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Pasión y Muerte de Jesús (I. Ellacuría)

[Por: Leandro Sequeiros]

El intento de poner en relación a Jesús con la historia y, consiguientemente, a la Iglesia con la historia, es esencial para la comprensión y realización del cristianismo, así como para la realización y la comprensión de la historia. Si no se llega a tener clara esta ‘relación’, se cae en posturas religiosistas o en posturas secularistas, con menoscabo de lo que es realmente la salvación histórica…

 

Decargue el artículo.

La resurrección en medio de un Viernes Santo prolongado

[Por: Leonardo Boff]

Ni el más optimista puede negar que vivimos tiempos sombríos y amenazantes. Estamos dentro de un mundo sin reglas y en medio del caos, sin tener la certeza de que este caos pueda ser generativo y no solamente destructivo. Ahora estamos bajo la regencia del caos destructivo. Hay unos 18 lugares de guerra, muchos genocidios y amenazas de uso de armas de destrucción masiva. Tal vez ni siquiera ocurran en la Tierra, sino en el espacio por donde giran cientos de satélites, algunos cargados con armas mortíferas. Existe además la amenaza de una paralización cibernética mundial, realizada por alguna de las potencias beligerantes. Todo puede detenerse: celulares, aviones, automóviles, sistemas eléctricos y de comunicación. Todos quedaríamos de rodillas, reconociendo la derrota.

 

Estamos en manos de unas 4 o 5 personas que pueden desencadenar, en momentos de insania o bajo amenaza existencial —como es el caso del presidente designado de Estados Unidos—, una guerra nuclear con armas atómicas estratégicas (no tácticas) capaces de producir un invierno nuclear. Tal sería la densidad de partículas en la atmósfera que impediría la penetración de la luz solar. Los efectos letales sobre la humanidad y la naturaleza (las plantas ya no producirían oxígeno) son inimaginables, rozando la desaparición de la especie humana.

 

Nos preguntamos: ¿cómo celebrar la Pascua y la fiesta de la resurrección en este contexto? La mayoría de la humanidad vive ajena a estas amenazas, ya sea por la negación de información por parte de los medios de los países hegemónicos del gran sistema imperante, o por ignorancia o desinterés. De todos modos, con amenazas o sin ellas, la vida debe continuar con sus tareas y trabajos que garantizan el alimento en la mesa de las personas. Vivir sin desesperarse.

 

Antes que nada, necesitamos aclarar qué se entiende por resurrección. No debemos confundirla con la reanimación de un cadáver, como ocurrió con Lázaro (Juan 11,1-44), el hijo de la viuda de Naín (Lucas 7,15) o la hija de Jairo (Lucas 8,41). Ellos volvieron a la vida mortal que tenían antes y terminaron muriendo.  Resurrección significa otra cosa: una transformación radical de la existencia histórica de Jesús de Nazaret, crucificado, muerto y sepultado.

 

Tal vez San Pablo expresó mejor lo que significa la resurrección: la irrupción del novissimus Adam (1 Cor 15,45). Novissimus Adam significa que en ese Crucificado se mostró, anticipadamente, el hombre nuevo y cuál es el futuro de la vida: la plena realización de las posibilidades latentes dentro de cada uno, de modo que puede ser considerado “el nuevo ser humano en la plenitud de su humanidad”. Este ser nuevo asume la forma de existencia del propio Dios: omnipresencia, liberación de las ataduras del espacio-tiempo, con un tipo de vida inmortal y eterna, jamás amenazada por la muerte. Es pura vida en su expresión suprema, a semejanza del Dios vivo.

 

Moisés murió, Isaías murió, Sócrates murió, Buda murió, Zaratustra murió, Confucio murió, Lao-Tsé murió, Chuang-Tsé murió. Jesús resucitó y vive entre nosotros como el Cristo cósmico, presente en todos los espacios del cielo y de la Tierra. De Moisés provienen los diez mandamientos; de Buda, las cinco virtudes básicas; de Confucio, las virtudes del buen funcionario, y así con otros. Se piensa menos en las personas y más en las doctrinas que dejaron y que humanizan a sus seguidores. De Jesús se piensa en la persona que resucitó y vive entre nosotros. Más importante que los textos del Nuevo Testamento —recogidos 30 o 40 años después de su crucifixión y resurrección— es la persona de Jesús, con la cual entramos en comunión como con un ser vivo y presente. Comulgamos la totalidad de Jesús (en hebreo, cuerpo y sangre) en la Eucaristía e interiorizamos su presencia cósmica en todas las cosas.

 

Esta es la verdad fundamental del cristianismo: la resurrección del Crucificado. Muchos en la historia fueron crucificados, pero con Jesús ocurrió algo inaudito que Teilhard de Chardin, paleontólogo que supo articular la evolución con la fe, llamó un fenómeno cósmico “tremendo”. Otros dicen: la resurrección es una revolución dentro de la evolución, la emergencia anticipada, audaz y feliz del buen fin del ser humano y del universo del cual forma parte.

 

Nadie mejor que el apóstol Pablo testimonia la resurrección al decir: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana es nuestra fe. Seríamos también mentirosos… Pero en verdad Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que mueren… En Cristo todos volverán a vivir” (1 Corintios 15,13-15; 20; 22).

