¿Y si compartimos las fragilidades…?

14 de Marzo de 2026

[Por: Rosa Ramos]




“Desde nuestra fragilidad, nos hacemos cargo,

con otros, de transformar la realidad,

para hacer espacio a la vida”

Lema para la Cuaresma, parroquia San Antonino

 

Cuando era niña oía frases de este tipo que animaban a los vecinos a ayudarse, a superar juntos las dificultades cotidianas: “Juntos podemos”, “la unión hace la fuerza”, “unidos venceremos”. No eran, o no se sentían, como lemas triunfalistas. Con el pasar de años y décadas, creo que vamos descubriendo más las fragilidades propias, las de los compañeros de camino, y la necesidad de compartirlas para sostenernos y juntos transformar el entorno, abriendo espacios inéditos.

 

En el artículo pasado invitábamos a convivir con la fragilidad, aquí damos otro paso: confesarla y compartirla con otros. Vamos entendiendo que dos o muchas fragilidades no hacen una fragilidad mayor, sino ganar fortaleza y lucidez, a partir de reconocer los límites y que “solos no podemos”.

 

Un ejemplo claro y muy conocido es el de los grupos de Alcohólicos Anónimos (AA) que suelen reunirse en nuestras parroquias. Parten del conocimiento y declaración de su fragilidad. En cada reunión se recuerdan unos a otros y así animan a reconocerse a la persona que se acerca por primera vez: “Soy X, enfermo alcohólico…” y cuentan la historia de sus caídas, las pérdidas a consecuencia de su enfermedad: familia, amigos, trabajos…

 

También conocemos asociaciones de padres cuyos hijos tienen alguna patología que en otros tiempos se ocultaban. Actualmente se expresan, comparten el dolor, se sostienen en la dificultad y procuran ganar el ejercicio de derechos para sus hijos y el respeto de la sociedad.

 

Otro ejemplo bien conocido son las cooperativas. Las hay de diversos tipos, quizá las más visibles son las de vivienda, para abrir posibilidades y acceder juntos a lo que solos no se podría: la casa. Más allá de qué tipo de cooperativa se trate, hay valores éticos compartidos: igualdad, honestidad, transparencia, responsabilidad social y preocupación por los demás. Sus miembros creen y apuestan al bien común y procuran que las decisiones sean democráticas. Claro que no hay que romantizarlas, son organizaciones humanas también con fragilidades, pero con una opción clara: la ayuda mutua.

 

Hoy en día en que todos presumimos de lo que podemos, de lo que “ganamos” o de aquello en lo que somos fuertes, cuán liberador es ese ejercicio de decir en voz alta que sufrimos, que somos débiles y que hemos “perdido” mucho y muchas veces, que volvemos a caer. No se trata de victimizarse, ni de culpabilizarse, porque también es necesario caer juntos en la cuenta de que nuestra fragilidad no es ajena al entorno, a las problemáticas sociales y económicas de un mundo programado desde el interés de unos pocos… En todo caso “todos somos culpables” y “todos somos víctimas”.

 

Se trata de un ejercicio contracultural y sanador. Este reconocimiento y “confesión pública” de las fragilidades desarma el individualismo y la omnipotencia a la que somos lanzados a diario por esta sociedad adicta al poder, animándonos al sostén mutuo y a la búsqueda compartida de nuevos horizontes. O, como dice el lema de nuestra parroquia, ayudar a hacer espacio a la vida que puja.

 

Seguramente todos recordamos el oxímoron de San Pablo: “cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Co. 12, 10). Confía en la Gracia, en que la fuerza le viene de Dios precisamente en su debilidad. En ese reconocimiento de la fragilidad, asumiendo que en general es muy poco lo que podemos solos, nos soltamos y a la vez nos sostenemos en una fuerza trascendente. Hoy, contra ese individualismo que nos atomiza y deshumaniza, nos confiamos humildemente a la fortaleza que nos llega compartiendo la vida y la fe con hermanos tan débiles como nosotros. “Un hombre solo, una mujer, son como polvo, no son nada” escribió Goytisolo a su hija Julia. Nos humanizamos en racimo.

 

La vida siempre puja, es porfiada. Parece que fracasa una y otra vez, que se puede acabar con ella por decreto o por la fuerza… pero sabemos que la vida busca salidas como el agua, o rendijas por donde asomar como esos pastitos insolentes que desafían el hormigón. Recuerdo aquí una de las hermosas y actuales parábolas del reino de González Buelta en “Ver o perecer. Una espiritualidad de ojos abiertos”.

 

¡La vida es vital y contiene una fuerza “resucitadora”! Nuestra misión no es titánica ni solitaria, es humilde, consiste en confiar más allá de nuestras fuerza y permanecer juntos, haciendo espacio en nuestro interior y en los ambientes donde estamos, a esa vida que siempre puede sorprendernos.

 

Claro que no es fácil permanecer abiertos a las sorpresas de la vida. Nos estimulan a controlarlo todo, a saberlo todo de antemano, lo cual nos lleva engañosa y peligrosamente a creernos dueños, autores y directores de la vida.

Una mirada atenta a la Palabra de Dios, sin caer en fundamentalismos fruto de una lectura literal, nos ayuda a confiar en el autor de la vida, en la sabiduría de Dios que elige a los pequeños y frágiles para hacer maravillas. Así invita para guiar al pueblo, anunciando y a denunciando, a profetas jóvenes, ancianos, pecadores o poco locuaces; elige para dar vida a mujeres estériles y vírgenes; Jesús para hacer comunidad convoca a poco letrados y torpes, limitados por sus capacidades y sus pecados, los envía de dos en dos, confía en ellos. Los llamados del Antiguo y Nuevo Testamento tienen el común denominador de la apertura a lo nuevo, a ser canales de la Gracia, de la vida, de esa vida sorprendente que puede florecer en medio de las dificultades y carencias.

 

¡La vida es vital y contiene una fuerza resucitadora desde la fragilidad y la impotencia! No sólo, como si fuera poco, lo vemos en Jesús crucificado-resucitado, lo vemos -con los ojos de la fe- en muchas situaciones actuales. Madres que se unen para buscar a sus hijos o para salvarlos de un grave peligro; familias que se conectan con otras que comparten fragilidades semejantes; personas de bajos recursos que eligen formar cooperativas; trabajadores que juntos procuran conquistar derechos; adictos que se sostienen en la lucha contra su dependencia; mujeres que marchan juntas, reconociéndose valiosas y dignas de respeto; amigos y amigas que, siendo incondicionales, superan diferencias, errores y dificultades. Y tantos ejemplos más que cada lector desde su experiencia personal y comunitaria podrá recordar suscribir.

 

¡Que en este camino cuaresmal hacia la Pascua, nos anime, entonces, a compartir lo que somos y tenemos, también las carencias y debilidades! La fortaleza vendrá del Dios de la Vida, que en su fidelidad nos sorprenderá.

 

Imagen: https://www.thisiscolossal.com/2021/01/regardt-van-der-meulen-sculptures/

Procesar Pago
Compartir

debugger
0
0

CONTACTO

©2017 Amerindia - Todos los derechos reservados.