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Noticias Iglesia Internacional: 1 al 8 de diciembre de 2025

[Coordina: Cecilia Tovar | IBC]

Sesenta años después de la conclusión del Concilio Vaticano II, se puede decir sin retórica que el Concilio devolvió a la Iglesia los colores del Evangelio, después de siglos en los que la imagen eclesial corría el riesgo de aparecer en blanco y negro: verdadera, sí, pero plana, rígida, poco capaz de reflejar la variedad de la vida y los rostros humanos. El Concilio no cambió la fe, pero cambió la luz bajo la que la contemplamos. Y, al cambiar la luz, ha transformado la percepción de todo el panorama eclesial...

 

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Noticias Iglesia Internacional: 1 al 8 de diciembre de 2025 (Suplemento)

[Coordina: Cecilia Tovar]

Una comisión del Vaticano que estudia la posibilidad de tener diaconisas informó que el estado actual de la investigación histórica y teológica “excluye la posibilidad de proceder” hacia la admisión de mujeres al diaconado, una conclusión que frena el impulso en una de las cuestiones más debatidas de la Iglesia y no llega a un no definitivo. En una  carta que comparte los resultados de su trabajo con el Papa León XIV y publicada por el Vaticano el 4 de diciembre, la comisión informó una votación de 7 a 1 a favor de una declaración que concluye que la Iglesia no puede actualmente avanzar hacia la admisión de mujeres al tercer grado de las órdenes sagradas, el diaconado...

 

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Revista Signos No. 12 – Diciembre 2025: La salvación está ahora más cerca de nosotros

[Por: Instituto Bartolomé de las Casas | CEP]

Cada año en SIGNOS, cuando llega diciembre, es frecuente que reflexionemos con nuestros lectores sobre algunos temas que se repiten. Puede ser la Navidad o un balance de las cosas que hicimos el último año, o imaginar el inicio del año que sigue, constatar los problemas y pensar los logros que nos gustaría alcanzar como ciudadanos de este lindo pueblo que es el Perú...

 

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¿Podemos soñar con una primavera eclesial?

[Por: Eduardo de la Serna]

En lo personal, nunca fui “francisquista”. Es decir, hubo cosas del papa Francisco que no me conformaban. Para poner un solo ejemplo, y podría decir más, creo que nunca entendió la lucha feminista. Pero no ser “francisquista” no me transforma, ¡ni remotamente!, en “anti”. Tener una postura crítica, lo sigo creyendo, es constructivo, porque no pretende ser demoledor, no es “crítica sistemática”, no es – mucho menos – anti eclesial...

 

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No a la caza de brujas de los ultras contra del cardenal Fernández, prefecto de Doctrina de la Fe y símbolo vivo de la primavera de Francisco

[Por: José Manuel Vidal | Religión Digital]

Huele a vendetta y a ajuste de cuentas. Desde que Francisco puso al frente de Doctrina de la Fe a Víctor Manuel “Tucho” Fernández, los ultras lo convirtieron en su objetivo prioritario y su diana preferida. No le perdonan tres cosas: ser argentino, ser amigo íntimo del Papa que cambió el rumbo de la Iglesia y atreverse, desde la vieja Inquisición, a hablar de Evangelio, discernimiento, primacía de la misericordia y centralidad de las víctimas...

 

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Reflexionando sobre la “PAZ”

[Por: Eduardo de la Serna]

Lo que nosotros llamamos sencillamente paz, es un término que tiene acepciones y variantes interesantes… Hasta el punto que términos despectivos como “pazguato” o “pacato” se originan en él. No es menos evidente que en ocasiones se asocia a la mismísima muerte: “jardín de paz”, “descansa en paz” (RIP), o, sencillamente “la paz de los cementerios”...

 

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Noticias Iglesia Internacional: 8 al 15 de diciembre de 2025

[Coordina: Cecilia Tovar]

“El papel de Europa es muy importante, y la unidad de los países europeos es veraderamente significativa (…). Buscar un acuerdo de paz (en Ucrania) sin incluir a Europa en las negocaciones no es realista”. De forma rotunda, Leon XIV respondió a los periodistas que le esperaban a la salida de Castel Gandolfo, en el ya habitual ‘canutazo’ papal de los martes. “La guerra está en Europa y creo que, en lo que respecta a las garantías de seguridad que se buscan hoy y en el futuro, Europa debe formar parte de ello”, espetó...

