[Por: Ana María Díaz]
Cuando se pone a prueba lo que creemos, aquello en lo que hemos trabajado con mucha pasión, o nuestros más caros modos de mirar la vida, hay dos caminos posibles que aparecen con gran intensidad: seguir defendiendo aquello en lo que creemos o retirarnos de la palestra por prudencia o temor, por no pasar incomodidades o no arriesgar seguridades.
Este dilema no es un mero contratiempo psicológico, es el crisol de la adultez espiritual y la forja de la auténtica identidad. Nos encontramos ante una encrucijada donde la brújula interna señala un rumbo, pero el cuerpo, las finanzas y el entorno claman por la “prudencia” de no arriesgar nada…
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