El exigente discernimiento desde una opción por los pobres
[Autor Prueba]
Diego Pereira
El pobre irrumpe en nuestra conciencia
En el contexto actual de Latinoamérica de globalización, del capitalismo neoliberal y el ambiente posmoderno se nos hace necesario cada vez más una verdadera opción que dé sentido a nuestro ser cristiano. A partir de las horribles consecuencias que traen estas manifestaciones del accionar de los poderosos, los cristianos debemos renovar nuestra fe e insistir en un profundo discernimiento. Jung Mo Sung no dice que se nos hace necesaria una comprensión cabal del mundo en el que vivimos, pues si ello es difícil elaborar y encontrar un sentido más humano para nuestras vidas1. Desde esta compleja realidad que nos toca vivir, pero también por la necesidad de encontrar nuevas pistas desde la Revelación cristiana, estamos obligados a buscar una luz de esperanza en el caminar de nuestros pueblos latinoamericanos.
En esta mentalidad de mercado las personas son reconocidas a partir de su poder adquisitivo: si puede consumir existe, de lo contrario no. La mentalidad social que se genera a partir de la obligación que todos sentimos de consumir, desde el rico al pobre, nos hace desear las mismas cosas. Esto nos hace creer que somos iguales ante el mercado, sobre todo el pobre cree que es un igual social, cuando no es así. De muchas maneras intenta manifestar la supuesta igualdad, no sólo a través de la simulación que pasa por una supuesta aceptación de su condición de pobre, sino también por el disfraz que se coloca con el uso de los ropajes de las marcas de moda, propio de lo que está al alcance solamente de los ricos.
Por lo dicho la masa de empobrecidos sufren el desprecio social y el apartamiento del mercado de consumo, pero viven de forma tal que no quieren sentirse excluidos. Dicho más exactamente: sobreviven como pueden, ayudados por las redes sociales, que nos hacen sentir iguales, y un discurso político manipulado por los medios de comunicación que no les permiten verse reflejados en las estadísticas y los índices de pobreza. El pobre no puede aceptarse como tal, pero de todos modos acepta vivir su vida de cara al sometimiento de un sistema económico y social que no le brinda herramientas de cambio en vista de un futuro más justo.
Ese pueblo empobrecido y excluido es también el pueblo que posee su religiosidad, que mantiene su fe en un Dios que promete una vida mejor no sólo en el futuro, sino aquí y ahora. Es el pueblo que cree con esperanza en las promesas de Dios, pero que también comparte en su carne la misma suerte que el Salvador. Son ellos que nos ayudan a discernir de una nueva manera y nos llevan a cuestionar nuestra fe tranquila y cómoda. ¿Cómo mantener su fe en el Dios bueno y justo a partir de la realidad de exclusión e injusticia? ¿Cómo contagiar la fe de una Iglesia que aún se mantiene en jerárquica y muchas veces sorda al gemido de los más sufrientes? Pero sobre todo ¿cómo seguir creyendo nosotros en el Dios de Jesucristo a partir del sufrimiento,?
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