 

Por último, me permito un testimonio personal. Cuando estuve en los lugares santos en Palestina, en 1976, ocurrió un hecho curioso. Sabemos que estos lugares están siempre llenos de gente de todo el mundo que viene a visitarlos; nunca se está solo. Estuve en el Santo Sepulcro, lugar de la resurrección, solo durante 18 minutos exactos. Para mí fue un premio por haber escrito cerca de mil páginas sobre Jesús y todo un libro sobre “La resurrección de Cristo y la nuestra en la muerte” (Vozes). En mis escritos siempre vuelvo al tema de la resurrección. Es lo que el cristianismo tiene para ofrecer, más que las bellas enseñanzas del Maestro.

 

Por más dramática que sea la actual situación de la humanidad, que ha creado para sí instrumentos de autodestrucción, no podemos vivir tristes. Después de que Cristo resucitó y mostró cuál es nuestro futuro bueno y bienaventurado, aún podemos sonreír, jugar y danzar, como los niños de la Franja de Gaza que escaparon del genocidio.

 

La Pascua de la resurrección de este año nos permite una alegría discreta y una confianza. La última página de nuestra historia no será escrita por la muerte, sino por la resurrección de la vida, hasta el momento en que nuestro hermano Jesús resucitado también nos transformará a su semejanza.

 

Leonardo Boff, teólogo y filósofo, escribe para la revista del ICL LIBERTA. También es autor de La resurrección de Cristo y la nuestra en la mue Vozes 1972 muchas ediciones.  Elões : El evangelio de Cristo cósmio, Record 1972 varias ediciones.(https://www.leonardoboff.org)

 

La historia del Rey del tiempo

[Por: Francisco José Bosch]

La puerta de la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el campesino se inclina para atisbar el interior. El guardián lo ve, se ríe y le dice: – Si tantas ganas tienes – intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón hay otros tantos guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo soportar su vista.

(Ante la ley, F. Kafka)

 

Desde dentro del sepulcro, el resucitado ve la puerta de la Ley, desde dentro. Hace el camino inverso que ha hecho como campesino. El sepulcro, la piedra movida, el encuentro con sus mujeres, el camino junto a sus amigos obreros y pescadores, la mesa compartida que lo espera en Emaus. Desde dentro de la muerte, desde la oscuridad del Sheol, Dios ha ordenado el Tiempo, La Ley, ha recompuesto la vida desde los que morían junto a la puerta, sin poder entrar, sin probar ni las migas de las fiestas.

 

Antes del Sepulcro, las mesas compartidas que le valieron los brazos en cruz. El cuerpo tensionado desde los brazos, con le gravedad deshilachando sus manos, son posteriores a la fiesta de los cuerpos comiendo, bebiendo, recostado junto a sus amigos, junto a sus compañeras, en la fiesta invencible de los sobrevivientes. Mujeres que levantaban la mirada del pescado, de la mesa, del vaso, y tenían lugar, mirada y voz en esa mesa. Pescadores duros y endurecidos, que podían ser amigos, llorar, temer y confiar, animarse a vivir de otra manera. La alegría de saborear el fruto de su trabajo, la ofrenda de sus vecinos, el regalo de sus lagos.

 

Después de las mesas compartidas, el martirio. La soledad. La tiniebla que cubrió a las tres de tarde todo el orbe. El tiempo detenido en ese viernes santo, que de maldito se extiende por los siglos, persiguiendo a las pobres gentes que le rezan al resucitado y encarnan al crucificado. Antes y después, la fe que sostiene la esperanza, la fe que cuida el amor posible de los heridos que todavía hacen fiesta, ronda, comparten la mesa. Como aquel carpintero, maestro de la mezcla, artista del abrazo, artesano de un mudo nuevo.

 

Desde afuera del establo, el olor a bosta. Ese olor que habita los hogares mientras secan sus paredes. A fin de cuentas, el olor del nido. Desde afuera, el establo es el mejor hogar, un refugio para un mundo de refugiados, un bunker para la llegada del Rey de los refugiados. Desde cerca, bien cerca, el padre, la madre, la partera del pueblo, un niño que nace. La siempre mejor de las Buenas Nuevas, el llanto del recién nacido, la primera cicatriz de su ombligo, el abrazo ansiado de la vida que vence al tiempo. La piel y su pelusa, la humedad y el llanto. La Buena Noticia, oculta y desnuda, para el mundo entero, para su tierra y en su lengua.

 

Desde la intemperie del pesebre hasta el temporal del Gólgota, la Palabra hecha historia. Desde la permanente mejor Buena Noticia hasta el siempre[1] signo de los tiempos del pueblo crucificado Tiempo después bien lo supo decir la comunidad de Juan:

 

En el principio existía la Palabra

la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

Ella estaba en el principio junto a Dios.

Todo se hizo por ella,

y sin ella nada se hizo.

Lo que se hizo en ella era la vida

y la vida era la luz de los hombres;

y la luz brilla en las tinieblas,

y las tinieblas no la vencieron.

 

[Hubo un hombre, enviado por Dios:

se llamaba Juan.