 

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Noticias Iglesia Internacional: 8 al 15 de diciembre de 2025 – Suplemento

[Coordina: Cecilia Tovar]

Los resultados del balotaje en Chile arrojaron cifras contundentes: un 58,17% de los votos fue para José Antonio Kast, y el 41,83% de votos fue para Jeannette Jara. Con esto se sepultó el gobierno progresista del Frente Amplio que emergió tras el estallido social de 2019. Chile ha girado el timón hacia el orden, la seguridad y el conservadurismo identitario. Para muchos expertos, esta vez, ganó el miedo...

 

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Leonardo Boff: ecología, espiritualidad y liberación

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[Por: Juan José Tamayo]

Querido Leonardo

 

No quiero faltar a la celebración de tu 87 cumpleaños el día 14 de diciembre. Te escribo para expresarte mi amistad y mi reconocimiento en tu largo caminar por la senda de la liberación de las personas más vulnerables, de los colectivos empobrecidos, de los pueblos oprimidos y de la naturaleza depredada.

 

Nuestros encuentros

 

Nos conocimos hace cuarenta y ocho años. Fue en 1977 en la Semana Internacional de Teología sobre “Jesucristo en la historia y en la fe”, organizada por la Fundación Juan March. En ella intervinieron algunos de los teólogos europeos más prestigiosos, entre ellos, el francés Christian Duquoc, los alemanes Walter Kasper, Ernts Käsemann y Wolfhart Pannenberg y el español José María González Ruiz.

 

Eras el teólogo más joven, el único no europeo, el teólogo venido del Sur que discutía de igual a igual y en profundidad con tus colegas del Norte, con lo más granado de la teología europea. Tu conferencia versó sobre Jesucristo liberador desde la América Latina oprimida. No fue un discurso fácil, y menos aún demagógico, sino riguroso, aunque desde una lógica distinta de la eurocéntrica: la de los oprimidos, que rompía las reglas de la lógica de los satisfechos.

 

Recuerdo que en uno de los debates con Pannenberg, quizá el más tenso y de mayor altura intelectual de toda la semana, el teólogo alemán te recordó que la teología es la inteligencia de la fe. A lo que tú respondiste: “Profesor, lleva usted razón, pero es también aliento de vida y fuerza de liberación para los pobres y oprimidos”.

 

Tres años después volvimos a encontrarnos en Asturias en un Congreso sobre la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla (México) con la presencia del secretario general del CELAM, monseñor Quarrachino, que se comportó de manera autoritaria y verbalmente violenta contigo, pero sin aportar una sólida argumentación a tus críticas. Fue en aquel encuentro donde empezamos a forjar nuestra amistad, que dura hasta hoy.

 

De entonces para acá muchos han sido nuestros encuentros en Congresos de teología de la liberación en diferentes lugares del planeta, preferentemente en España y en varios países de América Latina, amén de nuestra comunicación epistolar permanente, las reseñas de nuestros libros y tus prólogos a mis libros La teología de la liberación en el nuevo escenario político y religioso (Tirant, Valencia, 2011, 2ª ed.) y Cristianismo radical (Trotta, Madrid, 2025, 3ª ed.), que nunca dejaré de agradecerte suficiente.

 

En 1999 escribí el libro Leonardo Boff. Ecología, mística y liberación (Desclée de Brouwer, Bilbao, 1999). En él recojo la larga conversación que mantuvimos durante varios días en mi casa de Madrid en octubre de 1997, hago un perfil intelectual tuyo y ofrezco una exposición sistemática de tus principales aportaciones en el campo teológico, pero prestando atención también a tus estudios sobre ecología, cosmología y antropología. El libro conserva la misma actualidad de entonces, ya que abordamos los temas mirando al futuro. 

 

Volvimos a encontrarnos varias veces en los Foros Sociales Mundiales, donde creamos el Foro Mundial de Teología y Liberación (FMTL). Recuerdo dos de esos encuentros: el de Porto Alegre (Brasil), celebrado en 2005 bajo el lema “Teología para Otro Mundo Posible” y el de Belem de Pará (Brasil) en 2009 cuyo tema fue “Tierra, Agua y Teología para otro Mundo Posible”. Retengo en la memoria el vivo diálogo que mantuviste en el Foro de 2009 con tu compatriota la ecologista Marina Silva. No recuerdo si participaste en el FMTL de Nairobi (Kenia) bajo el título “Espiritualidad Para Otro Mundo Posible”.

