Madre, a lo largo de tu vida, desde el momento en que dijiste «hágase», no abandonaste tu intención ni la misión que el Señor te encomendó. Ese «hágase» no fue solo un sí a la alegría y a la transmisión de la Buena Nueva. Fue también un sí a los momentos más difíciles y duros en la vida de una madre.
Cuando el piadoso Simeón te dijo en el templo que una espada de dolor te atravesaría el alma, guardaste en tu corazón ese dolor. No sé si lo sentiste en ese momento o después. Cuántas familias están traspasadas por una espada de dolor en el alma. Tú las entiendes, Madre. Tú sabes reconfortarlas en su dolor. Hay muchas personas que sufren en silencio, con el alma hecha añicos. Sufren acoso, tratos vejatorios, violencia. Cuántas veces nos cruzamos con ellas y no las miramos. Cuántas veces las tenemos a nuestro lado y no nos preocupamos ni vemos los signos de su dolor.
Coger a tu hijo en brazos en plena noche y escapar a Egipto con el miedo en los talones, sabiendo que Herodes quería matarlo. Qué dolor tan grande para una madre. Y pensar, Señora mía, que hoy no somos capaces de entender el sufrimiento de los que escapan con miedo, de los que huyen de la guerra, de los que suben a una patera sabiendo que o llegan o pierden la vida. Los que escapan de pandillas, los que escapan de la violencia sexual o de trata de personas. Los que tienen que escapar, Madre, por las dictaduras y los regímenes autoritarios. Cuántos Herodes siguen existiendo en este mundo. Cuántos.
Cuando no encontrabas a Jesús, él estaba tranquilamente en el templo. Imagino la angustia con la que recorrías las calles de Jerusalén junto a José. Cuánto miedo sentirías. Cuánta angustia sentirán también esas madres que buscan a sus hijos desaparecidos y que no están sentados en el templo, sino en manos de pedófilos o redes de trata de personas. Esas madres que esperan noticias de sus hijos en el otro continente, esas que esperan a un hijo o una hija volver de la guerra, esas que acuden a ti orando porque su hijo ha sido represaliado, encarcelado por decir lo que pensaba. Acuérdate de ellas, Señora, porque no saben si los volverán a ver.
Acuérdate también de esas familias que tienen hijos en la calle por decisiones difíciles, por la enfermedad de la adicción. Acompáñalas en su dolor, Madre, y a ellos y a todas las personas sin hogar que viven en la calle, que duermen a la intemperie, que pasan hambre, protégelos, Madre, protégelos.
Ver a tu hijo cargando con la cruz, ensangrentado, herido, con las espinas clavadas en su cabeza, esa cabeza que tantas veces habías acariciado. Pero seguías ahí, Madre, seguías diciendo «hágase». No sé si lo entendías, pero no abandonabas a tu hijo. Estabas a su lado. Imagino el dolor desgarrador que tenías que sentir.
Hay tantas familias en una situación de impotencia ante el sufrimiento de sus hijos. Cuántos padres cuidan de hijos enfermos, los acompañan y apoyan en caso de acoso, sin saber muchas veces qué hacer o cómo hacerlo. Cuántos padres van a la cárcel a ver a sus hijos. Cuántos padres descubren que sus hijos han sido abusados, que han sido engañados en redes sociales o en instituciones como la Iglesia, la escuela o clubes deportivos que deberían protegerlos. Sienten una impotencia que imagino has sentido tú también. Quisieran cargar ellos con su cruz. Acuérdate de estas familias, María.
Y al pie de la cruz, esperando su muerte sin poder hacer nada para consolarlo. Cuánto dolor, Madre.
Tantas madres que no podrán acompañar a sus hijos en su agonía porque una bomba, una granada les ha segado la vida en una guerra sin decencia ni escrúpulos, porque se han quedado en el fondo del mar o del océano, en una fosa común. Cuántas familias observan el deterioro y la agonía de sus seres queridos porque gobiernos y seguros no se hacen cargo de su enfermedad. Cuántas madres lloran enfermedades mentales de sus hijos. Cuántos, sin ser capaces de aguantar el dolor, la pena o la soledad, deciden adelantar el día de su muerte. Cuántas madres ven morir a sus hijos en una guerra de pandillas.
