¿Con qué Iglesia sueño?

15 de Agosto de 2026

[Por: Diego G. Agilda Pedreira*]




La primera imagen que viene a mi cabeza al hacerme esta pregunta es una de la serie The Chosen: el Señor acompañado de la gente y de sus apóstoles por la calle, sonriendo y mirando. ¿Qué miraba? No lo sé, pero me aventuraría a decir que los corazones y las necesidades de todas aquellas personas que tenía a su alrededor.

 

No hablo desde la teología ni desde la Tradición. Hablo desde el Evangelio, desde la experiencia cotidiana de la fe, desde esa capacidad de sentir frío y calor. Y frío es lo que siento en muchas ocasiones en nuestra Iglesia.

 

Yo sueño con una Iglesia abierta, y entiéndase por abierta todas las acepciones del diccionario no contrarias al Evangelio. Una Iglesia en la que no se juzgue, no se mire por encima del hombro, que cuando tienes que corregir o decir algo a un hermano, utilices el método que explica Jesús en el Evangelio: «ve y díselo» (Mt 18, 15). Una Iglesia que sepa acoger, abrazar, amar, que aquel que llame a sus puertas sea, como dice la Regla de San Benito (cap. 53), recibido como si el mismo Cristo estuviese ante ti.

 

El amor debe ser la base de nuestra Iglesia, pues así lo dijo nuestro Señor: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo» (cf. Mt 22, 37-39).

 

Yo no quiero una Iglesia de príncipes, de ilustrados, de personas más importantes unas que otras, de representantes del Señor que no lo representan. Tampoco creo que nuestro Señor quisiese ser representado en oro. Pedro fue pobre y humilde hasta la muerte, y sus herederos así deberían ser.

 

No dudo de la necesidad de ciertas cuestiones: protocolos, viajes, agendas, medidas de seguridad, sobre todo en los tiempos que corren, pero me pregunto cuánta gente perdió la fe al entrar en el Vaticano y ver el lujo, el fausto y la pompa. Cuántas personas se alimentarían con la recaudación de los Museos Vaticanos. ¿Cuántas túnicas de nuestro Señor harían falta para cubrir el suelo del pisito de algún obispo o arzobispo? No todos son así, gracias al Señor. Hay muchísimos monjes, monjas, sacerdotes, frailes y cargos eclesiásticos que son el rostro vivo de la humanidad y sencillez de Cristo. Pero me pregunto: ¿cuántas personas comerían si un alto cargo eclesiástico comiese dignamente, pero no ostentosamente?

 

El Señor dijo: «No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas» (Lc 9, 3; cf. Mc 6, 8-9).

 

Sí, un sacerdote tiene que tener su vida y sus necesidades cubiertas. Muchos realizan trayectos larguísimos a lo largo del domingo y durante la semana para atender a todas las parroquias que tienen, sobre todo en el rural. Por eso me pregunto: ¿cómo es posible que existan consagrados que entregan todo su tiempo y su vida a obrar para el Señor, y otros acomodados y burocratizados? Cómo me gustan esos sacerdotes que llevan los zapatos manchados del camino. Esos que, enfrentándose a la soledad y dificultades del rural, y aunque el Derecho Canónico (can. 905) limite con rigor las celebraciones diarias, multiplican su tiempo para llegar a cada aldea. Probablemente no cumplan de forma estricta todo ese protocolo rígido y sin alma, pero anteponen la misericordia, aman, abrazan y se manchan si tienen que sacarte del barro. También en las ciudades hay muchas parroquias en las que sus sacerdotes involucran a una gran cantidad de población en actividades diferentes de ayuda a los demás, de nueva evangelización, con cursos de formación, con actividades para los pobres, para los que viven en la calle.

 

El otro día en la sacristía de la iglesia me coincidió estar con un seminarista. Apareció un hombre indigente que vivía en la calle preguntando por el sacerdote. La respuesta del seminarista fue: —No está. ¿Qué quería? A lo que aquel hombre respondió: —Buscaba algo de ayuda. Como veis, no pidió dinero. Pidió ayuda. La respuesta que recibió fue: —Esto es una iglesia. Aquí no se le puede ayudar. Tiene que ir a Cáritas. Y dirigiéndose a mí, me dice el seminarista: —¿Qué día abre Cáritas? Le dije el día que abría, el hombre dio las gracias y se marchó.

 

En ese momento me quedé atónito y sentí vergüenza de mi propia Iglesia. Pero si analizo ese momento, la torpeza o la falta de recursos no fue solo de este chico que se está preparando para sacerdote, sino también mía. Yo estaba allí como laico en la sacristía y tampoco supe qué hacer ni cómo reaccionar en ese instante. Me quedé mirando desde la barrera sin salir. ¿Por qué esta frialdad con la que reaccionamos, tanto laicos como sacerdotes, cuando deberíamos estar ardiendo en fe? Si en la casa de Dios no somos capaces de ofrecer una acogida a quien lo necesita, ¿para qué es la casa de Dios? ¿Solo para orar? Creo que Dios no querría eso o, por lo menos, Jesucristo así lo demostró.