 

Antes de la pandemia nos encontramos varias veces en Ciudad de México, Puebla de los Ángeles y Monterrey en los Congresos organizados por el colectivo Amerindia y la Fundación Valores.  Recientemente hemos participado, virtualmente en el 41 y el 44 Congreso de Teología, organizados por la Asociación española de Teólogas y Teólogos Juan XXIII y otros colectivos cristianos de base. Tus conferencias fueron muy bien acogidas y evaluadas.

 

La del 21 Congreso fue “Hacia una Iglesia samaritana y cuidadora de la naturaleza”, en la que hablaste de la confrontación de dos paradigmas civilizatorios: el del dominus, dominador de la naturaleza, y el del frater, del hermano y de la hermana, inspirado en la encíclica del papa Francisco Fratelli tutti. La del 24 Congreso giró en torno a “Caminos de Paz: Shalom y justicia”. “La paz -dijiste- solo es posible en la medida en que las personas individuales y las colectividades se predispongan a desarrollar organizadamente la convivencia, el respeto, la cooperación y el amor”.   

 

Preguntas que te interpelan

 

Durante los ochenta y siete años de vida has hecho un fecundo itinerario que se bifurca en múltiples sendas: la experiencia religiosa, la teología, la ecología, la política, la academia, los foros mundiales de teología y liberación dentro de los Foros Sociales Mundiales, los congresos de Amerindia, el acompañamiento a las comunidades eclesiales de base, al MST…

 

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, dice Antonio Machado. Tú has hecho camino al andar dejando huella por donde has pasado y sigues pasando. Y siempre desde el pensamiento crítico, desde la experiencia de la ternura, del corazón, desde el amor a la Pacha Mama y del seguimiento de Jesús de Nazaret, el Cristo Liberador, sobre el que escribiste la primera cristología latinoamericana históricamente significativa en 1972. Luego vendrían otras de colegas y amigos, entre ellas las de Juan Luis Segundo y Jon Sobrino.

 

“Lo mejor de la religión -escribía Bloch en el frontispicio de su libro El ateísmo en el cristianismo– es que crea herejes”. Creo que tú eres un excelente ejemplo de este aforismo, cambiando quizá “hereje” por “heterodoxo”. Ahí radica la creatividad en todos los campos de tu ser, tu saber y tu quehacer humano en los que has trabajado y sigues trabajando sin descanso. Tu vida y tu pensamiento demuestran que eres un intelectual que rompe esquemas (y algunos cráneos endurecidos de colegas, obispos y algún inquisidor, otrora mecenas tuyo), abres nuevos horizontes y propones alternativas donde parece que no hay salida o se cree que la salida es una sola.

 

Te reconozco como uno de los teólogos más innovadores de la teología latinoamericana, que propones una ética centrada en las “virtudes para otro mundo posible”, en la construcción de una fraternidad sororal eco-humana y de una teología del cautiverio y de la liberación. 

 

En tu quehacer teológico has sabido compaginar ejemplarmente, durante más de cinco décadas, el rigor metodológico y la denuncia profética, otra manera de hacer teología y el compromiso político con los pobres de la tierra y con la naturaleza oprimida, cuyos gritos has sabido escuchar y a los que has querido responder desde la razón cordial y la ética del cuidado. El rigor metodológico lo demuestras con el recurso a la doble mediación de la teología de la liberación: socio-analítica y hermenéutica, que se aprecia en todas las páginas de tus libros y en los artículos con los que nos sorprendes a menudo por ser reflexiones a pie de página llenas de profundidad y de sabiduría vital.

 

Utilizas la mediación de las ciencias humanas y sociales para un mejor conocimiento de la realidad, para descubrir los mecanismos de opresión que atentan contra la vida de los pobres y de la naturaleza y para liberar a la teología de su -quizá falsa-, neutralidad social, de su -supuesta- neutralidad política y de su -sólo aparente- indiferencia ética.

 

Recurres a la hermenéutica, necesaria para el estudio y la interpretación de los textos fundantes del cristianismo y para no caer en el fundamentalismo, una de las manifestaciones más perversas de las religiones que, siguiendo el refrán latino corruptio optimi pessima, convierten el vino espumoso de los orígenes en vinagre imbebible. A través de la hermenéutica analizas el pre-texto y el con-texto de dichos textos, descubres su sentido primigenio emancipador y preguntas por su significación y sentido hoy a la luz de los nuevos desafíos y de las nuevas preguntas que nos plantea la dura realidad. No como otros colegas, que dan respuestas del pasado a preguntas del presente. Todo lo contrario. Intentas aportar respuestas creativas a las preguntas de cada realidad histórica.  

