Una democracia socioecológica o el ecosocialismo

30 de Agosto de 2026

[Por: Leonardo Boff]




Con la crisis general de las democracias y ante los ataques del fascismo y de la extrema derecha al estilo de Donald Trump, estamos en busca de una democracia enriquecida que responda a los cambios ecológicos y geopolíticos que están en curso, especialmente a la monetarización de la política y a la uberización de la vida. Sigue siendo válido el supuesto básico de cualquier tipo de democracia: lo que interesa a todos debe poder ser decidido por todos, ya sea directamente o por medio de representantes. Estamos en busca de un nuevo tipo de democracia.

 

Hoy se está imponiendo el proyecto de una democracia ecológico-social o, en la formulación de Michael Löwy (Ecosocialismo: un proyecto de civilización, 2205) y de su grupo, de un ecosocialismo. Esta comprensión nos obliga a superar un límite interno del discurso clásico de la democracia: el hecho de que todavía sea antropocéntrica y sociocéntrica, es decir, centrada únicamente en los ciudadanos y en la sociedad. Estos enfoques son reduccionistas, pues el ser humano no constituye un centro exclusivo, ni tampoco la sociedad, como si todos los demás seres solo adquirieran sentido en cuanto están ordenados al ser humano y a la sociedad.

 

El ser humano y la sociedad constituyen un eslabón, entre otros, de la cadena de la vida. Sin las relaciones con la biosfera, con el medio ambiente y con las precondiciones físico-químicas, ni existen ni pueden subsistir. Elementos tan importantes deben ser incluidos en nuestra comprensión de la democracia contemporánea, en la era de la conciencia ecológica y planetaria, según la cual naturaleza, ser humano y sociedad están indisolublemente unidos, de tal manera que comparten un mismo destino común.

 

La perspectiva ecológico-social o ecosocialista tiene, además, la virtud de insertar la democracia en la lógica general de las cosas. Sabemos hoy, gracias a las ciencias de la Tierra y de la vida, que la ley básica que continúa actuando en la constitución del universo y de todos los ecosistemas es la cooperación, la sinergia, la simbiosis y la relación de todos con todos en todos los momentos y circunstancias. Incluso la supervivencia del más apto mediante la selección natural de Darwin, parcialmente válida en el reino de los seres vivos, se inscribe dentro de esta ley universal. Por medio de ella se garantiza la diversidad y se incluye también al más débil, que en el juego de las inter-retro-relaciones tiene oportunidades y derecho a estar sobre la Tierra.

 

La singularidad del ser humano consiste en el hecho de presentarse como un ser de sociabilidad, cooperación y convivencia, como bien señalaron los chilenos Maturana y Varela. Tal singularidad aparece con mayor claridad cuando nos comparamos con los simios superiores, de los cuales nos diferenciamos apenas en un 1,6 % de la carga genética. Estos también poseen vida social, pero se orientan por la lógica de la dominación y de la jerarquización. Al surgir el ser humano, hace algunos millones de años, en lugar de la competitividad y la subyugación comienza a funcionar la cooperación.

 

Ese 1,6 % de ácidos nucleicos y bases fosfatadas que nos diferencia funda lo humano en cuanto humano, como ser de cooperación.

 

Ahora bien, la socialdemocracia es el valor y el régimen de convivencia que mejor se adecua al orden general de las cosas y a la naturaleza humana cooperativa y social. Aquello que está inscrito en su naturaleza se transforma en un proyecto político-social consciente, fundamento de la democracia: la cooperación y la solidaridad sin restricciones. Realizar la democracia, de la mejor manera que podamos, significa avanzar cada vez más hacia el reino de lo específicamente humano. Significa también volver a vincularnos más profundamente con el Todo y con la Tierra.

