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La victoria de David contra un Goliat de madera hueca

Las elecciones presidenciales en Brasil fueron seguidas por muchos países, interesados en la preservación de la democracia. Porque estamos enfrentando, en todo el mundo, una poderosa ola de autoritarismo y de ascenso de la extrema derecha, que suscita los tenebrosos fantasmas de la época del nazifascismo. Solo que hoy de una forma mucho más arriesgada, porque el futuro de la propia vida en el planeta está expuesto a la extinción.

La irracionalidad humana, en su búsqueda desenfrenada de poder y dominación, ha creado para sí misma el principio de la autodestrucción. ¿Quién nos garantiza que la seguridad es total? ¿O que no se hará realidad el delirio de algún jefe de Estado enloquecido que llegue a activar los mecanismos de la «destrucción mutua asegurada»? Estos mecanismos existen. Saben que morirán también, pero no sueltan el hueso: la voluntad de poder.

Ya el filósofo Thomas Hobbes (1588-1679), teórico del poder del Estado, constató en su famoso Leviatán (1651): «Señalo, como tendencia general de todos los hombres, un perpetuo e inquieto deseo de poder y de más poder, que solo cesa con la muerte. La razón de ello no reside en un placer más intenso que se espera obtener, sino en el hecho de que no se puede garantizar el poder sino buscando todavía más poder».

Lo que Donald Trump está practicando en su política exterior confirma esta afirmación. Su maestro es El príncipe (1532), de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), según el cual cualquier medio sirve para alcanzar el fin deseado.

Digo todo esto para conferir relevancia a las elecciones presidenciales en Brasil. El enfrentamiento era entre la democracia y la barbarie, entre el coraje del David bíblico y la fuerza de un Goliat (oculto detrás de Flávio Bolsonaro), que resultó ser de madera hueca, y su secuaz (Flávio), derrotado, mentiroso, corrupto, cobarde y fugitivo.

Es importante reconocer que el presidente Lula fue el único en el mundo que enfrentó al matón Trump, quien declaró explícitamente que sometería a todo el mundo, no mediante la diplomacia, sino por la fuerza política, económica y eventualmente militar.

Dentro de este perverso propósito megalómano, impuso fuertes aumentos de aranceles comerciales a casi todos los países, incluso a sus aliados más cercanos, como los europeos. Brasil fue víctima de esta violencia irracional por razones más políticas que económicas.

Prácticamente todos se doblegaron. Lula nunca se inclinó, pues se mantuvo de pie por más severos que fueran los vendavales. Dialogó cara a cara con el «pretendido emperador del mundo», Donald Trump. Este no soportó la irradiación carismática de Lula, que decía la verdad sin metáforas.

En cierto momento, Trump parecía un alumno, inclinado, escuchando las sabias palabras de un David que parecía un verdadero Goliat. Lo verdadero posee siempre la fuerza invencible de desenmascarar lo falso.

En las elecciones brasileñas surgieron dos fenómenos que merecen ser destacados: los movimientos juveniles y la presencia de los adultos mayores que acudieron a votar.

Los jóvenes, a partir de la Universidad Federal de Niterói, sin tener detrás ningún partido ni liderazgo, sino movidos por la conciencia de lo que realmente estaba en juego en estas elecciones —o la regresión a un pasado envejecido, o un avance mayor para abrir al país a la altura de los desafíos de la nueva fase digital de la humanidad; la soberanía o la sumisión a Estados Unidos—, comenzaron a movilizarse.

Ese movimiento juvenil se extendió prácticamente por todo el país: las calles se llenaron de miles de jóvenes y de otros defensores de la democracia. Las reivindicaciones eran la defensa de la democracia y de la soberanía, el rechazo a la extrema derecha, el «fuera Bolsonaro» y el apoyo a su oponente, el presidente Lula.

Presumo que este movimiento no terminará con las elecciones. Continuará sistemáticamente en las calles para abordar el gran desequilibrio existente entre el Ejecutivo, encabezado por Lula, y el Parlamento, constituido mayoritariamente por conservadores y representantes de la extrema derecha.

Este movimiento presionará al Congreso conservador que, como sabemos, ejercerá su fuerza para hacer inviables los proyectos del Ejecutivo. Pero lo que los conservadores y la extrema derecha más temen es al pueblo en las calles, especialmente a los jóvenes, pues estos políticos tienen más intereses corporativos que voluntad de servir a la patria.

Diría que, si este movimiento juvenil, junto con otros sectores progresistas, logra consolidarse, se constituirá en una nueva fuerza histórica, con una nueva conciencia de ciudadanía y con otro proyecto de Brasil.

Esto respaldaría la voluntad del presidente reelegido, que públicamente se mostró dispuesto a cambiar la forma de gobernar, con otra base de apoyo y con un dominio más completo de los medios digitales y las redes sociales. Lo virtual se articulará con lo real.

Un hecho notable que merece ser valorado fue la cantidad de adultos mayores que acudieron a emitir su voto. Era conmovedor ver a una ancianita sostenida por los brazos de sus nietos, que la llevaban hasta la urna para depositar su voto. Y eran cientos y cientos por todo el país. Todos ellos contribuyeron al triunfo de la democracia, de la soberanía y de las libertades amenazadas.

Como escribió un eminente filósofo brasileño, Manfredo de Oliveira, de la UFC:

«La visión democrática emerge de la experiencia básica de que el otro es mi semejante, de donde se deriva la tesis de la igualdad básica de todos los seres humanos y la exigencia de configurar la vida de tal manera que esta igualdad básica se haga efectiva en relaciones simétricas en todas las esferas de la existencia, resistiendo a todo tipo de ordenamiento que impida o limite su realización».

Tenemos la esperanza de que la experiencia brasileña de resistencia a la dominación imperial ayude a crear este tipo de democracia.

La nueva conciencia ecológica crece a medida que las amenazas a la vida se vuelven innegables. Entonces se volverá imperativo afirmar la dignidad de la Tierra (dignitas Terrae), Gaia, superorganismo vivo que reclama respeto y veneración.

Se impone, por lo tanto, la ampliación de la personalidad jurídica de la Tierra y de sus componentes, como las aguas, los bosques, las tierras ricas, los suelos fértiles y todos los factores que garantizan la vida. De esta forma, por ser sujetos de derechos, se convierten en los nuevos miembros de una sociedad humana ampliada.

Si queremos sobrevivir juntos, la democracia tiene que ser también geocracia, biocracia, una democracia ecológico-social. En términos viables, un auténtico ecosocialismo, en su sentido original (Michael Löwy), que nada tiene que ver con el fracasado socialismo soviético.

Para alcanzar esta perspectiva posible y necesaria, resulta indispensable una educación ecológica integral, para que los seres humanos aprendan a acoger a todos los seres como conciudadanos, desde el respeto, la relación justa y la hermandad universal, como sugirió el papa Francisco en sus encíclicas Laudato si’ y Fratelli tutti.

Brasil posee las condiciones para comenzar a poner en marcha este proyecto salvador, dada la presencia en su territorio de todo lo que necesitamos para vivir.

Por último, valen las palabras del gran héroe mexicano Emiliano Zapata:

«Lucha hasta que la dignidad humana (yo añadiría la de la Tierra) se convierta en una costumbre».

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL. https://www.revistaliberta.com.br

 

 

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