20 de Diciembre de 2025
[Por: Diego Pereira Ríos]
Otro año que termina y un nuevo año que empieza. En un mundo cada vez más difícil de comprender se hace más difícil aún tomar ciertas decisiones que nos convenzan de que serán efectivas o que nos llevarán a las metas propuestas. A nivel general, las instituciones sociales cambian, se adaptan, modifican sus estructuras atendiendo a las demandas que le son propias de su misión, o se acoplan a las necesidades epocales. Ahora que la IA se nos ha metido casi que en el ADN social y casi todo funciona de forma tecnológica -supuestamente más segura- esto colabora en hallar respuestas más rápidas a problemas cotidianos o saciar las necesidades más urgentes. En este panorama, podemos reprogramar el año que termina apuntando a nuevos logros para el próximo, salteándonos el tiempo de reflexión y discernimiento por una nueva planificación. No hay tiempo para el fracaso o los números negativos; pasar raya es necesario pero no para conclusiones, sino para nuevos proyectos y nuevas metas.
Sufrimos de un cansancio que ya no nos está permitiendo pensar y experimentamos una exigencia interior que nos agobia profundamente. Esto anula las posibilidades de nuestra creatividad pues no tenemos tiempo ni espacio desarrollarla. Entre el trabajo y la familia, los compromisos y las responsabilidades, la preocupación por lo económico y los trastornos de salud, la vida acelerada y la vida encerrada en casas o apartamentos sin contacto con la naturaleza; nuestro ser se pierde en el deber y el tener. A diario asumimos obligaciones y perdemos libertades. Somos esclavos de nosotros mismos pues nadie nos obliga. Como dice Han: “El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. De esta manera, no está sometido a nadie, mejor dicho, solo a sí mismo”[i]. Para distraernos los aplicativos para compras virtuales son un gran escape pues nos mantienen entretenidos, ocupados, adquiriendo objetos sin sentido que llenan nuestras casas de objetos materiales que “ocupan” el espacio.
Lo peor de todo es que no sólo lo material es deseado sino que asistimos a una demanda más profunda. Fromm hablaba del modo de tener: “En el modo de tener, no hay una relación viva entre mi yo y lo que tengo. Las cosas y yo nos convertimos en objetos, y yo las tengo, porque tengo poder para hacerlas mías; pero también existe una relación inversa: las cosas me tienen, debido a que mi sentimiento de identidad, o sea, de cordura, se apoya en que yo tengo cosas (tantas como me sea posible)”[ii]. Y lo mismo sufrimos con nuestras relaciones humanas a las cuales transformamos en objetuales, cambiables, descartables. Los amigos (si es que esta palabra aun tiene sentido), los novios/as o parejas temporales, compañeros o conocidos, hasta incluso la propia familia, puede ser descartada si no coincide con lo que pensamos o necesitamos. Bauman hablaba de las relaciones líquidas que, o se escurren por entre nuestra vida, o se evaporan. Las redes facilitan la lluvia de contactos, pero no de verdaderas relaciones.
Aumentan los índices de suicidio juvenil no solo por falta de trabajo u oportunidades, sino por exceso de ofertas y por sobrepresiones sociales y económicas. Las Universidades -como institución educativa- abren todo tipo de ofertas de carrera para saciar el voraz mercado laboral y para entregarle (en bandeja de plata) a los jóvenes titulados, formados dentro de sus paredes, para que sean explotados y exprimidos, y aunque los jóvenes van tomando conciencia, necesidad del hambre y el sueño de la realización los obliga. Son rehenes de un mundo construido por adultos que no los entienden y que aún les dicen “tienes que esforzarte para lograr grandes cosas”. Junto con ello, los ancianos cada vez más son abandonados encasa de salud, lejos de sus familias, lejos de poder transmitir sus enseñanzas que podrían ser una línea de combate ante este sistema. La sociedad no les deja espacio porque su testimonio va a contra corriente: no producen y significan un gasto para los gobiernos. Ni a la izquierda ni la derecha les importa, ni tampoco a la sociedad. Es un gran signo del cual tampoco se está ocupando la Academia, ni las ciencias humanas, tan preocupadas de producir.
En medio de todo esto y de otras situaciones que a diario llenan de espanto los teleinformativos, los cristianos estamos cansados sí, pero mantenemos la esperanza. Terminando el año del Jubileo de la Esperanza necesitamos hacer un examen crítico de la situación actual y revisar en dónde estamos sosteniendo nuestra esperanza, sobre todo, en Quien la colocamos. Por momentos pareciera que esa esperanza no la encontramos pero eso nos da certeza de su presencia ausente: “De la ausencia de esta esperanza que está en el corazón de todo hombre, de esa esperanza a la que no podemos fatigar porque hace la vida posible y soportable, porque desafía la inmediatez siempre muy corta del puro presente”[iii]. Dios está con nosotros y mirando la historia de la Salvación, Dios se manifiesta en lo peores momentos, por eso tenemos esperanza de que no estamos viviendo todo esto sin él. El solo hecho de poder pensarlo ya es manifestación de su presencia, sumado a la fe en su palabra y la esperanza en su accionar en la historia. Como nos sigue provocando el Papa Francisco: «Spes non confundit», «la esperanza no defrauda» (Rm 5,5).
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