28 de Octubre de 2016
[Por: Eduardo de la Serna]
“Hace unos años fue muy comentada la película de Roberto Begnini, La vida es bella (1997, que ganó un Oscar a la mejor película extranjera en 1998). No quiero comentar la calidad cinematográfica de la misma (para mí muy insatisfactoria; pero entiendo la gran sensibilidad que Hollywood manifiesta por el tema de la Shoah, como ocurrió con El hijo de Saúl, película húngara que fue Oscar en 2015, para mí también muy pobre). La película se ambienta en el final de la 2da Guerra en una comunidad italiana; allí un padre trata de preparar a su hijo para lo que viene y le cuenta que todo se trata de un juego al que invita al niño a participar. Cuando se acercan las tropas lo esconde, siempre diciéndole que es un juego y no debe ser encontrado. Es sintomática la escena en la que el ejército lleva detenido al papá, a su destino final, y este simula marchar jugando para que el hijo – que lo observa en su escondrijo – siga jugando cómplice y sonriendo [foto]. En lo que quisiera detenerme aquí (y para mí es un tema importante en mi mirada crítica de la película) es que el papá no enseñó a su hijo a vivir la realidad, la cruel verdad que le tocaba enfrentar. El hijo vivió una ficción. Y a ese juego el director llama ‘la vida bella’ (…)”.
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[Por: Eduardo de la Serna]
“Hace unos años fue muy comentada la película de Roberto Begnini, La vida es bella (1997, que ganó un Oscar a la mejor película extranjera en 1998). No quiero comentar la calidad cinematográfica de la misma (para mí muy insatisfactoria; pero entiendo la gran sensibilidad que Hollywood manifiesta por el tema de la Shoah, como ocurrió con El hijo de Saúl, película húngara que fue Oscar en 2015, para mí también muy pobre). La película se ambienta en el final de la 2da Guerra en una comunidad italiana; allí un padre trata de preparar a su hijo para lo que viene y le cuenta que todo se trata de un juego al que invita al niño a participar. Cuando se acercan las tropas lo esconde, siempre diciéndole que es un juego y no debe ser encontrado. Es sintomática la escena en la que el ejército lleva detenido al papá, a su destino final, y este simula marchar jugando para que el hijo – que lo observa en su escondrijo – siga jugando cómplice y sonriendo [foto]. En lo que quisiera detenerme aquí (y para mí es un tema importante en mi mirada crítica de la película) es que el papá no enseñó a su hijo a vivir la realidad, la cruel verdad que le tocaba enfrentar. El hijo vivió una ficción. Y a ese juego el director llama ‘la vida bella’ (…)”.
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