[Por: Rosa Ramos]
“…Es que me olvido que tú vienes
desde otra muerte a visitar
que siempre cuidas a tus vivos
y que entendés cuando
una parte mía busca la alegría
y la otra no sabe que hacer.
Hoy somos tus sobrevivientes
que a veces te sienten volver…”
Canción Visitas, Rubén Olivera
Quiero hoy “senti-pensar”, compartir datos, pero también sentires y preguntas en relación a este mayo que dimos en llamar “mes de la memoria”.
En mayo, en Uruguay, celebramos el mes de la memoria y concretamente cada 20 a la nochecita, con frío, viento, o lluvia, hacemos la “Marcha del silencio”, portando carteles con las fotos de nuestros desaparecidos. En este 2026 será la marcha número 31, cada año con un lema, siendo la del presente: “Contra la impunidad de ayer y de hoy exigimos respuestas. ¿Dónde están?” Se trata de marchas silenciosas, conmovedoras, y cada vez más multitudinarias, porque la conciencia crece, superando el “algo habrán hecho” y las divisiones partidarias. Empezaron realizándose en la capital y hoy se hacen en muchas ciudades, en sitios donde por mucho tiempo el miedo había paralizado y enmudecido a los pobladores. [1]
Mayo, mes de la memoria. En este tiempo se realizan muchas actividades en teatros, se proyectan películas en cines, se presentan libros, el Museo de la Memoria organiza muestras todo el mes, también en las calles y plazas hay perfomances y coros cantando. A todas asisten muchas personas. Asimismo, la ciudad se puebla de las típicas margaritas, flores en las cuales falta un pétalo, en las ventanas y balcones. Una forma de expresar que las familias, el barrio, la sociedad, nosotros mismos no estamos completos si no están “todos, todos, todos”, parafraseando a Francisco.
Los cristianos, de diferentes iglesias nos concentramos previamente a marchar junto al resto del pueblo, lo hacemos en Parroquia Universitaria. Allí realizamos una oración ecuménica que incluye lectura bíblica, cantos, “memoria”, tan agradecida como dolorosa, de los desaparecidos durante la dictadura; varios de los cuales eran cristianos, incluido un sacerdote, Mauricio Silva, que como tantos fue detenido en Buenos Aires, Argentina, y no se supo jamás de él. Muchos de los que entran bajo este denominador “desaparecidos” fueron lanzados vivos al Río de la Plata en los llamados “vuelos de la muerte”, otros han sido enterrados en terrenos militares.
Destruir al “enemigo” y hacerlo desaparecer no es una realidad exclusiva uruguaya, sino mundial, latinoamericana y concretamente de esta región sur donde está comprobado que existió el “Plan Cóndor”, que operaba organizadamente entre varios países: Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay.
En la parroquia Santa Cruz de Buenos Aires, de los padres pasionistas, están enterradas-sembradas cinco mujeres de las doce personas secuestradas allí en diciembre de 1977, torturadas y lanzadas al río, algunos cuerpos aparecieron después. Recientemente se han identificado los restos hallados de diecisiete personas en Córdoba, Argentina, donde los desaparecidos se cuentan por muchos miles. Aquí los restos de pocos uruguayos han “aparecido” en enterraderos clandestinos, a veces fueron desenterrados y vueltos a enterrar en otro sitio cubriéndolos con cal. Los seguimos buscando, pero sobre todo queremos saber la verdad, las circunstancias de su muerte, quiénes fueron los responsables y dónde están, para darles una sepultura digna, con sus nombres e historias.
La desaparición es una práctica antigua, que podemos ubicar incluso en la biblia, Gn. 37 y ss, cuando los hermanos de José llevan al padre las ropas de su hijo amado ensangrentadas, diciéndole que había muerto; en realidad no se atrevieron a matado, sino que lo vendieron. Sucedió también en nuestros países con muchos niños, una vez “desaparecidos” sus padres, fueron apropiados, vendidos o regalados a cambio de silencio. Un arduo trabajo de abuelas, familiares y profesionales va permitiendo encontrarlos y devolverles la identidad robada. A veces, como José, ellos mismos se identifican, “aparecen” y piden pruebas de sangre, tras sospechar algo extraño en su origen. Una larga y dolorosísima historia repetida desde la Biblia hasta hoy.
Una crueldad y una mentira que clama al cielo, sin duda, por eso no nos cansamos de reclamar verdad y también por eso la rezamos juntos los cristianos.
Más allá de esto que a tantísimos nos mueve, quiero expresar algunas preguntas y algo sobre mis sentimientos. ¿Sólo en mayo hacemos memoria? Acaso las madres, los hermanos (como el autor de “Visitas”), los hijos, las familias enteras de los desaparecidos, ¿no los esperaron durante años, no los recuerdan a diario todos los meses de cada año? Declarar un mes de la memoria me resulta extraño, casi irreverente. Sin duda es necesario recordar y resignificar, como hacemos con los tiempos litúrgicos, pero yo lo llamaría “mes de la conciencia”, o quizá “mes de la concientización”, en especial de las nuevas generaciones para que la barbarie no se repita “nunca más”.
En cuanto a los sentimientos: una gratitud inmensa experimento cada vez que acompaño un “morimiento”; con todo el dolor que me supone ver sufrir a seres queridos y sostenerlos en ese tránsito difícil, que además casi siempre les cuesta aceptar, porque aman la vida. Mientras veo ese cuerpo querido, otrora vital, empequeñecerse, cambiar de color, perder funciones, moverse inquieto y luego aquietarse, dolor y gozo se mezclan… Siento el “privilegio” de estar allí y también percibo la confianza y gratitud del enfermo, porque a su lado está alguien que lo quiere mucho. En cada ocasión inevitablemente he pensado en los que mueren en las guerras o en la tortura.
Es cierto que la pelea con la muerte, sucede “del otro lado del río”, como la de Jacob con Dios; no puede librarla nadie en su lugar, es intransferible, pero estoy allí acompañando. Y el muriente sabe que “del otro lado del río”, pero con mi mano en su mano, mojando sus labios, sosteniendo su cabeza, hablándole, cantándole o rezando en silencio, estoy. ¿Cómo mueren los que mueren solos o bajo terribles humillaciones y agresiones? ¿Cuáles son sus últimos destellos de conciencia? Son preguntas que angustian e interpelan como humanidad.
Supongo que muchos y especialmente las madres, se hacen estas preguntas una y mil veces, no sólo en mayo. ¿Pudieron sobreponer a las sensaciones de la agonía imágenes bellas, paisajes y escenas de la infancia, rostros amados, instantes felices? Quisiera creer que sí, que “un ángel de Dios”, una presencia inexplicable, una paz extraña, los acompañó en su morir. Morir exige una entrega final, una “rendición”, diría Simone Weil, un “todo se ha cumplido”, quiero creer que también ellos y ellas lo hayan experimentado. La muerte es condición intrínseca de la vida, no puedo querer vivir si no acepto que la muerte existe y que moriré. Pero “nunca más” muertes violentas, nunca más tamaña crueldad. Breguemos porque todas las personas mueran de muerte natural y cuidadas amorosamente, asidas por una mano cálida, acariciadas por dulces palabras.
[1] En el artículo pasado hacía referencia al encuentro con Alicia Jaime, pues logré leer en una biblioteca su libro “El silencio de dos orillas”. Allí relata, además de su drama personal, lo desentrañado cuando se animó a romper el silencio, décadas después, y entrevistar a paisanos suyos, oriundos de su ciudad natal, Carmelo, de apenas 15.000 habitantes.
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