[Por: Jesús Ospina Salinas]
Mi padre, Artemón Ospina Villavicencio, fue artista plástico. Estudió y trabajó en los 60, en la Escuela Superior de Formación Artística Pública “Felipe Guamán Poma de Ayala” de Ayacucho, creada en 1952. Me enseñó el amor a la cultura y el arte. Además, fue un activista aprista, que creía en la justicia social. Luego se volvió militante del SUTEP, cuando enseñó en la IE “Víctor Morón Muñoz”, del distrito de San Bartolo en Lima.
Fue devoto de San Hilarión (291-371), que dio su herencia a los pobres. Mi padre le suplicó antes de morir, que no tuviera dolor por el cáncer. Cumplió, nunca sufrió. Por eso amo la cultura, soy socialista mariateguista, y amo a Dios y la iglesia de los pobres desde el colegio. Historia, razón y pasión para contribuir a crear una sociedad con cultura, justicia y espiritualidad. Breve preámbulo, para justificar esta esquina dedicada a la cultura.
Y, casualmente, arte, política y religión se unimisman en la muestra, “Percepciones de una artista”, de la joven talentosa Luddy Alhelí Fernández. El arte de Luddy recoge y transforma con belleza estética, la política autoritaria, y crea, a través de la religión compasiva, una liberación plena. Así, el arte auténtico busca la justicia y la paz. En ese horizonte se sitúa la obra de Luddy, cuya espiritualidad concreta revela lo que muchos no quieren ver...
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