 

Los cosmólogos vienen afirmando con insistencia que la vida debe entenderse como un momento de la historia evolutiva del universo, cuando la materia, situada lejos de su equilibrio (caos generativo), se complejiza y se autoorganiza. La vida humana es un capítulo de la historia de la vida. Como humanos, de acuerdo con el antiguo mito del cuidado —que pertenece a la esencia de lo humano—, venimos del humus (humus = homo); por eso somos fundamentalmente Tierra que, en su evolución, ha llegado al momento de sentir, pensar, amar y venerar. No vivimos solamente sobre la Tierra. Somos la propia Tierra que siente, piensa, ama y venera.

 

Por esta razón, destacados astrofísicos y biólogos como Lovelock, Margulis, Sahtouris, Swimme y Berry; juristas como Zaffaroni, y ecologistas como nuestro Lutzenberger, entre otros, sostienen que la Tierra es un superorganismo vivo. Presenta tal equilibrio en todos sus elementos físico-químicos que solamente un ser vivo podría manifestarlo. La llaman Gaia, nombre mitológico de los griegos para señalar a la Tierra como un ser viviente, o Pachamama, como la denominan los pueblos originarios.

 

Si esto es así, entonces la Tierra es portadora de subjetividad, de derechos y de una autonomía relativa, tanto ella como los ecosistemas que la componen. Existe una dignitas Terrae, una dignidad de la Tierra que reclama respeto y cuidado.

 

Se impone una ampliación de la personalidad jurídica a la Tierra, a las aguas y a los bosques. Bien lo expresó el pensador Michel Serres: «La Declaración de los Derechos del Hombre tuvo el mérito de decir “todos los hombres tienen derechos” y el defecto de pensar “solo los hombres”». Los indígenas, los esclavos y las mujeres tuvieron que luchar para ser incluidos entre «todos los hombres». Y hoy esta lucha incluye a toda la naturaleza con sus subsistemas, también sujetos de derechos y, por ello, nuevos miembros de una sociedad ampliada.

 

Por el hecho de haber creado la amenaza de destrucción de la Tierra-Gaia, con el antropoceno, el necroceno y, últimamente, el piroceno —incendios en todo el planeta—, ya no podemos excluirla del nuevo pacto social planetario, base de la sociedad mundial que queremos socialdemócrata o ecosocialista.

 

Hobbes, Locke, Rousseau y Kant, en sus concepciones del contrato social, daban por descontado el futuro de la Tierra, garantizado por las fuerzas rectoras del universo. Hoy ya no es así. Sin Gaia, ya no existe base para ningún tipo de ciudadanía ni de democracia. Si queremos sobrevivir juntos, la democracia debe ser también biocracia; en una palabra, democracia ecológico-social o ecosocial, que asuma la preservación de la Tierra, incluyéndola en el pacto social.

 

Es en razón de esta conciencia que el movimiento MST y la agroecología están desarrollando una comprensión semejante de la socialdemocracia. Se trata aquí de una nueva relación interactiva del ser humano con la naturaleza, en la cual ambos se reconocen incluidos.

 

Una ciudad no vive solamente de ciudadanos, instituciones y servicios sociales. En ella viven también paisajes, árboles, pájaros, animales, montañas, piedras, aguas, ríos, lagos, mares, la atmósfera, el aire, las estrellas del firmamento, el sol y la luna.

 

Sin tales realidades moriríamos de soledad, como dice el sabio indígena Seattle en 1854. Son los nuevos ciudadanos con quienes debemos aprender a convivir en armonía. Se hace necesaria una educación ecológica para que los seres humanos aprendan a acoger a todos los seres como conciudadanos, desde el respeto, la relación justa y la fraternidad universal.

 

He aquí el surgimiento de la democracia ecológico-social y del ecosocialismo, enriquecimiento necesario de la democracia clásica en tiempos de una nueva conciencia ecológica, de los riesgos de una IA autónoma y de responsabilidad por el futuro común de la Tierra y de la Humanidad.

 

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL: Revista LIBERTA. Escribió también Cuidar de la Casa Común (2024). Puede consultarse su sitio: Leonardo Boff. (https://www.leonardoboff.org).

Procesar Pago
Compartir

debugger
0
0

CONTACTO

©2017 Amerindia - Todos los derechos reservados.