28 de Marzo de 2026
[Por: Matías Soares | Traducido por Amerindia]
El papa Francisco nos ha impulsado a superar el clericalismo, que, según él, “se manifiesta claramente en un modo anómalo de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades donde han ocurrido conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia—, siendo el clericalismo aquella ‘actitud que no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que también tiende a disminuir y subestimar la gracia bautismal que el Espíritu Santo ha puesto en el corazón de nuestro pueblo’, favorecida tanto por los propios sacerdotes —obispos y diáconos— como por los laicos; genera una ruptura en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo” (cf. https://www.vatican.va/content/francesco/pt/letters/2018/documents/papa-francesco_20180820_lettera-popolo)..
Es relevante que el Pontífice haya situado esta idea sobre el modo de ejercer el poder en la Iglesia en el contexto de los escándalos que sacudieron la realidad eclesial de Chile. Los desafíos en este ámbito del abuso de poder continúan; pero, como en los últimos tiempos el énfasis se ha puesto en las cuestiones sexuales, las demás formas aún son percibidas pero no consideradas con la misma gravedad, aunque indirectamente sean igualmente nocivas para el cuerpo eclesial y para la sociedad, si consideramos la fuerza institucional de la Iglesia, su red de relaciones y su poder simbólico. Esta carta dirigida a la Iglesia chilena debería ser profundizada y rezada en las demás Iglesias locales de la catolicidad, especialmente para ayudarnos en el discernimiento acerca de otras perversiones del modus operandi de ministros ordenados —obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos(as)— y demás miembros del pueblo de Dios, que oprimen y actúan de manera autoritaria.
En la construcción de una justa hermenéutica de este desafío a la vida de la Iglesia y a la sociedad en su conjunto —ya que el abuso de autoridad tiene otras formas y contextos—, es necesario tener presente el papel y el lugar de la conciencia en el proceso relacional de las personas, con sus historias, personalidades y, ante todo, como sujetos eclesiales. El Concilio Vaticano II nos ofreció el marco contemporáneo para pensar y construir un modo diferente, incluso resignificando la obediencia, que ya no puede ser “ciega”, como pretenden algunas mentalidades autoritarias y violentas, sino respetuosa de la libertad de conciencia, siendo esta el santuario más íntimo y profundo donde se revelan el amor y la verdad de Dios. Este “lugar teológico” no puede ser tratado con irrespeto ni sometido a abusos, incluido el abuso “espiritual”, como hemos observado en muchos ambientes religiosos, amplificados aún más por la omnipresencia y la fuerza de las redes sociales. No podemos pretender sustituir la conciencia de las personas, como nos advirtió el papa Francisco al referirse al respeto debido a la conciencia de los fieles y a nuestra misión como Iglesia en la actualidad, reconociendo que “nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor que pueden al Evangelio en medio de sus límites y son capaces de realizar su propio discernimiento en situaciones donde se rompen todos los esquemas. Estamos llamados a formar las conciencias, no a pretender sustituirlas”. (cf. Amoris Laetitia, 37).
El tema de la conciencia y su importancia para la libertad religiosa, especialmente en el contexto de las innovaciones eclesiológicas y antropológicas del Concilio Vaticano II, era central en el pensamiento del teólogo Joseph Ratzinger. Para él, el encuentro con los grandes temas de la modernidad no se encuentra en la gran constitución pastoral, sino en dos documentos más breves que, poco a poco, adquirieron relevancia en la recepción del Concilio: la Declaración sobre la Libertad Religiosa Dignitatis Humanae y la que trata de la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas Nostra Aetate. (cf. J. Ratzinger. Prefácio, Opera Omnia, L’ Insegnamento del Conc. Vat. II, pág. 7-9). Según Ratzinger, “la fe cristiana reclamaba la libertad por convicción religiosa y por la práctica del culto, sin por ello violar el derecho del Estado en su propio ordenamiento: los cristianos rezaban por el emperador, pero no lo adoraban” (cf. Idem).. La cuestión central era la libertad de elegir, practicar y cambiar de religión como un derecho fundamental de la persona. A partir de esto, podemos comprender tanto la dimensión personal de la conciencia como lugar de discernimiento de la voluntad de Dios, como sus implicancias antropológicas y sociales. En los ambientes eclesiales es urgente profundizar esta reflexión sobre las nuevas formas de vivir la fe cristiana y sobre el modo en que algunas liderazgos asumen, de manera invasiva, el rol de sustitutos de la voluntad de los demás. Se requiere una profunda humanización a partir de los valores del Evangelio y una teología moral atenta a las enseñanzas posconciliares.
