “Yahuas” tuvimos una recepción y un pequeño rito religioso que consistió en una danza, haciendo giros hacia la izquierda y cantando al son de un tambor y una flauta. También fuimos tatuados en la mejilla con el color rojo, de la misma forma como ellos están tatuados.

 

Fuimos testigos de la armonía y exuberancia de plantas, pájaros, animales, changos, osos perezosos, serpientes, grandes peces, delfines dorados y grises y flores de todo tipo. Toda es vida, se respira vida.

 

Y cuando navegábamos por el Amazonas pensé: ¿Cómo es posible que el ser humano destruya esta maravilla de la creación, al arrasar con selvas y árboles de todo tipo para hacer sus plantaciones que les reditúan más dinero y causar que no llueva por la falta de árboles? Como dicen los libros bíblicos: ¡Qué insensatez la del ser humano llevado de la avaricia!

 

“De los manantiales él hace brotar los ríos,

Que se deslizan entre los montes” (Sal 104,10).

¡Todo ser viviente alabe al Señor!

Alábenlo por sus prodigios,

Alábenlo por su inmensa grandeza. (Sal 150,2).

Noticias de la Iglesia Internacional: 27 octubre al 3 de noviembre de 2025 – Suplemento

[Coordina: Cecilia Tovar | IBC]

Teólogos, amigos y discípulos se reunieron para rendir homenaje al padre Gustavo Gutiérrez, a un año de su pascua. “Nuestro querido hermano, maestro y profeta de la vida”, así fue presentado por la moderadora de la mesa, quien recordó que su legado “sigue inspirando la fe comprometida de tantos hombres y mujeres en América Latina y en el mundo”.

 

El homenaje fue definido como “una conversación entre amigos, amigas que han compartido camino con Gustavo y que siguen creyendo que la fe sin compromiso con la vida, y especialmente con los pobres, no es una fe cristiana”. En la mesa participaron Leonardo Boff, Jesús Cosamalón, Yolanda Díaz, Edmundo Alarcón Caro, Carmen Lora, y se compartió también un mensaje del teólogo jesuita Jon Sobrino desde El Salvador…

 

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La Economía Humana ante el cambio de época

[Por: Andres Lalane]

Comprobamos en la actualidad numerosos hechos disruptivos en la organización internacional: guerras, migraciones forzadas, hambrunas, amenazas bélicas y económicas, ruptura del multilateralismo, bloqueo de iniciativas judiciales, profusión de noticias falsas y muchos más. Por eso es importante reflexionar sobre que tiene para decir y hacer la Economía Humana al respecto…

 

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COP30: ¿Adaptación o Prevención?

[Por: Michael Löwy]

Michael Löwy es director de investigación en sociología en el Centre Nationale de la Recherche Scientifique (CNRS). Brasilero de origen francés que vive en París, es un gran amigo de Brasil y participa activamente en nuestra realidad político-social. De origen hebreo, es un serio estudioso de la sociología de la religión, de lo mejor de Marx y de Max Weber, y ha dedicado parte de su obra al estudio de la teología de la liberación. Mantengo con él un fructífero diálogo, casi semanal. Me mandó este artículo en francés y ahora aparece publicado en A Terra é Redonda, 26-10-2025. Este artículo es clarificador y al mismo tiempo una alerta acerca de eventuales amenazas para el futuro de la humanidad, pero da espacio para una esperanza que nace de abajo. Leonardo Boff

 

 

El futuro no será conquistado por la resignación a adaptarse al colapso, sino por el valor de prevenir sus causas.

 

1.

 

Como sabemos, la COP30, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, se celebrará este año en noviembre, en Belém do Pará.

Ella despierta esperanza, ya que tendrá lugar en un país gobernado por la izquierda, bajo la dirección del presidente Lula. Pero hay que constatar que el mayor contaminante del planeta, Estados Unidos, estará ausente, ya que Donald Trump –negacionista fanático del cambio climático– ha retirado a su país de esta instancia internacional.

 

Lamentablemente, una reciente decisión de las autoridades brasileras lanza una sombra sobre esta reunión: la autorización para explotar el petróleo localizado en el fondo del mar, cerca de la desembocadura del Amazonas. Los ecologistas brasileros denuncian esa decisión, que representa un peligro enorme —en caso de accidente en las perforaciones marítimas— de una “ola negra” que destruya los frágiles ecosistemas de la selva amazónica.

 

Además de eso, si las enormes cantidades de petróleo depositadas en el fondo del mar en esa región fueran extraídas, comercializadas y quemadas, eso sería una contribución decisiva para el cambio climático.

 

En estas condiciones, ¿qué se puede esperar de esta COP30? Hay que decir que el balance de las 29 anteriores no es glorioso: es verdad que se aprobaron algunas resoluciones pero… nunca fueron puestas en práctica. Las emisiones nunca han dejado de crecer, la acumulación de gases de efecto invernadero ha alcanzado proporciones sin precedentes y el límite peligroso de 1,5°C (por encima de la era pre-industrial) ya ha sido alcanzado.

 

¿Cuáles son las ambiciones de los organizadores de la nueva COP? Podemos tener una idea al leer una entrevista reciente a André Corrêa do Lago, nombrado por Lula para presidir la COP30. Diplomático con larga experiencia en desarrollo sostenible, fue Secretario de Clima, Energía y Desarrollo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil. En esa entrevista Corrêa do Lago declara: “Me gustaría que las personas recordasen la COP30 como una COP de adaptación”.

 

2.

 

¿Qué significa esto? Ciertamente, la adaptación a las  consecuencias del cambio climático –incendios forestales, tornados, inundaciones catastróficas, temperaturas insoportables, sequías, desertificación, falta de agua dulce, aumento del nivel del mar, etc. (la lista es inmensa)– es necesaria, especialmente en los países del Sur, primeras víctimas de esos daños.

 

Pero dar prioridad a la “adaptación” en vez de a la “prevención” es una forma indirecta de resignarse a la inevitabilidad del cambio climático. Es un discurso que se oye cada vez más entre los gobernantes de diferentes países del mundo.

 

La lógica de ese argumento es simple: como es imposible prescindir de los combustibles fósiles, del transporte globalizado de mercancías, de la agricultura industrial y de otras múltiples actividades económicas responsables del cambio climático, pero necesarias para el buen funcionamiento de la economía capitalista, no nos queda otra posibilidad que adaptarnos.

 

Si bien en un primer momento la adaptación todavía es posible, a partir de un cierto aumento de la temperatura –¿dos grados? ¿tres grados? nadie puede decirlo– se volverá imposible. ¿Cómo adaptarse si la temperatura sobrepasa los 50 grados? ¿Si el agua potable se vuelve un bien escaso? Podemos multiplicar los ejemplos.

 

No nos queda mucho tiempo para impedir una catástrofe que pondría en peligro la supervivencia humana en este planeta. Y, al contrario de lo que piensan habitantes de Marte como Elon Musk, no existe un planeta B. Si la COP30 privilegia la adaptación en detrimento de la prevención, quedará en la memoria de las personas como la COP de la capitulación.

 

Afortunadamente, al mismo tiempo que la COP  se reunirá en Belém do Pará una Cúpula de los Pueblos, en la que participarán movimientos ecologistas, campesinos, indígenas, feministas, ecosocialistas y otros, que discutirán las verdaderas soluciones para la crisis ecológica y tomarán las calles de Belém do Pará para protestar contra la inercia de los gobiernos y afirmar la necesidad de romper con el sistema.  sembradores de futuro, que rechazan la resignación y el conformismo.