Este vino para un testimonio,

para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por él.

No era él la luz,

sino quien debía dar testimonio de la luz.]

 

La Palabra era la luz verdadera

que ilumina a todo hombre

que viene a este mundo.

En el mundo estaba,

y el mundo fue hecho por ella,

pero el mundo no la conoció.

Vino a su casa,

y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron

les dio poder de hacerse hijos de Dios,

a los que creen en su nombre;

la cual no nació de sangre,

ni de deseo de hombre,

sino que nació de Dios.

Y la Palabra se hizo carne,

y puso su Choza[2] entre nosotros,

y hemos contemplado su gloria,

gloria que recibe del Padre como Hijo único,

lleno de gracia y de verdad.

 

Después, y solo después, de la crucifixión, del escarnio público, la resurrección. La victoria, la revancha, el abrazo del que vuelve, la fiesta incorruptible de los sucios, la alegre carcajada de las sin dientes, la mano tendida de los enamorados que caminando juntos son ‘mucho mas que dos’. La Gloria de vivir-sobre tanta muerte.

 

Y ahora, desde nuestros pesebres te esperamos, en las cruces te lloramos y en los caminos te luchamos. Desde dentro de la historia, de la muerte, de las rondas, de las mesas. Desde cerca, porque así lo quisiste: desde el fondo del cosmos, desde las entrañas del tiempo, ‘quisiste andar con nosotros’, como intuyó aquel rioplatense, amante del Logos (J.L. Borges, Juan 1,14):

 

Refieren las historias orientales
la de aquel rey del tiempo, que sujeto
a tedio y esplendor, sale en secreto
y solo, a recorrer los arrabales.

Y a perderse en la turba de las gentes
de rudas manos y de oscuros nombres;
hoy, como aquel Emir de los Creyentes,
Harún, Dios quiere andar entre los hombres

y nace de una madre, como nacen
los linajes que en polvo se deshacen,
y le será entregado el orbe entero,

aire, agua, pan, mañanas, piedra y lirio,
pero después la sangre del martirio,
el escarnio, los clavos y el madero[3].

 

La historia del Rey del tiempo, mendigo entre los hombres, Jesús el de Nazaret, asesinado por el poder, resucitado por Dios para la vida de todxs. Como decían mis vecinos de Las Palmas: ‘mi amigo Jesús’, la resurrección es un vinculo que vence la muerte, una amistad que dura para siempre.

Cuenta cuentos que se hizo historia. Eso, también, es la Pascua.

 

Francisco Bosch

Aprendiente de teología narrativa

 

 

Pd. Se viene una revistita, un canal para comunicar algo de lo que aprendemos en las rondas comunitarias, en la escucha de Las Pascuas que nos hacen hermanxs.

 

Pd2. Contar historias con raíz, en tiempos de Inteligencia artificial y modelos de lenguaje. En eso estamos, por eso la imagen que acompaña este post es una creación de la IA usando de base el poema de Borges.

 



[1] El ‘siempre’ de Ellacuría, que tanto nos explicaba Jon Sobrino en sus clases. Cfr. https://blog.cristianismeijusticia.net/2011/11/10/carta-de-jon-sobrino-a-ignacio-ellacuria

[2] Perdón a la comunidad de Juan por esta traducción libre desde NuestrAmérica. Es Tienda en el bello original.

[3] Las negritas son mías.  Este es el primer poema de Borges con este título. En 1969 escribirá otro con el mismo titulo: “Yo que soy el Es, el Fue y el Será, vuelvo a condescender al lenguaje, que es tiempo sucesivo y emblema. Quien juega con un niño juega con algo cercano y misterioso; yo quise jugar con Mis hijos. Estuve entre ellos con asombro y ternura.”

O camponês e o sem teto

[Por: Júlio Lázaro Torma]

Jesus após a sua entrada apoteótica em Jerusalém e ter entrado no Templo. Expulsando os vendilhões, que faziam do Templo,” um espaço para grandes negócios”, barganhando a fé  do povo pobre e simples.

 

Naqueles quatro dias em pregou no Templo, perdoou e salvou a vida de uma mulher pega ou induzida ao adultério. Jantou em casa dos seus amigos Marta, Lázaro e Maria em Betânia…

 

Confira o artigo.

Una nota breve sobre el “sacerdote” en su día

[Por: Eduardo de la Serna]

Como es evidente, el término “sacerdote / cio” proviene de lo “sagrado”, lo sacro. Se trata de alguien – varón o mujer en general – que tiene una relación con lo sagrado, pero algo que, obviamente, no es “para sí”, sino para otros, sea un grupo, una comunidad o un pueblo. De allí que su servicio sea de mediador. No hay sacerdote sin “lo sagrado”, pero tampoco lo hay sin “otros”, llamémoslo “pueblo”. “Mediador entre Dios y los hombres (varones y mujeres)”, se canta…

 

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Poema: La mesa de la Pascua

[Por: Eduardo de la Serna]

El pan y el vino en la mesa

Es imagen de comida

Es imagen de una fiesta

De la familia reunida…

 

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Triduo Pascual

[Por: Eduardo de la Serna]

La pasión según san Juan nos muestra un Jesús siempre soberano, del principio al fin es quien decide “voluntariamente” su situación;  la comunidad de discípulos –representados en su madre y el discípulo amado- están al pie de la cruz y reciben el espíritu, y todo el AT alcanza en Jesús su plenitud.