 

Una realidad que hemos construido nosotros y nosotras, en la que no podemos instalarnos cómoda y acríticamente, sino que estamos llamados a de-construirla para re-construirla de manera creativa e inclusiva y un mundo en el que quepan todos los mundos, lema del Movimiento Zapatista. Desmientes así el viejo adagio conformista del pensamiento conservador: “las cosas son como son y no pueden ser de otra manera” y compartes, más bien, la afirmación del filósofo de la esperanza y de la utopía, Ernst Bloch, que inspira buena parte de nuestra teología: “Si los hechos no coinciden con el pensamiento, peor para los hechos”.

 

Eres considerado, y con razón, uno de los principales cultivadores de la teología de la liberación (TL). A ella accediste a partir del impacto que te produjeron las favelas de Petrópolis, donde llevaste a cabo un intenso trabajo socio-pastoral desde comienzos de la década de los setenta del siglo pasado. Tu reflexión teológica en clave liberadora nació, asimismo, de la necesidad de dar respuesta a las preguntas que te planteó un grupo de sacerdotes comprometidos con el mundo indígena de la selva amazónica hace ahora cinco décadas:

 

– ¿Cómo anunciar la muerte y la resurrección de Jesús a indígenas que están siendo exterminados y muriendo por las enfermedades de los blancos?

– ¿Cómo anunciar la buena noticia de la salvación a las poblaciones explotadas?

– ¿Cómo hablar de Dios inteligiblemente, y no de manera cínica, a personas indígenas que viven la experiencia de lo sagrado en contacto con la naturaleza?

 

Las experiencias vividas en el mundo de la pobreza extrema, de la marginación cultural y de la depredación de la naturaleza, por una parte, y la necesidad de responder a las preguntas que surgían de ahí, por otra, te llevaron a dedicarte por entero, profesional y vitalmente, a fundamentar la nueva metodología de la teología de la liberación, que comenzaste haciéndola en tiempos del cautiverio, vivido durante la dictadura brasileña y los regímenes militares del continente latinoamericano, que parecían “eternos”.

 

La ecología, en el corazón de tu teología

 

La teología y el cristianismo en general apenas han mostrado interés por la ecología. Tú has llenado ese vacío llevando a cabo una reflexión teológica en perspectiva ecológica, que cuestiona la supuesta – ¡y falsa!- fuerza emancipadora del paradigma científico-técnico de la modernidad. Un paradigma selectivo, centrado en el ser humano, que ni es universalizable ni integral, ¡ni siquiera humano!

 

Como alternativa propones un nuevo paradigma en el que el ser humano no compita con la naturaleza, sino que esté en diálogo y comunicación simétricos con ella, con relaciones de sujeto a sujeto, y no de sujeto a objeto. El ser humano y la naturaleza conforman un entramado de relaciones multidireccionales caracterizadas por la interdependencia y no por la autosuficiencia, por la fragilidad del mundo y la vulnerabilidad humana, y no por la omnipotencia, la insolencia y la arrogancia. Se establece, entonces, un pacto entre todos los seres del cosmos regido por la solidaridad cósmica, la fraternidad-sororidad sin fronteras, sin gremialismos ni tribalismos, y el cuidado, virtud fundamental de la ética eco-humana. Es “la opción Tierra”, título de uno de tus libros más bellos, que reseñé junto a otros en BABELIA-EL PAÍS.

 

Muchas somos las personas que seguimos tus lecciones de ecología integral, entre ellos el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si’. Sobre el cuidado de la casa común, de 2015, que se inspira en tus textos y en tu testimonio de amor a la tierra, y se inicia con el Cántico de las criaturas, que tantas veces has citado: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba… Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella”. La encíclica se hace eco de tus críticas al antropocentrismo, incluido el antropocentrismo cristiano.   

 

“La razón no puede florecer sin esperanza, ni la esperanza puede hablar sin razón” escribe Ernst Bloch en su magna obra El principio esperanza, que leíste en alemán durante tus estudios en Munich y citas con frecuencia. Razón y esperanza o, mejor, optimismo militante, docta spes, son lo que mejor define tu vida, tu, tu obra. A tus 87 años sigues practicando la “esperanza contra toda (des)esperanza”.

