14 de Noviembre de 2014
Para los uruguayos, como para los sureños en general, México es un país admirable y entrañable. Admirable por su geografía, su belleza, su historia, su literatura, sus artistas, sus universidades, su cultura ancestral, etc. Entrañable por la valentía y humildad de su pueblo, por la dignidad y fraternidad con que supo dar cobijo, en el pasado próximo, a tantos perseguidos por las dictaduras del sur, con la misma generosidad con que antes amparó a revolucionarios rusos y a republicanos españoles. Por eso cuando nos enteramos de los 6 asesinatos y de las 43 desapariciones de los estudiantes de Ayotzinapa en Iguala (Edo. de Guerrero) y poco antes de la masacre de 22 jóvenes en Tlatlaya por el Ejército, nos quedamos perplejos, preguntándonos cómo pueden pasar estas cosas en México
Para los uruguayos, como para los sureños en general, México es un país admirable y entrañable. Admirable por su geografía, su belleza, su historia, su literatura, sus artistas, sus universidades, su cultura ancestral, etc. Entrañable por la valentía y humildad de su pueblo, por la dignidad y fraternidad con que supo dar cobijo, en el pasado próximo, a tantos perseguidos por las dictaduras del sur, con la misma generosidad con que antes amparó a revolucionarios rusos y a republicanos españoles. Por eso cuando nos enteramos de los 6 asesinatos y de las 43 desapariciones de los estudiantes de Ayotzinapa en Iguala (Edo. de Guerrero) y poco antes de la masacre de 22 jóvenes en Tlatlaya por el Ejército, nos quedamos perplejos, preguntándonos cómo pueden pasar estas cosas en México
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