 

La presencia del ángel que interpreta el sepulcro vacío cambia totalmente la mirada de las testigas; la aparición a ellas del resucitado refuerza el encargo.

 

Una síntesis del ministerio y pascua de Jesús da pie a la predicación a los paganos, y a que se derrame sobre ellos el Espíritu dando así lugar a la absoluta novedad de la universalidad…

 

Descargue los comentarios bíblicos del Triduo Pascual.

Noticias Iglesia Internacional: 23 al 30 de marzo (Suplemento)

[Coordina: Cecilia Tovar | IBC]

¿La Pasión y Muerte? De ninguna manera son divinas, ni sagradas. Son hechura de nuestras manos asesinas, como lo son las “crucifixiones” a que sometemos hoy a tantos hermanos nuestros. Son nuestra terrible respuesta al que viene a ayudarnos. Nos lo escribió claramente Juan: “La luz verdadera, la que alumbra a todo hombre, estaba llegando al mundo. En el mundo estuvo y, aunque el mundo se hizo mediante ella, el mundo no la conoció. Vino a su casa, pero los suyos no la recibieron” (Jn 1,9). Lo cuenta el mismo Jesús en la “parábola de los viñadores homicidas” (Mt 21,33)…

 

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Por que ainda estudar hoje o que aconteceu em Niceia 1700 anos atrás?

[Por: Eduardo Hoornaert]

Por que ainda estudar hoje o que aconteceu em Niceia no ano 325, 1700 anos atrás?  Isso não é história passada, e pouco tem a ver com o que vivenciamos hoje?

 

Neste texto argumento o contrário, e convido você a me acompanhar ao longo de sete pontos em que assento minha argumentação: (1) a suspeita; (2) a aposta do Imperador Constantino; (3) um trunfo nas mãos do Imperador; (4) sua vitória. Em seguida, passo a três considerações atuais: (5) largar Eusébio de Cesareia; (6) abandonar o modelo diocesano e cultivar o ecumenismo; (7) recuperar o sentido original da paróquia.

 

A suspeita.

 

No nascimento recebemos de Deus um maravilhoso instrumento mental: a capacidade de desconfiar do que se vê, se ouve e se diz. Essa capacidade crítica nos acompanha a vida toda, embora tenhamos de reconhecer que muita gente não a utiliza devidamente.

 

No campo do cristianismo, por exemplo, desconfiamos de algo que costuma ser apresentado como verdade inconteste: que a igreja de hoje seria uma expressão fiel do original movimento de Jesus. Suspeitamos que, em algum momento desses dois mil anos que nos separam das origens, o trem ‘descarrilhou’. Compartimos hoje essa suspeita com muita gente e penso que esse ‘desconfiômetro’ seja um bom ponto de partida para um estudo sério da História da Igreja. Historicizar a Igreja não significa per se criticá-la, mas implica em reconhecer que a Igreja, como toda estrutura histórica, está sujeita à implacável lei da passagem dos tempos. O tempo constrói e desconstrói, edifica e remodela, é mutável e passageiro. Mas é preciso estudar a história para detectar os pontos de eventuais passagens. Não podemos emitir opiniões e palpites acerca da história da Igreja sem a devida fundamentação. Temos de estudar. Aqui, neste texto, apresento um momento preciso dos dois mil anos da história da Igreja que me parece merecer nossa especial atenção.

 

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A aposta do Imperador Constantino.

 

Para abordar esse momento, convido vocês a viajar comigo para uma pequena cidade da atual Turquia, chamada Iznik, a cerca de cem quilômetros de Istambul, onde o Papa Leão XIV esteve no final do ano 2025. Pois foi aí, em Niceia (antigo nome de Iznik), 1700 anos atrás, que aconteceu uma grande mudança de rumo na história da Igreja cristã.

 

Niceia, na época, era uma pequena localidade, a mais ou menos 100 km. da capital Bizâncio (recentemente rebatizada em ‘Constantinopla’), nas margens de um lago, de clima ameno, onde, na época do famoso Imperador Constantino, a elite da administração oriental do Império Romano mantinha aprazíveis residências de verão.

 

Isso nos situa por volta de 320, momento em que o jovem Imperador Constantino está em plena ascensão. Ele tinha aparecido como salvador do cristianismo após a terrível perseguição de seus antecessores Diocleciano e Galério e ganhou fama universal após sua sensacional vitória sobre seu rival Maxêncio na famosa batalha da Ponte Mílvia, em Roma, em 28 de outubro de 312. Para celebrar essa vitória, Constantino manda erigir uma Residência de Verão para si na mencionada localidade, e lhe dá o nome Niceia, derivado do termo grego nikè, que significa ‘vitória’.