 

Espiritualidad liberadora

 

No quiero terminar sin decir unas palabras sobre la espiritualidad en tu vida y tu obra, inseparable de la liberación de los seres humanos empobrecidos y de la naturaleza depredada.

 

“Lo que sustenta la práctica y la teoría (teología) liberadoras -escribes- es una experiencia espiritual de encuentro con el Señor en los pobres. Por detrás de toda práctica innovadora de la Iglesia, en la raíz de toda teología verdadera y nueva se esconde latente una experiencia religiosa típica. Esta constituye la palabra-fuente; todo lo demás resulta de esta experiencia totalizadora, es esfuerzo de traducción en el marco de una realidad históricamente determinada”. 

 

La espiritualidad eco-humana lleva derechamente a la práctica del cuidado, que constituye la esencia del ser humano y que defines como una relación no agresiva ni destructiva, sino amorosa y respetuosa con la realidad, con el planeta como totalidad, con los ecosistemas, con nuestro cuerpo, con nuestro ser interior. Se trata de un arte, más que de una técnica, e inaugura un nuevo paradigma de convivencia tridimensional: ser humano-vida-tierra. El presupuesto del cuidado es que los seres humanos somos parte de la naturaleza y miembros de la comunidad biótica y cósmica, y tenemos la responsabilidad de protegerla y regenerarla.

 

El cuidado activa nuestra sensibilidad hacia nosotros mismos y hacia todo lo que nos rodea. Comporta el reconocimiento y el respeto de la dignidad y los derechos de las otras y los otros y de la naturaleza. Si los seres humanos no nos cuidamos terminamos por deshumanizarnos. Si no cuidamos la naturaleza, que es nuestro hogar, nos quedamos a la intemperie, sin lugar donde vivir. El cuidado representa el lado subjetivo, afectivo, actitudinal, y la cultura constituye el eje vertebrador de la nueva relación eco-humana, que reformulas así: “O cuidamos la vida en todas sus formas, especialmente la vida humana, y cuidamos nuestra casa común, la Tierra, o podemos poner en peligro nuestra presencia en este planeta”[1].

 

El cuidado revoluciona la concepción de la inteligencia y de la razón que ha estado vigente durante siglos en la cultura occidental y que privilegiaba su carácter instrumental, analítico, utilitarista y funcional y se traducía en el principio “conocer es dominar”. En el nuevo paradigma se corrige tal concepción y se pone el acento en la razón sensible, cordial, compasiva y utópica. La ética del cuidado lleva a la compasión, que consiste en ver, sentir, vivir y pensar la realidad desde las víctimas, identificarse con sus sufrimientos y hacerlos propios[2].

 

No alargo más esta epístola, que solo quiere ser una expresión de amistad y una manifestación de agradecimiento. A veces has sido acusado de utópico, acusación que comparto contigo. No se dan cuenta nuestros críticos de que esa acusación, más que un insulto, es un elogio. Como en el poema de Eduardo Galeano, la utopía te sirve para caminar, que no es poco teniendo las piernas tan quebradas, razón por la cual, como dije en tu presentación en el Congreso de Amerindia de 2017 en la Ciudad de México, no puedes ni quieres arrodillarte ante el poder, cualquiera fuera este, incluido el del Vaticano. ¡Todo un milagro! El milagro de la esperanza y la utopía. Ad multos annos, Leonardo.

 

Tu amigo en la tribulación y la esperanza,

 

Juan José Tamayo



[1] Leonardo Boff, El cuidado necesario, p. 32.

[2] He desarrollado el tema de la compasión en Juan José Tamayo, La compasión en un mundo injusto, Fragmenta, Barcelona, 2023, 2ª ed.

Mujeres sacerdotes: la historia a su favor

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[Por: Juan José Tamayo]

León XIV ha ratificado el informe de la comisión presidida por el cardenal arzobispo emérito d’ Aquila, Guiseppe Petrocchi, que rechaza la posibilidad de conceder la admisión de las mujeres al diaconado entendido como sacramento del orden, aunque, matiza, por el momento no es posible un juicio definitivo como en el de la ordenación sacerdotal de las mujeres.  Según este informe la exclusión de las mujeres es doble: del ministerio diaconal y del presbiteral. Con la historia en la mano voy a argumentar a favor del sacerdocio de la mujeres y, de consuno, también del diaconado.   

