[Por: Eduardo de la Serna]
En la historia bíblica cada potencia dominante ejerció diferentes modos de imperialismo o colonización sobre sus vencidos. No nos detendremos en analizarlas, sólo señalo que los asirios deportaban poblaciones enteras implantando en el lugar vaciado gentes diferentes; nadie tendría memoria, ni amor a la tierra, en adelante. Los babilonios optaron por llevar a las grandes elites a su propia tierra; aquellos que tomaban decisiones estarían, entonces, bajo control. Ambos, además, saquearon totalmente las ciudades conquistadas. Los persas, en cambio, eligieron un modo que podría caracterizarse de “amable”. Dividieron todo su territorio en “provincias”, llamadas satrapías, a cargo de un sátrapa al mando de un pequeño ejército. Todos los sometidos podrían volver a “sus casas” y hacer su vida “normal”. El sátrapa garantizaba que no hubiera disturbios y que se pagaran impuestos (los judíos, concretamente, según Heródoto, debían pagar 350 talentos de plata al año). Más adelante, griegos y romanos – con sus matices, en ocasiones importantes – vieron la conveniencia de este modelo y lo aplicaron en tierras conquistadas…
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