Acuérdate también de los que sufren al lado de estas madres, de los que las apoyan. Acuérdate de cómo sufrían Juan, María de Cleofás y María Magdalena y cómo, mientras tú seguías diciendo «hágase», ellos se mantenían firmes contigo.
Madre, que nadie sienta la soledad, que todo el mundo tenga un hombro en el que apoyarse, que ante la agonía, ante la muerte de un ser querido nadie esté solo y que nadie tenga que morir sin que un ser querido le dé la mano.
Cuando recibiste el cuerpo de tu hijo frío, pálido, inerte, aquel cuerpo que recordabas con vida y energía, pudiste, María, tenerlo una última vez entre tus brazos. Cuántas madres no podrán hacer eso con sus hijos. Cuántas, María.
Y el último adiós. El último adiós nos llena de la soledad más profunda, de una nostalgia de la persona a la que amamos, a la que cuidamos, por la que dimos todo nuestro amor y cariño. Pero también, Madre, nos lleva a la desolación y la impotencia cuando lo que lloramos es una muerte injusta y sin sentido. Cuántas muertes hay por violencia de género, por xenofobia, por persecución religiosa, por fanatismo, por orientación sexual. Cuántas, Madre.
Cuánto tenemos que aprender de ti, María. Cuánto tenemos que aprender de ese «hágase en mí según tu palabra».
Ese «hágase» es bonito, es entrega, es recibir al Señor y abandonarse en él. Pero también es ver y sentir dolor, injusticia. Es aceptar vivir la parte más dura del Evangelio y ahí seguir siendo firmes y fieles a nuestro «hágase».
Tú guardabas todo en tu corazón, Madre.
Cómo me gustaría tener un carácter dócil, amable y fiel como el tuyo, a la vez que fuerte y persistente. Pero cada día las injusticias, las incoherencias me exasperan más, me duelen más y me indignan más. Los problemas de explotación laboral, la especulación con la vivienda, la brecha cada vez más grande entre ricos y pobres, la doble moral con la que actuamos muchos católicos. Cuántos fariseos siguen existiendo, Madre. Cuántos.
Pero mientras tú estés a mi lado y mientras siga creyendo firmemente en tu hijo seguiré alzando la voz a través de la palabra.
María, son muchos los que están al pie de alguna cruz. A lo mejor no están al pie de la cruz de Jesús, pero están al pie de la cruz de alguien o están en la suya propia. Personas que no tienen a nadie que les acompañe o que les ayude a llevarla. Personas con depresión, mujeres o hombres obligados a prostituirse, ancianos a los que nadie cuida, niños que pasan hambre, que son maltratados, que no reciben cariño. Hay tantas cruces, Madre. Hay tantas cruces y tan pocos cirineos.
Intercede, Madre, por todos aquellos que sufren, por los que no los comprenden, por los que cargan cruces y por los que no saben o no pueden ayudar a otro a cargarla. También, Madre, por los que no son capaces de pedir ayuda.
Acuérdate de los valientes, de los que acompañan a una madre en un momento difícil, de los que perseveran y desde la humildad son fieles al «fiat», pase lo que pase, de aquellos que son perseguidos, de aquellos que alzan la voz, de aquellos que actúan con misericordia y con amor, de los que entregan su vida.
Y también, Madre, de aquellos que en nombre de Dios son capaces de hacer verdaderas barbaridades.
Intercede por nosotros para que Jesús nos dé fuerza, para que sepamos seguir tu ejemplo y ser fieles a nuestro «hágase» hasta el final.
Madre, nunca se escuchó que nadie que a ti acudiese fuese desamparado. Cubre a todos los que sufren con tu manto. Tú que has vivido tanto dolor, los entiendes, nos entiendes y sabes cómo acompañarnos.
Salve, Reina y Madre de misericordia.
Amén.
Tomando como punto de partida los siete dolores de la Virgen María y sus referencias evangélicas y de la tradición católica, he querido reflexionar y orar por quienes viven hoy distintas formas de dolor y sufrimiento. Desde cada uno de los dolores he querido mirar algunos sufrimientos de nuestro mundo y ponerlos en presencia de Nuestra Señora.
Diego G. Agilda