 

Durante las últimas décadas han aparecido rigurosas investigaciones científicas de historiadores e historiadoras, numerosos documentos y declaraciones de teólogos y teólogas, movimientos cristianos de base, organizaciones cívico-sociales, e incluso de obispos y cardenales de la Iglesia católica, reclamando fundadamente el acceso de las mujeres al sacerdocio. Consideran la exclusión femenina del ministerio sacerdotal una discriminación de género que es contraria a la actitud inclusiva de Jesús de Nazaret y del cristianismo primitivo, va en dirección contraria a los movimientos de emancipación de las mujeres y a las tendencias igualitarias de hombres y mujeres en la sociedad, la política, la vida doméstica y la actividad laboral.

 

El alto magisterio eclesiástico responde negativamente a esa reivindicación, apoyándose en dos argumentos que carecen de consistencia: uno teológico-bíblico y otro histórico, que pueden resumirse así: Cristo no llamó a ninguna mujer a formar parte del grupo de los apóstoles, y la tradición de la Iglesia ha sido fiel a esta exclusión, no ordenando sacerdotes a las mujeres a lo largo de los veinte siglos de historia del catolicismo. Esta práctica se interpreta como voluntad explícita de Cristo de conferir solo a los varones, dentro de la comunidad cristiana, el triple poder sacerdotal de enseñar, santificar y gobernar. Solo ellos, por su semejanza con Cristo, pueden representarle y hacerle presente en la eucaristía.

 

Estos argumentos vienen repitiéndose sin apenas cambios desde hace siglos y son expuestos en  varios documentos de idéntico contenido, de los que destaco tres a los que apelan los obispos y el propio papa cada vez que los movimientos cristianos críticos, las teólogas y los teólogos insisten con  toda razón en reclamar el sacerdocio para las mujeres: la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Inter insigniores (15 de octubre de 1976) y dos cartas apostólicas de Juan Pablo II: Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988) y Ordinatio sacerdotalis. Sobre la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres (22 de mayo de 1994). La más contundente de todas las declaraciones al respecto es esta última, que zanja la cuestión y cierra todas las puertas a cualquier cambio en el futuro: “Declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”.

 

Unos meses antes de renunciar al pontificado Benedicto XVI, citando la Ordinatio sacerdotalis, de Juan Pablo II, ratificó la prohibición de la Iglesia católica de ordenar a mujeres considerando dicha prohibición parte de la constitución divina de la Iglesia (¿?) y declaró que la Iglesia carece de autoridad para permitir el acceso de las mujeres al sacerdocio, ya que Jesucristo ordenó sacerdotes solo a hombres, y lo hizo voluntariamente. El papa Francisco volvió a rechazar el acceso de las mujeres al ministerio presbiteral con inusual contundencia en el vuelo de retorno de Suecia a Roma en 2016 apelando a la declaración de Juan Pablo II, 

 

Es verdad que la historia del cristianismo no es pródiga en relatos de mujeres sacerdotes. Esto no debe extrañar ni sorprender, ya que ha sido escrita por varones, en su mayoría clérigos, y su tendencia ha sido a ocultar el protagonismo de las mujeres en la bimilemaria historia del cristianismo. “Si las mujeres hubieran escrito los libros, estoy segura de que lo habrían hecho de otra manera, porque ellas saben que se les acusa en falso”. Esto lo escribía Cristina de Pisan, autora de La ciudad de las damas en 1404, la obra que suele considerarse protofeminista de la primera mujer que se ganó la vida como escritora. Sin embargo, documentos no faltan en favor del ministerio sacerdotal de las mujeres, como voy a intentar mostrar a continuación.

 

La mayoría de los estudios sobre el Nuevo Testamento, de las investigaciones sobre el cristianismo primitivo y de las reflexiones teológicas actuales coincide en que no hay razones para la exclusión de las mujeres de los diferentes ministerios eclesiales.

 

Según consta en algunas tradiciones evangélicas, las mujeres se incorporaron al movimiento de Jesús en igualdad de condiciones que los varones. Diría más, siguiendo a Elisabeth Schüssler Fiorenza: el movimiento igualitario de Jesús de Nazaret surgió a partir, o al menos, vinculado a un colectivo de mujeres de Galilea. Esta práctica religiosa inclusiva suponía una verdadera revolución en la sociedad y la religión judías de carácter patriarcal y androcéntrico. Creo puede afirmarse que las mujeres recuperan en el movimiento de Jesús la libertad y la dignidad que les negaban los códigos domésticos romanos y las tendencias ortodoxas del judaísmo. Diría más: sin el testimonio de las mujeres sobre la Resurrección de Jesús de Nazaret, difícilmente existiría hoy la Iglesia cristiana.

