21 de Abril de 2026
[Por: Vitor Hugo Mendes]
Hace un año, el mundo se despedía de Jorge Mario Bergoglio, el inolvidable Papa Francisco. Sin embargo, la sensación que perdura no es de ausencia, sino de presencia. Algunas personas, al partir, cierran un ciclo; otras inauguran un tiempo nuevo. Así fue con Francisco: ‘Aún estoy aquí’.
Desde los primeros días de su pontificado, se hizo evidente que no se trataba de un simple cambio administrativo ni de una estrategia institucional. Francisco era Francisco en su originalidad. Su fuerza residía precisamente en eso: la coherencia entre fe, vida y misión. No interpretaba un papel; daba testimonio de una convicción. No buscaba parecer sencillo; simplemente era sencillo.
El primer papa latinoamericano, el primer jesuita, el primero en elegir el nombre de Francisco, llevó al centro de la Iglesia aquello que con tanta frecuencia permanecía al margen: los pobres, los migrantes, la ecología integral, la fraternidad humana y la misericordia, camino que une a Dios y al ser humano, haciéndonos signo eficaz de la acción divina en el mundo. Su modo de gobernar movió a la Iglesia del poder al servicio, de la rigidez al discernimiento y del miedo a la esperanza.
Su magisterio escrito ya ha pasado a la historia. Evangelii gaudium no solo restableció el lugar social de la Iglesia —pobre para los pobres—, sino que también devolvió vigor, rumbo y nuevo alcance misionero a la vida cristiana: llegar a las periferias. Laudato si’ se convirtió en referencia global en el cuidado de la casa común, proniendo una ecología integral. Fratelli tutti recolocó la fraternidad como horizonte político y espiritual del siglo XXI.
En Querida Amazonia, Francisco ofreció quizás una de las síntesis más bellas de su pontificado: una Iglesia con rostro amazónico, defensora de los pueblos originarios, guardiana de la creación y capaz de unir justicia social, diálogo intercultural y esperanza renovada. En Querida Amazonia se vio claramente que evangelizar, para él, significaba también proteger vidas amenazadas y escuchar voces históricamente silenciadas.
Al reconocer en los Movimientos Populares a un sujeto histórico indispensable, Francisco acercó a la Iglesia a las luchas concretas por tierra, techo y trabajo. El encuentro de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, en 2015, fue decisivo: allí denunció antiguas y nuevas formas de colonialismo, criticó la economía de la exclusión, la desigualdad social y afirmó que los pobres no son problema, sino una parte fundamental de la solución. Dio voz global a los invisibilizados y recordó que el derecho de los pueblos también pertenece al corazón del Evangelio.
Pero quizá aún más importante fue su magisterio no escrito: sus gestos. ¿Quién olvidará a Francisco abrazando enfermos, lavando los pies de presos y de mujeres, dialogando con otras religiones, pidiendo oraciones al pueblo, rechazando pompas, prefiriendo la Casa Santa Marta al Palacio Apostólico y reconociendo, con actos concretos, la dignidad y la corresponsabilidad de las mujeres en la Iglesia? ¿Quién olvidará la imagen solitaria en la Plaza de San Pedro, durante la pandemia, rezando por una humanidad herida? En aquel silencio lluvioso, habló al mundo entero.
Francisco también causó incomodidad. Y eso era inevitable. Toda autenticidad desinstala. Su enérgica crítica al clericalismo, a la economía que mata, a la cultura del descarte, a la desigualdad social y a las guerras demostró que el Evangelio no puede reducirse a mero adorno religioso. Con Francisco, la fe necesitaba tocar la carne de Cristo en el sufrimiento humano.
Un año después de su muerte, queda aún más claro que su pontificado no fue un paréntesis, sino un proceso. La sinodalidad, la reforma eclesial y social, la apertura misionera, la cultura del encuentro, la conversión ecológica, la Economía de Francisco y Clara y el Pacto Educativo Global siguen sidendo tareas en marcha. Francisco de Roma inició caminos que trascienden su tiempo histórico y biográfico.
También por eso cobra relieve la transición entre Francisco y el Papa Leo. Al retomar en su primera exhortación apostólica, Dilexi te, el núcleo evangélico del amor a los pobres, Leo XIV señala una continuidad inequívoca con la herencia franciscana. Más que sucesión institucional, se trata del paso de un testimonio de vida a una responsabilidad histórica: mantener vivo lo que Francisco ha vuelto a colocar en el centro de la vida de la Iglesia. Si Francisco abrió procesos, ahora corresponde profundizarlos. Si devolvió credibilidad a la necesaria articulación entre fe y vida, se espera que el nuevo pontificado la traduzca en estructuras renovadas y decisiones valientes.
Quizás por eso su recuerdo permanece tan vivo. Como quedó claro con su partida, Francisco no pertenece solo al mundo católico. Fue amado por creyentes y no creyentes, admirado por muchos que veían en él una singular combinación de vigor y ternura, firmeza y humildad, inteligencia y humanidad prodigiosa.
Alguien dijo una vez que era “un papa muy normal”. Y quizá ahí resida una de sus mayores grandezas. En un mundo fascinado por apariencias y excentricidades, Francisco rescató la extraordinaria fuerza del Evangelio vivido con la autenticidad del poverello di Assisi.
Un año después, se comprende mejor que Francisco no desempeñó un papel: fue testigo del Evangelio. En la sencillez de su vida, insufló nueva vida al Evangelio proclamado por la Iglesia. Vivió en minúsculas y entró en la historia con mayúsculas. Su voz se ha apagado, pero su profecía sigue resonando en nuestras vidas y en el presente de nuestra historia.
* Vitor Hugo Mendes es presbítero da Diocese de Lages, Santa Catarina, Brasil. Com doutorado em Educação e Teologia, é autor da obra, em dois volumes, Liberación, um balance histórico bajo el influjo de Aparecida y Laudato si’. El aporte latinoamericano de Francisco, 2021, Editora APPRIS/AMERINDIA. Realiza estágio de pós-doutorado na PUCRS, Porto Alegre.
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