 

Y con esto no quiero decir que Cáritas no haga una buena labor. Cáritas es una de las instituciones eclesiales que más ayuda ofrece a todos aquellos que viven al margen de la sociedad y bajo el umbral de la pobreza. Lo que no comprendo es que la casa de Dios se convierta en una oficina que deriva problemas en lugar de un refugio que abraza.

 

Por otra parte, conozco a verdaderos pastores que representan lo mejor de nuestra fe. En otra ocasión quise hablar con dos sacerdotes que tenían una semana desbordada de viajes, celebraciones y confesiones; aun así, sacaron tiempo de donde no lo había para atender la necesidad que yo tenía. Esos son los pastores con los zapatos manchados, los que el Papa Francisco decía que huelen a oveja. Yo quiero una Iglesia llena de sacerdotes así, que no tengan miedo a mancharse las sandalias porque están ocupados cuidando a su rebaño.

 

Esta es la Iglesia que yo quiero: una Iglesia dedicada a las cosas de Dios y que, mientras el Papa León XIV se reúne a orar con representantes de otras religiones, no haya miembros de la misma proclamando el odio interreligioso e interracial. Quiero una Iglesia en que los representantes de la misma no sean señores o señoritos.

 

Nuestro Señor, máximo sacerdote y Dios, lavó los pies de sus apóstoles y los besó (cf. Jn 13, 1-17). Y esos pies estaban sucios de todo el día caminando, no como la representación que hacemos en Semana Santa. Abrazó a leprosos y pecadores. Cenó con publicanos. Perdonó prostitutas. Y no se consideró nunca más que otro hombre, sino que tanto se humilló que fue a la cruz por todos nosotros.

 

Quiero, en fin, una Iglesia humilde, austera, pobre, que respete sus votos, llena de amor, de acogida, sin máscaras. Que deje la hipocresía y use los púlpitos para lo que fueron pensados: para enseñar a encarnar el Evangelio en la vida diaria, no para juzgar desde arriba cómo vive cada familia, ni para hacer crítica política o señalar con el dedo a quienes están en el barro, sino para anunciar a Dios con la palabra y la misericordia.

 

Quiero una Iglesia que sea comunidad, que abrace al hermano, que no lo juzgue, que no lo mire por encima del hombro, que respete su diferencia, que lo ayude si lo ve tirado en la calle o si lo ve en una necesidad. Y sé que lo que voy a poner ahora puede levantar ampollas, pero a veces hace falta menos rezo de cara a la galería o por pura inercia y más mirar al otro sin asco ni superioridad. De nada sirve sostener el rosario en la mano si con esa misma mano nos agarramos el bolso o nos alejamos cuando se nos acerca un necesitado.

 

Para esto, lógicamente, se necesita a los laicos. Pero a menudo somos los propios laicos quienes alimentamos las divisiones dentro de la Iglesia. Caemos en el sectarismo de los movimientos: «Yo soy de este grupo», «yo soy de este movimiento», «yo soy de este carisma». Y se nos hincha el pecho como si pertenecer a una corriente nos hiciera superiores al que no es de la nuestra o no está en ninguna; no somos conscientes de que ese orgullo se nos desinflará a todos por igual cuando el Señor nos llame.

 

Los laicos tenemos el deber de apoyar y escuchar a nuestros sacerdotes, de colaborar con las parroquias. Pero creo, por mi propia experiencia, que debe ser el pastor quien cuida de sus ovejas, y algunos pastores ni las saludan.

 

Para terminar este texto, me parece justo reflexionar sobre otra pregunta: ¿qué hago yo para esta Iglesia que sueño? Porque es fácil ponerte detrás de la barrera —como me pasó aquel día en la sacristía— y decir lo que está mal.

 

Yo, si quiero colaborar y ayudar a esa Iglesia con la que sueño, una Iglesia de igualdad, una Iglesia de amor en la que no niego un orden ni una autoridad, pero basada en el servicio y no en la prepotencia, debo vivir el Evangelio. Mi principal obligación como católico es ser humilde, obediente al Señor, vivir en el amor y en el respeto, y conseguir un equilibrio entre Marta y María, pero sin dejar jamás de lado a Marta. Anunciar a Cristo con mi propia vida, y no solo con palabras.

 

* Diego Gabriel Agilda Pedreira (Oza-Cesuras, A Coruña, 1983) es laico católico y Maestro de Educación Primaria. Es voluntario en distintas organizaciones eclesiales y sociales, especialmente en proyectos relacionados con personas migrantes, mayores y niños. Escribe desde la experiencia, intentando comprender lo que vive y poner palabras a aquello que le interpela. Entiende la escritura como una forma de reflexión y de encuentro, capaz de invitar a mirar la realidad desde perspectivas diferentes.  Además de artículos de opinión, escribe narrativa breve. En sus textos aborda especialmente la realidad social, la fe, la memoria y la dignidad de las personas.  Ha publicado artículos de opinión en La Voz de Galicia y Religión Digital.

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