 

Las mujeres ejercieron funciones ministeriales y directivas en el cristianismo primitivo. En su libro El ministerio eclesial. Responsables en la comunidad cristiana (Ediciones Cristiandad, Madrid, 1983), Edward Schillebeeckx asevera que las mujeres, en cuanto responsables de las comunidades cristianas domésticas, podían presidir la celebración eucarística.

 

Importantes investigaciones históricas desmienten las contundentes afirmaciones del magisterio papal, hasta invalidarlas y convertirlas en pura retórica al servicio de una institución jerárquico-piramidal-patriarcal-clerical como es la Iglesia católica. Esta es uno de los últimos y más eficaces bastiones del patriarcado, que apela a la masculinidad de Dios “Padre” y a la virilidad de Jesús de Nazaret para excluir a las mujeres de los ministerios diaconal, presbiteral, episcopal y papal. Dicha práctica excluyente de las mujeres del ámbito de lo sagrado y de la representación divina viene a confirmar las dos afirmaciones tan certeras de dos pensadoras feministas: Mary Daly y Katte Millet. La primera afirma en su libro Más allá de Dios Padre (1973): “Si Dios es varón, el varón es Dios”. La segunda escribe en Política sexual (1970): “El patriarcado siempre tiene a Dios de su lado”.

 

Para no alargar en exceso este artículo voy a citar dos de los estudios más rigurosos que invalidan las afirmaciones de los tres documentos antes citados: Cuando las mujeres eran sacerdotes (El Almendro, Córdoba, 1997), de Karen Jo Torjesen, catedrática de Estudios sobre la Mujer y la Religión en Claremont Graduate School, y los trabajos del historiador italiano Giorgio Otranto, ex director del Instituto de Estudios Clásicos y Cristianos de la Universidad de Bari. En ellos se demuestra, mediante inscripciones en tumbas y mosaicos, cartas pontificias y otros textos, que las mujeres ejercieron el sacerdocio durante los trece primeros siglos de la historia de la Iglesia. Veamos algunas de estas pruebas que quitan todo valor a los argumentos del magisterio eclesiástico.

 

Debajo del arco de una basílica romana aparece un fresco con cuatro mujeres. Dos de ellas son las santas Práxedes y Prudencia, a quienes está dedicada la iglesia. Otra es María, madre de Jesús de Nazaret. Sobre la cabeza de la cuarta hay una inscripción que dice: Theodora Episcopa (= Obispa). La ‘a’ de Theodora está raspada en el mosaico, no así la ‘a’ de Episcopa.

 

En el siglo pasado se descubrieron inscripciones que hablan a favor del ejercicio del sacerdocio de las mujeres en el cristianismo primitivo. En una tumba de Tropea (Calabria meridional, Italia) aparece la siguiente dedicatoria a “Leta Presbytera”, que data de mediados del siglo V: “Consagrada a su buena fama, Leta Presbytera vivió cuarenta años, ocho meses y nueve días, y su esposo le erigió este sepulcro. La precedió en paz la víspera de los Idus de Marzo”.

 

Otras inscripciones de los siglos VI y VII atestiguan igualmente la existencia de mujeres sacerdotes en Salone (Dalmacia) (presbytera, sacerdota), Hipona, diócesis africana de la que fue obispo san Agustín cerca de cuarenta años (presbiterissa), en las cercanías de Poitires (Francia) (presbyteria), en Tracia (presbytera, en griego), etcétera.

 

En un tratado sobre la virtud de la virginidad, del siglo IV, atribuido a san Atanasio, se afirma que las mujeres consagradas pueden celebrar juntas la fracción del pan sin la presencia de un sacerdote varón: “Las santas vírgenes pueden bendecir el pan tres veces con la señal de la cruz, pronunciar la acción de gracias y orar, pues el reino de los cielos no es ni masculino ni femenino. Todas las mujeres que fueron recibidas por el Señor alcanzaron la categoría de varones” (De virginitate, PG 28, col. 263).

 

En una carta del papa Gelasio I (492-496) dirigida a los obispos del sur de Italia el año 494 les dice que se ha enterado, para gran pesar suyo, de que los asuntos de la Iglesia han llegado a un estado tan bajo que se anima a las mujeres a oficiar en los sagrados altares y a participar en todas las actividades del sexo masculino al que ellas no pertenecen. Los propios obispos de esa región italiana habían concedido el sacramento del orden a mujeres, y estas ejercían las funciones sacerdotales con normalidad.