 

Doravante, como ele reveste o manto sagrado de pontifex maximus e, portanto, assume uma função religiosa, Constantino se aventura em assuntos religiosos, cuja importância ele percebe claramente.  Nesse sentido, ele recebe de seus conselheiros a informação que o movimento cristão, que mantém altos padrões morais, como fraternidade, coesão familiar, humildade e gratuidade, bem poderia colaborar para combater o carreirismo e a corrupção vigentes na administração do Império. Pois aos ‘Serviços de Inteligência’, os ‘think tanks’ do Império Romano daquele tempo, não escapou a extraordinária e profunda moralidade que perpassava o movimento cristão. O interesse que esses serviços tinham no cristianismo era seletivo. Interessava-lhes o padrão moral do movimento cristão, não sua postura propriamente ética, ou seja, sua opção pelos pobres. A pergunta era: como aproveitar dessa energia moral para unificar um Império que é feito de tantos povos subjugados, tantas culturas de difícil manejo? Como sanear a máquina administrativa romana? Como unificar o imenso Império? Não há como passar por cima de controvérsias éticas e, desse modo, fazer do movimento cristão um instrumento útil na política imperial?

 

Constantino assume o desafio de entrar em contato com lideranças cristãs, embora perceba a grande resiliência das comunidades cristãs diante da política imperialista. Ele decide convidar o maior número possível de bispos para sua Residência de Verão. Lá, eles poderão discutir à vontade problemas internos. O Imperador acredita no poder do deslumbramento, das impressões psicológicas, da atração exercida pela primorosa organização administrativa do Império e formaliza o convite para a primavera de 325, facilitando ao máximo as longas viagens pelas primorosas viae romanae. Eis a aposta arriscada de Constantino.

 

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Um trunfo nas mãos de Constantino.

 

O Imperador tem em mãos um importante trunfo, capaz de atrair lideranças cristãs: o modelo diocesano. E ele sabe disso. A diocese é um modelo organizatório utilizado pelo Império já antes do surgimento do cristianismo, que a administração costuma designar pelo vocábulo dioecesis (literalmente: ‘disposição de casas’). Trata-se de uma subdivisão territorial do imenso Estado Romano, em grande parte sumariamente constituído por meio de guerras de conquista e, portanto, de difícil controle. O modelo diocesano acompanha toda a expansão do Império: por onde esse se expande por meio de guerras, logo se instala, em pontos estratégicos, um estacionamento de tropas e uma estrutura de cobrança de impostos. Desse modo, o Império consegue controlar imensos territórios, variados em termos de habitantes, culturas, etnias e religiões, e manter sob seu controle populações muito diversificadas. A diocese é governada por um vicarius (‘vigário’ em português), representante local do Imperador. O modelo provou ser tão eficiente que só desapareceu com a queda do próprio Império, no ano 641 dC.

 

Esse modelo administrativo, próprio de um estado baseado na territorialidade, não deixa de interessar alguns bispos cristãos, como se percebe aqui e acolá desde o século III dC. Até então, a função do bispo estava baseada na tradição sinagogal, herdada do judaísmo, que contava com episcopoi (bispos) e presbuteroi (anciões) como supervisores a cuidar do bom andamento das comunidades. Uma tradição que não era de caráter territorial, pois a sinagoga constitui uma congregação não definida pelo território.

 

Na medida em que o cristianismo vai penetrando em largos espaços, dentro do Império Romano, o modelo diocesano romano passa a exercer sobre determinados bispos um crescente poder de atração. Isso se pode verificar, no século III, por meio de dois exemplos marcantes: a experiência do bispo Paulo de Samósata em Antioquia da Síria e a do bispo Cipriano em Cartago, na África do Norte. Ambos, em diversos contextos, já pensam em autoridade dentro de determinados territórios e, através dela, sobre ‘casas’ (oikias), ou seja, agrupamentos de pessoas. Os dois bispos acima citados, é verdade, são criticados na literatura cristã da época. Mesmo assim, são eles que já desenham um padrão organizatório inovador e penso que esse dado não escapou à ‘inteligência’ em torno do Imperador Constantino.

 

Não se procure, pois, alguma eclesiologia previamente elaborada nessa nova configuração eclesiástica diocesana, que se desenha aos poucos. O processo se efetua com o correr do tempo, praticamente sem consciência clara de uma mudança capaz de redefinir a compreensão do cristianismo. Pois, como escrevi acima, em largos espaços do universo cristão, já no século III, há como perceber um movimento de hierarquização e territorialização ‘diocesanas’ nas estruturas eclesiásticas.

 

Do ponto de vista da tradição evangélica se trata de uma ilusão: pensar que englobar populações em ‘dioceses’ possa servir à evangelização. Um erro fundamental, pois o movimento de Jesus se propaga por comunidades que se espalham por territórios, não pelo próprio domínio desses territórios. É assim que se propaga um estado político e que eventualmente se forma um império. A tensão entre a dinâmica do movimento de Jesus e a política da territorialização é um ponto fundamental a ser contemplado aqui, já que o Evangelho nos apresenta um Jesus radicalmente oposto à ideia estadista ou imperialista.  

 

Até hoje, o sucesso espetacular da igreja católica ‘territorialista’, ao longo de tantos séculos, torna difícil emitir uma opinião criteriosa acerca do real valor da reviravolta niceana.  Daí a urgência de se estudar a história da Igreja e nela especificamente focalizar o modelo diocesano.