La Constitución también reconoce derechos relacionados con la intimidad, justamente para proteger al ciudadano de abusos de poder cf. Art. 5º, inc. VI-XII).. En particular, afirma que “es inviolable la libertad de conciencia y de creencia, asegurándose el libre ejercicio de los cultos religiosos y garantizadndo, en forma de ley, la protección a los locales de culto y a sus imagenes”. En palabras de Mário Antônio Sanches, la objeción de conciencia es un derecho que salvaguarda principios morales inalienables: el respeto a la autonomía de la persona y a su libertad. Sin embargo, esta no debe basarse en caprichos ni subjetivismos, ni en intransigente obstinaciones. Por eso precisa ser por la presentación de los valores en cuestión, explicitando los motivos personales, abierta al diálogo (cf. https://www.jusbrasil.com.br/artigos/o-direito-a-objecao-de-consciencia:21/03/26). Es importante considerar cómo la teología católica interpreta estos derechos a la luz de los signos de los tiempos, reconociendo que la libertad de conciencia está profundamente vinculada al derecho a la intimidad de cada persona.
El papa Francisco también aborda el abuso espiritual en el proceso misionero de la Iglesia, cuando citando a su predecesor Benedicto XVI, afirma que “los cristianos tienen el deber de anunciar sin excluir a nadie y no como quien impone una nueva obligación, sino una propuesta que comparte una alegría y señala un horizonte, ofreciendo un banquete apetecible. . La Iglesia “no crece por proselitismo, sino por atracción” (cf. Evangelii Gaudium, 14). El anuncio de la Alegría del Evangelio precisa ser porpuesto, no impuesto; y menos violentando la libertad religiosa. Sin embargo, aún hoy encontramos múltiples formas de abuso espiritual, con prácticas que alienan, oprimen y manipulan a las personas mediante discursos religiosos fundamentalistas y agresivos. En muchos ambientes religiosos se producen formas de “violencias simbólicas”, incluyendo explotación económica, sexual y de poder. Para aquellos que no quieran entender- por conveniencia, o por mala fe- el acoger las enseñanzas del Papa Francisco acerca de este estilo pastoral, que no condice con la práctica misionera de Jesús de Nazareth. No debemos evangelizar para aumentar números, de tribus y grupos religiosos, como percibimos en algunos movimientos inclusive católicos sino para favorecer “la experiencia de encuentro personal con Jesucristo”. (cf. Evangelii Gaudium, 1).
Finalmente, también es necesario que la “dignidad de los ministros ordenados” sea respetada(cf. https://www.arquidiocesedenatal.org.br/post/artigo-a-dignidade-dos-presbíteros). Inclusive dentro de las propias relaciones jerárquicas de la Iglesia. En las comunidades eclesiales encontramos también fieles laicos que persiguen, calumnian o maltratan a sus pastores. Existe, además, una distorsión del “verdadero protagonismo” en algunos casos. Una ‘autonomía relacional’, respetuosa y marcada por el espíritu de servicio, es lo que precisa animar a las comunidades cristianas y a las estructuras eclesiales. Lo que somos llamados es a tener docilidad a la acción del Espíritu Santo en nuestras mentes, corazones y actitudes fermentadas por las prácticas de las Bienaventuranzas. (cf. Mt 5,1-12).
Si nuestra preocupación es el ‘poder por el poder’, nuestra vida dejará de ser verdaderamente cristiana y no atraerá hacia la persona de Nuestro Señor. El abuso de poder y de conciencia en la Iglesia es una herida que debe ser superada, ante todo, mediante la conversión personal y la transformación de nuestras estructuras marcadas por el pecado. Recemos siempre por esta intención. Así sea.
P. Matías Soares
Arquidiócesis de Natal (RN)
Capellán de la UFRN
(Traducido desde Amerindia)
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