Encuentros, desencuentros… encuentros

05 de Febrero de 2021

[Por: Rosa Ramos]




“…la vida es eterna en cinco minutos…
Y tú caminando
lo iluminas todo.
Los cinco minutos
te hacen florecer…”

Víctor Jara

 

Amanda iba a encontrarse con Manuel en la puerta de la fábrica donde él trabajaba en los cinco minutos de su descanso. Esa tarde llovía, pero Víctor Jara cuenta-canta: “La sonrisa ancha/ la lluvia en el pelo. / No importaba nada/ ibas a encontrarte con él / con él, con él, con él…” Del encuentro en sí mismo el cantautor sobrio, discreto, no nos dice nada,  después ha sonado la  sirena y Manuel ha vuelto al trabajo, entonces contempla y nos revela la imagen radiante de Amanda: y tú caminando / lo iluminas todo / Los cinco minutos te hacen florecer.”  

 

Claro que no todos los encuentros son perfectos. En las relaciones humanas asistimos quizá a más desencuentros, o encuentros “a medias” que provocan ciertas desilusiones. Pareciera que cuánto más ansiamos el encuentro profundo es más difícil, la imaginación y anticipación tensan y no dejan fluir naturalmente el compartir tan esperado. Las palabras no surgen, los gestos son torpes, puede haber inhibición y cortedad en ambas partes que deja insatisfacción, o “sabor a poco”. Esto puede suceder en encuentros de pareja, de amigos, de familiares, vale decir de personas que se quieren bien y comparten historias. Algunos abuelos luego de una visita de los nietos, tan esperada, sienten que no lograron transmitir todo el amor que sienten por ellos; otras, los hijos se dan cuenta que en vez de agradecer tantas atenciones de los padres mayores se mostraron apurados por irse a otro sitio. Los cinco minutos pueden ser plenos y eternizar la vida, o pueden ser malogrados.

 

Estos desencuentros “normales” pueden ser más peligrosos -y dolorosos- en tiempos de pandemia prolongada, en que tanto necesitamos ver a los seres queridos. El deseo es tan fuerte que la misma expectativa enturbia el encuentro, falta atención al momento presente, a los ojos, a los gestos, al silencio del otro que inquieta y del que huimos con un chiste o una pregunta apurada. Es aún más difícil hoy acompasar los tiempos en los encuentros presenciales,  entorpecidos por temor al contagio o por la idea de estar transgrediendo el mandato de la distancia social. También nos podemos volver más torpes emocionalmente, reforzando el analfabetismo afectivo, en tiempos en que escasean los contactos físicos y abundan los audios, videos y charlas por plataformas virtuales (donde permanecemos sentados y nos vemos medio cuerpo, a veces solo rostros, mediados por pantallas).

 

Sin embargo, aún cuando el encuentro presencial, a cuerpo entero, a distancia corta, con mucho no dicho, o dicho torpe o atropelladamente; aún cuando no sea tan pleno como el de Amanda y Manuel en aquellos cinco minutos bajo la lluvia que su gran amor ignoraba… ¡el encuentro vale! Y seguramente encontramos el modo de expresarnos el cariño-cuidado, que en todo caso seguirá calando aún después de la separación.  A veces los miembros de esa familia que no tuvo un encuentro pleno como lo habían deseado tanto, luego lo enriquecen con un mensaje -tiempo de mensajes-, con un “qué lindo fue vernos, gracias” o “qué rica estaba la torta, mamá” o “qué grande y hermosa está la niña, los felicito”. El encuentro sigue creciendo y perfumando a cada uno, claro que para que eso suceda hace falta detenerse para contemplarlo y valorarlo -tal como indica la sabiduría del examen de la oración o del día-.

 

Los encuentros plenos también existen y por ellos damos gracias; si muchos nos quedan por debajo de las expectativas, algunos las superan, las purifican, las elevan. 

 

Así parece que sucedió con los ancianos Simeón y Ana, seguramente con larga experiencia de encuentros, cuando María y José presentaron a su hijo Jesús en el Templo (Lc. 2, 21-38). Ambos esperaban mucho y desde hacía muchísimo tiempo, más que nosotros, hijos de nuestra cultura de “entrañas impacientes” -al decir de González Buelta-. Pero, ¿qué vieron sus ojos? Una pareja de aldeanos pobres, ofreciendo en silencio lo mínimo que se podía ofrecer en el templo y a un bebé dormido serenamente, o quizá de grandes y muy oscuros ojos abiertos. No vieron nada extraordinario, sin embargo algo les llamó la atención en aquel cuadro simple, humilde, y se acercaron para bendecir -decir bien-. Fueron capaces de “encontrarse” con esa familia y reconocer los sueños largos de un pueblo e historia a los que pertenecían. Lucas dice que María guardaba todo en su corazón. No dice, pero sin duda lo guardarían también el justo José y aquellos ancianos dispuestos ya a morir agradecidos por la bondad de Dios. 

 

Quizá nos haga falta aquietar las entrañas impacientes, y, sin dejar de hacer todo lo que debamos hacer o lo que el Espíritu nos anime a hacer en favor de los demás, aprender a contemplar sin prisas, con ojos abiertos a la novedad, la realidad cotidiana y cada encuentro; así sea con los vecinos, en el trabajo, ni qué decir con los que tanto amamos, a sabiendas que en cada encuentro hay presencia y promesa a descubrir. Hace falta en todas las circunstancias, pero estas son las nuestras, aprender a descifrar los signos de los tiempos, pues como escribió don Pedro Casaldáliga: “Solamente en el Kronos, / con sus días ceniza, / se da el Kairós del Reino, / luminoso y opaco.” Eso captaron Simeón y Ana, también María y José, y ¡bien que se lo enseñaron a Jesús!

 

Asimismo los encuentros vividos a cuerpo entero, en plena presencia, nos permiten abrevar la sed profunda de verdad, belleza, bondad, sabiduría… en el manantial de los ojos o en esos gestos únicos de cada persona. La vida preciosa, inestimable, del otro encontrará nido y eco en la nuestra, su risa cantará en la nuestra, sus sueños alimentarán los nuestros, que a su vez son sueños de la humanidad que mueven el gran río de la historia, siempre preñado de vida. 

 

La canción de Víctor Jara también da cuenta de que un día sonó la sirena pero muchos obreros no volvieron, “tampoco Manuel”, sin embargo, podemos creer que Amanda quedó fecundada para siempre y siguió floreciendo desde los cinco minutos eternos de aquellos encuentros.  Todo encuentro humano auténtico ilumina, hace florecer. No nos contentemos con encuentros virtuales, a medio cuerpo, a pura palabra, fuimos creados para encuentros creativos que nos dilaten o nos enciendan. Algo de esto transmite el poeta Nicolás Guillén en un breve poema:

 

Ardió el sol en mis manos,

que es mucho decir.

Ardió el sol en mis manos y lo repartí, 

que es mucho decir.

 

 

Por otra parte, me atrevo a interpretar que la canción del chileno Víctor Jara y el poema del cubano Nicolás Guillén, actualizan en forma laica y en amores humanos lo que el Antiguo Testamento decía del rostro iluminado de Moisés al bajar del encuentro con Dios en la carpa. 

 

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