 

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A vitória de Constantino

 

Eis a arriscada aposta arriscada de Constantino. Como ela conseguiu convencer a grande maioria dos 318 bispos reunidos em Niceia? Pois, ao que os documentos históricos nos revelam, apenas 19 bispos se mostraram reticentes.

 

Estou bem consciente que – ao omitir de apresentar aqui as disputas teológicas travadas no Concílio de Niceia – me distancio do modo comum em que esse evento é apresentado.  A história concreta do encontro, marcante e extraordinária, me levou a alargar o campo de pesquisa e, neste texto pelo menos, deixar de lado a descrição de questões apenas doutrinárias. Em outras palavras, me convenci que fatores comumente negligenciados nas análises do evento, fatores de ordem administrativa, psicológica, política e social, foram fundamentais e finalmente determinaram a adesão dos bispos a propostas feitas pelos agentes do Império Romano, e que isso merece ser ressaltado. Pois focar apenas o dogma niceano resulta em omitir a fundamental mudança de rumo na política da Igreja cristã aí ocorrida. Pois foi em Niceia que o movimento de Jesus se tornou explicitamente ‘católica’ (em grego:’kata holèn gèn’: espalhada por toda terra), ou seja, ‘territorializada’. (Você deve se lembrar que expliquei essa expressão acima, quando expliquei o sentido do termo ‘diocese’).

 

Foi principalmente a leitura do relato que o historiador Eusébio, bispo de Cesareia (em grego ‘kaisareia’, nome derivado de César, uma cidade da Anatólia), o maior intelectual da época e autor de uma Vida de Constantino, redigiu acerca do encontro, que me convenceu a centrar minha análise de Niceia em questões não teológicas. Eusébio se revelou o ideal propagandista das iniciativas do Imperador. Seu relato nos ajuda a compreender que a coisa mais importante de Niceia não é o famoso ‘Credo’, mas o impacto psicológico causado na alma dos bispos pela recepção na Residência Imperial, ao lado da admiração pela eficiência da administração do Império. Niceia foi um ‘tour de force’, uma vitória de astúcia diplomática aliada à administração eficiente de imensos espaços.

 

Entremos com Eusébio no luxuoso auditório do Concílio, no início de um encontro de bispos que vai durar entre 20 de maio de 325 e 19 de junho, após a aprovação de vinte cânones. Não deixemos de observar que esses bispos são acolhidos segundo um protocolo reservado a senadores, cuidadosamente preparado pelos assessores de Constantino. Um texto memorável de Eusébio descreve em pormenores o impacto dessa recepção ‘sedutora’ na mente e no coração desses bispos. Cito seu texto: Destacamentos da guarda imperial e de outras tropas cercaram a entrada do palácio com espadas desembainhadas. Os homens de Deus puderam passar sem medo em meio a soldados, até o coração dos aposentos imperiais, onde alguns se sentavam à mesa junto com o Imperador e outros se reclinavam em divãs espalhados dos dois lados. Quem olhava tinha a impressão de que se tratava de uma imagem do Reino de Cristo, de um sonho, não de uma realidade (Eusébio de Cesareia, Vita Constantini, 3, 15. Cit. Crossan, J.D., O Jesus histórico: A Vida de um Camponês judeu do Mediterrâneo, Imago, Rio de Janeiro, 1994, p. 462). 

 

Eis o texto que flagra o momento exato em que a Igreja muda. O resultado real de Niceia não consta nos vinte cânones teológicos e doutrinários que temos à nossa disposição, mas na mudança operada na política interna e externa da Igreja. Os mais diversos (e contraditórios) termos são utilizados pelos historiadores para descrever esse momento histórico: constantinismo, cesaropapismo, cristandade, triunfalismo, cristandade, ‘cristianização do Império’, e assim por diante.  Mudança de comportamento e de mentalidade, de visão da Igreja e de compreensão do Evangelho.

 

A partir de Niceia, os bispos mudam: de simples, espontâneos, identificados com seu povo crente, eles se tornarão – com o tempo – suaves, polidos, civilizados, educados e distantes do povo comum. Capricharão no modo de falar e se comportar, aprenderão a arte retórica, controlarão a fala e os gestos. Enfim, mudarão nos modos de se comportar e de se relacionar. Com o tempo, esses bispos vão querer residências melhores, meios de transporte e correio rápidos e gratuitos através das ‘vias romanas’, doações para construção de suas basílicas e igrejas. Em outras palavras: a principal novidade de Niceia consiste na aprendizagem, pelos bispos, das regras da Corte, descritas no livro A Sociedade de Corte da autoria do sociólogo Norbert Elias (Zahar, Rio de Janeiro, 2001). Nesse livro, o autor apresenta a ‘Corte’ como um paradigma histórico fundamental. A Corte e um modo de se organizar a sociedade. Podemos dizer sem exagero que, em Niceia, a igreja vira uma ‘Sociedade de Corte’.

 

Acho que esse comentário já é suficiente para mostrar que em Niceia se colocam as bases de sucessivas redefinições da estruturação católica ocorridas ao longo dos séculos seguintes: a redefinição da função episcopal, a emergência do clero, a mudança no estatuto da paróquia, etc.

