02 de Enero de 2026
[Por: Juan José Tamayo]
En una carta dirigida al padre dominico Joseph Perrin la filósofa francesa Simone Weil expresaba lo doloroso que le resultaba imaginar “que los pensamiento que han descendido sobre mí están condenados a muerte por el contagio de mi insuficiencia y de mi miseria”. El gradual reconocimiento de su obra y el impacto que produjo en el mundo intelectual tras su fallecimiento a los 34 años desmintió pronto su temor. Albert Camus la definió como el “único espíritu libre de nuestro tiempo”, una persona con una gran sed de verdad acompañada de una gran inteligencia y honestidad.
El filósofo y teólogo surcoreano Byung Chul Han, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades de 2025, considera a Weil “la figura intelectual más brillante del siglo XX”, y en este libro establece con ella y con su obra un diálogo en profundidad e iluminador de la oscuridad del presente no desde una lectura escolar, sino desde una hermenéutica creativa. No es un diálogo intemporal y aséptico, sino que interpela a la sociedad actual caracterizada, según Chul Han, por un régimen dictatorial neoliberal que explota nuestra libertad y en el que los seres humanos se han convertido en esclavos de su propia creación, por un mundo que se ha tornado un “ruidoso mercado”, por las redes sociales que difunden agresividad y odio, por una democracia que, sin ética, carece de contenido y por la brecha cada vez más amplia entre ricos y pobres.
El filósofo de origen coreano reconoce sentir una “amistad profunda del alma” con Simone Weil, la filósofa, mística e intelectual compasiva con las personas y los colectivos más vulnerables, y navega por su pensamiento para mostrar que, más allá de la inmanencia de la producción, del consumo, de los big data y de la insaciable necesidad de información, existe una trascendencia capaz de ofrecernos la plenitud del ser y de liberarnos de una vida de mera supervivencia y carente de sentido.
El diálogo gira en torno a siete palabras fundamentales tomadas de las experiencias y del pensamiento de la filósofa francesa: atención, descreación, vacío, belleza, dolor, silencio e inactividad. En él participan también cualificados interlocutores de ayer y de hoy: de Sócrates Platón y Kant a Agamben, Foucault y Steiner, pasando por Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, Kafka, Lévinas, Adorno, Benjamin, Sartre, Jünger, Merleau-Ponty, Cézanne, Canetti, que abren nuevos horizontes a los pensares, decires y sentires de Chul Han y Weil.
Lo primero que constata es la crisis de la religión y del espíritu debida a causas estructurales, no puramente coyunturales, entre las que cita la pérdida del silencio, el declive de la atención y el ruido atronador de la comunicación. Pero, a pesar de la crisis, “no es Dios quien ha muerto, sino el ser humano al que Dios se revelaba”. ¿Dónde se rebela Dios ahora? En la respuesta a esta pregunta se manifiesta la originalidad de la filosofía de Weil y Chul Han.
Dios no se revela a través de los atributos de la vieja teodicea: omnipoten-cia, omniscien-cia, omnipren-cia, providen-cia e incluso violen-cia. ¿Dónde, entonces? En el vacío y la desnudez, siguiendo a los místicos, especialmente a Maister Eckhart y San Juan de la Cruz; en el silencio de Dios, que es más poderoso que cualquier palabra: en la atención profunda, que Simone Weil llama “la palanca del alma”, en la que tiene su origen toda capacidad creadora del ser humano; en la belleza que, citando a Platón, la filósofa considera una experiencia de Dios; en la contemplación estética tanto de la naturaleza como de una estatua griega, que “constituye por sí sola una prueba de Dios”; en el dolor, que es la matrona de lo nuevo; en la negatividad como camino de ascenso a Dios; en la atención sin distracción.
La revelación de Dios me recuerda eel encuentr de Dios cuando se encontraba en una cueva
¿Libro apologético? No. Una excelente lección de filosofía de la religión de dos de los pensadores más creativos e influyentes de nuestro tiempo.
Creo que Simone Weil y Byung Chul Han darían por buena la definición de Dios de José Saramago: “Dios es el gran silencio del universo y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio”.
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