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Vejez: ¿Esperando la carroza? ¿O…?

“…Tendremos suerte si aprendemos

que no hay ningún rincón,

que no hay ningún atracadero

que pueda disolver

en su escondite lo que fuimos…”

Fernando Cabrera

“Esperando la carroza” fue una obra de teatro creada por el uruguayo Jacobo Langsner,                tuvo varias versiones y adquirió gran fama a partir de 1985 al ser llevada al cine en Argentina por Alejandro Doria. Se trata de una comedia costumbrista tragicómica que expone las desavenencias de una familia fundamentalmente a causa de una anciana: “Mamá Cora”. Más allá de las risas que provoca, la obra muestra la triste realidad de muchos ancianos, varones y mujeres, que “sobran”, que se convierten en una “carga”, de los que -valga la redundancia- nadie quiere hacerse cargo.

Hace poco tiempo circuló en las redes sociales un texto falsamente atribuido a Simone de Beauvoir que alababa el “envejecer a la francesa”, vale decir con elegancia y otras notas edulcoradas. En tanto que en el libro que ella sí escribió “La vieillesse” (La vejez) dice todo lo contrario: hace una crítica, una denuncia a la sociedad que condena a una vida miserable y al aislamiento a los mayores. Lejos de idealizar “la belleza del envejecer”, pone en evidencia que se ve a la vejez como algo repudiable, vergonzoso, olvidando que, si no morimos previamente, será también el propio destino inevitable.

Con frecuencia los ancianos, independientemente de su historia, del aporte que han hecho a la sociedad y a la familia, a lo largo de décadas, corren grave peligro de ser “descartados” usando la expresión del papa Francisco, que bregaba porque nadie, en ninguna condición, lo fuera.

¿Cómo se vive la vejez subjetivamente? Depende de tantos factores… de la familia que exista o no, de circunstancias vitales, de las condiciones físicas de cada uno, de las posibilidades y límites a ese nivel, de cómo se asuman, del estado cognitivo de cada uno, también del punto de partida, vale decir, qué bagaje y categorías tenía la persona en su estado anterior. Esto contribuirá a contar con mayores o menores recursos para afrontar la difícil nueva y última etapa (penúltima, pues aún falta por recorrer el “morimiento” en expresión del médico paliativista español Benito).

Además del estado físico e intelectual cuenta la sabiduría. Hay ancianos sabios, que saben saborear la vida, “en salud y enfermedad”, que son capaces de vivirla como don y aún darse generosamente. Hay quienes lo viven con dulzura y paz, olvidando los malos momentos o asumiéndolos y sin reclamos a la vida o a los demás. Comparto algunos ejemplos: un matrimonio que a los ochenta años tuvo la última nieta y por circunstancias familiares se ocupan mucho de ella, ya tiene seis años y -además de tenerse ellos mutuamente- hallan en esa niña un motivo para vivir. Otra con noventa y un años, cocina para la familia y sube a la azotea por una escalera precaria a tender y destender cada día la ropa de todos. No dejará de hacerlo mientras pueda moverse, sigue siendo una mujer para los demás. Conozco otras con casi noventa años que cuidan su jardín con esmero y cuando están con los nietos o pasan algunos períodos con la familia, siguen riendo con su risa fresca y miran con ojos vivos, llenos de ilusión. Otras se llaman a sí mismas “Mujeres con Historia”, luchan por sus derechos; otras y otros cantan, pintan, o trabajan por el bien común en diversas organizaciones.

Si vamos a casos de público conocimiento tenemos a la Madre Teresa que vivió y envejeció dedicando da su vida a aquellos que no cuentan para nadie, a los moribundos en las calles de Calcuta y a organizar a otras religiosas para realizar esa obra de misericordia en tantos países. Otro tanto podríamos decir de los ochenta de Gandhi, de los casi cien años incansables de Mandela. Recientemente vimos a Lula Da Silva –Lula– en una gran campaña electoral, fue electo Presidente de un enorme país como Brasil; ¡por cuarta vez, pero ahora cumpliendo ochenta y un años!

Sin duda estos octogenarios o nonagenarios, algunos conocidos y tantos desconocidos “santos de la puerta de al lado”, se sienten vivos, siguen floreciendo y dando vida, como dice un Salmo. Han tenido y tienen la salud física y mental para ello. No les sucede a todos los mayores, algunos están condenadas a esperar la carroza en residenciales de distinto nivel y disímil calidad de atención.

Hace poco me escribía un sacerdote español que vivió casi cinco décadas entregando su vida a manos llenas en este continente, en concreto en Guatemala, hace un tiempo ya vive su vejez y su enfermedad en España: “Hoy se me antojaron unas líneas: poco menos que recluido y moviendo el esqueleto, para darle gusto a este digamos, compañero, llamado Párkinson. Un año más y cumplirá sus quince años, la caja de sorpresas, la novedad del coqueteo, del sí y todavía no… El complejo condicionamiento del encargado de gastarte por poquitos, hasta el desgaste total… Reconozco que siempre visualicé mis últimos días como la guinda del pastel, como algo diferente a esto…”

Jesús, que ese es su nombre, acaba su carta recordando a Monseñor Romero y su vida dada en el altar. No es que deseemos el martirio, pero tampoco deseamos ese desgaste lento, tan triste. Al nombrar a este sacerdote, recuerdo en él a tantos y a tantas religiosas que envejecen muchas veces lejos de donde entregaron su vida, con pocas visitas (incluso a veces prohibidas por la comunidad), de las personas, para quienes fueron referentes claves alguna vez. Misterio del silencio -impuesto- y del deshacernos, del volver al polvo, como se decía antes en la liturgia cuaresmal.

Existen experiencias loables en algunas sociedades de cultivar la convivencia de ancianos y jóvenes, compartiendo núcleos habitacionales, también hay proyectos entre residenciales y centros educativos que fomentan el intercambio generacional, sea para la lectura o el juego. Asimismo, algunas parroquias son sensibles a las necesidades de los ancianos o personas solas y generan propuestas de inclusión. Existen familias que integran en las fiestas a sus ancianos, reconociéndolos y haciéndoles sentir que son parte importante de ese clan familiar, aunque estén viviendo en un residencial. No obstante, ni los proyectos colectivos, estatales o privados, ni la inclusión en eventos familiares son tan frecuentes. La soledad de los ancianos es un hecho.

Me duelen los ancianos. Suelo visitarlos, aunque no a tantos ni tanto como creo que deberíamos hacer todos, son una herida que sangra en mi conciencia. Veo en muchos la resignación, en otros el dolor del abandono, la impotencia, el no entender por qué viven esa situación. Visitando en un residencial a una señora sin familia, que ha sido una mujer muy activa y generosa a nivel social y eclesial, de pronto otra anciana intervino en la conversación con una dulce sonrisa, agradeciendo poder escuchar. Acto seguido habló de su historia. ¡Cuánta necesidad de contar, de que alguien oyera quién era, quien ha sido! Es la realidad de tantos. Somos seres sociales hasta que tengamos cierta lucidez. Y ya sin lucidez las personas siguen necesitando una caricia, un contacto amoroso. Frente a tanto olvido de los ancianos, la fe nos dice que en Dios ellos siguen siendo hijos amados.

“Tendremos suerte si aprendemos que es imposible disolver en ningún escondite lo que fuimos”

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