"La experiencia de Dios como sorpresa y novedad" Juan Pablo Espinosa

23 de Diciembre de 2014

 
El Dios de nuestra fe se revela en lo nuevo, en lo sorprendente y en lo paradójico, pero siempre enmarcado en lo cotidiano. El acontecimiento de la Navidad es el momento sublime en que se manifiesta dicha novedad: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre nace como un niño, imagen sugerente que expresa la sorpresa y la novedad.
La Navidad nos ubica como creyentes frente a un escenario radical: Dios se hace hombre, se hace debilidad y muestra su rostro en un niño recién nacido. El misterio de la Encarnación, realidad paradójica pero fundamentalmente salvadora, se expresa en términos de sorpresa y novedad. En esta reflexión, queremos comprender cómo aquello que celebramos en estas semanas, nos exige ponernos en sintonía con Aquél que es el eterno joven, con este Dios que llena de sorpresas la existencia, con este Hijo Encarnado que es siempre sorprendente. Me gustaría además que contemplemos la imagen que inicia este documento. Es la “Adoración de los pastores” de Gerard van Honthorst, pintor del siglo XVII. En ella aparecen los pastores que en el relato de Lucas van al pesebre a ver aquello que el ángel de Dios les había comunicado. Hay un pastor que siempre me ha sobrecogido. Es el más joven, el que lleva un sombrero y que con su índice señala al recién nacido. Su rostro nos da a entender esto de la experiencia de la sorpresa. Sus ojos brillan, lo podemos percibir, y esos ojos son los que debemos pedir para contemplar al don de Dios, Jesucristo, hermano de todos y todas.




 

El Dios de nuestra fe se revela en lo nuevo, en lo sorprendente y en lo paradójico, pero siempre enmarcado en lo cotidiano. El acontecimiento de la Navidad es el momento sublime en que se manifiesta dicha novedad: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre nace como un niño, imagen sugerente que expresa la sorpresa y la novedad.

La Navidad nos ubica como creyentes frente a un escenario radical: Dios se hace hombre, se hace debilidad y muestra su rostro en un niño recién nacido. El misterio de la Encarnación, realidad paradójica pero fundamentalmente salvadora, se expresa en términos de sorpresa y novedad. En esta reflexión, queremos comprender cómo aquello que celebramos en estas semanas, nos exige ponernos en sintonía con Aquél que es el eterno joven, con este Dios que llena de sorpresas la existencia, con este Hijo Encarnado que es siempre sorprendente. Me gustaría además que contemplemos la imagen que inicia este documento. Es la “Adoración de los pastores” de Gerard van Honthorst, pintor del siglo XVII. En ella aparecen los pastores que en el relato de Lucas van al pesebre a ver aquello que el ángel de Dios les había comunicado. Hay un pastor que siempre me ha sobrecogido. Es el más joven, el que lleva un sombrero y que con su índice señala al recién nacido. Su rostro nos da a entender esto de la experiencia de la sorpresa. Sus ojos brillan, lo podemos percibir, y esos ojos son los que debemos pedir para contemplar al don de Dios, Jesucristo, hermano de todos y todas.

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