El ministerio como gracia compartida: una lectura liberadora del sacerdocio

20 de Diciembre de 2025

[Por: Rosario Hermano]




Celebrar cuarenta años de ordenación sacerdotal no es, desde una perspectiva evangélica y liberadora, un acto de autocelebración ni de exaltación individual. Es, ante todo, un acto profundamente comunitario. Así lo expresó con claridad  Javier Galdona en la eucaristía del domingo pasado que sirve de base a esta reflexión: no se dice “doy gracias”, sino “demos gracias”, porque el sacerdocio no pertenece al sacerdote, sino al pueblo al que es enviado. 

 

Esta afirmación, aparentemente sencilla, cuestiona de raíz toda comprensión clericalista del ministerio ordenado. El sacerdocio no existe en abstracto; existen sacerdotes concretos, con historia, límites, condicionamientos y relaciones. Y, en consecuencia, el ministerio puede convertirse en una gracia o en una desgracia para las comunidades. Esta lucidez no es solo espiritual; es profundamente política y teológica: reconoce que el ejercicio del poder religioso tiene efectos reales sobre la vida de las personas, especialmente de las más vulnerables.

 

El sacerdocio no es para sí: opción por la comunidad

 

Toda vocación cristiana se verifica en su servicio histórico a los demás. El testimonio que emerge de la homilía se sitúa claramente en esta clave: no hay sacerdocio sin comunidad, no hay identidad ministerial fuera del vínculo con la gente concreta, con sus nombres, conflictos y esperanzas. En una isla desierta, nos dice Javier, no sería sacerdote, sino simplemente una persona más.

 

Esta afirmación conecta con una eclesiología de comunión y de pueblo de Dios, donde el ministerio ordenado no se comprende como un estatus sagrado separado, sino como una función relacional. La ordenación no consagra a alguien “por encima”, sino que lo inserta más profundamente en la historia de un pueblo, con la tarea específica de acompañar, animar y servir.

 

La vocación como proceso histórico y no como esencia fija

 

Otro aporte central de su exposición es la comprensión de la vocación como construcción constante. No hay un “sacerdote ideal” dado de una vez y para siempre. Hay un camino que se hace con los materiales de la vida: personas, comunidades, conflictos, cambios culturales, crisis personales y transformaciones sociales.

 

Esta visión desmonta cualquier teología esencialista del ministerio y se alinea con una antropología histórica, muy presente en la Teología de la Liberación. El sujeto no está terminado; se va haciendo en el cruce entre gracia y realidad, entre llamada y respuesta, entre fe y contexto. Por eso el sacerdote es siempre “de su época”, con sus luces y sombras, y no puede refugiarse en nostalgias ni modelos del pasado.

 

Un Dios feliz, misericordioso y comprometido con la vida

 

Desde el punto de vista teológico, uno de los ejes más significativos de la homilía es la imagen de Dios que la atraviesa: un Dios feliz, amoroso, misericordioso, cercano, que acompaña los avatares de la vida y no abandona en los momentos de fragilidad. Esta imagen se opone frontalmente a representaciones religiosas basadas en el miedo, la culpa o el control.

 

La cita evangélica que funciona como lema —“Todo se lo digo para que participen de mi alegría y sean plenamente felices”— sitúa la fe en el horizonte de la vida plena. En clave liberadora, esto implica afirmar que la salvación no es evasión del mundo, sino experiencia anticipada del Reino en relaciones justas, fraternas y compasivas. El mandamiento del amor y la centralidad de la cruz y la resurrección aparecen aquí no como discursos abstractos, sino como fundamento de una ética concreta del cuidado y la solidaridad.

 

Las personas como lugar teológico

 

En coherencia con esta visión, las personas ocupan un lugar central en la reflexión. No solo aquellas que han sido fuente de consuelo y apoyo, sino también las conflictivas, las difíciles, las que “se atragantan”. Todas, sin excepción, han sido mediación de Dios y han contribuido a la configuración de la propia humanidad y fe.

 

Esta afirmación remite a uno de los principios fundamentales de la Teología de la Liberación: la historia concreta de las personas —especialmente cuando es conflictiva— es lugar teológico. Dios no se revela al margen de los vínculos humanos, sino precisamente en ellos. Amar, con toda su ambigüedad, sus tensiones y sus dolores de cabeza, aparece así como la experiencia más profundamente evangélica.

 

Vida, fe y amor: dones para ser compartidos

 

La homilía concluye agradeciendo tres grandes dones: la vida, la fe y la capacidad de amar. Ninguno de ellos es idealizado; todos son reconocidos en su complejidad. La vida es dura y desconcertante; la fe es aprendizaje y confianza; el amor es arduo y lleno de tentaciones. Pero, aun así, son los únicos bienes que verdaderamente valen la pena.

 

Desde una perspectiva liberadora, este agradecimiento final no es intimista. Es una confesión de esperanza histórica: creer en la vida, incluso en su dureza; creer en la fe, incluso en la noche; creer en el amor, incluso cuando duele, es una forma concreta de resistencia frente a toda lógica de muerte, exclusión y descarte.

 

Este aniversario sacerdotal, se convierte así en una proclamación sencilla pero profunda: el ministerio solo tiene sentido cuando es servicio; la fe solo es auténtica cuando genera alegría y vida; y Dios solo puede ser anunciado creíblemente cuando se lo descubre caminando con las personas concretas, en medio de la historia. No como dueño del camino, sino como compañero fiel.

 

Gracias Javier por estos 40 años, por este compromiso y por habernos podido acompañar-nos tantos y tantas en este camino.

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