En un mes, Francia pasó del júbilo al levantamiento nacional de la juventud. El jubilo fue por la visita del papa a finales de septiembre, mientras en estos últimos días, centenares de miles de jóvenes manifiestan por todo el país por el abandono de la educación escolar, la falta de aulas, el desempleo juvenil…
La acogida multitudinaria y alegre del papa León XIV en Francia durante 4 días ha sido una sorpresa positiva. Muchísima gente ha estado presente en sus presentaciones públicas tanto en París, como en Lourdes y en Metz. Pasó el tiempo del anticlericalismo frente al poder que representaba una religión que se quería la referencia obligatoria en cuestiones de moral y de verdad. “Hay bajo el sol un tiempo para todo, nos dice el libro bíblico del Eclesiastés. Un tiempo para hacer cada cosa: Tiempo para nacer, y tiempo para morir; tiempo para plantar, y tiempo para arrancar lo plantado; tiempo para matar y tiempo para curar; tiempo para demoler y tiempo para edificar; tiempo para llorar y tiempo para reír; tiempo para gemir y tiempo para bailar; tiempo para lanzar piedras y tiempo para recogerlas; tiempo para los abrazos y tiempo para abstenerse de ellos; tiempo para buscar y tiempo para perder; tiempo para conservar y tiempo para tirar fuera; tiempo para rasgar y tiempo para coser; tiempo para callarse y tiempo para hablar; tiempo para amar y tiempo para odiar; tiempo para la guerra y tiempo para la paz. Al final ¿qué provecho saca uno de sus afanes?” (3,1-9). Y un poco más adelante (11-12): “Dios ha puesto la eternidad en sus corazones… Vi entonces que el verdadero bien es la alegría y hacer el bien durante toda la vida”.
La cuestión mayor no es el papa ni la Iglesia, sino lo que representan. Gracias al papa y a la Iglesia, lo que es central termina apareciendo como esencial. Los cuatro días con el papa son la pausa que necesitamos para decirnos: ¿Qué es lo importante? ¿Dedico mi vida a lo esencial? Tal vez el papa no dijo nada extraordinario, sino reflexiones sobre lo cotidiano mirando más allá que lo material, lo local y lo pasajero… para indicarnos adónde apuntar, para no vivir en vano.
Otra dimensión que permiten experimentar los encuentros con el papa, es la comunidad o la dimensión comunitaria. No somos primero un número, un código o una imagen virtual. Somos la humanidad, una gran familia de hermanas y hermanos, llamados a construir la fraternidad. Tenemos una misma misión: la solidaridad. En estos encuentros masivos, desaparecen las diferencias de razas, de religiones, de ideologías, de edad, de sexo. Sentimos que tenemos un destín común: hacernos felices los unos a los otros. Encontrarse centenares de miles de personas nos hace sentir que es posible vivir en paz, asumir las diferencias, animarnos a construir la cohesión, la unidad que integra las diferencias.
Las palabras del papa, comprensibles para todos, nos hablan de paz, no de guerra: tengamos “cuidado con la ilusión del rearme”. Lo hizo notar al presidente Emanuel Macron que el arma nuclear no garantiza la seguridad: eso es una convicción « errónea », dijo, añadiendo que « la paz no es un equilibrio de fuerzas », sino “el fruto de la justicia”. En la basílica parisina de Notre Dame dirigió su mensaje a los católicos franceses invitándolo a que “sean una Iglesia multiforme, viva y cercana… misioneros del Evangelio en la sociedad”. Desde la ‘Maison Bakhita’ o Casa de los migrantes nos recuerda el papa que la historia de la humanidad es una larga y permanente sucesión de migraciones masivas. Con relación a los migrantes nos hace “ver a quienes son invisibilizados” y nos invita a “liberar a quienes la economía y la cultura reducen hoy a la esclavitud” en sus países de origen.