 

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Largar Eusébio de Cesareia.

 

Hoje estamos diante da árdua e exigente tarefa de reverter as ‘redefiniçoes’ do século IV e de voltar às inspirações originárias do movimento de Jesus. Enumero aqui sumariamente algumas tarefas que me parecem impositivas nos dias que correm: (1) largar Eusébio de Cesareia; (2) abandonar o modelo diocesano e cultivar o ecumenismo; (3) recuperar o sentido original da paróquia.

 

A primeira coisa a se fazer é deixar de seguir o organograma elaborado na História da Igreja de Eusébio de Cesareia, que – pelo que sei – continua fundamentando o estudo da história eclesiástica em numerosos seminários católicos. A razão é fundamental: a obra de Eusébio está eivada de anacronismos, não tem base historiográfica confiável. Eusébio projeta a organização eclesiástica, em vias de implantação no século IV, para os tempos do cristianismo originário. Ele cria conceitos como ‘sucessão apostólica’ (os bispos seriam ‘sucessores’ dos apóstolos), ‘tradição apostólica’ (existiria uma linha direta entre os tempos apostólicos e os tempos atuais), ‘primado petrino’ (o papa seria sucessor do apóstolo Pedro), etc. Tudo sem fundamentação historiográfica propriamente dita. Abandonar o esquema e Eusébio no estudo da História da Igreja constitui, pois, um imperativo. Seu anacronismo sistêmico destrói a ciência historiográfica e cria um falso conhecimento do passado.

 

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Abandonar o modelo diocesano e cultivar o ecumenismo.

 

Atualmente surge e cresce uma alternativa ao modelo paroquial. Em muitos países e de modo inesperado, as mais diversas igrejas, oriundas do movimento protestante (século XVI), tiveram a ousadia de enfrentar o domínio territorial da igreja católica, com notável sucesso. Elas ‘penetram’ em territórios católicos, que são separatistas por natureza, e se declaram ecumênicas. Implicitamente, elas praticam uma guinada no sentido do abandono do modelo territorial.

 

Hoje, mais de 350 delas se congregam no Conselho Mundial das Igrejas (CMI), criado no ano 1948, logo após o fim da Segunda Guerra Mundial. Se a Igreja católica, até hoje, não participa desse Conselho, a razão é patente: ela ainda está amarrada ao modelo diocesano-territorial.

 

Será mesmo que o ecumenismo vai aos poucos marginalizar a atual hegemonia diocesana na Igreja católica? Com isso, estamos mesmo dando um passo de volta ao cristianismo das origens? Penso que precisamos ter cuidado ao falar desse modo, pois, afinal, estamos aqui fazendo um prognóstico. Ora, do futuro nada sabemos. Passagens históricas complexas, como uma eventual passagem de um modelo diocesano a um modelo ecumênico, ao depender de uma confluência de fatores psicológicos, sociais e políticos, oferecem redobradas possibilidades de desacerto. O futuro é marcado por tantas complexidades e incertezas, que erros na prognóstica são quase inevitáveis. Se o passado da humanidade é marcado por uma sucessão de erros, como prejulgar que o futuro será diferente? Feita de avanços e retrocessos, complexidades e surpresas, erros e acertos, desvios e novidades, ousadias e covardias, as experiências passadas nos aconselham não predizer levianamente como será o futuro. Recomenda-se, pois, prudência.

 

Mas, de outro lado, a mesma história nos ensina que o mundo só muda por meio de ousadias. A prudência evita erros crassos, mas é a ousadia que injeta sangue novo na sociedade, instiga a cultivar novas ideias, a experimentar, inovar, avançar. Sem ousadia, a história fica parada. No horizonte católico vejo sinais de abertura e acolhimento de novas ideias, do diferente, da ultrapassagem de modelos vencidos, de limitação do poder centralizado, de superação do medo de mudança. Nos inícios dos anos 1960, o Papa João XXIII teve a ousadia de convocar o Concílio Vaticano II, contra as opiniões de seus cardeais. Recentemente, o Papa Francisco lançou ousadamente o tema da sinodalidade, apesar da resistência do Vaticano. Em numerosos lugares, movimentos de abertura e ousadia estão em curso, como aquele que acabemos de analisar acima ao rever a história de Niceia.

 

Penso que a lentidão, por parte da Igreja Católica, em participar resolutamente de ousadias ecumênicas, se deve principalmente ao fato que, em ambientes católicos, o defeito congênito do modelo diocesano é um tema raramente verbalizado e muito menos discutido. Pois a problematização de um modelo tão costumeiro pressupõe uma tomada de consciência acerca de convicções criadas por ‘histórias de longa duração’, como dizia o historiador francês Fernand Braudel. Quando uma mesma narrativa se repete por séculos, por meio dos mesmos gestos, das mesmas palavras e das mesmas imagens, a mente humana esquece que essas palavras e essas imagens são passageiras. Aí aparece um modelo eclesiástico que fica em pé, simplesmente pelo enorme peso de sua história. Esquece-se que esse modelo, como se acaba de ver neste texto, foi construído num determinado momento da história e, portanto, pode ser desconstruído num outro momento. Portanto, constitui um erro de avaliação considerar o modelo diocesano como sendo isento à mudança.

