17 de Julio de 2026
[Por: Rosario Hermano]
Con profundo pesar recibimos la noticia de la Pascua de nuestro querido amigo y hermano Diego Irarrázaval, teólogo chileno, sacerdote de la Congregación de la Santa Cruz, pastor y uno de los más destacados referentes de la teología latinoamericana de la liberación.
Su vida estuvo marcada por una opción inquebrantable por los pobres, por los pueblos indígenas y por una Iglesia que supiera escuchar las culturas, aprender de ellas y anunciar el Evangelio desde el diálogo y el respeto. Durante décadas compartió su ministerio y su reflexión entre Chile y el Perú, especialmente en el mundo andino, donde descubrió la riqueza espiritual de las comunidades quechuas y aymaras, integrando esa experiencia en una fecunda elaboración teológica.
Fue un incansable impulsor de la teología de la liberación desde Amerindia, desde la Asociación Ecuménica de Teólogos y Teólogas del Tercer Mundo (EATWOT), desde la revista Concilium —donde fue autor, editor de algunas ediciones y miembro del consejo editorial—, y desde numerosos espacios de reflexión eclesial y académica, siempre convencido de que la fe cristiana debía contribuir a la justicia, la dignidad humana y el cuidado de la creación.
Quienes tuvimos la gracia de conocerlo recordaremos no solo su extraordinaria producción intelectual, sino también su sencillez, su capacidad de escucha, su cercanía fraterna, su buen humor y su permanente apertura al diálogo y su acompañamiento y trabajo con los jóvenes de Bendita Mezcla.
Resulta especialmente significativo que, en uno de sus últimos escritos autobiográficos, eligiera como título "Agradecer vivencias, transiciones, sorpresas". Allí resumía su existencia como un camino de gratitud, de servicio y de esperanza, invitando a cuidar "el regalo de la creación", a acompañar iniciativas de equidad y justicia y a seguir construyendo un mundo más humano.
Hoy damos gracias a Dios por su vida fecunda. Su legado permanecerá vivo en sus libros, en sus discípulos, en las comunidades que acompañó y en todos quienes seguimos creyendo que el Evangelio se hace carne allí donde florecen la justicia, la solidaridad y la esperanza.
Que el Dios de la Vida, en quien Diego confió y al que sirvió durante toda su existencia, lo reciba en la plenitud de su Reino.
Seguiremos andando no más como decía Mons. Angelelli, y como tú lo hiciste durante toda tu vida ¡querido Diego!
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