[Por: Rodrigo Reyes Sangermani]
No son pocos quienes, en el contexto del conflicto con Irán, vuelven a levantar una esperanza que suele asomar cada vez que una teocracia queda expuesta: la idea de que, por fin, se abra una grieta por donde pueda entrar la secularización, incluso que la guerra y la violencia pueden ser un mecanismo legítimo para acometer dicha tarea. Que el poder religioso, cuando se vuelve gobierno y policía moral, no sólo oprime: también se desgasta. Y que ese desgaste -interno o acelerado por presiones externas- podría algún día traducirse en un país donde la ley deje de ser catecismo, donde la vida civil no dependa de la interpretación de juristas religiosos, y donde la libertad de conciencia no sea una concesión, sino un derecho. La propia arquitectura del Estado iraní, que se define como república islámica, con una religión oficial y con el islam como fuente normativa, explica por qué tantos, desde lejos, sueñan con "laicizar" Irán…
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