 

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Recuperar o sentido original da paróquia.

 

Paradoxalmente, a palavra ‘paróquia’, nos dias de hoje, evoca exatamente o contrário do significado que o termo tem nos primeiros documentos da literatura cristã. Ela evoca casa, estabilidade, cidadania, status, segurança, valorização social, tudo que se carecia na paróquia das origens cristãs. O termo grego paroikia, donde deriva a palavra ‘paróquia’, nos primeiros documentos, é formado por dois componentes: para (sem) e oikia (casa). Ele indica uma situação social ‘sem casa’, ou seja, de precariedade e penúria.

 

A melhor apresentação da paróquia cristã se encontra na Segunda Carta de Pedro, um texto do início do século II. Um ‘paroikos’ (‘para-oikos’) é alguém que ‘não dispõe de casa’, ou seja, não é aceito socialmente, não pertence à boa sociedade, não é registrado, não goza de direitos civis, vive fora da lei (Ef. 2, 19). Como não dispõe de terreno próprio, é eventualmente morador de rua. Aos destinatários da Carta se abre a possibilidade de procurar um ‘lar’, um abrigo social, um apoio emocional, uma nova cidadania, um recanto de paz e fraternidade no meio da cidade cruel, ou seja, procurar a casa de Deus para quem não tem casa (2 Pd 2, vv. 11 e 18). Pois Deus oferece uma sua casa a quem não tem casa (2, 5 e 4,17). A Carta deixa entender que a casa do epíscopos (bispo) bem que pode ser essa casa. Quem serve como doméstico/a (2, 18) em casas de outrem, nela encontra um espaço onde pode se sentir ‘em casa’. Quem vive em situação de paróquia (1, 17), sem cidadania romana (2, 11) nem consideração social, não dispõe de casa própria, vive na rua, entregue à própria sorte, marginalizado e migrante, dispõe da ‘casa de Deus’, onde encontra acolhida (2, 5; 4, 17), apoio moral e valorização de sua opção pelo Evangelho.

 

Eis uma descrição realista da vida de muitos cristãos das primeiras gerações são, que devemos a um autor anônimo que se escondeu atrás do nome do apóstolo Pedro para que seu escrito seja mais amplamente divulgado. Efetivamente, esta ‘Carta’ entrou no rol dos livros canônicos e hoje nos fornece preciosas informações sociológicas acerca da vida real de seguidores de Jesus na primeira parte do século II.

 

Hoje, há muito a dizer sobre esse ponto. Há, por exemplo, a fala do Papa João XXIII, em 1962, sobre uma Igreja de pobres; a opção pelos pobres na Assembleia Episcopal Latino-Americana em Medellin, 1968; o posicionamento dos Teólogos da Libertação em 1972; no mesmo ano o surgimento das Comunidades de Base e das Minorias Abraâmicas de Helder Câmara. Enfim, essas variadas iniciativas, além de muitas outras, se direcionam para uma ressignificação da ‘paróquia’ das origens do cristianismo.

 

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Você quer estudar mais?

 

Este texto é muito sumário. A quem quiser estudar mais, posso – por enquanto – recomendar a leitura de dois livros fundamentais (infelizmente não disponíveis em português):

 

Vecchi G. G, & Vian G. M., La Scommessa do Constantino, come il Concilio de Nicea ha cambiato la storia, Libri Mondadori, 2025.

 

Meyendorff, J., Imperial Unity and Christian Divisions (The Church 450- 680 A.D.), St. Vladimir ‘s Seminary Press, Crestwood, NY, 1989.

 

Além disso, posso informar que faz tempo que abordo de modo mais detalhado os temas aqui apresentados, assim como outros relacionados, em variados textos que já foram publicados em meu blog www.eduardohoornaert.blogspot.com. Aqui enumero alguns (com as datas de sua publicação): Niceia 1700 anos: um desafio (25/11/2025); Dados de Eusébio (04/08/2025); O modelo diocesano está sendo ultrapassado? (03/08/2025); O papado, um corpo estranho na tradição de Jesus (28/06/2025); Jesus romano (18/04/2025); Jesus do mito e Jesus da história (21/02/2025); A complexidade do cristianismo (30/08/2024); Para uma nova memória eclesial (28/06/2023). Há textos mais antigos, pois publico nesse blog desde 2011.

Noticias Iglesia Internacional: 23 al 30 de marzo

[Coordina: Cecilia Tovar | IBC]

El papa León XIV reiteró el martes su llamamiento para que cese la violencia en Oriente Medio, mientras que el presidente estadounidense Donald Trump anunció el despliegue de importantes nuevas fuerzas en la región y entregó un plan de paz de 15 puntos a los líderes de Irán. “Deseo reiterar el llamamiento a un alto el fuego”, dijo el pontífice a los periodistas reunidos frente a la residencia papal en Castel Gandolfo. “Insto a todas las autoridades a que trabajen verdaderamente a través del diálogo para resolver los problemas”, dijo el Papa. León hizo un llamamiento a los líderes para que “trabajen por la paz, pero no con armas, sino con diálogo, buscando sinceramente una solución para todos”…

 

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