[Por: Eduardo de la Serna]
Seamos claros antes de empezar, para evitar malos entendidos. En la liturgia celebramos (el 29 de septiembre) a los “arcángeles”, Miguel, Gabriel y Rafael. Con el tiempo, además, el número de arcángeles fue creciendo hasta el punto de verse, en cierta literatura, como una especie de categoría de una cantidad importante de ángeles. Esto llevó a la Iglesia a vetar esta actitud más legendaria que bíblica. Es cierto que en la Biblia se habla de Rafael (en el libro de Tobías; cf. 5,4; 12,15) y de Gabriel (por ejemplo, en el Evangelio de Lucas en los anuncios a Zacarías y a María de los nacimientos de sus respectivos hijos; 1,19.26; cf. Daniel 8,16; 9,21), pero de ninguno de ellos se afirma que estos sean “arcángeles”; sino que simplemente se los llama “ángeles”. El término arcángel tiene la partícula “arjê”, que en griego es “principal”, es decir, se trata de uno que es el ángel principal entre todos los demás. En la carta de Judas se lo llama por su nombre: Miguel (v.9). Pablo hace referencia, también a “un arcángel” que hará oír su voz y habrá una trompeta en la venida gloriosa de Jesús (1 Tes 4,16), no da su nombre, pero se trata de “uno” no de “uno entre varios”…
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