En Lourdes, durante un buen tiempo quiso ser un peregrino más que se arrodilla para rezar y bebe el agua que sale de la gruta, para indicarnos que la religiosidad popular es un espacio privilegiado para encontramos con Dios, sentirnos ligados a los demás y responsables de los que padecen enfermedades y necesidades. El papa recordó el sentido de la palabra penitencia, ligada a la gruta de Lourdes: “La penitencia recupera así un significado que nuestra época -un mundo herido- necesita redescubrir. No consiste en quedar atrapados en la culpa, sino en admitir que un camino puede alejarnos de la vida y exigir un giro. Nadie puede modificar aquello que se niega a mirar. De ahí que esta llamada contenga también una promesa: quien reconoce su error puede comenzar de nuevo. Rogó el papa por “una sociedad armoniosa, libre de toda violencia y de todo odio, en la que cada persona pueda trabajar, formar una familia y vivir su vida hasta el final con tranquilidad y serenidad… Concede a tu Iglesia en Francia mostrar, particularmente a los más jóvenes, el camino luminoso del Evangelio, para que puedan edificar la sociedad justa y fraterna que anhelan”. Frente a la plaga de los abusos sexuales, el papa quiso encontrar personalmente las victimas para animarlas a reconstruir su dignidad pisoteada.
En la ciudad de Metz donde se puso en marcha la Unión Europea con el sueño de Robert Schuman, padre de la construcción europea, que vaya de Reikiavik en Islandia hasta Vladivostok al extremo este de Rusia. Allí el papa tuvo un encuentro interreligioso con líderes de 6 religiones. Suscribieron el “Llamado de Metz”, un documento en favor de la paz, el diálogo y la reconciliación para trabajar juntos por el “desarme de los corazones y de las palabras”. Además, el papa habló del multilateralismo contra la competencia entre todos y la hegemonía de unos sobre los demás. “Nos necesitamos los unos a los otros… El futuro no reside en la uniformidad, sino en la armonía de las diferencias … Tengan el valor de vivir la misión de construir la paz con responsabilidad, en sus corazones, en sus relaciones, en sus familias, en las escuelas y universidades, en la vida de sus ciudades, sus países y en toda Europa… Europa se ha desarrollado y ha progresado cuando ha sido capaz de asimilar los aspectos positivos de su pasado y de replantearlos de formas nuevas y creativas gracias al encuentro con el otro.”
Al despedirse, el Papa recurrió a tres imágenes: el desierto, el jardín y la casa. “Mientras que hoy, en el mundo, somos testigos de tanta violencia, manipulación y arrogancia, a diversos niveles, Jesús nos enseña a transformar el desierto en un oasis, a cultivar jardines y construir casas. En el desierto, lugar de la sobriedad y del silencio, se instaura el derecho, es decir, la ley que ayuda al hombre a recorrer el camino del bien”, recordando así “la importancia de lo esencial y de la sencillez, que nos permiten atribuir el justo valor a las cosas, formándonos al mismo tiempo en la renuncia y el sacrificio”. Junto al desierto esta el jardín, “donde reina la justicia”, el “lugar de la belleza”. Finalmente, está “la casa, lugar de paz”, cuya construcción precisa de “una contribución más directa y más importante por parte del hombre, con el uso de fuerzas y competencias, a través de un esfuerzo común, una auténtica obra en proceso”.
El Papa se refirió a los jóvenes, “llamados a construir la Europa de hoy y del mañana… A los jóvenes les digo: tengan el valor de vivir de manera responsable la misión de construir la paz, en su corazón, en sus relaciones, en su familia, en las escuelas y universidades, en la vida de sus ciudades, de sus pueblos y de toda Europa. No se sometan a la lógica de la violencia y la opresión. ¡Amen la vida en cada momento y no le teman al futuro! … No tengan miedo de trabajar incansablemente al servicio del bien de sus comunidades, incluso a través del compromiso político. ¡Sean artífices de comunidad!”
Estos mensajes son también para todos nosotros, tal como reza del lema del viaje papal: “¡Para que el mundo tenga vida!” A todos, Dios nos convoca para dar frutos de vida. En nuestro país y en muchos más el fascismo y la violencia nos obligan a ir a lo esencial: Defender la vida, toda vida, la vida humana y la de la naturaleza, más allá de las banderas políticas y de las ideologías perversas.
En Ecuador, es una sorpresa positiva las actuales manifestaciones estudiantiles en las grandes ciudades del país. Los reclamos son bastante parecidos a los de Europa: abandono de la educación escolar, la falta de aulas, el desempleo juvenil, violencia generalizada, pobreza creciente… En Francia se escucha: “¡Macron: demisión!”, mientras en Ecuador se grita: “¡Fuera, Noboa, fuera!” ¿Será en nuestro país el inicio de un cambio de sistema de gobierno que, desde 9 años, va de mal en peor? Millones de ecuatorianos lo esperan demasiado pasivamente.