 

Un sacerdote llamado Ambrosio pregunta a Atón, obispo de Vercelli, que vivió entre los siglos IX y X y era buen conocedor de las disposiciones conciliares antiguas, qué sentido había que dar a los términos presbytera y diaconisa, que aparecían en los cánones antiguos. Atón le responde que las mujeres también recibían los ministerios ad adjumentum virorum, y cita la carta de Pablo de Tarso a los Romanos, donde puede leerse: “Os recomiendo a Febe, nuestra hermana y diaconisa en la Iglesia de Cencreas”.

 

Fue el concilio de Laodicea, celebrado durante la segunda mitad del siglo IV, sigue diciendo en su contestación el obispo Aton, el que prohibió la ordenación sacerdotal de las mujeres. Por lo que se refiere al término presbytera, reconoce que en la Iglesia antigua también podía designar a la esposa del presbítero, pero él prefiere el significado de sacerdotisa ordenada que ejercía funciones de dirección, enseñanza y culto en la comunidad cristiana.

 

En contra de conceder la palabra a las mujeres se manifestó el papa Honorio III (1216-1227) en una carta a los obispos de Burgos y Valencia, en la que les pedía que prohibieran hablar a las abadesas desde el púlpito, práctica habitual entonces. Estas son sus palabras: “Las mujeres no deben hablar porque sus labios llevan el estigma de Eva, cuyas palabras han sellado el destino del hombre”.

 

Estos y otros muchos testimonios que podría aportar son rechazados por el magisterio eclesiástico y por la teología de él dependiente, alegando que carecen de rigor científico. Pero ¿quiénes son el papa, los cardenales y los obispos para juzgar sobre el valor de las investigaciones históricas? La verdadera razón de su rechazo son los planteamientos patriarcales en los que están instalados. El reconocimiento de la autenticidad de esos testimonios debiera llevarlos a revisar sus concepciones androcéntricas y a abandonar sus prácticas misóginas. Pero no parece que estén dispuestos a ello. Prefieren ejercer el poder autoritariamente y en solitario encerrados en la torre de su ‘patriarquía’, en vez de ejercerlo democráticamente y compartirlo con las mujeres creyentes, que hoy son mayoría en la Iglesia católica y, sin embargo, carecen de presencia en sus órganos directivos y se ven condenadas a la invisibilidad y al silencio.

 

Es verdad que el papa Francisco nos sorprendió gratamente con muy certeras críticas contra la discriminación de las mujeres en la sociedad y con iniciativas como la incorporación de tres mujeres, dos religiosas y una laica, en el dicasterio romano de Obispos, cuya función es el nombramiento de candidatos al episcopado. Pero en este mismo nombramiento aprecio una incoherencia o, mejor, una contradicción: que las mujeres puedan asesorar al papa en la elección de los obispos sin poder acceder ellas al episcopado.

 

Una segunda contradicción, todavía mayor que la anterior, es que, teniendo las mujeres la historia a favor del ejercicio del ministerio presbiteral y diaconal, el Código de Derecho Canónico impone a las mujeres ordenadas sacerdotes una pena mayor que a los pederastas: la excomunión, pero no a través de ningún documento oficial, sino latae sententiae, es decir, automáticamente. Lo que tramposamente viene a significar que son las propias mujeres sacerdotes las que se auto-excomulgan. Pero, lógicamente, se niegan a auto-excomulgarse y siguen ejerciendo el ministerio, y en dicho ejercicio cuentan con el apoyo de un sector importante de la comunidad cristiana, que participa en sus celebraciones sin conciencia alguna de transgresión sacramental. Todo lo contrario, lo hace con la conciencia de comunión con las mujeres injustamente excluidas de la comunión eclesial.

 

Con la exclusión de las mujeres del diaconado y del ministerio sacerdotal la Iglesia se convierte en una patriarquía perfecta basada en la masculinidad de Dios y de Jesús de Nazaret, en la que todo el poder es ejercido por el clero papal, episcopal y sacerdotal, sin  participación alguna de las personas cristianas laicas y, especialmente, de las mujeres. Una Iglesia católica así configurada, ¿puede afirmar que ha sido fundada por Jesús de Nazaret y que responde a su movimiento igualitario de discípulos y discípulas?